Fue a Giorno a quien se le ocurrió la idea. No era que Mista o Narancia no tuvieran las suficientes luces, o que Jonathan y Speedwagon no fueran buenos estrategas. Simplemente Giorno lo pensó primero.

Como Dio no sabía de la existencia de Giorno pero sí esperaba la llegada de Jonathan y Speedwagon, estos dos entrarían por la puerta principal haciendo todo el ruido posible y se enfrentarían directamente a su enemigo mortal. Mientras tanto, Giorno y los demás aprovecharían la distracción para infiltrarse por una de las muchas puertas traseras y recorrer los pasadizos reservados para el servicio y que Jonathan conocía como la palma de su mano gracias a las largas tardes que había pasado explorándolos cuando era niño.

La mansión había sido construida hacía más de 350 años por uno de sus muchos antepasados con nombre de Jojo que había decidido que los pasadizos secretos y las salas ocultas eran una buena idea. Y lo eran en términos de estética, pero limpiarlas suponía un gran problema para los empleados de la casa.

Jonathan se paró frente a la verja con porte orgulloso y exigió a gritos la atención de los sirvientes mientras los chicos se colaron por la buhardilla cercana al incinerador. Recorrieron unos pasillos polvorientos y descuidados siguiendo el mapa que Jojo les había dibujado hasta llegar a la falsa pared que daba a la antigua habitación de Dio. Una vez allí, debían ocultarse y esperar al momento oportuno para intervenir.

Por desgracia, desde aquellos corredores podía escucharse todo lo que sucedía en las salas contiguas.

- Pucci – llamó una voz grave, segura de sí misma.

- Dime, Dio.

- Me parece oportuno hacerte saber que eres mi mundo.

- Te he demostrado más de una vez que yo siento lo mismo.

- Lo sé. Pero... No sé si recuerdas el objetivo que pretendo alcanzar extendiendo el virus zombie.

- Por supuesto, sería imposible olvidarlo. Limpiar la tierra de pecado e iniciar una nueva era con…

- No, Pucci – Dio suspiró exasperado -. Bueno, estás en lo cierto, pero yo me refería a la dominación mundial. Ese es mi objetivo a largo plazo. Y también lo es esta noche. Ponte de rodillas.

Mista miró a Giorno.

- Tío, tu padre es gay – se burló.

- Tu padre sí que es gay – respondió Giorno, intentando aguantar la risa.

- Mi padre no es gay – comentó Trish.

- Nunca digas nunca.

- Amo Dio – dijo una tercera voz desde otra estancia -, dos hombres están en la puerta de la mansión esperando. Dicen que tienen asuntos pendientes con usted.

- Llévalos hasta las mazmorras y enséñales dónde pueden dejar la ropa. Me ocuparé de ellos más tarde… Si todavía me quedan energías – susurró esto último y acarició el pelo de Pucci, atrayendo al cura hacia sí y besándolo apasionadamente.

- No sé si esa es la razón por la que vinieron hasta aquí… – dudó la voz – Parecen bastante enfadados.

Dio se separó haciendo una mueca.

- ¿Quiénes se creen ellos para exigir que yo, Dio, adopte una posición dominante en la que se me exija involucrarme activamente en la corrección del comportamiento de unos mocosos? Pucci, tráeme mi látigo rosa.

El párroco suspiró.

- No te preocupes, tesoro – murmuró Dio -. Tú y yo tenemos toda la eternidad por delante.

Pucci se ajustó el hábito que se negaba a cambiar por ropa de diario y que tanto excitaba a Dio y bajó con él hasta el recibidor.

- ¡Diooooo! – exclamó Jonathan entrando por la puerta dramáticamente.

El vampiro soltó una risa incrédula.

- ¡Jojo!

- ¡¿Cómo osas destruir este mundo y arrebatar las vidas y sueños de personas inocentes?! ¡¿Y cómo osas hacerme esperar durante veinte minutos en la puerta de mi propia casa?!

- Puedes pasar, Speedwagon – dijo Pucci educadamente -. No te vamos a comer.

- Habla por ti – murmuró Dio.

Speedwagon dio las gracias en voz baja y compartió una sonrisa con Pucci.

- Sé que estabas aquí esperando a que apareciésemos para frustrar tus planes, Dio – siguió gritando Jonathan -. Al fin y al cabo, soy el único que puede dar la talla como tu rival.

- Qué pretencioso por tu parte, Jojo. Ni siquiera te creía con vida, después de haber desaparecido en la India durante más de cien años.

- ¿Y dejar que te salieses con la tuya? ¡Nunca! He estado entrenando para vencerte, Dio. En un par de minutos me estarás pidiendo clemencia.

- Lo único que te voy a pedir es la marca de crema antiarrugas que usas, Jojo. Porque tenemos la misma edad y no parece que superes los veinte años.

- ¡Sé lo que intentas! - exclamó Jonathan, afligido – Adularme haciéndome creer que todavía queda algo de humanidad dentro de ti para que baje la guardia y puedas aprovecharte de mi única debilidad.

- ¿Qué tal el viaje a la India, entonces? - preguntó Pucci a Speedwagon.

- Muy bien, la verdad. Tanto al señor Joestar como a mí nos venía muy bien un descanso de todo ese drama con los vampiros y la muerte inesperada de familiares cercanos.

- Cada uno lidia con el duelo de una forma distinta. Y unas vacaciones siempre vienen bien.

- Jojo, no necesito utilizar técnicas sucias para reducirte a cenizas - rió Dio -. Mi preocupación por tu bienestar es genuina dado que superas los cien años de edad.

- Es el Hamon - explicó Jonathan hinchando el pecho -. Una técnica que aprendí durante mi estancia en la India. Además de permitirme manejar la energía necesaria para destruir a un vampiro de un puñetazo, mejora mi salud y me hace parecer más joven.

- Entonces, he de suponer que Speedwagon también domina dicha técnica.

- Oh, no – dijo Robert, colorado -. Yo no logré ni siquiera controlar una gota de agua. Me dediqué a informarme sobre la situación en la mansión y a dar largos paseos por la playa.

- También hay batallas espirituales, Speedwagon – dijo Pucci -. Que tus luchas no hayan sido físicas no significa que no hayan sido difíciles para ti. Cada uno debe seguir un camino diferente.

- ¿Entonces qué, aprendió Hamon por ciencia infusa? - Dio sonrió - O acaso le inyectaste tu energía vital directamente por el...

- ¡Dio! - exclamó Jonathan abochornado.

- ¿Qué? Es completamente normal que ocurran cosas cuando dos hombres emprenden un viaje a solas para encontrarse a sí mismos. De hecho, me extrañaría que no hubiese pasado antes con Erina. Seguro que más de una vez llamasteis a Speedwagon para que mirara mientras teníais relaciones.

Jonathan se giró hacia Speedwagon, que se puso rojo como un tomate e intentó taparse la cara.

- ¡Robert, no hace falta que contestes! - exclamó Jojo.

- Demasiado tarde – se regocijó Dio -. Puedo leer sus kinks como si tuviera el historial de búsqueda impreso en la cara.

- Dio, dejemos el pasado en el pasado - suspiró Pucci.

- Cierto. Aunque los gustos sexuales de Speedwagon dan para interesantes conversaciones.

Dio estaba abusando de la naturaleza amable de su invitado, que comenzaba a molestarse.

- Tú también eras foco de muchos rumores – dijo Robert -. Y quién diría que juntando a dos de los hombres más depravados de Ogre Street poco llegaría a pasar. Tuve que llevar cuello alto durante la semana posterior para tapar las marcas de tus dientes, pero podía ponerme de pie perfectamente y levantar objetos de peso, y eso no habla precisamente en tu favor, Dio.

El vampiro abrió mucho los ojos en una expresión de puro terror. Speedwagon rió satisfecho y se giró para chocarle la mano a Jonathan.

- Necesito sentarme - gimió Dio, y Pucci lo llevó hasta el comedor.

- ¡Genial, Robert! - gritó Jonathan mientras los seguía - Al final no va hacer falta utilizar el Hamon, tan solo con tus agudos insultos puedes destruir su honor y dejarlo en la miseria.

- Jojo, ¿cómo puedes ser tan inteligente y al mismo tiempo tan tonto? - se preguntó Dio.

- Yo todavía estoy pendiente de ver las muestras de inteligencia, pero lo que tú digas, amor – dijo Pucci mientras le acariciaba la mano -. ¿Estás afligido porque convertiste accidentalmente a tus enemigos mortales en vampiros o porque acabas de confirmar que Jonathan y tú habéis tenido sexo con la misma persona?

- Lo primero. Pero aprecio tu intento de hacerme reír.

Jonathan soltó un grito.

- ¡No puedo creer que seas tan ruin como para intentar confundirnos de esta manera! Todavía no sé lo que intentas, pero descifraré tus planes y los desbarataré en menos de lo que canta un gallo.

- Jojo, tienes ciento cincuenta y dos años. No me puedo creer que en ningún momento de tu vida te hayas hecho preguntas.

- Pero puedo salir de día sin desintegrarme - protestó Jonathan -, y el ajo no me sienta mal.

- Eso son todo prejuicios. ¿Crees que si los crucifijos me abrasasen la piel, yo me estaría...? – dejó la frase en el aire y señaló a Pucci con la mirada.

- Sí - contestó Speedwagon.

- Tiene razón - susurró Dio en el oído del párroco.

- Esto no cambia nada - intentó convencerse Jonathan -. He tratado de llevar a Dio por el buen camino incontables veces y nunca ha demostrado tener un ápice de bondad en su corazón. Es irredimible.

- No puedo negar que el poder y satisfacción personal que me proporciona el ser el responsable del fin de la raza humana es... Abrumador, y una razón de peso para haberlo llevado a cabo. Pero todo ha sido por el bien del universo. Los humanos son seres egoístas y crueles que no dudan en deshacerse del más débil en cuanto tienen la oportunidad. Tú no podrías saberlo porque creciste entre algodones, Jojo.

- La necesidad cambia a la gente y les obliga a hacer cosas que en circunstancias normales no harían.

- La necesidad no es una excusa para ser mala persona.

Jonathan frunció el ceño, confuso. Era la primera vez que estaba de acuerdo en algo con Dio.

- Y, si tan poderoso eres, ¿por qué no utilizas tu influencia para ayudar a los demás? - preguntó.

- Oh, estoy haciendo algo mucho mejor. Estoy haciendo que se ayuden a sí mismos. Y al mismo tiempo erradicando todo rastro de maldad en este mundo.

- Estás demente – Jojo sacudió la cabeza -. ¿No te das cuenta de que la persona más vil eres tú mismo?

- Eso es subjetivo. No he herido físicamente a nadie, solo me encargué del proceso de transformación. Denúnciame - Dio soltó una carcajada -. Me sé la ley, cielo.

- ¿Puede hacer eso? - se preguntó Jonathan en voz baja antes de seguir discutiendo con Dio.

Speedwagon dejó caer una navaja de mano sobre la mesa.

- Parece que va para largo - comentó.

- Sí, van a estar entretenidos un rato – dijo Pucci -. Deja que te guarde eso. También puedes darme tu abrigo. ¿Te apetece un té?

- Sí, muchas gracias, Pucci. Jojo no paraba de quejarse de camino a la mansión, pero yo le decía que si estabas tú aquí tampoco podría ser tan malo. Quiero decir, eres un hombre honesto. Y cura. ¿Quién desconfiaría de un cura?

El párroco sonrió para sí. Lo tenía comiendo de la palma de su mano.