CAPÍTULO 14

MÁS tarde, esa misma noche, Candy se encontraba en la planta superior con sus hermanas, sentada en la habitación de Karen. Los invitados se habían retirado hacía mucho tiempo, y ellas tres permanecían despiertas, hablando en susurros de lo que hacían cuando eran pequeñas. Por aquel entonces, habían pasado muchas horas juntas, hasta que salía el sol o hasta que su padre escuchaba su charla y las castigaba a permanecer en sus camas.

Patty se había quitado el hábito de monja, y su corto pelo castaño marcaba un severo contraste con las largas trenzas de ellas. Aun así, era estupendo estar juntas de nuevo, aunque sólo fuera por una noche.

Patty y ella estaban sentadas en la cama, mientras que Karen había tomado su lugar acostumbrado, delante de la ventana.

—¿Visteis la cara de sorpresa de Lord Charlie cuando Lord Terrence lo golpeó? —preguntó Karen con la voz cargada de regocijo.

Consternadas, Candy y Patty intercambiaron una mirada atónita. Karen jamás había sido de las que perdonaban las muestras de violencia, fueran del tipo que fuesen.

¿Cómo podía alegrarse tanto que su prometido hubiese sido humillado delante de los invitados a la boda?

Karen se serenó y se volvió para mirar a Candy.

—Lord Terrence nunca te ha golpeado, ¿verdad?

—No —aseguró Candy rápidamente—. Generalmente se muestra tan controlado que no puedo imaginarme qué es lo que le ha poseído esta tarde para golpear así a Charlie.

Karen se dedicó a mirar fijamente por la ventana, como si estuviese considerando las palabras de Candy.

Hubo varios minutos de silencio mientras Candy y Patty observaban la expresión pensativa de Karen. Algo no andaba bien. Patty había confirmado sus sospechas cuando le había contado a Candy, poco antes, que había notado las mismas cosas raras en Karen.

—Háblame de tus planes con Lord Terrence —dijo Karen rompiendo el silencio—. ¿Cómo va la cosa?

Candy se retorció los dedos, incómoda. Quería a Patty, pero hablar de seducir a un hombre con el que no estaba casada, delante de una monja, no era lo que se dice un plato de gusto.

Patty le dio unas palmaditas en la mano.

—No juzgues al prójimo sin haberte encontrado en su posición. No temas mi censura, hermanita. Esta noche estoy aquí como confidente. Mañana podrás confesar tus pecados al padre Richard.

Candy sonrió a su hermana, agradecida por su comprensión. En realidad, no había pasado tanto tiempo desde que Patty reía como una tonta ante la perspectiva de casarse.

—No hay mucho que decir —empezó Candy con un suspiro—. A decir verdad, Terry ha demostrado ser muy testarudo. Parece absolutamente decidido a permanecer soltero.

—Entonces puede que debieras olvidarte del asunto —susurró Karen con una expresión preocupada.

Candy frunció el ceño. Ésa no era la hermana que ella conocía.

—¿Cómo se comporta Lord Terrence cuándo estás a solas con él?—preguntó Patty.

—Es atento y amable, pero parte del problema consiste en que muy rara vez puedo estar a solas con él, y mientras otros están cerca, él no se acerca a menos de un metro de mí — Candy miró a Karen—. ¿Cómo conseguiste estar con Charlie a solas?

—No hice nada —dijo Karen tímidamente—. ¿Recuerdas la noche que padre fue a Cromby? —Candy asintió—. Pues Charlie vino a buscarlo. Tú estabas acostada con dolor de cabeza, y él se empeñó en que tomáramos unas copas de vino mientras esperábamos su regreso.

Patty se quedó boquiabierta.

—Karen...

—Shh —dijo Karen. Apartó la mirada, como si un oscuro arrepentimiento hubiera anegado sus ojos—. Nunca le he contado a nadie toda la verdad. Me preocupaba mucho que se lo contarais a padre y me encerrara aquí para siempre. Vosotras dos no tenéis ni idea de lo mucho que odio este lugar. Quiero tener mi propio hogar, donde pueda ir y venir a mi antojo —su mirada se volvió dura—. Habría dicho o hecho cualquier cosa para largarme de Whiterwick.

Una ola de aprehensión atravesó a Candy. Nunca había escuchado a Karen hablar con tanto rencor.

—No lo comprendo.

Karen apoyó la cabeza sobre el respaldo de la silla y miró al techo, parpadeando para contener las lágrimas.

—No sabía lo que hacía esa noche. Todo lo que podía pensar era que Charlie estaba interesado en mí y que, si hacía lo que me decía, quizás me sacara de aquí para siempre —la voz de Karen temblaba por las lágrimas reprimidas—. Charlie me llevó a la bodega del salón principal. Sentía que me daba vueltas la cabeza por el vino, y sus besos eran increíblemente maravillosos. Jamás me habían besado antes.

Candy tragó saliva al recordar los labios de Terry sobre los suyos. Si los besos de Charlie se parecían en algo a los de él, podía imaginarse por qué daba vueltas la cabeza de su hermana.

Karen se frotó la frente con la mano.

—Y entonces empezó a tocarme. Oh, Candy, Patty... estaba asustada y confusa, y no sabía qué hacer. Le dije que no, pero él no me hizo ningún caso, y me aterraba pensar en gritar y que alguien nos descubriera y me culpara por ello.

—¿Qué tratas de decir, Karen? —preguntó Patty.

—¿Te forzó? —quiso saber Candy.

Las lágrimas se derramaron por sus mejillas, pero ella se las limpió con un gesto de la mano.

—No exactamente. Yo también tenía curiosidad, pero...

—¿Pero? —preguntaron ellas al unísono.

Karen se echó a llorar.

—Duele mucho cuando un hombre te posee. Me daba la sensación de que iba a partirme en dos. Primero creí que me había hecho daño porque era virgen, pero, desde entonces, me ha tomado tres veces más, y siempre duele muchísimo. Ahora, todo lo que puedo pensar es cuántas veces más tendré que soportar un dolor tan horrible.

Patty se inclinó hacia adelante.

—Pero dijiste...

—Ya sé lo que dije. Tenía miedo de decir la verdad.

Candy se apartó de la cama y le dio a Karen un fuerte abrazo. Durante algunos minutos, la apretó con fuerza, dejando que llorara hasta quedar agotada.

Patty mojó un paño y lo acercó hasta ellas, ayudando a Karen a secarse las lágrimas.

Cuando Karen hubo recuperado parte de su calma, apretó la mano de Candy.

—Por favor, Candy —susurró—. No cometas el mismo error que yo. Ya no estoy segura de que la vida con Charlie vaya a ser mejor que la vida aquí, con padre.

Candy le devolvió el apretón.

—Son sólo los nervios, ¿verdad? —preguntó Patty—. ¿Te preocupa irte mañana?

Karen tragó saliva con dificultad.

—Quizás.

Candy se arrodilló delante de su silla.

—No tienes por qué casarte, Karen. Ya lo sabes.

—Pero los invitados...

—No te preocupes —la interrumpió Candy—. Han venido a disfrutar de la comida y la bebida, y ya se han servido ampliamente.

—¡Candy! —protestó Patty—. ¡Qué descortés de tu parte! Jamás te había oído hablar así antes.

Candy hizo un gesto brusco con la cabeza hacia Karen para indicar a Patty que lo que había dicho, lo había dicho en beneficio de su hermana mayor.

Karen se apartó y miró a Candy a los ojos.

—Prométeme que no permitirás que Lord Terrence tome tu virginidad —Candy frunció el entrecejo—. No quiero que te haga daño, Candy. No puedes imaginar lo que se siente cuando un hombre te penetra. Y no se detienen hasta quedar satisfechos, ni siquiera cuando gritas de dolor.

Candy se sintió cada vez más aturdida a medida que las palabras de Karen penetraban en su mente. Probablemente, si Karen tenía razón, Anny y Dorothy se lo habrían dicho, ¿no?

Y, ciertamente, no había sentido dolor en absoluto cuando Terry la había acariciado en Lincoln. Pero, no obstante, él no había terminado el acto.

Pero nada de eso importaba en aquellos momentos. Había que hacer algo con la boda del día siguiente.

—No quiero que te cases con Charlie.

Karen la miró espantada.

—Pero...

—No —dijo Candy firmemente—. Hablaremos con padre y...

—Candy, estoy embarazada.

Candy cerró los ojos y apretó la mano de su hermana con todas sus fuerzas.

—Entonces vamos a rezar —susurró Patty—. A buen seguro, el Señor sabe lo que es mejor.

Terry se apoyó contra la pared del almenar y observó atentamente el foso que había más abajo bajo la luz de la luna. La brisa nocturna enviaba ráfagas gélidas a través del aire, pero él no las sentía.

Sus pensamientos giraban en torno a una atractiva doncella con el pelo de oro y los ojos verde esmeralda.

Escuchó pasos a su derecha.

Echando un vistazo, tardó mucho en reaccionar al ver que Candy se acercaba a él.

—¿Candy?

Ella le ofreció una tímida sonrisa mientras se detenía a su lado e imitaba su pose, entrelazando las manos y apoyando los brazos contra el muro de piedra.

—Suponía que os encontraría aquí.

Terry no se molestó en idear una excusa. Ella había aprendido hacía varias semanas que frecuentaba los parapetos por la noche, como un atormentado espíritu en busca de redención.

—Me temo que no podría dormir aunque quisiera —dijo él calladamente—. Simon ronca como un jabalí a la carga.

Ella sonrió, pero Terry percibió el asomo de tristeza en sus ojos.

—¿Qué os preocupa, milady?

—Necesito hablar con alguien, y no hay ningún otro en el que pueda confiar.

Sus palabras lo sorprendieron.

—¿Confiáis en mí?

—Sí, por supuesto.

Por primera vez en su vida, se sintió realmente galante, y una oleada de orgullo lo atravesó de arriba abajo.

—¿Qué necesitáis?

—¿Por qué golpeasteis a Charlie?

La ternura se esfumó en el instante en que la ira arraigó en su corazón. Bien, después de todo, ella no confiaba en él. Aún se estaba cuestionando sus actos.

—No os enojéis —dijo ella—. No trato de echaros la culpa. Mi hermana me ha contado algunas cosas que me hacen dudar de su naturaleza. Por lo que sé de vos, no sois dado a golpear a alguien sin un buen motivo.

—Vuestro padre jura otra cosa.

Ella le dirigió una mirada irritada, el tipo de mirada que no había recibido desde que vivía con su propio padre, y casi hubiese podido jurar que Candy le había llamado cerebro de escarabajo.

—Yo no soy como mi padre —dijo ella fríamente—. He pasado algunos meses con vos, y creo que puedo juzgar vuestro temperamento por mí misma. Ahora, decidme por qué le disteis un puñetazo.

Terry apretó los dientes. Su primer instinto fue permanecer callado, pero, de algún modo, la verdad logró escapar de sus labios.

—Montclef insultó a vuestra familia.

—¿A mi familia? —preguntó ella con escepticismo—. Encuentro bastante difícil de creer que defendierais a mi padre —hizo una pausa para mirarlo—. Charlie me insultó a mí, ¿no es cierto?

Terry no contestó.

Ella extendió el brazo y acarició su mano derecha, justo en el lugar en que una enorme magulladura desfiguraba sus nudillos. Un temblor sacudió a Terry cuando la calidez de la mano de ella se cerró en torno a la suya.

—Estáis herido.

—Montclef tiene la cabeza dura.

Candy soltó una breve carcajada. Y, entonces, cometió el error de mirarla. La gentileza, la calidez y la preocupación resplandecían en la mirada de ella. Sintió como si alguien le hubiese dado un puñetazo en el estómago.

¿Cómo sería poder contemplar esa mirada el resto de su vida?

Fue entonces cuando notó las arrugas de preocupación en su frente. Todavía había algo en su cabeza que la atormentaba.

—¿Hay algún otro problema? —preguntó él.

Soltando su mano, ella apartó la mirada.

—¿Puedo preguntaros algo que es bastante comprometedor y bochornoso, pero que realmente necesito saber?

Campanas de alarma sonaron en la cabeza de Terry. De repente, era como si estuviese acorralado por una manada de lobos.

—Si tenéis que hacerlo...

Ella asintió.

—Antes de haceros la pregunta, quiero que sepáis que esto no forma parte de mis intentos de conseguir que os caséis conmigo. Es una cuestión entre amigos, sencillamente.

Él irguió la cabeza. La voz de su interior le aconsejaba que saliera corriendo tan deprisa como sus piernas se lo permitieran.

Como un necio, no se movió.

—Una cuestión entre amigos. Muy bien, milady, preguntad.

—¿Duele cuando...?

Terry aguardó expectante a que continuara, pero no añadió nada más. En cambio, parecía haberse ruborizado y se negaba a mirarle.

Terry inclinó la cabeza para poder verle los ojos, pero ella bajó la barbilla hasta el pecho y fijó la mirada en sus manos.

—¿Duele cuando... qué? —la instigó él.

Ella lo miró por un instante, y después alzó los ojos hacia el cielo estrellado.

—¿Duele cuando...? —el resto de sus palabras pareció perderse tras la mano que se había colocado sobre los labios.

—No entendí la última parte.

Candy cerró los ojos, respiró hondo, y soltó bruscamente:

—¿Duele cuando un hombre entra en una mujer?

Terry no se habría sentido más asombrado si ella hubiese extendido la mano y lo hubiese abofeteado. Y mucho peores fueron las imágenes que acudieron a su mente, en las que la tomaba de todas las formas posibles, mostrándole la respuesta a su pregunta sin necesidad de palabras.

—Creo que prefiero el galimatías que farfullasteis cuando teníais la mano en la boca.

—Terry, por favor... —le rogó, mirándolo finalmente—. Ya estoy lo suficientemente avergonzada. Te lo suplico, no hagas que me sienta peor. No sabía a quién más preguntarle. Dorothy ha desaparecido para hacer quién sabe qué, y esto no es algo que pueda preguntarse a desconocidos.

—Más bien no.

—¿Y bien? —preguntó ella.

—¿Por qué quieres saberlo?

—No puedo decírtelo, pero es muy importante.

Él se pasó una mano por el rostro. Si no supiera lo contrario, juraría que ella estaba acosándolo de nuevo, pero la preocupación que se leía en sus ojos era una prueba de que realmente necesitaba una respuesta sincera.

Sin prestar atención al abrasador dolor de sus ingles cuando su miembro se apretó contra el tejido de las calzas, hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No, milady. No duele. De hecho, resulta de lo más placentero.

Y si no fuera por el miedo de que ella aceptara rápidamente, se ofrecería a enseñarle lo agradable que podía ser.

—¿Alguna vez una mujer ha llorado cuando...? No, espera —dijo interrumpiéndose—. No quiero que me respondas a eso. No quiero saber con qué mujeres has estado.

Ella alzó la cabeza para mirarlo y sonrió de esa forma que le debilitaba las rodillas.

—Gracias por tu sinceridad. Sabría que podría contar contigo.

—Me concedes demasiado crédito.

—¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar que quizás tú te concedes demasiado poco?

Terry no pudo responder, y, en ese momento, no estaba seguro de que debiera hacerlo.

—Oh, Terry —suspiró—. Ojalá pudieses verte a través de mis ojos, aunque sólo fuese un instante.

Él se burló de sus palabras.

—Ya me dijiste que eras una soñadora, milady. Cuando me miras, ves únicamente lo que deseas ver. Y piensas que soy una especie de héroe como aquéllos de los que hablan esos estúpidos trovadores en sus canciones. No soy Accusain, y jamás caminaría desnudo —¿por qué tenía que aparecer esa palabra cada vez que hablaban?— a través de las puertas del enemigo para probar mi amor. Soy un hombre, Candy. Eso es todo lo que soy.

—Sí, eres un hombre. En todos los sentidos de la palabra. Y yo soy una mujer que puede sentir cada una de las partes de tu cuerpo cuando estás cerca de mí. Más aún, puedo oler esa fragancia masculina tuya, y sentir tu presencia con cada uno de los poros de mi cuerpo.

Con el miembro más duro y más caliente aún que antes, la cabeza de Terry se llenó de visiones en las que la besaba a la luz de la luna, le deslizaba la túnica sobre los hombros y la tomaba allí mismo, en el estrecho pasillo.

Sería tan fácil...

Ella se llevó la mano de Terry a los labios y depositó un dulce beso sobre la magulladura de sus nudillos.

—Gracias por defender mi honor.

Cuando dejó caer la mano, Terry pudo sentir el frío de la noche sobre su piel y el frío de la soledad de su alma con mucha más fuerza que nunca antes.

La ausencia de su calidez lo había dejado casi incapacitado.

—Te desearía dulces sueños —susurró ella, besándole suavemente los labios, que ardieron ante la tierna caricia—, pero sé que no podrás dormir en casa de mi padre. Te veré por la mañana.

Terry contempló cómo se alejaba. Su corazón y su alma gritaban que detuviese su huida. Que la llamara para que volviese a su lado. Pero su sentido del honor se negaba a hacerlo.

No era suya.

Nunca podría ser suya.

Con el corazón destrozado, volvió a mirar fijamente el agua que había más abajo. En ese momento, deseó haber sido el que muriese aquel terrible día en la batalla. ¿Por qué la espada no había penetrado en su pecho?

Y, como había hecho prácticamente todos los días de su vida, maldijo su destino.

La mañana siguiente amaneció en un frenesí de actividad en el que todo el mundo se apresuraba a concluir los preparativos de última hora.

Candy trató varias veces de conseguir estar de nuevo a solas con Karen para hablar con ella a cerca del matrimonio, pero su hermana no quiso escuchar nada del asunto.

—Está hecho —dijo Karen resignada—. Quise huir del hogar de padre y conseguí lo que deseaba.

Pero había algo raro en todo aquello. Candy lo sabía en el fondo de su corazón, y sobre todo después de lo que Terry le había dicho.

Finalmente, no le quedó más remedio que desearle toda la felicidad del mundo a su hermana y contemplar cómo Karen se unía a un hombre del que Candy no se fiaba ni un pelo.

Después de que Charlie y Karen intercambiaran los votos a la puerta de la capilla, se dirigió hacia la parte delantera del templo para permanecer con su padre y con Patty mientras el sacerdote concluía la misa de esponsales.

Simon, Terry y sus hombres estaban de pie en la parte trasera. Y cuando todo el asunto acabó y Karen y Charlie guiaron a sus invitados fuera de la capilla, Candy se colocó al lado de Terry para volver con él al lugar donde les aguardaba el banquete de bodas.

La mayoría de la gente caminaba más adelante, y ellos les seguían a paso lento.

—No he podido evitar notar vuestra inquietud —le dijo Terry cuando salieron.

—Decidme —dijo ella—, ¿qué sabéis sobre mi cuñado?

—Tiene una pequeña propiedad a las afueras de York. Luché junto a su padre en los días de la ascensión de Enrique al trono, pero sé muy poco sobre sus cualidades personales.

—Vaya —dijo ella, decepcionada por su respuesta. Había esperado que él pudiese despejar sus miedos.

—He oído que tiene pendientes un buen número de deudas —dijo Simon, uniéndose a la conversación—. Y Ranulf El Negro siente poco aprecio por él.

—¿Ranulf? —preguntó Candy. No había escuchado ese nombre en la vida.

—Uno de los consejeros del rey —le explicó Terry—. Al igual que vos, Ranulf sólo ve lo bueno de las personas. Que alguien no le guste es una verdadera hazaña.

—Sí —dijo Simon—. Le gusta incluso Terry...

Éste le lanzó una mirada divertida a su hermano.

No se habló más mientras entraban en el salón, que había sido decorado con flores y sarga blanca. Las mesas estaban llenas a más no poder con comida, flores y regalos de boda para Charlie y Karen, así como también de pequeñas golosinas para todos los invitados.

Candy tenía un lugar reservado en la mesa del lord, junto a su padre, pero optó en cambio por permanecer al lado de Terry en una de las mesas inferiores.

Su padre contempló aquel acto con una patente desaprobación.

—¿Por qué te sientas aquí? —le preguntó colocándose tras ella.

—Lord Terry es mi protector y mi invitado, padre, y creí que sería lo apropiado; no pretendía faltaros al respeto.

De hecho, lo apropiado hubiese sido que su padre incluyera a Terry en la mesa del señor. Era un grave desaire del que Terry no había hecho mención siquiera. Pero como campeón del rey y uno de los nobles de más alta alcurnia entre ellos, Terry nunca debería haber sido colocado en una de las mesas inferiores, como un invitado común.

—Bien, pues lo has hecho —dijo su padre ásperamente.

Terry se puso lentamente en pie.

—Robert, sé que nosotros tenemos nuestras diferencias, pero, por el bien de su hija, propongo que las dejemos a un lado.

Candy sonrió ante la amabilidad de Terry. Era maravilloso que propusiera algo así en su nombre.

Su padre lo recorrió con una furiosa mirada.

—¿Me ofrecéis la paz?

—Os ofrezco una tregua.

Su padre rió con frialdad.

—¿Del hijo de Richard? Decidme, ¿también me atacaréis por la espalda en cuanto me dé la vuelta?

Candy se quedó con la boca abierta al escuchar semejante insulto.

—No —continuó su padre—. No soy tan imbécil como Enrique. Conozco la sangre que corre por vuestras venas, y no confiaría en vos más allá de donde me alcanza la vista.

La ira oscureció los ojos de Terry.

—¡Padre, por favor! —rogó ella tomando su brazo—. Os ha hecho una oferta de buena fe.

—Y yo la he declinado. Como haría cualquiera con la cabeza sobre los hombros. Sólo un necio se fiaría alguna vez con un Grandchester bajo su techo o a sus espaldas.

Durante un minuto cargado de crispación, Candy temió que Terry golpeara a su padre. Y justo cuando estaba segura de que lo haría, él dio un paso atrás.

—Vamos, Candy, Simon, nos marchamos de este lugar.

Con un nudo en la garganta, ella asintió.

—¡Pero si el banquete no se ha terminado! —gruñó su padre—. Candy aseguró que se quedaría durante algunos días. No podéis llevárosla todavía.

—Sí, padre, sí que puede.

La expresión herida del rostro de su padre inundó de lágrimas los ojos de Candy, pero se negó a llorar. O a tratar de hacer cambiar de opinión a Terry. Su padre lo había insultado sin ningún motivo y, por el bien de ella, Terry lo había soportado sin una sola queja.

No le pediría nada más.

—Le diré a mi primo Tom que vaya en busca de mis baúles —le dijo a Terry—. Si preparáis los caballos mientras, iré a despedirme de mis hermanas.

Terry asintió y se fue, dejándola a solas con su padre.

—¿Por qué no habéis cedido ni siquiera un poco, padre? —le preguntó cuando estuvieron solos.

Su rostro se endureció.

—¿Querías que me humillase ante un hombre como él?

El nudo de su garganta se tensó aún más. ¿Cómo podría ser tan estúpido?

—No voy a discutir este tema con vos. Había esperado que le dieseis una oportunidad para probaros...

—Asesinó a mi gente, Candy. ¿Acaso lo has olvidado?

Ella vaciló.

—No, yo no lo creo. No más de lo que le creo a él cuando dice que vos atacasteis su pueblo —miró a su padre directamente a los ojos—. ¿Lo hicisteis?

—Ya sabes que no. Fue una patraña que le contó a Enrique para ocultar su alevosía. ¿Cómo puedes dudar de mí?

Ella le puso una mano en el brazo.

—No dudo de vos, padre. Pero creo que los dos deberíais dejar de culparos el uno al otro el tiempo suficiente como para considerar la posibilidad de que ambos seáis inocentes, y de que alguien más está haciendo incursiones en vuestras tierras; de esa manera, quizás pudieseis unir vuestras fuerzas para descubrir quién es ese alguien.

Su padre entornó los labios.

—Ya sé quién es ese alguien, niña, y si fueras más lista, te quedarías aquí, bajo mi protección.

Candy le dio unas palmaditas en el brazo.

—Sabéis que no puedo hacer eso. El rey ha ordenado otra cosa—se puso de puntillas y besó la mejilla de su padre con cariño—. Voy a despedirme de Karen y de Patty.

Candy atravesó la atestada habitación en busca de sus hermanas. Un borrón rojo pasó a toda prisa junto a ella, y al instante reconoció la túnica escarlata de su primo.

—¿Tom? —le dijo antes de que se pusiera fuera de su alcance.

Él se giró hacia ella.

—¿Sí?

—¿Podrías encargarte de que lleven mis baúles a la carreta de Lord Terry, por favor?

Él asintió, pero vaciló un instante mientras sus ojos se dirigían hacia la puerta.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella.

Tom se pasó una mano a través de su corto pelo negro.

—Supongo que no, es sólo que...

Como no terminó de decir lo que pensaba, Candy le preguntó:

—¿Es sólo qué...?

Él unió las cejas en un profundo ceño.

—Anoche, Karen dijo que el hombre que golpeó Charlie era Terrence de Grandchester.

—Sí.

Él la miró directamente a los ojos.

—Pues ese no es el hombre contra el que luché la noche del incendio en el pueblo. Estoy seguro.

El corazón de Candy se detuvo.

—¿Qué estás tratando de decir?

—Luché contra él, Candy —dijo Tom con voz segura y una mirada sincera—. Tuve al duque justo delante de mis narices, o al menos a un hombre que se vestía como él. Reconocí la sobreveste, pero el hombre contra el que luché era de mi misma altura y constitución. Si hubiese luchado contra un hombre que era una cabeza más alto que yo y con los hombros mucho más amplios, lo hubiese recordado muy bien.

—¿Se lo has dicho a mi padre?

—Traté de decírselo anoche, pero se negó a creerlo. Dijo que yo estaba equivocado.

—¿Pero estás seguro?

—Sí. Herí a ese tipo, incluso. Un corte en el antebrazo derecho, a mitad de camino entre la muñeca y el codo.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Candy. ¡Estaba en lo cierto! Había alguien más intentando enfrentar a su padre y a Terry. Y no le cabía la más mínima duda de que si Tom hubiese luchado con Terry, ahora estaría yaciendo en su tumba.

Pero, ¿quién podría tener algo que ganar consiguiendo que lucharan el uno contra el otro?

Allí estaba pasando algo definitivamente extraño. Y, de una u otra forma, descubriría qué era.

Terry no empezó a relajarse hasta que atravesaron las puertas y comenzaron a atravesar las propiedades del padre de Candy.

Ella había tratado de hablarle, antes de que salieran, sobre la ridícula idea de que alguien estaba perpetuando las hostilidades entre su padre y él, pero no había creído una palabra sobre el asunto. No era más que otra de las muchas mentiras de Robert.

Y ya había escuchado suficientes.

Pero no tenía ninguna intención de humillar a su padre delante de ella. Dejaría que siguiera engañándose. No era un necio.

No tan pronto como le habría gustado, llegaron a los límites de sus tierras. Y en el momento en que empezaron a remontar una escarpada colina, un movimiento entre los árboles a su izquierda captó su atención.

Terry echó un vistazo justo a tiempo para vislumbrar el reflejo de un rayo de sol sobre una ballesta en el bosque. Antes de que pudiera gritar una palabra de advertencia, una flecha salió de la ballesta para clavarse en su muslo izquierdo.

Con un siseo de dolor, hizo girar a su caballo.

—¡Nos atacan! —gritó a Simon y a los demás mientras una lluvia de flechas caía sobre ellos.

Terry colocó su caballo de forma que pudiese proteger a Candy de las flechas.

—¡Llévate a Candy a un lugar seguro!

Simon agarró las riendas de la mujer y la arrastró hasta un bosquecillo de árboles mientras sus hombres se reunían a su lado, sacando las armas.

Apretando los dientes para aguantar el dolor del muslo, Terry desenvainó la espada y guió a sus hombres hacia los asaltantes ocultos en el bosque.

Su caballo se elevó sobre las patas traseras cuando una flecha se clavó sobre sus ancas. Terry se esforzó por mantenerse sobre la silla, tratando de evitar que su caballo huyera; sus hombres continuaron galopando hacia los asaltantes sin detenerse a esperarle.

Justo en el momento que recuperó el control de Goliath, una flecha se enterró profundamente en su pecho, empujándole hacia atrás. La agonía corría a través de sus venas con cada fatídico palpitar de la herida.

Terry se negó a ser derribado por unos cobardes que permanecían escondidos entre los árboles.

Apretó con fuerza las rodillas contra los costados de Goliath, decidido a permanecer sobre la montura. Otra flecha se clavó en su pierna. El dolor atravesó la extremidad hasta que ya no pudo seguir sujetándose a su caballo.

Goliath relinchó con fuerza y se alzó de manos una vez más; fue en ese momento cuando Terry notó que se deslizaba hacia abajo.

Cayó a tierra con un rotundo porrazo que le dejó sin respiración.

Aturdido, se tumbó sobre su espalda, intentando mover los brazos o las piernas, pero no sentía nada, excepto el dolor pulsante de las heridas, mientras la lluvia de flechas seguía cayendo sobre él.

Desde su escondite entre los árboles, Candy vio cómo caía.

—¡Terry! —gritó y recogiendo sus riendas comenzó a dirigirse hacia él.

—¡Volved aquí! —le espetó Simon intentando recuperar de nuevo las riendas de su caballo.

Candy se apeó de su caballo y corrió hacia Terry, a pesar de las flechas caían peligrosamente cerca de ella.

No pensó en los arqueros ni en ninguna otra cosa. Todo lo que tenía en mente era la figura inmóvil que estaba delante de ella.

Terry no hacía ni un solo movimiento.

Se arrodilló a su lado.

—¿Terry? —susurró, quitándole cuidadosamente el yelmo y acariciando su mejilla helada. Le temblaban las manos cada vez más a medida que el pánico iba apoderándose de su cuerpo. No podía estar muerto. No su campeón. No de esa manera.

—¿Terry? —gritó.

Él abrió los ojos y la miró.

Candy casi gritó de alegría.

—¡Agáchate! —dijo Terry, pero su voz había perdido la fuerza.

Las lágrimas se derramaron sobre su rostro cuando vio las tres flechas que sobresalían de su cuerpo. Y la sangre... Había demasiada sangre.

Simon apareció detrás de ella y, agarrándola del brazo, la levantó a la fuerza del suelo.

—¡Apártate de él! —gruñó, empujándola en dirección contraria.

Aquella furia injustificada dejó a Candy estupefacta.

—Necesita ayuda.

—Pero no la tuya.

Consternada, no se movió mientras él se agachaba para ayudar a Terry a levantarse del suelo. Éste emitió un jadeo de dolor cuando Simon se colocó su brazo derecho sobre el hombro para ayudarle a permanecer en pie.

Sólo entonces Candy se dio cuenta de que las flechas habían dejado de caer.

—Tenemos que volver a casa de mi padre —dijo.

La intensa mirada de odio de Simon casi consigue prender fuego a su túnica.

—¿Para qué? ¿Para que pueda terminar lo que empezó?

Ella se quedó con la boca abierta.

—¿No creeréis que mi padre ha tenido algo que ver con esto?

—Vi sus colores. Eran los de Whiterwick.

—No —dijo Terry ásperamente—. Esto no ha sido cosa de su padre.

—¿Qué? ¿Te has vuelto loco? —gruñó Simon mientras le ayudaba a llegar hasta la carreta—. ¿Quién si no?

—No lo sé —dijo con voz ronca, tambaleándose en los brazos de Simon—. Pero Robert no me atacaría con arqueros que podrían herir a Candy. No correría un riesgo semejante.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Simon.

—Lo sé —susurró Terry—. Limítate a llevarme a casa.

Candy apresuró sus pasos para mantenerse a la par que ellos.

—Pero la casa de mi padre está más cerca.

Terry la observó con expresión sosegada, a pesar del dolor.

—Un halcón herido no se acuesta en el cubil de un zorro.

Cuando llegaron a la carreta, Simon se apartó de Terry, quien se mantuvo en pie agarrándose con el brazo herido al costado del carro. Simon empujó su baúl a un lado, pero Candy lo detuvo.

—Sacadlo del carro y dejadlo fuera.

Simon frunció el entrecejo.

—Pero vuestras...

—Dejadlo.

Simon asintió e hizo lo que ella le pedía. Una vez preparada la cama, ayudó a Terry a subirse a la carreta y a tumbarse cuidadosamente.

Candy abrió el baúl y sacó el joyero y una túnica de color azafrán y se unió a Terry en la carreta.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Terry cuando ella empezó a rasgar el vestido.

—Preparándote algunas vendas —contestó ella.

—Pero tu túnica...

—Shh —le dijo, poniéndole los dedos sobre los labios—. No malgastes las fuerzas.

El carro siguió adelante dando bandazos de un lado a otro. Candy meditó si sería conveniente quitarle las flechas, pero llegó a la conclusión de que sería mejor que no. En primer lugar, estaban en movimiento y podría causarle aún más daño, y en segundo, temía que al quitarle las flechas sangrara todavía más. Así que empezó a usar los pedazos de túnica para aplicar presión sobre las hemorragias, tratando de contenerlas.

Examinaba continuamente su rostro que, a cada minuto que pasaba, parecía estar más y más pálido. Tomó un trozo de su vestido y empezó a limpiarle la sangre que tenía en la mejilla.

La ternura de su mirada la dejó sin aliento.

—Tenéis unas manos muy delicadas —dijo él suavemente.

Ella sonrió con tristeza, recordando la primera vez que le había dicho aquello.

Y entonces, él hizo la cosa más insospechada: extendió el brazo y tomó la mano de ella con la suya. Se colocó la mano en el pecho, sobre su corazón, y cerró los ojos.

Candy no sabía qué le había sorprendido más: que él finalmente hubiera tratado de tocarla, o que confiase en ella lo suficiente como para cerrar los ojos mientras estaba sentada a su lado. Ambos eran gestos de poca importancia, y, con cualquier otro hombre, podrían haber pasado inadvertidos; pero para Terry eran actos monumentales, y no pensaba pasar por alto ninguno de los dos.

Candy se miró fijamente la mano. Parecía diminuta comparada con la de él. La piel bronceada de Terry hacía que la suya pareciese aún más pálida. Tenía heridas en los nudillos, y pudo ver el cardenal que se había hecho al golpear a Charlie cuando el hombre la había insultado.

Fue en ese momento cuando comprendió que lo amaba.

No sabía cómo había ocurrido, pero así era.

Le temblaron los labios cuando dejó que su amor por él la inundara. Era algo asombroso. Maravillosamente cálido y absolutamente embriagador.

Impulsivamente, le retiró el pelo de la frente. Los mechones de seda castaña acariciaron sus dedos cuando los introdujo en su cabello. Le sorprendió que él no protestara, pero Terry no dijo una palabra más en todo el trayecto a casa.

Llegaron a las puertas después de la puesta de sol. La fiebre había comenzado, y Terry había perdido tanta sangre que Candy temía aún más por su vida.

Había perdido la consciencia mientras viajaban, y Simon y uno de sus caballeros tuvieron que llevarlo hasta su cuarto. Candy ordenó a Paulina que fuese en busca de su costurero y algo de vino, y luego corrió para alcanzar a Simon.

El rostro de éste estaba casi tan pálido como el de Terry, cuando extendió la mano hacia la flecha que su hermano tenía en el hombro.

—Esto va a despertarle. Monty —le dijo al caballero que le había ayudado—, prepárate para sujetarle cuando intente golpearme.

El caballero asintió.

Simon tiró de la flecha. Terry se despertó con una maldición que la hizo ruborizarse. Como Simon había predicho, levantó un brazo para golpearlo, pero Monty lo atrapó antes de que pudiera derribar a su hermano.

Terry echó la cabeza hacia atrás y gimió.

—Aguanta —susurró Simon, y entonces extendió la mano para atrapar la flecha de la pierna.

Completamente despierto ahora, Terry apretó la mandíbula con fuerza y extendió el brazo ileso sobre su cabeza para aferrarse al cabecero mientras Simon la sacaba.

Candy se encogió al contemplar cómo el cuerpo de Terry se ponía rígido mientras su hermano se esforzaba por extraer la saeta. No sabía cómo era capaz de soportarlo sin gritar. Finalmente, Simon arrancó las dos últimas flechas.

Éste sujetó una venda contra el hombro de Terry, y Candy se apresuró a apretar otra contra la pierna.

Después de algunos minutos, la sangre dejó de fluir.

—Cauterízala —dijo Terry entre jadeos.

—¿Qué? —preguntó Candy aturdida por la sorpresa.

—Llévatela de aquí, Simon —gruñó Terry—, y hazlo.

Simon pidió a Monty que la escoltara fuera.

Candy meneó la cabeza.

—Pero...

—No hay tiempo para discutir —dijo Simon, sacando la daga de su cinturón.

Lo último que pudo ver fue a Simon poniendo la daga sobre los rescoldos del fuego antes de que Monty le cerrara la puerta en las narices.

Pero ella no se fue.

Tenía el estómago hecho un nudo de miedo e incertidumbre mientras esperaba fuera del cuarto de Terry.

Después de unos minutos, Simon abrió la puerta. El sudor cubría su cara, y parecía estar enfermo.

—Necesito un trago —susurró mientras pasaba a su lado con Monty pisándole los talones.

Candy entró a toda prisa a la habitación para encontrarse a Terry de nuevo inconsciente. Simon le había quitado la ropa y lo había cubierto unas mantas de piel antes de salir.

Se detuvo al lado de la cama y contempló la figura que descansaba sobre ella.

Al igual que su hermano, Terry estaba cubierto de sudor. La piel de su hombro estaba enrojecida y llena de ampollas donde Simon había colocado la hoja sobre la herida para cerrarla. Y el hedor de la carne quemada aún impregnaba el ambiente.

Candy extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarlo. A pesar del terrible dolor él ni siquiera había gritado.

¿Cómo había sido capaz de soportarlo en silencio?

Paulina entró tras ella con una jarra de agua y unos paños. Candy se lo agradeció, derramó el agua en la palangana y humedeció un paño.

—¿Cómo está? —preguntó Paulina mientras atizaba el fuego.

—No lo sé —murmuró Candy—. Todo lo que podemos hacer es rezar.

Paulina asintió y salió de la habitación, dejándola a solas con él.

Con tanto cuidado como pudo, Candy enjuagó su frente enfebrecida. La incipiente barba de sus mejillas le raspó la palma de la mano mientras comprobaba la temperatura de su piel.

Las largas pestañas descansaban sobre sus bronceados pómulos. Nunca antes le había visto tan tranquilo. Tan relajado.

Y era tan apuesto que le robaba el aliento.

Recorrió con el paño su duro y musculoso pecho, retirando la sangre de la herida y del brazo. Detuvo la mano junto su emblema heráldico y lo tomó entre sus dedos. Fabricado con oro puro, resplandecía bajo la mortecina luz. Los pétalos de la rosa habían sido meticulosamente trabajados, y en la parte de atrás se leía simplemente: "La Rosa de la Hidalguía".

Candy sonrió, acariciando las palabras. Le venían como anillo al dedo, y se dio cuenta de que, a pesar de que no era el hombre de rubios cabellos con el que había soñado, Terry era todo lo que había deseado alguna vez. Era su rosa, y había venido a buscarla para llevársela a lomos de su blanco corcel.

En lugar de con radiantes sonrisas y poesía, la cortejaba con valor y honestidad.

Rozando su frente con los labios, inhaló la masculina fragancia que emanaba de él. Un día atraparía su corazón, igual que él había capturado el suyo.

Serás mío.

Cuando le lavaba el brazo, recordó las palabras de Tom.

Aunque tenía numerosas cicatrices en su cuerpo, no había ni rastro de una herida en el antebrazo.

Candy se quedó paralizada al comprender el significado de aquello. ¿Quién habría tramado semejante artimaña?

¿Y por qué?

Al menos, Terry no era tan obtuso como su padre. Él había comprendido que su padre no le habría atacado de forma tan cobarde. Quizás, cuando despertara, buscaría al culpable, y finalmente podría hacerse justicia.

Abstraída en sus pensamientos, bajó la manta distraídamente desde el pecho hasta la cintura.

Se detuvo en cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Casi todo el cuerpo del hombre estaba desnudo ante ella.

Tragando con dificultad, deslizó lentamente el paño húmedo por la abultada zona de su torso. Su pecho se elevaba y descendía al ritmo de su respiración.

La piel de Terry parecía llamarla, y Candy se preguntó qué se sentiría al acariciarla.

Mordiéndose el labio, apartó el paño a un lado. Agradecida de estar a solas, deslizó la mano sobre la piel enfebrecida, maravillándose ante su textura, ante la sensación de sus rígidos pezones bajo su palma. Era como terciopelo sobre acero. Nunca había sentido nada tan maravilloso.

Hambrienta por sentir más de él, arrastró una mano sobre sus pectorales, encantada con la suavidad de su piel.

Terry gimió.

Candy detuvo la mano sobre los prominentes músculos de su vientre.

Él lanzó un fuerte suspiro e inclinó su cuerpo hacia la derecha. A consecuencia de sus movimientos, la manta se escurrió más abajo, exponiendo todo su cuerpo a los ojos de Candy.

A ella se le secó la garganta al mirar ávidamente su desnudez. Incluso inconsciente, un aura de poder crudo y masculino parecía emanar de él, advirtiéndole al mundo lo peligroso que ese hombre podía llegar a ser.

Había visto la mayor parte de su cuerpo mientras luchaba con el jabalí, pero el miedo no le había dejado disfrutarlo. Ahora, no había nada que la distrajese de aquel cuerpo duro y esbelto.

Nada que nublase sus pensamientos, excepto el candente deseo que la abrasaba.

Era un hombre magnífico.

Impulsivamente, se inclinó hacia delante para posar los labios sobre los de él. Terry gimió cuando ella lo besó, deslizando su mano por el torso y la espalda desnudas. El deseo hervía en el vientre de Candy, palpitando y clamando por sus caricias, por alguna muestra de afecto hacia ella.

—Candy —susurró él, y su nombre fue como una caricia sobre sus labios.

—Estoy aquí —contestó ella, pero se dio cuenta de que aún seguía inconsciente.

Separándose de él, estiró una mano para alcanzar las mantas y le cubrió con ellas.

—Siempre estaré aquí —le dijo—. Y ni siquiera tú conseguirás apartarme de tu lado.

Por lo menos, esperaba poder lograrlo. Todavía tenía que descubrir una forma de llegar hasta él. Una forma de que le abriese su corazón.

Sólo esperaba que fuese posible conseguir que un hombre le abriese un corazón que él decía no poseer.

CONTINUARA