A Félix no le gustaba estar en París.
Félix estaba acostumbrado a estar con su madre. Siempre había sido así, siempre habían luchado los dos solos contra el mundo. Su madre era su mejor amiga, la mujer por la cual haría lo que sea, incluso dar su vida de ser necesario. Por eso le había robado su anillo a Gabriel, porque sabía que su madre lo quería. Él la amaba. Era lo único que tenía.
Pero aún así, a su madre le gustaba pasar tiempo con sus demás familiares, ella argumentaba que la familia era importante, que la familia no debía quedarse sola, que las fiestas eran importantes.
—Mamá, a Gabriel no le importamos. Ellos no nos necesitan —el año pasado, con ese argumento (y gracias a la tormenta de nieve y un muy oportuno resfriado) no pasaron la Navidad con Gabriel solo por eso.
Pero éste año todo era distinto. No hubo tormenta de nieve, el clima estuvo normal, una nevada común. Y Félix no se resfrió. Éste año, sí viajaron a la Mansión Agreste. Este año pasarían la Navidad con ellos.
Y Félix no se sentía feliz. No estaba nada feliz. Aquella sería la peor Navidad de todas.
—El año pasado mis amigos vinieron a cenar con nosotros, fue algo muy bonito —le contaba Adrien con una sonrisa marcada en el rostro.
¿Más bonito que estar con tu familia? Qué bonito resulto ser Adrien...
—Me lo imagino, qué lindo.
—Ya quiero que los conozcas, seguramente te caerán muy bien.
Lo dudo. Si son capaces de grabar vídeos tan cursis, no quiero conocer a nadie. Mucho menos a esa chica que es capaz de declarar sus sentimientos mediante un vídeo, qué horror...
Félix estaba aburrido.
Adrien era demasiado bueno, era tan tierno como un cachorro e intentaba ser un buen anfitrión. Eso solo aburría. Félix necesitaba algo de diversión, algo interesante. Adrien no le resultaba entretenido, mucho menos interesante.
—Iré a ver al tío Gabriel —no le gustaba llamarlo de ese modo, aún así, debía mantener las apariencias.
—De acuerdo. Luego nos vemos.
Una vez por las calles de París, sin querer llegó a las afueras de las tiendas. Todas estaban decoradas con lindos juguetes navideños, lo típico: Santa Claus, juguetes, luces y todo eso. Había villancicos, nieve y muchas cosas.
Nada entretenido.
—¿Félix?
La irritante voz de Chloé lo hizo frenar sus pasos. Se volvió y se encontró cara a cara con esa chica tan desagradable y creída.
—¡Félix! No pensé verte por París —dijo ella.
Félix rodó los ojos.
—Ni qué decir, mamá quiso pasar la Navidad en familia éste año —respondió él.
—Mis padres también, ¿no te parece terrible?
—¿Qué? —las palabras de la rubia lo tomaron por sorpresa.
¿Desde cuándo los padres de Chloé estaban juntos de nuevo? ¿y desde cuándo pasaban la Navidad juntos? ¿esa realmente era Chloé?
—¡Quieren pasar las fiestas juntos y no saben cómo ponerse de acuerdo! —exclamó la rubia —, Mi madre tiene ideas, mi padre tiene otras ideas. ¡Solo han discutido! ¡son más ridículos que los niños! —dijo con rabia.
Las discusiones entre sus padres la tenían cansada. No parecía ser una Navidad muy feliz, ¿por qué tenían que discutir tanto por todo? Realmente no los entendía. No le gustaba su relación y al mismo tiempo le gustaba verlos juntos. Se sentía una bipolar.
Félix resopló.
—Al menos a ti no te están obligando a pasar la Navidad con otras personas —respondió.
—Pero son tu familia, ¿no deberías estar feliz?
—¿Y eso qué? ¿acaso crees que por ser familia estoy obligado a estar con ellos? —Félix frunció el ceño —, creo que la familia es aquella que se preocupa por uno. La familia es la que está presente, no la que... —se detuvo al notar con quien hablaba —...¿sabes qué? No importa.
Estuvo a punto de irse, pero notó que sobre la cabeza de Chloé se veía un muérdago. Se quedó estático. Chloé siguió sus ojos y también vio el muérdago.
—Ni en tus sueños obtendrás un beso mío, amigo —le aclaró ella.
—Eso sería en mis pesadillas —respondió él.
—¡Eres un ridículo! ¿sabes quién soy? —chilló la rubia.
Félix rodó los ojos. Aquí vamos de nuevo... siempre salía con lo mismo.
