—Más de lo que querría admitir—
XIV. Entre Dos
TinaCeballos
BETA Aslaug
—¿Es que acaso me ven cara de banco? —preguntó Loreley, después de escuchar la crítica de una guardiana que abandonaba la fila echa una furia.
Desde muy temprano en la mañana el trabajo en la biblioteca había sido extenuante. Los miembros de las guardias se acumulaban esperando para entregar sus reportes o gestionar peticiones a la tesorería, generando un ambiente de descontento y prisa por volver a sus quehaceres. Han, el joven que la ayudaba con el archivo, apiló los últimos reportes en el casillero, mientras esbozaba una sonrisa que intentaba infundir ánimo.
—Descansa, Loreley. —se despidió, cuando esta cerraba la puerta de la biblioteca. —Te lo mereces después del día de hoy.
—¡Hasta mañana, Han! —sonrió ella.
Comenzó a alejarse hacia su habitación cuando en el extremo del pasillo vio a Ezarel regresando de la sala de alquimia. El elfo sonrió al verla y se acercó a ella, interponiéndose en su camino y cruzándose de brazos.
—¿Te gustaría cenar conmigo? —sonrió de medio lado.
—He cenado con Han hace una hora. —respondió con tranquilidad, bajando los escalones. —Ya son casi las nueve, Ezarel. ¡Ah! Por cierto, hola. —sonrió ella, divertida.
Ezarel se maldijo por haber pasado demasiado tiempo encapsulado en su trabajo. Por culpa de ello había perdido la oportunidad de cenar con Loreley.
—Pero, si nos damos prisa, Karuto aún estará lavando los platos. —añadió ella, con una mirada divertida. —Quizás puedas comer algo.
—No tienes que ir obligada. No tengo tanta hambre en realidad.
Loreley no pareció prestarle atención ya que lo cogió del brazo, arrastrándolo hasta la cantina. Eyila, la cocinera que trabajaba en el turno de noche, les sonrió con suficiencia desde los fogones, mientras apilaba los platos sucios para que Karuto pudiese limpiarlos con más rapidez. Se sentaron en la barra, esperando pacientemente para pedir algo de cenar.
—Eyila os atenderá. —rosmó Karuto, sin girarse. —No tengo intención de esperar a que acabes la comida, así que te lo serviremos en un recipiente para llevar.
Ezarel escogió el puré con melaza de entre los platos del día, y recogió su recipiente humeante al cabo de unos minutos. Sin mediar palabra se dirigieron hacia el pasillo.
—Es increíble, creo que no puede ser más gruñón. —resopló la guardiana.
—Puedo entenderlo. —respondió el elfo. —Tiene uno de los trabajos más agotadores de este lugar.
—La guardia cada vez se llena de más gente. Quizás en un futuro pueda contar con algunos ayudantes.
—Hace tiempo, cuando llegaban nuevos reclutas, el ambiente en el cuartel se volvía muy deprimente. —comentó Ezarel. —Significaba que las cosas no iban bien fuera, ya fuese por guerras o hambruna. Tenemos mucha suerte de contar con lo que tenemos.
Loreley lo miró en silencio, mientras el semblante de Ezarel permanecía inexpresivo. Todavía le sorprendía la manera en la que él reflexionaba sobre la guardia de manera tan profunda, aunque no lo exteriorizara por norma general. Que confiara en ella lo suficiente como para revelar ese tipo de pensamientos, hacía que su corazón se oprimiera y su garganta se cerrara al paso de aire.
—Ya hemos llegado.
Su voz la sacó de sus pensamientos, dándose cuenta de que estaban frente a la puerta de su habitación. Mirándose a los ojos, con tanto que decir y el miedo a flor de piel, Loreley sacó la llave de su bolsillo, accionando el pomo y abriendo la puerta, invitándolo a entrar con un movimiento sutil de cabeza. Ezarel abrió ligeramente los ojos, sorprendido por la invitación, pero no se hizo esperar, entrando a la oscuridad de la habitación, que había sido decorada por el mismísimo Nevra. La guardiana le señaló el sofá mientras ella se sentaba al frente, en la mullida cama, visiblemente nerviosa. Mientras Ezarel comía el puré, no podía parar de pensar en el Camajon, en sus palabras, en Eweleïn, en sus dudas y en cómo había ocultado sus sentimientos dejándolo en segundo plano.
"Lo quiero para mi", pensó.
—¿Sabes que no voy a desaparecer, verdad? —preguntó Ezarel, sonriendo. —No has dejado de mirarme fijamente desde que hemos entrado.
—¿¡Eh!? —respondió ella, avergonzada.
—Supongo que en tu mundo la comida es mucho más sabrosa que esta. —comentó, terminado la última porción de puré.
—Sí, bueno, hay mucha variedad, aunque nunca he prestado demasiada atención. —respondió, maldiciéndose por estar perdiendo los nervios.
—¡Me imagino que debe de haber tanto que hacer en tu mundo! —exclamó, con ojos soñadores. —Yo he estado aquí encerrado desde mi adolescencia.
—Mi vida terrícola era totalmente corriente. —respondió Loreley. —Estudié en la preparatoria y estaba recién graduada en la universidad cuando aparecí aquí.
—¿Qué es eso de universidad? —preguntó, curioso.
—Es como un sitio donde te formas en un área específica para poder ejercerla posteriormente. —hizo una pausa. —En mi caso incluso agradecí tener que olvidarme de todo aquello, ya que me aterraba no lograr encontrar trabajo algún día.
—¿Estás contenta al menos aquí? —preguntó tímidamente Ezarel, con un brillo de nostalgia en los ojos.
—No estudié precisamente para estar encerrada en una biblioteca o para elaborar pedidos de otras guardias. Tampoco soy buena en psicología, antropología o ciencias sociales, de manera que pueda ayudar a resolver conflictos diplomáticos. —sonrió ampliamente. —Pero la mezcla de todo creo que me ha hecho una persona mucho más completa. Me gusta más de lo que me hubiese gustado mi trabajo en mi mundo.
—Eso no es excusa, Loreley. —la interrumpió. —Siempre podemos intentar encontrar una alternativa.
—No es lo que quería decir. Estoy contenta con mi labor en Absenta, Ezarel.
—Todos mis antepasados trabajaron ardientemente en la ampliación y diversificación de la guardia. —murmuró, mirándose las manos. —Me pregunto qué habría sido de mi si no me hubiese que tenido que convertir en su líder por obligación.
—Creo que lo hubieras sido de todos modos. —sus miradas se encontraron. —A pesar de lo gruñón que puedas llegar a ser, no imagino a Absenta sin ti al frente.
Un tenue sonrojo cubrió las mejillas de Ezarel, incapaz de articular palabra.
—M-me gustas. —añadió Loreley, de manera abrupta.
El corazón de Ezarel se aceleró erráticamente por unos instantes. Con la mirada todavía fija en ella, sintió que podía acomodarse mucho mejor en aquel lúgubre sofá, que parecía recordarle la advertencia de Nevra a cada segundo que pasaba en él.
—Ya lo sabía. —respondió, arrastrando las palabras.
