Capítulo XV

Prosapia

Tres días transcurrieron desde la ejecución de su padre. El recinto Uchiha se estremecía con el sonido de charlas quedas, mientras los hombres fieles a causa de Fugaku comenzaban a concentrarse en las orillas de la sala.

Sobre el estrado de galga se encontraban los hijos del difunto, todos dispuestos detrás de una amplia mesa de madera, situados en el lugar que les correspondía.

El salón estaba abarrotado. Todas las miradas fijas en la peana. Itachi atisbaba en silencio la escena. Tras la muerte de su padre, y conforme las leyes de la herencia lo marcaban, el pelinegro se convertía en el legítimo heredero a las tierras, castillos y todo tipo de posesión con las que Fugaku contara a la hora de su muerte. Los hombres se habían reunido ahí para mostrar sus condolencias a la desamparada Mikoto, y sobre todo, para escuchar los designios de su nuevo señor.

Sasuke observaba a su hermano de reojo; la furia acumulándose en su pecho. Obito los había traicionado, y, sin embargo, tanto él como su hermano no tenían otra opción que mantenerse a su lado. Los hombres dispuestos a vengar la muerte de su padre eran pocos, estaban dentro de la boca del lobo, alzarse en armas no era un plan inteligente ni siquiera el más bruto de los guerreros lo consideraría.

—Mi señor— dijo el antiguo consejero de su padre, enfrentándose al aludido con calma—, la muerte de su padre ha sido en vano para su causa. Todos en esta sala sabemos cuáles son las intenciones del usurpador.

Murmullos soliviantados inundaron la antecámara, todos en señal de apoyo a lo expuesto por la mano derecha del antiguo lord.

Itachi encaramó una mano, acallando los susurros con un solemne gesto de autoridad. Con el rostro amainado y voz queda, respondió:

—Lo que Obito considere apropiado para realizar, no es decisión nuestra para tomar.

Sasuke respiró profundamente, haciendo un auténtico esfuerzo para mantener la compostura. Las palabras recitadas por su padre la tarde de su encuentro comenzaban a cobrar sentido. Lo había arruinado todo, estaba solo, sin rumbo alguno. Ante los ojos de su amigo y su amada era un traidor, así como a los de su rey, quien, sin duda alguna, asestó un golpe mortal para mantenerlos aplacados.

—Los hombres deciden donde reside el poder, mi señor. He conocido más reyes y reinas de lo que usted puede imaginar— retumbó la voz de otro Gran señor; tenia los brazos cruzados sobre el pecho. Sus hijos lo acompañaban, pero se mantenían en silencio, escuchando y atisbando la conversación.

El azabache menor alzó los ojos para mirar a Itachi. No deseaba estar ahí, en realidad, nunca deseó convertirse en el heredero, sin embargo, se trataba de la maldición de todo primogénito. Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no quebrantarse frente a sus hombres, era su deber proveerles calma y seguridad, ¿pero cómo iba a lograrlo si ni siquiera él era capaz de conseguirlo?

— ¿Qué es lo que quiere, mi señor?— Durante un momento, su voz sonó como un estruendo. Automáticamente, se puso de pie, inclinado ligeramente su cuerpo hacia el frente.

—El gobernante correcto en el trono— respondió el hombre, girándose hacia Itachi.

—Yo no deseo ser rey— confesó. El corazón de Sasuke dio un vuelco, Sakura había mencionado lo mismo cuando él le suplicó que se quedara en el Reino de Sunagakure—, Obito lo es.

Incapaz de permanecer un minuto más de silencio, Sasuke golpeó con fuerza la mesa, provocando respingos en más de uno. Enmudeció los bisbiseos por completo. Las palabras de Itachi no iban a aplacarlo.

—Asesinó a nuestro padre— replicó entre dientes—, no hizo más que engañarte como a un idiota. Compraste un saco de promesas vanas— la expresión en su rostro era implacable.

—No podemos luchar contra él— dijo con voz más tensa de lo que habría querido.

—Y tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados. Obito conoce nuestro origen, sabe que somos una amenaza para él, no descansara hasta asesinarnos a ambos—lo miró a los ojos, orgulloso y abatido a la vez.

—Nuestra estirpe ha sangrado demasiado— replicó, afligido, contemplando la faz de su hermano, y después, la de sus hombres— ¿Acaso tu orgullo es más importante que la sobrevivencia de nuestra gente? — cuestionó entre dientes.

Sasuke estrujó la mandíbula. No haría entrar en razón a Itachi. Estaba asustado, demasiado abatido para luchar.

—Contempla cuantas personas hay afuera— espetó. Abandonó su asiento para encararlo— ¿No vas a rescatarlos?, ¿Por qué?, porque temes lucir vulnerable.

—Por supuesto que estoy asustado, Sasuke, y no me siento avergonzado de ello— saltó el mayor—, si no puedes entender por qué no me alzaré en contra del rey, no tiene caso explicarlo.

Expresiones de sorpresa no demoraron en escucharse en la sala; la mezcla de enojo y decepción era palpable en el ambiente.

—Nuestro padre se merecía algo mejor de ti— expelió Sasuke con desaire, oneroso— estas cometiendo un grave error.

El desorden emergió en el salón. Reclamos encrespados retumbaban entre las paredes. Aquellos que habían sido víctimas de la tiranía de Obito apoyaban los argumentos de Sasuke, inclusive, sugerían que quien debía ocupar el lugar de Fugaku era él y no Itachi.

Sin embargo, el interés de hacerse con el puesto de su padre era inexistente para Sasuke; lo único que deseaba era que esa guerra llegara a su fin. Estaba cansado, llevaba gran parte de su vida expiando los pecados de sus antepasados, anteponiendo sus propios sueños, deseos y metas. Arrastraría durante el resto de su existencia la culpa de los errores cometidos, de la traición y de las consecuencias de sus de sus actos. Había renunciado al amor de su vida por realizar aquello que era un deber, y no lo que era correcto. Ahora se encontraba solo, perdido, sin una parte mortal que lo acompañara. Acataría la condena que tanto los dioses y los hombres le impusieran, pero no sin antes remendar gran parte del daño que había hecho.

En medio del tumulto, solo unos pocos advirtieron la presencia de Mikoto; pronto se hizo el silencio en torno a ella. Los hombres le abrieron paso, inclinando sus cabezas y mascullando el nombre de la viuda en señal de disculpas, no solo por la sublevación, sino también por el fallecimiento de su esposo.

Caminó con la cabeza erguida, haciendo caso omiso de las miradas. Sasuke se sintió reconfortado al ver el rostro de su madre en la sala; su faz lucia pálida, cansada. Tenía los ojos hinchados y la nariz enrojecida por el llanto. El luto no era impedimento para imponer orden en la sala. A final de cuentas, si alguien era capaz de hacer entrar en razón a sus hijos era ella.

Subió al estrado con paso acompasado, echó un vistazo al a Itachi y después a Sasuke, tal vez tratando de cerciorarse que ambos estuvieran a salvo.

—No estoy dispuesta a enterrar a mis hijos, ya sepulte a un esposo esta tarde— replicó, cortante—, sin embargo, Obito aún posee el trono. Debemos recuperarlo, y después los mataremos a todos.

La sala se llenó de gritos, puños alzados en el aire y pies que golpeaban el suelo.

Sasuke contempló a su hermano, quien parecía rabioso. Si estaba molesto, lo ocultaba de maravilla.

—Acudiré a Konoha a responder el llamado de Obito, pero no iré solo— dijo Sasuke, mirando alternativamente a su madre e Itachi—, llama a los abanderados— ordenó, dirigiéndose al consejero que se materia cerca.

— ¿A todos?— cuestionó incrédulo.

—A todos aquellos que sean leales a mi padre y estén dispuestos a vengar su muerte— dijo Sasuke.

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Los vientos del este arrastraron consigo la tormenta nocturna.

El firmamento color negro se resquebrajo en una línea de relámpagos que estallaron con el estampido de un agudo trueno. La lluvia repentina golpeteaba el suelo con gotas densas, resonaba en la tela de las tiendas, extinguiendo la tenue llamarada de las brasas.

Protegido de la tempestad en la intimidad de su tendal, el rubio mantenía la mirada cerúlea clavada en el suelo. La situación dentro del campamento comenzaba a complicarse; la comida se agotaba a medida que los días transcurrían, los hombres estaban cansados, poco a poco la moral e ímpetu de sus guerreros se diluía en un mar de incertidumbre, hartazgo y miedo.

Por otra parte, la desaparición de Sakura y la encomienda de búsqueda acaparaban sus pensamientos. Llevaba seis días tratando de localizarla. Sus hombres habían regresado a las pocas horas sin noticias prometedoras, era como si la tierra la hubiese devorado. Ante esto, la inquietud lo carcomía poco a poco. Era incapaz de sosegar el sentimiento de culpa y enfocarse en su trabajo.

— ¿Han tenido noticias de Sakura?— se atrevió a cuestionar tras meditar un instante; la voz enervada. En ningún instante apartó los ojos del suelo.

—No, mi señor— respondió temeroso su acompañante.

Restregó una mano contra su rostro. Hacia dos días que no descansaba. Pasaba la noche en vela dando vueltas en la cama, intentando figurar hacia donde se dirigía la pelirosa. Si algo malo le sucedía nunca iba a perdonárselo.

Sakura era capaz de defenderse por sí misma, no obstante, durante el trayecto de su indeseada encomienda, la chica se había enfrentado a enemigos que la superaban en fuerza y habilidades de combate, aun así, en cada uno de esos encuentros resultó herida.

Inquieto, abandonó su asiento. Estaba a punto de solicitar a sus hombres que prepararan un caballo, los consejeros no lo permitirían, pero era la autoridad en ese lugar y quien osara cuestionar su albedrio, juraba que le cortaría la lengua.

Sus pensamientos fueron interrumpidos al escuchar el ladrido de los perros, furiosos. Los cascos de los caballos redoblaron, las armas rechinaron. Un intercambio de voces le pusieron los pelos de punta. Sus dedos sudorosos estrujaron el mango de la espada, apretando con fuerza e impotencia.

Al cabo de unos segundos un soldado ingresó a la tienda. Estaba empapado de pies a cabeza; contempló al futuro rey y realizó una ligera reverencia. El corazón de Naruto latía con fuerza, de forma tan violenta que temía que saliera disparado de su pecho.

— ¿Qué sucede?— preguntó con tono hosco.

—Su excelencia…le suplico que me acompañe, hay algo que debe contemplar con sus propios ojos— solicitó.

Tan rápido como las palabras salieron de la boca del soldado, Naruto le siguió el paso.

Un aguacero lo recibió sin discriminación. Las gotas de lluvia eran grandes y heladas; impactaban contra su rostro, impidiéndole contemplar con claridad el caminado delante él. Hundió los pies en el barro, procurando no resbalar en el intento, el lodo le llegaba por encima del muslo y a medida que se desplazaba por el intrincado camino, encontraba un obstáculo tras otro.

Cuando llegó al sitio, los hombres retrocedieron un paso para abrirle espacio. Inseguro, avanzó, con la mano afianzada al mango de la espada. Ante él, aparecieron cinco prisioneros. Todos vestían cotas de malla, pesadas botas y capas gruesas de lana.

Debido a la oscuridad fue nulo reconocer el estandarte. Quizás se trataba de forajidos, criminales que merodeaban cerca del campamento buscando usurpar comida, caballos o armas.

— ¿De qué se trata todo esto?— indagó, entre molesto y confuso, escudriñando los rostros de los cautivos.

—Encontramos a Uchiha Sasuke merodeando por la periferia del campamento— retumbó la voz del soldado—. Mataron a tres antes de poder apresarlos, y hay dos heridos— informó.

El nombre del azabache resonó en sus oídos duro y cruel como un tambor de guerra. Aquel bastardo lo había traicionado sin siquiera pensarlo. Tenía la garganta seca como un desierto.

Dos de sus guardias presentaron al azabache. Tenía las manos atadas con una soga; el cabello caía por su rostro como una cascada, y se adhería a su piel, impidiéndole atisbarlo a los ojos. Naruto se aferró con una mano al puño del florete. El sitio daba vueltas a su alrededor. Sentía como si estuviera a punto de vomitar.

—Libérenlo— dijo con tono sombrío, pero elocuente.

Uno de los conscriptos lo ayudo a ponerse de pie, mientras otro cortaba las sogas que lo mantenían atado. Cuando cumplieron con el precepto del príncipe, se apartaron.

Los relámpagos hendían el cielo y la lluvia negra repiqueteaba contra el lodo del bosque.

Lejos de meditarlo, Naruto asestó a Sasuke una bofetada con puño enfundado. El azabache cayó de rodillas.

El rubio se abalanzó sobre él, golpeando una, dos, tres veces el rostro del hombre al que alguna vez llamó amigo. Escuchaba el ruido que generaba el contacto de sus nudillos contra los huesos faciales de aquella faz magullada. Sasuke no oponía resistencia, y eso lo enfurecía más de la cuenta.

La sangre se fusionaba con el fango, mientras la lluvia arrastraba consigo el entrevero de la violencia.

Fue hasta que uno de los guardias se atrevió a intervenir que Naruto se detuvo. Al alejarse, atisbo a Sasuke medio inconsciente, tirado en el légamo, con el rostro coloreado por el líquido carmín de la sangre.

—Colóquenle las cadenas y llévenlo a la tienda— dijo con voz imperiosa, ignorando las miradas consternadas de sus hombres y los cautivos—, convoquen al consejo, realizaremos una audiencia. Juzgaremos a Uchiha Sasuke por traición.

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La tienda estaba iluminada por antorchas, inmersa en afonía.

Los guardias arribaron en compañía de los prisioneros.

Obligaron a Sasuke a dar un paso al frente. Tenía el pelo azabache húmedo y la sangre seguía emanando despacio de la nariz y la boca, aun cuando la lluvia había limpiado su rosto casi por completo.

Las sombras ocultaban los ojos del rubio. Sentía las manos doloridas por los golpes, sus nudillos yacían abiertos, inclusive creía que debido al ímpetu de su fuerza rompió su muñeca izquierda, mas no contaba con el tiempo para atender las heridas.

Deseaba que Sakura estuviera ahí, a su lado. Sentía deseos de echarse a llorar, pero ya no le quedaban más lágrimas. Lo único que lograba reconfortarlo era el hecho de ahorrarle ese espectáculo a la pelirosa.

Los capitanes y guardias del rubio también estaban en la estancia, portaban cotas de malla y espadas. Pareció transcurrió mucho tiempo antes de que Naruto apartara los ojos del rostro ensangrentado de su amigo y hablara.

—Sasuke de la casa Uchiha— vociferó el consejero postrada a la derecha del rubio—.Es usted acusado de traición por el príncipe Naruto.

El azabache esbozo una sonrisa sardónica, húmeda, ensangrentada, mas no dijo nada al respecto.

— ¿Cómo osaste hacernos esto a mí y a Sakura?— preguntó entre dientes, tratando de ocultar el temblor que se asomaba en su voz.

Los truenos rugían y retumbaban; era como si el cielo se estuviera desmoronando en torno a ellos.

—Obito mintió— confesó. Naruto no sabía precisar si lo que enronquecía la voz de Sasuke era rabia o desesperación.

— ¿Por qué demonios lo hiciste?— preguntó—. Dame una maldita razón para no destriparte aquí mismo con mis propias manos.

Sasuke guardó silencio durante un segundo o más. Intentaba elegir la respuesta apropiada. Sin embargo, ni siquiera él era capaz de replicar. Había actuado impulsivamente. El miedo y la desesperación orillaban al hombre a cometer errores imperdonables.

—Quería salvar a mi padre— reconoció, elevando ligeramente el mentón. No permanecería cabizbajo, puesto que sus acciones no lo amedrentaban.

Naruto se frotó las sienes. Empezaba a perder el ínfimo ápice de paciencia que le restaba. Ordenaría a sus hombres que mantuvieran prisionero a Sasuke y prolongaría su sentencia tanto como le fuese posible. La verdad era que no deseaba matarlo. A pesar de los actos de Sasuke, todavía lo consideraba parte importante de su vida, ambos compartían una larga historia. Así pues, Sakura no lo perdonaría si lo condenaba a muerte.

—Obito ha sumado más hombres a su ejército. La última adición fue de cinco mil espadas. Si logramos vencerlo sería un milagro— replicó sin ceder una pizca, tan poco afectado por los grilletes que aprisionaban sus muñecas como por el hilillo de sangre que corría por la comisura de sus labios.

— ¿Si logramos?— Naruto soltó una carcajada amarga.

No se necesitaba ser una estratega para contemplar que se encontraban en desventaja. Si mal no recordaba, el número de hombres con el que contaba era inferior en comparación al de su enemigo. Obito los superaba en fuerza, y tal vez en conocimiento. Si pretendían vencerlo en el campo de batalla debían ser más astutos que él. Sakura tenía razón al decirles que se dirigían a una trampa, pero tanto él como Sasuke la ignoraron.

El sentimiento de culpa removió sus entrañas. Nuevamente sentía ganas de vomitar. Necesitaba que lo consolaran. Aquella situación estaba tornándose abrumante, el peso de la corona era una carga pesada para cualquiera; ¿Cómo se suponía que debía ser un buen rey si cada decisión que tomaba era errada?

—Luchare por el pueblo de Konohagakure y espero mantener esa promesa— sus ojos lucían lúgubres y oscuros.

— ¿Y piensas mantenerla tal como la última vez?— indagó, furioso y desesperado.

Todos en la sala parecían contener la respiración. Ninguno de los presentes se atrevía a interceder en favor del pelinegro o contradecir al futuro rey. Aun así, más de uno consideraba que la adición de Sasuke les otorgaría una ligera ventaja. El azabache poseía información de vital importancia que podría cambiar el rumbo de la batalla.

—Si esperas que me disculpe por mis actos no lo hare— se negó el Uchiha—. Todo lo que realicé fue por mi casa y por mi familia, y lo haría de nuevo— confesó imperioso.

— ¿Por qué ha abandonado su casa y traicionado a su rey?— interrumpió el consejero, frenando la intervención del príncipe.

—Esto va más allá de la lealtad— dijo Sasuke, contemplando de reojo al rubio

Naruto se quedó sin palabras. Estaba arriesgándose al concederle el perdón a Sasuke, lo único que obtenía era una tregua momentánea, tan pronto como su amigo cambiara de opinión lo apuñalaría por la espalda.

—Puedes quedarte— concedió en un suspiro—. Necesitamos todos los hombres que podamos obtener.

Dos guardias liberaron a Sasuke de los grilletes, a la par que uno más le devolvía la espada.

—Gracias— masculló genuinamente.

Naruto se puso de pie, ignoró el comentario del pelinegro y salió de la tienda seguida de cerca por sus consejeros. Tenía la certeza de que en cuanto Sasuke supiera de la desaparición de Sakura, la tregua se quebrantaría.

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Mordió sus labios para contener el alarido de dolor, emitiendo un quejido quedo, casi imperceptible.

Las gotas de sangre resbalaron por la zona del filtrum, pasaron por sus labios y desembocaron en el cuenco con agua que posaba frente a él, desvaneciéndose en espirales carmesí.

Había la pesada cota de malla y las prendas empapadas, necesitaba curar las heridas, que para su suerte, solo se encontraban en la cara. Tenía la nariz rota, y con el paso de los días, la hinchazón disminuiría y los cardenales desaparecerían.

Aquel bastardo se las había apañado para dejarlo en tal estado. No iba a culparlo, mucho menos buscar venganza. Merecía el castigo, más no la misericordia.

Los músculos de su espalda se tensaron al escuchar el crujido de la nariz y sentir el latigazo de dolor. Alcanzó la camisa manchada y la llevo hasta su rostro, ejerciendo presión para frenar la hemorragia.

— ¿Puedo pasar?— preguntó el rubio, asomando su rostro entre la tela de la tienda.

La única replica que otorgó fue el silencio. Naruto ingresó, echando un discreto vistazo a su alrededor.

Cuando finalizó de atender sus heridas, el azabache lo contemplo por encima de su hombro, a la par que restregaba la mano húmeda contra su rostro, disipando cualquier rastro de sangre o tierra restante.

Necesitaba ver a Sakura, pero no estaba seguro si el sentimiento era correspondido. Debía charlar con ella, al menos para aclarar las cosas; el único perdón que le importaba era el de su amada. Comprendería si ella lo rechazaba, no era la primera vez que traicionaba su confianza. La simple idea de saberse ejecutor de su desdicha generaba una serie de pérfidos sentimientos que lo carcomían por dentro. Desgració su vida, tomó su cuerpo en toda ocasión que tuvo oportunidad, se encargó de hacerla suya y marcarla de tal forma que fuese incapaz de olvidarse de él. Era una basura, una escoria. Un hombre que se deja llevar por sus deseos no posee honor.

Se cuestionaba donde se encontraba la pelirosa. Claramente no estaba en la corte, y empezaba a sospechar que tampoco se encontraba en el campamento. La noticia de su llegada no pasaría desaperciba, sobre todo para ella, quien seguramente habría salido a su encuentro y detenido la pelea.

— ¿Dónde está Sakura?— miró a Naruto con ojos ausentes. Algo andaba mal. Lo sabía por la actitud del chico; era evidente que le ocultaba algo.

El rubio se quedó pensativo durante un instante, con la mirada fija en el suelo. Una extraña sensación se arremolino en el fondo de su estómago, algo así como un mal presentimiento. Era una idea extraña, inquietante.

—Se marchó— respondió tras una vacilación, evitando mirarlo a los ojos.

— ¿Hacia dónde?— indagó. Colocó la tela manchada sobre la mesa, cerca del cuenco. El rumbo que tomaba la historia no era de su agrado, y sus sospechas empezaban a transformarse en aseveraciones.

—No lo sé. Hace seis días que no sabemos nada de ella— confesó Naruto aun evasivo—. Tuvimos una discusión acerca de los aliados. Ella salió de la tienda, pensé que se dirigía a la suya. Cuando fui a buscarla para pedirle disculpas no se encontraba ahí. Dos de mis hombres la vieron partir, pero fueron incapaces de seguirle el paso. Envié un equipo de búsqueda, pero no hemos tenido noticias sobre ella.

A medida que el relato del rubio continuaba, Sasuke sentía como la furia se acumulaba dentro de su pecho. Sakura estaba desaparecida, expuesta al peligro. Los hombres de Obito también la buscaban, era de vital importancia para el reino que la encontrara viva, puesto que una rebelde declarada abiertamente suponía un peligro para la estabilidad del imperio que trataba de forjar. Tenía la certeza de que si su enemigo daba con ella primero, el pelinegro se encargaría de hacerle vivir un infierno en carne propia.

— ¿Qué demonios hiciste?— preguntó tan pronto como la molestia que inflamaba su pecho se lo permitió, acortando la distancia entre los dos con tres grandes zancadas.

—No puede protegerla.

La calma que momentos atrás lo acogía no era más que una ilusión. Sentía la impetuosa necesidad de asestarle un golpe en el rostro en repetidas ocasiones, tal como él lo había hecho. Había sido un incompetente. La vida de Sakura era más importante que las reliquias y el la perdió de vista, permitió que se escabullera.

Lo más prudente sería preparar su caballo y emprender una búsqueda por su cuenta, ¿pero hacia donde se dirigiría?, no contaba con pista alguna para seguirle el rastro, mucho menos con un indicio. El tiempo transcurrido era demasiado, con seis días pudo marcharse a cualquier lugar y a la vez a ninguno.

Antes de realizar cualquier movimiento, el consejero del rubio irrumpió en el sitio acompañado de dos guardias.

La tensión se respiraba en el cuarto, y si se percató de que algo malo ocurría prefirió no puntualizarlo. El anciano carraspeó con fuerza, inclinó la cabeza y dijo:

—Su majestad— indicó—, nos han informado que Obito Uchiha está en camino. Quiere reunirse con usted.

Naruto intercalo miradas entre el azabache y su consejero.

— ¿Sabemos que es lo que frente?— inquirió.

—No, solo sabemos que desea reunirse. Ojala ofreciera su rendición.

El azabache atisbo al hombre. Existían dos opciones: la primera, acudir al encuentro, escuchar los deseos de Obito e intentar llegar a un acuerdo, lo cual parecía demasiado irreal para ser verdad; la segunda, ignorar su pedido y prepararse para avanzar, aprovechar la desorganización del ejército y atacar.

—Sasuke— lo llamó el rubio— ¿Cuál es tu consejo?— cuestionó.

El aludido se mantuvo en silencio. Suponía que debido a su traición no contaba con el derecho de omitir una opinión, solo de sumar cerca de mil espadas a la causa. Aquella acción lo tomó con la guardia baja.

—Mi señor— intervino el anciano, tratando de comprender, al igual que Sasuke, porque solicitaba su consejo.

—Sasuke— vociferó, remarcando sus intenciones.

—Sugiero que acudamos a la reunión, escuchar que es lo que desea.

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Cabalgaron a los límites de la frontera, ocultos entre las sombras de la oscuridad.

Cuando arribaron al campamento enemigo, los guardias los despojaron de sus armas, asegurándose de que su rey no corriera ningún peligro.

Los consejeros de Naruto habían arribado primero. La reunión era meramente diplomática. En los anales de la historia se relataban diferentes encuentros entre los líderes de los bandos combatientes, el propósito de estos cenáculos era llegar a un acuerdo civilizado antes de pisar el campo de batalla; si bien, la mayoría de estas charlas no dirigían a nada, en otras ocasiones, eran importantes para entrever algunas debilidades del enemigo.

Postrado sobre un trono elevado, Obito apartó la mirada del pergamino para contemplar a los recién llegados. Esbozó una ligera sonrisa, burlona, iba ataviado con elegantes telas, sin cota de malla o armadura. Detrás de él se apreciaban dos de sus guardias, de pie como estatuas, con la mirada fija al frente.

La estancia estaba ligeramente iluminada por un par de antorchas; el sol pronto saldría por el este, anunciando la llegada del nuevo día.

—Su majestad— habló el hombre, dirigiéndose a Naruto—, muchacho— añadió, posando sus ojos en Sasuke.

Ninguno de los dos respondió. El azabache había sugerido permitirle hablar primero, escuchar todo lo que tenía que decir al respecto sin caer en provocaciones. Tal como lo había mencionado Sakura, debían ser más inteligentes que él.

— ¿Dónde se encuentra el pequeño pajarito de la casa Haruno?, imagine que la emperatriz vendría con ustedes, ansiaba conocer a la mujer que asesinó a uno de mis grandes aliados— espetó, echando un vistazo por encima de sus hombros, tratando de responder su propio cuestionamiento.

—Dejemos a Sakura fuera de esto— habló Naruto, estrujando la mano en un puño.

—Por supuesto que no— respondió Obito sin perder ese aire sardónico—. La chica también es mi enemiga. Sería estúpido de mi parte subestimarla— en su faz apareció una expresión sombría. Tomó la copa de bronce situada en una pequeña mesa a su costado derecho y dio un pequeño sorbo—, supongo que ustedes lo hicieron, ¿no es así?, es por eso que no los ha acompañado a la reunión.

Sasuke podía sentir como sus músculos se tensaban al escuchar el nombre de la pelirosa. Le costaba admitirlo, pero Obito tenía razón. Tanto él, como Naruto, habían menospreciado las opiniones de la pelirosa; si bien, no era una versada guerrera como ellos, entendía mejor que nadie el juego de la política, la diplomacia era su punto fuerte, sabía hablar ante los reyes, encantaba a la gente con su carisma; si alguien tenía madera de postrarse en el trono de fuego era ella y nadie más.

—No hemos venido aquí a discutir el paradero de Sakura— interrumpió Sasuke.

—Ah, veo que has cambiado de bando por segunda ocasión— replicó Obito sin ceder un ápice—, ya sabes lo que dicen, la traición es parte inminente de un Uchiha— agregó, riendo ligeramente.

Sasuke lo contempló en silencio. Juraba que si los dioses se lo permitían, acabaría con él. Aquella sed de venganza era embriagante.

—Se preguntaran por qué he venido— el tono sombrío en su voz era elocuente. Relamió sus labios para degustar el ínfimo rastro de vino adherido a ellos—no voy a ofrecer mi rendición, si eso es lo que esperan. En su lugar, deseo ofrecerles un trato; bajen sus espadas y arrodíllense ante mí. Sabemos lo que sucederá si continuamos con esto, eventualmente ambos serán mis prisioneros. Me encargare de que escuchen los gritos de sus hombres mientras mueren en el campo de batalla, drenaré hasta la última gota de sangre disponible en sus cuerpos y cuando esto termine, una vez que sus esposas e hijos no puedan derramar una lágrima más, me encargare de alimentar a mis perros con su carne putrefacta. Los dejare a ustedes para el final, cuando hayan perdido toda esperanza y solo deseen el dulce beso de la muerte.

Una risa histérica rompió con el tenso mutismo perceptible en la estancia. Los consejeros y guardias se mantuvieron en silencio, al igual que los chicos, quien vislumbraba con disgusto al hombre postrado en el trono.

— ¿Han escuchado lo que dije?— preguntó.

—Sí, lo hicimos— replicó Naruto.

—Debo decir que fue un relato entretenido— admitió el azabache, notando con placer como la sonrisa de su enemigo iba desvaneciéndose hasta formar una delgada, y tensa línea recta con los labios—. No obstante, tampoco hemos venido a ofrecer nuestra rendición. Mucha sangre inocente se derramara en estas tierras mañana, así que propongo que ambos nos enfrentemos en un duelo, hombre a hombre. Si muero, permitirás que estos hombres se marchen y obtendrás mi cabeza. Pero si pierdes, perdonare tu vida y la de tus seguidores— dijo Sasuke.

Naruto lo atisbo en silencio. No deseaba interferir, aun cuando no habían hablado nada de lo mencionado por el pelinegro.

El usurpador no dijo nada durante un minuto o más. Frunció el entrecejo y mordió su labio inferior. Al parecer estaba considerando la propuesta seriamente.

— ¿Están asustados?— indagó al cabo de un momento—, está bien si ambos lo están, no deben avergonzarse de admitirlo.

— ¡Contesta de una maldita vez!— ordenó Naruto, elevando la voz.

Consternado y ofendido, Obito atisbó al rubio. Las formalidades habían quedado atrás, así como cualquier esperanza de ponerle punto final al conflicto sin el derramamiento de sangre inocente.

—No…ustedes salven a sus hombres— el monarca se puso de pie— han venido hasta aquí, ante mi… ¡ríndanse, ahora!— comandó, furioso.

—No podemos hacer eso— espetó Sasuke.

—Bien, han tomado su decisión, muchachos. La historia los recordará por su orgullo e indudable estupidez. Duerman bien, nos veremos mañana en el campo de batalla.

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Regresaron al campamento antes del mediodía.

La tensión se respiraba en el ambiente; un manto de incertidumbre los acogía a todos, era posible apreciar el temor en los rostros de los hombres.

Naruto estaba haciendo todo lo que podía, pero le seguían lloviendo los golpes, uno tras otro, implacables.

Convocó al consejo luego de su reunión con Obito, al canciller, al mariscal y todos los involucrados en el parlamento de guerra. Necesitaba hilvanar una estrategia certera, mortal; sacrificaría a unos hombres, por supuesto que sucedería, sin embargo, el pronóstico estaba en su contra, y si no era cuidadoso, terminaría por perder la batalla al primer día.

—Nos superan en número y posición— dijo uno de los hombres, ofuscado—, tienen el terreno a su favor. Nuestra necesidad de avanzar es otra desventaja.

—Mientras más aguardemos, más fuerza tendrá— dijo Sasuke.

Los ministros contemplaron a Sasuke con cierta aversión. El rubio se había percatado que preferían permanecer lejos de él, como si la traición fuese una enfermedad contagiosa, lo evitaban tal cual leproso, quizás temiendo que en algún arranque de locura jugarían en contra de su señor.

—Es cierto, su majestad, mientras más esperemos, más fuerza tendrán. Sin embargo, es posible que nuestra desventaja sea insalvable a este punto.

—Entonces, ¿Qué propone que hagamos?—Sacudió la cabeza, perplejo.

—Consideremos la retirada.

El rubio asintió; la tristeza asoló su rostro, y parecía como si los hombros llevaran el peso del sentimiento. La responsabilidad de la corona lo estaba aplastando. Deseaba con todas sus fuerzas ser un buen rey, noble, astuto, pero la carga era excesiva.

—Podemos ganar esta batalla— dijo Sasuke, sin dar muestra de dejarse vencer.

El consejero lanzó una carcajada irónica.

— ¿Y cómo propones hacerlo, muchacho?— preguntó; una mezcla entre molestia y sarcasmo.

—Sin caballos y sin armaduras. La defensa delantera está conformada por una línea de hombres a caballo. Todos ellos son caballeros armados, portan armadura y espada. Podremos utilizar el terreno a nuestro favor— explicó, calmado.

Años de combate le conferían experiencia inigualable. Había aprendido demasiadas tácticas de su padre. La lluvia había convertido en lodo la tierra, tornándola resbaladiza; los cascos de los caballos patinarían, y eventualmente los jinetes caerían de los lomos, siendo imposible mantenerse de pie si sus botas no se afianzaban al suelo.

—Por los dioses, este chico ha perdido la cabeza— dijo otro de los consejeros, menospreciando la intervención del azabache.

—Utilizaremos la agilidad y rapidez como nuestra ventaja en un falso avance. Reservaremos los jinetes y la infantería pesada para un ataque desde los costados, así lograremos rodearlos.

—Son unos chicos tan verdes como el pasto que crece en las praderas— espetó el consejero, poniéndose de pie.

—Obito desea que caigamos en su trampa, pero debemos hacer que el caiga en la nuestra primero. Tiene la confianza de que nos supera en número, atacara con fuerza— dijo Sasuke.

—Por favor mi señor, no escuche las palabras de este hombre. Logró engañarlo una vez, y lo hará de nuevo, tan pronto como la oportunidad se le presente— espetó desesperado.

La mirada cerúlea del joven príncipe recayó en la faz serena del pelinegro.

—Atacaremos mañana— comandó Naruto—. Si el plan falla, imploremos a los dioses que Sakura regrese con aliados dispuesto a ayudarnos.

Continuara

N/A: No esperaba terminar este capítulo en tan poco tiempo, pero los milagros de navidad suceden.

Es un poco corto en comparación con los anteriores, pero me estoy reservando gran parte de los detalles para la batalla que se avecina.

Muchisimas gracias a Liv y Dulcecito311 por dejar un review, en verdad, agradezco de todo corazón que se tomaran el tiempo para dejar un comentario.

Sin nada más que añadir, espero que el capitulo sea de su agrado. Como lo habia mencionado antes, tratare de actualizar tan pronto como sea posible, para acercar esta historia a su final.

Espero que pasen estos dias rodeados de las personas a las que quieren. Les mando un fuerte abrazo y los mejores deseos.

Nos leemos hasta la próxima

¡Saludos y felices fiestas!

Shekb ma Shieraki anni