Capítulo 15. Su lugar favorito en la mansión
Después de ese punto, la fiesta se convirtió en una experiencia totalmente diferente para Draco. Se sentía como si le hubiesen quitado kilos y kilos de encima, percibía el alma danzante y ligera, feliz. Físicamente, tenía el cuerpo un tanto adolorido por el sexo rudo que acababa de tener con su marido, pero aceptaba aquello con tanto cariño que, hasta para su mente, sonaba extremadamente cursi y estúpido. Cojeaba un poco y no se preocupó en lo más mínimo por disimularlo, mucho menos cuando se dio cuenta de que Gabrielle y Enescu lo miraban con resentimiento desde la distancia. Harry no se despegó de su lado durante las horas siguientes y así, los dos juntos, circularon por el salón saludando a aquellas brujas y magos que se acercaban al nuevo director.
En un momento dado, a Draco se le despertó el apetito y abandonó un rato a Harry para acercarse a las mesas a comer.
Ahí estaba sirviéndose un plato cuando Granger lo abordó.
—¡Draco! —susurró ella con una gran sonrisa—. ¡Estoy tan feliz! No sólo la fiesta está siendo un éxito, sino que también me doy cuenta de que Harry y tú han arreglado sus diferencias —comentó como quien no quiere la cosa, pero Draco inmediatamente entendió por dónde iba la trampa en aquella aseveración.
Se giró hacia la bruja y puso cara de fingida inocencia.
—¡Hermione! Exacto, nos hemos arreglado, pero la verdad es que es hora que no tengo idea de qué fue lo que pasó entre nosotros. Como te dije más temprano, prácticamente no tengo ningún recuerdo de lo sucedido durante los últimos días y, al parecer, algo gordo sucedió. Creo que Harry y yo nos peleamos, ¿quizá por algo que yo le dije? No lo sé, pero ya le he explicado que estoy sufriendo de lagunas mentales y él lo ha entendido. Como sea, vamos a ir a San Mungo en cuanto nos sea posible.
Granger suspiró muy aliviada.
—¡Oh, qué bien!… Quiero decir, no está bien que hayan peleado ni que tengas pérdida de memoria, sino que está bien que… ¡Ya me entiendes lo que quiero decir!Totalmente de acuerdo con que vayan al médico. ¡Qué gusto me da que... Que ya seas tú mismo otra vez! —exclamó y lo abrazó un poco. Draco sonrió con suficiencia—. Por cierto, hay algo que debo contarte. Yo... yo me he enterado del secreto de Harry. Me refiero a los ataques de pánico que sufre.
Draco fingió sorpresa y abrió mucho los ojos.
—¡Oh! ¿Te has enterado? Perdona que no te lo contara antes, pero es que Harry no...
Granger lo interrumpió moviendo una mano como para restarle importancia.
—No te preocupes, entiendo las razones. El punto es que he estado pensando mucho en eso y creo que la solución perfecta va a ser que tú lo ayudes a recuperar su patronus.
—¿Eso crees?
—Estoy casi segura. Conociendo a Harry, nada le funcionará mejor. Claro, sé que el tratamiento mágico-psiquiátrico seguirá siendo indispensable para sanar, y de ninguna manera estoy sugiriendo que lo deje, pero a lo que me refiero es que, si se siente seguro de nuevo, o sea, si sabe que cuenta con su patronus, creo que será mucho más fácil para él enfrentar su trauma.
Draco se llevó los dedos a la barbilla. En realidad, él ya había pensado eso también, pero, el asunto era, ¿cómo ayudar a alguien a conjurar un patronus si él mismo nunca había formado uno? Observó a Granger fijamente. Ella debería saberlo. Decidió jugársela y le dijo:
—Es una teoría interesante... Y, como mi propio patronus es... —dijo y se silenció, esperando a ver qué decía ella. Conociéndola, no podría resistirse a llenar los espacios en blanco.
Resultó. Granger lo miró fascinada.
—Oh, sí, tu propio patronus es hermoso, ya lo he visto. Por eso creo que nadie mejor que tú para ayudarlo. Llevarlo de la mano, buscar con él sus mejores recuerdos, los más felices, y, no lo sé, aprovechando un momento de gran calma, animarlo a conjurar el encantamiento.
Draco se había quedado estupefacto ante la confirmación de que él, ahí en esa vida, tenía un patronus. Granger lo había visto, así que tenía que ser cierto. Algo cálido le llenó el pecho y, de pronto, tuvo la urgencia de salir de ahí para poder comprobar si lo que ella decía era verdad.
Tenía un patronus. Él, que siempre, en el fondo, se había sentido incapaz. Y seguramente, sin duda alguna, tenía ese patronus gracias a Harry Potter.
Los ojos se le humedecieron y tuvo que desviar la mirada para que Granger no se diera cuenta y comenzara a sospechar.
—Hola, cariño —dijo de pronto la voz de Ron Weasley detrás de ellos. Draco los miró de reojo y vio al pelirrojo dándole a su mujer un cariñoso beso en la mejilla. Entonces, Ron miró a Draco y suspiró. Parecía un tanto avergonzado, pues incluso se sonrojó un poco—. Ey, Draco, ¿qué tal?
—Todo bien, Ron, gracias. ¿Y tú? —respondió Draco disimulando la diversión que le causaba ver al otro tan mortificado.
—¿Eh? Bien, gracias. Mira, hurón, tengo que decirte algo o voy a reventar —comenzó a hablar muy rápidamente, y Draco notó que Granger lo miraba con gesto aprobatorio—. Ginny nos contó lo que pasó y bueno, me siento directamente culpable de que las cosas hayan escalado a tanto. Quizá debí extremar precauciones y no permitir que nadie más escuchara esa conversación de anoche en mi casa. Y sí, estaba muy enojado contigo, no voy a negártelo. Pero Hermione ya me ha regañado y me contó que ustedes dos se han arreglado.
Draco sonrió con gesto lascivo.
—Oh, sí —dijo, y suspiró con ensoñación—. Nos hemos arreglado... completa y exhaustivamente. Estrenando muebles en su despacho y todo eso.
Granger soltó una risita y Weasley puso los ojos en blanco.
—No tienes que dar tanta información, muchas gracias. El punto es que me alegra sinceramente que las cosas entre ustedes ya estén bien. Mira... Sé lo mucho que Harry te ama y, no sé, imaginarlo viviendo una vida sin ti... Me parece sumamente triste. Creo que él nunca sería realmente feliz. Por eso, por más raro que suene que precisamente yo te lo diga, tengo que reconocer que eres lo mejor que le pudo haber pasado. Como su mejor amigo, tengo que agradecerte todo lo que haces por él y por... Bueno, ya sabes. Por haberle dado una familia y todo eso.
Draco, sorprendido por segunda vez en ese rato, sólo miró a Weasley boquiabierto mientras éste le daba una fuerte palmada en un brazo, le sonreía con calidez y se alejaba junto a Granger. Ella, antes de marcharse, lo miró por encima del hombro y le guiñó un ojo.
Draco se sintió ridículamente dichoso, pero esa felicidad sólo duró unos segundos. Por alguna razón, comenzó a preocuparse. Todo lo que había estado sucediendo durante las últimas veinticuatro horas empezó a tener un sentido bastante extraño, como si... como si todas aquellas conversaciones se trataran de despedidas. La charla que había sostenido con Lucius en la cena del día anterior, y el abrazo que había podido darle. La noche pasada en el cuarto de Eltanin mientras lo escuchaba respirar y lo veía dormir. Su tan añorada "reconciliación" con Harry. Y ahora, ¿esto? ¿Ron Weasley, de entre toda la gente, viniendo a él y dándole su bendición?
Inapetente y de nuevo muy nervioso, Draco no pudo continuar comiendo. Un funesto presentimiento lo había invadido y no lo dejaba en paz. Bajó el plato lleno de comida y lo dejó en la mesa.
—¿Gusta que le retire el plato, señor? —dijo un camarero y Draco asintió. Se giró hacia él y se asustó al descubrir que se trataba de Snape.
De hecho, no sólo se asustó, sino que se horrorizó completamente. Por primera vez en toda su historia dentro de ese vistazo, se dio cuenta de que no quería volver a ver a Snape nunca más.
—¿Otra vez usted? —le espetó, intentando disfrazar su miedo de molestia. Miró a su alrededor y se dio cuenta, con asombro, de que nadie parecía reparar en que ahí estaba, entre ellos, el difunto Severus Snape vestido como camarero. Draco se preguntó si acaso solamente él podía verlo—. ¿Qué quiere ahora? Ya… ya no necesito que se me aparezca —dijo, comenzando a dar pasos hacia atrás, alejándose—. Ya me ha quedado claro qué es lo que tengo que hacer, "dejarme llevar", "disfrutar esto y aquello". He comprendido que "esto no es una realidad alterna" y todo lo que ya me ha explicado. No… no lo necesito más, Snape —agregó con pánico.
Tenía ganas de salir corriendo, de huir del fantasma de su ex profesor. Pero sabia que nada ganaría: así como Snape se desaparecía en cuanto quería, de igual forma continuaría apareciéndose a donde fuera que Draco pudiera escapar.
Snape lo miró, le dedicó una sonrisita irónica y tomó el plato que Draco había dejado sobre la mesa.
—Sólo vine a decirte, querido Draco —dijo con su característico tono bajo y solemne, sin ver al otro a los ojos—, que estamos a punto de lograr el cometido. Lo recuerdas, ¿cierto? —añadió y elevó la mirada. Draco lo estaba observando con los ojos muy abiertos, todavía maravillado de que nadie más en esa fiesta pareciera reparar en Snape—. El objetivo de esto era que tú descubrieras lo que te hace falta en tu vida. En tu verdadera vida —añadió con crueldad—. Y tengo que felicitarte: me informan que por fin estás a punto de conseguirlo. ¿No es maravilloso? Finalmente podrás dejar este vistazo que, como no te cansabas de decirme, es un infierno para ti —finalizó con gran ironía, burlándose abiertamente mientras ponía el plato sobre la bandeja que llevaba en la otra mano.
Draco se acercó hasta Snape dando un par de pasos.
—¡No, Snape! —murmuró sin dejar de mirar de reojo a su alrededor—. ¡Está usted muy equivocado! Yo... yo no he descubierto nada ni estoy cerca de descubrirlo todavía —habló a toda velocidad, comenzando a desesperarse—. ¡Todavía no puede sacarme de aquí! ¡Es más, le exijo que me deje aquí para siempre! Estoy completamente convencido de que nunca me daré cuenta de qué era lo que me hacía falta en mi otra vida. Y sí, tal vez es un infierno, pero, ¡acuérdese de que yo era un canalla! Así que lo tengo bien merecido, ¿no cree? Como… como castigo —finalizó sin mucha convicción.
Snape suspiró y se le borró el gesto de burla de la cara. Miró a Draco con lástima.
—Déjame... explicarte. Por definición, un "vistazo" es una observación momentánea. Algo... temporal. No puede durar para siempre. Te lo dejé muy claro desde el primer día, ¿lo olvidas?
—¡Pues haga una excepción conmigo, Snape! —le exigió Draco levantando la voz, olvidándose de que estaban en medio de un banquete.
Snape puso los ojos en blanco y no contestó. Draco se acercó más a él; no pensaba perderlo de vista, no iba a dejarlo escapar si antes no le aseguraba que no cambiaría nada y Draco podría continuar ahí en aquella vida. Porque Snape no lo podía sacar de ahí, por Dios, no... No después de todo lo que Draco había tenido que sufrir para tener las cosas claras y adaptarse; no después de que hubiera conseguido engañar a todos, incluso a la sagaz de Granger; no después de todo lo que había hecho para que Harry lo perdonara, para por fin estar bien con él y con todos ahí…
Simplemente, no...
Alguien llegó por un costado, empujó fuertemente a Draco y le echó una bebida encima. Draco tuvo que dejar de mirar a Snape una fracción de segundo porque la persona que lo había atropellado era una señora muy mayor que, de no haber sido sostenida por Draco, habría caído hasta el suelo. Draco la ayudó a incorporarse y casi se caga del susto cuando descubrió que esa anciana era, ni más ni menos, la misma vieja que supuestamente él había salvado de Snape en el callejón del sector mágico la víspera de Navidad, cuando todo aquello había comenzado.
Sólo que, a diferencia de aquella ocasión, esta vez la mujer no parecía retardada mental ni tenía la mirada vacía y ausente, sino que se veía muy normal y alerta como cualquiera. Como fuera, Draco se horrorizó al verla y la soltó como si lo quemara. La anciana se tambaleó un poco ante la manera súbita en que Draco la había liberado.
—Oh. ¡Perdone usted, señor Malfoy! —le dijo ella con gran vergüenza mientras se enderezaba y se sostenía por su propio pie—. Mis piernas ya no me responden como antes, ¿gusta que le aplique un encantamiento para limpiarle la ropa?
Draco, muy asustado, incapaz de encontrar su voz, negó con la cabeza y comenzó a caminar hacia atrás; sentía sudor frío escurriéndole por las sienes y el corazón palpitándole furiosamente. Miraba alternadamente entre la vieja ahí parada y el sitio donde Snape había estado unos segundos antes. Como era de esperarse, Snape se había desvanecido sin dejar rastro.
Draco se dio la media vuelta y, sin importarle lo que pensara nadie, salió corriendo de ahí.
Estaba por llegar a la puerta del salón que llevaba a la salida, cuando alguien lo interceptó tomándolo del brazo. Draco casi pega un grito, pero se contuvo mientras se giraba hacia quien lo había detenido.
Era Blaise. Draco, por alguna causa, se sintió estúpidamente reconfortado. Pansy estaba de pie a su lado y los dos lo observaban con preocupación.
—Draco, ¿qué te pasa? —le preguntó Blaise—. Estás más pálido que nunca, y mira, amigo, para alguien que una vez vio lo descolorido que tienes el culo, decir eso de ti ya es demasiado.
Draco soltó una risotada que, incluso a sus oídos, sonó terrible: fue una carcajada llena de miedo e ironía. Por un segundo, pensó en lo mucho que había extrañado el sentido del humor que sólo parecían compartir los que había pertenecido a la casa Slytherin, y en cómo no se había dado cuenta de eso hasta que estuvo metido en ese vistazo con la posibilidad de volver a convivir con sus antiguos camaradas del colegio.
Dios, si Snape en verdad lo regresaba a su otra vida, también a ellos iba a perderlos.
Sintió el impulso de lanzarse encima de su par de amigos y abrazarlos fuerte, pero se contuvo. Se conformó con poner una mano encima de la que Blaise estaba usando para sostenerlo. Se la apretó al tiempo que lo miraba a los ojos y le susurraba a toda prisa:
—Estoy bien, no se preocupen. Sólo… Sólo es… Algo de lo que comí me hizo daño. Tengo náuseas y muchas ganas de irme a mi casa, es todo.
—Oh —dijo Blaise, y lo soltó—. No me sorprende que estés cansado. Después de tanto trabajo, es normal.
Draco asintió y suspiró, tratando de recuperar la compostura. Miró a Pansy a la cara.
—Cariño, quiero que sepas que Harry y yo ya estamos totalmente reconciliados —le dijo, intentando sonar despreocupado y altanero. Pansy sonrió con orgullo y arqueó las cejas.
—¿En serioooo? —canturreó ella—. Y un día antes de la fecha límite. Estoy impresionada, Draco —concedió ella sin dejar de sonreír.
Draco la miró e intentó corresponder la sonrisa, pero no podía. Tenía demasiado miedo y nervios como para siquiera intentar una mueca que no pareciera un reflejo de su supuesto dolor de estómago. Todos aquellos kilos de estrés y presión que parecía haberse quitado de encima gracias al ardiente sexo con Harry, ahora volvían a él con mucha violencia y rapidez. Miró a su par de amigos, deseando decirles muchas cosas...
Pero no se atrevió. Pansy y Blaise lo miraban inquisitivos, como esperando. Seguramente ambos leían en su lenguaje corporal las ganas que tenía de explayarse y contarles más. Contarles que, ahora que sabía lo que se había perdido al haberse alejado de ellos, se arrepentía de todo corazón. De eso y de haber tratado de hacerles daño sólo por encontrarse amargado. Pero, ¿cómo iba a decirles aquello?
Así que, lo único que hizo, fue levantar las manos y tomar a cada uno de los hombros. Les obsequió una sonrisa forzada antes de decir:
—Me voy a casa, chicos. Realmente no…
—Draco, ¿qué te pasa? —preguntó Harry de pronto, llegando en ese instante hasta ellos. Tenía en el rostro un gesto de intensa preocupación—. ¿Te sientes mal?
—Carajo, Potter, llegas justo a tiempo para interrumpir nuestro malévolo plan para demandarte por ofrecer alimentos contaminados en tu fiesta —bromeó Blaise, dándole una cariñosa pero muy fuerte palmada a Harry en la espalda—. Draco, aquí presente, está al borde de la muerte.
—¿De verdad? ¿Algo de la comida te hizo daño? —le preguntó Harry directamente a Draco.
Draco asintió con rapidez; el sudor frío que le escurría por la frente y las sienes ayudándole a dar crédito a su mentira.
—Creo que… creo que… mejor voy a retirarme. Irme a casa a descansar. No te molesta, ¿cierto?
Harry comenzó a negar con la cabeza, pero entonces, pareció cambiar de opinión. Se acercó más a Draco y lo tomó cariñosamente de un brazo. Blaise y Pansy sonrieron con satisfacción al ver aquel gesto.
—Espera, yo me voy contigo —dijo entonces Harry y echó un vistazo alrededor—. La verdad es que me estoy volviendo loco. Toda la gente quiere hablar conmigo y ya no doy más. Llevo horas haciendo esto, Hermione tendrá que darse por satisfecha.
—¡Huyan ahora que no anda cerca! —exclamó Pansy mientras se ponía frente a ellos y extendía los brazos como para esconderlos de la vista de los demás—. Nosotros los cubrimos, despreocúpense. ¡Nos vemos mañana en Londres! Espero que duerman muy bien —añadió con un tono altamente pícaro que remató guiñándoles un ojo.
Draco sonrió levemente mientras una oleada de cariño hacia Pansy y Blaise le inundaba el alma. Les dedicó una última mirada mientras Harry sacaba su varita y se desaparecía junto con él rumbo a su casa.
La imagen de sus dos amigos sonriéndole con orgullo, fue una que se quedaría en la mente de Draco grabada a fuego durante muchísimo tiempo después de eso.
Para sorpresa de Draco, Harry no los apareció ni su cuarto, ni en la planta baja. Ambos esposos se materializaron en el corredor justo afuera del cuarto de Eltanin. Harry le dedicó una sonrisita a Draco y, acto seguido, abrió la puerta de la habitación del niño y entró.
Draco lo pensó rápidamente y supuso que era costumbre para ellos pasar por el cuarto del bebé a darle un beso de buenas noches cada vez que regresaban tarde a casa, así que no hizo preguntas. Siguió a Harry hasta quedar parado junto a él al lado de la cuna donde Eltanin ya dormía plácidamente.
El encantamiento de lámpara estaba ya ejecutándose, gracias al cual había bastante luminosidad en la habitación como para poder observar a su hijo. A pesar de que Eltanin era el vivo retrato de Draco cuando bebé, éste pudo notar que también su carita regordeta presentaba cierta similitud con los rasgos de los Potter. De Harry y de James.
Draco tomó el brazo de Harry mientras pensaba en la pintura mágica de los Potter que Granger había mandado a colocar en la oficina. Pensó en lo terrible que debía ser para Harry que sus padres hubiesen muerto hacía tanto y no pudiesen haber conocido a su nieto, quien...
—Oh —dijo Draco entonces, dándose cuenta repentinamente. El descubrimiento y, sobre todo, haber sido capaz de darse cuenta él solo, lo llenó de una ternura indecible—. Eltanin James —susurró, y se giró a ver a Harry, quien también lo miró a él con gesto interrogante—. El segundo nombre de nuestro hijo... es James —afirmó.
Harry no respondió nada, sólo lo miró con divertida curiosidad durante un momento. Entonces, se inclinó sobre el bebé, le peinó los sedosos cabellos y le dio un beso muy leve sobre la frente. Draco lo escuchó suspirar mientras se ponía de pie.
—Si alguien me hubiese dicho, hace años, que iba a terminar casado contigo y con un hijo... jamás lo habría creído —susurró Harry entonces, volviendo a poner toda su atención en Draco. Le sonrió entrañablemente y le pasó un brazo alrededor de la cintura, atrayéndolo hacia él—. Tú y Eltanin son lo mejor que me ha pasado, Draco. No sé en dónde estaría hoy si no fuera por ti.
Draco hizo una mueca y evitó mirarlo a los ojos.
—Seguramente serías la estrella de quidditch más grande de los últimos tiempos, con ofrecimientos de talla internacional y un montón de trabajo, dinero y admiradores. Y novias y novios que cambiarías más seguido que tus calcetines, dándole un montón de material a la Prensa sensacionalista —dijo en tono juguetón, aunque él bien sabía que no era más que la verdad. El Harry Potter de su otra vida, al igual que él antes, simplemente vivía su vida lo mejor que podía, sin tener idea de que ellos dos podían haber formado una familia de haber sido las cosas distintas.
Harry se le quedó viendo con gesto serio.
—Y, ¿qué tendría de fabulosa una vida así? Especialmente, comparada con esta donde te tengo a ti y a nuestro bebé… No sé, pero si me das a elegir, esta vida donde soy parte de los Malfoy, gana con creces —finalizó y le obsequió a Draco una sonrisa tímida, la cual no fue correspondida.
Draco agachó la cara y, por un leve instante, se sintió envidioso del otro Potter, el de su vida real, pues, si es que acaso aquel vistazo terminaba y todo regresaba a la normalidad, Draco tendría que vivir lo que restaba de su existencia sabiendo con certeza que pudo haber tenido algo mejor y lamentándose para siempre por ello. En cambio, Potter iba a largarse a América a ganar millones de dólares sin tener la más mínima idea...
El pavor que había comenzado a sentir desde el último avistamiento de Snape, le llenó el pecho y de inmediato trató de dejar de pensar en eso.
Se alejó de Harry y se dobló por encima del barandal de la cuna para darle un beso a su pequeño hijo, quien sólo se removió un poco y continuó dormido. Eltanin era tan bonito. Draco sonrió orgulloso mientras lo observaba y Harry colocaba un encantamiento monitor en la habitación.
—¿Quieres ir a nuestro cuarto, o...? —comenzó a preguntarle Harry en tono inseguro, como si temiera verse rechazado.
—En realidad, me gustaría pasar un rato contigo en nuestro lugar favorito de la mansión —le respondió Draco, mirándolo con intensidad. Harry puso gesto de incomprensión, ya que, en su pelea, Draco le había asegurado que no recordaba cuál sitio era ése. Draco le sonrió travieso, sacó su varita y exclamó—: ¡El último en llegar es un gusarajo y pagará los tragos de mañana en Londres!
Diciendo eso, y ante la mirada de un atónito Harry, Draco se desapareció con rumbo al salón de la torre, deseando fervientemente no haberse equivocado al suponer que ése era el sitio de Harry y él.
Se apareció justo en medio del salón en penumbras y esperó. Transcurrieron unos angustiantes segundos, pero, finalmente, Harry apareció a su lado. Éste miró a Draco con asombro: realmente parecía haber creído que Draco no estaría ahí esperándolo.
Draco le sonrió ampliamente, aunque no estaba seguro si Harry podía verlo bien: el salón estaba totalmente a oscuras a excepción de la poca luz de luna que conseguía colarse a través de las pequeñas ventanas que dominaban la pared circular. Draco se alejó de él y, todavía con la varita en la mano, encendió la chimenea, permitiendo que la luz y el calor comenzaran a inundar la pequeña habitación. Se sentía sumamente aliviado de no haberse equivocado. Se giró hacia Harry, quien, ante la luminosidad anaranjada del fuego, lo observaba con gesto preocupado.
—¿Sucede algo malo? —le preguntó Harry con un dejo de angustia en la voz.
Draco se sintió sumamente enternecido. Negó con cabeza mientras se guardaba la varita en un bolsillo, caminaba hacia Harry y lo tomaba de los brazos suavemente. Lo empujó hacia atrás hasta que Harry quedó sentado encima de uno de los reposabrazos del único sofá en el salón.
—No, nada malo. Todo lo contrario. Yo sólo quería... hablar un poco contigo, es todo. —No era muy tarde todavía, seguramente pasaba apenas de las nueve de la noche. No obstante, Draco se sentía exhausto. Y aun así, no pensaba irse a dormir pronto—. Quería que… lo que voy a decirte, quería que fuera en este salón. Porque estar aquí te recuerda a la sala común de Gryffindor, ¿cierto?
Harry, receloso, asintió con la cabeza.
—Sí, de hecho, ahora que lo mencionas, así es, ¿pero...?
Draco se acercó tanto a Harry que éste tuvo que abrir las piernas para dejarle lugar entre ellas. Con Harry sentado en el reposabrazos, Draco quedaba en ventaja de altura. Lo tomó del cuello con ambas manos y lo acarició tiernamente, llevando sus dedos hasta las suaves hebras de su cabello negro.
—Pensé que quizá, aquí, en un lugar que te trae tantos buenos recuerdos, podríamos intentar... no lo sé, ¿practicar con tu patronus?
Sintió a Harry tensarse de inmediato.
—¿Qué? Pe-pero, Draco, tú ya sabes que yo no… que yo ya no puedo...
Draco se dio cuenta de que no había sido muy buena idea haberle dicho eso; así que decidió ayudarlo a tranquilizarse antes de que la cosa empeorase. Lo tomó de ambas mejillas, elevó su rostro al tiempo que él inclinaba el suyo y lo besó profundamente.
Harry se silenció, cerró los ojos, suspiró ruidosamente por la nariz y se entregó al beso con ansas. Draco sintió cómo el moreno lo tomaba de la cintura y lo atraía más hacia él. Quiso sonreír. Todavía le costaba creer en su buena suerte; en poder vivir esa vida donde ellos dos estaban casados y podían besarse así en cualquier momento, podían tener sexo cualquier noche, podían amarse sin inhibiciones de ningún tipo. Era maravilloso.
Besó a Harry durante minutos enteros, usando las manos para acariciarle el rostro, el cabello, el cuello. Las bajó más y, sin separar sus labios del otro mago, comenzó a desabrocharle la túnica. Harry gimió con aprobación cuando intuyó cuáles eran sus intenciones. Draco hizo todo lentamente, quería disfrutar aquello del modo en que no lo había hecho con su sexo de reconciliación ocurrido en la oficina. Ahí y en ese momento, estaba dispuesto a sacarle el mayor provecho posible.
Porque podría ser la última vez, no lo olvides, le dijo aquella voz cruel en el interior de su cabeza que sonaba como Snape y que, curiosamente, tenía días sin hablarle. Draco se estremeció de miedo ante esa posibilidad y la sepultó en lo más profundo de su inconsciente. No. No iba a pensar negativamente. Esa noche era la primera de muchas al lado de Harry y justo eso se iba a obligar a creer.
Con aquello en mente, Draco terminó de desabrocharle la túnica a Harry. Separó sus rostros mientras le ayudaba a quitársela. Los ojos de Harry resplandecían con deseo mientras lo observaba; tenían un brillo de curiosidad, como si se preguntara qué era lo que Draco estaba tramando. Draco le sonrió cálidamente, suspiró y también él se quitó su elegante túnica. Afortunadamente, a esas alturas, el fuego de la chimenea ya había calentado lo suficiente y la temperatura dentro del salón era agradable. Perfecto para la desnudez total.
Harry se levantó de donde estaba sentado y, sin decir palabra pero sin dejar de ver a Draco a los ojos, se quitó las gafas y las colocó sobre la mesa ratonera. Entonces, comenzó a quitarse la camisa, botas y pantalón. Draco lo imitó. Después, fue su ropa interior la que abandonó sus cuerpos, y en poco tiempo, ambos estuvieron completamente desvestidos el uno frente al otro.
Finalmente, Draco se permitió el lujo de poder admirar el cuerpo de su esposo sin reparos. Se acercó, recorriendo con la vista lo más que podía. Harry estaba mucho más que apetecible: su cuerpo, delgado pero de músculos trabajados y torneados gracias a todos los años de practicar quidditch, invitaban a Draco a ser tocados. Lento y suave, Draco colocó sus manos con las palmas abiertas sobre los pectorales de Harry, quien suspiró y cerró los ojos. Draco se inclinó y comenzó a besarlo tiernamente en los labios mientras recorría con las manos el torso del otro mago.
—Oh, Harry —suspiró.
Sus dedos rozaron la línea de vello negro que comenzaba alrededor del ombligo de Harry y se dirigieron más abajo. Harry todavía no estaba completamente erecto; su pene, comenzando a endurecerse, dio un leve respingo cuando los dedos fríos de Draco lo rozaron.
Draco sonrió y, lento, se arrodilló frente a Harry. Lo escuchó emitir un jadeo ahogado y sonrió más. Se acordó de la ocasión en que había visto a Harry tomar una ducha en un estadio de quidditch y en cómo él había deseado mandar todo al diablo, meterse al agua con él y chupársela hasta dejarlo más ciego de lo que ya estaba.
Sin cerrar los ojos porque no quería perderse la vista de lo que estaba a punto de hacer, Draco, sin preámbulos, se metió entero en la boca el pene semierecto de Harry y éste se sacudió en un espasmo de placer. Draco quiso haber podido sonreír con presunción, pero no podía: la erección de Harry comenzó a hacer acto de presencia casi de inmediato, y Draco gimoteó conforme percibía dentro de su boca, contra su lengua y entre sus labios, la manera en que el miembro de Harry crecía y se ponía duro.
Cuando estuvo completamente erecto y no le cupo más entero en la boca, Draco comenzó a chupar con delicadeza y efectividad. Harry gimoteó y emitió palabras de agradecimiento y cariño, al tiempo que parecía perder las fuerzas para sostenerse y se dejaba caer sentado en el mismo reposabrazos en el que había estado antes. Draco no dejó de chuparlo al tiempo que acariciaba sus testículos y sus muslos con devoción, intentando memorizar el modo en que se sentían las curvas de esos músculos bajo las palmas de sus manos. Harry lo tomó del cabello y enredó sus dedos en él, desesperado y comenzando a mover las caderas hacia delante, buscando más.
Draco liberó su erección, la cual dejó su boca escurriendo saliva y preseminal. Draco gimió ante la vista, era demasiado, no podía creer lo mucho que deseaba a aquel hombre. Pero no continuó chupándosela, no estaba en sus planes hacerlo terminar así. Esa noche quería hacer mucho más.
Harry dejó de emitir ruidos de placer y en vez de eso, dejó escapar un gimoteo desconsolado. Bajó la vista hacia Draco y lo miró con desilusión. Draco soltó una risita al tiempo que se ponía de pie y lo besaba en la boca. Harry pareció encenderse ante eso; quizá por lo pervertido del asunto, porque Draco justo acababa de chupársela, no lo sabía, pero Harry respondió con ardor: besó a Draco con furia, metiéndole la lengua entre los labios, tomándolo con las dos manos de la cara, intentando acercar sus cuerpos para comenzar a frotarse contra él.
Draco le permitió aquel control sólo durante unos segundos. Harry estaba tan a punto que, Draco sabía, le bastaría sólo un poco de fricción para correrse. Y no, todavía no.
Haciendo un gran esfuerzo, Draco separó su cara de la de Harry, quien no quería dejarlo ir. Draco no pudo evitar sonreír presuntuoso cuando Harry gimió con frustración.
—Draco...
—Es que este es mi turno, Potter —jadeó Draco ardiente contra los labios del otro mago—. Tú tuviste tu oportunidad allá en tu nueva oficina, esta vez... Es la mía. Gírate y dóblate sobre este reposabrazos. Quiero tu hermoso y perfecto culo al aire... te quiero así, abierto y dispuesto, sólo para mí, ¿estamos? —le ordenó con voz ronca y Harry gimoteó largamente en respuesta—. Porque eres mío, ¿cierto, Harry? Sólo mío.
Harry asintió con ganas y se giró a toda velocidad, inclinándose encima del reposabrazos y dejándose caer sobre el sofá, elevando las caderas y abriendo las piernas.
Draco abrió los ojos como platos y comenzó a salivar ante el espectáculo.
—Joder, Harry... —dejó salir con voz estrangulada. No podía creerlo. Ya una vez, hacía casi una semana, había visto a Harry desnudo doblándose ante él y mostrándole el culo, pero no así. No así.
Draco casi se desmaya ante la visión, ante la perspectiva, ante la realidad abrumadora y perfecta de saber que Harry lo amaba a él y que sólo a él le permitía ver su cuerpo de aquel modo y poseerlo por entero.
Una ráfaga de algo caliente y placentero recorrió su torrente sanguíneo ante ese pensamiento. Nunca se había considerado a él mismo con un amante posesivo; jamás le había guardado fidelidad a nadie ni mucho menos la había exigido, pero con Harry todo era completamente diferente. Sabía que Harry era Gryffindor hasta la última fibra de su ser y que siempre le sería completamente fiel. Era suyo. Saber eso era... avasallante. Lo hacía sentir... especial.
Su autoestima se elevó hasta la estratosfera al tiempo que volvía a preguntarse por qué él.
Cerró los ojos durante un momento mientras colocaba las manos sobre el trasero de Harry y comenzaba a acariciarlo como nunca imaginó que podría hacerlo, como jamás le cruzó por la mente que tendría permitido. Harry Potter, en su otra vida, había sido sólo un sueño húmedo de incontables noches, un deseo casi inconsciente, ahogado, no totalmente lúcido, porque sólo así Draco podía soportarlo, sólo así podía sobrevivir su día a día, negándose siquiera a dedicarle un pensamiento voluntario porque habría resultado demasiado doloroso. Y ahora, en ese momento y lugar, ahí lo tenía.
Harry lo amaba a él.
Ese pensamiento no dejaba de maravillarle.
Volvió a inclinarse sobre el moreno pero ahora fue para llenarle la espalda de besos, de mordidas y de chupetones. Le dejó marcas de dientes y labios por todos lados, sin dejar de tocarlo, sin dejar de murmurarle lo mucho que lo quería y lo deseaba. Harry respondía hermosamente: se estremecía y se retorcía debajo de sus besos y caricias.
Finalmente, la boca de Draco llegó a la trémula piel entre sus nalgas. Harry gimoteó tan alto que Draco pensó que hasta sus padres podrían escucharlo, y sonrió complacido. El moreno empujó su parte trasera hacia la boca de Draco al tiempo que éste sacaba la lengua y le lamía el tembloroso agujero de su entrada. Con las manos, estrujó las nalgas del otro y suspiró sobre la piel mojada de su propia saliva; no podía aguantar mucho más, tenía que preparar a Harry de una vez por todas porque si no, no iba a durar.
Harry llevó sus manos hacia atrás, hacia donde las manos de Draco estaban tomándolo de sus caderas, y giró su cabeza para mirar al rubio por encima de su hombro.
—Déjame... Deja te ayudo con el encantamiento, como siempre —susurró Harry, estirando sus brazos hasta tocarse con las puntas de los dedos su propia entrada. Draco retiró sus manos para darle espacio, se movió un poco hacia atrás y observó, embelesado, a Harry auto-aplicándose el mismo encantamiento para dilatar y lubricar que había usado con él unas horas antes en su oficina, y fue cuando Draco cayó en cuenta de que, tanto allá como ahí, Harry lo había ejecutado sin ayuda de su varita. Una ráfaga de orgullo y excitación recorrió su cuerpo ante ese despliegue de poder mágico; la saliva se le acumuló en la boca y tuvo que tragar pesadamente ante la vista del culo de Harry así de preparado, abierto y húmedo—. Listo, Draco, ya estoy listo, ya...
No se lo dijo dos veces. Draco se incorporó y, tomando la varita que había dejado a un lado, convocó otro encantamiento de lubricante para usarlo en su propia erección. El líquido frío y gelatinoso lo hizo sisear de placer mientras se lo aplicaba con un par de movimientos rápidos, sus ojos fijos en Harry, quien, doblado sobre el sofá y con sus verdes ojos sin gafas clavados en él, esperaba a que entrara en acción.
Draco, lo mejor preparado posible, dio un par de pasos y se colocó lo más cerca que pudo de Harry, de pie entre sus piernas abiertas, su entrepierna a la altura precisa del culo del otro. Harry cerró los ojos y bajó la cara, clavando la cabeza entre la multitud de cojines que estaban encima del sofá. Draco lo escuchó gemir de pura expectación, lo miró abrir las piernas y elevar las caderas, y él mismo sintió que no podía más.
Todavía con su varita en la mano, sin soltarla porque planeaba necesitarla, Draco comenzó el dulce y extremadamente placentero acto de invadir a Harry con aquella parte de su cuerpo, la cual, hinchada, caliente y sensible, se adentró en el ardiente cuerpo dispuesto del que fuera el mago más poderoso de su tiempo y quien, en ese momento, se sometía de aquella manera al ex mortífago que había aceptado desposar.
La avalancha de sensaciones y sentimientos que inundaron a Draco fue tanta que tuvo que cerrar los ojos para no derramar el llanto que se acumuló en ellos, todo mientras se dejaba caer despacio y suave hacia delante, para entrar, centímetro a centímetro, en Harry.
—Merlín bendito —siseó, sabiendo que nunca, con nadie, había sentido semejante plenitud.
Poco a poco, sin querer lastimar, sin querer finalizar, Draco consiguió penetrar a Harry por completo. Se inclinó sobre la espalda del otro, muy despacio, cada nervio de su cuerpo pulsando por la felicidad de estar así, dentro de Harry, tan cerca de Harry, su torso empapado de sudor tocando la temblorosa espalda del otro, piel contra piel; besando y lamiendo cada punto que le era posible alcanzar con la boca, quedándose quieto durante unos momentos, permitiendo que Harry se relajara y lo aceptara en totalidad.
Cuando finalmente Harry dejó de temblar por la intrusión y el posible dolor o incomodidad, Draco incorporó la parte superior de su cuerpo otra vez y comenzó a moverse lentamente, de atrás hacia delante, frunciendo el ceño ante el extraordinario calor y estrechez que envolvía su miembro cada vez que volvía a entrar en Harry. Éste no podía quedarse quieto ni callado: su cuerpo completo se sacudía en oleadas de placer, en estremecimientos; Harry curvando su adorable espalda para acercarse más a Draco, para ser llenado por él, tomado por completo. Draco se incorporó más, tomó a Harry de las caderas y tiró de ellas para ayudarlo a cambiar de ángulo.
Resultó: fue entonces que arremetió en una fuerte estocada y Harry gritó y su piel entera se estremeció en medio de escalofríos de éxtasis.
—¿Es ahí, cariño? —jadeó Draco, volviendo a acercase a Harry, dándole besos en la nuca y el cuello.
—Sí, sí, ahí, joder… Ahí —respondió Harry, empujándose más, moviéndose como dragón en medio del vuelo, serpenteante y sensual.
—Bien —fue lo que dijo Draco, sofocado por la falta de aliento. Buscó un ritmo lento de estocadas largas y precisas, muy despacio, intentando prolongar el acto lo más que le fuera posible. Era una suerte que apenas unas horas antes ambos hubiesen eyaculado: ello los ayudaría a aguantar mucho más, porque tenía un plan, una misión que cumplir. Con la mano que todavía sostenía la varita, sin dejar de entrar y salir del cuerpo de Harry, Draco apuntó hacia las ropas que éste había dejado tiradas en el piso a un lado y susurró—: Accio varita de Harry.
Harry, a pesar de que parecía estar pasando el mejor rato de su vida, se distrajo lo suficiente con eso como para dejar de empujarse hacia Draco y mirar por encima de su hombro. Draco le sonrió con calidez, se inclinó sobre él hasta que su pecho cubrió por completo la espalda de Harry y sus manos alcanzaron las del moreno, quien las mantenía apoyadas sobre los cojines del sofá.
Ni un sólo instante Draco dejó de hacerle el amor, de entrar y salir de él. Con sus cuerpos pegados y sus manos entrelazadas, Draco obligó a Harry a tomar su varita con la derecha, metiendo y sacando su miembro cada vez más duro y sensible de aquella estrechez caliente e imposible.
—Mira, Harry... —le susurró contra el oído, y Harry, quien era golpeado inclemente y eficientemente en la próstata cada vez que Draco se movía, sólo gruñó en respuesta—. Harry, Harry, te lo suplico, siénteme... Siente la seguridad de estar a mi lado. Pien-piensa —jadeaba Draco con la boca seca, humedeciéndose los labios con la lengua—, que yo siempre estará a tu lado para ayudarte a protegernos... a todos.
Como para poner énfasis, Draco dio una estocada mucho más fuerte y profunda de las que había estado ejecutando y Harry casi brincó en su sitio. Metido hasta el fondo, Draco meneó las caderas y el moreno gimoteó largamente, sudando de pies a cabeza, su piel erizada de puro placer.
—Piensa... piensa en tu mejor recuerdo, Harry —continuó susurrando Draco—. Quiero que... que te concentres en tu recuerdo más feliz. ¿Lo harás? —le preguntó, empujándose mucho más profundo de un modo que, él sabía, sería delicioso para Harry. Éste aulló y asintió con la cabeza.
Draco sonrió satisfecho. Entonces, sin perder el cadencioso ritmo que llevaba, levantó su mano derecha hacia delante, pensó en el orgasmo que acababa de experimentar unas horas antes, en la felicidad blanca y pura que lo había arropado mientras Harry lo había penetrado sin piedad encima de un escritorio nuevo de madera oscura. Dudó durante unas milésimas de segundo... ¿Y si no podía? Pero inmediatamente tuvo que regañarse a él mismo por ello. No podía fallar. En esa vida, él tenía un patronus, la misma Granger se lo había confirmado, no podía fallar, no podía...
Apretó los puños, siguió penetrando lentamente a Harry, arrancándole suspiros y gemidos entrecortados, y, concentrándose en cada puto momento feliz que había pasado ahí en ese vistazo, masculló con la boca seca:
—Expecto patronum.
Una resplandeciente luz azulada iluminó la pequeña sala, y tanto Harry como él miraron hacia delante.
Y así fue como Draco, incrédulo y jadeante, vio por primera vez en su vida, a su patronus corpóreo.
Era una serpiente.
Era una serpiente larga, elegante, con brillantes ojos infantiles y rasgos regordetes, como si fuera una bebé. La serpiente, bonita y traviesa, comenzó a volar en círculos alrededor de toda la habitación, moviéndose ágilmente.
Draco comprendió al instante.
Es Eltanin, pensó, los ojos llenándosele de lágrimas, un sollozo ahogado escapando sin permiso de su garganta cerrada. Dejó caer la cabeza hacia delante, enterrando el rostro en la nuca de Harry, el cabello negro y suave de éste haciéndole cosquillas en la nariz. Suspiró un par de veces para tranquilizarse, no debía llorar, no debía... no en ese momento. Respiró profundo y levantó de nuevo la cabeza.
Su patronus serpiente continuaba ahí, mirándolos a ambos con sus ojos grandes y redondos, meneándose en el aire como si nadara, suspendido, hermoso. Draco lo admiró durante unos segundos y entonces recordó que aquello no se trataba de él, sino de Harry.
Bajó los ojos hacia su esposo y lo encontró admirando el patronus de Draco con adoración.
Draco, quien desde hacía rato había dejado de moverse y simplemente se había quedado quieto con su erección enterrada en el trasero del moreno, lo escuchó decir en voz muy baja y suspirante:
—Oh, Draco, es tan hermoso...
Draco asintió, respiró hondo, se armó de valor, y retomó el ritmo del acto: de nuevo comenzó a entrar y salir de Harry en movimientos lentos y sensuales. Harry cerró los ojos y gimoteó.
—Y ahora es tu turno, cariño —le dijo Draco a Harry junto al oído—. Ahora, aquí... Vas a mostrarme tu patronus.
Harry gimoteó, lleno de miedo, y negó con la cabeza.
Draco comenzó a penetrarlo más duro y más rápido.
—Oh sí, cariño, lo vas a hacer —siguió hablándole ardiente y ronco al oído, dándole con fuerza en el ángulo perfecto que, él sabía, tocaba su próstata una y otra vez—. Lo vas a hacer, porque si no, no voy a dejar que te derrames. Voy a tenerte toda la noche aquí, deteniéndome, sin permitir que te corras, hasta que me des tu patronus. Porque yo sé que puedes.
Harry negó con la cabeza, lloriqueando y gimiendo, tanto por lo que Draco estaba haciéndole sentir ahora que se lo estaba follando más duro y preciso, como por el miedo que tenía de no poder ejecutarlo. Draco lo entendía bien: era exactamente el mismo temor que él había tenido un segundo antes.
—Tú... puedes... hacerlo... y lo... vas... a... hacer —mascullaba Draco, pronunciando cada palabra con cada estocada que le daba al moreno. Harry asintió, y entonces, Draco llevó su mano hasta la de Harry, donde ambos sostenían sus varitas. Entrelazó sus dedos con los del otro, las levantaron hacia delante, y, sin dejar de hacer el amor frenética y ardientemente, Draco insistió:
—Ahora, Harry... el conjuro... AHORA —gritó Draco y le dio una particularmente dura y profunda estocada al trasero del moreno que lo hizo correrse.
Harry cerró los ojos, gimoteó y masculló:
—Ah... expecto... ¡patronum!
Harry dejó caer la mano, continuó gimoteando mientras se corría y se corría, su entrada caliente apretándose en espasmos alrededor de la erección de Draco mientras éste continuaba follándoselo implacablemente. Levantó la cara y vio, con gran satisfacción y asombro, que Harry lo había conseguido.
El ciervo plateado de Harry se materializó exactamente al lado de la serpiente, quien, asombrosamente, parecía estar esperándolo.
Harry todavía estaba derramándose cuando elevó la mirada y comenzó a reír entrecortadamente al descubrir que lo había conseguido.
Lo último que Draco vio antes de cerrar los ojos porque el orgasmo lo estaba alcanzando, fue a su serpiente volando alrededor del cuello y de la cornamenta del ciervo, juguetonamente, ambos saludándose, reconociéndose.
Colapsó encima de Harry y los dos lucharon por recuperar la respiración mientras, enfrente de ellos, los patronus comenzaron a desvanecerse lentamente, la luz azul cediéndole paso a la anaranjada emitida por el fuego del hogar hasta que, finalmente, no quedó rastro de ellos.
Harry estaba estremeciéndose, llorando y riendo al mismo tiempo. Draco lo apretó firmemente y lo acompañó en aquel incoherente sentimiento.
notita:
¡Hola! Una disculpa ENORME, la semana pasada no pude actualizar porque me resfrié yo y luego se resfrió mi hijo menor, y pues, ya saben, nada de ánimo ni tiempo. Y hoy, para colmo, se me hizo Tan tarde, aay, perdón! Pero finalmente aquí está el capítulo, espero que lo hayan disfrutado. ¡Gracias por leer y comentar! Una disculpa por no responder comentarios, intentaré ponerme al día con ustedes, muchas gracias!
