Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


«13»


—¡Nunca vuelvas a darme semejante susto! —gritó Kurenai echando a correr hacia Hinata, que permanecía de pie en la entrada de los establos.

—Estoy perfectamente. Recibí una ayuda poco habitual, después te lo contaré.

—Al menos lord Uzumaki te encontró. Ahora tengo un concepto mejor de él.

Hinata resopló.

—No lo hagas. El único motivo por el cual fue a buscarme se debe a que teme que el príncipe lo haría ahorcar si yo muriera en los brezales.

Kurama la había seguido desde el establo como si todavía le siguiera el rastro, pero era la primera vez que se acercaba a ella desde que él y Naruto la habían encontrado; cuando bajó la vista vio que el perro volvía a olisquearle los zapatos y aullaba. ¿Otra vez? —Has de tomar una decisión, Kurama —dijo, chasqueando la lengua—, has de decidir si somos amigos o no. Al menos deja de ser tan indeciso al respecto. —Volvió a lanzarle una mirada a Kurenai, suspiró y añadió—: El otro zorro aún está empeñado en expulsarme.

—Pero ¿aún estás empeñada en que cambie de parecer?

—Empiezo a quedarme sin maneras de lograrlo. No nos ha dado las gracias ni una sola vez por curarle la herida, aunque no dejó de reconocer que se encuentra mejor gracias a nuestra ayuda. Aun así, no confía en mis motivos, es casi como si hubiese escuchado la última conversación que mantuve con mi hermano.

—¿Qué conversación?

Hinata miró por encima del hombro y vio que Naruto se había acercado a ellas.

Casi soltó un gemido de consternación, pero entonces se dio cuenta de que tal vez él no había oído todo lo que ella había dicho.

—No tiene importancia. Como siempre, mi hermano se limitó a ser desagradable... más o menos como tú —añadió y se marchó, arrastrando a Kurenai consigo.

Hinata atravesó la cocina para encargar que le llevaran agua caliente y coger una zanahoria; quería ofrecérsela a la mascota la próxima vez que la viera. Consideró que debía examinar la herida de Naruto antes de sumergirse cómodamente en la bañera, si es que él se dirigía a su propia habitación. Tal vez se dirigía a otra. Parecía muy sano... gracias a ella. Y si procuraba no apoyar el peso en la pierna herida, ella no lo había notado.

Se lavó la cara, las manos y los brazos y se cambió de ropa con rapidez, pero antes de hacer cualquier otra cosa necesitaba una respuesta a una pregunta.

—¿Ella se fue?

—¿La ex amante? Al amanecer.

—¿Ex?

—Sí, según el personal.

«Un poco amistosa para ser una ex», pensó resoplando. Cuando se puso un nuevo par de zapatos, Kurenai protestó.

—¿Por qué no esperas a que te traigan el agua caliente para el baño?

—Solo quiero asegurarme de que la herida de Naruto no empeoró por rescatarme.

—Se mostró decididamente bondadoso...

—Basta. —Hinata puso los ojos en blanco—. Podría haber sobrevivido a la noche y encontrado el camino a casa por la mañana.

—Las intenciones hablan por sí mismas. Él se aseguró de que regresaras a casa sana y salva.

Y podría haberse lesionado al hacerlo, así que Hinata no tenía intención de mantener una discusión al respecto. No era necesario que Kurenai supiera qué más había ocurrido en el escondrijo del castillo en ruinas. Si fuese más optimista podría creer que los besos de Naruto eran una buena señal, un paso hacia disipar su desconfianza y su hostilidad. ¡Pero tras la excusa que utilizó! Sin embargo, había algo en lo que ella no podía dejar de pensar: volver a verlo desnudo en la cama y tocarlo de manera íntima, aunque solo fuera para tratar su herida, después de que ambos durmieran prácticamente uno en brazos del otro y le diera esos besos tan ardientes esa mañana.

Pero al recordarlo se sonrojó y le dio la espalda a Kurenai para que esta no lo notara.

Al ver la zanahoria en la cama la cogió y se la metió en el bolsillo.

Kurenai lo notó.

—Tu desayuno llegará junto con el agua del baño. ¿Estás demasiado hambrienta para esperar?

—La zanahoria es para el perro de él.

La doncella resopló.

—El chucho se reirá de ti. A los perros solo les gusta la carne.

Al salir de la habitación Hinata hizo una mueca; quizás Kurenai tenía razón, pero confiaba en que no fuera así. Le desagradaba la idea de haberle dejado una zanahoria al perro rojo y que al animal no le apeteciera; tal vez podía llevarle un poco de carne al perro la próxima vez que saliera a cabalgar. Estaba en deuda con él por haberla ayudado.

Cuando llamó a la puerta de Naruto un ayuda de cámara diferente la abrió, pero se disponía a salir y la cerró detrás de él. Como siempre, la mirada de Naruto se había posado en ella antes que Hinata le dirigiera la suya. Estaba sentado al borde de la cama desabrochándose la camisa. Ya se había vuelto a poner los pantalones a los que les faltaba una pernera, pero al parecer todavía no se había quitado la venda para examinarla.

—No te preocupes —dijo Hinata acercándose a la cama—, ya sé que ya me has visto bastante por un día. —«Y por una noche»—. Solo quiero comprobar...

—Parloteas demasiado, doctor —indicó él en tono sarcástico—. Haz lo que quieras y después lárgate.

Ella hizo rechinar los dientes hasta que comprendió que quizás él volvía a sentir dolor. En su caso, el dolor y el mal humor parecían estar estrechamente relacionados.

—Si no tienes inconveniente... —dijo en tono neutral, señalando el vendaje.

—Tienes mi permiso.

Siempre se había quitado la venda él mismo, hasta ese momento. La terquedad acababa de añadirse a los dos estados de ánimo anteriores, y, además, estaba casi sentado encima de la venda. ¿Cómo se suponía que iba a quitársela?.

Supo la respuesta a esa pregunta cuando él se apoyó en el pie derecho, sin cargar peso en la pierna herida. Ella se agachó y le quitó el vendaje antes de que él cambiara de idea y dificultara la tarea. La venda solo se pegó un poco a la herida antes de que se desprendiera el último trozo de tela.

Tras examinar la herida y los puntos, Hinata se dio por satisfecha.

—Bien. No hay rojez ni hinchazón; por lo visto la aventura de anoche no te ha perjudicado.

—Eso es discutible. Me duele mucho el hombro tras dormir en el suelo de piedra.

Hinata hizo caso omiso de eso.

—A menos que vuelvas a vestirte no es necesario que vuelva a vendarte. El aire hará que la costra se endurezca.

Hinata se puso de pie, recogió el bolsito rojo que anoche había dejado en la mesilla de luz y lo guardó en su bolsillo. Ya no lo necesitaba. Luego recogió el bolsito azul.

—Te aconsejo que sigas descansando la pierna herida unas horas todos los días. —Le tendió el bolsito azul—. Y cuando lo hagas, esparce estas hierbas molidas en la costra, ayudarán a que te cures con mayor rapidez. No obstante, si piensas ponerte tus pantalones habituales primero deberías vendarte la zona, y todavía no sumerjas la herida en el agua de la bañera. Bastará con que te laves.

—¿Insinúas que vuelvo a apestar?

No apestaba. Lo sabía porque había pasado la noche junto a él. Para evitar una discusión optó por callar y se volvió, dispuesta a abandonar la habitación.

—Tú puedes hacerlo —oyó decir a Naruto.

Miró por encima del hombro y vio que volvía a estar sentado al borde de la cama, quitándose la camisa.

—¿Hacer qué?

—Lavarme.

Hinata se volvió lentamente; el rubor le cubría las mejillas, pero logró decir:—No, me... me temo que mi benevolencia no llega hasta tanto, a menos que estés dispuesto a casarte conmigo hoy mismo.

Hinata creyó que con eso ponía fin al asunto hasta que él dijo:

—Te has colado repetidamente en mi habitación con la excusa de que ayudarme es tu deber, así que no puedes oponerte con nimiedades.

Podía, pero tuvo la sensación de que no tendría importancia. Él volvía a empeñarse en hacerla comprender cuánto le disgustaría vivir con él, recordándole que siempre le exigiría que hiciera algo desagradable destinado a avergonzarla.

Naruto dio por hecho que ella obedecería y le dijo a Carl que trajera un cuenco de agua y un paño.

Hinata procuró hallar una manera de aplazar la incómoda situación.

—¿No quieres que el agua esté caliente?

—No es necesario. Carl siempre se encarga de que haya un pequeño cubo de agua calentándose en la chimenea del cuarto de baño.

Bueno, ¿cuán difícil sería frotarle el cuerpo con un paño húmedo? «Muy difícil.»

Hinata reprimió un quejido, pero debía demostrarle que sus tácticas no funcionarían.

«Así que sé agradable, como lo sería una esposa», se dijo.

Cuando Carl depositó el cuenco de agua en la mesilla de noche y se marchó ella exprimió el paño. Al menos Naruto todavía estaba sentado al borde de la cama, así que lavarlo no sería demasiado complicado, pero cuando se quedó frente a él con el paño en la mano no pudo despegar la vista de sus ojos: su mirada era muy penetrante, como si tratara de leerle los pensamientos o evaluar su reacción frente a aquella

intimidad forzada. Había puesto en práctica tantas maneras distintas para lograr que se marchara... ¿De verdad creía que esa tarea le resultaría tan insoportable si ella fuese su esposa? Le pareció que no le importaría, y la idea hizo que se sonrojara. Aún no era su esposa.

Primero le frotó la cara con el paño, lenta y cuidadosamente; trató de pasar por alto cuán apuesto era, pero no pudo. Sus rasgos eran tan marcados... el firme mentón, la nariz, la ancha frente, sus marcas en las mejillas que le hacían tener ese aire salvaje. Dos rizos caían a ambos lados, demasiado cortos. Cuando los apartó fue como tocar dos hebras de seda.

Cuando notó la barba sin afeitar bajo el paño se dio cuenta de que quizás era demasiado fino. Pero tratar de limpiarle las orejas no era buena idea, porque vio la piel de gallina que se formaba en su cuello. Pasó rápidamente a su hombro.

—Ese es el que me duele por dormir en aquel suelo duro anoche —dijo Naruto—.Masajéalo —añadió en voz baja.

Hinata dejó de mover la mano, dejó de respirar. El corazón le latía con fuerza.

Estaba convencida de que si lo miraba a los ojos se derretiría en el acto, pero tenía que masajearle el hombro antes de que él volviera a mencionar sus obligaciones. El único modo de hacerlo fue imaginar que no era su hombro lo que amasaba con los dedos, así que dirigió la mirada a la pared... Y entonces oyó que él gemía de placer.

Completamente deshecha, se apresuró a coger el paño una vez más y le frotó el brazo. Si él volvía a pedirle que lo masajeara le arrojaría el paño a la cara. Sosteniendo la mano de él con la suya, frotó cada uno de sus dedos. Estaba tan concentrada en la tarea que tardó un momento en notar que no tenía las manos sucias. ¿Ya se las había lavado?.

Volvió a mirarlo a los ojos. Él podía lavarse el resto del cuerpo, podía hacerlo con mayor facilidad y rapidez que ella.

Cuando se disponía a decírselo, él la cogió de la mano y tiró de ella hasta casi aplastarla contra su pecho.

—Recuerda tu obligación, esposa a punto de serlo. No se trata de una necesidad sino de una elección, la mía. Continúa.

¡Le había leído el pensamiento! Con las mejillas encendidas Hinata dio un paso atrás, exprimió el paño y le frotó el pecho, no con suavidad sino bruscamente y durante más tiempo del necesario; pero eso tal vez se debía a que se distrajo al notar la anchura de su pecho y la dura musculatura de su abdomen; no obstante, cuando vio que la piel de Naruto enrojecía se detuvo abruptamente. Él no había protestado ni un momento. Arrepentida, decidió acabar cuanto antes y largarse de allí, pero cuando se inclinó hacia delante para frotarle la espalda su pecho rozó el antebrazo de él y volvió a sentir las mismas sensaciones maravillosas de aquella mañana cuando él le rozó el pezón con la palma de la mano. «¡Ay, Dios mío!»

Hinata retrocedió rápidamente para volver a enjuagar el paño, luego se encaramó a la cama, se situó a su espalda para lavársela y cuando le frotó la nuca el cuello de él volvió a erizarse. Tenía el cuello y las orejas muy sensibles, algo que una esposa podía recordar por si importara en el futuro. Hinata trató de olvidarlo; el perro de Naruto la ayudó a hacerlo montándose en la cama de un brinco y observándola. Teniendo en cuenta su extraña conducta reciente, el animal la ponía un poco nerviosa.

Como él no la estaba observando, le frotó la espalda con mayor suavidad, decidió actuar como una prometida sumisa y le masajeó el hombro un poco más, estaba dispuesta a hacer lo que fuera para conseguir que Naruto la amara. Pero Kurama lo había distraído y se inclinó hacia un lado para acariciarlo, impulsándola a hacer un comentario casual.

—Dices que no es un lobo o un zorro, pero puede que uno de sus antepasados lo haya sido.

—Tal vez. Pero no tiene importancia: es muy manso.

Naruto no lo era, pero ella insistió.

—Sé que se supone que los lobos se han extinguido en la isla, pero ¿cómo sabemos que todos han muerto?

—Porque fue inevitable cuando los reyes comenzaron a pagar recompensas por ellos en vez de limitarse a exigir sus pieles como tributo. Hace siglos que han desaparecido, pero las tierras del norte son muy extensas y hay grandes zonas deshabitadas. Supongo que es posible que algunas manadas hayan sobrevivido, pero lo dudo.

—Y los zorros, no te parece que tu perro tiene una aire a que su antepasado sea un zorro, sus orejas y su espesa cola… tal vez abunden por estos lados.

—Es cierto, he visto madrigueras en estos lados, pero nunca he visto uno de cerca, los zorros son animales solitarios es muy difícil que los puedas ver.

Ella había esperado que se burlaría de ella, al igual que la última vez que surgió el tema, y no que apoyara su sospecha: que los antepasados de su perro podrían haber recorrido los brezales de Yorkshire recientemente y no hacía cientos de años.

Pero entonces él dijo:

—Si dejaras de contemplar a Kurama como si fuese más lobo-zorro que perro, quizá no le tendrías miedo ni creerías ese rumor sobre una criatura similar a un zorro que aúlla en los brezales.

—Tonterías —respondió Hinata, una vez más con las mejillas encendidas—, Kurama y yo ya somos grandes amigos, pero es verdad que se disgusta cuando nota el olor de Raston en mis manos.

¿Raston?

—El gato de Kurenai que ha estado cazando ratones en el establo para tu principal caballerizo.

—Los gatos resultan útiles. ¿Creías que me opondría a que trajeras un gato contigo?

—Te opones a todo lo que esté relacionado con mi presencia en este lugar, lord Uzumaki.

Si Hinata creía que ese sería un buen momento para que él lo negara, se equivocaba. Dado que él no podía ver lo que ella estaba haciendo a sus espaldas, metió la mano en el bolsillo, cogió la zanahoria y se la tendió al perro, que la cogió, brincó al suelo al otro lado de la cama y empezó a roer la zanahoria en el acto.

Ella sonrió, y todavía sonreía cuando Naruto preguntó:

—¿Qué es lo que está royendo? Si se ha apoderado de otra de mis botas...

—Solo es una zanahoria. ¿Ignorabas que le gustan?

—Entonces es así como te has hecho amiga de él.

—No, acabo de descubrirlo ahora mismo.

—¿Y por qué tenías una zanahoria para darle? ¿Era para tu yegua? No volverás a salir a cabalgar sola, de aquí en adelante te acompañará un mozo de cuadra.

—De acuerdo. Y no estaba...

Hinata se interrumpió al oír que la puerta se abría y dos criados entraban en la habitación portando cubos de agua. Antes de bajar de la cama y dirigirse directamente a la puerta arrojó el paño que sostenía en la mano contra la espalda de Naruto.

—Evita que la herida se moje cuando tomes el baño que tú pediste —siseó de camino a la puerta.

Oyó una risa a sus espaldas. ¡Naruto había reído!

Era más que despreciable: era realmente perverso.

Durante el resto del día Hinata se aseguró de no encontrarse con Naruto, quedándose en su habitación, incluso comiendo allí. A juzgar por las personas que entraban y salían de la habitación de él, supuso que Naruto no haría caso de su consejo de no apoyarse en la pierna herida durante unas horas al día. Creyó que cuidaría de su pierna tras todas las actividades de la noche pasada y de la mañana, pero era obvio que no lo haría. Más tarde hasta oyó su voz en el pasillo, diciéndole a Chõji que se dirigía al establo a comprobar cómo se encontraban algunos de sus preciados caballos.

No había gozado de libertad para recorrer la casa durante mucho tiempo y, por más tentada que estuviera de evitar a Naruto y sus desagradables tácticas, sabía que no podía seguir haciéndolo porque de lo contrario nunca resolverían sus problemas.

Bueno: su único problema era esa campaña del vizconde para expulsarla. ¿Llegaría a su fin una vez que estuvieran casados? ¿O es que su maldad estaba arraigada? No obstante, no pensaba seguirle los pasos por Konoha Park como un cachorro enamorado, necesitaba motivos viables para encontrarse con él, pues ya no disponía de excusas para entrar en su alcoba. ¿Por qué diablos tuvo que sanar tan rápidamente?.

Kurenai se reunió con ella en su habitación para tomar un almuerzo temprano; había traído suficiente comida para ambas.

—¿Ya te ama, después de pasar una noche con él? —preguntó la doncella incluso antes de depositar la bandeja en la pequeña mesa.

Hinata tomó asiento en el sofá y dijo:

—Es verdad que me besó varias veces, pero adujo una excusa increíble por hacerlo.

—¿Ah, sí?

Hinata resopló.

—Oyó que nuestros caballos se apareaban durante la noche. Al parecer, eso despertó su propia lujuria.

—¿Y tú no aprovechaste la circunstancia?

—Lo intenté —murmuró Hinata y después gruñó—: Se detuvo, afirmando que yo jamás abandonaría Konoha Park si me hacía el amor.

Kurenai soltó una carcajada y obtuvo una mirada furibunda de Hinata. Tras toser unas cuantas veces, la doncella puntualizó lo siguiente:

—Eso era una mentira y deberías haberte dado cuenta de ello.

—¿Entonces cuál fue su verdadero motivo? Estaba dispuesta, él hasta adivinó que lo estaba.

—A lo mejor tu zorro es más caballeresco de lo que aparenta y no quiso que en tu iniciación a los deleites del lecho conyugal faltara el lecho. Y como aún confía en que te marches a casa no lo admitiría, ¿verdad?

—Puede ser.

Hinata recordó que durante la noche Naruto había demostrado consideración por ella en su intento de evitar que el viento la azotara.

—Así que ahora que se ha recuperado lo bastante como para cabalgar a través de una tormenta en tu busca, lo cual fue una acción magníficamente heroica...

—No le adjudiques ideas. Trató de encontrarme por interés personal y nada más.

Kurenai chasqueó la lengua, mostrando su desacuerdo con esa afirmación.

—Tanto en un caso como en el otro, has de idear nuevas maneras de pasar más tiempo con él. Puede que tu plan esté funcionando, solo que de momento él se niega a reconocerlo. Vi que se dirigía al establo. Tal vez podrías reunirte con él allí después del almuerzo, ¿no? ¿Es que sabe cuánto adoras a los caballos?

—Sabe que quiero criarlos, pero esa es una buena idea y... —Hinata se interrumpió cuando oyó la voz de Naruto llamando a Kurama en el pasillo, anunciando su regreso a la casa—. Mejor así, porque hoy quizás hubiese acabado por reñirlo por no descansar la pierna. Si mañana vuelve al establo me reuniré con él.

—O sal a cabalgar con él si vuelve a entrenar a esa bestia que él monta. Incluso puede que lo sugiera, porque no confía en que no vuelvas a perderte.

—Ya me ha dicho que a partir de ahora debe acompañarme un mozo de cuadra.

—Pues dile que sería más adecuado que te acompañara él, dado que es tu prometido.

Muéstrate firme: él o nadie.

Hinata soltó una risita.

—¿Tienes idea de lo que supone mostrarse insistente con él? Es como ladrarle al viento: ambas cosas resultan inútiles.

—Estás empezando a hacerme perder la esperanza, cielo. Sé que el abismo que los separa a ambos parece insuperable, sobre todo ahora que sabemos que no solo culpa a tu primo por la muerte de su hermana, sino también por la muerte de su hijo. Ojalá no lo hubieras averiguado cuando leíste el diario de esa muchacha.

—Lo mismo digo —dijo Hinata en tono un tanto apesadumbrado.

Cuando Kurenai la descubrió leyendo el diario, Hinata mencionó el fragmento que había visto al final. Aquel día, Kurenai volvió a ofrecerle un filtro de amor con el fin de que dejara atrás la hostilidad y alcanzara las partes más agradables del matrimonio,

pero una vez más, Hinata rechazó el ofrecimiento. Quería que Naruto la amara de verdad, no que solo creyera que lo hacía.

—Deberías haberme escuchado el otro día —dijo Kurenai, retomando el tema—.Esta situación es más extrema de lo que creíste al principio, y eso requiere medidas extremas. Te prepararé ese filtro.

—Pero lo que quiero no es su lujuria.

—El amor y la lujuria están estrechamente relacionados. —La doncella se puso de pie y se dirigió a la puerta—. Al menos lo tendrás a mano en caso de que surja una situación en la que consideres que resultaría útil.

Debido a la terrible experiencia del día anterior Hinata cedió a su cansancio y se acostó cuando afuera todavía no se había puesto el sol. Cuando un sonoro aullido la despertó reinaba la oscuridad. Encendió la lámpara de la mesilla de noche y echó un vistazo a su reloj de bolsillo: eran las diez y media. Cogió su bata y se dirigió rápidamente a la habitación de Naruto para asegurarse de que él la ocupaba, pero titubeó antes de llamar a la puerta. ¿Qué excusa tenía si él se encontraba allí? Pero ¿y si no lo estaba y en vez de eso aullaba por los brezales? Claro que no estaba aullando por los brezales; Hinata se quitó esa absurda idea nocturna de la cabeza. No era más que un estúpido rumor, pero quería desmentirlo de una vez por todas y no solo para su propia satisfacción sino para poder ayudar a Naruto a desacreditarlo.

Llamó con suavidad y esperó. La puerta se entreabrió y apareció el ayuda de camara, que se apresuró a decir:

—Ha ido a dar un paseo, milady.

Estupendo. Era justo lo que ella no quería oír: algo que apoyara ese estúpido rumor.

—¿Oíste ese aullido lastimero?

—Son perros de la aldea que deambulan por ahí.

¿Lo eran? ¿O es que los criados estaban acostumbrados a inventar excusas para las excéntricas costumbres de su amo?

—¿Por dónde suele pasear su señoría?

—Suele ir hasta la aldea. Frecuenta un pub cuando no logra conciliar el sueño.

Hinata le dio las gracias al ayuda de camara y regresó a su habitación, pero no a la cama. ¿Así que un pub, eh? ¿Acaso tendría una camarera predilecta allí? Le molestaba que se acercara a otras mujeres en vez de a ella, primero su antigua amante, ¿y luego una camarera de una taberna...?

Se había desvelado, así que se vistió y abandonó la casa, decidida a comprobarlo por sí misma.

En esa bella noche estival la luz de luna bañaba el ancho sendero que conducía a la aldea. Hinata no tardó en alcanzarla y descubrir el único edificio iluminado y ruidoso; se dirigió directamente hacia allí, pero se detuvo ante una de las ventanas y escudriñó el interior. Descubrió a Naruto de inmediato, era más alto que todos los demás ocupantes de la taberna; Chõji y media docena de hombres lo rodeaban. Iba vestido de manera informal y esa noche ni siquiera parecía un lord, y tampoco se conducía como tal. Estaba espiando un nuevo aspecto del zorro que le resultaba fascinante, mientras lo observaba reír y beber con los plebeyos... y Dios mío, ¿era él el que estaba cantando? Que los hombres del lugar parecieran apreciarlo y sentirse cómodos con él la impresionó. Cuando de pronto Naruto soltó un aullido, los demás lo imitaron y poco después todos reían a carcajadas.

Hinata sonrió. No: era evidente que el rumor que afirmaba que era medio zorro ya no le molestaba, en caso de que alguna vez lo hubiese hecho. La idea hizo que se preguntara cuántas de las otras cosas que él le había dicho sobre sí mismo eran verdad y cuántas eran mentiras destinadas a ahuyentarla.

Al menos no estaba retozando con otras mujeres; Hinata se alejó de la ventana, dispuesta a regresar a Konoha Park, pero soltó un grito ahogado cuando chocó contra alguien.

—Tranquila, moza —dijo el hombre—. Si allí dentro hay un muchacho que se ha quedado más tiempo de la cuenta, ve y díselo.

Antes de que pudiera protestar el hombre la arrastró al interior de la taberna. Habría escapado de inmediato si Naruto no la hubiese visto en cuanto entró. Ambos se miraron fijamente a través del recinto; Hinata permaneció inmóvil. Entonces una alegre camarera de mejillas sonrosadas le tendió una copa con una sonrisa y Hinata se avergonzó por haber albergado ideas tan airadas acerca de las mujeres que trabajaban en la taberna.

—Bien, ¿quién es él? —preguntó el hombre que la había arrastrado al interior. Puede que la respuesta decepcionara al aldeano de sonrisa pícara, que parecía esperar que le gritara a uno de los hombres, cuando dijo:

—Soy la prometida de Naruto.

Lo último que esperaba era que el hombre riera e informara de ello a los demás a voz en cuello. Gritos burlones y silbidos llenaron la taberna, y los hombres comenzaron a palmearle la espalda a Naruto.

—Oímos el cotilleo —admitió uno de los hombres—. ¡Ahora sabemos que es verdad!

Otro hombre, que no lograba despegar la vista de Hinata, dijo:

—Eres un hombre afortunado, milord.

Naruto incluso sonrió, pero replicó:—Eso está por verse.

Sus palabras cosecharon unas cuantas risotadas, quizá porque todos los ocupantes de la taberna adivinaron que ella estaba espiándolo, y además, ¿cómo se lo explicaría a él? Cuando Naruto se acercó, ella bebió un gran trago de cerveza y entonces empezaron los brindis; al oír a tantas personas deseándoles salud y felicidad a ella y Naruto, no pudo reprimir una sonrisa.

Tal vez por eso él no la arrastró fuera de la taberna de inmediato. Tras beber unos cuantos sorbos más de la cerveza del lugar, que jamás había saboreado con anterioridad, la idea de que él podría estar enfadado por su presencia en la taberna dejó de inquietarla. Pero finalmente él cogió la copa medio vacía que ella sostenía en la mano y dijo:

—Es hora de irse.

Ella asintió y al salir por la puerta tropezó con el escalón.

De repente, el brazo de Naruto le rodeaba la cintura.

—¿Debo llevarte a casa en brazos?

Ella lo miró.

—¿Quieres hacerlo? No, claro que no. ¿Dónde está el sendero que conduce a Konoha Park?

Él rio.

—No estás acostumbrada a beber, ¿verdad?

—No. Bueno, he bebido vino alguna vez. Pero estoy perfectamente, no bajé la vista y olvidé que había un peldaño.

—Desde luego.

Más que escéptico, su tono de voz parecía burlón. Ella debería dejar de escuchar lo que quería escuchar y recordar que él no tenía motivos para tratarla bien... aún no.

Cuando alcanzaron el sendero, él dejó de rodearle la cintura y la decepción se apoderó de ella. Le agradaba la sensación del brazo de Naruto, hacía que se sintiera tan segura, como si le perteneciera a alguien... Se preguntó si él había hecho ese gesto protector porque sus arrendatarios podían estar observándolos mientras abandonaban la aldea. Cuando lo miró se dio cuenta de que el hombre que había visto en la taberna no era el que ella conocía. No llevaba chaqueta ni corbata y vestía igual que los demás hombres de la aldea. Y ellos no lo trataban como al propietario de sus tierras; ¡parecían apreciarlo! Quiso descubrir más cosas sobre el verdadero Naruto Uzumaki.

—¿Cómo fue criarse en Konoha Park?

Él la miró, aparentemente sorprendido por la pregunta.

—Maravilloso, idílico, pacífico... al menos mientras mi familia estaba aquí conmigo.

Ella no debería decir una sola palabra más. ¿Es que todo debía llevar a la muerte de su hermana? Pero la pequeña cantidad de cerveza que había bebido la volvió audaz.

—¿Cuándo supiste que querías criar caballos?

—El día que solté la manada de mi padre.

—¿De verdad lo hiciste? —preguntó ella, sonriendo.

—Sí, de verdad. Era un reto, pero quería ver qué ocurriría, además de ser castigado por ello. Chõji me ayudó a derribar un largo tramo del cerco en la parte posterior del prado para que el éxodo fuera masivo y eso fue lo que sucedió. No podíamos dejar de reír mientras observábamos cómo el padre de Chõbee, que en aquel entonces era el caballerizo principal, trataba de darles alcance a pie. Yo solo tenía nueve años.

—¿Así que tu padre también criaba caballos?

—Y mi abuelo antes que él. No estaba seguro de querer dedicarme a lo mismo hasta que cometí esa travesura. Puede que resultara gracioso cuando lo hice, pero no tardé en lamentarlo y empezar a preocuparme por si no los atrapaban a todos, sobre todo el semental de mi padre, del que quería un potrillo para montarlo yo mismo.

—¿Y lo conseguiste?

—Por supuesto: es el padre de Royal.

—Me alegro —dijo ella, disfrutando de la cordial conversación con Naruto mientras caminaban bajo el cielo estrellado—. Los hombres de la taberna no parecían nerviosos en tu presencia. Me recuerdan a los criados de nuestra casa en Leicestershire; son las personas con las que más me divertí mientras crecía.

—¿Tus padres permitieron que te relacionaras con ellos?

—No lo sabían —contestó Hinata con una risita—. Esos criados son mi auténtica familia.

Habían alcanzado la casa. Él le abrió la puerta principal pero no la siguió. Ella se volvió.

—¿No vendrás a la cama?

—Quizá quieras reformular tu pregunta.

Ella no comprendió lo que quiso decir. Después sí y empezó a ruborizarse.

—No estaba sugiriendo...

—No, Dios no quiera que lo hagas, pero todavía no estoy lo bastante ebrio como para acostarme. ¿Crees que es fácil, puesto que duermo en la habitación anexa a la tuya?.

Ella soltó un resuello, pero él no lo oyó; ya había cerrado la puerta, dispuesto a regresar a la taberna.

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Continuará...