Odín jamás se había preocupado de echar llave sus aposentos. No era como si Loki fuera capaz de escapar, era un chico de diecisiete pero con la mentalidad tan infantil que apenas y sabía manejar una cuchara.

—Alguien estuvo aquí —esas palabras helaron a Odín. Y rápidamente le cuestionó quién, cómo era, qué le dijo.

Ahora Loki lanzaba quejidos por el repentino brutal agarre de sus manos, los ojos de su padre habían perdido su brillo. Por primera vez Loki vio miedo en los ojos de su padre.

—Era alguien como tú, como yo. Desapareció como la luz de ahí.

Y señaló las velas. Odín lo soltó y salió hecho una furia por la puerta. Para él era claro que Loki nunca podría explicar bien las cosas cuando no sabía nada. Ni siquiera sabía diferenciar un hombre de una mujer porque nunca vio una.

Llamó a sus guardias en privado a una sala. Y no esperó a preguntar si alguien había pasado por sus narices. Los guardias le negaron, parecían asustados pero Odín estaba acostumbrado a eso. Todos le temían porque era el rey, así que debía creer en ellos. Si uno de ellos había visto a Loki, era probable que no estaría ahí haciendo su trabajo. Además había una mujer, Sif, ella no podía mentirle cuando atesoraba Asgard y le había agradecido por haberla elegido como su guardia real.

—¿Qué viste? Tienes que decírmelo, Sif —rogaba Hogun después de hablar con el rey tan alterado—. Nuestro rey no parecía el mismo…

—No sé… ¿pero por qué los guardias de los pasillos no le dijeron que fui yo?