Capítulo XVI

Su grácil figura estaba en cuclillas frente aquel lago que reflejaba la oscuridad de la noche. Las estrellas que brillaban con gran intensidad flotaban alrededor de ella, envolviéndola como una cúpula o burbuja enorme.

El largo cabello azulino descansaba sobre el arco de su espalda, inmóvil y el vestido de color blanco se iluminaba, al igual que su cuerpo, por una luz que le emanaba del pecho, haciéndole parecer cómo un fantasma.

El hombre se acercó, pero con cierto temor guardó su distancia. Le escuchaba llorar y gemir con gran dolor y el corazón le latía con rapidez desenfrenada al sentirse incapaz de ayudarla.

En un momento ya no pudo contenerse más, con lentitud apoyo la mano en el hombro de la muchacha. Ella se puso de pie y murmuró algo que para él tenía un gran significado.

—¿Porqué me hiciste esto?— Él quiso responder a su pregunta, pero de pronto aquella sin darle tiempo se giró para confrontarlo.

¡El horror!

La imagen que estaba ante él, era escalofriante.

Carecía de sus bellos ojos y en su lugar habían solo dos cuencos vacíos que emanaban sangre a modo de lagrimas. Pasaría entonces a mostrarle aquel feto que le había sido arrancado de las entrañas.

—Tú lo hiciste, Gaara... Tú acabaste conmigo, con mi hijo... Me hiciste tanto mal... ¡Tanto mal!—

Despertó de golpe y los recuerdos que le lastimaban se hicieron presentes en su mente.

Ya habían pasado varios meses desde que encontraran su cadavér en el medio del desierto y a partir de entonces no había dejado de tener esas terribles pesadillas. Se reincorporó tambaleante, llevándose las manos a la cabeza y apretó con fuerza sus sienes, como si con ello menguara un poco su tristeza. Creía que con ese gesto de un momento a otro todo desaparecería, su dolor, su rabia e impotencia.

Pero de nada había servido.

Con lentitud se acercó a las ventanas de la habitación para echar un vistazo hacia afuera y contemplar como la luz de la luna era eclipsada por enormes nubarrones que amenazaban con una gran tormenta. Abrió una de las puertas que daban al balcón, y camino hacia la terraza y permaneció allí, impasible, hasta que la lluvia comenzó poco a poco a descender sobre su cuerpo.

De pie frente a la chimenea del salón donde estaban reunidos, Kankuro y Temari discutían los últimos acontecimientos sucedidos desde que se efectuarán los funerales de la esposa del Kazekage.

—Mi hijo le teme, ya no es aquel... ¿Viste lo que hizo con esa gente? ¡Está fuera de sí! ¡No! ¡No puede volver el monstruo que creo nuestro padre! Sin piedad para nadie, aún si son personas inocentes. ¡Kankuro, hermano, haz algo, solo tú puedes ayudarlo!— Conteniendo las lágrimas, la joven de ojos esmeralda suplicaba con desesperación.

—Intenté con gran esfuerzo hacerle rectificar que la venganza no es una salida apropiada pero no ha querido entender razones, está perdido...— Le dijo haciéndole saber que ya no había esperanza de lograr que cambiara su actitud. Y recordaba lo acontecido, como si hubiera sido el día anterior. Cegado de ira, Gaara comenzó a buscar a los asesinos de su esposa. Gitanos, ladrones comunes, hasta gente que solo viajaba por sus territorios habían muerto a manos de la guardia del rey. Para el soberano de Sunagakure todos eran culpables de su desgracia y ninguno merecía su piedad. Pasó varios días encerrado en sus aposentos, a oscuras y lamentando su suerte, hasta que dos integrantes de Akatsuki fueron arrestados. Ellos no pudieron hablar, se les arranco la lengua sin más, y murieron de la peor forma posible. Todo en el país era incertidumbre y los ciudadanos estaban preocupados por sus vidas.

—¡Debemos irnos de aquí! Lo siento, pero si las cosas no cambian, creo que no volveremos a vernos en mucho tiempo...—

—Entiendo tu miedo—

—¡Ella es la culpable de todo esto!—

—¡Temari!— Kankuro la alentó a guardar silencio, pues conforme seguía hablando, alzaba la voz con marcada irritabilidad y él sabía que era muy posible que a esa hora del día apareciera su hermano y escuchara toda la charla. Además, estando Gaara emocionalmente inestable, sería demasiado arriesgado y peligroso hasta para la propia princesa.

—Es hora de irnos...— El esposo de la joven entró al salón y recogió a su hijo que estaba sentado sobre la alfombra, jugando, ajeno a lo que significaba la charla de su madre y su tío.

Shikamaru se dirigió a la puerta, no tenía nada que opinar, lo mejor que podían hacer era marcharse cuanto antes.

—Piensa que Hinata aunque haya cometido errores, no merecía este fin. Y el bebé, ¿qué culpa tenía?— Le dijo tomándole de la barbilla para que le mirara.

—Lo sé, pero...—

—Vamos, tú no eres así, sé que en el fondo de tu corazón no hay cabida para odiar a nadie... Ven, los acompañaré hasta su carruaje— La rubia pareció tranquilizarse un poco, luego lo abrazo fuertemente y solo entonces se alejaron en silencio.

Las lluvias de otoño se hicieron presentes un mes antes, pero después de que cayeran varios chubascos, ese día, el cielo lucía nítido y despejado. Caminó entre el pequeño cementerio que estaba cercano al lago, donde en sendos sepulcros reposaban los restos de su linaje.

Sus pasos hicieron eco al bajar los pequeños peldaños de aquella bóveda.

Se detuvo breves instantes y de la bolsa del abrigo de terciopelo azul, sacó una rosa blanca que depositó con sumo cuidado sobre la fría tumba de mármol.

—Hola, pequeña...— Dejó salir estas palabras en un murmullo, debido a que no podía dejar de formársele un nudo en la garganta. El sepulcro se alzaba frente a él, imponente y de considerables dimensiones. El Kazekage no pudo rehusarse a permitir que fuera enterrada junto a su bebé en Kumogakure, tal vez fuera el remordimiento lo que no le dejaba tranquilo o porque de plano se rehusaba a aceptar la realidad. Por un instante sintió lastima por su persona, porque de verdad amaba a Hinata pero sin darse tiempo a dudar, aquel hombre había perdido completamente la razón y hasta estaba ocasionando estragos en su propio reino. Levantó la vista una vez más y vio la estatua que representaba a Hinata. Cada día visitaba el mausoleo, porque no podía permitir que el recuerdo de ella quedará en el olvido. En su mente rememoraba con tristeza aquella vez en que encontraron sus restos. No fue fácil para su familia ni para él mismo saber que ya no escucharía su voz, su risa, ni volvería ver esos hermosos ojos como lunas. Se inclinó en una reverencia y acarició la pesada loza. Pronto comenzó a llorar en silencio, porque no podía permitirse demostrar sus sentimientos frente a nadie. Sus padres aún creían que amaba a Ino y que sufría por su muerte.

Nada más lejos de la verdad.

—Señor...— La voz del mayordomo lo saco de sus pensamientos.

—¿Sí?—Respondió incorporándose y sin mirarle de frente.

—Príncipe, el rey, desea verlo en su despacho...—

—En un momento estaré con él, puedes retirarte— El hombre se alejó de inmediato al recibir la orden, dejándole otra vez solo.

Echó una última mirada al lugar y retomó el sendero que siguiera el criado. Durante el trayecto observaba los amplios jardines, los sauces que se mecían con suavidad al ser acariciados por el viento y los rayos del sol que los atravesaban.

Todo le recordaba a ella y no podía con algo así, deseaba tener la fortuna de regresar al pasado y que todo lo que ahora era su realidad cambiará para bien. Y estar con Hinata, con la única mujer que había amado en su vida.

Tocó a la puerta, y espero un poco para, instantes después, escuchar la voz de su progenitor invitándole a pasar.

Al entrar se encontró con su padre, su madre y una joven de cabellos rojos y ojos del mismo tono. Él se quedó en silencio esperando la razón del Raikage para haberle llamado.

—Hijo, he decidido entregarte el mando del reino. Sé que es demasiado pronto después de la muerte de tu esposa pero considero que es lo mejor. Debes entonces ya, ser responsable de tu gente, eso te permitirá madurar como monarca...— Soltó apaciblemente. El buen hombre estaba sentado frente al escritorio mirándole expectante. Esperaba ver si se atrevía a inquirirle algo sobre la muchacha, pero había pasado el tiempo sin que dijera ni una sola palabra.

No hubo necesidad de explicaciones, Sasuke dándose cuenta del asunto, frunció el entrecejo y con voz fuerte y clara, habló.

—Sé que debo casarme para poder heredar el trono, pero, amén de que te enfurezcas, he de rechazar la oferta. No deseo contraer matrimonio...—Soltó tajante.

—Hijo, sé que aún estás de duelo pero debes superarlo y seguir la ley y la tradición para sucederme—

—No...—

—Deberías meditarlo al menos...— Mikoto se adelantó a lo que tuviera que decir su esposo.

—Madre...— Los ojos negros del muchacho se posaron en su querida progenitora, y después de unos instantes, aceptó la propuesta de pensarlo antes de tomar una decisión. Hizo una reverencia y salió de aquel lugar.

La carreta se detuvo en la plaza principal de Sunagakure.

—Creo que si fue una gran idea venir a esta ciudad...— El hombre de mediana edad se bajó y se estiró debido a que ese viaje había sido muy largo. Era alto, de cabello oscuro, tez apiñonada y de grandes ojos cafés. Le siguió una mujer rubia, después un chiquillo y dos adolescentes.

—Ya veras que sí papá...— La hija mayor, tenía los ojos y cabello de color castaño, que gustaba peinar en dos altos moños.

—Tenten, creo que fue mi idea...—

—Shino, déjame en paz—

—Tranquilos, dejen de pelear...— Vociferó la mujer de cabellos rubios un tanto alterada, antes de que empezaran a hacer su escándalo acostumbrado.

—Konohamaru, de inmediato, ayúdanos a bajar la carpa...— A punto de sacar sus pertenencias, apareció el rey seguido de su guardia.

—Vaya, vaya... Tenemos visitantes, ¿de quién consiguieron el permiso para invadir mi reino?— La mirada severa de Gaara no se apartaba del padre de familia.

—Mi señor, solo somos viajeros...—

—¿Viajeros? ¿O querrán decir espías? ¡Guardia! Examinen las cosas de estos 'viajeros'— Pronto los soldados comenzaron a destruir el patrimonio de esa familia de gitanos.

—¡No! ¡Por favor señor! ¡No somos espías, puedo asegurárselo!— Impotentes veían como el fruto de su trabajo era reducido a nada.

Tenten lo veía con rabia contenida. Apretó los puños y sin pensarlo dos veces, lo confrontó.

—¡Ya basta! ¡No porque sea el gobernante de esta tierra, habrá de meterse con nosotros! Somos un grupo de artistas, que ofrecemos nuestro trabajo en diferentes lugares, no hacemos mal a nadie... ¡Usted está cometiendo una injusticia!— Su tía le tiró de la manga del traje discretamente para que guardara silencio, pues veía que él Kazekage cada vez se ponía tenso.

—¡Veinte azotes a cada uno! Pero a ella— Vociferó apuntando a su persona —Pasará un mes arrestada, luego decidiré su destino- Lo que dijera le sorprendió en demasía y vio con desesperación como su padre, sus hermanos y su tía eran golpeados por aquellos soldados, mientras a ella la arrastraban en contra de su voluntad, lejos de su familia.

—¡Escuche! Jamás le perdonaré esto que nos está haciendo... ¡Es un malvado! ¡Un monstruo!— Pronto el rey perdió los estribos y bajó de su caballo, caminó echo una furia y al tener a su merced a la chica, levantó la mano para abofetearla, pero se detuvo en ese instante.

Los ojos asustados de la muchacha le recordaron a los de su amada. Sí, era como estar viendo a Hinata en aquella noche funesta, donde el dolor y el odio lo habían cegado. La tomó de la barbilla con fuerza y la acercó un poco hacia él.

—Deberías cuidar tu lengua, si me enfureces más de la cuenta, no vivirás para contarlo...— Dicho esto, la soltó y se alejó de ese lugar.

—Hija, estaremos bien...— Iruka la miró, tratando de que se calmara un poco, pero era de por sí difícil, ya que la escena que estaba ante sus ojos era muy dolorosa.

—¡Padre! ¡Tía! ¡Hermanos! Resistan, por favor...— Aunque era una chica fuerte, ver a su familia en esa situación, le hacía sentir vulnerable. Cerró sus orbes y se dejó llevar por esos centinelas, no le importaba ya nada, solo que sus parientes estuvieran bien.

La oscuridad de la noche no le permitía ver más allá de los barrotes de la pequeña ventana del calabozo, habían pasado más de tres días y a pesar de que su familia la había ido a buscar y tratar de pagar su multa, le habían negado su libertad. Su hermano pequeño, Konohamaru, se había escabullido entonces para darle tan malas noticias.

—Papá estará bien, Shino cuidará de él, lo bueno que los guardias después de dos azotes, nos liberaron a la tía Tsunade y a mí—

—Al menos, Chapulín— Le dijo con una tierna sonrisa.

—Te traje esto, no vaya a ser que te encierren con cualquier pervertido... ¡Los guardias vienen! Debo irme, hasta luego hermana, cuídate mucho— Pronto desapareció entre las sombras, dejándola muy triste.

—Hasta luego— Dicho esto se dejó caer sobre el suelo, ¿cuánto tiempo estaría en esa situación?

No podía procesar sus ideas hasta que escuchó que un soldado se había acercado y con rapidez abrió la cerradura. Inmediatamente guardó aquel objeto entre sus ropas.

—Vamos, el rey quiere verte— El guardia la condujo por el pasillo hasta que salieron de ese laberinto de calabozos. Ya era entrada la noche así que no tardó en acostumbrarse a la luz de las teas que ardían vigorosamente e iluminaban el atrio del palacio.

No fue llevada inmediatamente a la presencia del Kazekage, si no que la guiaron a otro sitio para que se diera un baño. Afortunadamente no recibió ayuda de las criadas y pudo seguir conservando su arma, no así sus ropajes. Le habían dado un vestido de color celeste y un par de zapatillas. Después de cepillarse el cabello llego de nueva cuenta aquel soldado para llevarla ante ese hombre.

Estaba muy nerviosa, pero no le tenía miedo, no si tenía esa daga que la ayudaría a ganar su libertad.

En su tribu se le entregaba a las mujeres que cumplían años en el mes de Marzo, como obsequio al cumplir la mayoría de edad.

Pronto llegaron a aquel lugar, y se preguntaba el porque de esa situación.

Al abrir la puerta el rey estaba de espaldas, mirando hacia afuera de la ventana. La habitación en la que se encontraba era un lugar enorme y abovedado, casi como una pequeña catedral. Una alfombra de color rojo decoraba el piso de piedra y había unas cuantas sillas y una mesa. Sobre esta estaba un gran tazón repleto de diferentes frutos, además de una jarra de vino tinto.

Cerró los ojos y se dio cuenta de que hacía mucho que no probaba bocado.

Con cuidado se acercó a aquel hombre.

Presto atención a su atuendo, llevaba puesta una túnica de color hueso, adornada con hilos de oro y pantalones del mismo tono. Sus pies estaban cubiertos por zapatillas negras y su cabello rojizo lucia alborotado.

Era todo lo que podía distinguir, pues la luz de las velas no le permitían ver con más claridad. De la manga del vestido sacó aquel cuchillo dispuesta a atacarlo pero no contó con el reflejo del cristal, Gaara detuvo su hazaña con la espada que llevaba en sus manos.

—¡No!— Ella intentó atacarlo de nueva cuenta pero le fue imposible, ambas armas chocaron haciendo un ruido sordo.

—¿Te atreverías a matar al rey?— Cuestionó mientras trataba de doblegar el espíritu de la muchacha, pero ella era persistente. Verde y castaño chocaron por largos instantes, mientras ella trataba por todos los medios de hacerle frente.

—Solo quiero ganar mi libertad— Le hizo saber con decisión mientras crujía los dientes.

—Lo veremos...— Bisbiseó el rey con burla.

Ya habían pasado más de tres años desde que enviudara y Tenten seguía sanando la herida de su corazón. Miró a sus pequeños hijos correr por toda la habitación, sin lugar a dudas lo hacían muy feliz. Aunque luego entristecía al recordar a Hinata y a su primogénito no nato.

—Majestad...— La voz de su mayordomo le saco de su ensimismamiento.

—Dime—

—Acaba de llegar esta carta para usted— Diciendo esto le entregó un pergamino en sus manos. Después hizo una reverencia y se retiró de ahí.

Mando a llamar a su esposa para que se llevará a los niños, para seguir con su trabajo. No tardó la mujer en llegar ante su presencia y curiosa se acercó al escritorio para quedar frente a su marido.

—¿Es algo importante?— Cuestionó un tanto intrigada al ver aquel papel amarillento.

—No lo sé, pero viene de parte del Mizukage— Con agilidad rompió el sello y entonces leyó lo que sin lugar a dudas era una invitación para la boda de Kiba Inuzuka y Hanabi Hyūga.

—¿Vas a ir?— Cuestionó cargando a la niña de ojos esmeraldas y cabello castaño.

—Iremos. Es el protocolo, pero nuestros hijos deberán quedarse aquí—

—¿Dejar a nuestro niños solos para ir a una fiesta?— Cuestionó con marcada incredulidad.

—No te preocupes, estarán en muy buenas manos— Replicó y para levantarse de la silla.

—Tal vez mi padre y mi tía podrían cuidar de ellos, si no es molestia para ti—

—En absoluto, creo que es una gran idea...— Dicho esto la tomó de la mano y plasmó un dulce beso en sus labios.

La caravana que provenía del País del Rayo, surcó con prisa las altas planicies que colindaban al norte de Kirigakure, el País del agua. Las ciénagas y aquel caudaloso río que terminaba en un gran lago denominado "Reflejo de la Luna" aparecieron y la imponente ciudad se alzó ante sus ojos.

Los viajeros admiraron el palacio de enormes dimensiones al adentrarse a aquel sitio. Sin lugar a dudas era una potencia económica muy fuerte.

Fugaku rememoró la última vez que estuvieron allí, de eso hacía varios años, mucho antes de recibir la corona de parte de su padre. La relación entre ambos príncipes siempre fue más bien del tipo diplomático, a diferencia de los fuertes lazos de amistad que compartía con Minato, el antiguo gobernante de Konoha.

Por su parte Sasuke observaba a su novia con marcado pesar. Después de tanto tiempo tuvo que aceptar ese matrimonio arreglado y aunque las circunstancias no le favorecían, debía cumplir con su deber por el propio bien de su reino y de su familia.

Detestaba su presencia, no podía ni siquiera estar cerca de ella por más de quince minutos, no era tonta ni aburrida pero no dejaría que lo embelesara con su belleza. Su corazón tenía dueña y era algo que ni las barreras del tiempo ni de la muerte misma podría romper.

El carruaje entonces se detuvo de súbito, mientras Sasuke descendía para ayudar a sus padres y a su prometida a salir de aquella carroza.

Fueron recibidos conforme llegaban y anunciados por el heraldo que estaba apostado a las enormes puertas del palacio.

Neji Hyūga era el actual regente del País del Agua, y todos los reunidos lo sabían. Era un usurpador pero aún así, debían fingir que todo estaba bien.

Sasuke divisó a Gaara en el otro extremo del salón del trono, quien estaba acompañado por su nueva esposa. Y pensó que tal decisión de contraer nupcias le había ayudado en su estado de ánimo enormemente.

La crueldad de la que había hecho alarde se había disipado por el amor que le profesaba a aquella joven y a sus hijos.

Y se preguntaba, ¿cómo pudo olvidar a Hinata de esa manera tan rápida?

Él nunca se atrevió a tanto, no podía ni pensar en estar con nadie más, era ilógico, según su propio razonamiento.

—Mi señor— La voz de aquella pelirroja lo saco de su ensimismamiento.

—Dime, Karin...—

—¿No cree que es hermosa la soberana de este reino?—

—¿Qué dices?— Miró hacia el trono vacío pero de inmediato la pudo contemplar de pie al borde de los peldaños. Su cabello estaba cubierto por un velo dorado y su vestimenta era muy lujosa, bordada en hilo de oro y decorada con varias piedras preciosas de color ambarino. La siguió con la mirada mientras tomaba el lugar que le correspondía, acompañada de un pequeño niño de cabello rojizo y ojos perlados.

Puso su vista en Gaara, aquel no se había dado cuenta de la situación pues seguía charlando con su mujer.

No podía moverse un ápice, su padre y su madre también habían reparado en aquella aparición y creían que se trataba sólo de un sueño.

—La soberana de Kirigakure, la Mizukage Hinata Hyūga y el príncipe Akihiko— escucharon al heraldo mientras todos los presentes abrían la boca con asombro.

Los reyes de Kumogakure se veían con confusión.

Sasuke sin pensarlo dos veces se acercó hasta el trono pero fue detenido por los guardias. Giró la vista y observó a Gaara que estaba a su lado en la misma situación.

—Quiero agradecer a cada uno de los representantes de las diferentes potencias del continente, al Raikage Fugaku Uchiha, al Hokage Naruto Namikaze, al Kazekage Gaara No Sabaku y al Amekage Inouchi Yamanaka. También a los señores feudales de las comarcas que son tan importantes para el sustento de nuestros reinos, por su asistencia a la boda de la princesa Hanabi con el príncipe Kiba Inuzuka— Los dos jóvenes hicieron acto de presencia cuando los hubo mencionado.

Ambos castaños estaban tensos y no mostraban ninguna emoción, lo que el moreno consideraba muy extraño.

¿Qué estaba ocurriendo?

Una gran interrogante que se sumaba a las ya tantas que invadían su mente, pero de alguna forma conseguiría la forma de hablar con ella, pasará lo que pasará. Necesitaba hacerlo, no tenía otra opción.

¡Ella estaba viva! Pero, ¿entonces de quienes eran los cadavéres que reposaban en la cripta familiar?

Creía que su cabeza iba a estallar a causa de aquellos pensamientos, los cuales abrían una brecha entre sus sentimientos y su cordura.

—Hinata...— Murmuró su nombre anhelante.