Harry se estiró sobre su asiento, bostezando perezosamente mientras las chicas a su alrededor soltaban risitas tontas. Él estiró ambos brazos y atrajo hacia su cuerpo a Ginny y a Daphne quienes no dejaban de mirarle con sus pestañas revoloteando y dedicándole las sonrisas más embelesadas que hubiese visto nunca. Al resto de las chicas no pareció agradarles mucho el hecho de ser ignoradas de esa manera. Todas querían un pedacito del rey.
Se encontraban en la sala de los menesteres que había sido adecuadamente pensada para convertirse en una especie de sala del trono, con tapices finos, una enorme alfombra que iba de la entrada al trono, unos candelabros de oro preciosos y por supuesto, el enorme trono de plata que descansaba en lo alto de un pedestal. El trono donde Harry se encontraba sentado en ese momento.
Las bromas sobre ser el rey habían terminado por descontrolarse y ahora incluso tenía su propio salón del trono ultra lujoso que él ni si quiera había pedido y que había comenzado como una broma de Dean y Seamus después de navidad y ahora se le estaba haciendo una verdadera costumbre utilizarla para aquellas pequeñas reuniones que sus admiradores insistían en tener con él.
Draco no parecía muy contento, ciertamente. Harry no estaba seguro de si era por el hecho de tener que compartir su atención con todas esas pequeñas zorritas o porque ahora que Harry se había deshecho de su juguete personal no tenía nada más con que entretenerse.
Astoria no había dejado el colegio, pero si se había tomado un par de meses para su recuperación. Asistía a clases aun completamente ciega. Los compañeros de su año se habían apiadado de ella (por petición de Harry) y siempre había alguien ayudándole a llegar a las clases. Daphne estaba muy agradecida con Harry por supuesto y los Greengrass en general. Draco en cambio, no dejaba de mirarle como si supiera que era su culpa, a pesar de que todos sabían que había sido un accidente.
Fuese como fuese, Draco parecía realmente aburrido ahora que Harry estaba ciertamente ocupado atendiendo los asuntos del ministerio, las reuniones privadas con Dumbledore y las reuniones con sus seguidores quienes siempre acudían a él por consejo.
Nada pasaba en el mundo mágico sin que Harry se involucrara.
Era casicómico que a través de un montón de muchachitos sin importancia, Harry hubiese podido hacerse de alianzas con importantísimas familias de magos que lo respetaban y le expresaban su apoyo a través de regalos y masivas que llegaban semanalmente. Dumbledore por supuesto estaba encantado, la Orden del fénix estaba obteniendo, gracias a Harry, gran popularidad y ahora el ministerio ni si quiera intentaba intervenir en sus misiones. El viejo profesor creía que la unión hacía la fuerza y si Harry podía unir a toda la sociedad mágica inglesa, entonces tenía que ser bueno.
Con el ministerio y Hogwarts a sus pies, las cosas estaban relativamente tranquilas. Voldemort estaba jugando con sigilo y, aunque sus hombres a veces se descontrolaban e iban al mundo muggle a torturar, asesinar y causar desastres inexplicables para ellos, todo estaba bajo control. Harry sabía que solo era cuestión de tiempo, una vez cayera Dumbledore el telón se alzaría y solo las partes más fuertes del juego tomarían sus posiciones para iniciar la inminente guerra. Harry estaba entusiasmado, tanto como un niño pequeño en navidad, sabía que con Draco de su lado no podía perder.
Sin embargo había una cosa que si le estaba molestado y mucho. Draco. Su precioso príncipe de ojos grises y cabellos dorados, el dueño de todos sus sueños y de sus más sucios pensamientos. Aquel por el que se había desvivido tanto tiempo, aquel al que le debía aquella perfecta vida llena de lujos y reconocimiento, su Draco, su precioso Draco, le estaba volviendo loco y nada tenía que ver con Astoria Greengrass.
Draco Malfoy, el rey del control y la serenidad había resultado ser un maldito alborotador y en el peor de los sentidos. Harry había tenido que soportar semanas enteras de provocaciones sexuales sin sentido en las que Malfoy siempre le prometía más y no le daba nada. A veces llegaba a su habitación y le encontraba completamente desnudo en su cama, dormido para variar y Harry tenía que luchar con su nulo autocontrol para no hacer nada de lo que se arrepentiría después. Respetaba a Draco demasiado como para forzarlo a mantener relaciones sexuales con él, pero no estaba seguro de resistir mucho más en ese estado.
Lo más lejos que habían llegado había sido el intercambio de pajas y un par de mamadas. Harry ni si quiera recuerda como había comenzado, pero había ocurrido y aquello le había abierto el panorama. De repente que Draco fuese su aliado y le diera un par de besos de vez en cuando habían dejado de ser suficiente. No era algo completamente extraño, desde siempre Harry había aprendido a exigir todo el joven heredero de los Malfoy y era casi lógico que al crecer las cosas no cambiaran. Por supuesto ya no se trataban de dulces o consejos para destacar en Hogwarts, pero era prácticamente lo mismo, al menos para el rey.
Harry estaba consiente, sabía perfectamente bien que lo sentía por Malfoy no precisamente algo sano. Se había obsesionado con poseerlo (en todos los sentidos) hasta el grado de lo enfermizo y ese deseo era tan fuerte que Harry apenas y podía luchar contra él. Draco tenía que ser suyo y tenía que serlo rápido.
Tal vez su majestad pudiese estar sentado en su trono, rodeado de las más hermosas chicas de todo Hogwarts mirándole con anhelo, en una de las salas más espectaculares que la sala de los menesteres hubiera creado nunca, Harry Potter no podía dejar en cierto rubio que ni si quiera se había molestado en aparecerse en la reunión.
Suspiró y se puso de pie.
—Me marcho —anunció poniéndose de pie y sacudiéndose aquella preciosa túnica de seda que Narcissa le había enviado un par de días atrás.
—Pero Harry — le interrumpió Ginny que era una de las pocas personas que le llamaban por su nombre. Por ser hermana menor de Ron, principalmente—. Aún no nos has hablado de lo que quieres que hagamos cuando Voldemort vuelva —era obvio que pronunciar ese nombre le estaba costando mucho trabajo, pero frente a Harry siempre procuraba ser el tipo de chica que uno quiere para el rey: fuete, decidida, inteligente y sobre todo servicial.
Draco ya era todo eso y más. Aunque tal vez Harry tendría que entrenarlo para ser un poco más servicial.
—Será luego, Weasley —le respondió. La pelirroja hizo una mueca al no haber sido llamada por su nombre frente a todos. Algunas chicas soltaron risitas satisfechas—. Ahora necesito reunirme con Draco.
Ginny hizo una mueca.
—Si no se ha molestado si quiera en venir —respondió la pelirroja con claro disgusto—. Parece que la chica Greengrass le preocupa más que el destino del mundo mágico.
—Cuidado con lo que dices, Weasley —le reprochó Daphne, con la mano muy cerca de donde guardaba su varita.
—Explícate —le ordenó Harry ignorando aquella disputa sin sentido.
—Que de camino para acá, lo vi en la enfermería, junto a Astoria quién parece no dejar de meterse en problemas —agregó con cansancio—. Malfoy estaba con ella, bastante acurrucados, mientras Madame Pomfrey se encargaba de ella, al parecer una herida menor. Ella estaba sonriendo así que no creo que haya sido algo grave.
—¿Estás seguro de eso, Ginny? —preguntó Harry con una seriedad de muerte.
La pelirroja asintió.
—Oh, su majestad —intervino Daphne con preocupación—. Usted sabe que, desde el accidente, mi hermana tiene problemas para manejar su magia, a veces se lastima sola, Draco solo quería ayudar, por favor, no ha sido su culpa.
Harry enarcó una ceja y dijo:
—¿Entonces deberíamos castigar a tu hermana? —preguntó con sus peligrosos ojos perforando a la muchacha que temblaba ligeramente.
—Lo compensaremos —prometió agachando la cabeza.
—Más te vale —le respondió el rey y salió de la sala.
Era maravilloso como trabajaban sus emociones, en un momento estaba perfectamente bien, completamente tranquilo, rodeado de sus súbditos haciéndole un montón de cumplidos, y al segundo siguiente podía estar lleno de furia asesina, dispuesto a llevar a Draco por los cabellos de vuelta al lugar donde pertenecía. A su jodido lado.
Tomó el camino más corto hacia la enfermería, el toque de queda sería pronto, pero Draco no parecía dispuesto a tomarlo en cuenta. Estaba sentado junto a la castaña, con su hermosa y resplandeciente sonrisa enmarcándole el rostro. Grengrass parecía tener algún tipo de herida en el rostro, una mancha rojiza se dibujaba en su pómulo derecho y Draco se inclinaba de vez en cuando para acariciarla, haciéndola reír y sonrojar tontamente.
Harry se crispó con solo verlos. Iba a asesinarlos.
Se detuvo en la puerta principal de la enfermería sopesando sus posibilidades. Ir y tomar a Draco usando uso de métodos poco éticos podía hacer que su máscara cayera por completo y aquello le daría suficientes armas a Snape para destruirlo y desprestigiarlos. Podía acercarse y ser amable, pero era lo último que se le antojaba. Ya antes Harry había dejado pasar la traición de Draco por lo importante que era para él pero no podía seguir haciéndose el de la vista gorda. Draco debía ser disciplinado.
Sintió su magia a punto de salirse de control cuando Astoria tomó la mano de Draco y éste no hizo nada para alejarse. Se obligó respirar profundamente y mantener su poder mágico dentro de su núcleo, donde no podía causar estragos como cosas explotando violentamente o maldiciones rebotando en todas las paredes.
Cerró los ojos y se irguió recordándose que no le convenía asesinar a la menor de las Greengrass, que su familia había demostrado tener su lealtad bien establecida con él, desde el principio, que ella aún era útil. Se alisó la túnica una vez más y caminó con la frente en alto hasta donde la parejita se encontraba.
—Buenas noches —dijo con voz gélida.
Draco tuvo especial cuidado en separarse de Astoria sin que pareciera obvio. Como si no estuviese jodiéndolo todo.
Harry casi gruñó por eso.
—Potter, buenas noches —respondió Astoria con una sonrisa cálida—. ¿Ha terminado la reunión? Lamento no haber podido asistir, Daphne prometió ponerme al corriente —había girado la cabeza en dirección a Harry, de tal manera que las horribles cicatrices que rodeaban sus párpados eran claras.
—Está bien, puedo comprenderlo. Daphne ha dicho que últimamente eres bastante... torpe —le respondió con fingida amabilidad.
Draco contenía el aliento.
—Si, un poco, los cambio de humor por mi... accidente... hacen que mi núcleo se altere fácilmente y me daño con mucha frecuencia —sonrió como si no estuviera completamente ciega y miserable—. Fue una suerte que Draco me encontrara y me ayudara a llegar aquí.
—Ciertamente, lo fue —le respondió Potter con voz apretada —¿Te encuentras mejor? —le preguntó con voz encantadora y excesivamente melosa.
Ella asintió sonriendo.
—Gracias por tu preocupación.
—Es un placer, Astoria —hizo una pequeña pausa para mirar a Draco que mantenía la expresión de alguien que está seguro de que nada malo está ocurriendo. Aquello hizo enfurecer al rey—. ¿Te molestaría si me llevo de vuelta a Draco? Prometo que enviaré a tu hermana por ti para cuando tengas que volver a la sala común.
Draco se tensó casi imperceptiblemente.
—Por supuesto —respondió la joven sin tener la menor idea de lo que ocurría —. Buenas noches, Draco. Su majestad.
Harry dio media vuelta y Draco se puso de pie en silencio. Ninguno de los dos se molestó en despedirse de la chica que había permanecido sentada sobre la cama, con expresión ligera. Harry odiaba a ese tipo de personas, parecían creerse demasiado, tanto que no se molestaban en sentirse miserables. Harry había esperado que dejarla ciega significara un castigo, pero Astoria Greengrass parecía estarlo llevando bastante bien. Tal vez después tendría que hacer algo más para hacerla reaccionar. Usar a Daphne parecía factible.
Caminaron en silencio de vuelta a las mazmorras. Con Draco a su lado, sin inmutarse si quiera. La mirada en alto y aquella pose aristócrata que hacían que Harry se sintiera excitado. Las personas junto a las que pasaban parecían sentir la tensión entre ellos porque no se atrevían a mirarlos demasiado y saludarlos, como hacían generalmente, no parecía una opción.
Atravesaron la mitad del castillo hasta que finalmente descendieron por las escaleras de piedra que daban hacia las mazmorras. Harry ni si quiera se molestó en pronunciar la contraseña de la sala común, esperó a que Draco lo hiciera, pero la dijo con un tono de voz tan casual que su furia se incrementó en niveles que no creía posibles.
Draco definitivamente sería aleccionado.
La sala común estaba casi vacía, los exámenes finales tendrían lugar pronto y la mayoría de los estudiantes prefería estudiar o hacer sus tareas en sus habitaciones. Blaise, que se encontraba en una mesa en una esquina reconoció el gesto en el rostro de Harry y se puso de pie de inmediato. Harry levantó una mano para evitar que se entrometiera y solo dijo:
—Que nadie nos interrumpa.
Blaise asintió con gesto sepulcral y luego miró a Draco con una chispa de satisfacción, tal vez advirtiendo lo que estaba por venir. Zabini, volvió a su mesa y Potter, junto con Malfoy, subieron a las habitaciones con la tensión incrementada al máximo. Sin embargo esto no parecía inmutar al príncipe de hielo, cuyos ojos grises se mantenían calmos como un día nublado y silencioso.
Harry abrió la puerta de su habitación y detuvo la puerta hasta que Draco se adentró en ella con aquel gesto indiferente que estaba poniéndole de nervios. Potter cerró la puerta con especial cuidado y aplicó unos cuantos hechizos de protección: nadie podría entrar en sus aposentos y nadie sería capaz de escuchar lo que ocurría dentro.
Draco no pareció inmutarse tampoco por aquellas acciones así que Harry decidió que era momento de que comenzara a respetarlo.
—No has llegado a la reunión —le dijo en un último intento por resolver todo con tranquilidad.
—Estaba ocupado —respondió tranquilo— Astoria me necesitaba.
—Yo también te necesitaba, Draco —se permitió sonar ligeramente débil solo porque se trataba de Draco.
—Apuesto a que calmaste las ansias en tu club de fans sin problemas —le respondió mirándolo a los ojos y mostrándole un destello de celos reflejado en sus ojos de tormenta.
—No es lo mismo sin ti, Dragón —le dijo acercándose a él, acariciando su rostro lentamente.
—Pues tal vez tengas que acostumbrarte —dijo con la misma calma del principio—. A partir de ahora pasaré algo de tiempo con Astoria, necesita ayuda ahora que no puede ver y yo se la he ofrecido.
Harry quién aún tenía su mano sobre el rostro del rubio apretó un poco el agarre.
—No me provoques, príncipe —le dijo con voz estrangulada por la furia.
Draco sonrió.
—No se trata de ninguna provocación, su majestad, las cosas son así.
—Entonces supongo que no tengo más opción —le respondió con verdadero pesar. La sonrisa de Draco se congeló—. Tranquilo, no voy a asesinar a tu zorra, solo vamos a dejar las cosas bien en claro ¿de acuerdo? —su voz era dulce y comprensiva, pero no reflejaban la expresión de desprecio en sus ojos esmeralda—. Dejé que te revolcaras con ella porque te amo, Draco y eres lo más importante para mí, hacerte feliz es mi prioridad y siempre va a serlo. Te di una advertencia que decidiste ignorar y ahora creo que ni si quiera puedo culparla a ella, Dragón. ¿Entiendes lo que significa?
—No te atreverías a hacerme daño —dijo con seguridad y Harry sonrió.
Al menos Draco lo entendía.
—Por supuesto que no, Draco, jamás te haría daño, pero una lección a tiempo siempre es importante. Pareces bastante dispuesto a revelarte, sin importarte lo que yo pueda sentir —puso una mano en su pecho —. Me lastimas. Creí que yo era el único para ti, creí que yo era lo más importante, te creí cuando lo dijiste.
—Sólo ocurrió una vez —se defendió Draco por primera vez—. Me sentía solo, abrumado por la muerte de mi padre, tú no lo entendías...
—Oh, príncipe, claro que lo entendía.
—Me llenaste de regalos estúpidos, yo necesitaba palabras de confort.
Harry acarició nuevamente su rostro, Draco no le miraba pero mantenía el rostro en alto, con sus ojos fijos en algún punto de la pared tras Potter.
—Tranquilo, Dragón, voy a darte todo el confort que necesites, no necesitas volver con ella, nunca más —Draco lo miró por primera vez, sus ojos reflejando confusión. Harry dijo: —Imperio.
Con la guardia baja Draco fue fácil de someter pese a su entrenamiento para resistirse a la imperius. Había ayudado que Harry no necesitara si quiera su varita para ejecutar el encantamiento. Draco había estado tan confundido que cuando Harry irrumpió en su mente y lo doblegó ante él, el rubio no había tenido tiempo de defenderse. Potter había sentido la conciencia de Draco despertar alertada por la intrusión, pero para entonces ya no había nada que pudiera hacer.
Harry suspiró.
—Espero que después de esto comprendas donde está tu lugar, príncipe —le dijo como quién le explica algo a un niño pequeño—. Espero que después de esto, tengas claro que me perteneces y que yo te pertenezco y que si hay lugar para terceros es solo porque yo lo permito.
Draco se mantenía inmóvil frente a él, con la mirada perdida y la boca ligeramente entreabierta. Harry retiró un mechón de cabello de su rostro con devoción y luego le dijo:
—Desnúdate para mí.
No necesitaba decirlo en voz alta para que el encantamiento imperius funcionara, pero la satisfacción que sintió al hacerlo no tuvo comparación. Decidió que todas las órdenes las daría en voz alta.
Harry podía sentir la tensión de Draco a través del vínculo.
En cuanto la orden llegó a Malfoy, éste comenzó a desprenderse de sus ropas con una lentitud mortal. Harry decidió tomar asiento sobre su cama y esperar paciente. Ya había esperado desde quinto año a que aquello ocurriera, podía esperar un poco más siempre y cuando obtuviera lo que deseaba. E iba a obtenerlo.
Una a una, Draco se deshizo de todo lo que llevaba encima, comenzando con aquella lujosa y carísima túnica que le hacía ver mortalmente sexy. Luego continuó con su camisa blanca y pulcra, botón a botón. Harry se estaba volviendo loco y la euforia incrementó cuando la pálida piel del rubio comenzó a ser visible a través de la camiseta que estaba siendo retirada. Draco tardó un poco en llevar sus manos hasta su pantalón, Harry pensó que tal vez se estaba resistiendo, pero la verdad era que a través del vínculo podía sentir que la tensión estaba pasando. Draco no estaba luchando.
El rubio se deshizo de sus pantalones de manera tan lenta como al principio. Desabrochando los botones uno a uno con sus largos y preciosos dedos, bajando la cremallera de la prenda con una delicadeza sobrehumana. Harry se humedeció los labios con la punta de la lengua, expectante.
—Detente —le dijo cuando ya se había deshecho de los zapatos y ahora se disponía a continuar con la única prenda que le cubría. La ropa interior —. Buen chico —agregó—. Quítame la ropa.
Con aquel andar gatuno y aristócrata, Draco dejó el lugar donde había permanecido los últimos minutos y caminó hasta la cama donde Harry estaba sentado, arrodillándose frente a él.
Se deshizo de los zapatos del rey y luego se encargó de los pantalones. Harry no le impidió deshacerse de su ropa interior y cuando lo hizo, su erección golpeó su estómago, manchando un poco sus túnicas de líquido preseminal. Estaba ansioso ¿para que ocultarlo?. Draco se quedó quito, mirando su miembro con los mismo ojos vacíos que antes, pero eso no evitó que Harry se sintiera orgulloso, después de todo , su pene era grande.
Draco se deshizo de la parte superior de la ropa del rey quién desnudo le devoraba con la mirada desde su lugar en la cama.
Harry creía que Draco era precioso. Una especie de deidad encarnada que solo podía ser purificada y mancillada por él. El rey.
—Chúpala, Draco —le pidió cuando el rubio se quedó de pie junto a la cama, esperando la siguiente orden.
Malfoy se arrodilló nuevamente frente a él, con la ligereza de un espíritu y sin si quiera esperar un segundo más, se metió el miembro de Potter a la boca por completo. Era la desventaja de mantenerlo bajo la imperius, pensaba Harry, que hacía todo rápido y al pie de la letra. Sin embargo esos dos factores no alteraron el resultado en absoluto. La boca de Draco era tan buena haciendo eso como Harry lo recordaba, mordía ligeramente y succionaba lo suficiente para hacerlo enloquecer. Lo metía prácticamente hasta su garganta y aquella apretada cavidad le recibía como si estuviese hecha para eso y no para ingerir alimentos y pasar aire a sus pulmones.
La cabeza de Draco moviéndose de arriba hacia abajo lo tenía hipnotizado, no quería que se detuviera y sin embargo se obligó a ordenarle que lo hiciera, no quería correrse aún, no sin haber tenido a Draco primero.
—Recuéstate en la cama, Draco. Ábrete para mí, príncipe —le pidió y Draco obedeció sin opción de no hacerlo.
Harry contempló la figura frente a él. Draco, dios de todo el universo se encontraba recostado en su cama, con las cobijas verdes resaltando su pálida piel y cobijando sus mechones platino de cabello. Su cuerpo perfectamente torneado robándole el aliento y sus mejillas sojas por el esfuerzo. Incluso sus pupilas estaban dilatadas, era obvio que lo estaba disfrutando y Harry pensaba hacerlo sentir mucho mejor.
Mordiéndose el labio inferior colocó sus pulgares en la cintilla de la ropa interior de su acompañante y la deslizó lentamente, disfrutando de cada fracción de piel que quedaba a la vista, hasta que el miembro rosado de Draco fue liberado. Estaba erecto, tan erecto como Harry quién comenzó a preguntarse si Draco de verdad disfrutaba de ser sometido de aquella forma. Disfrutó la vista un poco más antes de comenzar a acariciarlo suavemente y susurrar un encantamiento de lubricación y adentrar un par de dedos en el muchacho. Quería poseerlo y lo quería en ese instante.
—Eres bellísimo, Draco, no sabes lo loco que estoy por ti. Pídeme lo que quieras, Draco y te lo daré.
Pero Draco, bajo el efecto dela maldición, no respondió así que Harry siguió frotando su interior lentamente. Podía sentir el dolor de Draco a través del vínculo, pero eso no lo detuvo, pronto se sentiría bien y si no, bien lo tenía merecido por su desobediencia.
Le sonrió.
—Creo que estamos listos —le dijo acariciando su propia erección y sacando los dedos del rubio cuyo rostro, nuevamente, no mostró nada —. Sube la piernas, Draco, justo de esa manera, príncipe —su erección dio un tirón —. Voy a joderte hasta que solo puedas pensar en mí, hasta que sangres.
Se colocó entre sus piernas y le miró una vez más antes de clavarse dentro de su virginal cuerpo de una sola y dolorosa estocada. Harry casi podía oír los gritos de Draco dentro de su cabeza pero no se detuvo hasta que sus testículos llegaron a las nalgas de su amante.
—Tan apretado... tan bueno... —susurró. Luego miró a Draco sonriendo—. Esto va a gustarte, príncipe... finite.
Los ojos de Draco recobraron su brillo, pero rápidamente fue opacado por la expresión de dolor de Malfoy quién cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes. Harry no le dejó decir nada, simplemente se inclinó sobre él y le besó con furia poco contenida antes de empezar a moverse.
Lo penetró sin piedad, una y otra vez, con el lubricante y la sangre del ano desgarrado de su acompañante ayudándole en su tarea. Draco se mordía los labios tan fuerte que sangró y Harry solo pudo beberse su sangre a besos.
Le erección del rubio, ahora flácida, resbalaba entre sus cuerpos y volvía a tomar fuerza con cada estocada que Harry le brindaba.
—¿Duele? —le preguntó y Draco asintió con los ojos cerrados —. Bien.
Se mantuvieron de aquella manera por largos minutos, hasta que los jadeos de dolor de Draco se volvieron jadeos de placer y la sangre dejó de importar.
—Harry... Harry... —repetía como un mantra placentero—. Jódeme fuerte, Harry, castígame, he sido malo —le imploraba.
Harry no pudo más que obedecer, regalándole penetraciones largas, profundas y fuertes. Estaban jadeando y sudando, de dolor y de placer. Parecía que Draco finalmente se había rendida a Harry y Harry amaba someterlo casi tanto como amaba someterse a él.
Harry finalmente se corrió dentro de él, llenándolo de su esencia, marcándolo de su propiedad. Por qué Draco Malfoy era suyo y quién se atreviera a decir lo contrario estaría muerto. Salió de su cuerpo y miró la dura erección de su amante.
—Termina con eso por tu cuenta — le dijo —ese será tu castigo.
La sangre manchaba las pulcras sábanas, mezclado con su semen.
Draco sonrió.
—No esperaba menos de usted, su majestad —le respondió mientras comenzaba a masturbarse frente a Harry, al parecer, restándole importancia al hecho de que prácticamente había sido violado.
Tal vez Harry tenía razón después de todo y semerecían mutuamente.
