Capítulo 17: Lily Obtiene una Premisa

(Presentando a los Casagrande)

Royal Woods, Michigan, Junio de 2019.

Por la calle donde vivía Sam Sharp, se oyó a un fiero y potente relámpago que hizo crujir los cielos y que ahí mismo la aludida muchacha se estremeciera en el sofá de su sala de tal modo que volcó la bandeja de palomitas.

–¡Rayos! –se aquejó dando un sobresalto, avergonzada también de ella misma por asustarse así, siendo ya una adolescente capaz de cuidarse sola como todas las demás. Aunque el sentirse asustada no era de extrañarse estando en su posición, con eso de los múltiples asesinatos y desapariciones de niños inocentes que estaban ocurriendo en las calles a cada rato.

Pensar en ello la hizo replantearse muchas veces si había hecho bien en preferir quedarse ella en casa en vez de acompañar a sus padres y a su hermano a ir a visitar a unos amigos de la familia que vivían muy lejos.

A todo esto ya se estaba preguntando porque no la habían llamado recientemente o contestado las llamadas suyas; y supuso en primer lugar que era porque aun estarían festejando en la serie de fiestas de parrillada a las que había rehusado ir, que a esa hora tendrían lugar a cuatro o cinco estados de distancia.

Sam había declinado asistir a la invitación diciendo que aquellos eventos no eran de su agrado por ser una vegetariana a favor de los derechos de los animales; creencias a las que su familia sabía brindar absoluto respeto; pero a la hora de la verdad ya no estaba tan segura de haber salido con esa excusa para no ir, si bien podría haberse dado por satisfecha con servirse un par de mazorcas y una poca de ensalada de papa. Total, que se había quedado en casa ella sola.

Bueno, ya ni tan sola desde hacia unas pocas horas en que las simpáticas mascotas de los Loud estaban haciéndole compañía. El perro dormitaba a sus pies, pero parando oreja atento a cualquier sonido que llegara a filtrarse del exterior; el hámster iba y venía de hacer sus rondas en la casa moviéndose adentro de su esfera y sabía que por ahí también andaban el gato, el canario, el murciélago, la rana, la rata y la serpiente.

Ademas de que afuera su guardaespaldas mecánico montaba guardia eficientemente, algo por lo que terminó estando sumamente agradecida.


En realidad motivos de sobra tenía para sentirse asustada esa noche específicamente. Sobre todo después del disgusto que acabó llevándose hacía unos momentos, al recibir la más indeseada de todas las visitas.

Recién, tras salir sigilosamente de la recamara e ir a poner a calentar la bolsa de maíz tostado en el microondas, ella y el pequeño grupo de animalitos se habían reunido para ver en conjunto una película de terror original de Netflix con el volumen bajo.

El filme trataba sobre como una desdichada mujer luchaba por su supervivencia luego de quedarse esposada a una cama en una cabaña en el bosque bien alejada de casi todo rastro de civilización; y todo por complacer sexualmente a su marido quien desafortunadamente acababa muriéndose de un súbito ataque cardiaco, sin que nadie más supiese en donde estaba ella y menos pudiera ayudarla a desatarse. Una historia que a decir verdad resultó ser más inquietante de lo esperado dadas las circunstancias; en especial por las partes en que la mujer era asechada por un perro hambriento y un individuo misterioso que se aparecía solo en las noches. Pero inquietante era especialmente para Sam, quien además tenía razones propias para sentirse identificada con la protagonista por ciertos conflictos personales con los que día a día luchaba por superar.

Llegado a un punto en el que sencillamente no pudo continuar, agarró el mando de la ps4, pausó la película y en su lugar puso a reproducir el siguiente episodio de The Good Place decidiéndose a mirar comedia en vez de horror para apaciguarse y no pensar en el pasado.

¡Ding, dong!

Pero hablando del pasado, justo en eso este vino a tocar el timbre de la puerta, a lo que Charles gruñó y Cliff se irguió a la defensiva.

–Tranquilos –les dijo la joven, tomando un cenicero de la mesita de su sala antes de ir a atender al llamado, no más por si las dudas.

¡Ding, dong!, tocaron otra vezal timbre y Sam, tras asomarse antes por la ventana discretamente, abrió la puerta para confrontar cara a cara al que estaba afuera, pero sin haber quitado la cadena de seguridad.

–Hola, Al –saludó molesta al inesperado visitante y Cliff y Charles llegaron tras ella preparándose para cualquier cosa–. ¿Qué quieres?

–Hola Sammie –contestó el hombre que estaba del otro lado de la puerta, que era la ultima persona en el mundo a quien quería ver–. ¿Es esa la forma de saludar a tu padre?

–¿Qué quieres? –volvió a preguntar la rockera de pelo pintarrajeado frunciéndole el ceño a aquel mismo sujeto, que no era el buen señor Sharp, el padre de su hermano de quien había tomado el apellido luego de que este las acogiera en su casa a ella y a su madre. No, a quien tenía enfrente era al ex conserje de la preparatoria: el señor Kersh.

–Pero bueno –alegó este encogiéndose de hombros. Ahí estaba plantado en la entrada alzándose con sus casi dos metros de alto, sus dos brazos musculosos llenos de tatuajes (uno de una mujer desnuda a la que le habían pintado ropa con marcador rojo permanente), su poblado bigote y su larga cabellera (la cual Sam sabía que se había dejado para ocultar la esvástica que tenía tatuada en la nuca)–, ¿que uno no puede venir a ver como está su hija?

≪Seguro viene a pedir dinero≫, dedujo de inmediato Sam teniendo en cuenta que él ya no trabajaba de conserje desde que acabaron las clases, habiendo sido ella de las primeras personas en firmar la petición para que lo corrieran de su trabajo. Según había llegado a enterarse, el señor Kersh pasó frente a la primaria de Royal Woods el ultimo día de escuela a la hora justa en que el personal se retiraba a sus vacaciones y en esas mató indeliberadamente de un pisotón a la rata mascota de Norm solo porque esta había tenido el infortunio de cruzarse en su camino, dejando al otro conserje muy devastado y a alumnos y profesores enfurecidos por igual.

Aunque Sam nunca llegó a presenciar la escena, no dudaba en absoluto que todo fuera cierto y le tenía sin cuidado que el culpable se tratase de su propio padre biológico. Ella sabía que era un hombre malo capaz de hacer eso y mucho más. Sam siempre había tenido buen ojo para distinguir a los hombres malos. Muchos chicos que la invitaban a salir, en su mayoría con turbias intenciones escondidas por detrás, la acusaban de ser una feminista radical ante sus negativas; pero ella sabía cual era la diferencia entre ser una feminista radical y una mujer que sabía dar a respetarse, siempre dejando en claro que su orientación sexual no tenía nada que ver en ello. Si sabía distinguir a los hombres malos y lo sabía bien porque los primeros años de su vida había sido criada por uno, el que acababa de venir a verla a su casa.

–Mira lo que te compré –le sonrió el señor Kersh rociándole una poca de perfume de marca a la cara.

≪Querrá decir que se lo robó a alguien≫, pensó Sam echándose ligeramente para atrás arrugando su nariz.

–Es el favorito de tu madre –comentó el hombre dejando de echar rociadas y entregándole la botellita–. ¿Nunca te han dicho que te estás poniendo igual de hermosa que ella?

–Gracias, pero no gracias –rechazó Sam el regalo.

Por muy firme que se mostrase, lo que era la chica en realidad se sentía completamente aterrorizada por dentro. Desde que era pequeña, entre todo el inmenso repertorio de monstruos existentes en la mente de un niño a los que podía temer, era esa misma persona de carne y hueso con la que desgraciadamente estaba emparentada al que más temía. Casi nadie en el pueblo sabía de este secreto, como el porque de sus motivos para temerle a su propio padre, ni tenía porque saberlo. Se suponía que todo había quedado en el pasado, pero en efecto ese pasado del que nada quería saber regresó para atormentarla.

–¿Puedo pasar? –se quiso adelantar su padre a entrar en la casa–. Noté que estás sola.

–Mejor no –le cortó el paso Sam, entendiendo desde antes que se refería a que no había visto el auto de los Sharp en la cochera–. Solo, vete por favor. Este no es un buen momento.

–Vamos, nena –insistió el señor Kersh–. Solo quería traerte un detallito para que supieras lo orgulloso que estoy de ti, ahora que diste el primer paso para dejar atrás esas extrañas costumbres tuyas.

–¿Qué dices? –lo miró su hija seriamente, recordando que además de temor cada aspecto de ese hombre le generaba un intenso repudio.

–Me refiero a que ya supe que dejaste de verte con esa marimacho escandalosa. Tú sabes, la que viene de esa familia cuya madre tiene una fabrica de locos entre las piernas. La verdad, siempre pensé que era una mala influencia para ti.

Y dicho esto, el temible progenitor de la rubia rockera estiró una de sus grandes manos con intención de acariciarle los mechones, haciendo que esta en respuesta se inclinara para atrás y apretara en su mano el cenicero dispuesta a usarlo para defenderse de ser necesario.

–No me gusta como te cortaste el cabello –añadió al final–. Pareces un muchacho.

–Oyeme, no –se hizo escuchar la joven poniendo las cartas sobre la mesa, presa de indignación y con su paciencia al limite–. ¿Con que derecho vienes a decirme que es y que no es bueno para mí? En primera: soy gay, me gustan las chicas y solo las chicas y nada va a cambiar eso, que es algo que uno no elige aunque no te guste. Segundo: a Luna la dejé ir porque sigue dolida y no es de extrañarse; ¡mataron a su hermanito a pocas calles de su propia casa! ¡Tengo entendido que lo despedazaron casi todo y solo dejaron uno de sus brazos!, ¡¿y tú todavía vienes a hablar mal de ella y su familia en mi cara?! Eso, es bajo. Tercero y para que te quede claro: te odio. No me importa que te hayan dejado salir de la cárcel, ni lo mucho que sigas diciendo que eres mi papá, te conozco bien y sé que eres un monstruo; no como el señor Sharp que ha sido un mejor padre para mi y un mejor esposo para mi mamá de lo que tú has sido en toda nuestras vidas. No nos golpea, ni nos insulta como hacías tú. Nos respeta a ambas y respeta mis preferencias. Las dos estamos contentas con el y con mi nuevo hermano; lejos de un patán y mal hombre como tú. Así que vete y ya déjanos en paz, por favor, antes de que llame a la policía, y ni se te ocurra volver a buscarnos.

–Entiendo... –dijo cabizbajo el señor Kersh, en un aparente tono de resignación.

Sam lo despidió con un gesto conforme de que hubiese entendido y se dispuso a cerrar la puerta, pero antes él se le adelantó a meterle el pie y a agarrarla de la muñeca firmemente.

–Entiendo, que ese idiota que me quitó a tu madre, de algún modo te convenció de ponerte en contra mía –terminó de decir apretando su agarre. En su mirada Sam vio caer una perversidad mayor que no le conocía desde antes–. ¡¿No es así?

–Me duele –forcejeó Sam.

A su espalda Charles se puso a ladrar amenazante a todo volumen, provocando que Lily se despertara llorando.

–¡BUUUAAAAHH!

–Mira lo que hiciste, imbécil –le reclamó aun más molesta a su horrible padre.

–¿Tienes a un bebé ahí? –inquirió este sin soltarla–. ¡¿No que no te gustaban los chicos?!

–¡Deja de decir estupideces y suéltame ya!

–No puede ser. Me ausento un par de años y mi niña se pone a hacer actividades de grandes, y apuesto a que fue con esa asquerosa sanguijuela rompe hogares que vive aquí. Claro, como el muy infeliz tiene dinero y tu tenías que ser mujer... ¡Pero se acabó! Vendrás a vivir conmigo como en los viejos tiempos.

Sam se esmeró en soltarse, pero los dedos callosos del señor Kersh apretaron con más rudeza. Una que tampoco le conocía.

¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU!

Charles salió disparado a morder al intruso en una pierna, pero en respuesta este lo mandó a volar de una violenta patada en las costillas.

¡AU! ¡AU! ¡AU! ¡AU!

–¡Salvaje! –gritó enfadada Sam.

–Vamos, quítate los pantalones –ordenó Kersh, pareciendo que mantenía la lucidez en su habla pero en definitiva habiéndose ido todo el resto de si mismo.

–¡¿Qué?!

–Necesito comprobar que tanto te ha tocado el idiota ese ahí abajo.

–¡AYUDA, AYUDA! –se puso a gritar Sam entonces, en el momento en que el señor Kersh terminaba de irrumpir adentro rompiendo la cadena de un jalón y conseguía apresarla de la otra muñeca.

–Dime que aun eres mi niña –le susurró soplándole en la oreja de un modo atrevido.

–No –exclamó la muchacha en total alerta, entendiendo que estaba en grave peligro.

–¿Qué dijiste? –bramó el hombre haciendo rechinar sus dientes.

–Dije... –en defensa propia, Sam le soltó un rodillazo en la entrepierna y consiguió zafar la mano del cenicero, el cual también usó para aporrear contra la cabeza de su atacante–. ¡QUE NO!

–¡Mi cara!

Ahí, Walt y Colmillito aprovecharon para ir a revolotear hostilmente alrededor de la cabeza del señor Kersh y obligarlo a hacer que soltara a Sam para tratar de ahuyentarlos a manotazos.

–¡Shu!, ¡shu!, ¡largo de aquí alimañas!

Sam cayó sentada en el piso de su sala, mientras que Bite corría a morderle un pie a su padre, Geo el otro y Cliff saltaba a arañarle la cara haciendo que retrocediera hacia el porche en donde por ultimo llegó el Señor Brazos de Titanio Reforzados equipándose con su sofisticado armamento para encargarse de ahuyentarlo a punta de disparos.

–¡Pagarán por esto! –echó a correr el señor Kersh siendo correteado por el robot–. ¡Ni crean que esto se va a quedar así!

–Gracias Chicos –les hizo Sam una caricia a las mascotas de los Loud al levantarse.

Después de esto aseguró bien todas las puertas y ventanas, se encargó de atender a Lily y arreglárselas para hacer que se volviera a dormir y llamó a informar lo ocurrido al 911, quienes le dijeron –solo dijeron– que más tarde enviarían a una patrulla a vigilar la zona por donde vivía. Luego, se tomó un momento para ir al baño a mirarse en el espejo y quitarse la chaqueta de encima. A Sam siempre se la veía usando chaquetas de cuero, así fuera en un día caluroso y prácticamente no se las quitaba ni para dormir. Mas no lo hacía por sentido de la moda, sino porque eran ideales para ocultar las marcas de quemaduras de cigarrillos que tenía distribuidos en sus brazos desde los hombros hasta las muñecas y que solo Luna había visto una vez.

Tras reflexionar en breve, supo que no tenía porque echarse a llorar ahí mismo, si nada de lo que le había pasado era su culpa. Aquel capitulo de su vida con su abusivo padre estaba cerrado desde hacía mucho tiempo y no tenía porque volver a atormentarla. Su vida había cambiado para bien y ahora necesitaba ser fuerte por Luna, de quien se preocupaba más que nada al no saber que estaría haciendo a esas horas o porque le había encargado que cuidara a su hermanita bebé si no era para otra cosa que violar el toque de queda.

Aunque Sam era la que había terminado con su noviazgo, igual seguía amando incondicionalmente a su ex y estaba dispuesta a cumplir con su palabra de apoyarla en todo lo que necesitase así su actuar resultara muy extraño y evidentemente le estuviese ocultando varias cosas.


Quizá ese era el verdadero motivo que tuvo para quedarse, aunque recién lo estaba comprendiendo horas después del desagradable encuentro con su padre mientras iba a revisar que el estruendo de hacía un rato no hubiese despertado a Lily otra vez. Lo bueno era que la pequeña seguía durmiendo tranquilamente en su cuna movible. Lo malo era que no sabía que la noche era muy joven y su terrorífica aventura estaba lejos de finalizar aun.

≪Vamos, por favor cálmate –se dijo en lo que regresaba a la sala a recoger las palomitas regadas en la alfombra–. Recuerda que tú eres la que está a cargo≫.

Mientras tanto, el señor Kersh volvió a aparecerse discretamente calle arriba a bordo de un taxi al que le había forcejeado la puerta y encendido cruzando hábilmente sus cables como aprendió estando en prisión. Ahí esperó pacientemente a verificar que siempre no hubiese una patrulla rondando por la zona; previniendo lo precavida que se había vuelto su niña, a la que se la habían quitado.

Chequeado el primer punto, en cuanto el Señor Brazos de Titanio Reforzados le dio la espalda quitó el freno de mano y pisó el acelerador a fondo.

Adentro Sam se sobresaltó al oír el derrape seguido por un violento choque, por lo que se asomó a mirar entre las cortinas y vio al vehículo estrellado contra un hidrante roto que escupía grandes chorros de agua y a los restos del desafortunado robot por debajo en su mayoría más las otras piezas regadas en distintos lados de la calle. También vio la puerta abierta del conductor pendiendo de una sola bisagra, pero a nadie estando atrás del volante.

≪¿Pero qué ra...?≫.

En el acto la energía se cortó, se oyeron unos pasos muy pesados y Lily se volvió a despertar.

–¡BUUUAAAAHH!

Mientras las mascotas se reunían en la sala, Sam acudió de inmediato a verla, la tomó en sus brazos y se puso arrullarla.

–Ya, ya, no pasa nada, solo es un apagón... Cielos, le dije a Luna que no podía con esto.

¡CRASH!

Al oír el restallido de un cristal, volvió a asomarse con cautela por la puerta de su habitación, abrazando a la bebita contra su pecho, y vio la mano enguantada en cuero del señor Kersh atravesando el agujero de una ventana rota.

≪¡Ese hijo de puta fue quien cortó la electricidad!≫, supo al advertir con un rápido vistazo que también sostenía unas pinzas de electricista.

–¡Te dije que volvería! –avisó el señor Kersh terminando de romper la ventana para poder ingresar completamente–. Es hora de que tomes tu medicina, mocosa de mierda.

Otro relámpago iluminó el cielo y Sam ahí pudo ver brevemente la furia ciega llevada por la locura en la cara de su padre, y algo más detrás de esta misma.

Charles se lanzó a morderlo actuando como un buen perro guardián, pero para espanto de Sam aquel mal hombre le disparó al pobre animalito en medio de los ojos con un revolver que tenía en su otra mano.

¡BANG!

≪¡Dios mío, tiene un arma!≫, se aterrorizó la muchacha como nunca entendiendo que esta la habría sacado de la guantera del taxi, al tiempo que se apuraba a encerrarse en su habitación y colocaba el seguro.

–¡BUUUAAAAHH!

¡Shhh...! Por favor guarda silencio –le pidió en voz baja Sam a Lily que no dejaba de berrear escandalosamente, mientras la acostaba en su cama y trataba de pensar en algo–. Nos va a oír.

–¡Allá voy! –oyó amenazar al señor Kersh acabando de irrumpir en su casa.

Rápidamente, Sam empujó su escritorio y unos amplificadores para armar una barricada y luego buscó su teléfono para marcar de nuevo al 911; pero para su mala fortuna se dio cuenta de que este se lo había dejado en la mesa de la sala.

–Salgan, salgan... –las llamó el señor Kersh con voz enloquecida estando cada vez más cerca, seguida por otros tres disparos.

¡BANG!, ¡BANG!, ¡BANG!

–¿Dónde están?

–¡BUUUAAAAHH! –chilló aun más fuerte Lily al escucharse a unos pasos aproximarse a la recamara y luego los contundentes golpes de un atizador arremetiendo contra la puerta. A falta de opciones, Sam cargó con ella y corrió a encerrarse en su armario–. ¡BUUUAAAAHH!

–No llores, no llores –le cubrió la boca a la bebé, estando ella incluso más nerviosa–. Yo estoy aquí y no dejaré que nada malo te pase... Cielos, ¿cómo era esa canción que dijo Luna?

Hey puerquitos, hey puerquitos –llamó otra vez el señor Kersh con voz burlona, terminando de romper la puerta con el atizador–, déjenme entrar.

Na nanana na nana... –tarareó Sam tratando de ver si podía calmar a Lily.

Nunca te dejaremos entrar lobo malo, malote, malotote... –sonrió el intruso con malicia–. Entonces soplaré, y soplaré... ¡Y LA CASA DERRIBARÉ!

Un tercer relámpago restalló tan fuerte que casi todo el interior de la casa se iluminó; el tiempo suficiente como para que Sam y Lily vieran un globo de color lavanda flotando frente a ellas con la inscripción I Love Royal Woods escrito en letras fosforescentes azul neón; y que advirtieran un par de ojos amarillos de algo ocultó en el fondo del armario.

–¡¿Qué ra...?!

La más pequeña arrugó la cara y se puso roja amenazando con romper en llanto otra vez, a lo que sintiéndose impotente Sam miró a sus alrededores tratando de pensar en una solución... Cuando dio con una tortuga de peluche que Luna había ganado para ella en uno de los juegos de disparo láser de Lactoland en su tercera cita, iluminada por otro relámpago más que tronó afuera... Entonces pudo recordar.

Ya bebita sin llorar –canturreó suavemente–. A jugar y a retozar. Muy contentos tu y yo. Ríe, ríe, ríe.

Lily dejó de sollozar, se sorbió los mocos y le esbozó una sonrisita. Sam le acarició la cabecita suavemente, le secó las lagrimas y los ojos amarillos se fundieron en la oscuridad como por encanto.

–¡PAPI QUIERE COMERSE A MAMI! –se anunció de repente el señor Kersh derribando la puerta por completo. Por entre las rendijas Sam lo vio hacer lo mismo después con la barricada y encaminarse hacia el armario.

–Tranquila –susurró abrazando a Lily–. Le prometí a Luna que te mantendría a salvo y eso haré.

El señor Kersh abrió la puerta del armario y sonrió triunfante, en el momento exacto en que el globo de color lavanda reventó... Pero en ese preciso instante, el gato Cliff saltó del fondo del armario a arañarle de nueva cuenta el rostro. Ahí Sam supo aliviada que los ojos amarillos en realidad pertenecían al animal que de seguro se había metido ahí a dormitar un rato. Su padre dejó caer el revolver y salió de la habitación retrocediendo a tropezones. Al mismo tiempo que Colmillito llegó revoloteando por detrás para ayudar a Cliff y El Diablo salió de debajo de la cama a enroscársele en una pierna. Entonces Sam salió del armario y aprovechó el momento para: primero regresarse a esconder a Lily en un canasto de ropa.

–Espera aquí –le dijo cobijándola bien con una manta y colocando a su lado al peluche–, ahora vuelvo.

Después agarró el revolver y salió en busca del señor Kersh, quien en ese momento había entrado a la cocina batallando porque los animales dejaran de molestarlo. Oportunamente Geo llegó a toda velocidad impulsándose en su rueda y lo hizo tropezar y caer.

–¡Diablos! –exclamó Sam horrorizada al salir de su cuarto y encontrarse con los cadáveres del canario Walt, la rata Bite y Brinquitos la rana fulminados a tiros por haber estado defendiéndola–. ¡Al, desgraciado!

De vuelta en la cocina, el susodicho logró ponerse en pie y agarrar por el lomo a Cliff que seguía lanzando zarpazos al aire, lo metió en el horno y lo encendió con él adentro. En el pasillo Sam, que venía sigilosamente con pistola en mano, oyó los maullidos de agonía del pobre gato siendo consumido por las llamas.

Colmillito tomó impulso y se preparó para embestirle, pero el señor Kersh agarró una sartén de la estufa que usó para golpearlo como a una pelota de tenis y hacer que se estrellara contra una pared por la que se deslizó muerto hasta el piso. El Diablo entonces estranguló su pierna y lo mordió repetidamente, a lo que el hombre agarró a la serpiente del pescuezo y la decapitó con un cuchillo de cortar carne. Por ultimo se valió de esta misma herramienta para intentar apuñalar a Geo, pero lo único que consiguió fue abrirle un agujero a la esfera por el que el hámster intentó escapar. Por desgracia el señor Kersh fue mucho más rápido en alcanzarlo y acabar con el aplastándole la cabeza de un pisotón.

–¡Ja ja! ¡Gané yo, gané y...! ¡GHAH! –rió victorioso, poco antes de que Sam llegara por detrás a encajarle una bala en un glúteo y le arrebatara la sartén para estrellársela en la cabeza y luego rematarlo con otros nueve golpes; uno para asegurarse de que no se volviera a levantar y los otros ocho por cada animalito inocente que había matado.

–Eso estuvo cerca –exhaló un suspiro de alivio ante la idea de que pudo haber sido peor.

Si, demasiado cerca.

Con las gallinas temblando y la carne de rodilla, Sam se regresó a mirar a quien le había susurrado al oido, que era un aterrador payaso de traje abolsado con redondos pompones naranja y ojos centelleantes.

¿No quieres un globo preciosa? –preguntó esbozando una tétrica sonrisa cuajada de afilados dientes–. ¿No lo quieres?, ¿no lo quieres?, ¿no lo quieres?, ¿no lo quieres?, ¿no lo quieres?, ¿no lo quieres?, ¿no lo quieres?, ¿no lo quieres?, ¿no lo quieres?...

–¡No te tengo miedo! –balbuceó Sam apuntándole con la pistola, aun invadida por el terror y la incertidumbre, pero más por la determinación de defender a Lily de este nuevo peligro fuese cual fuese.

Habiendo reafirmado su valentía, disparó a quemarropa los tiros restantes al payaso; mas estos no le afectaron para nada.

–Pronto Sammie –fue lo ultimo que lo oyó decir, antes de quedar aturdida por la luz cegadora que emanaba de sus ojos...


Manhattan, Nueva York, Diciembre de 2046.

Lily despertó de un sobresalto y sin poder contener las lagrimas al pensar en la suerte de esa pobre joven con la que estuvo soñando, aparte de preguntarse que habría sido de la bebé que cuidaba. Mas luego de despabilarse enteramente y ver que estaba en su apartamento, se olvidó de aquella horrible pesadilla y se puso a pensar en sus problemas de la vida real.

Adolorida por la mala posición en la que yacía acostada en su cama, se reincorporó para sentarse de piernas cruzadas y estiró su mano para agarrar el móvil de encima de su velador. Por la hora que marcaba, se dio cuenta que había estado llorando desconsoladamente toda la tarde desde que se encerró ella sola en la habitación hasta caer rendida de agotamiento. Y no era para menos, con la tremenda noticia que le había llegado.

De nueva cuenta miró la pantalla de su teléfono al desbloquearlo y releyó otra vez el inesperado acontecimiento que persistía en hacer revuelo en todas las redes sociales:

Esta mañana la recién ganadora del premio Nobel, la Dra. Lisa Marie Loud, fue encontrada muerta en la bañera de su habitación del Hotell Bondeheimen en Oslo con las venas cortadas. Se desconoce aun la causa de su presunto suicidio. La única pista que fue hallada en escena fue una mancha en la pared del baño escrita con su propia sangre que formaba la palabra "Eso".

≪¿Por qué lo hiciste Lisa?≫, se preguntó Lily entre sollozos, recordando que la noche anterior hasta había platicado con ella por video llamada una ultima vez y la vio muy contenta y sin indicios de que fuera a suicidarse. De haber sido así lo habría sabido. Desde que era muy niña, Lily poseía una rara intuición que hacía que fuera prácticamente imposible engañarla. Bastaba solo con hablarle y con eso conseguía leer a las personas de inmediato. No es que adivinara el pensamiento, pero si se enteraba de la verdadera naturaleza oculta entre las palabras de cada quien, como si ella fuese una especie de detector de mentiras ambulante.

Y sin embargo, pese a que la muerte de Lisa si la había tomado por sorpresa, en lo más hondo y profundo de su ser, de algún modo ya se lo había visto venir; capaz siendo este uno de los muchos significados escondidos en las imagines de pesadilla que plasmaba en los lienzos. El concepto de ese algo inexplicable que tarde o temprano las consumiría a ella y a todas por dentro hasta que acabara destruyéndolas.

Ejerciendo fuerza de voluntad, se levantó sobándose las lagañas de las comisuras de sus párpados y salió a la cocina en busca de un poco de agua para re hidratarse. Ahí en el camino, vio a su novio que vivía con ella desde hacia más de ocho meses dormitando con expresión inquieta en el sofá.

Su novio, que para sorpresa de nadie era Carlitos Casagrande, el más joven de los primos del esposo de Lori, se habría cansado de estar queriendo consolarla mientras ella lloriqueaba a puertas cerradas en la habitación que compartían los dos. Antes de seguir, Lily lo arropó con una manta y le mandó un beso volado para no despertarle. Después recorrió el pasillo repasando con una rápida mirada las pinturas que había preparado para el día siguiente, en el que se suponía estas iban a ser expuestas en una exhibición exclusiva en el MoMa. Todo había sucedido tan rápido; tanto el despegue de su carrera como la muerte de su hermana mayor inmediata.

Las pinturas de Lily eran de lo más extravagante en el medio, principalmente por sus mórbidas ilustraciones que hasta al más experto hacían llegar a cuestionar todo concepto actual de arte. Se caracterizaban en general por el manejo de claro oscuros –en mayor medida anaranjados– para crear ambientes de pesadilla que llevaban a los espectadores a preguntarse que clase de cosas rondaban por la cabeza de esa mujer. Si bien había quienes consideraban sus trabajos muy pintorescos e inclusive inspiradores, lo cierto es que después de un rato a uno se le sobrecargaba demasiado la mente y terminaba con dudas de cómo hacía para crear semejantes escenarios cargados de una aterradora desolación. Según los datos bibliográficos expuestos al publico, la artista había pasado por circunstancias penosas, pero no presentaba, al menos desde una perspectiva medica, ninguna inestabilidad mental. Y es que las imágenes en realidad tenían mayor significado del que ella misma podría explicar. Solo sabía que habían estado en su cabeza desde que tenía memoria y el modo en que las pintaba era un reflejo aproximado de sus propios pensamientos oscuros y a veces por defecto los más perturbadores.

Ya al regreso, con una taza de café recién hecho en mano, se sentó tras su escritorio y encendió la laptop sabiendo que le esperaba una larga y tediosa noche por delante.

Habiendo llorado todo lo que tenía que llorar, lo siguiente era contactar a sus hermanas para ponerse de acuerdo con ellas respecto a los detalles de los servicios fúnebres y sobre quien se encargaría de ir a reclamar el cadáver, y si sobraba tiempo tratar de hallar una respuesta más concreta que les hiciera entender que diablos había pasado. Claro que todo eso sería después de que discutieran como decírselo a su madre, conociendo el riesgo de que un bombazo de ese calibre hasta podría terminar matándola de la impresión.

Siguiendo la fuerza de la costumbre, empezó por llamar a Leni quien a todo momento la cubría de regalos y siempre se daba tiempo de hablar con ella sin falta a pesar de la muy ocupada agenda que llevaba consigo. Marcó una, dos, tres veces..., y Leni no contestaba. Si se le hizo un poco inusual, pero a fin de cuentas supuso que estaría cerrando algún negocio importante. Quizá con unos inversionistas japoneses que estaban interesados en invertir en su compañía o algo así.

Decidió entonces marcarle a Lana a su taller, solo para que uno de sus empleados le dijera que esta había salido de la ciudad. El mismo resultado que obtuvo posteriormente cuando llamó al negocio de Lola en Massachusetts.

Servicio de Planeación de Bodas de Lola Loud –contestó el asistente de su hermana a la llamada–, Adrian al habla.

–Adrian, habla Lily.

Lily, querida, cuánto tiempo. ¿Cómo has estado?... Espera, no me digas que ese bombón morenazo ya se te propuso y planean contratar nuestros servicios.

–Adrian, no estoy para bromas, algo horrible ha pasado y necesito hablar con mi hermana.

Oh, dímelo a mi. Este sitio sin ella es un reverendo caos. Perdón cariño, pero temo que Lola no se encuentra en este momento. Ella salió de la ciudad ayer en la mañana.

–¿Qué?

Si. Fíjate que anteanoche se puso como loca después de que alguien la llamó por teléfono y de un momento a otro organizó todo para irse.

–... ¿Por qué?

No sé. Dijo que era un asunto urgente y que no podía esperar.

–Está bien –dijo Lily intranquila–, gracias de todos modos. Nos vemos.

No hay tal amiga, chau...

Ante la computadora encendida, Lily ya se estaba quedando sin opciones. Llamar a Luna, Luan o Lucy sería algo mucho más difícil debido a que ellas eran celebridades en sus respectivos campos; de modo que tendría que dejarlas como su ultima alternativa, si es que casualmente tampoco tenía resultado alguno con Lori.

≪Por favor contesta≫.

Para su alivio, su ultima video llamada si fue atendida; pero la cara de quien apareció en el monitor no fue la de la mayor de sus hermanas, sino la de su cuñado.

Hola Lily –la saludó Bobby desde el otro lado de la pantalla.

–Hola.

¿Cómo has estado? –preguntó por mera formalidad.

–No muy bien realmente.

Me lo imagino. Supe lo que pasó. Lo siento mucho.

–Gracias. Quería hablar con Lori.

Oh... Temo que ella no se encuentra en casa aho...

Justo entonces la conversación se vio interrumpida por el ítem de otras cuatro video llamadas que aparecieron sobre el monitor, a lo que Bobby contestó la primera no más leer su procedencia.

Discúlpame un segundo... Hola nini.

Hola Bobby –contestó al saludo su hermana.

–¿Es Ronnie Anne? Espera, déjame me conecto con ella... Hola Ronnie.

Hola Lily... Eh... Ya... Ya me enteré de lo de Lisa. Créeme que lo siento mucho. Justo los primos y yo queríamos darles nuestras condolencias a ti y a Lori.

–¿Carlota y los chicos también están conectados? Diles que me llamen. Me vendría bien hablar con ellos ahora.

Claro, enseguida les digo.

Un momento después, Lily y el grupo de hispanos a los que consideraba como su segunda familia estuvieron conectados todos en la misma videoconferencia.

Hola Lily, Bobby –saludó primero formalmente Carlos Jr.

Mi mas sentido pésame a los dos –le siguió Carl.

Hey Lily –se conectó por ultimo Carlota–. ¿Está Carlitos ahí?

–Si, pero está durmiendo ahora.

Oh, entonces será mejor no molestarlo.

Oye, dinos Bobby –habló Carl–, ¿tu mujer cómo lo ha tomado? Queríamos saber si ella se encuentra bien.

Gracias por preguntar chicos –contestó Bobby–, pero le estaba diciendo a Lily que Lori no está. Ella salió de viaje.

–¡¿Cómo?! –empezó a exasperarse Lily–. Demonios, esto es increíble.

¿Te ocurre algo? –preguntó atentamente Carlos Jr.

–¡Si! Llevó un buen rato tratando de comunicarme con mis hermanas y ninguna me ha contestado. ¿Cómo es posible que no pueda encontrarlas en un momento como este?

Ya somos dos –comentó Bobby–. Yo tampoco pude contactar a ninguna de ellas. Solo a ti que te conectaste justo ahora que te iba a llamar.

Que raro –dijo Carlota–. Me pregunto en que andarán.

¿Al menos tu sabes a dónde fue mi cuñada? –preguntó Ronnie Anne a su hermano mayor.

–Si Bobby –insistió Lily–. Necesito hablar con ella y con las chicas, ahora.

Bueno, ella... –se explicó el, aun teniendo sus dudas al respecto–. Ella volvió a su pueblo, en Royal Woods, en Michigan. Dijo que tenía un asunto que atender.

–¡Otra vez! –refunfuñó Lily impaciente.

¿Royal Woods? –indagó Ronnie Anne levantando una ceja–. ¿Qué fue a hacer allí? Ninguno de nosotros ni siquiera ha vuelto a mencionar ese lugar en años.

No lo sé –fue lo que respondió Bobby–. No me dio muchos detalles, pero si dijo que tenía que ver con la muerte de Linc...

Ahí el señor Santiago se tapó la boca con ambas manos antes de que pudiese terminar de pronunciar esa palabra. Los primos le miraron sorprendidos y después a Ronnie Anne que parecía haberse congelado peor que cuando tenía un ataque de pánico escénico en las presentaciones familiares.

≪¡Diablos!≫, maldijo internamente Bobby a sabiendas de que, aunque ninguno de los Casagrande siquiera había pensado en ello, sin querer había tocado una de las fibras más sensibles que tenían tan afectada a su hermana menor desde su niñez, que a la larga desencadenó en que se volviera la solterona tímida y retraída que era ahora. Mas no lo había hecho intencionalmente, puesto que con lo de la reciente tragedia similar a la anterior el también apenas estaba recordando todo lo relacionado a lo que había ocurrido veintisiete años atrás.


Bobby para a llenar el tanque.

Recordó, que tras enterarse de la terrible noticia dejó todo lo que estaba haciendo en el mercado y condujo hacia Royal Woods donde lo primero que hizo fue bajarse del auto frente a la casa Loud e ir a buscar a su dolida novia.

–Lori –entró a abrazarla sin poder contener sus propios sollozos–. Oh, Lori, cuánto lo siento.

Más tarde, luego de haber estado acompañándola una considerable cantidad de tiempo hasta el final del día, se despidió reiterando sus condolencias y que él y los Casagrande no dejarían de asistir al velorio. Todo eso pudo recordar, pero no (aunque si lo tenía bien resguardado en lo más profundo de su subconsciente) lo que sucedió después cuando antes de emprender el viaje de regreso fue a poner gasolina.

Mientras llenaba el tanque y pensaba cómo decirle a su querida hermanita lo que le había ocurrido a su mejor amigo, una escalofriante oscuridad empezaba a caer sin ninguna nube o estrella en el cielo a la vista.

Acojonado por notar que tampoco había nadie cerca y que una densa niebla empezaba a opacar todo a su alrededor, Bobby terminó de poner la gasolina suficiente para volver a casa y se apresuró a ir a pagarla; pero al salir de la tienda oyó el rasposo gruñido de un animal que lo hizo petrificarse a pocos metros de llegar a la puerta de su auto.

Miró primero de reojo en dirección a los baños. Luego giró la cabeza lentamente acabando de tragar una poca de saliva, y ahí mismo vio algo que si lo hizo asustar y echarse para atrás de un salto.

Encorvándose con sus pelos erguidos igual que un alfombrado de resplandecientes agujas ensangrentadas, el gato más feo y repugnante que jamás hubiese visto salió por detrás del gran contenedor de basura y le miró fijamente; o al menos eso era lo que aparentaba estar haciendo, dado que el animal no tenía ojos, solo dos cuencas totalmente vacías.

A Bobby le habían dejado de gustar los gatos desde que se mudó a la gran ciudad por culpa de cierta pandilla que aterrorizaba al vecindario; pero este no era un gato callejero cualquiera. De su boca, redonda, profunda y oscurecida asomaban largos colmillos puntiagudos que más parecían espinas de pescado; y su cuerpo era rechoncho como una bola de pelo alazán muy brillante, casi pelirrojo o zanahoria. En definitiva su aspecto tan horrible iba más allá de generar un simple disgusto. Y lo que estaría por pasar además rayaría en lo perturbador, cuando el gato rodeara el auto y por el parachoques delantero se asomara en su lugar un hombre ciego y delgado andando a cuatro patas.

Aquel era el mismo gato que se había convertido en un hombre, que parecía estar al pendiente de su próximo movimiento con la fuerte oscuridad interna de sus ojos. Vestía un traje de payaso antiguo por encima de su figura cadavérica.

Con los nervios de punta, Bobby lo observó trepar a acuclillarse en el capó y sacar una libreta con pluma de su bolsa para comenzar a escribir algo, solo deteniéndose a cada momento a clavar su mirada inexistente, fija y penetrante encima de el.

–Hijo, ¿tienes unas monedas para un trago? –le habló alguien sorpresivamente a sus espaldas, haciendo que del susto se sobresaltase y gritase histéricamente como niña chiquita.

Mas al volverse vio que tan solo era un viejo vagabundo, con quien realmente terminó estando agradecido ya que este le había ayudado a romper la parálisis de la que era víctima. De no ser así, no estuvo seguro de lo que habría sucedido entonces.

Miró de vuelta al capó de su auto, al tiempo que la niebla se disipaba, y comprobó con alivio que el gato humanoide ya no estaba ahí.

–Oye, ¿quien pisó tu sepultura? –le miró extrañado el indigente que mantenía estirada su mano encomendando que se le diera una limosna–. Yo no te haré daño. No te conozco.

Tambaleándose como si sus dos piernas se hubiesen puesto como jalea, Bobby entregó al anciano todo el cambio que tenía en el bolsillo, subió al vehículo y se dio prisa en abandonar la estación optando por pensar que la única explicación posible era que todo había resultado ser un alucinamiento provocado por trabajar demasiado.

En su vida le contó a nadie lo que vio y sería algo que se llevaría a la tumba; mas si se quedaría para siempre con la sensación de la experiencia.


–¿Linc? –repitió Lily en cambio enarcando ambas cejas–. ¿Quién es Linc?

¿Prima, que tienes? –preguntó preocupado Carl a Ronnie Anne, al notar que una lagrima resbalaba involuntariamente por una de sus mejillas.

No, nada –contestó ella apresurándose a limpiársela con la palma–. Es que me entró una basurita en el ojo.

Pero Carlota, como toda buena mujer al pendiente de los sentimientos de sus semejantes, si sabía que era lo que le pasaba. Todos ellos lo sabían en realidad, pero es que cada quien estaba recordando su parte de la historia a su debido tiempo.

Todos recordaban bien lo muy devastada que había quedado su prima cuando se le dijo la trágica noticia respecto a su amigo de cabellos blancos, al grado de que ella llegó a encerrarse en su alcoba hasta el día del funeral. Pero las otras cosas que vieron, esas se quedarían únicamente como un recuerdo reprimido oculto en el rincón más oscuro de sus memorias. Eso sí.


CJ ayuda a detener una pelea.

Carlos Jr. recordó en especial lo muy enojados que estuvieron todos durante las exequias, cuando Lynn armó escándalo al arremeter agresivamente contra Lori hasta que el mismo en persona se encargó de ir a apartarla.

–¡Suéltame, tarado! –era lo que le había gritado esta chica mientras luchaba por zafarse del agarre de CJ.

–¡No me digas así! –reclamó muy indignado torciéndole el brazo, lo suficientemente adecuado para someterla sin llegar a lesionarla como le había enseñado Ronnie Anne. CJ era algo corto de entendimiento, pero si tenía fuerza suficiente para defenderse de los bravucones y si algo no le gustaba era que insultaran su inteligencia.

En medio del forcejeo, Lynn lanzó una patada contra la base de la urna en la que estaban guardadas las pocas cenizas de Lincoln que posteriormente iban a sepultar. El golpe hizo que la base cediera y el recipiente chocara contra la lapida, acabando por partirse y dejar que buena parte de las cenizas volaran al viento. Poco fue lo que se pudo rescatar ese día para enterrar debidamente.

–¡NOOOOOO! –gritó Lori muy afligida, a la vez que Bobby la retenía en sus brazos y gruñendo entre dientes Frida le ordenaba a CJ:

–Sácala de aquí.

Por lo que levantó a Lynn de la cintura y salió con ella del cementerio para llevarla a la funeraria al otro lado de la calle mientras ella pataleaba, lanzaba puñetazos al aire y echaba maldiciones llamándolo bruto o retrasado mental. En la recepción la sentó en una silla manipulándola con la misma facilidad que a una muñeca de trapo, la hizo poner ambas manos atrás del espaldar y de ahí se desató la corbata de moño y la usó para terminar de atarla con un buen nudo que pudiera mantenerla quieta.

–No, ni intentes desatarte –avisó al ver que la castaña insistía en soltarse del amarre–. Ese es un nudo marinero. Lo aprendí leyendo un libro sobre piratas que me dio mi papá; para que veas que yo si soy inteligente.

Acabando de ocuparse de ella, salió al pasillo a encaminarse de vuelta al cementerio, cuando entonces percibió un sonido muy discreto venir de un armario de escobas cercano.

Entre inquieto y al mismo tiempo intrigado de lo que habría allí, CJ fijó la mirada en la puerta conforme el ruido iba incrementando y se hacía cada vez más descifrable. Pero aun no se movió de dónde estaba. Entonces la chapa de la puerta del armario giró por si sola y esta terminó de abrirse con un chirriar hueco en frente del muchacho que no dio crédito a lo que estaba viendo ahí.

En lo que se suponía era un pequeño espacio de guardar cosas de limpieza, había montado todo un espectáculo con tema de piratas ambientado por un bien ejecutado instrumental que era lo que tanto llamaba su atención. El escenario simulaba olas turbulentas de mar por las que se desplazaba un gran barco antiguo con una cara sonriente en la proa con la barbilla sumergida, cañones a sus costados, velas impulsadas por el soplar del viento, una sirena esculpida en la parte alta del tajamar y la tradicional bandera de un craneo cruzado por huesos ondeándose en el mástil. También habían otros chicos jugando en todas partes; corriendo, saltando, gritando, riendo y batallando con espadas de madera. Algunos tenían pañoletas en la cabeza, otros parches en un ojo. También vio a un calamar gigante y un tiburón animatronicos y una isla enteramente pedregosa con forma de calavera que se divisaba en el fondo y poseía una amplia caverna simulando la boca abierta de par en par.

En dado momento, un niño que venía al timón del barco vistiendo una holgada chaqueta de cuero que le llegaba a nivel de las pantorrillas y un gorro de capitán, y con un perico posado en su hombro, levantó la cabeza e hizo señas con una mano para saludar a CJ que de por si no podía creer nada de lo que estaba sucediendo ante sus propias narices. ¡Y es que el pequeño capitán era su amigo Lincoln!, siendo esa la mayor sorpresa de todo el show.

–¡Hey, CJ! –lo llamó insistiendo en hacerle señas para hacerse notar. Su otra mano la tenía bien oculta bajo una manga por cuya abertura asomaba un garfio de juguete–. Ven a jugar a los piratas. Ven y pasa a la diversión de tu vida. Aquí tenemos juegos, tenemos diversiones, tenemos premios como los que jamás has visto. Así es amigo, no tardes, tenemos toda clase de sorpresas aquí.

Aturdido de repente por el letargo del que viaja al país de la fantasía por la veredita de la ilusión, CJ se sonrió atontado y se encaminó rumbo al escenario; pero luego detuvo su marcha estando apenas a cuatro pasos de cruzar la puerta al comprender que todo lo que pasaba estaba mal.

En efecto, si por un lado no era sumamente brillante, tampoco es que fuera estúpido como decían los niños malos que no entendían que el era alguien especial, y tampoco carecía de razonamiento básico como para no saber dos cosas simples: una, que en un armario de escobas no podía caber un espectáculo pirata así de grande o siquiera uno más pequeño a no ser que fuera de títeres.

–Oye, no te detengas ahora amigo –volvió a llamarle el peliblanco, quien acto seguido se balanceó por una cuerda y aterrizó de pie en la entrada al escenario por lo que CJ empezó a retroceder con precaución. La otra cosa que estaba mal era que ese de ahí no podía ser el hermano de la novia de Bobby, por mucho que se le pareciera–. Sería un mal escondite si te das la vuelta. Ven, sube a bordo del hazmereír y zarpemos juntos en una aventura rumbo a la cueva del coraje. Vamos, te daré un gancho... Ven adentro, tienes que... Ir...

En el camino de venida recordaba claramente haberle preguntado a su mamá si habría tiempo de jugar con Lincoln; y recordaba que luego ella se había tomado el tiempo de explicarle que eso ya no sería posible porque, parafraseándola, su amiguito acababa de irse al cielo. Para eso era que habían viajado a Royal Woods, para despedirse de el. ¿Entonces quién era el que lo estaba invitando a jugar? La respuesta correcta es que no era Lincoln, así de simple.

–¡ADENTRO! –gritó este salvajemente acabando de salir al pasillo para acechar a CJ quien, solo al quitarle la vista de encima una décima de segundo para parpadear, notó con espanto que se había convertido en un encumbrado esqueleto viviente vestido con un sombrero alto marrón y una capa.

No era como los esqueletos falsos que usaban para decorar los escenarios de los espectáculos de piratas, sino uno completamente real, de huesos putrefactos y sucios, en cuyas órbitas poseía incrustados un par de ojos de vidrio que eran demasiado grandes para su craneo. Su sombrero y capa estaban cosidos de un modo muy raro y tan solo bastaba con mirar de cerca para saber que esto era: ¡porque estaban cosidos con las pieles de otros niños! Habían carnosos remiendos oscuros y otros claros, con y sin vellos, unos con lunares o marcas de nacimiento, otros con acné o pecas rojas. En la una mano el esqueleto llevaba un gancho oxidado y mellado y en la otra una daga calada de sangre fresca.

–¿Qué pasa, pirata CJ? –dijo, moviendo su mandíbula de un lado a otro y no abriéndola y cerrándola como se suponía de esperarse, mientras el se agachaba para esquivar el primer zarpazo y echaba a correr del lugar–. ¿No quieres un tesoro? Tienes que ir adentro... Tienes que... Ir... ¡ADENTRO!

CJ llegó a la salida al final del pasillo sin regresarse a mirar al esqueleto, cuya horripilante e histriónica risa resonaba fuerte en sus oídos, cada vez estando más cerca de alcanzarle y sin intención de no hacerle nada bueno de ser así.

–¡¿A dónde vas?! ¡Si estuvieras aquí ya estarías en casa!

Veloz como un relámpago, salió de la funeraria a toda prisa y cruzó la calle hacia el cementerio, apenas acordándose de mirar a ambos lados. Pero cuando estuvo ya de vuelta en el evento principal acabó por no contarle a nadie lo que había visto hacía unos instantes. Aun en su limitado raciocinio, CJ entendió que tampoco estaría bien llegar con el cuento de que el esqueleto viviente de un pirata vestido con pieles de niños había intentado atacarle. Al menos no en ese que era un momento serio y poco adecuado para hablar de esas cosas. Igual tampoco llegó a contarlo nunca, y menos estando de regreso en la gran ciudad tras un largo viaje en el que inevitablemente se quedó dormido. Cuanto más lo pensaba, más conveniente se le hacía atribuir esa experiencia tan absurda y fantasiosa a un mal sueño que a una real. Así de simple tenía que ser.


Carlota oye de una leyenda urbana.

Hasta mientras recogieron las cenizas sobrantes en una bolsa y procedieron a reanudar la ceremonia a ver si en esa ocasión podían finalizarla de una buena vez.

Y ahora, que el señor te bendiga y te reciba –terminó de predicar el sacerdote–. Que el señor logre reconfortarte e iluminarte, y tranquilizarte, y darte paz, por toda la eternidad. Amén.

Amén –contestaron los dolientes a la oración.

Amén –musitó Carlota, sintiendo que su alma se partía al observar de lejos que, de entre todos los presentes en el evento, su querida prima era la que lucía más irreconocible al haber mandado al diablo su fachada de matona y permitirse llorar en publico restregando su cara contra las faldas de la señora Rosa quien le acariciaba la cabeza para consolarla.

–¡¿Por qué abuela?! ¡¿Por qué a el?! –chillaba apenas consiguiendo articular palabra alguna–. ¡¿Por qué?!

–Ya, ya mija. –se esmeraba en reconfortar a su nieta la señora Casagrande–. El señor sabe por que hace las cosas.

–¡Pero no es justo! –replicó Ronnie Anne entre gritos lastimeros–. Yo... No puedo seguir aquí, quiero irme a casa... Todo me lo recuerda.

–¡Nini, espera!... –llamó Bobby a su hermana en cuanto esta echó a correr y se les perdió de vista–. Dios santo, ¿y ahora?

–Carlota –le habló Frida a la mayor de sus cuatro hijos–, ve y ayuda a tu primo a buscarla.

–Si mamá.

Aunque Royal Woods no era un sitio tan extenso como la gran ciudad, a estos dos jóvenes si que les tomó su tiempo dar con el paradero de la pobre chica, por lo que ambos tomaron caminos diferentes para cubrir más terreno. Bobby acudió a los sitios que sabía ella frecuentaba de cuando vivían ahí, mientras que Carlota buscó en los más inusuales como el estadio, la biblioteca y al cabo de un buen rato en su antigua escuela primaria donde creyó haberla encontrado al fin cuando oyó unos llantos venir del patio de recreo. Como ese día no había clases, pensó que de seguro estaba allí; pero luego para su desilusión vio al llegar que era otra niña diferente a la que buscaba, que casualmente también se encontraba llorando.

–¿Qué tienes? –se acercó a preguntarle pese a que tenía algo de prisa. Casualmente esa niña también llevaba un traje negro igual al de ella y al de todos los que asistieron al funeral. Supuso ahí que debía ser otra de las compañeras de clase de Lincoln, aunque no la había visto llegar en ningún momento.

–Es que –contó enjugándose las lagrimas con el dorso de una mano–, mi maestra nos citó aquí a toda la clase para asistir en grupo al funeral de un compañero que murió recientemente.

–Si, eso ya lo sé –asintió Carlota–. Yo vengo de ahí. Era un muy buen amigo de mi prima, ¿sabes?

–¿Acaso, tu prima se llama Ronnie Anne San...?

–Esa misma.

–Me lo imaginaba. Supongo que tu sabes mejor que a ella...

–Si.

–Claro. ¿Y cómo se encuentra ahora?

–Muy mal realmente. La pobre no lo pudo soportar y huyó del entierro y llevamos como tres horas buscándola.

–Ya veo. A mí me pareció verla irse por la calle que lleva al distrito comercial, si eso te sirve de algo. Si la ves dile que lo siento mucho por ella. Yo hubiese querido ir, pero es que se me hizo tarde y luego unos bravucones me quitaron mi mascada negra y la arrojaron ahí.

–¿Dónde?

–Ahí –indicó la niña señalando a la ventanilla del sótano de la escuela–, donde queda la sala de calderas. A mí siempre me quitan mis mascadas todo el tiempo. Mi mamá creé que yo las extravío y dijo que como vuelva a perder otra no me dejará comprar más. Pero es que siempre me las quitan porque saben que yo no las uso por gusto, sino para cubrir esto.

–¿Qué cosa?

–Esto –señaló la niña una horrible dermatítis que tenía en el cuello ante la cual Carlota arrugó la cara con desagrado pero sin querer–. Mira, ¿es asqueroso, verdad? Los otros niños se burlan de mí y por eso es que me quitan las mascadas. Para que se vea esta cosa fea que tengo.

–Entiendo. ¿Pero y si dices que la arrojaron al sótano de la escuela, por qué no solo bajas a buscarla y ya?

–No puedo. Ahí abajo es donde vive la bestia rata.

–¿La qué?

–La bestia rata, la de la leyenda. Es una rata mutante y gigantesca, con muchas colas y unos dientes muy grandes. Dicen que merodea por los pasillos de la escuela cuando no hay nadie. A mí de pensar en encontrármela me da miedo la verdad. Odio a las ratas y si esta es tan grande como dicen no quiero ni imaginarme que es lo que come.

–Vamos –negó con su cabeza Carlota–, ¿tú de verdad crees que un animal como ese pueda existir? Allá en la gran ciudad si hay ratas enormes, ¿pero no crees que estás exagerando?

–Pues no sé. Pero yo no me quiero arriesgar ahora que... Pues he estado pensándolo y tal vez sea eso lo que... Lo que mató a Lincoln, ya está. Digo, ¿es cierto que cayó en una alcantarilla y le...?

–Basta ya –pidió Carlota a la niña que se detuviera–. Créeme que eso que estás diciendo no tiene ninguna gracia.

–No, si no estoy bromeando. En serio, tal vez...

–Por favor, detente –insistió Carlota–. Mi familia y la de la novia de mi primo están muy dolidas por lo que ocurrió y yo todavía tengo que encontrar a mi otra prima y ya he perdido demasiado tiempo. Mira, aquí te regalo mi pañoleta para que la uses como mascada pero ya no sigas con esos cuentos raros, ¿si? A ver, ¿dijiste que Ronnie Anne se fue por esa calle de allí?

–Si.

–Gracias.

Pero antes de que se retirara a continuar con su búsqueda, la mayor de los hermanos Casagrande reconsideró lo que decía la niña y se le ocurrió dejarle una muy acertada recomendación.

–Ya está oscureciendo. Yo que tú, me regresaba a mi casa ahora... En serio, no vale la pena arriesgarse por una mascada.

–Si, eso haré. Adiós.

–Nos vemos.

Carlota se alejó por la calle que le dejó indicando la niña, quien a su vez se encaminó por el lado opuesto y pasó junto a la entrada principal de su escuela... Cuando las dos puertas se abrieron solas y se oyó a una simpática voz llamándola por su nombre.

Gabby...

–¡Ay, no otra vez! –aulló esta a causa de que un súbito ventarrón le arrebató del cuello la pañoleta que Carlota acababa de regalarle y se la llevó volando adentro del edificio.

Gabby... –volvió a llamarla esa voz, aunque entró igualmente por seguir a la pañoleta.

Para cuando se dio cuenta estaba frente a la puerta del laboratorio de química en donde alguien haló el pañuelo por debajo de la rendija.

Ven Gabby... –la llamó ese alguien, quien además abrió la puerta del aula invitándola a entrar.

Las luces en todo el edificio estaban apagadas y no se veía ningún alma a la vista, por lo que hacía de ese un ambiente lúgubre. Mas Gabby de todos modos se aventuró a entrar.

–¿Hola? –buscó a sus alrededores y vio que si había alguien parado en el rincón más oscuro del laboratorio, pero la penumbra no dejaba que se le viera la cara en absoluto. Apenas la escasa luz que se filtraba a través de los cristales de la ventana si dejaba ver dos manos enguantadas de blanco; una que la estaba saludando con un gracioso ademán, la otra le extendía amablemente la pañoleta de Carlota y la mascada que había dado por perdida.

–Hola Gabby... –la saludó la figura oculta en las sombras sin todavía dar su cara a conocer–. ¿Así te dicen tus amigos, Gabby? ¿Que cómo sabía eso? Entonces también debo ser tu amigo.

–¿Por qué si eres mi amigo te escondes? –preguntó ella con cierta inquietud, retrocediendo a la salida en lugar de avanzar a recuperar los pañuelos suyos–. No eres mi amigo, eres raro.

Gabby se dispuso a salir e irse, pero luego se detuvo en cuanto estuvo por cruzar el umbral al oír los sollozos de la persona arrinconada en el salón.

–¿Por qué lloras? –se regresó a preguntar el motivo de su llanto.

–Siempre se burlan de mí por mi apariencia –respondió entre gimoteos–. Creí que si no veías mi fea cara, tendría la oportunidad de que fueras mi amiga... Uhg, olvídalo. Oh, que tonto Pennywise, nunca tendrás un amigo.

–Se burlan de mí también –comentó Gabby al entender de que hablaba.

–¿En serio?

–Por esta cosa –asintió estirando el cuello para que pudiera ver las marcas rojas que siempre ocultaba con mascadas y pañoletas.

–Vaya, que tontería –replicó Pennywise sin mostrar todavía su rostro–. ¿Solo por eso? Yo podría quitártelo si me lo pides.

–¿En serio? –se acercó otro poco Gabby, incrédula de lo que decía pero también interesada.

–Oh, si, un poof y despídete... –afirmó el de las manos enguantadas haciendo unos pases mágicos para hacer desaparecer a los pañuelos negros y en su lugar hacer aparecer a una luciérnaga brillante que levantó el vuelo y se alejó volando ante la mirada de asombro de la niña–. Oh, pero tendrías que acercarte para ver mi cara. No estoy seguro Gabby.

–No, no me voy a burlar –se acercó más Gabby habiendo quedado del todo convencida–, lo prometo.

–¿Promesa promesa?

Gabby asintió y siguió acercándose.

Okey dokey –se echó a reír Pennywise–. Tu, acércate más para que lo desaparezca a la cuenta de tres... Uno...

Tan confiada como podía estarlo una niña de su edad, Gabby se acercó lo suficiente hasta quedar en presencia del misterioso ser de guantes blancos y estiró el cuello ante el esperando a que su magia surtiera efecto en ella.

–Dos...

Gabby esperó, pero de ahí hubo una larga pausa en la que solo se oyó el correr de un hilo de babas cayendo al piso.

–... Debes decir tre...

Desde una esquina cercana, Carlota se devolvió corriendo a la escuela al ser la única que (aparentemente) llegó a oír sus gritos en toda la cuadra. En la entrada cruzó las dos puertas abiertas y siguió una serie de ruidos violentos al salón al que había entrado Gabby. Pero al estar parada en el mismo umbral y ver lo que había ahí gracias a la iluminación de la luciérnaga de hacía unos momentos, sencillamente no lo pudo creer. Era tan bizarro, paranormal e ilógico que no podía imaginar a nadie creyéndole de llegar a contarlo. Quizá por eso fue que nunca jamás lo hizo.

Al otro lado del laboratorio, una horrible rata del tamaño de un buey permanecía encorvada mascando con deleite algo que Carlota no alcanzaba a ver que era, aunque si distinguió algunos vestigios de carne desparramados y manchas de sangre salpicadas en las paredes y los azulejos.

La rata era tan grande como grotesca y deforme, con sus múltiples colas robustas dando azotes al aire. De su hombro derecho brotaba un tercer brazo igual de funcional y musculoso a los otros dos, incluyendo la misma garra dotada de uñas cortantes. Tenía dos jorobas y de seis a siete cabezas distribuidas irregularmente en distintas áreas de su desproporcionado cuerpo. Todas con resplandecientes ojos anaranjados y ensangrentadas bocas cuajadas de hileras de afilados dientes con los que mordisqueaba los últimos restos de su presa no identificada.

Una de las cabezas, la que asomaba del hombro izquierdo, la miró entonces y lanzó un ensordecedor chirrido escupiendo gotas de espuma sanguinolenta para alertar a las otras. Carlota en el acto, salió a correr al pasillo y cruzó la puerta principal antes de ver siquiera si la rata salía a perseguirla. Corrió sin parar calle arriba, hasta estar de vuelta en la casa Loud donde los abuelos dejaron estacionados el auto y la camioneta al llegar. Poco rato más tarde reapareció su familia junto con la del niño difunto y convenientemente la búsqueda se dio por terminada cuando, por fortuna, Ronnie Anne salió de debajo del porche antes de que tuvieran que involucrar a la policía.

Mismo nunca le dijo a nadie lo de la rata y hasta se llegó a olvidar de ella; pero no de aquella niña de las mascadas, de quien pocos días después se enteró que fue reportada como desaparecida.


–Como sea –siguió con la conversación Lily–. ¿Has intentado llamarla a su teléfono?

Si –respondió Bobby–. Pero no ha contestado mis llamadas. Si no fuera porque hace poco me mandó un mensaje de voz deseándome buenas noches y diciendo que todo estaba bien, ya me hubiese empezado a preocupar.

Así que fue a Royal Woods, ¿eh?... –divagó Carl, rascándose la barbilla pensativo –. Mmm...


Carl se pierde otra vez.

A principios de noviembre de ese mismo año se celebró la fiesta del día de muertos en la residencia Casagrande como dictaba la tradición; pero eso no quitaba el ambiente nefasto que se sentía a donde fuera la pobre Ronnie Anne que, más que rememorar los buenos tiempos con el en vida, se lamentaba de tener que sumar una foto de su amigo al altar de las ofrendas. Cada quien hizo de todo para animarla, sobre todo la señora Rosa al enfatizar que ese era un día para estar alegre y todas esas palabrerías de que los espíritus de los seres queridos a los que recordaban vendrían a festejar con ellos. Mas los esfuerzos de la abuela resultaron en vano.

Al final esta pidió a Carl que se encargase de dejar el camino de pétalos persistiendo en que se hiciera la celebración de todos modos. Cosa a la que accedió sin chistar por miedo a la chancla y porque también quería ayudar a convencer a su prima de alegrarse así fuera creyendo que el espíritu de Lincoln vendría a verla. Tal vez fue por esto, o por lo distraído que estuvo pensando lo mucho que odiaba ver tan deprimida a Ronnie Anne como todos, que no fue hasta que estaba por terminar de vaciar la cesta que se percató de que había tomado el camino equivocado, otra vez.

–¡Con un demonio, lo que faltaba! –refunfuñó al estar de nueva cuenta en frente de la casa Loud en Royal Woods por segundo año consecutivo. En verdad no tenía remota idea de cómo había llegado a ese sitio, aparte de haber estado doblando en cada calle y en cada esquina así como si los muros y los edificios que le rodeaban hubiesen estado cambiando de lugar para despistarlo.

Tal cual como hizo la ultima vez, Carl se encaminó a llamar a la puerta y solicitar a los Loud que le dejaran quedarse en su sala mientras que el llamaba a pedirle a su padre que hiciera el favor de pasar a recogerlo. No más que esta vez si ahorró recibir un corrientazo del timbre y llamó tocando con su puño.

–Gira la chapa y se abrirá la puerta –contestó una voz del interior.

–¿Hola? –ingresó Carl, limpiándose antes los pies por educación y notando luego que no había nadie armando alboroto en la sala igual que el año pasado.

–Aquí arriba –lo llamó la misma voz desde el segundo piso.

Carl subió las escaleras y en el pasillo de la planta alta notó que tampoco había nadie, a excepción de Lola que se encontraba sentada a su mesita de plástico rodeada por sus peluches.

–Ven, siéntate –lo invitó a ocupar una de las sillas vacías.

–Gracias –aceptó Carl el ofrecimiento.

–¿Gustas una taza de té?

–Mejor no. Yo quería...

–A ver si adivino: estabas armando el camino de pétalos para esa fiesta que hace tu familia y llegaste aquí por equivocación.

–Si, ¿podría...?

–Adelante, estás en tu casa.

Carl mensajeó a su padre indicando dónde debía recogerle y después de un rato de silencio siguió platicando con Lola.

–¿Dónde están todos? –preguntó.

–Francamente no lo sé –se encogió de hombros esa niña como si nada–. Las cosas ya no son como antes aquí y a mis padres les importa un comino lo que hagamos mis hermanas y yo.

–Ah, bueno –inclinó la cabeza Carl sin saber que decir. De todas las hermanas de Lori era ella la que más lo intimidaba con su sola presencia, por lo agresiva que había demostrado ser en otra fiesta de acción de gracias en la que se juntaron las dos familias. Sin embargo, teniendo en cuenta lo mal que estaría pasándola esta chica por lo ocurrido recientemente, hasta que pasaran a recogerle Carl estaba dispuesto a actuar como todo un caballero y hacerle compañía en señal de amistad.

–Mira por ejemplo –prosiguió Lola a sacar un encendedor de debajo de la mesa–. Si yo quisiera quemar la casa ahora, podría hacerlo sin que nadie me lo impida... Observa y verás.

–¡Oye, no! –se apresuró el muchacho a detenerla cuando oyó que abría el zippo, solo para ver al levantar su cabeza que toda ella se había prendido fuego y le miraba esbozando una siniestra sonrisa por debajo de sus dos fulminantes y endemoniados ojos rojos.

–¡Ven aquí guapo! –salió a perseguirlo Lola conforme su piel y su carne eran consumidas por las llamas hasta quedar en puros huesos chamuscados–. ¡Ven a cepillar mi cabello y decir que es fuego de invierno! ¡En enero brazas! ¡Mi corazón arde por ti!

–¡Lo siento, pero no eres mi tipo! –corrió Carl escaleras abajo a abrir la puerta y salir disparado a la calle, donde un poco más y es atropellado por Vanzilla.

–¿C-Carl? –se asomó a mirarle desde la ventanilla Lori, quien era la que estaba al volante–. ¿Q-que hac-ces aq-quí...? Ah, otra v-vez t-te equiv-vocast-te de c-camino con los pe... Los p-pe... Los pe-peta...

–¡Rápido! –quiso alertarla del incendio–. ¡Tu casa y tu hermana se están queman...Que! ¡¿Qué rayos?!

Pero al girarse a mirar por dónde vino, descubrió que no era la casa Loud o siquiera la misma calle. Estaba en realidad a las puertas del cementerio en el que recientemente velaron al amigo de su prima; y la puerta por la que acababa de salir para su sorpresa era la de la vieja casa abandonada situada en ese mismo lote.

–¿Q-qué p-pasa Carl? –preguntó Lori extrañada.

–No, nada –se limitó a decir el, a pesar de que oyó claramente una risa burlona venir del interior de la propiedad cuya puerta se cerró de golpe.

–¿Q-quieres q-que te ll-lleve a tu ca-ca-cas...?

–Si por favor... –aceptó el ofrecimiento de Lori, queriendo alejarse lo antes posible de ese espantoso sitio–. Pero espérame un segundo, ¿si? Tengo que hacer algo primero.

Aunque ya que estaba en ese lugar, antes cogió la cesta y se armó de valor para volver a entrar a los terrenos del cementerio, en donde fue dejando un camino con los pétalos restantes que conducía hasta la tumba del fallecido Lincoln Loud. Después sí se apuró a salir evitando a todo momento ver en dirección a la casa y subió a la van. Ya ahí, lo primero que hizo fue avisarle por teléfono a su padre que ya iba en camino y que no se preocupara de ir a buscarlo. Luego llamó a avisar a la abuela Rosa que se alegrara del buen trabajo que había hecho. Y en ningún momento le contó a Lori –ni a nadie– lo que había presenciado, quedándose el también para siempre con la duda de que si alguien le hubiese llegado a creer.


Prima, ya en serio, ¿estás bien? –volvió a preguntar Carl al ver desde su lado de la pantalla que Ronnie Anne se quitaba sus lentes, se llevaba una mano al rostro y echaba a llorar desconsolada.

Lo siento –sollozó ella–, pero es que pensar en lo que pasó recientemente me hizo acordar de...

–¿Qué cosa? –quiso saber Lily, atinando a preguntar con tacto a Ronnie Anne quien ahora era la que parecía estar de duelo aunque originalmente ella la había llamado a darle sus condolencias.


Ronnie Anne da un largo paseo.

Luego de que se alejara corriendo de la ceremonia, la niña hispana echó a caminar por una de las aceras del distrito comercial con las manos metidas en los bolsillos de su sudadera y la cabeza oculta bajo la capucha para que nadie viera su desastrosa cara de lo mucho que había estado llorando.

Ahí, mientras iba pateando una lata vieja, tan solo pensaba como había actuado la ultima vez que había visto a Lincoln en persona al creer erróneamente que este quería declarársele. Si bien esa vez quería que todo se quedara como estaba entre ellos dos, en aquellos momentos ya daba por hecho que más nunca se volvería a enamorar.

Al llegar a una banca se sentó a descansar sus fatigadas piernas y miró a la sucursal de la Hamburguesa del Eructo y a la enorme estatua de plástico del niño rechoncho que sostenía una cheeseburguer en el aire. El día de la inauguración al ser descubierto, este lucía un amplio overol a cuadros blancos y anaranjados. Su copete era espléndidamente negro y reluciente y su boca expresaba una amplia sonrisa a todo aquel que pasara por enfrente suyo.

≪Que muñeco más feo≫, rió amargamente Ronnie Anne imaginándose que Lincoln habría dicho algo más gracioso mientras que cerca de ahí ambos tenían una cita –que no sería una cita para cualquiera que preguntase, pero que para ella si seguiría siéndolo– en la que pasaban a comer unas hamburguesas deliciosas y luego se columpiaban de la estatua, se tomaban fotos en poses absurdas a su lado y hacían demás tonterías.

Cansada de tanto llorar como una magdalena y de haber llegado corriendo desde el otro lado de la ciudad prácticamente, se agachó a cubrirse el rostro con las manos... Cuando un golpe de aire caliente, con olor a animalitos pudriéndose entre zarzas y acompañado por un rugido ensordecedor, le alborotó el cabello.

–¡¿Quieres un beso, nini?!

De prisa redirigió su mirada a la base de la estatua, en la que quedaban solo dos enormes tornillos de acero, allí donde habían estado los pies del monigote, y luego volteó su cabeza para encontrarse con la enorme cara del niño gordo frente a la suya... Aunque ya no parecía la vivaracha mascota del restaurante. Aun sonreía, pero su gesto no tenía nada de alegre. Su frente se había vuelto estrecha y ruda; de su nariz, enrojecida como la de un borracho habitual, surgían mechones de pelo duro; sus ojos estaban inyectados en sangre y uno bizqueaba un poco. La hamburguesa de gran tamaño ya no era sostenida en lo alto, sino que el obeso niño apoyaba su mano en el borde del plato que buena parte había quedado hundido en el pavimento.

–No te asustes –tronó el gigante entre risas, arrancando el plato con la hamburguesa de plástico del agujero y elevándola en el aire con un susurro grave y mortal–. No voy a lastimarte, solo te voy a comer. ¡Te voy a comer bien comida!

Ronnie Anne comprendió entonces que su intención era partirla a la mitad, pero se sentía invadida por una especie de apatía que le impedía moverse; y no fue hasta el ultimo instante, cuando el plato quedó en lo más alto y venía ya en descenso, que rodó desde la banca a la calle y salió huyendo por su vida. Atrás de ella, el plato colmó al mundo.

¡Vamos ya, gente hambrienta! –canturreó Belching Boy arrancando de nuevo el plato de los pedazos de la banca y saliendo en persecución de Ronnie Anne quien corría despavorida asumiendo el papel de los chicos que huían de ella cuando la hacían enojar–. Del eructo su hamburguesa. Una gran preparación. Cuando regresa es mejor.

El gigante estremeció el suelo por segunda vez con su plato, levantando una inmensa nube de polvo, y a la chica que salió volando hasta otra acera donde cayó de rodillas.

≪¡No es real, no es real, no es real, no es real –se acurrucó indefensa queriendo despertar de aquello que solo podría ser un sueño. En todo caso un sueño que podría matar–, no es real, no es real, no es real, no es real, no es real, no es real, no es real, no es real, no es real...!≫.

Al abrir sus ojos nuevamente, el niño de overol a cuadros había vuelto a su pedestal, en su misma posición de antes, con su expresión optimista. La banca que había sido partida por el enorme plato estaba intacta y el pavimento pulcro y liso como siempre.

–Creo que ensucié mi pantalón –llegó a confesar Ronnie Anne en voz alta y, por los próximos cinco minutos antes de ir a refugiarse bajo el porche de la casa Loud, se desmayó.


Lily –acabó de decir Ronnie Anne antes de desconectarse–, por lo que más quieras se paciente y espera a que regrese Lori... Adiós.

–¡Espe...! ¡Rayos!

Oh, nini –se compadeció Bobby de ella.

–¿A dónde es que dijiste que fue mi hermana? –le preguntó entonces Lily.

A Royal Woods –contestó a su pregunta–. ¿Por qué?

–Por nada... Y dijiste que queda en el estado de Michigan, ¿cierto?

Oye, ¿no estarás pensando en ir a buscarla, o sí? –intervino Carl al advertir que estaba tomando nota del dato.

Ay, si serás tonto Bobby –negó con la cabeza Carlos Jr.

–¿Por qué no? –replicó Lily–. Ya ven que...

Mejor espera a que regresé –la interrumpió Carl para reiterar la sugerencia de Ronnie Anne que consideraba como la mejor de todas.

Tu sabes que te queremos como a otra hermana –habló Carlota, refiriéndose al hecho de que los Casagrande ayudaron a las Loud a criar a Lily durante buena parte de su niñez por razones que nunca llegaron a detallar, más allá de que en algún momento su madre quedó emocionalmente incapacitada para hacerlo. En ese tiempo fue que entabló una estrecha amistad con Carlitos de la que surgió un enamoramiento mutuo entre ambos jóvenes quienes al crecer formarían una relación–, y nosotros sabemos que estás pasando por un mal momento y lo impulsiva que eres a veces. Te pido, por favor, que pienses antes en tu exhibición de mañana y en lo mucho que has trabajado para conseguir llegar a donde estás ahora.

–Está bien, te tomaré la palabra... ¿Pero al menos me podrían dar un buen motivo para no ir a ese pueblo? –pidió Lilyentrecerrando los ojos y echándoles esa peculiar mirada intuitiva suya de la que sabían que no tenían escapatoria–. A ustedes lo que les altera es la idea de que yo vaya a ahí, si mal no me equivoco.

No, estás en lo correcto –respondió Carl con honestidad consciente de que a Lily no se le podía decir mentiras.

–¿Puedo saber por qué?

No sé –contestó Carlos Jr. sin rodeos.

–... Ustedes me están ocultando algo.

Varias cosas –afirmó el esposo de Lori acabando de exhalar un suspiro–, y tienes derecho a saberlo todo. Mejor ponte cómoda que esto va para largo.

–Pues empieza de una vez –se cruzó de brazos Lily.

De acuerdo –empezó Bobby–. Lori va a matarme por esto, pero en fin. Lily, Royal Woods es el pueblo donde tú naciste y pasaste los primeros años de tu vida.

–La verdad no recuerdo nada de eso, pero continúa.

Bien. Tú sabes que tenías una familia muy numerosa, aparte de nosotros.

–Claro. Están mis hermanas mayores que me venían a visitar con frecuencia, mi mamá a la que veía de vez en cuando, mi papá que en paz descanse...

Si, y también estaba tu otro hermano, Lincoln, pero de el ya no te has de acordar si apenas lo conociste cuando eras una bebé.

–Ah, así que su nombre era Lincoln. Si, yo recuerdo que un par de veces mencionaron que tuve un hermano mayor, pero lo soltaban como un dato al aire no más, y tampoco me contaron nada sobre el o porque nunca lo conocí cada vez que preguntaba. ¿Qué hay con eso?

Pues que Hace tiempo, cuando tu hermana Lori y yo aun éramos novios y tu familia y tu vivían en Royal Woods, tu hermano Lincoln... Fue brutalmente asesinado.

–¡¿Qué?! –se sobresaltó Lily.

Si –continuó Bobby con su explicación mientras los primos permanecían serios y callados–. Alguien le arrancó el brazo con la facilidad con la que un niño arranca la ramita a un árbol y luego hizo desaparecer su cadáver por una alcantarilla. Y eso no es todo, ya que el fue el primero de una oleada de asesinatos que se produjo en aquella época. Mamá me confesó hace mucho que había estado haciendo lo posible para que Ronnie Anne y yo nos mudáramos con ella de ese pueblo, porque de hecho supo que allí los niños y adolescentes desaparecen con más frecuencia que en cualquier otro lugar cada cierto periodo de tiempo. La verdad no sé como, pero tu y las otras chicas tuvieron mucha más suerte que otros de por allá.

–Osea que nosotras nueve logramos sobrevivir a una masacre, es lo que dices.

–Básicamente... Aunque debes saber que eran once en total cuando empezó todo.

–¿Once?... Lori, Leni, Luna... Lola, Lisa, yo... , y ese otro al que mataron... ¿No habrás querido decir diez?

Once Lily... Hace tiempo que tampoco sabemos nada de ella, pero también tienes otra hermana más.

–¡¿Cómo?!

Su nombre es Lynn.

–Como mi padre... Vaya, eso si que no lo sabía...¿Y por qué recién...?

¿Te lo estamos contando todo? Bueno, porque nadie ha vuelto a pensar en ellos por casi treinta años.

Hasta ahora –concretó Carlota–. ¿Sabías que a Ronnie Anne le gustaba tu hermano?

–Ya veo, por eso se puso como se puso... ¿Qué hay de mi otra hermana? ¿Acaso ella también...?

De hecho... –Bobby hizo una pausa, pues lo siguiente era aun más difícil de explicar–.Tu hermana Lynn está internada en una institución psiquiátrica desde que era una preadolescente.

–¿En un psiquiátrico? –repitió ciertamente impactada de oír eso Lily–. ¿Cómo fue que terminó ahí?

Hubo una investigación, muy mediocre realmente pero la hubo, y al final las evidencias la señalaron a ella como la única culpable.

–Hay, no. ¿Estás queriendo decir... –preguntó con intriga la más menor de las hermanas Loud–, que ella fue quien mató a mi...?

Francamente, no lo sé –fue la respuesta final de Bobby–. Tenía entendido que ella ya estaba un poco mal de la cabeza cuando pasó todo y pues los asesinatos pararon justo después de su arresto. Yo si la conocí bien y te digo que jamás creí que ella fuera capaz de algo semejante; al menos hasta que me enteré que... ¿Sabes como murió tu padre?

–Oh, cielos... –palideció Lily creyendo haber adivinado a lo que quería llegar su cuñado–.Solo sé que murió cuando yo todavía era muy pequeña, pero... ¿Acaso...?

Eso si te lo puedo confirmar –asintió afirmativo Bobby junto al resto de los Casagrande–. Lisa dejó plantando unas cámaras escondidas en la casa donde vivían ustedes y...

Nosotros estuvimos en el juicio –contó Carlos Jr.–. Había huellas digitales y hasta una grabación que lo dejaba todo en claro.

≪Mala suerte≫, le había susurrado la señora Rosa a Lynn mientras esta era sacada esposada del juzgado. Sólo dos palabras para expresar la indignación que sentía ante la atrocidad que había cometido contra su padre, emitidas con su aliento dulzón y empalagoso. Y antes de que los guardias pudieran apartarla, la abuela Casagrande extendió la mano y acarició la mejilla de la ex castaña con un dedo contrahecho. Este recuerdo en especifico asaltó a Carlota entretanto sus hermanos seguían narrando su versión de lo acontecido ese día.

Lo único que faltaba era el arma homicida –concretó Carl, trazando luego una línea horizontal en su propio cuello para hacer una demostración–. Pero no hizo falta para saber que le rebanó la garganta de aquí hasta acá.

–Dios mío... –gimió Lily llevándose ambas manos a la cara –. ¿Pero por qué hizo algo así?

Te digo que no sé Lily –contestó Bobby–. Que yo sepa Lynn ya se andaba metiendo en problemas desde mucho antes por ciertos malentendidos que ahora están por de más explicártelos; pero no todo fue su culpa, fíjate, sino también la forma de ser de la gente en ese lugar.

La abuela aseguraba que en ese lugar había algo malo –hizo otro comentario Carlota pensando en la niña de las mascadas–. Y la verdad yo le creo. Las pocas veces que estuve ahí me pareció un lugar extraño y a veces hasta espeluznante.

Con decirte –añadió Carlos Jr. –, que ahí estaba la cede de un movimiento político que buscaba hacer que legalicen el incesto en todo el país.

–¡IUH! –chilló Lily asqueada.

Sabemos lo que estás pensando –la miró Bobby con frialdad–, y también que no podemos evitar que vayas a buscar a Lori. Solo podemos contar con que nos prometas que no lo harás. Tus hermanas prácticamente movieron cielo y tierra para hacer que abandones ese pueblo, aunque tu madre quiso seguir permaneciendo ahí.

≪Eso explica porque mamá y las otras se pelearon≫, llegó a entender Lily en parte el porque de las fricciones familiares que la habían acompañado desde muy pequeña. Se trataba de que sus hermanas querían mantenerla lejos de ese sitio en el que se albergaban tantas cosas malas... y al que por alguna razón había vuelto Lori.

Lily, ¿a qué es a lo que más le temes? –se le ocurrió preguntar a Bobby, en cuyo subconsciente seguía repitiéndose la anécdota del gato sin ojos mientras que lo mismo le pasaba a Carlota con lo de la bestia rata, CJ con el esqueleto de la capa hecha de pieles y Carl con la falsa Lola encendida en llamas. Curiosamente, a esa hora en que decidió subir al ático de su casa a buscar una cajita de cartón rellena de tiras de papel periódico en la que descansaba un huevo podrido con una carita pintada de nombre Rochelle, también fue el caso de Ronnie Anne con la colosal estatua viviente.

Luego de pensarlo bien un momento, aun con lo fuera de lugar que era la interrogante, Lily respondió simple y sencillamente:

–A los payasos... Tengo que irme chicos... Adiós.

Y antes de que Bobby o los otros pudieran agregar otra cosa, se desconectó dando por finalizada la videoconferencia.

–Amor, ¿quién era? –se acercó a preguntar Carlitos que ya se había despertado.

–Los chicos, que querían darme el pésame –respondió terminando de cerrar la laptop.

–Y...¿Cómo te has sentido?

–Muy mal –respondió Lily aferrándose al torso musculoso de su pareja–. Estoy triste, necesito que me apapáchen.

–Oh, Lily –la abrazó Carlitos–. Sabes que estoy aquí para ti.

–Lo sé –afirmó dandole un chupetón en el cuello–. Vamos a la cama. Tal vez te suene raro que te lo diga en un momento como este, pero quiero que me hagas el amor como nunca antes me lo has hecho.

–¿En serio? –se extrañó su novio de tan inoportuna petición.

–Si –aseguró Lily–. Es justo lo que necesito de ti ahora.


Ya, en lo que restaba de la noche, Lily volvió a levantarse al no poder conciliar el sueño. En buena parte por lo mucho que le remordía la conciencia al haberse aprovechado de que Carlitos siempre se quedaba profundamente dormido y no despertaba por horas cada vez que ellos tenían relaciones.

De ahí, por lo menos se dirigió a la cocina a preparar el desayuno favorito de su novio para dejárselo en el microondas, junto a una nota que justificaba su ausencia prendida en la puerta del refrigerador. Después, en cuanto se vistió de nuevo con las mismas prendas de ese día, salió antes a contemplar sus trabajos en el pasillo y reconsiderar si en serio valía la pena lo que estaba a punto de hacer.

Habiendo pasado un largo rato en ello, finalmente cayó en cuenta de lo mucho que odiaba las imágenes en sus obras a pesar de que estas le habían dado fama y fortuna. Pensó en la tragedia que involucraba a Lisa y en todo de lo que se acababa de enterar ya de por si habiendo tenido una infancia relativamente dura. Pensó en Lori volviendo al mismo pueblo donde se suponía tantas cosas malas habían ocurrido a la familia Loud y en que todo pasaba casualmente al mismo tiempo, igual a la casualidad de que no hubiese podido contactar a ninguna de sus hermanas... Como si existiese la ridícula posibilidad de que de algún modo todo eso estuviese conectado.

≪Nha, que se pudran las pinturas≫, fue su ultimo pensamiento al ir de vuelta al dormitorio para acabar de alistarse e improvisar una maleta con unas pocas mudas de ropa mientras marcaba a la aerolínea local en su teléfono.

Durante el apurado movimiento, encontró a un viejo conejo de peluche en el fondo del cajón de sus pantaletas. Este tenía varios remiendos, rotos, unos cuantos parches, un ojo de botón desprendido y el otro extraviado que delataban lo viejo que era. Lo tenía en su posesión desde que podía recordar y no estaba del todo segura si la que se lo había regalado era Lori o Leni, pero si que esta ultima era quien le había bordado el cuello de tortuga que usaba ahora en lugar de una polera.

Bun-Bun –se oyó mascullar tomándolo en sus manos, aunque ella prefería llamarlo Warren porque le recordaba al amigo imaginario que tuvo de niña: un conejo antropomórfico al que sentía como una especie de ángel guardián que le avisaba de todo lo que podía haber en el mundo que la rodeaba a ella... Y que ahora le estaba advirtiendo que efectivamente cada cosa estaba conectada y que no debía irse.

¿Hola? –hablaron de la aerolínea al no oír respuesta inmediata cuando contestaron por primera vez–. ¿Hay alguien ahí?

–Ah si, ¿bueno? –se apuró a hablar Lily, limitándose a guardar el peluche en su bolso–. Quiero una reservación en el próximo vuelo a Michigan.