Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


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Durante tres días no se dirigieron la palabra, y ejecutaron la rutina diaria en profundo silencio. Callado, Naruto miraba a Hinata sentarse a la mesa. Cuando quería informarle de los planes para la velada, le enviaba una nota en la bandeja del desayuno. Las fiestas eran lo más difícil. Para no perjudicar a Karin, Hinata fingía estar complacida con su esposo. Los dos actuaban, ocultando un odio que habría enorgullecido al mismo Shakespeare.

Karin continuaba su ascenso social. No obstante, sensible al humor del hermano, no se le escapaban las sombrías miradas que Naruto dirigía a su esposa a través del salón. Cuando pasaban la velada en Fenian Court, era peor. Los tres permanecían en silencio: Naruto bebía licor y contemplaba el fuego, Hinata bordaba como si todos los demonios la apremiaran para que terminase la labor. Y Karin, quedaba librada a sí misma. El tiempo que pasaron encerrados en el mirador no los había acercado. Más aun: Naruto y Hinata parecían más distantes y fríos que antes.

Esa noche, como otras, estaban en la sala junto al fuego del hogar. En la cena se sirvió un magnífico pavo, y aunque el ave podría haber alimentado a veinte personas, ninguno de ellos parecía tener apetito. Naruto iba por el tercer vaso de whisky y Hinata admiraba la labor terminada: un dibujo del spaniel de la reina Victoria. Era obvio que lamentaba haberla concluido tan rápido. Karin se disponía a tocar una pícara canción irlandesa que Menma le había enseñado a escondidas, cuando hizo su aparición el mismo demonio.

Menma entró en la sala con el mayor estrépito posible. Arrojó la galera sobre el sofá, junto a Hinata, haciéndola sobresaltar y mirar hacia la puerta. Entonces, irrumpió en la habitación con paso algo inseguro; el viaje desde Manhattan era largo y al partir, los botellones que había en el bar del vagón pullman estaban llenos. La sonrisa era tan radiante que Hinata no pudo menos que responderla.

—¡Mi dulce cuñada, cuánto te eché de menos! — La hizo levantar y le plantó un sonoro beso en la mejilla. Turbada, Hinata se ruborizó y miró a Naruto, que permaneció inmóvil apretando el bastón hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Menma, ¿qué estás haciendo aquí? — Dijo en voz grave, cargada de reproche.

—¡Karin, mi amor, es hermoso volver a ver tu hermoso rostro! —exclamó Menma, imitando el acento irlandés callejero.

—¿Qué haces aquí? — Insistió Naruto, perdiendo la paciencia.

—¡Mi queridísimo hermano! —Menma sacó el vaso de la mano de Naruto y bebió el contenido de un trago. Lo terminó, se lo devolvió, se puso la mano en el pecho y se tambaleó, contrayendo el rostro juvenil—. Hermano, te juro que eso que bebes está destilado en los fuegos del infierno. ¡Esta porquería es capaz de matar al mismo diablo!

A Naruto no le divirtieron las bromas de su hermano. Preguntó en tono severo:

—¿Por qué viniste? ¿No sabes acaso que estoy en mi luna de miel?

—Ah, sí, tú dijiste que estabas en tu luna de miel pero, como Karin está aquí yo pensé: "¿Qué clase de luna de miel será esta para la maravillosa novia de mi hermano?". – Menma lanzó una mirada a Hinata y le guiñó un ojo.

Muy enfadado, Naruto tomó a Hinata del brazo. Hinata quiso soltarse, aunque un vistazo a su esposo le indicó que no era prudente.

—Es hora de llevar a mi "maravillosa novia" a su cuarto. — Dijo Naruto, sarcástico —. Menma, nos daremos las buenas noches. Si algo te enseñó esa "maravillosa" educación en Columbia, tomarás el tren de regreso a Nueva York en este instante.

—Estupendo. Entonces, ¿los veré a los dos en el desayuno?

Hinata tuvo que morderse la lengua para no reír. Karin, en cambio, no se contuvo y rió tapándose la boca con la mano. En cambio a Naruto pareció que iba a saltársele una vena. Al ver la expresión divertida de los ojos de su esposa, se enfureció y Hinata trató de contenerse.

—Naruto, hermano mío, no te ves bien. Nunca había visto en tu rostro ese matiz de púrpura.

El tono burlón de Menma quebró el dramatismo de la situación, y Hinata estalló en carcajadas. Naruto la sujetó del brazo y la arrastró escaleras arriba, hacia la suite. Hinata rió durante todo el trayecto.

— Karin, ¿cómo están las cosas por aquí? — Preguntó Menma, poniéndose serio cuando su hermano y Hinata salieron de la habitación.

Karin soltó un suspiro y se dejó caer en el sofá. —Supongo que no recibiste mi última carta. Los encerré a los dos en el muelle, en el mirador.

—¿Eso hiciste? — Dijo Menma, admirado.

—Sí. —Karin puso cara larga—. Fue inútil. Menma, se odian uno al otro. Sé que parece imposible pero te juro que es así. Y no creo que Naruto sea tímido. Pienso que aquí hay otra cosa.

—Entre el amor y el odio hay una línea muy delgada. Tenemos que lograr que la crucen, eso es todo.

—Menma, no creo que podamos. Pienso que eso es algo que viene desde adentro.

Menma la miró con expresión tierna.

—Hermanita, eres muy astuta. A veces me pregunto cómo sabes tantas cosas.

—Menma, sólo es sentido común.

—En ese caso, eres la única Uzumaki que lo posee.

—Entonces, ¿soy muy distinta de ti y de Naruto en ese aspecto?

De súbito, a Menma no le agradó el giro que tomaba la conversación; le pellizcó la nariz y cambió de tema con destreza.

—Bueno, basta. ¿Qué haremos con Naruto? Es cierto que no podemos obligarlos a acercarse, y no se me ocurre qué otra cosa hacer, sin embargo yo quiero que este matrimonio funcione.

—Si no hubiéramos asistido a la fiesta de los Varick, tal vez habrían tenido una oportunidad. Una noche, los hice tomarse de la mano como tú me dijiste y al final de la noche pareció que les agradaba. Después que Naruto vio al señor Inuzuka en la fiesta de los Varick, no volvió a ser el mismo.

—¿Quién es el señor Inuzuka?

—Un antiguo pretendiente de Hinata. Se acercó a Naruto y, ante sus propias narices, invitó a Hinata a bailar el vals. ¡Te juro, Menma, estaba tan furioso que creí que lo golpearía!

Menma adoptó una expresión maliciosa. Volvió al acento irlandés y dijo, en tono juguetón:

—¿De verdad, querida?

Karin asintió.

—El primer plan no resultó, ¿no es cierto?

Karin negó con la cabeza.

—¿Sabes lo que creo? — Menma rió—. Que mi hermano está terriblemente celoso, eso es lo que creo. ¿Y sabes qué, mi tesoro? Lo que necesitamos hacer ahora es cambiar de táctica. Sí, señor, ¡Y tu querido hermano es la persona indicada para hacerla! — Echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada de ebrio.

Su querida hermana Karin pareció confundida.

Naruto acompañó a Hinata hasta el dormitorio con la calidez de un desfile militar. Todavía ahogando la risa, Hinata llegó a la puerta y se animó a mirarlo. Estaba segura de que si en ese momento Naruto intentaba sonreír, se le resquebrajaría la cara. Naruto abrió la puerta, le dio un áspero "Buenas noches", y se fue. Súbitamente, Hinata se sintió perdida y la risa se apagó; permaneció un instante en el umbral con una sensación semejante al abandono.

Después de ponerse el camisón con ayuda de Natsu y de meterse en la cama, Hinata oyó que Naruto paseaba de un lado a otro. El paso era inconfundible pues el tercer sonido era el ruido sordo del bastón contra el suelo. Tendida en la oscuridad, con la mirada fija en las puertas dobles, Hinata volvió a evocar a un león, aunque esta vez lo imaginó enjaulado. Recordó la ira y el poder salvaje que sugerían los leones que había visto de niña en el Museo Americano del señor Barnum. Y ahora los imaginaba paseándose inquietos tras de las rejas de un lado a otro, los músculos tensos, toda la energía concentrada en escapar del encierro, esperando ese instante de descuido en que la huida fuera posible y la venganza era posible.

Naruto se paseó hasta las primeras horas del alba. Hinata lo supo pues permaneció despierta todo el tiempo, con los ojos abiertos. Pensando en leones.

—¡Buenos días! Es un día precioso, ¿verdad? — Hinata entró en el comedor pequeño con su sonrisa más radiante. Encantada, comprobó que Karin y Menma ya estaban allí: era evidente que el cuñado padecía una espantosa resaca.

Se acercó a su lugar y rechazó a Menma que quería apartarse la silla a pesar del dolor de cabeza que sufría. Extendió la servilleta sobre el regazo y esperó que el criado le sirviera una porción doble de huevos.

Aunque casi no había dormido la noche anterior, se sentía optimista. Tal vez se debiera a la presencia de Menma y de Karin en Fenian Court, que podrían protegerla del hermano mayor. Durante la noche había llegado a la conclusión de que con la ayuda de los cuñados Naruto y ella lograrían encontrar puntos en común, un espacio en que pudiesen mostrarse amistosos y llevar adelante este matrimonio de una forma más tolerable. Esa posibilidad la alegró en extremo, y las ansiedades de la noche pasada parecieron fundirse bajo el brillante sol de Newport.

—Naruto aún debe de estar acostado. — Comentó en tono despreocupado, advirtiendo la silla vacía —. ¿Les parece que le envíe el desayuno arriba? — Por extraño que pareciera, preocuparse por el desayuno de su marido como una buena esposa le resultó una tarea agradable.

—No puedes. Se ha marchado. — Karin estaba a punto de llorar.

Hinata vio que estaba triste. E imaginó que la resaca no explicaba del todo el rostro sombrío de Menma.

—¿Qué quieres decir con eso de que se marchó? — Preguntó a Karin con fingida indiferencia.

—Se marchó para Boston antes del amanecer. Dejó una nota diciendo algo respecto de un negocio. — Respondió Menma, por Karin.

—Entiendo. —Hinata miró los huevos y descubrió que ya no tenía apetito.

—¿Qué es lo que le pasa a Naruto? —Estalló Karin, con las cejas fruncidas—. ¿Acaso esto es una luna de miel? Es espantoso. Nosotros tres estamos aquí, y Naruto se fue a Boston...

—Cálmate, Karin. –Menma hizo un gesto hacia la figura rígida de Hinata —. En este momento, no necesita esas observaciones.

Hinata no lo escuchó. Sólo podía pensar en que Naruto se había ido y la había dejado sola en la luna de miel. La pena que sentía era tan honda y total que fue incapaz de ocultarla, y se quedó quieta mirando los huevos en el plato.

—Hinata, estoy seguro de que volverá pronto. —Dijo Menma —. No tenemos muchas propiedades en Boston. No puede quedarse allá para siempre.

Hinata cerró los ojos; no quería que la viera llorar, no quería revelar el dolor que sentía en el alma. En realidad, no tenía sentido que estuviese apenada... sin embargo lo estaba. Y el dolor se ahondó al imaginar las posibles actividades de Naruto.

—¿La señorita Dumont va con frecuencia a Boston? — Murmuró.

Se hizo un denso silencio.

—No se trata de eso, ¿no es así, Menma? —Preguntó Karin; la vocecita infantil suplicaba que la tranquilizaran.

—No, no... estoy seguro de que no. —Frunció el entrecejo y miró a Hinata, obviamente preocupado por la reacción de la cuñada—. Mira, Hinata, mi hermano no debe de estar haciendo lo que imaginas... —Se interrumpió y le dijo a Karin—: Tesoro, déjanos solos, por favor.

Karin lanzó a Hinata una mirada preocupada y a desgana, dejó la servilleta y salió.

Cuando se fue, Menma se sentó en la silla junto a Hinata y le palmeó la mano.

—No hay motivos para que lo tomes tan a la tremenda. Sólo está atendiendo algunos negocios.

—Yo no lo creo, y tú tampoco. —Lo miró con la desesperación y el dolor pintados en el rostro—. Fue a encontrarse con ella, ¿no es cierto?

Por un momento, Menma guardó silencio.

—No lo sé. —Respondió con sinceridad, los ojos azules esmeralda colmados de pena.

—Sabes lo referido a nuestro "casamiento", ¿verdad?

—Sí.

Hinata reprimió las lágrimas.

—¿Y Naruto lo planeó así para que fuese tan espantoso?

Disgustado, Menma meneó la cabeza.

—Lo que está sucediendo es mi culpa. No tendría que haber venido y haber removido el avispero. Pensé que Karin y yo podríamos ayudarles. —Resopló, fastidiado—. Hasta pensé en ponerlo celoso, ¿puedes creerme?

—No, la culpa es mía. —Replicó Hinata, aferrándose de cualquier explicación que la alejara de la verdad—. Tendría que haber sabido manejarlo mejor. Me... me afectó, porque yo... —La voz se convirtió en un susurro — Porque... yo...

No pudo terminar. Cuando la mano de Menma tocó la suya, las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Hinata y las palabras salieron entrecortadas por los sollozos.

—Pienso que quise hacer realidad los votos matrimoniales, Menma. Por un instante, quise creer que no eran falsos.

Menma la estrechó contra el pecho y Hinata lloró como si se le destrozara el corazón. La abrazó largo rato hasta que la joven se compuso y pudo apartarse.

—Perdóname. —Murmuró, tratando de enjugarse las lágrimas con las manos. Menma tomó la servilleta y le secó las mejillas. Con dulzura, apartó los mechones de cabello que se habían escapado del moño. Cuando Hinata alzó el rostro, todo sucedió con rapidez. Los ojos de los dos se encontraron y como impulsado por el instinto, Menma se inclinó y la besó con suavidad en los labios.

Antes de que Hinata tuviese tiempo de comprender lo sucedido, ya había terminado y al parecer, tampoco Menma había sido consciente de su acción. No obstante, al comprenderlo, abrió los ojos sorprendido y en su cara se dibujó una sonrisa de disculpa.

—Lo siento, á mbúimín. Es la fuerza de la costumbre que me impulsa a besar a las muchachas bonitas.

Hinata, con las mejillas ardiendo de vergüenza, no se atrevió a mirarlo.

Menma siguió tratando de explicarse.

—Claro que no estoy habituado a besar a mi propia cuñada.

—No necesitas explicármelo. En serio. —Juntó valor y lo miró, sin poder creer en lo que había hecho. Menma le dirigió esa sonrisa radiante.

—No, Hinata, te debo una explicación. — Movió la cabeza en un gesto que expresaba con cierta vaguedad el disgusto consigo mismo y también algo de burla—. Mi hermano y yo somos muy distintos, con diferentes visiones de la vida. Como sabes, Naruto se dedica a hacer dinero y busca represalias por todos los desaires sufridos. Ése es su propósito, su pasión, su esencia. Por otra parte, yo estoy libre para gastar el dinero y perseguir a las muchachas... y me confieso entusiasta de ambas cosas.

Hinata guardó silencio.

—Me gustaría prometerte que no volverá a suceder, pero...

—Menma, cuando encuentres a la muchacha apropiada no volverá a suceder.

En los labios de Menma apareció un gesto cínico que recordaba a los del hermano.

—Nunca encontraré a la chica apropiada, á mbúirnín. No existe una muchacha para mí. Créeme, las he probado a todas.

La joven lo observó. Comprendió que era sincero. Era un aventurero, un bribón: una pesadilla para los padres de las muchachas.

"Si no estuviese ya hechizada por el hermano — Pensó Hinata —, sería fácil caer en brazos de este hombre encantador."

Esos maliciosos ojos azules y ese apuesto rostro irlandés debían de haber cautivado a muchas mujeres. Lamentó no ser una de ellas. Sin embargo, era imposible y no por los votos nupciales ni por temor al castigo. Era imposible pues, aun contra sus propios deseos, el corazón y el alma de Hinata ya no podían mentir: amaba a Naruto.

Atónita ante su propia confesión, contempló la silla vacía. ¿Acaso se habría enamorado de su esposo sólo para estar cada vez más alejada de él? Estaban de luna de miel y aun así se había marchado. ¿Cómo lograría convencerlo de que permaneciesen casados, más aún teniendo en cuenta que Amaru Dumont estaba al acecho? Esa idea la hizo llorar otra vez.

—Basta de lágrimas. —Esta vez, Menma le dio la servilleta para que se las enjugara por sí misma. Con mucho tacto, cambió de tema—. Vamos, Hinata, hace un día tan espléndido: olvidemos a Naruto y mi mala conducta. Busquemos a Karin y a la tripulación y naveguemos en el Colleen por el estrecho. Nos divertiremos mucho y olvidaremos todas las preocupaciones.

Hinata se miró las manos que artugaban la servilleta empapada. Tal vez la proposición mitigara las penas de Menma, la propia experiencia le decía que no tendrían efecto sobre las propias.

—¿Te molestaría mucho que declinara el ofrecimiento? — Preguntó la joven con suavidad.

—Entonces, ¿te gustaría hacer alguna otra cosa? ¿Quieres que te acompañe a la ciudad? ¿Cabalgar por el campo?

—Menma, ¿sabes lo que en verdad deseo?: regresar a Nueva York. No quiero quedarme aquí y esperar a Naruto. ¿Me entiendes?

El joven asintió.

—Lo arreglaré de inmediato. Karin y yo regresaremos contigo. Tal vez Naruto no te considere parte de la familia, pero nosotros sí. No temas, á mbúirnín, estamos contigo.

—"A mbúirnín"... ¿qué significa? —Naruto se lo había dicho antes y Hinata supuso que sería algún insulto en irlandés.

No esperaba que Menma se lo explicara.

—Es un término cariñoso en gaélico. Literalmente, significa: "mi amor".

Hinata quedó estupefacta.

—¿Se usa con frecuencia?

—Bueno... sí. ¿Por qué lo preguntas?

Desilusionada, Hinata bajó los ojos pues no quería que el cuñado lo advirtiera. Le respondió:

—Por nada. Una vez se lo oí emplear a los criados y me picó la curiosidad. Y ahora, si me disculpas, tengo que ordenar a Natsu que comience a empacar mis cosas.

—Sí. —Menma se puso de pie y la vio irse. No obstante, al contemplar la figura de Hinata que se iba, la esperanza volvió a brillar en los ojos vivaces —. Mentirosa — Dijo para sí.

La arquitectura de Boston no había sucumbido a los dictados de la modernidad, como en Manhattan, pero Naruto Uzumaki no era la clase de persona que se fija en semejantes sutilezas. Hacía cuatro días que estaba allí y ya había concretado todos los trámites de negocios que pudiese necesitar. Ya había leído los telegramas matutinos y supo que había hecho una pequeña fortuna en bonos de Hudson. Los almacenes que poseía en Boston eran sobremanera rentables y los barcos de vapor iban repletos. En resumen, no había nada que justificase el entrecejo sombrío de Naruto. A medida que el coche de alquiler rodaba sobre los antiguos adoquines y Naruto se sumía más en sus propios pensamientos, el semblante se ensombrecía más.

Por indicación de Naruto, el coche de alquiler giró y pronto se detuvo frente a un edificio colonial de ladrillos. En el elegante cartel dorado decía: Joyero Weymouth. Naruto despidió al coche y entró sin ceremonias en la tienda.

Cuando el joyero, un hombre de enormes mostachos, lo vio; dejó al cliente que estaba atendiendo y se precipitó hacia Naruto.

—¡Señor Uzumaki, su visita es un placer! ¿Está en la ciudad su encantadora hermana? Tengo un bonito brazalete de zafiros que es perfecto para una joven tan pura.

—Weymouth, esta vez Karin no está conmigo, aunque de todos modos quisiera llevarle algo. Muéstreme el brazalete.

Weymouth abrió la caja, con el aire de un gato que se relame la crema de los bigotes. Apoyó el pesado brazalete de oro y zafiros sobre una almohadilla de terciopelo y la presentó al irlandés.

—El precio es de quinientos dólares, poco para una pieza de tan buen gusto, ¿no le parece?

Naruto tomó la costosa alhaja como si estuviese revolviendo lechuga podrida. La arrojó otra vez sobre la almohadilla y dijo:

—Está bien. Envuélvala.

—Sí, señor. —Weymouth chasqueó los dedos y de inmediato apareció un joven ataviado con un traje elegante y se llevó la joya para envolverla—, Bien... — El joyero se pasó el dedo por los bigotes como enjugándose la crema imaginaria — ¿Puedo ofrecerle algo más, tal vez para la encantadora señorita Dumont, a quien por desgracia sólo tuve el placer de ver en una ocasión?

Naruto lo miró a los ojos.

—Desde aquel viaje con la señorita Dumont, me casé. Veo que la noticia no ha llegado hasta aquí.

Weymouth se apartó del tema de la señorita Dumont como un gato que huye de un sabueso rabioso. No obstante, era un hombre versado en el arte de la venta y las esperanzas del joyero se acrecentaron. Si el irlandés gastaba una fortuna en la amante, ¿cuánto gastaría en comprar adornos para la esposa?

—Lo felicito, señor — Dijo—. No me cabe duda de que la esposa de usted será el paradigma de la virtud y la belleza. Un hombre tan selectivo como usted no podría elegir otra clase de mujer.

Naruto hizo un gesto afirmativo, sin prestar atención a los halagos del joyero.

Volviendo a los temas comerciales, Weymouth se dirigió hasta otro gabinete y comenzó a abrirlo.

—¿A la señora Uzumaki le agradan los diamantes? Tengo un...

—No. —Lo interrumpió Naruto, más ceñudo que antes —. Los diamantes no son adecuados para ella.

—¿Zafiros, tal vez? Tengo otro brazalete, más suntuoso. Muy apropiado para una señora casada.

Naruto negó con la cabeza y miró en derredor. Además de las joyas, en la tienda sólo había una colección de marcos de oro para retratos y varias cajitas de música sobre una mesa cubierta de encajes, en el centro del salón.

—Señor Uzumaki, tengo la pieza perfecta. —Weymourh se frotó las manos—. Tiene que llevarle algo especial a la señora Uzumaki. Hay un joyero joven en Rusia, creo que en San Petersburgo, que fabrica innumerables curiosidades de oro y diamantes. Quisiera que las vea.

El tendero fue hasta la caja de seguridad y volvió con un objeto que parecía un huevo con incrustaciones de lirios. Era un huevo esmaltado en oro, y las flores estaban artísticamente realizadas con perlas. Al abrirlo, había en el interior un conjunto de siete iconos en miniatura y cada uno de ellos era una obra de arte en sí mismo.

—Me lo envió hace poco monsieur Fabergé... ¿Qué le parece?

Naruto cruzó los brazos sobre el pecho como si no supiera qué pensar.

—Su esposa sería la única en poseerlo.

Naruto resopló.

—Bueno, en ese aspecto le doy la razón. —El ceño se profundizó—. Ninguna de estas cosas me gusta. Sólo llevaré el brazalete para Karin.

Weymourh cerró el huevo con un chasquido y dejó caer los hombros, decepcionado. Un minuto después apareció el joven dependiente con el brazalete en una caja de plata repujada con un moño de terciopelo azul. Se apresuró a atravesar el salón pues no deseaba hacer esperar a un cliente tan importante, y tropezó con la mesa donde estaban las cajas de música. Una de las cajas cayó de costado y se oyó la melodía de Danubio azul.

—Déjeme ver eso. —ordenó Naruto, mientras el atribulado joven trataba de enderezar la caja. Se la dio a Naruto y éste la dio vuelta.

La cajita de música no confirmaba la reputación de la joyería de vender piezas costosas y exclusivas. Era una humilde caja pintada con hiedras y nomeolvides. Pero a Naruto le pareció que era lo que buscaba. Se volvió hacia Weymourh y dijo:

—Le llevaré esto a la señora Uzumaki. Éste es su vals preferido. Envuélvala.

—Por supuesto. —Respondió Weymout—. Sólo cuesta veinticinco dólares. ¿Está seguro de que la señora Uzumaki no preferiría algo más... importante?

—Si me acompaña en mi próximo viaje, podrá comprar toda la tienda, si así lo desea. Ahora, sólo quiero la cajita de música.

—Claro, señor Uzumaki. —Weymouth volvió a chasquear los dedos indicándole al empleado que la envolviese. No arriesgaría futuras ventas sólo para acrecentar la presente.

Una vez envuelta la caja, Naruto tomó los dos paquetes y ordenó a Weymouth que le enviara la cuenta. Weymouth hizo una reverencia y le sostuvo la puerta abierta. Sin poder contenerse, agregó:

—¡Espero conocer pronto a la señora Uzumaki! ¿En su próximo viaje, quizá?

Naruto se limitó a reír. Era la primera vez que lo hacía en muchos días.

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Continuará...