Capítulo 18: Emilie.

Emilie se acercó para verlo con más detalle. Al llegar a él, apartó con cuidado uno de los restos y pudo ver una especie de joya de color azul.

- Amor, corre, ven a ver esto. – Al instante, Gabriel estaba a su lado, mirando con curiosidad. - ¿Qué crees que es?

- No estoy seguro. Tendría que sacarlo para comprobarlo. – Con cuidado, rascó la tierra compacta que había sobre el objeto y encontró una especie de broche con forma de abanico azul. Lo miró por ambos lados, sorprendido. – Vaya. Está bastante sucio, pero creo que es un broche. ¿Tú qué opina querida?

- Pues si lo parece… - contestó su mujer tomando el objeto que su esposo le ofrecía – Es curioso que nadie lo haya encontrado antes, ¿no?

- Bueno, esta semana ha habido lluvias muy intensas y varias escorrentías. Tal vez estaba totalmente cubierto y ese tiempo lo ha desenterrado.

- Sí, puede ser. Es muy bonito, ¿no te parece? – Emily sonrió a su esposo. Éste la miró con amor infinito y le pasó un mechón de su claro cabello por detrás de la oreja.

- Tienes razón. Por eso deberías quedártelo. Un broche hermoso para la más hermosa de las mujeres. – contestó su marido. Emily le sonrió de forma amplia y sincera antes de darle un beso.

Ambos quedaron atrapados en aquel lugar hasta la mañana siguiente, cuando un helicóptero de salvamento enviado por su equipo los encontró. Todo fue con normalidad a partir de ahí. Ambos tomaron su avión de vuelta y regresaron a su hogar donde un niño de enormes ojos verdes los recibió con una sonrisa desde los brazos de su niñera.

A las pocas semanas, Emilie decidió limpiar el broche a pesar de las reticencias de su marido. Ella se encontraba en su cuarto mientras seguía un riguroso proceso de limpieza en seco, muy complejo. Era el mismo que seguía para el mantenimiento de ciertas joyas familiares.

A los minutos, el broche estaba limpio y mostraba no un abanico sin más, sino una especie de cola de pavo real abierta en abanico. Y entonces, el objeto empezó a tintinear y a brillar con un toque azulado que cada vez iba tornándose más y más intenso.

- ¡Gabriel! – gritó. A los minutos su esposo apareció en el umbral de la puerta, alterado. Tal cuál entró, se quedó mirando la joya que reposaba en el tocador de su esposa.

- Pero que…

La luz dio un fogonazo azul y de pronto ante ellos apareció una figura pequeña del mismo color del objeto. Emilie se levantó de un salto, empujando la silla hacia atrás, y se fue hasta su esposo, que la abrazó sin apartar la vista de aquello.

El ser se desperezó y se rascó los ojos mientras bostezaba. Entonces pareció darse cuenta de quién estaba con ella y se acercó volando hasta ellos, sonriente y muy vivaracha.

- ¡Hola! Soy Duusu, el kwami del pavo real. Tengo el poder de crear aliados en las horas bajas. Y supongo que tú eres mi nueva portadora, ¿no? Encantada. Estoy deseando trabajar contigo. ¿Tienes algo de comer? Me muero de hambre. Si tuvieras alguna baya sería ideal, ¿sabes? Me apasionan los frutos rojos. Oye, y ¿tú cómo te llamas?

Emilie miró a su marido con ojos como platos. Aquello era algo totalmente inesperado y extraño. Duusu era un ser peculiar que no paraba de hablar. Parecía deseosa de hacer cosas y, ante todo, de realizar la transformación.

Después de las correspondientes presentaciones y de una pequeña cena a base de frutos rojos para el kwami, Duusu les explico ya con más calma qué era ella, por qué eran necesarios los miraculous y por qué debían transformarse para combatir las fuerzas del mal.

Al principio, Emilie se negó. No había fuerzas del mal lo bastante peligrosas como para decidir por voluntad propia dejar a su hijo para ir a batallar, aunque fuera de forma esporádica. Sin embargo, Duusu no se daba por vencida. Había estado mucho tiempo dormida y deseaba con fuerza volver a la acción.

Los días pasaron, después las semanas y por último, los meses. Y entonces ocurrió un atentado en la puerta del Louvre. Un coche bomba había hecho explotar parte de la entrada, hiriendo a cientos de civiles que en ese momento circulaban por allí. Duusu presionó a Emilie, diciendo que ellas juntas podrían encontrar a los desalmados que habían hecho aquello y entregarlos a las autoridades, que de esa forma su hijo estaría a salvo.

El miedo de Emilie a que algo pudiera pasarle a su hijo Adrien la carcomió por dentro hasta que al final aceptó la invitación de la kwami.

Juntas pudieron atrapar a los terroristas y los entregaron a la policía, llevando mucho cuidado de no ser vistas. Emilie no podía permitir que su vida se viera influenciada de ningún modo por aquello. Ni siquiera los delincuentes la reconocieron entre las sombras. Para el resto del mundo, un ciudadano había capturado y entregado a aquellos criminales. Nada de gente vestida rara, ni de héroes, ni de poderes. Nada.

Y así siguieron. Cada vez que algo ocurría por encima de lo que las distintas fuerzas del orden podían afrontar, allí estaba ella, unida a Duusu, luchando contra los villanos por un mundo mejor para su pequeño.

Emilie y Duusu se unían con una media de tres-cuatro veces al año. Y cada año que pasaba, su unión se hacía más fuerte, mientras que la salud de ella empeoraba poco a poco. Al principio era algo imperceptible, un malestar general, una falta de fuerza después de la transformación... pero al tiempo, empezaron a darle ataques de tos, seguidos de fuertes dolores en el pecho, hasta llegar al punto de caer inconsciente. Emilie intentaba que su marido no se diera cuenta, pero no siempre le era fácil disimularlo. En un momento dado, su marido la encontró, después de una intervención como heroína, al borde del desmayo. Le pidió que dejara de transformarse, que aquello la estaba hiriendo, pero ella se negó añadiendo que esa enfermedad puntual no tenía que ver con Duusu, que sólo se encontraba mal. Iba a proteger a su hijo, costara lo que costara.

Y entonces, un día, Emilie sufrió un ataque. Gabriel la encontró tirada en el suelo a los pies de la cama.

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- Tras aquello… – continuó Gabriel – Emilie no despertó. Estaba tan desesperado que no sabía que hacer. Duusu creó la cápsula de mantenimiento en la que ahora está tu madre. Sin embargo, yo no podía soportarlo. Sabía que aquello era culpa del kwami, que había estado dañando a tu madre a consciencia, que había ido haciendo mella poco a poco en su salud para suplir sus deseos de acción. La odiaba. Increpé a Duusu, la eché de casa, e incluso intenté…

- Intentaste matarla – dijo Marinette intentando mantenerse fría.

- Sí – confirmó Gabriel – Pero entonces, ella me informó de que había más miraculous donde la encontramos. Me dijo que si combinabas los dos elementos más fuertes, si conseguías soportar el poder del yin y el yang unido, podrías pedir cualquier tipo de deseo, como por ejemplo, recuperar a mi esposa. En un intento desesperado, tomé a Duusu y emprendimos el camino hasta el Tibet. Busqué durante días en las ruinas de aquel templo sin éxito. Y cuando ya perdí toda esperanza, Duusu encontró un pasadizo subterráneo medio derrumbado en el que había caído un libro donde se contaba todo lo referente a los miraculous.

- El libro de los guardianes – indicó Adrien. Seguía la historia de su padre con mucha atención, pero sin cambiar ni un ápice la expresión de su cara.

- Eso es. Sabía que no era fácil, pero iba a encontrar los miraculous del gato negro y la mariquita costara lo que costase. Porque no podía permitir que el amor de mi vida se marchara de mi lado, igual que no podía soportar la idea de que mi hijo perdiera a su madre – Gabriel miró a Adrien apoyado en las rodillas con gesto derrotado. Adrien tragó saliva. – Pero entonces la suerte me sonrió y allí, descansando entre las páginas del libro, encontré el miraculous de la mariposa. Volví a casa y me encerré en el escritorio. Desterré a Duusu al interior de su gema mientras yo investigaba los efectos de su poder en el cuerpo del anfitrión. El libro no tenía indicaciones de que el kwami tuviera algún efecto dañino en la salud, pero yo había visto lo que le había ido haciendo a Emilie. Cuando me topé con el callejón sin salida que era Duusu, cambié de rumbo y empecé a investigar sobre el miraculous de la mariposa. En fin el resto es más sencillo. Limpié la gema, hice un pacto con Nooroo y comencé a buscar a los miraculous de la mariquita y el gato. Al principio fui cuidadoso, pero me di cuenta de que no era suficientemente rápido. Después de casi un año sin ninguna pista relevante decidí que ellos vinieran a mí. Si los miraculous eran un escudo contra las fuerzas del mal, les daría el mayor villano que se hubiera visto jamás. Los obligaría a salir de su escondite.

- ¿Y dónde entra Nathalie en todo esto? – preguntó Marinette.

- Ella era una amiga de la infancia de Emilie. Un día, cuando Adrien tenía cuatro años, apareció por casa con poco más que una maleta de ropa. Había perdido su trabajo y su hogar. No tenía familia, así que decidió pedir ayuda a mi mujer. Al principio rehusé, pero al poco tuve que admitir que me ayudaba mucho en la organización de mi agenda y mi negocio. Además, siempre echaba una mano a Emilie con el niño mientras yo trabajaba, o hacía de canguro cuando ambos estábamos ocupados. Cuando Emilie "desapareció", Nathalie se dio cuenta al instante. Tuve que ponerla al tanto de todo para que se encargara de la supervisión de Adrien. Es cierto que ya eras adolescente, pero no podía dejarte sin vigilancia. La cuestión es que cuando se enteró, rompió a llorar. Me confesó que había estado enamorada de Emilie desde el instituto. Me dijo que me ayudaría en mi misión, sin importar lo peligrosa que fuera o lo fuera de la ley que se encontrase, no cesaría hasta despertar a Emilie. Así que formamos equipo para traer de vuelta a la mujer que ambos amábamos. Sin embargo, el miraculous sigue dañado, así que mientras fue posible, lo mantuve fuera de uso. Y creo que eso es todo. Ya no hay más secretos. Y ahora me toca a mí hacerte una pregunta, hijo. ¿Me ayudarás a traer a tu madre de vuelta? – Gabriel estaba cansado, dolorido y magullado, pero en sus ojos la esperanza brillaba fuerte e intensa.

Adrien por toda respuesta, se levantó de la silla sin cambiar su expresión, agarró a Marinette del brazo y la sacó de la sala. Una vez lo bastante lejos del salón, Adrien abrazó a Marinette con todas sus fuerzas y se desplomó. Toda la actitud férrea e inamovible desapareció bajo una cortinilla de lágrimas. Marinette no dijo nada, solo lo abrazó de vuelta hasta que se calmó. Entonces lo besó con fuerza.

- ¿Quieres hablarlo? – susurró Marinette con cariño mientras acariciaba el rostro de su chico con ternura. Adrien negó con la cabeza.

- Sólo es que… Sé que no debemos hacer lo que nos pide. Ha hecho mucho daño a París, ha cometido infinidad de errores, ha manipulado, mentido y forzado a mucha gente a hacer cosas terribles, pero aun así me cuesta decir que no a esto. Es… es mi madre. – Se le quebró la voz.

- Lo sé gatito. Y jamás te podría impedir que hicieras todo lo que está en tu mano para recuperarla. Sin embargo, no puedo darte mi miraculous. – Marinette se cruzó de brazos y bajó la mirada. Tomó aire. Adrien bajó los hombros rendido. Sabía que ella estaba en su derecho a actuar así y también sabía que era lo correcto, sin embargo... – Por eso, ... - continuó – Por eso, te pido que me des el miraculous del gato.

- ¿Qué? – susurró Adrien apartándose de ella lentamente. No podía haber oído bien. Marinette miraba al suelo y se esforzaba por estar seria. Aquello iba en serio. Una oleada de sensaciones pasó por el cuerpo del muchacho: sorpresa, gratitud, amor, preocupación, … miedo. En su mente saltó una alarma. – No… no… ¡NO!

Adrien la agarró en un abrazo férreo mientras miles de pensamientos pasaban por su cabeza. Marinette lo abrazó de vuelta, hundiendo su cabeza en su hombro. La joven tembló un poco. Adrien la agarró aún más fuerte, casi dejándola sin aliento.

- No… no puedes hacer eso. – susurró a su oído – No sabemos qué le puede pasar al portador si se combinan nuestros miraculous. Podría dañar tu cuerpo o tu mente. Podría… Podría matarte.

- Adrien… - Marinette se separó un poco de él, le tomó el rostro entre las manos y le dio un tierno beso.

Él la agarró de la cintura y la atrajo hacia sí, bebiendo de sus labios. El ritmo entre ellos aumentó y él agarró su cabello, masajeando su sien mientras con la lengua forzaba los labios de ella a abrirse, a dejarlo entrar. Ella respondió poniéndose de puntillas para llegar a su altura. Lo agarró del cuello y pasó sus manos por sus cabellos dorados. Las respiraciones entre ambos se acompasaron en un ritmo vertiginoso. Se separaron para recuperar aire.

- No puedes hacer esto. No permitiré que te pongas en riesgo por mí. Eres lo más importante de mi vida, el eje central de mi mundo. No puedo… - Marinette le puso un dedo en los labios para callarlo. Su rostro sonreía, pero en sus ojos se veía el miedo. Adrien lo notó.

- ¿No te das cuenta? – le dijo con una sonrisa de medio lado. Adrien la miró inquisitivo. – Tú también eres mi mundo entero. Por eso no puedo arriesgarme a que te pase nada.

- Pero esta es mi lucha – dijo Adrien con voz desgarrada.

- Y por tanto también es la mía. – concluyó Marinette. La acarició la mejilla. Una lágrima recorrió su rostro, rebelde. – Ahora mismo, tú eres muy inestable. No sabemos qué puede pasar cuando combinemos ambos miraculous, pero sí sabemos seguro que el portador deberá soportar una gran carga y tú no puedes hacerlo en esta situación. Además, yo tengo más experiencia que tú con el tema de la combinación de los miraculous. – Adrien fue a decir algo, pero ella continuó antes de que dijera nada. – Y por último, yo soy la guardiana de los miraculous ahora, es mi responsabilidad. Igual que no puedo entregarte mi miraculous para esto, no puedo permitir que Emilie permanezca así. Pero es mi deber, no el tuyo.

- Marinette, por favor… - Adrien la abrazó de nuevo. Ella lo abrazó también.

- Créeme gatito, es lo correcto. – Marinette notó cómo Adrien se daba por vencido cuando su cuerpo se destensó.

- No voy a hacerte cambiar de opinión, ¿verdad? – dijo separándose y mirándola a los ojos. Ella negó con la cabeza. Adrien sonrió con amor infinito. – Eres la persona más valiente y considerada que existe, ¿te lo había dicho ya?

- Alguna vez – contestó ella sonriendo.