Harry encendió el motor de automóvil antes de darse un vistazo rápido en el espejo retrovisor. Se aseguró de que su ropa no estuviera chueca ni arrugada, que el cuello de su camisa estuviera bien doblado y acomodado, que sus gafas estuvieran enderezadas y que su cabello siguiera siendo un nido de pájaros, pero un nido relativamente ordenado. Tenía una cita, una cita importante con Draco y Harry quería lucir lo mejor posible, incluso había dejado que Hermione le colocará algo de loción encima y él detestaba esas cosas, le hacían sentir mareado.
Arrancó en dirección al norte, consultando la hora en el reloj de bolsillo que sus padres le habían regalado al cumplir la mayoría de edad; el reloj que había pertenecido a su padre y antes de eso, a su abuelo, el mismo que Harry heredaría a su hijo o hija cuando naciera, si es que llegaba a tener uno, Harry ya no pensaba mucho en eso, no después de todo por lo que Draco había tenido que pasar.
En la radio se podía escuchar The Scientist de Coldplay, su último éxito aparentemente. Harry se la sabía a medias así que simplemente la tarareaba; era muy fan de la música muggle gracias a su madre y a Sirius que incluso tocaba un par de instrumentos y le había enseñado a tocar un poco de guitarra, aunque Harry nunca había sido realmente bueno.
El paisaje cambiaba a ritmo lento, al mismo ritmo que la melodía de la radio, después de todo, no se podía manejar a gran velocidad en una ciudad como Londres y de todas formas Harry no tenía prisa, estaba a tiempo para recoger a Draco del consultorio.
Desde el día en que había sido internado y diagnosticado, el medimago a cargo de él prácticamente le había impuesto asistir a terapia con una doctora nacida de muggles con un consultorio particular, especializada en traumas como el que Draco padecía y por el que asistía a sesiones tres veces a la semana aun después de que se le había desintoxicado de la poción que había ayudado a sugestionarlo.
La poción había sido exactamente el tipo de compuesto que el medimago había supuesto, un brebaje creado en la edad media para despertar los instintos Omegas de un individuo y que generalmente creaba físicamente la idea de un embarazo, de esta manera era más fácil domar a un Omega y hacerlo sentir atado al Alfa, padre del supuesto cachorro. Además, esta poción facilitaba el lavado de cerebro pues junto con el encantamiento Obliviate ayudaba con la eliminación de recuerdos no convenientes y debilitaba la mente del sujeto para la implantación de nuevas ideas. Un salvajismo propio de la edad media que no debía dejarse resurgir.
Y aunque el «tratamiento» había sido muy efectivo con Draco, por el tiempo que había estado sometido, lograron sacarlo de él a tiempo y comenzar una etapa de reversión del proceso. Los aurores suponían que era por eso que Draco había estado aún en aquella casa, y no con Viktor en algún país lejano sin que se volviera a saber de él, porque de haber concluido el proceso, hubiera sido imposible que Draco volviera a ser el mismo. Hubiera sido por la eternidad el Omega perfecto para Viktor Krum, obediente, sumiso y amoroso. Una mentira.
Harry dio vuelta en la esquina sólo para detenerse un par de calles más adelante, frente a una florería donde adquirió un enorme ramo de narcisos blancos para su Omega. En comparación con el primer ramo de flores que le había regalado, este era elegante y ordenado y Harry esperaba que le gustara muchísimo, aunque el que había armado con Teddy había sido más colorido.
Dejando el ramo de flores cuidadosamente en los asientos traseros, Harry volvió a emprender marcha hacia el consultorio donde había prometido recoger a Draco para después hacer algunas compras de último momento para la fiesta de fin de año que se llevaría a cabo en Grimmauld Place y que era, de hecho, la primera vez que los Malfoy se unirían a una celebración con los Potter y todos sus amigos y seres queridos.
Harry no sabía que era lo que había hecho para merecer la aceptación de, principalmente, Lucius Malfoy, pero sabía que debía haber sido algo muy, muy bueno, si había aceptado su invitación a la primera y sin oponer resistencia. Sería una fiesta grande, llena de música y comida a la que asistirían los Black-Lupin, los Weasley-Granger, los Longbottom, los Lovegood y los Malfoy. Era un día especial porque, aunque habían pasado algunos meses desde que Draco había comenzado su recuperación, era la primera vez que convivían con sus familias y Harry se sentía un poco nervioso.
Estacionó el automóvil frente a la clínica, Harry la conocía por supuesto, pero nunca había estado en ella, Draco no se lo había permitido, tal vez por vergüenza o por orgullo. Bajó del automóvil y sacó de la parte trasera las flores, arreglando su apariencia en el reflejo de las ventanas una vez más antes de encaminarse a la puerta del lugar, subiendo las escaleras de piedra. Cuando abrió la puerta, una sala de color blanco le recibió, tranquila y brillante, con algunos cuadros de paisajes en las paredes y un mostrador donde un enfermero hacía algo en un ordenador mientras sostenía algunos papeles entre sus manos.
Draco estaba sentado en uno de los sillones individuales de la clínica, con sus ojos en una revista que parecía bastante vieja. El corazón del Alfa se agitó con sólo mirarlo, emocionado por encontrarse con su alma gemela, sin embargo, esta felicidad se vio opacada un poco al percatase de que Draco acariciaba su vientre, como hacía cuando pensaba que estaba embarazado. Era una escena un poco desalentadora, parecía que el tratamiento lo curaba poco a poco de los traumas que le habían causado durante el secuestro, pero algunas manías no desaparecían, los instintos Omega de Draco eran mucho más fuertes que antes y aunque nunca lo había expresado en voz alta, era probable que realmente deseara embarazarse, lo que era un problema porque, desde que había sido salvado, había sido imposible para Draco entrar en celo. Los doctores pensaban que era una consecuencia de la poción que le hacían beber para mantenerlo en celo por semanas enteras y no sabían si sería capaz de volver a tener un celo de manera natural.
—Ahí está el Omega más bonito de todo el universo —saludó Harry y Draco levantó su mirada, con las mejillas sonrojadas por el cumplido y las flores.
—Llegas tarde, Potter y tu cumplido no va salvarte de mí furia. —Harry sonrió aliviado, recordando como los primeros meses Draco no fue capaz de contestar así. Aunque era obvio que no había regresado del todo a la normalidad, Harry estaba acostumbrado a verlo ser aun más mordaz.
—¿De qué hablas? Estoy a tiempo —le respondió divertido—. Te traje esto.
Draco lo miró entrecerrando los ojos y se puso de pie para aceptar las flores.
—De acuerdo, te perdono un poco. ¿Ahora no hay flores coloridas?
—Teddy no me acompañó esta vez.
—Una lástima, Alfa —Draco se calló al final de la palabra, de golpe. A veces olvidaba que no tenía que llamar a Harry «Alfa».
Harry lo miró reprocharse a sí mismo por su error, así que tranquilamente lo abrazó por los hombros y lo atrajo hacia él, depositando un besito en su mejilla que buscaba ser tranquilizante.
La necesidad de plantarle un beso en los labios había sido grandísima, pero la única vez que lo habían intentado, el Omega había terminado llorando, demasiado culpable porque aún sentía devoción por Viktor Krum como su Alfa y era casi imposible que un Omega engañara a su Alfa. Harry sabía que debía ser paciente y lo era, pero a veces era un poco doloroso no poder ser como una pareja completamente normal, no poder besar a la persona que amaba, tener que pasar por pequeños momentos como ese, que le recordaban que aún había algo mal.
Draco recibió el beso tranquilamente, sus mejillas coloreándose más de color rosa mientras se pegaba al cuerpo de Harry y abrazaba su ramo de flores con fuerza. Harry no dejó de abrazarlo mientras salían del consultorio a paso lento con el frío viento del fin del invierno golpeándolos en la cara con suavidad. Caminaron hasta el auto, donde Harry abrió la puerta del copiloto para Draco y luego subió él mismo en el asiento del conductor.
—Quiero conducir —declaró el rubio mientras Harry encendía el motor y conducía hacia El Caldero Chorreante—. Padre no quiere que conduzca.
Harry pudo ver el dilema, a Draco se le había adiestrado para obedecer a los Alfa, su padre era uno.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó tal cual le había dicho la medimaga que debía hacer, dejando que Draco tomara sus propias decisiones.
—Mamá dice que no tengo que hacer todo lo que él me diga.
Harry sonrió condescendiente.
—No, no tienes.
—¿Me enseñarías entonces?
—Creí que los cacharros muggles no te gustaban —respondió con tono burlón. Las mejillas de Draco se inflaron con indignación.
—Pues ahora sí ¿tienes algún problema con eso? —Harry soltó una carcajada, disfrutando de verlo en ese estado tan natural.
—Para nada, amor.
—No soy tu amor.
—Sí, lo eres, mi único amor.
Eso fue suficiente para que Draco se sonrojara hasta las orejas y guardara silencio. Aún mantenía en su rostro un puchero orgulloso pero Harry creía que era realmente adorable.
Cuando llegaron al frente del caldero chorreante, Harry estacionó el automóvil y junto con Draco bajó de él, encaminándose juntos hasta la parte trasera del pub, hacia la pared de ladrillos que dividía el Londres Mágico del Londres Muggle. Tom, el dueño de la taberna, los saludó alegremente, ofreciéndoles el menú del día que Harry declinó amablemente. Algunos clientes que se encontraban allí los saludaron también y Draco parecía estar disfrutando de la atención mientras Harry intentaba sacarlo de allí tomándolo de la mano. Así, con sus dedos entrelazados, comenzaron a caminar entre la gente que —ya acostumbrados a verlos caminar juntos— apenas y les prestaban atención. La noticia de que eran predestinados corrió como la pólvora, cuando se empezó a ver al Salvador del Mundo Mágico frecuentando al heredero Malfoy o cuando se les veía caminando por las calles en alguna especie de cita.
—Tendremos que comprar algunos vinos para la cena —dijo Harry revisando la lista de lo que hacía falta—. Confío en que escogerás algunos buenos.
—Déjamelo a mí —respondió Draco mirando las vitrinas brillantes de las tiendas.
—Además, tenemos que llevar el postre.
—Tarta de chocolate —pidió el rubio.
—Tarta será, entonces.
Guardaron silencio mientras se encaminaban a su primera parada, hasta que Draco volvió a hablar.
—¿Está bien que vaya a tu casa? —preguntó sonando inseguro y Harry supo que estaba nervioso—. Quiero decir, ¿realmente bien?
—¿Por qué no habría de estarlo?
—Bueno... —Draco parecía tener la respuesta, pero era como si no se atreviera a decirla en voz alta—. Es qué... tú y yo... no somos nada, Harry.
El corazón de Harry se contrajo dolorosamente ante la verdad de esas palabras. Draco no había estado en condiciones de formalizar nada, si bien se frecuentaban casi a diario, convivían y gravitaban uno alrededor del otro. No que Harry no hubiera querido pedirle que le dieran un nombre a lo que tenían, simplemente nunca había encontrado el momento, no con lo delicada de la situación. Harry sabía que Draco encontraba en él la clama que sólo un predestinado podía otorgarle y de no ser por eso, en realidad dudaba que Draco lo hubiera dejado acercarse.
Sí, su lazo era fuerte, tanto que aun en contra de sus instintos, Draco no lo rechazaba, pero no rechazar y sí amar eran cosas completamente diferentes y aunque Harry quería creer que, cuando estuviera completamente sano Draco lo amaría, la verdad era que incluso en ese momento que se le veía más recuperado, el rubio no parecía ir en ese camino.
Y a pesar de ello, Harry se obligó a sonreír amablemente hacia su Omega.
—Eres la persona más importante de mi vida, Draco y eso debería ser suficiente.
El rubio frunció la boca ante esa respuesta y luego pareció sumirse en un mar de pensamientos que Harry no podía escuchar, haciéndolo sentir inseguro y algo temeroso pero recordándose que había prometido permanecer a su lado pasase lo que pasase.
Realizaron todas sus compras en el menor tiempo posible; al ser Año Nuevo las calles rápidamente se llenaban de gente que como ellos, hacían las compras de último momento. Draco eligió dos variedades de vino perfectos para el pavo que Molly Weasley llevaría para la cena y luego de eso ambos compraron al menos tres tartas de chocolate que lucían deliciosas y muy azucaradas.
—Tal vez deberíamos comprar leche para la tarta —sugirió Harry.
—¿Puedes ir a conseguirla? Debo ir a hacer algo.
Harry parpadeó un par de veces, aliviado porque Draco no le había pedido permiso para ir a hacer ese «algo» y un poco tenso por tener que dejarlo ir solo a cualquier parte, además de sentir curiosidad. Harry quería preguntarle sobre ese algo pero sabía que sería contraproducente de acuerdo a su terapia, así que simplemente asintió, quedando en verse de nuevo frente al caldero chorreante en no más de diez minutos y le vio marchar, con el Alfa gruñendo por su lejanía y la preocupación.
Harry fue a la tienda de víveres más cercana con los nervios de punta, tomó algunos cartones de leche y mientras esperaba en la fila se movía de un lado a otro, el pie golpeando impaciente sobre el piso por la ancianita que no terminaba de contar los centavos para completar su compra. Cuando la mujer finalmente terminó de contar y pagó, Harry calculaba que ya habían pasado los diez minutos e iba tarde, así que prácticamente arrojó un billete a la chica de la caja y le dijo que se quedara con el cambio antes de salir disparado en dirección al punto de reunión.
Tal vez eran los recientes sucesos, tal vez era cosa del Alfa sobreprotector pero Harry sentía que había algo mal y que debía volver al lado de su Omega lo antes posible.
Reduciendo la velocidad en cuanto se encontraba más cerca al punto de reunión, Harry, sin aliento, se sintió aliviado de ver que Draco ya estaba allí, pero el alivio duró más bien poco al percatarse de que no estaba solo. Junto a él había un Alfa conocido, Blaise Zabini, enfundado en un abrigo de diseñador, sonriendo encantadoramente a su Omega y tocándolo. El Alfa gruñó ferozmente y se erizó ante la escena, el instinto de saltar sobre ese Alfa para alejarlo de su Omega haciéndolo sangrar, simplemente no podía soportarlo, nadie podía tocar a Draco, sólo él.
Zabini apartó del rostro de Draco un mechón de su precioso cabello y Harry no pudo soportarlo más, a paso firme y salvaje se acercó hacia la pareja, tomando la mano de Zabini con rudeza, obligándolo a alejarse de Draco quién abrió los ojos, sorprendido. Las manos de Harry quemaban por desenfundar su varita y retar al hombre a un duelo por el Omega, pero se obligó a recordar que Draco era más que un Omega y que él mismo era más que un Alfa y sus instintos y aun así seguía gruñendo como un animal enfurecido.
—Zabini —dijo con voz peligrosa mientras el susodicho retrocedía zafándose de su agarre y acomodándose la manga del abrigo.
—Deja de gruñir Potter, pareces un maldito perro sarnoso.
—Tal vez lo sea —respondió interponiéndose entre el Alfa y Draco—. ¿Qué quieres?
—Estaba charlando con Draco, si no te importa.
—Me importa y mucho.
Zabini lo miró por un instante antes de sonreír burlonamente.
—No he escuchado que hayan formalizado nada así que no entiendo por qué te tomas tantas molestias. Draco no es tuyo.
—Blaise, ya basta —intervinió Draco, en apariencia algo intimidado, seguramente por la esencia que ambos Alfa habían liberado para imponerse sobre el otro, pero decidido—. Nos encontramos por casualidad hace un momento, Harry.
—¿Por qué tienes que darle explicaciones? —preguntó Blaise con incredulidad—. No es como si fuera algo tuyo, creí que no eras de nadie, Draco.
—No lo soy —aseguró Draco con un tono de arrogancia y dignidad que Harry no le había escuchado en meses.
Sin embargo, le rompió el corazón.
Dejó caer sus hombros, el Alfa deprimido por la reciente declaración. De repente se sentía realmente enfermo, rechazado. Blaise debió notar su cambio de actitud porque infló el pecho, triunfante. Harry en realidad se sentía derrotado.
—Harry, vámonos —le dijo Draco, con la culpa pintando su rostro—. Adiós Blaise
Sin esperar una respuesta, el Omega tomó al auror de la mano y lo guio hasta el automóvil. Harry había pasado de tener un agradable día a estar pasando por un horrible momento. De repente, pasar el día rodeado de su familia ya no parecía tan perfecto y era peor tener que pasar el rato con Draco y su familia aún, como el rubio había dicho, sin ser nada; le hacía sentir terriblemente triste. ¿Qué se suponía que debía hacer? No quería estar lejos de Draco, pero ahora sentía que le había impuesto su presencia. El Alfa sufría debatiéndose entre estar con su Omega predestinado o hacerlo feliz manteniéndose lejos.
—Harry yo no... —intentó decir el rubio cuando ambos subieron al auto.
—Está bien Draco, yo lo entiendo, creo. No has hecho nada malo —le respondió con la voz a punto de quebrársele, en realidad pensaba que lo entendía. Había estado a punto de agregar "aun así no puedo dejar de amarte" pero ¿no sería eso imponerle su amor? ¿o presionarlo?
Condujo en silencio, tratando de concentrarse en el camino para no causar un accidente. Harry se sorprendió un poco cuando el primer copo de nieve se estrelló contra el parabrisas, borrando por un momento la tristeza con su belleza. Fue entonces que decidió mirar el asiento del copiloto, donde Draco miraba con frustración hacia la ventana, aferrando su vientre con fuerza, como siquisiera arrancar algo con sus propias manos. Harry no lo comprendía pero sus instintos lo instaban a tranquilizarlo, a hacerlo sentir mejor, a hacerlo feliz aun sobre su felicidad.
Tal vez era el momento de poner distancia entre ellos, al menos hasta que Draco pudiera decidir qué era lo que deseaba realmente.
Llegaron número doce de Grimmauld Place. Aún conservaba en el exterior los adornos de la reciente Navidad, seguramente por Teddy que amaba tenerlos. Harry bajó todas las bolsas de compras mientras Draco simplemente extrajo su ramo de flores, sujetándose a él como su temiera caerse si no lo hacía. Harry se golpeó mentalmente por haber dejado que su dolor afectara a su Omega, su precioso y mentalmente inestable Omega, decidiendo que, si después tenían que separarse, al menos aprovecharía ese día.
Harry le dedicó a Draco una sonrisa cálida que éste recibió un poco confundido. Ambos subieron las escaleritas hasta la puerta y Harry la tocó. Draco abrió la boca, como para decir algo más, tal vez disculparse con Harry por no poder corresponder sus sentimientos o tal vez por haber sonado un tanto insensible cuando Zabini lo había provocado, pero justo cuando el primer «Harry» salió de su boca, la puerta se abrió, con Sirius enfundado en un traje de Santa Claus.
—¡Hey! ¡Bienvenidos! —exclamó abrazándolos a ambos fuertemente.
Harry no pudo evitar soltar una risita infantil.
—Navidad ya pasó, Pads —anunció.
—Teddy me pidió que lo usara, de nuevo —aclaró dejándolos entrar—. Draco, bienvenido, la familia estaba esperando poder conocerte formalmente.
—Gracias por la invitación —respondió el rubio y Harry sonrió enternecido por lo nervioso que lucía—, mis padres deberían estar aquí pronto.
Sirius asintió y con la misma energía con la que los recibió, los guio hacia el salón principal. Era bueno para Harry saber que Sirius había superado completamente el asunto de Draco.
Nada más pararse en las puertas del salón, Draco fue atacado por un muy efusivo Teddy vestido de alguna extraña clase de duende navideño. Harry logró salvar el ramo de flores de Draco con una sonrisa.
—Llegamos —anunció el pelinegro.
—Bienvenidos —dijo Lily ayudando a Harry con las bolsas de compras y besándolo en la mejilla—. Draco, buenas noches, es bueno tenerte aquí. —Le besó la mejilla también y Draco se sonrojó.
—Señor Malfoy —saludó James alegremente, estrechando su mano—. Harry ha hablado mucho de usted, demasiado, de hecho, no hay manera de silenciarlo, es bueno conocerlo finalmente.
—Papá... —reprochó Harry, realmente, realmente avergonzado—. Eso no es verdad, Draco.
—Sí lo es —rectificó Remus tomando a Teddy entre sus brazos y estrechando la mano de Draco que sonrió ante la vergüenza de Harry quien realmente deseaba poder desaparecer—. Habla tanto de ti que hemos colocado un frasco donde mete dinero cada que dice tu nombre.
—Moony —lloriqueó Harry mientras todos soltaban una carcajada.
—Gracias por recibirme esta noche —dijo finalmente el rubio, cortando el tema para alivio de Harry.
Después de las presentaciones formales, Draco rápidamente se incorporó a la familia mientras Harry ayudaba en la cocina. Parecía entenderse especialmente bien con Remus y Lily, aunque James y Sirius podían hacerlo reír genuinamente, pero sin duda, quién más se llevaba su atención era el pequeño Teddy que no paraba en sus intentos por quedarse con el rubio para sí mismo.
Pronto llegaron los Weasley, todos sonrientes y cálidos como siempre lo habían sido. Al igual que los Potter y los Black, recibieron a Draco agradablemente, incluso Ron, aunque era obvio que aún existía un poco de la enemistad del colegio que se resumía en una competencia silenciosa de miradas que a todos les parecía divertida. Los Lovegood y los Longbottom no tardaron en llegar, al igual que Severus, Minerva e incluso Dumbledore, Dean, Seamus, Cedric y Cho. Todos estaban reunidos, charlando, bailando, bebiendo y hasta cantando, era la escena perfecta de una gran familia feliz.
Los Malfoy fueron los últimos en llegar, junto con Andrómeda Tonks, su esposo y su hija. Harry miró nerviosamente como Draco y Severus —que habían mantenido una conversación hasta el momento— se acercaban y Draco comenzaba a presentar a su familia. Todo fue bien, todo lo bien que se podía ir con un hombre del que se sospechaba como mortífago en medio de la sala, lo que en realidad era un alivio.
Gracias a un extraño milagro, los Malfoy lograron integrarse a la multitud, Narcissa charlando con Lily, Molly y Alice, Lucius con Severus, Dumbledore y extrañamente, James y Remus. El único que realmente parecía reacio a aceptar la presencia de Lucius era Suris pero aun con eso se comportó maduramente, o todo lo maduramente que un hombre vestido de Santa Claus podía hacerlo.
—¿No es maravilloso, Harry? —le preguntó Ginny—. Está reunida toda la gente que amamos.
Y Harry tuvo que admitir que Ginny tenía razón. Miró a Draco quién al notar su mirada le sonrió antes de seguir jugando con Teddy y continuar charlando con Neville y su esposa. Harry lamentó de todo corazón que las cosas no pudieran quedarse así, que Draco no pudiera corresponderle.
Deseoso de deshacerse de esos pensamientos una vez más, Harry recorrió la preciosa escena con la mirada hasta que sus ojos se toparon con Hermione quién parecía estar discutiendo con Ron en una de las esquinas. Ron decía algo y Hermione, enojada, rebatía hasta que finalmente Harry vio a Ron decir algo más, algo que realmente hizo a su prometida enfurecer y soltarle una bofetada. Gracias al ruido nadie pareció darse cuenta, pero cuando Hermione salió furiosa de la sala, Harry se acercó a su mejor amigo.
—¿Qué sucedió?
—Lo que tenía que suceder. —Fue lo único que Ron dijo, pero el dolor en su rostro decía mucho más.
Harry, suspirando, fue detrás de Hermione. La alcanzó yendo hacia la puerta, tal vez para irse. La llamó por su nombre, la chica abrió la puerta y volteó a verlo con los ojos enrojecidos. Harry iba a decir algo pero rápidamente se percató de que Pansy Parkinson estaba en la puerta. Ella dijo:
—Lo siento... me dijeron que Draco estaba aquí.
No parecía que Hermione la estuviera esperando, no por la reacción que tuvo.
—¡Todo es tú culpa! ¡Tú maldita culpa! —le reprochabó mientras golpeaba a puños flojos su pecho. Lloraba y gritaba y luego nada, simplemente se aferró a Parkinson como si se rindiera, como si hubiera peleado contra algo por meses y finalmente admitiera la derrota.
Harry sintió una mano en su hombro.
Era Ron.
—¡Ron! Yo, escucha, seguramente ella... —intentó defender a Hermione.
—Está bien, amigo, a veces hay cosas contra las que no puedes pelear —dijo con una sonrisa triste y Harry se percató de que Ron había dejado ir a la mujer que amaba para verla feliz.
Suspirando, Ron regresó en la sala, con una sonrisa brillante, como si nada hubiera pasado, exclamando que él y los gemelos habían traído algunos fuegos artificiales para la media noche que no tardaría en llegar. En ese momento, Draco se acercó a él.
—¿Podemos hablar? —le preguntó. Harry no estaba preparado para el final que sabía que vendría.
—¿Ahora? Ya va a ser media noche —dijo en un intento de hacer tiempo. Draco asintió.
—Es importante.
Harry miró hacia el salón principal y luego hacia la puerta que estaba cerrada, sin señales de Hermione o Parkinson. Finalmente, rindiéndose, asintió e hizo a Draco un ademán para que lo siguiera a la tercera planta donde había una pequeña sala con vista al jardín y una pequeña chimenea.
El camino se sintió para Harry como el camino a la orca de un sentenciado a muerte, no sabía si podría vivir sin su Omega, pero si Ron había dejado ir al amor de su vida por amor, él podría hacerlo ¿no?
Quería creer que lo lograría.
Nada más llegar, Draco se recargó en el alféizar de la ventana, mirando hacia la última blanca noche del año. Harry pensó que era como un ángel, hermoso y perfecto, hecho a la medida sólo para él y le dolió hasta el alma la pérdida de ese ser tan maravilloso; deseaba rogarle, implorarle egoístamente que no lo abandonara.
—Tu familia es maravillosa —dijo Draco como una manera de romper el hielo. Un nudo apareció en la garganta de Harry.
—Lo son.
—Es tan grande y realmente saben cómo recibir a un invitado. Las fiestas en casa siempre estaban llenas de desconocidos, aunque la tía Andrómeda siempre iba a jugar conmigo. ¿Sabías que Tonks es mi prima?
—Algo así.
El silencio entre ellos era asfixiante. Harry sentía que lo enterraban vivo.
—Hay algo que quiero decirte —dijo Draco finalmente.
Ahí estaba esa frase, nada bueno podía venir de ella.
—Vas a dejarme —murmuró Harry, aunque su intención había sido escuchar en silencio hasta el final.
Draco apartó su mirada de la ventana, dejando que la luz de la chimenea lo golpeara directamente en el rostro, transformándolo de un ángel de hielo a un ser de fuego completamente mágico.
Le sonrió.
—¿De dónde has sacado eso? —le preguntó extendiéndole una mano para se acercara a la ventana, una mano que Harry no pudo rechazar a pesar de que sabía que, si se mantenía cerca, no podría dejarlo ir.
—Tú dijiste que no... que no le pertenecías a nadie y que tú y yo no éramos nada —le respondió intentando ocultar su debilidad y tristeza y fallando miserablemente.
Draco lo miró como si le pidiera disculpas.
—Lamento lo que dije cuando estábamos con Blaise.
—No tienes que disculparte por sentir cosas —dijo con una lágrima solitaria rodando por su mejilla.
—No, Harry, es que no lo entiendes —le respondió limpiando delicadamente la lágrima—. Lo que dije con Blaise fue por impulso y lo otro era una indirecta.
—¿Una qué?
—Yo... —se sonrojó hermosamente—, creí que si hacía énfasis en que no me habías pedido que fuéramos algo, tú... bueno, lo harías. No creí que lo tomarías como un rechazo. —Harry parpadeó un par de veces, pensando que los Omegas eran realmente complicados. O tal vez sólo era el suyo—. En realidad ya no importa, porque decidí que era mi turno de dar el paso, realmente me siento seguro de compartir mi vida contigo, de tenerte como mi Alfa. Eres maravilloso Harry Potter. —Draco metió la mano con la que no sujetaba a Harry en su bolsillo y de él sacó una pequeña caja de terciopelo. Harry la tomó y la abrió, eran un par de anillos—. Esto fue lo que fui a conseguir por la tarde. Quiero que seas mi Alfa, Harry y yo quiero ser tu Omega. Por favor, cuida de mí por siempre.
Harry miró los anillos, eran los mismos que había visto en aquella joyería antes de la primera cita que había tenido con Draco, esos que traían a la pareja el amor verdadero y Draco le estaba dando uno. Draco lo amaba.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Harry, esta vez de felicidad.
—Oh, Draco... —Fue lo único que pudo decir, tomando uno de los anillos idénticos que rápidamente se amoldó a su dedo.
—No es gran cosa, estabas demorando demasiado, quiero decir ¿qué tanto pensabas esperar para pedirlo?
—Sólo quería que te lo tomaras con calma.
—Me tomé el tiempo suficiente, sé que la situación era delicada pero ahora ya estoy mucho mejor. Y ahora ¿qué esperas? El anillo no se va a poner solo en mi dedo.
Harry asintió limpiando las lágrimas de su rostro y tomando el anillo cuidadosamente entre sus dedos. Afuera, los fuegos artificiales explotaron en colores y ruidos estridentes. Colocó el anillo en el dedo de Draco y éste brilló junto con el suyo, incrementando la conexión entre ambos. Harry pensó que sería el momento perfecto para un beso pero no estaba seguro de que el Omega lo recibiera bien. Unos segundos después como si hubiera leído su mente, Draco se inclinó hacia adelante y lo besó, un beso real, húmedo y lleno de necesidad que lo dejó con las piernas de gelatina, por esa conexión tan íntima con su Omega.
Draco se separó y le sonrió.
—Te amo, Harry —le dijo, tan vulnerable como Harry nunca lo había visto.
—Y yo a ti, Draco, joder te amo demasiado —respondió volviendo a las lágrimas y estrechándolo entre sus brazos.
Afuera, los fuegos artificiales seguían iluminando la ciudad.
—
Sé que se estarán preguntando que pasó con Viktor, lo aclararé en el siguiente capítulo. Los problemas no han terminado, por supuesto. JAJAJA
Espero que la historia les esté gustando muchísimo, de verdad, leer sus comentarios me motivan a escribir porque se nota que quieren el siguiente capítulo.
Gracias por leer y gracias por su apoyo.
