Hola... Espero hayan tenido una muy buena semana. Acá les traigo otro capítulo de Todos sus besos. Como bien dije... 1 capítulo por día...No daré más vueltas, así que disfruten...

Serie Seducción de Laura Lee Gurhnke "Todos sus besos" (libro 2)

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Capítulo 17

«Sí.» Para Eriol, aquella palabra, dicha en un susurro, reverberó por la habitación como si fuera un grito. Cuando Akiho le había dicho que quería ver su casa, él había albergado la esperanza de que fuera aquello a lo que se refería, pero no iba a dar nada por sentado. Dejó que sus labios rozaran los suyos, pero no se movió ni un ápice.

Recordaba con todo lujo de detalles la noche de hacía dos semanas, y en esta ocasión no pensaba dar nada por sentado. La última vez había sido un verdadero sufrimiento tener que retirarse con el cuerpo ardiendo de deseo. Si ella lo deseaba, tendría que demostrárselo.

Los labios de Akiho estaban rozando los suyos tan tenuemente como él le había acariciado el rostro con una florecilla aquella misma tarde. Él separó los labios justo lo suficiente para animarla a seguir, pero no le devolvió el beso. Cerró los ojos, apretó los puños y esperó.

Akiho apoyó los talones en el suelo y lo atrajo hacia sí, presionándole la nuca con la mano. Esperaba que él siguiera su movimiento, pero no lo hizo.

Ella cambió el peso de un pie a otro, dubitativa.

—Eriol, ¿algo va mal?

—¿Mal? —Inclinó la cabeza hacia atrás y soltó una risita—. ¡Dios mío, no!

—Entonces... —Su voz se fue desvaneciendo, dejando la pregunta en el aire.

—¿Estás segura de que es esto lo que quieres?

Ella asintió. Parecía estar segura. Tal vez iba en serio. Eriol notó el latigazo del deseo revoloteándole peligrosamente en la entrepierna. Bajó el mentón y la miró a los ojos.

—¿No vas a cambiar de opinión cuando esté basándote y tocándote como aquella vez?

Ella negó con la cabeza y deslizó los dedos bajo los extremos del batín de Eriol, extendiendo ambas manos sobre su pecho.

—No voy a cambiar de opinión.

Lo inundó una pletórica sensación de triunfo. Tenía ganas de gritar, de proclamar a los cuatro vientos aquel triunfo tan deseado como esperado, pero sólo permitió que una sonrisa iluminara sus labios.

—Entonces, sigue —murmuró, retando a aquella mujer decente a comportarse como una chica mala—. Toca cuanto desees.

La vio morderse el labio inferior y dedicarle una atenta mirada, ladeando la cabeza. El resplandor de la luna le iluminó la mejilla y la boca. Estaba sonriendo. Le gustaba la idea.

Así de fácil y así de rápido: solamente con una sonrisa, Akiho hizo que se sintiera caliente y excitado, duro como una roca. Deseaba tomarla inmediatamente, sobre el suelo, y obtener un profundo y lascivo placer en el proceso.

Antes de atreverse a hacer siquiera algo, tomó los lentes de Eriol y los dejó en un lugar seguro, le abrió el batín y se inclinó hacia adelante para besarle el pecho. Él echó la cabeza hacia atrás, inhalando profundamente mientras escalofríos de placer lo atravesaban de pies a cabeza. Con la lengua le rozó suavemente el pezón, tentándolo, provocándolo. Eriol gimió mientras sentía que se le tensaba la entrepierna. Ella deslizó una mano vientre abajo y él casi perdió el control. Casi.

Akiho le besó el otro pezón mientras lo acariciaba justo por encima de la cintura de los pantalones.

—Quiero desnudarte.

Aquella lenta agonía estaba a punto de matarlo. Eriol apretó los dientes.

—Entonces, hazlo.

Ella levantó los brazos para abrirle completamente el batín, deslizándole el tejido por detrás de los hombros y a lo largo de los brazos. La bata cayó al suelo, un remolino de seda que provocó un ruido sordo en el silencio de la habitación. Tocó su cuerpo, explorándole los hombros, la espalda, el torso, y luego bajó al abdomen. Él soportó en silencio aquella lenta y exquisita agonía.

Él notó cómo ella le desabrochaba los botones del pantalón. Luego se arrodilló delante de él. Aquella visión: Akiho adoptando una postura de sumisión, con su erección frente a su boca y aquella sonrisa maliciosa y femenina en el rostro era una combinación tan erótica que Eriol abrió los puños y extendió una mano sobre su pelo, pero no era eso lo que él deseaba. Dejó caer la mano y dio gracias al cielo de que no hubiera ido completamente vestido al empezar. Eso habría sido una tortura insoportable para cualquier hombre.

Sin apartar su mirada de la de él, Akiho levantó la cabeza para tirarle de la bota. Primero le quitó la izquierda, luego la derecha.

«Seguro que ha desnudado a su marido. Tiene que haberlo hecho —se dijo él—,en vista de la seguridad de sus movimientos.» Los celos se le clavaron como alfileres, una emoción inesperada que casi nunca experimentaba. Pero desaparecieron tan rápidamente como habían llegado, cuando notó que Akiho le estaba bajando los pantalones. Eriol dio un paso para desembarazarse de ellos y luego los apartó de una patada.

Akiho se puso en pie, devorándolo con la mirada como si fuera un pastelito de brandy. A Eriol le gustaba aquella mirada; le gustaba muchísimo.

La atrajo hacia sí, apretándola fuertemente contra su cuerpo con un movimiento tan repentino que hizo que Akiho dejara escapar un grito sofocado. Esta vez sí la besó, un contacto pleno con sus labios suaves y carnosos que le permitió probar el sabor de su boca y despojarla de todo control. Saboreó aquel beso. Luego dejó caer los brazos a ambos lados del cuerpo, y le encantó que ella rodeara su cuerpo desnudo con los suyos. Pero él sabía que no podría contenerse mucho más.

Rompió el contacto con los labios de Akiho y ladeó la cabeza para besarla en la oreja de la forma que a ella le gustaba.

—Akiho —dijo con un ronco susurro mientras le rozaba la oreja con el labio inferior—, quítate la ropa.

Ella soltó una risita trémula y dejó que la bata le resbalara por los hombros.

—¿Y quién eres tú para darme órdenes? Creía que era yo quien estaba al mando.

—Vas demasiado despacio. —Alargó el brazo y le desabrochó los cinco botones del camisón. Luego deslizó ambas manos por los costados del cuerpo de Akiho, deteniéndose a la altura de las caderas, apresó los pliegues de lino con sendos puños y le levantó la prenda—. Quiero verte desnuda, y lo quiero ahora.

—La paciencia es una virtud —dijo ella mientras levantaba los brazos por encima de la cabeza.

—La virtud es lo último que ahora se me pasaría por la cabeza. ¿Has olvidado con quién estás hablando?

—Se supone que soy yo quien da las órdenes, que tenemos que hacer lo que yo quiera —prosiguió ella, su voz amortiguada por el camisón de lino que él le estaba pasando por la cabeza.

Eriol tiró el camisón al suelo y dio un paso atrás para mirarla. Observó sus bonitos y enhiestos senos, ahora más llenos y voluptuosos que hacía unas semanas. Su piel era pálida y traslúcida bajo la luz de la luna, y la visión de los rizos color rubio oscuro que asomaban entre los muslos hizo que todo el cuerpo de Eriol se pusiera tenso mientras se esforzaba por no perder el control.

Apretó los labios contra la oreja de Akiho mientras ahuecaba una mano alrededor de uno de sus senos. Sí, ahora estaba más llenito, pero seguía teniendo una forma exquisita. Acarició con el pulgar la dura y abultada prominencia del pezón y el rugoso y aterciopelado círculo de la areola.

—¿Es esto lo que quieres?

Ella emitió un sonido de consentimiento que se ahogó en su garganta. Él sonrió, un mechón suelto del suave cabello de Akiho le estaba haciendo cosquillas en la mejilla.

Inclinando la cabeza hacia adelante, separó los labios y se introdujo el pezón en la boca. Ahora le tocaba a él atormentarla, y se aprovechó al máximo de la situación, comprimiéndole suavemente el pezón entre la lengua y los dientes una y otra vez. Buscó el otro seno con la mano que le quedaba libre y lo apresó completamente con la palma.

Ella se le agarró a los hombros mientras frotaba instintivamente las caderas contra él, la curva de su pelvis rozando apenas su erección, como un sedoso revoloteo. Eriol se rio mientras se apretaba contra el cuerpo de ella y deslizaba una mano por sus costillas y luego por el ombligo. Le rozó con las yemas el suave triángulo del vello púbico, palpándole el ápice del sexo con el índice.

—¿Es esto lo que quieres?

Ella gimió su nombre, sintió que le fallaban las piernas y le rodeó el cuello con los brazos mientras apretaba convulsivamente los muslos alrededor de su mano.

—¿O esto? —Introdujo suavemente la punta del dedo en su interior y ella gritó de placer. Estaba húmeda, y era tan blanda y tan suave por dentro.

Él se retiró y ella se arqueó, buscando el contacto de su mano, pidiendo más, preparada para recibir su empuje. Él se mordió el labio inferior, sintiendo la doloroso presión de los dientes mientras se esforzaba por aguantar sólo un poco más.

—Es esto lo que quieres, ¿verdad? —Ahondó más en su interior y volvió a salir, una y otra vez, acariciando los pliegues de su abertura y aumentando su humedad con la mera flexión de la mano.

—Sí —dijo ella entre susurros, frenéticamente, el rostro hundido en los hombros de él, la jadeante respiración caliente contra su piel—. Sí, sí. Oh. Sí. Ohhh. —Se le desencajó el rostro y llegó al clímax con un largo gemido de éxtasis, los muslos apretados alrededor de la mano de Eriol mientras decía su nombre una y otra vez.

Él volvió a mover la mano, acariciándole la cara interna de los muslos.

—Ha llegado el momento, creo.

—Sí —asintió ella con un gemido—. ¿Hay alguna cama por aquí?

—No. —Puso las manos sobre sus hombros e hizo que lo siguiera. Apoyó la espalda en una esquina y los hombros en las dos paredes adyacentes. La agarró por las nalgas y la apretó contra su cuerpo—. ¿Acaso necesitamos una?

Antes de que ella pudiera contestar, la apretó con más fuerza.

—Abre las piernas —le ordenó mientras la levantaba—. Rodéame el cuerpo con ellas.

Ella obedeció, emitiendo un sonido sofocado y ardiente al notar que el glande rozaba sus partes más íntimas mientras él inhalaba profundamente su perfume a pera y su fragancia femenina. Eriol se contuvo, apretándose contra los suaves y húmedos pliegues de su abertura sin penetrarla. Respiraba entrecortadamente.

—¿Y esto, Akiho? —dijo con un ronco susurro—. ¿Esto también?

Ella apretó las piernas alrededor de su torso.

—Sí —respondió entre jadeos.

Eriol empujó e introdujo el miembro dentro de ella, sólo un poco, y luego se detuvo.

—¿Estás segura?

Lo dijo bruscamente, casi con brutalidad. Podía oírse a sí mismo. No era el momento de actuar con suavidad.

—¡Venga! ¡Hazlo! —jadeó Akiho contra su cuello, dándole órdenes—. Sí. Por favor. Hazlo.

La agarró todavía con más fuerza y empujó, empalándola con su ererección, haciendo salir al fantasma del hombre que ella había conocido antes que a él. «Mía —la reclamó para sus adentros—. Es mía.»

Apretando brazos y piernas alrededor del tronco de Eriol, Akiho siguió su ritmo, gritando en pleno éxtasis una y otra vez mientras él apresaba sus nalgas con ambas manos. Él la penetró todavía más profundamente hasta que, por fin, se desató toda su pasión con un ritmo rápido, frenético, salvaje. Con un grito entrecortado, Eriol llegó al clímax, convulsionándose de pies a cabeza con el insoportable placer de la eyaculación.

Apoyó la cabeza en la esquina, y ella dejó caer la frente sobre su hombro. La sostenía en el aire, todavía dentro de ella, y ambos estaban completamente inmóviles. El pitido que Eriol siempre oía dentro de la cabeza se había convertido ahora en un distante zumbido, amortiguado por la salvaje respiración de ambos, eclipsado por el tierno calor de sus cuerpos entrelazados.

Al cabo de unos segundos, él se retiró y la dejó en el suelo.

—¿Te apetece una visita turística por el lugar? —le preguntó, y luego le besó la boca. Le besó las mejillas, los hombros desnudos, el mentón, el pelo.

Pero lo único que a ella le apetecía en aquel preciso momento era que la abrazara, la acariciara, que volviera a moverse en su interior. Ella negó con la cabeza y le besó la barbilla, acurrucándose contra su hombro.

—Ahora no tienes el cuerpo para aventuras, ¿verdad? —Eriol estaba sonriendo contra su pelo, ella lo sabía por su voz. De repente, él levantó la cabeza y echó un vistazo alrededor—. Tengo una idea —dijo—. No te muevas. Vuelvo dentro de un minuto.

Él se alejó y Akiho se volvió, apoyándose contra la pared mientras observaba cómo él se movía por la habitación iluminada por la luz de la luna, sorteando trastos dispersos a diestro y siniestro buscando los lentes para poder ver mejor.

Su cuerpo era espléndido, fuerte y musculoso. Hermoso en un sentido profundamente masculino. Sonrió, sintiéndose tan achispada y alegre como si se hubiera tomado unas copas de más, dominada por una euforia tan profunda que le hacía tener ganas de reír y llorar al mismo tiempo, y de volverlo a hacer.

Lo oyó remover cosas en otra habitación y se preguntó qué estaría haciendo. No tuvo que preguntárselo durante mucho rato. Cuando Eriol regresó, llevaba un largo tubo enrollado sobre el hombro y, cuando se acercó más, Akiho vio en la penumbra que se trataba de una alfombra.

—Se me ocurrió que debía de haber una o dos aquí dentro —dijo mientras se encogía de hombros, se sacaba nuevamente los lentes ya que no los necesitaba cuando la tenía a ella cerca y dejaba caer la alfombra sobre el suelo.

Se arrodilló y sostuvo los flecos de un extremo con una mano mientras empujaba la alfombra con la otra para desenrollarla. Logró desplegarla pero, en cuanto estuvo completamente desenrollada, el extremo que tenía a los pies empezó a enrollarse de nuevo.

Akiho dio un salto para pisar la recia alfombra Axminster a fin de frenar su movimiento y, nada más hacerlo, se le escapó una risita. Él se arrodilló, se apartó el pelo de la cara con un rápido movimiento de la cabeza y le dirigió una mirada guasona.

Mirándole los pies, le dijo:

—Creía que eran los hombres quienes lo hacían con las botas puestas. —Se rio a carcajadas y luego ladeó la cabeza, meditando detenidamente mientras la estudiaba—. Me gusta —dijo, y luego le dirigió una mirada llena de malicia—. Pero creo que me gustaría todavía más si te acercaras y me dejaras quitártelas.

—¿Eso harías? —Akiho se pasó la lengua por el labio inferior. Anduvo hasta el centro de la alfombra, se sentó y extendió una pierna hacía él—. Adelante.

Él se le acercó y se sentó sobre las rodillas, tomándole el pie con ambas manos. Le quitó el botín y lo dejó a un lado, luego le quitó la liga y las medias, enrollándolas delicadamente, y le colocó el pie desnudo sobre la alfombra junto a su cadera. Repitió el procedimiento con el otro pie, separándole los muslos. Pero, cuando hubo acabado, no se acercó para introducirse entre ellos. En lugar de eso, apoyó las palmas en las rodillas y la miró.

—Tu pelo, Akiho —dijo mientras bajaba la mirada hasta la cinta de muselina que ataba su trenza—. Déjame vértelo suelto.

Ella se estaba derritiendo bajo aquella mirada ardiente y nublada por el deseo. Sus dedos buscaron el extremo de la trenza, que reposaba sobre su pecho desnudo. Desató la cinta de muselina y empezó a deshacerse la trenza.

Eriol se movió para tumbarse sobre la espalda, apoyando el peso del cuerpo en los codos, mientras observaba cómo la larga cabellera de Akiho se desparramaba sobre sus hombros.

—Ésa —dijo él—. Ésa es la visión con la que he soñado cientos de veces... ¡Dios mío! Ojalá fuera de día para poder ver todos los matices de tu pelo. Ven aquí.

Ella lo hizo, deslizando ambas palmas por el largo y fuerte cuerpo de Eriol mientras abría las piernas sobre sus caderas y él apoyaba la cabeza en la alfombra. Agarró su gruesa erección y la introdujo mientras se apretaba contra él, gritando de placer cuando él empujó hacia arriba buscando un contacto más profundo, penetrándola completamente. Su miembro estaba grande y duro, y la llenó con un único y rápido empuje, luego volvió a hundirse en la alfombra al levantar las manos para apresar y acariciarle los senos.

Ella apoyó las palmas en el pecho de Eriol y lo montó. Él se movió con ella, sus miradas entrelazadas. Una de sus manos jugueteaba con uno de los senos de ella, mientras la otra descendía hasta el punto en que ambos se unían, la palma sobre su vientre, acariciándola con la yema del pulgar en el lugar más placentero. Ella se balanceó arriba y abajo sobre él con movimientos rápidos y frenéticos para alcanzar el orgasmo.

Akiho llegó antes y Eriol la siguió. El cuerpo de él se tensó cuando empujó hacia arriba para penetrarla por última vez y luego se convulsionó mientras ella se dejaba caer sobre él, cubriéndole el rostro con su pelo.

Él se echó a reír. Una risa pletórica, sin lugar a dudas. Akiho levantó la cabeza, sonriendo mientras se apartaba el pelo de la cara y lo miraba a través de la tupida cortina rubia.

—Si esto es decencia —dijo él, apartándole el pelo del rostro para rodeárselo con ambas manos—, creo que podría acabar acostumbrándome a ello.

El corazón de Akiho estaba repleto de una ternura y una felicidad que llevaba años sin sentir. Había olvidado lo maravilloso que era enamorarse.

—Gracias —le susurró al oído y luego lo besó.

—¿Por qué? —preguntó él mientras ella se estiraba a su lado.

—Por... —Escondió el rostro en su hombro, extrañamente azorada—. Ya no me siento como una viuda reseca y amargada.

—Nunca lo has sido. —La apretó contra su costado y le besó el pelo, sin bromear sobre lo que había dicho Akiho. En lugar de ello, la mantuvo abrazada durante largo rato, un brazo haciéndole de almohada y el otro rodeándole la cintura.

Akiho no podía dormir, estaba demasiado llena de intensas emociones. Pero notó cómo el cuerpo de Eriol se iba relajando y, al cabo de un rato, se quedó dormido.

Sonrió mientras observaba su rostro, a sólo unos centímetros del suyo. Incluso con las facciones dulcificadas por el sueño, seguía pareciendo un desvergonzado vividor. Alargó la mano para tocarle la mejilla, pero se detuvo antes de hacerlo. No quería despertarlo. En lugar de ello, se acostó sobre la espalda y miró al techo. Aquella casa iba a ser su casa, su hogar.

Era todo con cuanto había soñado durante aquellos tres largos años en que había estado intentando encontrar la forma de volver a tener un hogar. Era acogedora y confortable. Tenía jardín, un palomar y todo cuanto podía desear. Pero, de algún modo, en cierto sentido que no podía definir, había algo de todo aquello que le preocupaba.

Eriol se agitó en sueños y Akiho sintió una repentina punzada de miedo, como si se tratara de una premonición. Y entonces se dio cuenta de lo que le preocupaba. Miró fijamente el blanco techo abovedado y supo que, cuando aquella aventura amorosa llegara a su fin, dejaría de vivir allí porque no podría soportarlo.

Cuando Eriol despertó, ella ya se había ido. Sintió su ausencia antes incluso de abrir los ojos, aunque su olor seguía invadiendo sus sentidos. Al hacerlo, parpadeó contra la brillante e inesperada luz del sol que entraba en la habitación.

—¿Akiho?

El eco de su llamada retumbó en las paredes de la casa. Miró a su alrededor. Su camisón, su bata, sus medias y sus botines se habían ido pero la cinta de su pelo seguía sobre la alfombra, una tira de muselina color azul tirando a violeta.

Había dormido. Esa percepción se le impuso con repentina claridad, a pesar de lo aturdido que estaba. Realmente había dormido durante horas, pensó, en vista del sol que se colaba por la ventana.

Con Akiho a su lado, había dormido como duermen los hombres normales y corrientes, un sueño relajado, tranquilo, reparador. El ruido estaba allí, por descontado, pero era más débil de lo que había sido jamás. No le dolía la cabeza. Se sentía realmente descansado por primera vez en años. Eriol acarició la cinta de muselina entre los dedos y sintió que todo dentro de él volvía a estar en su sitio. Se llevó la cinta azul a los labios, inspiró profundamente y se la guardó en el bolsillo.

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Ok nenes y nenas... Seguro compartirán esto conmigo... ¡ya era hora que nuestro músico tuviera lo que quería y que nuestra Akiho diera rienda suelta a la pasión!!

¿Qué les ha parecido la el capítulo?...

Mil gracias por seguir leyendo a pesar de que me estoy tardando un poco más de lo normal... Trataré de ponerme las pilas en ello...

Nos estamos leyendo n.n