- Vamos a aprovechar este momento para registrar la habitación de Dio – dijo Giorno -. Mista, vigila que no venga nadie.

- ¿Por qué me toca a mí el único trabajo aburrido? - se quejó Guido - ¿Puedo al menos cantarle una serenata a Narancia mientras tanto?

- No, no puedes.

- ¿Por qué?

- Se distraería.

- Si fuera a distraerse, ¿no crees que sería por lo ceñidos que son mis pantalones?

- Nos distraerías a todos.

- Giorno, no sabía que te sentías así...

- Lo dice por tu voz de urraca, no te hagas ilusiones – lo reprendió Fugo mientras les hacía señas para que entrasen en la habitación.

- Se me ocurre algo más divertido todavía, Mista – dijo Narancia -. Vamos a curiosear en su armario. Pase de modelos.

- ¡Pase de modelos! - secundó Mista.

Narancia abrió el armario de par en par y empezó a rebuscar.

- ¡Tiene un estante solo para las plataformas! ¿Y qué es esto? ¿Purpurina?

Tiró de la manilla del primer cajón y se quedó congelado en el sitio.

- ¿Fugo? ¿Me puedes explicar qué es esto?

- ¿Qué tengo que ver yo con el padre de...? Oh.

Fugo se quedó mirando el contenido del cajón mientras todo rastro de vida se escapaba de sus ojos. Trish se acercó por detrás y le dio una palmada en la espalda.

- Hey, nosotros teníamos de esos en el local – dijo -. Una habitación llena. Les gustaba coleccionar instrumentos de tortura.

- No son instrumentos de tortura - balbuceó Fugo.

- Pero si siempre que los utilizaban se oían gritos de... Oh.

-Oh – estuvo de acuerdo Mista -. No te preocupes, una semana con Abbacchio y no volverás a cometer ese error.

- No sé qué me perturba más, si la colección de juguetes sexuales o el cajón lleno de crucifijos – dijo Giorno.

- Puede que los crucifijos sean parte de la colección - Fugo miró al suelo para no tener que responder ante Giorno por las bromas sexuales sobre su padre, pero la atención de su novio estaba en otra parte.

- Mista, ¿qué te he dicho sobre cantarle a Narancia? - resopló Giorno.

- Que no lo haga.

- ¿Entonces por qué lo estás haciendo?

- Eso no fui yo.

- ¿Y qué más suena como el chillido de un halcón, a parte de ti cuando intentas cantar?

- El chillido de un halcón - respondió Mista con los ojos muy abiertos.

Un ave del tamaño de un pollo muy gordo se abalanzó sobre él dispuesto a clavarle las uñas, pero afortunadamente el horrible gorro que llevaba impidió que pudiera despellejarlo en el primer ataque.

- ¡Haceos bolita! - ordenó Fugo – De nada sirve escapar de uno de los animales más rápidos del planeta que puede llegar a alcanzar la velocidad de 390 kilómetros por hora en vuelo picado.

- Dios, Fugo... - murmuró Giorno, sintiendo cómo se extendía por su cuerpo una súbita oleada de calor.

- No os destapéis la cara. Intentad placarlo con...

-¡Mi gorro! - se lamentó Mista mientras el halcón revoloteaba alrededor de su cabeza.

Giorno se acercó sigilosamente por detrás, preparándose para agarrarlo en el aire como si fuera una gallina. En cuanto sus dedos rozaron el plumaje del ave, esta cayó al suelo con un golpe seco y todos quedaron en silencio.

- ¿Dónde está mi gorro? - preguntó Mista – Necesito recuperar mi gorro. Y mi dignidad.

- ¿Está... Muerta? - balbuceó Narancia.

Trish se acercó y puso una mano sobre el animal.

- Está congelada.

- O sea, que está cadáver.

- No, literalmente está congelada. Hay una capa de hielo bastante gruesa sobre su piel.

Fugo se lanzó sobre Giorno y lo estrujó entre sus brazos.

- ¿Sabes lo que esto significa? - dijo, acariciando con su pelo la mejilla de su pareja.

- ¿Que no vamos a morir despedazados por un pajarito?

- Además de eso. Giorno, todo indica a que no eres del todo humano. Primero te muerde un zombie y descubrimos que eres inmune al virus, y ahora manifiestas un poder extraño que te permite controlar el hielo. O el agua. O la temperatura. No tengo muy claro lo que acaba de pasar.

- Yo tampoco.

- Sé lo que eres – dijo Narancia solemnemente, agarrándose al brazo de Trish -. La trenza... La homosexualidad latente... Los poderes de hielo... Eres Elsa de Frozen.

- No es Elsa de Frozen - protestó Fugo.

- ¿Seguro? - preguntó Trish con una sonrisa - ¿Acaso tienes alguna prueba que demuestre efectivamente que Giorno no es Elsa de Frozen?

- Giorno, ¿eres Elsa de Frozen? - preguntó Mista anonadado.

- Dios mío, ¿soy Elsa de Frozen? - gimió Giorno.

Fugo soltó un largo suspiro e intentó desaparecer entre los brazos de Giorno para no tener que seguir lidiando con las estupideces de sus amigos.

- ¿Y si eres un vampiro? – musitó entre los pliegues de la ropa del otro.

- ¿Por qué iba a ser un vampiro? Todo apunta a que soy Elsa de Frozen.

Fugo le pellizcó la nariz.

- ¿Te acuerdas de lo que dijo Hol Horse en el campo de tiro?

- No creo que debamos hacer mucho caso a lo que diga Hol Horse… Por ejemplo, no parece que piense que mi padre es atractivo. Y se parece mucho a mí, así que…

- Pero, por otro lado, no tiene razón para soltar una mentira tan descabellada como que hay un culto de vampiros cristianos intentando exterminar a la raza humana.

- Igual pretendía confundirnos – dijo Giorno, pensativo.

- Teniendo en cuenta que acabas de congelar un halcón, la teoría de Fugo tampoco es tan loca – opinó Trish.

- ¿Qué cojones hacia un halcón en un espacio cerrado? – preguntó Mista al grupo – Las ventanas ni siquiera están abiertas.

- No recuerdo que Elsa fuese un vampiro… - se quejó Narancia.

- ¿Cómo voy a ser un vampiro? – Giorno rió, apartando con cuidado uno de los mechones dorados de la frente de Fugo – Nunca he tenido problema en salir de día, ¿no crees que si de verdad fuera un vampiro ya me habría desintegrado hace años?

- Pero, por otro lado, sí que tienes unos colmillos bastante llamativos – protestó su novio -. Y no sabemos exactamente cómo funciona todo esto. Igual al ser hijo de un vampiro y una humana tus características sobrenaturales se ven debilitadas.

- En eso tienes razón – admitió Giorno -. Pero sigue pareciéndome demasiado surrealista.

- Hagamos una demostración, entonces – Fugo se bajó el cuello de la camisa en un gesto decidido -. Muérdeme.

- No creo que sea buena idea… - dijo Trish instantes antes de que Mista la agarrase por la cintura y la escoltase hasta la puerta de la habitación, con Narancia pisándole los talones.

- ¡Pasadlo bien! – gritó Guido.

Se oyó un portazo y Fugo se deshizo del agarre de Giorno.

- Tenemos que hablar.

Giorno sintió que su sangre se congelaba y temió que sus poderes de hielo se hubiesen activado accidentalmente. Había pasado una semana luchando por su vida contra hordas de zombies hambrientos, pero el miedo que había experimentado no podía compararse a la sensación de vértigo que le provocaron esas tres palabras. Se maldijo por ser tan vulnerable y contestó con la garganta seca:

- Dime.

- Tenemos que hablar larga y detenidamente sobre nuestro futuro juntos – Fugo se sentó en el suelo e invitó a Giorno a hacer lo mismo -. Dejar que me muerdas sin tener ni la más remota idea de las consecuencias me parece un riesgo innecesario. No me malinterpretes, estoy deseando tomar todo tipo de riesgos innecesarios contigo. Pero del tipo que se pueden solucionar con un beso o unas palabras de cariño. Siento que este riesgo podría poner en peligro nuestra relación si no lo sopesamos bien. Y eso es lo único que no quiero perder. No te conozco desde hace mucho, y aún así me has demostrado que puedo confiar plenamente en ti y… Perdón si me paso de intenso. Pero nunca había conocido a alguien como tú, Giorno. Tan perfecto y tan humano. Te admiro tanto y a la vez quiero cuidarte y aliviar todos tus males. Por eso mismo, por mucho que te seguiría hasta el mismísimo infierno, necesitamos saber antes cómo funciona la transformación. No querría que accidentalmente me matases y tuviese que dejarte solo.

Fugo habló sin tomar aire, como si tuviese prisa por sacarse las palabras de encima lo más rápido posible.

- Fugo, no tengo la intención de morderte todavía – dijo Giorno con suavidad -. No hasta que me demuestres que eso es lo que de verdad deseas. Y lo mismo se aplica al resto de nuestra relación. A veces creemos que somos felices solo complaciendo a los demás, pero es una mentira que nos repetimos una y otra vez con la esperanza de que se convierta en realidad. La verdad está en las cosas que compartimos. Yo te quiero a ti, y tú me quieres a mí… – de repente, Giorno se puso rojo y tuvo que hacer una pausa – Hipotéticamente hablando. Todo lo demás debe nacer de ahí, y si uno de los dos falta se volverá un espejismo.

- Está bien, Giorno – Fugo rió para intentar ocultar el temblor de su voz -. No quiero desaparecer, así que lo diré primero. Te quiero.

Giorno ocultó una enorme sonrisa en el cuello de la sudadera que le había robado a Mista y murmuró:

- No me refería a eso…

- Perdón – se disculpó Fugo -. Pero me parecía el momento idóneo. Ya te dije que era un intensito.

Mista abrió la puerta de par en par, clavando los pies con fiereza a cada paso con una expresión compungida. Puso un condón en la mano de Fugo y volvió por donde había venido sin decir una palabra.

- Creo que se siente responsable de nosotros ahora que Bucciarati no está – Fugo sonaba muy alterado a pesar de sus esfuerzos por mantenerse sereno.

- Puede.

Giorno ayudó a Fugo a ponerse en pie, y cuando estuvieron a la misma altura lo atrajo hacia sí para rozar sus labios con los suyos en un gesto de cariño. Pannacotta entornó los ojos antes de inclinarse sobre él para volver a besarlo más lentamente, mientras acariciaba su mejilla con el pulgar.

Giorno se separó con delicadeza, le dio la mano y lo condujo hasta la puerta, donde les esperaban sus amigos jugando una partida improvisada de Uno.