CRIMEN

GELLERT GRINDELWALD

Julio de 1897


—Te quiero, Albus —Gellert siempre fue transparente. Su sinceridad se le antoja como miles de limaduras de cristal que atraviesan sin piedad el cuerpo del otro joven—. Eres mi hermano, ya lo sabes.

No es fácil.

No es fácil decir adiós. No es fácil abrazar a Gellert. No es fácil mantener la compostura y fingir que no le va a echar de menos con cada átomo de su ser.

No es fácil. En absoluto.

—Durmstrang te espera —Albus siempre fue solemne. Parece esconder un secreto detrás de cada una de sus palabras. Estará escondido eternamente tras sus medias tintas y sus frases enigmáticas—, y todos sabemos que nadie puede hacer esperar al Instituto.

Es difícil.

Es difícil convivir con la mesura de Albus. Es difícil arrancarlo de su cascarón. Es difícil concederle ese espacio que tanto necesita.

Es difícil. Casi agotador.

Amar en secreto debería ser un crimen.

Gellert hace mutis. Le da la espalda a su amigo y camina hasta el final de la colina. No duda, no se da media vuelta; no corre a sus brazos, no lo besa como si fuera la última vez. Roza el traslador escondido en la hierba y desaparece.

Albus se queda allí, observando el horizonte. La resplandeciente mañana de julio se burla de él. Del interior de su chaqueta extrae el desiluminador que su amigo le regaló hace meses: «Para cuando estés perdido», le había dicho. Lo saca y lo coloca en frente del sol, después lo acciona. Sería maravilloso poder apagarlo; sumir la colina en la más absoluta oscuridad y que el mundo empatice con su pesar.

No lo hace. Guarda de nuevo el objeto en su chaqueta y se marcha en dirección contraria.