Capítulo 16
Aunque estuviese en territorio enemigo, MacGregor parecía tener muy poca dificultad para relajarse, pues se durmió poco después de que llegaran sus hombres. El encargado de vigilar permanecía despierto, pero mostraba poco interés en lo que sucedía dentro. Estaba sentado de espaldas a la entrada de la cueva y sólo las había observado en una ocasión.
Candy advirtió que no habría un mejor momento para intentar escapar; miró a Aelfread y señaló con la cabeza sus manos atadas. Se movió hasta quedar de espaldas a su amiga, miró por encima del hombro y vio con alivio que Aelfread había entendido. La pequeña mujer se miró las manos atadas, se tocó el nudo y se movió hasta quedar espalda con espalda con Candy. Tanteó con sus manos frías las de su compañera de infortunio, y comenzó a soltar la cuerda.
Poco después, Candy notó que la cuerda se aflojaba y sus manos quedaron libres. Observó con nerviosismo al guardia y empezó a desatar a su amiga.
Las dos mujeres se dirigieron una mirada que oscilaba entre el triunfo y el temor cuando las cuerdas que maniataban a Aelfread cayeron finalmente. Se desataron los tobillos y se pusieron las cuerdas por encima. Candy miró de nuevo al guardia, pensando en el próximo paso: era la parte más difícil. Habría deseado que se quedara dormido como lo habían hecho sus compinches, y avanzar en puntillas hasta la playa. Por desgracia, el hombre no estaba cooperando, pues parecía estar muy despierto.
Candy examinó el interior de la cueva, buscando algo para inspirarse, o por lo menos para golpearle la cabeza al guardia. Pensó en los remos, pero estaban amontonados en el suelo bajo los botes, de modo que eran inalcanzables.
Fijó su mirada una piedra de buen tamaño que estaba junto a ella y se inclinó para examinarla, llevándose una agradable sorpresa cuando se movió. La sopesó con la otra mano, la ocultó satisfecha en su vientre y observó al guardia con detenimiento.
Sí, eso serviría, decidió; la piedra lo dejaría inconsciente si daba en el blanco. Ahora sólo tenía que preocuparse por el ruido que produciría el impacto, pues de nada serviría dejar inconsciente a un hombre si los otros se despertaban.
Hizo muecas y movió la cabeza en silencio. Este asunto de la huida era una tarea extenuante, especialmente si pensaba en lo que sucedería si lo lograba. No sabía qué sería peor, si quedarse allí o huir y enfrentarse a su marido. Albert no estaría nada complacido al saber de sus hazañas. Y tendrían que contárselo.
Un codazo de Aelfread le hizo concentrar su atención en la entrada de la cueva. El guardia no estaba allí.
Se quitó la mordaza, agarró la piedra y se incorporó en silencio. Se deslizó por la pared hasta llegar a la entrada tan sigilosamente como pudo. Una sonrisa afloró en sus labios cuando vio lo que hacía el guardia, que contemplaba el océano, silbando como si nada a unos tres metros de distancia.
Miró a Aelfread y ambas se rieron al verlo. Candy le hizo señas para que permaneciera allí, respiró hondo y avanzó hacia él tan rápida y sigilosamente como pudo.
El hombre debió intuir que alguien se acercaba, fue lo único que Candy logró imaginar. No hizo un solo ruido mientras se aproximaba y él no podía verla. Pero cuando iba a mitad de camino hacia el hombre, éste se dio vuelta bruscamente. Quedó boquiabierto al verla y pareció petrificado.
Candy sólo atinó a levantar la roca y a lanzarla con todas sus fuerzas, arrojándola con fuerza hacia la cabeza del guardia.
Él gimió y levantó los brazos para protegerse la cabeza; con este movimiento, soltó los pantalones, que cayeron y se le enredaron en los tobillos, de modo que el hombre cayó cuan largo era sobre la arena. Candy comenzó a correr hacia la playa, seguida por Aelfread, que había sido testigo de la escena.
Cuando llegó a la orilla, Candy miró atrás y vio que el guardia se había subido los pantalones y estaba en la entrada de la cueva, gimiendo asustado como una oveja. Por si esto fuera poco, MacGregor, alertado por los gritos del hombre, las vio y salió a perseguirlas.
—¡Vete! —gritó Aelfread cuando su amiga se aproximó. Candy se sumergió en el agua y buceó hasta que se quedó sin respiración. Cuando salió a la superficie, vio que Aelfread iba delante de ella, nadando con ímpetu hacia las rocas.
Miró por encima del hombro y vio que MacGregor se estaba acercando a la orilla. Dos de sus hombres estaban delante de él y otros dos arrastraban un bote tan rápido como podían. En cuanto al desgraciado de Iam, trastabillaba como sonámbulo, aún medio dormido.
Candy avanzaba detrás de Aelfread, pidiendo al cielo resistencia y velocidad. Sabía que necesitaría ayuda. Aunque se estaba recuperando muy bien de su herida y de las fiebres, era consciente de que no había recobrado completamente su fortaleza y energía, y ya se sentía fatigada.
Sacó fuerzas de flaqueza, y se lanzó hacia el saliente. Se sintió más que aliviada al ver que Aelfread ya había llegado junto al acantilado, donde se mantenía a flote. Observó que el mar ya había inundado la cueva y que su amiga buscaba la roca puntiaguda que señalaba la entrada, ahora sumergida bajo el agua. Se llenó de pánico al concluir que tendrían que cruzar el túnel buceando si querían entrar en la cueva. Sin embargo, se sobrepuso con determinación; Aelfread encontraría la roca y ambas lograrían atravesar el túnel. Tenían que hacerlo.
Candy supo el momento exacto en que Aelfread encontró lo que buscaba; su rostro se llenó de alivio, pero la placentera sensación duró poco y se transformó en pánico tan pronto la miró. Esto bastó para que Candy confirmara sus sospechas: sus perseguidores les pisaban los talones y casi podía sentir la respiración del hombre en su cuello.
Un instante después, Aelfread lanzó un grito de advertencia cuando Candy sintió que una mano le sujetaba un pie y un tirón abrupto la arrastraba hacia el fondo. Manoteó en el agua con ímpetu, luchando por salir a la superficie y dando frenéticas patadas a su captor. Sintió que su pie golpeaba algo, entonces empujó con todas sus fuerzas y volvió a salir a flote.
Cuando emergió a la superficie, vio que el hombre que la seguía estaba tan sólo a un cuerpo de distancia. Presa del terror, Candy tosió expulsando el agua que había tragado e inhaló con dificultad una bocanada de aire fresco. Siguió tenazmente la advertencia de Aelfread, logrando mantener la corta distancia que la separaba de su perseguidor y se acercó a ella.
—¡Vete! —le gritó desesperada y Aelfread se zambulló de inmediato.
Candy tomó un poco de aire y la siguió tan de cerca como pudo. Mientras nadaba, su pie chocó de nuevo con algo que parecía pertenecer a un ser humano y comprobó cuan próximo estaba. Se valió del cuerpo del hombre para tomar impulso y alejarse de él, y buscó con sus manos la pared de enfrente, pues sabía que estaba allí.
Albert maldijo, se apartó de Shropshire y condujo a los hombres a las escaleras. El temor por la suerte de Candy lo estaba carcomiendo y lo obligó a ir hacia la dársena para seguir a George. Era un suplicio ignorar lo que estaba sucediendo. ¿Estaría MacGregor acechando a Candy y a Aelfread en ese instante sin que ellas lo supieran? ¿O acaso ya se habrían encontrado con él y estarían en su poder?
Era inconcebible esperar noticias de George, pues estas preguntas le estaban destrozando los nervios. Necesitaba actuar; tomaría un bote para ir hasta la playa. Si Candy estaba allí la traería de vuelta, aunque tuviera que matar a todos los MacGregor. No podía perderla. La amaba.
Este pensamiento no le produjo placer ni sorpresa. Había estado luchando contra sus sentimientos desde el día en que hicieron el amor en la playa; fue allí cuando supo que la fiebre no había dejado a su esposa sin entendimiento. Había conocido muchas cosas sobre ella ese día: que era inteligente, apasionada, hermosa y de buen corazón. Ya había descubierto que era valiente y leal cuando escuchó la historia de cómo había salvado a su hermano. ¿Cómo no amarla? Y sin embargo, su amor por ella no le había dado felicidad. La última semana había sido un tormento, pues había tenido que esforzarse mucho para tratarla con brusquedad con objeto de ocultar sus sentimientos. Tenía que hacerlo, porque sabía que Candy no lo amaba. Para ella, él no era más que un extraño.
Eso cambiaría, decidió inflexible, y luego se detuvo al pisar el primer escalón cuando el sonido del agua salpicó sus espaldas. Se dio la vuelta y miró perplejo a la mujer que apareció en el agua.
—¡Aelfread! —Su nombre sonó como un rugido en la garganta de Tom, mientras todos los demás se apresuraron a la plataforma de la roca. Aelfread giró en el agua y observó con sorpresa a su esposo y a sus compañeros; luego se aproximó exhausta a la plataforma.
—Candy —dijo jadeante mientras su esposo la sacaba de un tirón del agua.
—¿Dónde está? —preguntó Albert mientras Tom envolvía a la mujer en su generoso abrazo.
—MacGregor.
Albert quedó paralizado al oír aquel nombre y palideció como si se hubiese puesto enfermo de repente.
Aunque Tom se había tranquilizado mucho al tener a Aelfread en sus brazos, miró preocupado a su señor; luego apretó con más fuerza a su esposa y le preguntó con suavidad:
—¿Qué sucedió con MacGregor, esposa mía? ¿Tiene a lady Candy en su poder?
Frustrada por no poder recobrar el aliento, Aelfread movió la cabeza.
—Merienda... playa... MacGregor... cueva del acantilado...
—¿Os fuisteis de merienda a la playa y MacGregor estaba allí, oculto en la cueva del acantilado? —tradujo Jimmy.
Cuando Aelfread asintió, Albert la tomó de la mano para llamar su atención y le preguntó desesperado:
—¿Atrapó a Candy?
Aelfread asintió de nuevo.
—Nos atrapó... a las dos. —Aquellas palabras sembraron el horror en las miradas de todos los hombres que estaban en la cueva, hasta que añadió—: Escapé. Nadé hasta aquí. —Todos suspiraron aliviados y añadió—: Nos siguieron.
—Pero tú escapaste. ¿Candy también pudo hacerlo?
Antes de que pudiera responder, se escuchó un chapoteo en la cueva y todos miraron de nuevo el lugar de donde procedía el sonido.
Candy lloró aliviada cuando salió a la superficie. Se había servido de la pared rocosa del túnel para orientarse e impulsarse, pero su trabajo no parecía tener fin.
Su cuerpo temblaba por el esfuerzo, y la falta de oxígeno le producía dolor en los pulmones; sin embargo, lo había logrado.
El grito de alivio de Aelfread llegó hasta sus oídos y Candy la miró instintivamente. Apenas percibía las formas difusas de los botes balanceándose con las sogas atadas a la plataforma. Cuando avanzó exhausta hacia ellos, sintió que el agua le golpeaba la espalda.
Supo sin mirar que uno de los hombres las había seguido hasta el túnel y que no parecía estar tan cansado como ella. La tomó por el pelo y la sacó ligeramente del agua. Candy se movió instintivamente hacia su atacante, dispuesta a pelear, sin importar su debilidad, pero antes de que girara por completo, el hombre la liberó y ella flotó libremente en el agua. Candy se dirigió de nuevo hacia la plataforma, demasiado fatigada para pensar; esta vez llegó sin ningún inconveniente.
Una mano se posó sobre la suya cuando agarró la resbaladiza roca. Levantó la cabeza y vio con nitidez el rostro de Aelfread, que lloraba arrodillada al borde de la plataforma con una mezcla de alivio y cansancio. A Candy también se le humedecieron los ojos. Alguien la tomó por los brazos y la sacó del agua.
Cuando reconoció la enorme figura de Tom casi lloró de alivio. El gigante la sacó del agua y la dejó sobre la superficie rocosa de la plataforma. Entonces Candy levantó el brazo con torpeza y señaló a su perseguidor, pero dejó caer el brazo débilmente al ver que Albert ya estaba luchando con él. Una parte de su mente cansada comprendió que aquélla era la razón por la que su perseguidor la había liberado tan súbitamente, pero más allá de eso no se sentía capaz de elaborar ningún pensamiento. Vio que Albert, tras golpear a su atacante hasta dejarlo inconsciente, lo arrastraba hasta el pequeño saliente.
Tom liberó a Albert de su carga, sacó al hombre del agua y lo descargó con estrépito en la plataforma. Luego le tendió la mano a Albert para ayudarlo a subir.
Candy no tenía energía ni siquiera para esbozar un gesto de sorpresa cuando su esposo salió del agua.
Albert se inclinó para recoger la manta que se había quitado antes de lanzarse al agua y se la echó a ella por encima de los hombros; luego se agachó para tomar en sus brazos a Candy, que permanecía abrazada a Aelfread.
—Atiende a tu esposa, Tom —le ordenó, dirigiéndose de inmediato hacia las escaleras—. Los demás quedaos aquí y aseguraos de que nadie más entre en la cueva. Os avisaré cuando Grorge regrese. Si atrapáis al desgraciado de MacGregor, llevadlo arriba para interrogarlo —dijo, antes de emprender la penosa subida de los resbaladizos escalones.
Albert tomó una antorcha y pronto la oscuridad los envolvió. Candy apretó sus brazos alrededor del cuello de su esposo y no dijo palabra alguna durante el recorrido.
De repente, Albert se detuvo en la oscuridad y ella escuchó un ruido seco cuando él dio una fuerte patada en el suelo. La pared que estaba a su derecha se abrió y la luz los inundó de nuevo cuando Albert entró en la habitación con ella en brazos.
Mientras se dirigían hacia la cama, Candy suspiró para sus adentros, resignada a la reprimenda que recibiría y que, bien lo sabía, se tenía merecida; sin embargo, nada de esto ocurrió. La depositó con suavidad en la cama, se tumbó sobre ella y la envolvió en un abrazo casi desesperado.
Candy permaneció inmóvil y su zozobra aumentó. No había nada sexual en aquel abrazo. Estaba segura de que no era un preludio amoroso; simplemente parecía tener necesidad de estrecharla contra él. Mordiéndose los labios, ella lo rodeó con sus brazos y Albert habló finalmente.
—Lo siento.
Sorprendida, Candy preguntó con vacilación:
—¿Por qué?
—Casi te pierdo hoy y todo habría sido culpa mía.
—No, fue...
—No te protegí como era debido —la interrumpió—. Es mi deber cuidarte. Después de todo eres mi esposa, y no porque tú lo hayas elegido. Te rapté y te obligué a casarte conmigo. Lo menos que podías esperar era que te mantuviera a salvo del hombre cuya ira desperté con mis actos.
—¡No sigas! —exclamó Candy, atónita, y retiró ligeramente su rostro para observar la expresión atormentada de su esposo—. No es culpa tuya. Aelfread y yo escapamos; nos arriesgamos innecesariamente.
—Y eso también es culpa mía —afirmó con voz acongojada—. Si te hubiera llevado antes a la playa, como te prometí, no te habrías visto obligada a escapar de nuevo. Paulina tiene razón, he estado tratándote como a una esclava de amor.
—¿Qué? —preguntó perpleja.
—Piénsalo. Te encerraba en el castillo todos los días y sólo te veía por las noches, cuando te utilizaba para mi propio beneficio.
Candy puso los ojos en blanco.
—Yo creo haber experimentado algún que otro placer, mi señor—aseguró inexpresiva.
—Además —prosiguió Albert, ignorando sus palabras—, también soy culpable de que te escaparas. Si te hubiese cuidado mejor, nunca habrías podido escabullirte.
Candy suspiró y acarició su mejilla.
—Albert...
—Te amo.
Candy se quedó estupefacta.
—Sí, te amo. Amo tu sonrisa, tu cuerpo dulce y tu insolente sagacidad. Todas las mañanas al levantarme abrazo tu cuerpo dormido, beso tu cabeza y me repito que soy un hombre afortunado por haberme casado contigo.
—Yo...
—No —exclamó, tapándole la boca con una mano y meneando la cabeza—. Sé que tú no me amas; apenas me conoces. Sigo siendo un extraño para ti pero eso cambiará. Y tal vez puedas llegar a amarme —sugirió esperanzado para añadir con tono pragmático—: nos entendemos bien en la cama, y eso ya es un comienzo.
—¿Y Margaret?
Albert la observó sorprendido y pronunció ese nombre con tristeza:
—¡Margaret! Nuestro matrimonio se convino cuando éramos niños. Crecimos juntos y nos casamos —dijo con simpleza.
—¿La amabas?
—¿Amarla? —dijo, vacilante—. La quería mucho, crecimos juntos, pero... no — admitió desanimado—. Nunca la amé como debía, no como te amo a ti.
Alguien llamó a la puerta.
—¿Sí? —preguntó Albert irritado.
—Es George, mi señor.
En un momento Albert estaba tumbado sobre la cama y al siguiente se había incorporado, poniendo en orden el kilt al tiempo que gritaba:
—¿Habéis atrapado a ese miserable?
George dudó un instante y luego respondió desde el otro lado de la puerta
—No, mi señor, ellos... —El hombre dejó de hablar cuando Albert abrió la puerta de golpe con expresión feroz. El guerrero suspiró e hizo un gesto negativo—. Nos vieron venir y lograron llegar a tierra firme. Los seguimos, pero tenían caballos aguardándolos y nosotros no habíamos llevado los nuestros. No esperábamos encontrarlos en la playa.
—No, lo sé —exclamó molesto Ardley.
—He enviado a algunos hombres con caballos en el barco grande para que los persigan. He venido para ver si quieres acompañarnos.
Albert asintió con la cabeza, dando su conformidad.
—Los hombres siguen en la cueva. Shropshire y uno de los MacGregor están con ellos. Ve a buscarlos y llévalos al salón principal.
—¿Robert está ahí? —preguntó sobrecogida Candy. Se incorporó de la cama y se dirigió deprisa a los arcones, olvidando su fatiga.
—¡Vuelve a la cama! —le ordenó Albert malhumorado al ver que ella lo ignoraba y empezaba a ponerse un traje limpio que había sacado de uno de los cajones.
—¡Vuelve a la cama y descansa! —insistió—. No permitiré que te preocupes por esto.
—No —protestó ella, terminando de ponerse el vestido y atando los lazos con celeridad—. Debo hablar con Shropshire.
—Más tarde nos ocuparemos de ese asunto; cuando volvamos y traigamos prisionero al jefe de los MacGregor.
—No. Necesito saber cómo está Anthony —anunció Candy con determinación.
—Tu hermano está bien.
Candy quedó paralizada y una sensación de alivio inundó su rostro.
—¿Y Eliza?
—No lo sé. Lo averiguaré y te lo contaré.
Candy vaciló por un instante y luego terminó de atar los lazos del vestido con decisión.
Albert la miró furioso al observar aquella muestra silenciosa de rebeldía, pero finalmente suspiró.
—¡Diablos! Si insistes tanto...
Se acercó y la tomó en sus brazos.
—Puedo caminar, mi señor —murmuró Candy con irritación.
—Ya has tenido suficientes emociones por hoy. Te llevaré en brazos aunque no quieras.
El rostro de Paulina se iluminó cuando Albert apareció con Candy.
—¡Gracias a Dios! Estaba segura de que MacGregor te había secuestrado cuando Grorge regresó diciendo que estabas en la playa.
—No.
—Sí lo hizo—la contradijo Albert.
—Bueno —admitió Candy—, nos secuestró temporalmente, pero Aelfread y yo logramos escapar.
Albert la sentó sobre la mesa y se sirvió una jarra de cerveza. Se la bebió con tanta rapidez que Candy dudó de que el líquido hubiese alcanzado siquiera a humedecer su lengua. No le sorprendió mucho ver que inmediatamente después, se sirvió otra.
En ese momento las puertas se abrieron y Candy vio con asombro entrar a Tom. No fue la única en sorprenderse.
—Pensé que estabas con tu esposa —fue el saludo de Albert.
Tom negó con la cabeza mientras se acercaba a la mesa y aceptaba la jarra de cerveza que Albert le ofrecía.
—No. La llevé de nuevo a la cabaña para que descansara. Está agotada... o por lo menos dice estarlo... Yo creo que se hace la enferma para que yo me ablande y no la regañe.
—Entiendo... —exclamó Albert y miró a su esposa.
—¿Ya habéis interrogado a MacGregor? —le preguntó Tom para desviar su atención.
—No. George acaba de regresar de la playa.
—¿Entonces no los atrapó? —objetó Tom, y terminó su bebida cuando Albert negó contrariado.
Albert depositó su jarra sobre la mesa y se puso de pie tras oír que los hombres subían por las escaleras. Cuando vio que su esposo miraba descorazonado a lord Shropshire y a Tom, Candy se preguntó qué asunto abordaría primero; Stear disipó sus dudas. Señalando con la cabeza al hombre de MacGregor que Albert había dejado inconsciente, el único que habían logrado capturar, dijo:
—Lo interrogamos cuando despertó. No tenía muchos deseos de hablar, pero lo convencimos de que, por su bien, debía hacerlo.
Stear comenzó a reír y Candy lo miró con desaprobación. Luego observó al huraño MacGregor, que tenía más de un moretón, y a su esposo.
—¿Qué información le habéis sacado? —preguntó Albert.
—Ellos mataron a Scatchy, robaron sus botes y cruzaron remando protegidos por la neblina matinal. Venían por la señora, tal y como usted imaginaba.
Albert miró iracundo al hombre.
—¿Por qué? ¿Qué planeabas hacer, MacGregor?
El hombre se limitó a apretar los labios y Albert levantó el puño. Candy se incorporó de un salto, tomó su brazo y le dijo:
—MacGregor quería casarse conmigo.
Albert quedó petrificado con una expresión de asombro en su cara.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—Pero, no puede hacerlo, estás casada con nuestro señor —señaló Archie.
—Quería anular el matrimonio.
—No hubiera podido hacerlo. ¿Verdad que no, mi señor?
—No. Ya está consumado —dijo Albert con calma, Candy se ruborizó cuando todos los hombres la miraron.
—Me dijo que eso no importaba; que podría hacer que lo anularan; que así lo haría y luego se casaría conmigo.
Los hombres empezaron a murmurar y Albert fue el único que permaneció en silencio.
—¿Puede hacerlo?
Albert se acercó a la mesa y negó con la cabeza.
—Es probable. Tiene muchos amigos entre los ingleses y podría utilizarlos para conseguir lo que quiere. —Miró a MacGregor, que estaba en la habitación y le preguntó—. ¿Qué hará ahora tu jefe?
—No lo sé. —El hombre gimió cuando Stear le retorció el brazo—. Tenía la intención de llevarla a Inglaterra, pero su plan ha fracasado.
—Lo más probable es que intente raptarla de nuevo —murmuró George y luego miró a Jimmy—: ¡Encerradlo!
Jimmy asintió y llevó al prisionero a empujones hacia las puertas frontales del castillo.
Albert se volvió hacia Shropshire.
—¿Trae noticias de lord White?
Shropshire hizo un gesto afirmativo, y Candy se acercó corriendo a él.
—¿Está vivo?
—Sí. Como le dije a tu esposo, aún está débil, pero se recupera satisfactoriamente.
Candy cerró los ojos, aliviada, y se tambaleó; luego dio un paso atrás para recostarse en su esposo, quien la tomó del brazo para sostenerla.
—Sí, Albert me lo dijo, pero deseaba escucharlo de tus labios.
La alegría inundó su rostro y el inglés hizo un gesto de desconcierto, como si fuese algo inesperado.
—¿Qué más noticias hay? —le preguntó Albert, al ver que el hombre se perdía en sus propios pensamientos.
Shropshire se puso de pie y suspiró:
—Desea ver a Candy.
—¡Por supuesto! —exclamó ella con alegría—. ¿Qué ha hecho con Eliza?
Shropshire vaciló al responder.
—Aún no ha hecho nada.
—¿Nada? —preguntó extrañada—. Pero... ella intentó asesinarlo.
—Sí, bueno... Eliza ha ofrecido una versión de lo sucedido ligeramente distinta a la tuya. Ella sostiene que una vez que tu hermano fue derribado, los hombres se dirigieron a ti para exigirte el pago, pero tú te limitaste a soltar una carcajada y te negaste a pagar.
—¡¿Qué?!
—Y que, enojados, te atacaron por tratar de engañarlos, pero tú lograste escapar y volver al castillo.
—¡¿Qué?! —esta vez fueron los hombres del Ardley quienes protestaron. Candy se recostó contra Albert; estaba pálida y estupefacta.
—¡Todo eso es una sarta de mentiras, se lo puedo asegurar!—bramó Paulina.
—Sí —vociferó Tom—. Lady Candy no haría nada semejante.
—Es una dama de verdad —afirmó Stear con lealtad.
George añadió:
—¡Viva lady Candy!
—Es honorable. No es ninguna taimada... —La voz de Archie se desvaneció cuando Candy les ordenó silencio con su mano e interpeló al inglés.
—Me conoces desde hace mucho tiempo, Robert, ¿Acaso crees que todo eso es cierto?
El hombre titubeó un instante y luego negó con la cabeza, pero su duda fue evidente para Candy.
—¿Y Anthony piensa lo mismo? —preguntó sintiéndose miserable.
El hombre enrojeció.
—Ya veo —Candy se sentó, aturdida.
—Anthony no es tan tonto—protestó Paulina —Eliza debe de ser toda una bruja para convencerlo de semejante cosa.
Los hombres coincidieron con ella, y Albert le lanzó una mirada fulminante al inglés.
—¿Por qué habría de creer Anthony algo semejante? Debe de haber una razón.
—Es el testamento —admitió reacio.
Candy alzó la cabeza, sobrecogida.
—¿El testamento?
El hombre asintió.
—El testamento de tu padre establece que si Anthony muriese sin dejar heredero, todo pasaría a tus manos.
—Eso es... yo no sabía que existiera ese testamento —logró decir.
Paulina le lanzó una mirada feroz a Shropshire, corrió al lado de Candy y la reconfortó con una palmadita mientras le decía
—Por supuesto que no lo sabías, mi niña. ¿Por qué habrías de saberlo?
—Y además está el hecho de que escapaste con Paulina cuando supiste que tu hermano no moriría a causa de las heridas—prosiguió aprehensivo.
—¿Escapó? —Todos lanzaron un grito, sin poder creer lo que oían.
—¿Que ella escapó? ¿Iba medio muerta en un carruaje y escapó?—preguntó Paulina con sarcasmo, al tiempo que los hombres hacían comentarios mucho menos amables sobre el asunto.
—¿Anthony cree que yo escapé del castillo? —Candy se volvió a poner de pie.
—Bueno... —El inglés dejó de mirar a los demás, observó a Candy y exclamó—. Sí.
—Todo eso no son más que tonterías —afirmó Paulina—. Esa arpía dio la orden. Le dije que la muchacha moriría si viajaba, ¿pero acaso le importó? Por supuesto que no.
—Eliza asegura que te invitó a permanecer en el castillo, pero que tú insististe en marcharte.
—¿Quién diablos creería que Candy intentó escapar, si su herida era tan grande que hasta los huesos se le veían? —vociferó Albert perdiendo finalmente los estribos ante las falsas acusaciones contra su esposa.
—¿Los huesos? —preguntó atónito Shropshire.
—Sí. Es un milagro que haya sobrevivido. La arrastraron por la tierra como si fuera...
—¿Vosotros fuisteis testigos de todo esto? —lo interrumpió Shropshire.
—Todos fuimos testigos —respondió Archie—. También oímos sus gritos llamando a su hermano cuando tenía fiebre. Es obvio que lo quiere mucho y no sería capaz de hacerle daño.
—Estaba afligida por él —añadió Stear con frialdad—. Tenía fiebre y balbuceaba sobre el ataque, temerosa de que la «perra» de Eliza asesinara a su hermano antes de que se recuperara. Por eso Albert envió a Archie a avisarle a usted.
Robert miró a Candy; aún seguía incrédulo:
—Eliza dijo que tu herida era insignificante.
Paulina gruñó.
—¿Podría ver...?
—Ni siquiera se atreva a pedirlo —le dijo Albert y acercó su mano a la espalda de su esposa.
Candy se sonrojó intensamente y puso una mano sobre su brazo.
—Pero, mi señor, si eso lo convenciese de mi inocencia... además, todos la han visto.
—No —respondió tajante sin mirarla—. Tu hermano puede verla si lo desea, pero nadie más.
Candy retiró su brazo y suspiró.
—Entonces debemos ir a Forswhite.
Albert la miró horrorizado.
—¡¿Qué?!
—No dejaré que Anthony piense que deseo su muerte. Partiré de inmediato.
—Pero... mi señora —murmuró Stear cuando comprendió la expresión de Albert—. Viajar en estos momentos no es la mejor idea, con MacGregor merodeando y todo eso.
—No tenemos otra opción —dijo Candy y se dirigió a las escaleras—. Cuanto más tiempo piense Anthony que soy culpable, más tiempo permanecerá en las garras de esa arpía. No permitiré que mi hermano crea que soy una asesina.
—¡No viajaremos a Inglaterra! —explotó Albert.
—Entonces viajaré yo sola —anunció Candy con terquedad.
—No. No pondrás un pie fuera de este castillo hasta que MacGregor haya muerto.
—Entonces será mejor que lo mates pronto, esposo, porque partiré antes del amanecer.
Shropshire comprendió la furia de Albert mientras miraba iracundo a su mujer, y exclamó con sorna:
—Según recuerdo, lady Candy siempre ha querido hacer las cosas a su manera.
Albert lo miró molesto, fue a la mesa y cogió una jarra de cerveza. Observó irritado a sus hombres, quienes permanecían de pie, vacilantes.
—Bien, ¿qué estáis esperando? Que uno de vosotros suba a vigilar la puerta, venga.
—Sí, mi señor. —Stear fue hacia las escaleras, pero antes de subir, se detuvo—. ¿Y el pasadizo, mi señor?
Albert miró a Jimmy mientras regresaba al torreón:
—Jimmy, entra por el cuarto de huéspedes y vigila el túnel.
—Sí, mi señor.
Shropshire se sentó junto a Albert en la mesa, se sirvió una jarra y lo miró meditabundo.
—¿Hay una ventana en la habitación?
Albert respondió con desgana:
—Sí, ¿por qué?
—Bueno, recuerdo que hubo un brote de peste en Forswhite. Paulina atendía a los enfermos y Candy insistió en ayudar. Anthony se negaba a permitírselo. Sabiendo lo terca que era, la encerró en su habitación y apostó un guardia en la puerta para evitar que fuera a la aldea a ayudar a los enfermos.
—¿Y? —preguntó Albert con recelo mientras sus hombres se acercaban para escuchar aquella historia.
—Bien —respondió, sonriente, el inglés—. Fue la cosa más inverosímil. La muy astuta anudó sus sábanas, se escapó por la ventana y se presentó en el pueblo, tal y como quería. Por supuesto que lord White se disgustó mucho —añadió en un susurro.
—¡Ella no haría eso! —exclamó Archie con desconsuelo.
—No. No podría hacerlo —aseguró Tom—. La playa está muy lejos. No hay suficientes sábanas en el castillo para intentar algo así.
—Sí —convino Archie. Lo pensó mejor y añadió—: pero su propio hermano cree que es una asesina. Y, además, está en peligro, a merced de una mujer que quiere matarlo.
George lo miró incómodo.
—Hay muchos arcones arriba.
—No. Tendría que cortar todos y cada uno de los vestidos que tiene para hacer una cuerda lo suficientemente larga—argumentó Tom—. Además, sería una tontería intentarlo; se rompería el cuello.
Albert empezaba a relajarse un poco, convencido de que su esposa no podría escapar, cuando oyeron a Dtesr gritar.
—¿Qué? —gritó a su vez Archie dirigiéndose de inmediato a las escaleras.
—Lady Candy quiere cortar en tiras algunos de sus vestidos viejos y está buscando sus tijeras en la cesta de costura.
Archie miró a Albert y vio el horror en su rostro.
Este descargó con estrépito su jarra en la mesa y vociferó.
—¡Dile a mi esposa que no es necesario que corte sus vestidos y que más bien se ocupe de guardarlos en un arcón; mañana a primera hora partiremos para Inglaterra!
CONTINUARA
