Harry Potter: Una lectura distinta
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
La Piedra Filosofal
CAPÍTULO 15 El bosque prohibido
Después de casi una hora de comer, comentar sobre lo leído y descansar, regresaron a la Sala, donde, luego de tomar todos asiento, el atril se materializó delante de Remus, quien, interesado, leyó el título del capítulo por venir.
—Muy bien, el capítulo se llama "El bosque prohibido".
Las cosas no podían haber salido peor.
Filch los llevó al despacho de la profesora McGonagall, en el primer piso, donde se sentaron a esperar; sin decir una palabra. Hermione temblaba. Excusas, disculpas y locas historias cruzaban la mente de Harry, cada una más débil que la otra. No podía imaginar cómo se iban a librar del problema aquella vez. Estaban atrapados. ¿Cómo podían haber sido tan estúpidos para olvidar la capa? No había razón en el mundo para que la profesora McGonagall aceptara que habían estado vagando durante la noche, para no mencionar la torre más alta de Astronomía, que estaba prohibida, salvo para las clases. Si añadía a todo eso Norberto y la capa invisible, ya podían empezar a hacer las maletas.
—Realmente, tenían todo en contra —comentó Ron, cuando Seamus, abriendo los ojos, recordó:
—¡Ya va! ¡Esa fue la noche de los 150 puntos! ¿verdad?
Harry sólo pudo señalar a su "tío", quien continuó la lectura, mientras quienes habían compartido el primer año con Harry recordaban ese momento con sentimientos encontrados.
¿Harry pensaba que las cosas no podían estar peor? Estaba equivocado.
—¿Qué pasó ahora? —preguntó Alice, con voz de angustia. Neville palideció al recordar, pero no pudo decir nada.
Cuando la profesora McGonagall apareció, llevaba a Neville.
—¡Harry! —estalló Neville en cuanto los vio—. Estaba tratando de encontrarte para prevenirte, oí que Malfoy decía que iba a atraparte, dijo que tenías un drag...
Harry negó violentamente con la cabeza, para que Neville no hablara más, pero la profesora McGonagall lo vio. Lo miró como si echara fuego igual que Norberto y se irguió, amenazadora, sobre los tres.
—Nunca lo habría creído de ninguno de vosotros. El señor Filch dice que estabais en la torre de Astronomía. Es la una de la mañana. Quiero una explicación.
Ésa fue la primera vez que Hermione no pudo contestar a una pregunta de un profesor. Miraba fijamente sus zapatillas, tan rígida como una estatua.
—Eso fue lo que más me impactó —comentó McGonagall—, que la señorita Granger no me respondiera al momento, como en Halloween.
—Estaba realmente congelada de los nervios —aclaró Hermione.
—Creo que tengo idea de lo que sucedió —dijo la profesora McGonagall—. No hace falta ser un genio para descubrirlo. Te inventaste una historia sobre un dragón para que Draco Malfoy saliera de la cama y se metiera en líos. Te he atrapado. Supongo que te habrá parecido divertido que Longbottom oyera la historia y también la creyera, ¿no?
Harry captó la mirada de Neville y trató de decirle, sin palabras, que aquello no era verdad, porque Neville parecía asombrado y herido. Pobre mete-patas Neville, Harry sabía lo que debía de haberle costado buscarlos en la oscuridad, para prevenirlos.
—Realmente —ratificó Neville—, estaba muy asustado, y por supuesto, cuando la profesora McGonagall me encontró buscándolos fue peor. Ya veo que era verdad lo del dragón.
McGonagall asintió silenciosamente, reconociendo su error al considerar en aquel momento que se trataba de una broma de Harry para molestar a Draco Malfoy.
—Estoy disgustada—dijo la profesora McGonagall—. Cuatro alumnos fuera de la cama en una noche. ¡Nunca he oído una cosa así! Tú, Hermione Granger, pensé que tenías más sentido común. Y tú, Harry Potter... Creía que Gryffindor significaba más para ti. Los tres sufriréis castigos... Sí, tú también, Longbottom, nada te da derecho a dar vueltas por el colegio durante la noche, en especial en estos días: es muy peligroso y se os descontarán cincuenta puntos de Gryffindor.
—Fue bastante dura, Minnie —interrumpió James—, a nosotros nos quitaba cuando mucho veinte puntos.
—Señor Potter —respondió la profesora, luego de suspirar sonoramente—: primero, no soy Minnie, aunque a ustedes no les guste. Segundo, necesitaba dejarles en claro que había sido una falta bastante grave, especialmente en estudiantes de primer año. Tercero, apenas hoy y gracias a la lectura, entiendo que sí fue verdad lo del dragón, aunque lo hicieron para ayudar a Hagrid.
—¿Cincuenta? —resopló Harry. Iban a perder el primer puesto, lo que había ganado en el último partido de quidditch.
—Cincuenta puntos cada uno —dijo la profesora McGonagall, resoplando a través de su nariz puntiaguda.
—Peor todavía —comentó Sirius, en tono sombrío.
—¡Ah, pero a Malfoy sólo le quitó veinte puntos!, ¿no? —exclamó Seamus.
—Si mal no recuerdo, señor Finnigan —aclaró McGonagall— creo que a él también le quité cincuenta puntos adicionales.
—Es correcto —confirmó Draco—, de hecho, los descontó el profesor Snape, después de discutirlo un buen rato con la profesora McGonagall.
—Profesora... por favor...
—Usted, usted no...
—No me digas lo que puedo o no puedo hacer, Harry Potter. Ahora, volved a la cama, todos. Nunca me he sentido tan avergonzada de alumnos de Gryffindor.
Ciento cincuenta puntos perdidos. Eso situaba a Gryffindor en el último lugar. En una noche, habían acabado con cualquier posibilidad de que Gryffindor ganara la copa de la casa. Harry sentía como si le retorcieran el estómago. ¿Cómo podrían arreglarlo?
—Yo también me sentía así —aclaró Hermione—, cuando entré a mi habitación y las vi durmiendo tan tranquilas —comentó mientras miraba a Parvati y Lavender—, lo que hice fue encerrarme otro rato en el baño a llorar.
Harry no durmió aquella noche. Podía oír el llanto de Neville, que duró horas. No se le ocurría nada que decir para consolarlo. Sabía que Neville, como él mismo, tenía miedo de que amaneciera. ¿Qué sucedería cuando el resto de los de Gryffindor descubrieran lo que ellos habían hecho?
—Seguramente no pasaría mucho —comentó James—, igual, tú podrías recuperar esos puntos en el próximo juego de quidditch.
—Bueno —matizó Sirius, sonriendo—, así hacíamos nosotros casi siempre.
Al principio, los Gryffindors que pasaban por el gigantesco reloj de arena, que informaba de la puntuación de la casa, pensaron que había un error. ¿Cómo iban a tener, súbitamente, ciento cincuenta puntos menos que el día anterior? Y luego, se propagó la historia. Harry Potter; el famoso Harry Potter, el héroe de dos partidos de quidditch, les había hecho perder todos esos puntos, él y otros dos estúpidos de primer año.
De ser una de las personas más populares y admiradas del colegio, Harry súbitamente era el más detestado. Hasta los de Ravenclaw y Hufflepuff le giraban la cara, porque todos habían deseado ver a Slytherin perdiendo la copa.
—Ciertamente —comentó Padma—, recuerdo que en nuestra sala común se armó una discusión intentando adivinar que habían hecho para perder todos esos puntos.
—Igual fue en nuestra sala común —ratificó Zacharias, mientras Hannah y Susan afirmaban—, hasta habíamos decidido no ayudarlos en el último juego, porque nos tocaba jugar contra Slytherin.
Por dondequiera que Harry pasara, lo señalaban con el dedo y no se molestaban en bajar la voz para insultarlo. Los de Slytherin, por su parte, lo aplaudían y lo vitoreaban, diciendo: «¡Gracias, Potter; te debemos una!».
—Fue lo peor —comentó Harry.
Sólo Ron lo apoyaba.
—Se olvidarán en unas semanas. Fred y George han perdido puntos muchas veces desde que están aquí y la gente los sigue apreciando.
—Lo que te decía —interrumpió James, mientras Lily le daba un golpecito en el brazo.
—Pero nunca perdieron ciento cincuenta puntos de una vez, ¿verdad? —dijo Harry tristemente.
—Bueno... no —admitió Ron.
—Ese es el otro punto a tomar en cuenta —reconoció Sirius, sorprendiendo a varios en la sala.
Era un poco tarde para reparar los daños, pero Harry se juró que, de ahí en adelante, no se metería en cosas que no eran asunto suyo. Todo había sido por andar averiguando y espiando.
—Bueno —aclaró Lily, tomando la mano de su hijo—, eso había sido por querer ayudar a un amigo.
—Cierto, verdad que sí —aceptó Harry, sonriendo.
Se sentía tan avergonzado que fue a ver a Wood y le ofreció su renuncia.
—¿Renunciar? —exclamó Wood—. ¿Qué ganaríamos con eso? ¿Cómo vamos a recuperar puntos si no podemos jugar al quidditch?
Pero hasta el quidditch había perdido su atractivo. El resto del equipo no le hablaba durante el entrenamiento, y si tenían que hablar de él lo llamaban «el buscador».
—Fred y George —preguntó Molly, con voz firme pero peligrosamente baja—, ¿ustedes también?
—Era por orden de Wood —reconoció, a su pesar, Angelina.
Hermione y Neville también sufrían. No pasaban tantos malos ratos como Harry porque no eran tan conocidos, pero nadie les hablaba. Hermione había dejado de llamar la atención en clase, y se quedaba con la cabeza baja, trabajando en silencio.
—¿Y cómo pretendías ayudar a recuperar puntos si no intervenías? —se interrumpió Remus, a lo que Hermione sólo encogió los hombros.
Harry casi estaba contento de que se aproximaran los exámenes. Las lecciones que tenía que repasar alejaban sus desgracias de su mente. Él, Ron y Hermione se quedaban juntos, trabajando hasta altas horas de la noche, tratando de recordar los ingredientes de complicadas pociones, aprendiendo de memoria hechizos y encantamientos y repitiendo las fechas de descubrimientos mágicos y rebeliones de los gnomos.
Y entonces, una semana antes de que empezaran los exámenes, las nuevas resoluciones de Harry de no interferir en nada que no le concerniera sufrieron una prueba inesperada. Una tarde que salía solo de la biblioteca oyó que alguien gemía en un aula que estaba delante de él. Mientras se acercaba, oyó la voz de Quirrell.
—¡Vaya! —comentó JS—, ¡miren quien apareció por ahí!
Algunas risas se escucharon, aunque los mayores se acomodaron, atentos a la narración.
—No.… no.… otra vez no, por favor...
Parecía que alguien lo estaba amenazando. Harry se acercó.
—Muy bien... muy bien. —Oyó que Quirrell sollozaba.
Al segundo siguiente, Quirrell salió apresuradamente del aula, enderezándose el turbante. Estaba pálido y parecía a punto de llorar. Desapareció de su vista y Harry pensó que ni siquiera lo había visto. Esperó hasta que dejaron de oírse los pasos de Quirrell y entonces inspeccionó el aula. Parecía vacía, pero la puerta del otro extremo estaba entreabierta. Harry estaba a mitad de camino, cuando recordó que se había prometido no meterse en lo que no le correspondía.
—Curiosidad Potter en acción —dijo Lavender, sonriendo, a lo que Remus insistió:
—Eso de la curiosidad es más del lado de Lily.
Al mismo tiempo, habría apostado doce Piedras Filosofales a que Snape acababa de salir del aula y, por lo que Harry había escuchado, Snape debería estar de mejor humor... Quirrell parecía haberse rendido finalmente.
—Otra deuda que tiene que pagar, señor Potter —le dijo Snape, con una mirada de triunfo que Harry rebatió casi inmediatamente:
—Nadie me aceptó la apuesta, ni siquiera la molesta voz que a veces me hablaba, así que no debo nada a nadie.
James y Sirius intentaron esconder sonrisas de satisfacción, mientras Snape lanzaba una mirada cáustica a Harry.
Harry regresó a la biblioteca, en donde Hermione estaba repasándole Astronomía a Ron. Harry les contó lo que había oído.
—¡Entonces Snape lo hizo! —dijo Ron—. Si Quirrell le dijo cómo romper su encantamiento anti-Fuerzas Oscuras...
—Pero todavía queda Fluffy —dijo Hermione.
—Tal vez Snape descubrió cómo pasar ante él sin preguntarle a Hagrid —dijo Ron, mirando a los miles de libros que los rodeaban—. Seguro que por aquí hay un libro que dice cómo burlar a un perro gigante de tres cabezas. ¿Qué vamos a hacer, Harry?
—Ir directamente con Dumbledore, es lo que debieron hacer desde el primer momento —intervino Molly—, en lugar de estar inventando.
La luz de la aventura brillaba otra vez en los ojos de Ron, pero Hermione respondió antes de que Harry lo hiciera.
—Ir a ver a Dumbledore. Eso es lo que debimos hacer hace tiempo. Si se nos ocurre algo a nosotros solos, con seguridad vamos a perder.
—Hermione —comentó seriamente Percy—, mi madre está de acuerdo contigo.
Algunas carcajadas se dejaron escuchar, pues era extremadamente raro oír a Percy bromeando.
—¡Pero no tenemos pruebas! —exclamó Harry—. Quirrell está demasiado atemorizado para respaldarnos. Snape sólo tiene que decir que no sabía cómo entró el trol en Halloween y que él no estaba cerca del tercer piso en ese momento. ¿A quién pensáis que van a creer, a él o a nosotros? No es exactamente un secreto que lo detestamos. Dumbledore creerá que nos lo hemos inventado para hacer que lo echen. Filch no nos ayudaría, aunque su vida dependiera de ello, es demasiado amigo de Snape y, mientras más alumnos pueda echar, mejor para él. Y no olvidéis que se supone que no sabemos nada sobre la Piedra o Fluffy. Serían muchas explicaciones.
—Buen análisis de la situación —comentó Tonks—, manejando pro y contra de lo que saben.
Dumbledore veía complacido cómo el trío iba analizando lo que tenían, mientras que James, Lily, Arthur y Molly veían orgullosos a sus hijos y a Hermione.
Hermione pareció convencida, pero Ron no.
—Si investigamos sólo un poco...
—No —dijo Harry en tono terminante—: ya hemos investigado demasiado.
Acercó un mapa de Júpiter a su mesa y comenzó a aprender los nombres de sus lunas.
A la mañana siguiente, llegaron notas para Harry, Hermione y Neville, en la mesa del desayuno. Eran todas iguales.
Vuestro castigo tendrá lugar a las once de la noche.
El señor Filch os espera en el vestíbulo de entrada.
Prof. M. McGonagall
—Típico mensaje de aviso de Minnie —comentó Sirius, con tono despreocupado—: "Vuestro castigo tendrá lugar tal día a tal hora. Fulano lo espera en tal parte. Prof. McGonagall". Ya uno se lo aprende de memoria.
Los gemelos y los nuevos merodeadores asintieron ante la mirada dura de la profesora McGonagall.
En medio del furor que sentía por los puntos perdidos, Harry había olvidado que todavía les quedaban los castigos. De alguna manera esperaba que Hermione se quejara por tener que perder una noche de estudio, pero la muchacha no dijo una palabra. Como Harry, sentía que se merecían lo que les tocara.
A las once de aquella noche, se despidieron de Ron en la sala común y bajaron al vestíbulo de entrada con Neville. Filch ya estaba allí y también Malfoy. Harry también había olvidado que a Malfoy lo habían condenado a un castigo.
—Fue parte de la discusión —comentó Draco, con voz monocorde.
Ron y los más jóvenes se acomodaron, al igual que los que no conocían con exactitud lo que había ocurrido en ese castigo.
—Seguidme —dijo Filch, encendiendo un farol y conduciéndolos hacia fuera—. Seguro que os lo pensaréis dos veces antes de faltar a otra regla de la escuela, ¿verdad? —dijo, mirándolos con aire burlón—. Oh, sí... trabajo duro y dolor son los mejores maestros, si queréis mi opinión... es una lástima que hayan abandonado los viejos castigos... colgaros de las muñecas, del techo, unos pocos días. Yo todavía tengo las cadenas en mi oficina, las mantengo engrasadas por si alguna vez se necesitan... Bien, allá vamos, y no penséis en escapar, porque será peor para vosotros si lo hacéis.
—Y se quedará con las ganas —sentenció McGonagall, dando a entender que ella jamás permitiría el uso de la fuerza física para castigar a un estudiante.
Marcharon cruzando el oscuro parque. Neville comenzó a respirar con dificultad. Harry se preguntó cuál sería el castigo que les esperaba. Debía de ser algo verdaderamente horrible, o Filch no estaría tan contento.
La luna brillaba, pero las nubes la tapaban, dejándolos en la oscuridad. Delante, Harry pudo ver las ventanas iluminadas de la cabaña de Hagrid. Entonces oyeron un grito lejano.
—¿Eres tú, Filch? Date prisa, quiero empezar de una vez.
El corazón de Harry se animó: si iban a estar con Hagrid, no podía ser tan malo.
Esta misma sensación se paseó por buena parte de la sala, especialmente los padres y parejas de los involucrados.
Su alivio debió aparecer en su cara, porque Filch dijo:
—Supongo que crees que vas a divertirte con ese papanatas, ¿no? Bueno, piénsalo mejor, muchacho... es al bosque adonde iréis y mucho me habré equivocado si volvéis todos enteros.
Al oír aquello, Neville dejó escapar un gemido y Malfoy se detuvo de golpe.
—¿El bosque? —repitió, y no parecía tan indiferente como de costumbre—. Hay toda clase de cosas allí... dicen que hay hombres lobo.
—Nunca ha habido hombres lobo en el bosque —aclaró Remus.
—Los que hubo en algún momento fueron eliminados por los centauros —complementó Hagrid.
—¿Pero por qué al bosque? —preguntó Lily angustiada, mientras tomaba la mano de Harry.
—Porque queríamos que aprendieran una lección —respondió McGonagall—, la falta había sido bastante grave, por lo que el castigo tenía que ser igual de fuerte. Además, Hagrid necesitaba ayuda para buscar algo en el bosque.
Neville se aferró de la manga de la túnica de Harry y dejó escapar un ruido ahogado.
—Eso es problema vuestro, ¿no? —dijo Filch, con voz radiante—. Tendríais que haber pensado en los hombres lobo antes de meteros en líos.
—¿Cuándo no es Filch metiéndose con los estudiantes? —gruñó el profesor Flitwick, siendo secundado por casi todos los profesores, excepto Snape, por principios, y por Dumbledore, más interesado por saber que había ocurrido realmente esa noche.
Hagrid se acercó hacia ellos, con Fang pegado a los talones. Llevaba una gran ballesta y un carcaj con flechas en la espalda.
—Menos mal —dijo—. Estoy esperando hace media hora. ¿Todo bien, Harry, Hermione?
—Yo no sería tan amistoso con ellos, Hagrid —dijo con frialdad Filch—. Después de todo, están aquí por un castigo.
—Por eso llegáis tarde, ¿no? —dijo Hagrid, mirando con rostro ceñudo a Filch—. ¿Has estado dándoles sermones? Eso no es lo que tienes que hacer. A partir de ahora, me hago cargo yo.
—Volveré al amanecer —dijo Filch— para recoger lo que quede de ellos —añadió con malignidad. Se dio la vuelta y se encaminó hacia el castillo, agitando el farol en la oscuridad.
—Típico de Filch —comentó James, suspirando ruidosamente e intentando aligerar el ambiente. Muy pocos interrumpían, puesto que un castigo en el bosque a medianoche, así se esté acompañado por Hagrid, era un asunto serio.
Entonces Malfoy se volvió hacia Hagrid.
—No iré a ese bosque —dijo, y Harry tuvo el gusto de notar miedo en su voz.
En la Sala, Draco miraba agriamente a Harry, mientras los nuevos merodeadores intentaban retener las risas. Hasta Scorpius hizo un amago de sonrisa al imaginarse a su padre asustado.
—Lo harás, si quieres quedarte en Hogwarts —dijo Hagrid con severidad—. Hicisteis algo mal y ahora lo vais a pagar.
—Pero eso es para los empleados, no para los alumnos. Yo pensé que nos harían escribir unas líneas, o algo así. Si mi padre supiera que hago esto, él...
—Te dirá que es así como se hace en Hogwarts —gruñó Hagrid—. ¡Escribir unas líneas! ¿Y a quién le serviría eso? Haréis algo que sea útil, o si no os iréis. Si crees que tu padre prefiere que te expulsen, entonces vuelve al castillo y coge tus cosas. ¡Vete!
Malfoy no se movió. Miró con ira a Hagrid, pero luego bajó la mirada.
—Bien, entonces —dijo Hagrid—. Escuchad con cuidado, porque lo que vamos a hacer esta noche es peligroso y no quiero que ninguno se arriesgue. Seguidme por aquí, un momento.
Los condujo hasta el límite del bosque. Levantando su farol, señaló hacia un estrecho sendero de tierra, que desaparecía entre los espesos árboles negros. Una suave brisa les levantó el cabello, mientras miraban en dirección al bosque.
—Mirad allí —dijo Hagrid—. ¿Veis eso que brilla en la tierra? ¿Eso plateado? Es sangre de unicornio. Hay por aquí un unicornio que ha sido malherido por alguien. Es la segunda vez en una semana. Encontré uno muerto el último miércoles. Vamos a tratar de encontrar a ese pobrecito herido. Tal vez tengamos que evitar que siga sufriendo.
Todos en la sala, a excepción de quienes habían vivido esa aventura, Snape y Dumbledore, estaban a la expectativa. Por sus mentes galopaban cientos de preguntas, pero la calmada voz de Remus los tenía hipnotizados en la lectura, por lo que nadie interrumpía.
—¿Y qué sucede si el que hirió al unicornio nos encuentra a nosotros primero? —dijo Malfoy, incapaz de ocultar el miedo de su voz.
—No hay ningún ser en el bosque que os pueda herir si estáis conmigo o con Fang —dijo Hagrid—. Y seguid el sendero. Ahora vamos a dividirnos en dos equipos y seguiremos la huella en distintas direcciones. Hay sangre por todo el lugar, debieron herirlo ayer por la noche, por lo menos.
—Yo quiero ir con Fang —dijo rápidamente Malfoy, mirando los largos colmillos del perro.
—Mala idea —intervino Ron—, se nota que no conocías a Fang.
—Ya me di cuenta, gracias —respondió Draco, molesto. Remus no dejó que la réplica se escuchara.
—Muy bien, pero te informo de que es un cobarde —dijo Hagrid—. Entonces yo, Harry y Hermione iremos por un lado y Draco, Neville y Fang, por el otro. Si alguno encuentra al unicornio, debe enviar chispas verdes, ¿de acuerdo? Sacad vuestras varitas y practicad ahora... está bien... Y si alguno tiene problemas, las chispas serán rojas y nos reuniremos todos... así que tened cuidado... en marcha.
El bosque estaba oscuro y silencioso. Después de andar un poco, vieron que el sendero se bifurcaba. Harry, Hermione y Hagrid fueron hacia la izquierda y Malfoy, Neville y Fang se dirigieron a la derecha.
—Creo que fue mala idea distribuirlos así —comentó de pasada Lavender, a lo que Neville y Harry asintieron en silencio.
Anduvieron en silencio, con la vista clavada en el suelo. De vez en cuando, un rayo de luna a través de las ramas iluminaba una mancha de sangre azul plateada entre las hojas caídas.
Harry vio que Hagrid parecía muy preocupado.
—¿Podría ser un hombre lobo el que mata los unicornios? —preguntó Harry.
—No —se interrumpió Remus—, los hombres lobo no somos tan rápidos; el unicornio es uno de los animales mágicos más rápidos y poderosos que existen.
—No son bastante rápidos —dijo Hagrid—. No es tan fácil cazar un unicornio, son criaturas poderosamente mágicas. Nunca había oído que hubieran hecho daño a ninguno.
Pasaron por un tocón con musgo. Harry podía oír el agua que corría: debía de haber un arroyo cerca. Todavía había manchas de sangre de unicornio en el serpenteante sendero.
—¿Estás bien, Hermione? —susurró Hagrid—. No te preocupes, no puede estar muy lejos si está tan malherido, y entonces podremos... ¡PONEOS DETRÁS DE ESE ÁRBOL!
Todos los que estaban atentos a la narración brincaron en su asiento, nerviosos, preguntándose qué ser habrá hecho actuar así a Hagrid.
Hagrid cogió a Harry y Hermione y los arrastró fuera del sendero, detrás de un grueso roble. Sacó una flecha, la puso en su ballesta y la levantó, lista para disparar. Los tres escucharon. Alguien se deslizaba sobre las hojas secas. Parecía como una capa que se arrastrara por el suelo.
Tanto Snape como Dumbledore aguzaron la mirada. Él estaba en el bosque, fue el pensamiento que cruzó por ambos, además de Harry. El resto de la Sala, interesados en la narración de Remus, poco y nada comentaban.
Hagrid miraba hacia el sendero oscuro, pero, después de unos pocos segundos, el sonido se alejó.
—Lo sabía —murmuró—. Aquí hay alguien que no debería estar.
—¿Un hombre lobo? —sugirió Harry.
—Eso no era un hombre lobo, ni tampoco un unicornio —dijo Hagrid con gesto sombrío—. Bien, seguidme, pero tened cuidado.
Anduvieron más lentamente, atentos a cualquier ruido. De pronto, en un claro un poco más adelante, algo se movió visiblemente.
—¿Quién está ahí? —gritó Hagrid—. ¡Déjese ver... estoy armado!
Y apareció en el claro... ¿era un hombre o un caballo? De la cintura para arriba, un hombre, con pelo y barba rojizos, pero por debajo, el cuerpo de pelaje zaino de un caballo, con una cola larga y rojiza. Harry y Hermione se quedaron boquiabiertos.
Los más jóvenes estaban impactados con la narración: A excepción de Teddy, Victoire, los nuevos merodeadores, Al, Lilu, Molls, Rose y Scorp, ninguno había visto a un centauro en persona. Incluso, varios de los mayores tampoco, y por eso se les veía sorprendidos.
—Oh, eres tú, Ronan —dijo aliviado Hagrid—. ¿Cómo estás?
Se acercó y estrechó la mano del centauro.
—Que tengas buenas noches, Hagrid —dijo Ronan. Tenía una voz profunda y acongojada—. ¿Ibas a dispararme?
—Nunca se es demasiado cuidadoso —dijo Hagrid, tocando su ballesta—. Hay alguien muy malvado, perdido en este bosque. Ah, éste es Harry Potter y ella es Hermione Granger. Ambos son alumnos del colegio. Y él es Ronan. Es un centauro.
—Nos hemos dado cuenta —dijo débilmente Hermione.
—Buenas noches —los saludó Ronan—. ¿Estudiantes, ¿no? ¿Y aprendéis mucho en el colegio?
—Eh...
—Un poquito —dijo con timidez Hermione.
Algunas risas dispersas se escucharon en la Sala.
—No te creo que sea poquito —comentó Fred.
—¿Conociendo a nuestra cuñada?, lo dudo mucho —remató George, haciendo que Hermione se sonrojara y que más risas se escucharan, aliviando la tensión.
—Un poquito. Bueno, eso es algo. —Ronan suspiró. Torció la cabeza y miró hacia el cielo—. Esta noche, Marte está brillante.
—Ajá —dijo Hagrid, lanzándole una mirada—. Escucha, me alegro de haberte encontrado, Ronan, porque hay un unicornio herido. ¿Has visto algo?
Ronan no respondió de inmediato. Se quedó con la mirada clavada en el cielo, sin pestañear, y suspiró otra vez.
—Típico de los centauros —confirmó el propio Hagrid.
—Siempre los inocentes son las primeras víctimas —dijo—. Ha sido así durante los siglos pasados y lo es ahora.
—Sí —dijo Hagrid—. Pero ¿has visto algo, Ronan? ¿Algo desacostumbrado?
—Marte brilla mucho esta noche —repitió Ronan, mientras Hagrid lo miraba con impaciencia—. Está inusualmente brillante.
—Sí, claro, pero yo me refería a algo inusual que esté un poco más cerca de nosotros —dijo Hagrid—. Entonces ¿no has visto nada extraño?
Otra vez, Ronan se tomó su tiempo para contestar. Hasta que, finalmente, dijo:
—El bosque esconde muchos secretos.
Un movimiento en los árboles detrás de Ronan hizo que Hagrid levantara de nuevo su ballesta, pero era sólo un segundo centauro, de cabello y cuerpo negro y con aspecto más salvaje que Ronan.
—Hola, Bane —saludó Hagrid—. ¿Qué tal?
—Buenas noches, Hagrid, espero que estés bien.
—Sí, gracias. Mira, le estaba preguntando a Ronan si había visto algo extraño últimamente. Han herido a un unicornio. ¿Sabes algo sobre eso?
Bane se acercó a Ronan. Miró hacia el cielo.
—Esta noche Marte brilla mucho —dijo simplemente.
—A ver —explotó JS, sacudiendo las manos y sorprendiendo a los demás—, ¿por qué tanta insistencia con que Marte brilla mucho?
—Te explico —respondió Lavender, con voz calmada y una sonrisa en su rostro—: Marte, el planeta más cercano a la Tierra, se llama así por su color rojizo, como la sangre, y por el dios romano de la guerra. Que brillara mucho en ese momento se podía interpretar como el signo del comienzo de una guerra, un conflicto. Si a eso le sumas lo que se ha narrado de los unicornios muertos o heridos, y la extraña presencia de hace un momento, puede interpretarse como el comienzo de una guerra entre la luz y la oscuridad en el mundo mágico, y más con lo que había dicho sobre los inocentes y el bosque.
—"Siempre los inocentes son las primeras víctimas —recitó Rose, de memoria—. Ha sido así durante los siglos pasados y lo es ahora"; aparte dijo "El bosque esconde muchos secretos"
—Exactamente —confirmó Remus al repasar la lectura previa—, pequeña Rose.
—Y si consideramos los acontecimientos futuros —intervino Dumbledore—, lo expuesto por la señorita Brown es terrible pero completamente acertado.
El silencio se volvió a instalar en la Sala, permitiendo a Remus seguir la lectura.
—Eso dicen —dijo Hagrid de malhumor—. Bueno, si alguno ve algo, me avisáis, ¿de acuerdo? Bueno, nosotros nos vamos.
Harry y Hermione lo siguieron, saliendo del claro y mirando por encima del hombro a Ronan y Bane, hasta que los árboles los taparon.
—Nunca —dijo irritado Hagrid— tratéis de obtener una respuesta directa de un centauro. Son unos malditos astrólogos. No se interesan por nada más cercano que la luna.
—¿Y hay muchos de ellos aquí? —preguntó Hermione.
—Oh, unos pocos más... Se mantienen apartados la mayor parte del tiempo, pero siempre aparecen si quiero hablar con ellos. Los centauros tienen una mente profunda... saben cosas... pero no dicen mucho.
—Ya nos dimos cuenta —comentó Frankie, provocando algunas risas.
—¿Crees que era un centauro el que oímos antes? —dijo Harry.
—¿Te pareció que era ruido de cascos? No, en mi opinión, eso era lo que está matando a los unicornios... Nunca he oído algo así.
Pasaron a través de los árboles oscuros y tupidos. Harry seguía mirando por encima de su hombro, con nerviosismo.
—Yo también estaba nerviosa —comentó Hermione, apenada.
Tenía la desagradable sensación de que los vigilaban. Estaba muy contento de que Hagrid y su ballesta fueran con ellos. Acababan de pasar una curva en el sendero cuando Hermione se aferró al brazo de Hagrid.
—¡Hagrid! ¡Mira! ¡Chispas rojas, los otros tienen problemas!
Neville miró con mala cara a Draco, quien sólo encogió los hombros. Algunos notaron el intercambio silencioso, pero estaban tan involucrados en la lectura que no interrumpieron.
—¡Vosotros esperad aquí! —gritó Hagrid—. ¡Quedaos en el sendero, volveré a buscaros!
Lo oyeron alejarse y se miraron uno al otro, muy asustados, hasta que ya no oyeron más que las hojas que se movían alrededor.
—¿Crees que les habrá pasado algo? —susurró Hermione.
—No me importará si le ha pasado algo a Malfoy, pero si le sucede algo a Neville... está aquí por nuestra culpa.
—Gracias, Harry / Potter —expresaron Neville y Draco, con diferente inflexión de voz: profundo agradecimiento del Gryffindor, sarcasmo cáustico de parte del Slytherin.
Los minutos pasaban lentamente. Les parecía que sus oídos eran más agudos que nunca. Harry detectaba cada ráfaga de viento, cada ramita que se rompía. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Dónde estaban los otros?
Por fin, un ruido de pisadas crujientes les anunció el regreso de Hagrid. Malfoy, Neville y Fang estaban con él. Hagrid estaba furioso. Malfoy se había escondido detrás de Neville y, en broma, lo había cogido. Neville se aterró y envió las chispas.
—Papá —se oyó el lamento de Scorpius, mientras los demás veían con diversos grados de molestia a Draco.
—Vamos a necesitar mucha suerte para encontrar algo, después del alboroto que habéis hecho. Bueno, ahora voy a cambiar los grupos... Neville, tú te quedas conmigo y Hermione. Harry, tú vas con Fang y este idiota. Lo siento —añadió en un susurro dirigiéndose a Harry— pero a él le va a costar mucho asustarte y tenemos que terminar con esto.
—Creo que así debiste organizar los grupos desde el principio —mencionó Frank, con tono preocupado.
Así que Harry se internó en el corazón del bosque, con Malfoy y Fang. Anduvieron cerca de media hora, internándose cada vez más profundamente, hasta que el sendero se volvió casi imposible de seguir, porque los árboles eran muy gruesos. Harry pensó que la sangre también parecía más espesa.
Había manchas en las raíces de los árboles, como si la pobre criatura se hubiera arrastrado en su dolor. Harry pudo ver un claro, más adelante, a través de las enmarañadas ramas de un viejo roble.
—Mira... —murmuró, levantando un brazo para detener a Malfoy.
Algo de un blanco brillante relucía en la tierra. Se acercaron más.
Sí, era el unicornio y estaba muerto. Harry nunca había visto nada tan hermoso y tan triste. Sus largas patas delgadas estaban dobladas en ángulos extraños por su caída y su melena color blanco perla se desparramaba sobre las hojas oscuras.
Los más jóvenes, especialmente las niñas, lloraban a lágrima viva por la descripción, mientras que los mayores, atentos a la lectura, se preguntaban quién o qué acumulaba tanta maldad para hacer eso. Sólo Dumbledore, Snape y Harry sabían de quien se trataba.
Harry había dado un paso hacia el unicornio, cuando un sonido de algo que se deslizaba lo hizo congelarse en donde estaba. Un arbusto que estaba en el borde del claro se agitó... Entonces, de entre las sombras, una figura encapuchada se acercó gateando, como una bestia al acecho. Harry, Malfoy y Fang permanecieron paralizados. La figura encapuchada llegó hasta el unicornio, bajó la cabeza sobre la herida del animal y comenzó a beber su sangre.
—¡Por Merlín! —exclamó Lily—, ¿Quién es ese ser maldito?
Harry estuvo a punto de responder, pero prefirió hacerle señas a Remus para que siguiera leyendo.
—¡AAAAAAAAAAAAAH!
Malfoy dejó escapar un terrible grito y huyó... lo mismo que Fang. La figura encapuchada levantó la cabeza y miró directamente a Harry. La sangre del unicornio le chorreaba por el pecho. Se puso de pie y se acercó rápidamente hacia él... Harry estaba paralizado de miedo.
Aunque algunos exclamaron por lo bajo, nadie dijo nada. Estaban todos impresionados por la narración.
Entonces, un dolor le perforó la cabeza, algo que nunca había sentido, como si la cicatriz estuviera incendiándose. Casi sin poder ver, retrocedió. Oyó cascos galopando a sus espaldas, y algo saltó limpiamente y atacó a la figura.
El dolor de cabeza era tan fuerte que Harry cayó de rodillas. Pasaron unos minutos antes de que se calmara. Cuando levantó la vista, la figura se había ido. Un centauro estaba ante él. No era ni Ronan ni Bane: éste parecía más joven, tenía cabello rubio muy claro, cuerpo pardo y cola blanca.
Una buena tanda de suspiros se dejó escuchar. Lily abrazaba fuertemente a Harry, quien se dejaba mimar, mientras Ginny tomaba su mano libre.
—¿Estás bien? —dijo el centauro, ayudándolo a ponerse de pie.
—Sí... gracias... ¿qué ha sido eso?
El centauro no contestó. Tenía ojos asombrosamente azules, como pálidos zafiros. Observó a Harry con cuidado, fijando la mirada en la cicatriz que se veía amoratada en la frente de Harry.
—Tú eres el chico Potter —dijo—. Es mejor que regreses con Hagrid. El bosque no es seguro en esta época, en especial para ti. ¿Puedes cabalgar? Así será más rápido... Mi nombre es Firenze —añadió, mientras bajaba sus patas delanteras, para que Harry pudiera montar en su lomo.
—¿Qué? —exclamó James, sorprendido— ¿Un centauro te dejó cabalgarlo? ¡Nunca lo había escuchado!
—Otra de esas primeras veces, señor James —le recordó Ron.
Del otro lado del claro llegó un súbito ruido de cascos al galope. Ronan y Bane aparecieron velozmente entre los árboles, resoplando y con los flancos sudados.
—¡Firenze! —rugió Bane—. ¿Qué estás haciendo? ¡Tienes un humano sobre el lomo! ¿No te da vergüenza? ¿Es que eres una mula ordinaria?
—¿Te das cuenta de quién es? —dijo Firenze—. Es el chico Potter. Mientras más rápido se vaya del bosque, mejor.
—En eso tiene razón —comentó Sirius, tan impactado como los demás en la Sala.
—¿Qué le has estado diciendo? —gruñó Bane—. Recuerda, Firenze, juramos no oponernos a los cielos. ¿No has leído en el movimiento de los planetas lo que sucederá?
Ronan dio una patada en el suelo con nerviosismo.
—Estoy seguro de que Firenze pensó que estaba obrando lo mejor posible —dijo, con voz sombría.
También Bane dio una patada, enfadado.
—¡Lo mejor posible! ¿Qué tiene eso que ver con nosotros? ¡Los centauros debemos ocuparnos de lo que está vaticinado! ¡No es asunto nuestro el andar como burros buscando humanos extraviados en nuestro bosque!
De pronto, Firenze levantó las patas con furia y Harry tuvo que aferrarse para no caer.
—¿No has visto ese unicornio? —preguntó Firenze a Bane—. ¿No comprendes por qué lo mataron? ¿O los planetas no te han dejado saber ese secreto? Yo me lanzaré contra el que está al acecho en este bosque, con humanos sobre mi lomo si tengo que hacerlo.
Y Firenze partió rápidamente, con Harry sujetándose lo mejor que podía, y dejó atrás a Ronan y Bane, que se internaron entre los árboles.
—Vaya —exclamó Parvati, sorprendida, al igual que muchos en la Sala—, los centauros estaban discutiendo entre sí.
—Un reflejo de lo que estaba comenzando a pasar entre los magos —reflexionó Lavender—, los mayores incrédulos de lo que los jóvenes estaban descubriendo.
—Exactamente, señoritas Patil y Brown —confirmó Dumbledore. Algunos estaban comenzando a calmarse, pero otros aún estaban tensos.
Harry no entendía lo sucedido.
—¿Por qué Bane está tan enfadado? —preguntó—. Y a propósito, ¿qué era esa cosa de la que me salvaste?
Firenze redujo el paso y previno a Harry que tuviera la cabeza agachada, a causa de las ramas, pero no contestó. Siguieron andando entre los árboles y en silencio, durante tanto tiempo que Harry creyó que Firenze no volvería a hablarle. Sin embargo, cuando llegaron a un lugar particularmente tupido, Firenze se detuvo.
—Harry Potter, ¿sabes para qué se utiliza la sangre de unicornio?
—No —dijo Harry, asombrado por la extraña pregunta—. En la clase de Pociones solamente utilizamos los cuernos y el pelo de la cola de unicornio.
Snape alzó una ceja, mientras veía extrañado al pergamino. Lily, aun abrazando a Harry, miró a su antiguo amigo.
—Eso es porque matar un unicornio es algo monstruoso —dijo Firenze—. Sólo alguien que no tenga nada que perder y todo para ganar puede cometer semejante crimen. La sangre de unicornio te mantiene con vida, incluso si estás al borde de la muerte, pero a un precio terrible. Si uno mata algo puro e indefenso para salvarse a sí mismo, conseguirá media vida, una vida maldita, desde el momento en que la sangre toque sus labios.
Varios bufidos de sorpresa y terror se escucharon, especialmente de los más jóvenes.
Harry clavó la mirada en la nuca de Firenze, que parecía de plata a la luz de la luna.
—Pero ¿quién estaría tan desesperado? —se preguntó en voz alta—. Si te van a maldecir para siempre, la muerte es mejor, ¿no?
—Es así —dijo Firenze— a menos que lo único que necesites sea mantenerte vivo el tiempo suficiente para beber algo más, algo que te devuelva toda tu fuerza y poder, algo que haga que nunca mueras…
Varios, comenzando por los Ravenclaw más jóvenes, abrieron los ojos y se taparon la boca, con evidentes gestos de sorpresa y de haber hecho la relación. Dumbledore miraba con tristeza hacia el frente, mientras que Snape seguía imperturbable la lectura.
… ¿Harry Potter, sabes qué está escondido en el colegio en este preciso momento?
—¡La Piedra Filosofal! ¡Por supuesto...! ¡el Elixir de Vida! Pero no entiendo quién...
—¿No puedes pensar en nadie que haya esperado muchos años para regresar al poder, que esté aferrado a la vida, esperando su oportunidad?
Fue como si un puño de hierro cayera súbitamente sobre la cabeza de Harry. Por encima del ruido del follaje, le pareció oír una vez más lo que Hagrid le había dicho la noche en que se conocieron: «Algunos dicen que murió. En mi opinión, son tonterías. No creo que le quede lo suficiente de humano como para morir».
—¿Voldemort? —preguntó, por encima de los rumores, Lily. Tanto Harry como Dumbledore asintieron en silencio.
—¿Quieres decir —dijo con voz ronca Harry— que era Vol...?
—¡Harry! Harry, ¿estás bien?
Hermione corría hacia ellos por el sendero, con Hagrid resoplando detrás.
—Estoy bien —dijo Harry, casi sin saber lo que contestaba—. El unicornio está muerto, Hagrid, está en ese claro de atrás.
—Aquí es donde te dejo —murmuró Firenze, mientras Hagrid corría a examinar al unicornio—. Ya estás a salvo.
Harry se deslizó de su lomo.
—Buena suerte, Harry Potter —dijo Firenze—. Los planetas ya se han leído antes equivocadamente, hasta por centauros. Espero que ésta sea una de esas veces.
—Y por lo que terminó pasando —comentó Lavender, acomodándose la bufanda—, no se equivocaron en la lectura.
Muchos suspiraron derrotados. Este capítulo estaba siendo mucho más tenso que lo que su nombre decía.
Se volvió y se internó en lo más profundo del bosque, dejando a Harry temblando.
—Cualquiera —intervino Charlie, mientras abrazaba a Nadia.
Ron se había quedado dormido en la oscuridad de la sala común, esperando a que volvieran.
—Como Remus cuando a James y a mí nos tocaba cumplir castigo —recordó Sirius, tratando de aligerar el ambiente.
—Igual que Lucy, esperando por nosotros —complementó JS.
Cuando Harry lo sacudió para despertarlo, gritó algo sobre una falta en quidditch. Sin embargo, en unos segundos estaba con los ojos muy abiertos, mientras Harry les contaba, a él y a Hermione, lo que había sucedido en el bosque.
Harry no podía sentarse. Se paseaba de un lado al otro, ante la chimenea. Todavía temblaba.
—Snape quiere la piedra para Voldemort... y Voldemort está esperando en el bosque... ¡Y todo el tiempo pensábamos que Snape sólo quería ser rico!
Snape miró con su clásica mirada a Harry, quien sólo encogió los hombros.
—¡Deja de decir el nombre! —dijo Ron, en un aterrorizado susurro, como si pensara que Voldemort pudiera oírlos.
Harry no lo escuchó.
—Casi nunca lo hizo —comentó Ron. Cuando Harry, intrigado, lo interrogó con la mirada, le respondió—: Sabes que la mayoría del tiempo fue así, no nos escuchabas cuando estabas en modo reflexivo.
—Firenze me salvó, pero no debía haberlo hecho... Bane estaba furioso... Hablaba de interferir en lo que los planetas dicen que sucederá... Deben decir que Voldemort ha vuelto... Bane piensa que Firenze debió dejar que Voldemort me matara. Supongo que eso también está escrito en las estrellas.
—¿Quieres dejar de repetir el nombre? —dijo Ron.
—Así que lo único que tengo que hacer es esperar que Snape robe la Piedra —continuó febrilmente Harry—. Entonces Voldemort podrá venir y terminar conmigo... Bueno, supongo que Bane estará contento.
Hermione parecía muy asustada, pero tuvo una palabra de consuelo.
—Como siempre —volvió a comentar Ron, y tomando de la mano a su esposa, continuó—, siempre con una palabra de reflexión y calma.
Hermione le dio un beso en la mejilla, y Remus siguió leyendo.
—Harry, todos dicen que Dumbledore es al único al que Quien-tú-sabes siempre ha temido. Con Dumbledore por aquí, Quien-tú-sabes no te tocará. De todos modos, ¿quién puede decir que los centauros tienen razón? A mí me parecen adivinos y la profesora McGonagall dice que ésa es una rama de la magia muy inexacta.
Ambas afirmaron, mientras Parvati y Lavender las vieron, traicionadas en su amor propio.
El cielo ya estaba claro cuando terminaron de hablar. Se fueron a la cama agotados, con las gargantas secas. Pero las sorpresas de aquella noche no habían terminado.
—¿Y ahora qué, por Merlín? —preguntó Lily, tensándose nuevamente.
Cuando Harry abrió la cama encontró su capa invisible, cuidadosamente doblada. Tenía sujeta una nota:
Por las dudas.
Varios sonrieron, especialmente los Potter, mientras que Remus, dando un sonoro suspiro, indicó:
—Acá termina este capítulo.
Colocó el pergamino en el atril y éste, silenciosamente, se desplazó hasta Sirius, quien al leer el título del capítulo sólo pudo decir
—Al final la fuiste a buscar, ¿no?
Buenas tardes (ya) desde San Diego, Venezuela! Se nos vino la trilogía de capítulos que encierran el "acto final" de este primer año, y la tensión en la Sala es cada vez más palpable. Los centauros no estuvieron muy errados en sus lecturas de los cielos, y por supuesto la presencia de Voldy asustó hasta al más pintado... Se viene el que para mi gusto es el mejor de los capítulos, pero prefiero que ustedes lo juzguen por sí mismo... Saludos a todos los que siguen, están alerta y leen este relato, y muy especialmente a los comentaristas de esta semana:
lavida134: Qué bueno que te encantó el capítulo y, sí, eso de "El Legado Maldito" se queda afuera, porque se supone que dentro de la continuidad de mi relato no cuadra (además que para mí no es canon se tenía que decir y se dijo!).
Guest (comentarista anónimo): Para que veas, el eterno comentario de que "Este mundo es muy grande y la ciudad es muy chica": el dragón que vio nacer Ginny (sí, su esposa, recuerda que esto ocurre en "tiempo cuasireal") termina siendo el famoso "Colacuerno Húngaro"...
Como no volveré a publicar antes de Navidad 2019, quiero desearles a todos y cada uno de ustedes, mis estimados lectores, que el Hijo de la Promesa les obsequie salud, energía y alegría para el año por venir, el 20-20, año olímpico, bisiesto y que esperemos llegue con visión perfecta... Salud y saludos!
