Si hubiera sabido lo que iba a pasar...
Todo parecía ir bien. Es decir, las cosas hacía tiempo que no estaban bien entre nosotros, pero en vista de que el movimiento One World Nation se estaba extendiendo nuestros jefes hicieron un esfuerzo por limar asperezas y crear una red de apoyo. En aquella ocasión América incluso se portó como un caballero, enseñándome la Casa Blanca por dentro.
Entonces vino la primera interrupción.
Se trataba de un humano, pero no un humano cualquiera. Por eso los guardas del edificio le permitieron que se acercara a América. Incluso le ayudaron. Era un anciano que vestía un uniforme de color verde oliva con un gorro conjuntado.
— Señor América...
Para no obligarlo a caminar hacia nosotros, América fue a su encuentro.
— Buenas tardes.
Una sonrisa se formó en el rostro de aquel señor tan mayor.
— Hay que ver cómo son las cosas...—dijo—, cuando me alisté en el ejército allá por el 41 tenía dieciséis años. Ahora yo soy un viejo pellejo y usted sigue igual de joven que por aquel entonces.
— Oh, no diga eso, lo lleva estupendamente.
El anciano rió mostrando una dentadura postiza.
— Solo quería acercarme para decirle que yo no me trago todas esas tonterías sobre empezar de nuevo. Somos muchos los que hemos luchado por el mundo que tenemos hoy. No es perfecto, pero es mejor que cualquier utopía. Mientras aún tenga un soplo de aire en mis pulmones, lo bendeciré. Ha sido mi patria, la de mis padres, la de mis abuelos y los que estaban antes de ellos. La de mis hijos y la de mis nietos. No hay lugar en el mundo mejor que éste. Dios lo guarde.
Hay algo especial en los veteranos. Sobre todo los que lucharon en aquella horrible guerra. Había tanto que perder que supongo que se creó un vínculo muy especial. Y era bien sabido que América adoraba a sus hombres. No faltó a los funerales de cada uno de ellos cuando, ya en casa, fueron falleciendo por causas naturales. Las palabras de aquel hombre, en esos momentos en que muchas eran las voces que lo acusaban de imperialista y de cometer abusos en territorio extranjero, lo tocaron muy profundamente.
El veterano le hizo el saludo militar y América, orgulloso, se lo devolvió.
En ese momento me pareció una anécdota bonita, como a los periódicos y las redes sociales que recogieron la noticia. No sabía que la visita de aquel hombre sería decisivo para las medidas que América tomaría después.
— ¿Cómo se llama, señor?
— Alfred McFarland, señor América.
— ¡Je! Señor McFarland, le prometo que haré lo que pueda por usted, sus hijos y sus nietos.
— Usted ya ha hecho mucho por nosotros. Es hora de que nosotros hagamos por usted.
Ahí acabó la breve entrevista. El personal de la Casa Blanca condujo al veterano a la salida y América se quedó pensativo durante un rato antes de recordar que yo me encontraba allí.
— ¿De qué estábamos hablando?
— De que creo que ya va siendo hora de que te dejes de pendejadas y, si no vamos a llevarnos bien, al menos dejaremos de molestarnos.
— Oh, venga, México, es solo un murito de nada...
Eso fue todo lo que hablamos antes de que nos interrumpieran de nuevo.
— Se-Señor América...—se le acercó un guardaespaldas.
Se abrió la puerta del pasillo y vimos qué era lo que había visto que lo había intimidado tanto. Se sintió como si una ventisca helada hubiera entrado por la puerta y hubiera congelado la Casa Blanca. Lo cual es muy acertado, porque se trataba de Rusia.
Sacaba una cabeza al miembro más alto del personal. Parecía un gigante. Miraba a todos con los que se cruzaba con un gesto aparentemente inocente pero altivo. Y es que si hay algo que le gusta a Rusia es intimidar. Caminaba con las manos metidas en su abrigo azul oscuro. Como siempre, llevaba esa bufanda suya alrededor del cuello.
Rusia destacaba por su imponente aspecto, pero China también estaba allí y atraía muchas miradas a pesar de que era mucho más discreto. Al igual que Rusia, se había puesto un uniforme oscuro tan cuidado que daba a entender que esta no era una visita informal. En aquellos tiempos en que él y Estados Unidos habían tenido roces debido a injerencias políticas, rivalidades tecnológicas y disputas comerciales, su presencia no anunciada en territorio estadounidense resultaba realmente inquietante.
Miré a América y lo vi con las cejas alzadas. Sorprendido, sin duda, pero sin alterarse.
— América. México—nos saludó China, dirigiéndonos una mirada.
— Rusia. China. México. América. Bien, nos sabemos nuestros nombres—dijo América—. Ahora decidme por qué nadie me avisó de que vendríais.
— Digamos que es una visita sorpresa—sonrió Rusia.
— Vuestras visitas sorpresa suelen acabar a tiros...Mi jefe está reunido con el de México.
— Venimos a verte a ti.
— Tendréis que esperar. México se tomó la molestia de concertar nuestra entrevista hace semanas para hablar conmigo.
— México ya se iba—noté que Rusia me miraba fijamente, atravesando mi cerebro con esos ojos violetas suyos. A pesar de que su voz era suave, sus intenciones estaban claras—. ¿Verdad, México?
Yo vengo de un lugar caliente, ¿y qué hace el calor al hielo? A mí ese chingón no me iba a echar de ninguna parte.
— Me iré—le dije, sosteniéndole la mirada—cuando haya terminado.
Rusia siguió sonriendo, pero no como antes. Si hubiéramos estado solos los dos estoy seguro de que me habría despellejado.
— Eso lo tendré que decidir yo—dijo América en mi defensa—. ¿Podéis decirme al menos de qué se trata?
— De seguridad mundial. De eso se trata—contestó China.
Seguridad mundial. Aquello debió de estimular la imaginación de América.
— ...¿Es por el One World Nation Movement?
— Por supuesto.
— ¿Y por qué México no puede estar aquí?
— Porque veníamos a verte a ti—China me miró—. No te ofendas, aru.
— Ya. Comprendo. Vienen a ver a la potencia mundial.
De nuevo Rusia me miraba con esa sonrisa que me invitaba a largarme con viento fresco y ahora China también me miraba con insistencia. Suspiré.
— Está bien. Ya hablaremos cuando hayas resuelto lo que...tengas que hablar con ellos.
— Hasta luego, México—se despidió de mí Rusia con voz de niño bueno, y yo quise golpearlo en la nariz.
América no hizo intención de detenerme mientras me iba. Al instante condujo a sus dos incómodos invitados a una sala contigua y dio instrucciones a sus guardas de dejarlo tranquilo y dar largas a los presidentes si preguntaban por él. Lo oí. Quise acercarme y escuchar, pero esos matones no me habrían dejado acercarme. Solo me quedó vagar por la Casa Blanca hasta que mi presidente terminó de tratar con el de América y nos fuimos juntos.
A día de hoy no sé qué palabras exactas se hablaron en esa sala, pero el resultado fue pronto público. Los periódicos de todo el mundo pronto recogieron imágenes de las tres mayores potencias mundiales reunidas juntas. Las viejas rencillas, los conflictos, las habladurías, todo parecía haber quedado atrás. Sus gobiernos recibieron orden directa de favorecer la comunicación entre sus respectivos ejércitos.
Ese fue el nacimiento del Triunvirato, ante mis propias narices.
Recuerdo ese día y creo que esos dos tentaron a América con la promesa de hacer lo que más le gustaba: ser la policía del mundo. La visita del veterano de la Segunda Guerra Mundial había ablandado su corazón, lo había convencido de que era hora de hacer lo que fuera necesario para defender a la gente y a sí mismos de aquella amenaza. Seguramente usaron esa excusa, la de la defensa, para atraerlo a su bando.
Pero en ese momento simplemente nos parecía que se habían agrupado por miedo, para actuar en caso de que fuera necesario.
Aún no sabía que yo sería la primera víctima de sus abusos.
