Capitulo XVIII: Recrudece la Guerra Social. Todo Occidente en llamas.

Las declaraciones de En Sabah Nur dieron la vuelta al mundo con velocidad astronómica. Las maravillas de la tecnología moderna hicieron que en apenas veinticuatro horas, por las redes sociales, el internet y la telefonía móvil las afirmaciones del Homo Superior conocido como Apocalipsis fueran comentadas por más de quinientos millones de personas, sobre todo en las grandes ciudades de América y Europa. Pero, más importante que los comentarios que una juventud, ansiosa y desmoralizada por un mundo que parecía caerse a pedazos por todos lados, realizaba sobre los desmadres verbales del pretendiente al control mundial, eran las conversaciones y análisis que se realizaban boca a boca en los salones universitarios, mercados, plazas, talleres, fabricas, laboratorios, restaurantes y cualquier otro sitio de encuentro multitudinario.

Las divergencias por las palabras y acciones de los supremacistas y de sus líderes principales trastornaban al punto de la violencia verbal y física a casi todos los que se involucraban en las discusiones sobre los eventos vertiginosos que se sucedían hora tras hora. No existía acuerdo sobre el sentido, las intenciones o el alcance real de las expresiones utilizadas por Apocalipsis y mucho menos existía consenso sobre la mejor manera de responder a las provocaciones de los supremacistas. Estos se habían vuelto anormalmente agresivos tras las declaraciones de su máximo líder en la televisión norteamericana. Una agresividad adecuadamente apuntada contra sus enemigos primordiales: los insurrectos y revoltosos que clamaban por una revolución que trastocara los cimientos mismos de la realidad moderna y permitiera la construcción de toda una nueva estructura social, económica, política, militar, cultural, científico-tecnológica, humana, en resumen toda una nueva civilización.

Siguiendo punto a punto las ordenes expresadas por su Amo y Señor, los supremacistas se habían dedicado a atacar los locales sindicales, los centros de reunión obrera, los salones de concentración de universitarios izquierdistas y cualquier concentración callejera que expresara puntos de vista en común con los insurrectos estadounidenses. Atentados de una fuerza y proporción devastadoras empezaron a sacudir una cantidad importante de edificaciones por toda Europa y América que, según los partidarios de los supremacistas, constituían bastiones secretos de las guerrillas subversivas desde las cuales los conspiradores planeaban lanzar grandes asaltos contra el Status Quo para devastar el orden imperante. Y, cumpliendo con la determinación politiquera del Alto Señor, cesaron casi en su totalidad cualquier tipo de operación contra bases, puestos o edificaciones y personalidades ligadas a los aparatos de poder de las élites y oligarquías.

Los partidarios del movimiento revolucionario denunciaban, además, que existía algo aun más grave que el hecho de ver a los apocalípticos cesando sus agresiones contra los representantes sociales, políticos y militares del Stablishment. Los personeros del Poder habían cesado sus campañas represivas contra los militantes de los supremacistas. Allanamientos, vigilancia policial, seguimiento judicial, espionaje, infiltración, arrestos, campañas de hostigamiento y eliminación política. Cada aspecto que caracterizaba el aparato represivo del Estado en Occidente estaba constreñido a aplastar a los integrantes del Movimiento Obrero y sus elementos insurgentes y había dejado de ser empleado para contener los planes demenciales del Alto Señor. En otras palabras, el sistema se había arrebatado la careta y mostrado su verdadero rostro monstruoso. Prácticamente reconocía que sus intereses e intenciones coincidían punto por punto con los planteamientos megalómanos, clasistas, racistas y machistas del Partido de los Supremacistas y que su enemigo común lo constituía la insurgencia de tendencia socialista y obrerista dispuesta a detener los planes bestiales de los amos del mundo.

La magnitud, masividad y crueldad de los ataques perpetrados por los soldados del Alto Señor habían aumentado a tan vasta escala como la cantidad de los mismos. Europa entera se había convertido por obra y gracia de los hombres de Siniestro y Doom en un autentico paraíso de la matanza. Sus calles y avenidas no podían ser descritas sino como ríos de sangre y sus edificaciones urbanas no eran otra cosa que ataúdes gigantescos.

Uno de los mejores ejemplos del sangriento empuje que estaban desatando los barbaros supremacistas estaba marcado a fuego en la ciudad española conocida como Barcelona. Sin ninguna demostración de piedad, y cargados con una monumental cantidad de fanatismo cuasi religioso, un conjunto de grupos comando, que totalizaban unos ciento cincuenta hombres, atacaron concentraciones multitudinarias de protestatarios que manifestaban por cuestiones laborales, sociales y culturales (guerra en el Medio Oriente, construcción de viviendas para los sectores más empobrecidos, reforma satisfactoria para los intereses de la Clase Obrera del Código Laboral y solidaridad con las huelgas obreras y manifestaciones populares en Estados Unidos y China) en los famosos barrios conocidos como Poblenou y Distrito de Nou Barris.

Atacaron a todo lo largo de las calles y avenidas de esos barrios, repletas de personas y masacraron todo lo que encontraron en el camino de sus armas o sus poderes mutantes. A diferencia de lo que acontecía desde hacía meses en los estados americanos, los manifestantes se encontraban completamente desarmados y no contaban con fuerzas selectas y secretas de autodefensa capaces de repeler los ataques armados perpetrados en contra de su integridad. Europa, pese a ser cuna en Occidente de los más descomunales combates de clase de la historia, no había padecido la represión y los conflictos de facción que sacudían América en los últimos meses y por ende se encontraba completamente descuidada y sin ningún tipo de preparación para la marejada asesina que se desencadeno. Lo único que los manifestantes barceloneses pudieron hacer fue correr y llorar desesperadamente mientras las balas, descargas de energía, bombas y todo tipo de poder mutante hacía estragos en medio de sus filas. Los gritos de odio y los coñazos de madre pronunciados en perfecto español y en perfecto catalán fueron las únicas armas que los protestatarios pudieron esgrimir contra sus atacantes. Como resultado, no menos de cinco mil personas fallecieron, llenos de ira y desesperación impotente, a manos de los supremacistas.

Los videos captaron con precisión y para pasmo de una ciudadanía aletargada, las sonrisas de sádica satisfacción que mostraban los rostros salvajes de los asaltantes. Y como poseían sonido tuvieron la desafortunada suerte de escuchar a pleno pulmón las risas y carcajadas descaradas de una caterva que demostraba una diversión plena en la destrucción generalizada de cualquiera que se atravesara en su camino iluminado de purgar una sociedad que consideraban impura y necesitada de salvación por medio del fuego más infernal.

Pero Europa no estaba preparada para semejante derroche de odio y tan colosal demostración de bestialidad. Los ciudadanos europeos de clase media y alta y los mismos integrantes de la clase obrera blanca veían los horrores de la guerra en Medio Oriente y África como fenómenos de países infestados por el fanatismo religioso, las dictaduras más crueles y brutales y el hambre más extrema que obligaban a las personas a caer en los limites más abyectos de la depravación para poder subsistir. Creían que los desmanes bélicos pertenecían al pasado primitivo del continente, allá por los lejanos años de la demencia hitleriana y stalinista y que cuando los europeos volvían a masacrarse entre ellos lo hacían en las regiones más primitivas, casi asiáticas, del continente como Yugoslavia y Ucrania. Nunca volvería la guerra a golpearlos con frenesí salvaje en la parte civilizada del continente, la zona occidental donde se encontraban los ibéricos, los galos, los anglosajones, los itálicos y los germanos y nórdicos.

Veían el estallido de la Guerra Social en los poderosos y ricos Estados Unidos como una demostración, una clara comprobación, del estado aun barbárico en el que se encontraba la antigua colonia británica. América nunca había sido otra cosa que una nación de salvajes, construida por fanáticos religiosos, delincuentes comunes huidos, prisioneros esclavizados o reducidos a la servidumbre que tuvieron que sobrevivir en medio de guerras constantes contra los indígenas y que fueron tan holgazanes que, para crecer como nación, necesitaron introducir en masa esclavos negros que les trabajaran. Su existencia como país civilizado siempre había sido precaria y ahora demostraba que no fue otra cosa que un barniz con el que disfrazaban su salvajismo interior.

Pero está segura soberbia europea padecía de un defecto aterrador. Nadie creía de verdad en la existencia de una excepción europea históricamente determinada. Detrás de la arrogante seguridad europea en la ausencia de guerras y desastres sociales como los que padecían los pueblos africanos y asiáticos o como los que ahora azotaban con rabia frenética las calles de las metrópolis estadounidenses, se escondía el miedo al desgaste evidente, a la decadencia y a la descomposición crecientes de la sociedad occidental. Los niveles de desempleo que no cesaban de incrementarse, una inflación que amenazaba casi mensualmente con transformarse en hiperinflación o en deflación, un estancamiento en la innovación y la capacidad productivas que amenazaba con transformarse en una parálisis económica permanente, una caída a pique de los índices de natalidad y un envejecimiento constante de la población autóctona que no se veía recompensada por la aparición de nuevas generaciones, una juventud hundida en la desesperanza vital y que huía de los problemas de la vida invadiendo sus sentidos con drogas, bebidas y diversiones mal sanas, unas relaciones humanas tan depravadas que solo se basaban en la explotación y el abuso de los trabajadores por los patrones, las minorías religiosas por las iglesias establecidas, los jóvenes por los viejos y de estos por sus propios hijos, donde los hombres intentaban mantener sus privilegios sobre sus compañeras por medio del terror y el abuso físico y las mujeres buscaban ascender en la escala social manipulando a los hombres, utilizando a su propio sexo y, si lograban triunfar, transformándose en nuevas representantes del Stablishment para su propio provecho.

Una tierra tan decrepita que veía la introducción masiva de los desesperados inmigrantes africanos y medio orientales como una invasión silenciosa, que en cualquier momento podía convertirse en una versión moderna e igual de salvaje de las campañas emprendidas hacía milenios por los pueblos germánicos, que trajeron, por consecuencia inmediata y más dramática, la caída y destrucción de la alguna vez grandiosa civilización imperial romana. Un miedo que se traducía en la construcción de legiones de fanáticos raciales y étnicos empeñados en la contención y de ser necesario el exterminio de los recién llegados para salvaguardar el legado y la permanencia de la civilización y la raza europea. Un miedo que se había convertido en la política de represión y persecución constante que estaban padeciendo actualmente los pueblos inmigrantes en las fronteras de Hungría, en las costas de Grecia, en las playas de Sicilia, en el seno de España y hasta en las riveras del Sena, en el seno de la democrática y civilizada Francia, patria de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Una Europa que, incapaz de resolver sus crisis internas, y empeñada en culpar de sus desgracias a los inmigrantes de los países islámicos y latinoamericanos, olvidaba su parte de responsabilidad en la tragedia humana que forzaba a esos pueblos a desear y necesitar introducirse dentro de las fronteras del Viejo Continente. Una Europa que apoyo con lo poco que le quedaba de energía y voluntad imperial a los Estados Unidos en su aventura imperial en Corea, que guardo un prudente silencio ante los crímenes yanquis en Vietnam, que saco dividendos jugosos de las guerras árabe-israelíes y de los constantes enfrentamientos entre los propios países arábigos y/o musulmanes, que se cayó la boca durante los genocidios y tiranías en Zaire, Ruanda, Burundi, Nigeria, Sudáfrica excepto para realizar meras protestas simbólicas y ocultar los lucrativos negocios que sus empresarios de la guerra obtenían diariamente de sus pactos con los caudillos de estas naciones. Que se llenaba la boca con discursos grandilocuentes sobre los Derechos Humanos para poder socavar a los regímenes en Iraq, Siria, Libia, Irán, Afganistán pero mantenía jugosos tratados con los mismos potentados contra los que decían combatir, sostenían relaciones billonarias con tiranías igual de execrables en Arabia Saudita, Qatar, Pakistán, África y permanentemente intentaban concluir tratos billonarios, pese a sus salvajes duelos geopolíticos, con Rusia y China.

Una Europa que olvidaba que no poseía derecho moral a rechazar la entrada de inmigrantes ilegales a sus tierras bajo el pretexto de la defensa de las costumbres y tradiciones continentales, porque ella había inundado el mundo (especialmente las Américas) con sus propios nativos para aliviar las penurias generadas por una explotación y una opresión de características rapaces y para huir de una sucesión interminables de pestes, hambrunas y guerras que desangraban y asolaban la totalidad de su cuerpo. Unos nativos que no solo se conformaron con abandonar las costas de Europa y poblar la tierra sino que llevaron sus propias tradiciones y costumbres con ellos y ayudaron a constituir una nueva realidad y una nueva cultura y civilización en las tierras que pisaban.

Difícilmente Europa podía jactarse que sus hijos poseyeran mejores costumbres o modales más refinados que los africanos y asiáticos que intentaban llegar a sus fronteras. Una tierra donde hasta los reyes sufrían de analfabetismo y se jactaban de sus talentos guerreros y de las masacres que lograban infligir en las posesiones de sus contrincantes y donde imperaba el máximo fanatismo religioso y donde cualquier pensamiento disidente político o religioso era perseguido con intenciones exterminadoras, era complicado que pudiera jactarse de poseer superioridad histórica sobre los desesperados que ahora intentaban penetrar en sus naciones. Máxime cuando, en gran medida, estas personas huían de unas tiranías, unos movimientos fanáticos y unas guerras que solo podían sostenerse en el tiempo y el espacio gracias a los euros, los dólares y las armas que les entregaban los potentados occidentales.

Independientemente de su turbio pasado o de la participación activa de los intereses empresariales y bancarios europeos en los despropósitos salvajes que se vivían en las naciones de origen de los desesperados que intentaban ingresar a las tierras occidentales, lo que más perturbación generaba en las mentalidades europeas y en su maltrecha conciencia, a la par que en su azotada existencia, era la enorme presencia de nativos del continente en las filas de los terroristas que asolaron Barcelona y que arremetieron con furia no menos cruel y criminal contra una serie de ciudades principales, a todo lo largo y ancho de la geografía europea.

Los miedos europeos no se habían cumplido exactamente como ellos los habían desarrollado y las huestes de fanáticos religiosos y/o políticos que apuntaban sus armas contra el corazón de la civilización moderna no estaban compuestas por hordas de maniáticos de Ala o por hambrientas y desesperadas masas de cualquier tipo religioso provenientes del Asia o del África. La inmensa mayoría de los integrantes de las fuerzas apocalípticas formaban parte de la etnia caucásica y pertenecían a los nativos por excelencia de España, Italia, Francia, Alemania, Inglaterra, Grecia, Austria y Suecia. Los ocho países víctimas de las agresiones endemoniadas de los Supremacistas en los meses transcurridos desde el descarado discurso pronunciado por En Sabah Nur en las puertas de la Casa Blanca, delante de las cámaras de casi todos los canales de noticias importantes del orbe y hasta algunos sistemas informativos de las grandes potencias intergalácticas.

Un shock psicológico generado por la predisposición europea a olvidar las lecciones más valiosas de su propia historia y los aspectos más cercanos a la tradición histórica europea que se vieron, en el transcurso de los siglos, en el desenvolvimiento social, político, económico y militar de las naciones africanas, asiáticas y americanas. Olvidaron que, cuando una sociedad o civilización se encuentran en decadencia o en franca descomposición, los peligros principales para la supervivencia de la misma no se encuentran entre los elementos extranjeros que quieran apoderarse de las riquezas, lujos y posesiones de los pueblos civilizados decadentes. El peligro principal para la existencia de las potencias civilizadas descompuestas se encuentra introducido en el propio seno de la civilización que se derrumba. Cantidades apreciables de personas que, aun siendo nativas y originarias de las naciones en descomposición, no han podido beneficiarse de las riquezas de las mismas por el nivel de explotación y opresión existente en la civilización decadente. Unas masas de individuos y grupos sociales que, llevados al borde de la desesperación, deciden tomar a la brava lo que la civilización les negó por las buenas y que incluso están dispuestas a cooperar con los elementos "barbaros" extranjeros en el saqueo y destrucción de una civilización que les exigió todo pero no les entrego nada.

No recordaron que fueron ejércitos de nativos americanos en plena insurrección contra las brutalidades de los señores aztecas e Incas los que permitieron que Cortez y Pizarro liquidaran los grandes y tiránicos Imperios prehispánicos. Olvidaron que, cuando Roma fue saqueada por las tribus germanas, millares de romanos nativos apoyaron la invasión y despojaron a sus anteriores explotadores de la máxima cantidad de riquezas que pudieron y no fueron extrañas las alianzas entre fuerzas de esclavos y plebeyos del Imperio Romano con los invasores germanos en Galia, Hispania y los Balcanes y en la propia Península Itálica. No quisieron recordar las masivas conversiones de los plebeyos y campesinos griegos y balcánicos que no sintiendo ninguna identificación con sus opresores no dudaron ni un minuto en convertirse a la religión de los invasores otomanos. No recordaron que una de las principales razones del rápido quiebre del Imperio Mongol fueron las feroces disputas surgidas en el propio seno de los conquistadores por razones religiosas, sociales y geopolíticas que desencadenaron brutales guerras civiles. Para tomar elementos más cercanos debieron recordar que fueron las masivas insurrecciones de los obreros, soldados y campesinos en Alemania, Austria, Hungría, Italia y, sobretodo, Rusia lo que desmonto sus Imperios y provoco el final de la Primera Guerra Mundial. Y fueron las masivas huelgas estudiantiles y obreras en Occidente una de las razones primordiales para finiquitar la Guerra de Vietnam.

No era pues nada extraño que, en el salvaje ataque de un numeroso grupo de terroristas, contabilizado en más de cinco mil milicianos poderosamente armados, y que desencadeno una sucesión de matanzas que se prolongo por cuarenta y cinco días y provoco la muerte de más de ochenta mil personas en Italia, la exacta cantidad de nativos italianos de origen y ADN plenamente Homo Sapiens, que conformaron estas partidas asesinas y que fueron los más entusiastas entre todos los criminales, llegara a los tres mil ochocientos. Y no tenía nada de extraño que sus principales víctimas fueran las personas que supuestamente estaban detrás de la desintegración de la civilización italiana y dañaban la identidad nacional: los obreros en huelga, percibidos como traidores y masas inmigrantes percibidas como invasoras; pese a que los comandantes de la operación eran italianos y extranjeros por partes iguales.

Más dramático y crudo fue el panorama en Francia donde, durante tres meses, se desencadeno una campaña de asesinatos colectivos, tanto en las urbes como en la campiña, tomando como objetivos a los militantes de los partidos de izquierda, a los integrantes de los sindicatos y a los trabajadores o ciudadanos que participaban en huelgas o manifestaciones callejeras. París, Toulouse, Marsella, toda Alsacia y Lorena, Normandía tuvieron que ver pasmados de horror como ciento cincuenta mil personas procedentes de las filas de la Clase Obrera y las masas populares caían abatidas por las armas de última generación de cuatro mil milicianos humanos tan llenos de odio y desesperación que no veían la contradicción de formar parte de un ejército que estaba dominado a escala planetaria por un Supremacista mutante que llamaba al exterminio de las impurezas Homo Sapiens. Llamado que ellos interpretaban como la aniquilación de todo rastro de pensamiento subversivo y transformador. Todos los humanos eran de origen francés. Las tres cuartas partes de ellos poseían educación universitaria completa.

Alemania de ninguna manera logró escapar a la tendencia general que afectaba a los pueblos de Europa y hordas de milicianos ultraderechistas de claro origen Homo Sapiens y partidarios del discurso racista y clasista de Apocalipsis, Siniestro, Doom y el resto de los Supremacistas, se dedicaron a sembrar el terror entre la población civil a la que irónicamente decían defender de los males del comunismo, el judaísmo y el extremismo islámico, pero a la que exterminaban por su pecado de no querer comprender que sus agresores eran sus salvadores. Pero los extremistas de origen germano parecían querer recuperar la tradición de brutalidad propia de los nazis de los años treinta de los que se reclamaban herederos y con los que decían poseer lazos prácticamente orgánicos; quizá por la alianza entre Cráneo Rojo y los Supremacistas y la reciente asociación de la vieja organización de este (Hydra) con los caudillos apocalípticos. Parecían decididos, debido a esta casi orgánica relación entre el antiguo Reich Hitleriano y las nuevas organizaciones, a resucitar las prácticas brutales demostradas por los nazis cuando destrozaron los cristales o cuando purgaron al Partido a punta de cuchillo. Por lo visto decidieron hacer con los nuevos sindicalistas, socialdemócratas y comunistas lo que su dios austriaco logro implementar a lo largo de los años treinta después de la farsa del Reichstag.

Comenzaron por Berlín, lugar de concentración de una masiva protesta nacional de los trabajadores del ferrocarril, los trabajadores portuarios y aeroportuarios, los trabajadores de la industria del acero y de la industria del automóvil, los de la poderosa industria química y un largo etcétera. Se calculaba que no menos de un millón de trabajadores se encontraban manifestando en las calles de la capital germánica, cuando una hueste de mil quinientos humanos y mutantes apocalípticos apareció por medios científicos o mágicos desconocidos por los presentes y atacaron con fuego de metralleta, pistolas, revólveres, lanzagranadas, fusiles y algunos poderes. La desesperación se apodero de los protestatarios que buscaban forma de escapar del infernal fuego desatado por los apocalípticos y salvar el pellejo. Igual que en New York, hacía ya tantos y tantos meses atrás, los agresores arremetían con una sonrisa depredadora en los rostros y aullidos desaforados de alegría mientras sus víctimas iban cayendo como hormigas ante una gigantesca bota. Fuego a diestro y siniestro sin piedad de ningún tipo, con una frialdad escalofriante y con precisión macabra acompañados de los disparos de poderes realizados por mutantes que ejercían el papel de francotiradores desde las edificaciones más elevadas acrecentaron exponencialmente el número de víctimas de la acometida.

Para cuando al día siguiente se realizo el computo de bajas mortales; todas de los trabajadores manifestantes, dado que no contaban con armas para repeler la agresión y los efectivos policiales y militares del Gobierno no pudieron llegar a tiempo bajo el argumento que la aglomeración de personas en la calle impedía la adecuada movilización de las fuerzas del orden público; la cifra oficial entregada por los reportes del Gobierno informaba de la perdida de aproximadamente quince mil vidas. Los círculos de la Izquierda y los propios reportes extraoficiales emanados de algunos comentaristas televisivos y radiales, aun no dominados por la censura estatal y empresarial, aumentaban la cifra a treinta mil personas. Treinta mil personas masacradas por una pandilla de solo mil quinientos salvajes pero que contaban con un armamento que solo se había visto en los campos de batalla americanos desde que estallo la Guerra Social. Y al que presuntamente ni siquiera los efectivos del aparato militar alemán lograban tener acceso. Y, he aquí que, menos de dos mil asesinos entrenados (y todos de origen alemán) poseían armas que no tenía el Estado. ¡Supuestamente!

Berlín no fue el único punto de la geografía alemana asolado por los terroristas fuertemente armados, entrenados y adecuadamente fanatizados. Porque, pese a que la masacre berlinesa dejo tan trastornado al pueblo germánico que lo inmovilizo en sus hogares y puesto de trabajo y lo convenció que concentrarse en masa en las calles lo exponía imprudentemente a la acción demencial de sus más enconados enemigos, precisamente estos no creían que la lección hubiera sido adecuadamente aprendida y desencadeno asaltos generalizados parecidos contra los centros industriales y los barrios de familia proletaria en Hamburgo, Kiel, Colonia, Múnich, Tréveris y Dresde.

Según los rumores escuchados, y algunos videos de muy pésima visualización, los asaltantes emplearon artillería de misiles portátiles, bazucas, y hasta morteros para bombardear las zonas laborales y familiares de los trabajadores alemanes. Y, según los mismos reportes, estos agresores contaron con la poderosa cobertura de grupos de mutantes dotados de capacidades equiparables a la de los mejores soldados de Magneto y con un entrenamiento que no desmerecía de los mejores agentes y soldados de SHIELD. ¿Por qué semejante despliegue de poder contra unos trabajadores completamente desarmados? Era una gran incógnita. Pero cuando, tras tres meses de ataques constantes, se pudo empezar a contabilizar el tamaño de la carnicería desencadenada contra su propio pueblo por una chusma fanatizada de perfectos nativos germanos, se pudo constatar que la matanza superaba con creses las de España, Italia y Francia combinadas. Cuatrocientas veinte mil personas asesinadas en tan solo la cuarta parte de un año por una chusma criminal que estaba conformada por unos quince mil milicianos del Partido Supremacista. Solo la carnicería de la Guerra Social Americana se equiparaba a esa masacre sinsentido.

Pero la sucesión de masacres que continuaron cobrándose decenas o cientos de miles de víctimas mortales en otras naciones como Grecia, Inglaterra, Suecia y Austria estaban empezando a dejar claro para las masas europeas de origen obrero que las características para definir quién era una amenaza bárbara y quien representaba los intereses esenciales de la civilización europea pasaban por un claro posicionamiento clasista. Excepto para hacer recuento de daños y, pese a contar, desde el reinicio acelerado del armamentismo, con un arsenal tan ultramoderno como el de las grandes potencias extra europeas; ni los ejércitos ni las policías de ninguno de los Estados Europeos llega a hacer acto de presencia en el trascurso de las matanzas perpetradas por las hordas humano-mutantes del ejército supremacista. Pareciera como si las autoridades más encumbradas de la política continental estuvieran secretamente entusiasmadas con los hechos y les hubieran otorgado carta blanca a los asesinos para imponer una especie de paz de los cementerios en el cada vez más convulso panorama sociopolítico europeo.

Durante la época del derrumbe del Imperio Romano las elites imperiales dividieron a las tribus invasoras en dos grupos o categorías principales. Los barbaros que podían ser domesticados o cuando menos comprados y los barbaros irreductibles que pretendían tomar lo que deseaban por la sola fuerza de sus espadas, sin importar cuantas negociaciones intentaran realizar los romanos. Roma o sus elites comprendieron que podían prolongar su existencia contra sus enemigos externos e internos si lograban consolidar alianzas más o menos estables con los invasores más susceptibles de dejarse impresionar por las bondades ofrecidas por la civilización de las clases dominantes imperiales. No resulto extraño ver como poderosas mesnadas de barbaros participaban con energía en la supresión de los levantamientos de esclavos en Galia e Hispania y en la propia Italia pese a que muchos de estos insurrectos habían intentado establecer lazos de alianza con los invasores para enfrentarse contra un presunto enemigo común. Tarde comprendieron que los intrusos no querían destruir en realidad el poderío romano sino tomar beneficio del mismo y ser coparticipes de las riquezas acumuladas por las elites romanas en siglos de saqueos sistemáticos.

Así mismo no resultaba extraño observar como los ejércitos tribales participaban en sangrientos enfrentamientos contra las tribus bárbaras no integradas en el imperio para lograr someterlas a la necesaria disciplina imperial y retrasar o evitar la caída de una civilización de la que estaban sacando máximos provechos. Fueron caudillos y ejércitos barbaros los que detuvieron y aplastaron las primeras incursiones de Alarico contra Italia; fue una alianza romano-bárbara la única forma de contener la ofensiva de Atila el Huno en los campos de batalla de Galia; fueron los mismos barbaros que saquearon Roma (Visigodos y Vándalos) los que tras llegar a acuerdos provechosos con las elites imperiales se dedicaron a saquear las tierras de las tribus más irreductibles y a destruir sin piedad los restos de los movimientos antiesclavistas que sacudían el Imperio Romano.

Por lo visto, cuando las Elites de la Europa moderna hablaban de la necesidad de salvar la civilización occidental o cuando menos la europea de la arremetida de los barbaros y de sus socios internos, tenían claramente delimitados las características económicas, políticas, sociales y demográficas de los grupos a los que consideraban dignos de exterminación y cuales debían ser protegidos y salvados. Parecían poseer la misma conciencia romana que afirmaba que la amenaza interna era aun más importante que la externa y pese a su discurso chovinista no demostraron poseer problemas de conciencia en utilizar en sus armadas, públicas o privadas, a los mismos extranjeros contra los que denostaban tan furiosamente para emplearlos en la represión de las protestas de los pobladores nativos del continente.

Parecía que en la actualidad, la división en las naciones bárbaras era, según las bases analíticas europeas tan marcada como en los tiempos del Imperio Romano. Los barbaros buenos, de alguna manera englobados dentro del paradigma civilizatorio occidental y que podían ser halagados con las máximas prebendas posibles que Europa era capaz de proveer a sus privilegiados; vehículos de lujo, vestimenta excepcionalmente cara, viviendas exquisitas, alimentación diaria y de una abundancia obscena, armamento de una calidad que hacían la envidia de cualquier guerrero que se preciara, participación en las jornadas festivas que emprendiera la Clase Dominante para glorificar su poderío y su permanencia en los pináculos más elevados del poder moderno y por supuesto no podían faltar grandes cantidades de hembras para la satisfacción de sus más impulsivos instintos posesivos. Y también varios jóvenes machos para lo que los burgueses llamaban "gustos peculiares". A cambio de todos estos beneficios, agregados al placer evidente que sentían de propagar su fanática fe supremacista, los barbaros integrados poseían la obligación de ejecutar las más duras acciones para garantizar que, en el Nuevo Orden implementado cuando los barbaros triunfaran, los integrantes más prominentes de las viejas Elites siguieran poseyendo un papel rector en la sociedad. Igual que los antiguos magnates romanos lograron en gran medida conservar su primicia aliados o matrimoniados con los invasores. Las matanzas generalizadas con el enorme número de víctimas demostraban que el acuerdo parecía resultar muy fructífero para ambos sectores.

Por el otro lado se encontraban los barbaros malos. Aquellos no integrados y que, aunque deseosos de disfrutar de los beneficios de las tierras europeas, no se encontraban dispuestos a realizar el juego sucio de las Elites y convertirse en sus matones a sueldo. Aquellos que preferían tomar a la brava lo que se les negaba por las buenas, no importa lo duro que trabajaran como animales ni lo mucho que intentaran integrarse a los aspectos aceptables de la civilización europea sin traicionar sus propias raíces. Aquellos que emprendían sus propias luchas y no parecían tener problemas, pese a sus diferencias raciales y religiosas a coordinar esfuerzos con los miembros menos favorecidos de las sociedades nativas cuando estos, cansados de sus miserias y de los engaños, decidían también tomar a la brava lo que consideraban suyo por derecho.

Aunque, por otra parte, el que las Elites consideraran como barbaros enemigos a aquellos que se habían propuesto tomar por las bravas lo que consideraban de su pertenencia estaba limitado por la visión que la burguesía parecía poseer sobre lo que era tomar por asalto sus propiedades. Junto a los ataques salvajes perpetrados por los supremacistas se habían estado sucediendo atentados brutales de agrupaciones como Al Qaeda e ISIS en Atenas, Salónica, Viena, Varsovia, Múnich, y París que se habían saldado con la muerte de varios millares o decenas de millares de individuos tanto nativos europeos como inmigrantes medio orientales y/o norafricanos. Pese a lo cual los presuntos defensores de la suprema raza europea no habían movido ni un musculo para confrontar la arremetida de los extremistas del Islam concentrados como estaban en devastar las grandes concentraciones protestatarias de los trabajadores huelguistas y las sedes de los partidos, sindicatos y organizaciones radicales de la Clase Obrera. Y por parte de las autoridades gubernamentales, sus policías y ejércitos se habían dedicado, bajo el pretexto de encontrar a los responsables de las agresiones supremacistas, a allanar las sedes de las organizaciones proletarias y ciudadanas e incluso a realizar masivas encarcelaciones de los integrantes de los movimientos protestatarios, utilizando el argumento que formaban parte de organizaciones radicales que intentaban perturbar el orden social. Ningún local de los partidarios legales de los supremacistas, pese a que era público su protagonismo en la ola de terror desatado, fue investigado o allanado.

El problema existente para los poderes establecidos y su alianza con los poderes supremacistas estriba en que, al igual que las Elites organizaban sus acciones de acuerdo a sus propios intereses sin importarle las consecuencias para los elementos sociales supeditados a su poder y considerando por igual como barbaros a ser exterminados tanto a los inmigrantes arábigos y norteafricanos como a los trabajadores nativos en franca protesta y como barbaros buenos, integrados al sistema a los nativos y extranjeros que llenaban las calles europeas con la sangre de los elementos no integrados; así mismo el tamaño de las matanzas y la indiferencia de los poderosos para con el sufrimiento de los masacrados y sus familiares y amigos provoco un revulsivo salvaje en la conciencia y determinación de los trabajadores e inmigrantes que poblaban el Viejo Mundo Europeo.

Al igual que las masacres en New York, Chicago, Boston, Filadelfia y California fueron el detonante para que los trabajadores norteamericanos comprendieran que el discurso de Markson se basaba en una cruenta y cruel realidad y que sus enemigos estaban por igual entre los grupos extremistas de la derecha ilegal, la farsante izquierda reformista pacifista y en los más elevados pináculos del poder del Estado Burgués, las matanzas perpetradas por los Supremacistas y los extremistas islámicos a lo largo y ancho de la geografía europea empezaron a provocar que las masas pertenecientes a las clases subordinadas percibieran a toda la Élite Industrial, Financiera y Nobiliaria y sus socios legales o ilegales como sus enemigos a destruir y que comprendieran que las diferencias raciales o religiosas que las separaban eran nimias en comparación con las diferencias marcadas que había entre los europeos e inmigrantes de origen proletario y los europeos e inmigrantes pertenecientes a la Oligarquía.

Para preocupación de los burgueses, que no se esperaban una reacción de los trabajadores de ambos grupos humanos tan pronta y radical, se empezó a verificar una aproximación enérgica y masiva entre los obreros nativos y los inmigrantes legales o ilegales. Tal cual en Estados Unidos el levantamiento de Markson provoco la alianza inesperada de los huelguistas y de los militantes partidarios de la emancipación de los mutantes. No resulto extraño observar la existencia de masivas concentraciones obreras compuestas por europeos nativos y masas de inmigrantes congestionando las calles de las capitales de las naciones integrantes de la Unión Europea, pese al miedo generado por las matanzas genocidas y pese a la masiva presencia policiaco-militar en las calles de todas las urbes principales de Europa. Solo en Berlín se calcula que se llegaron a concentrar millón y medio de trabajadores, superando la cantidad de manifestantes de los comienzos de las matanzas. En Londres aparecieron más de setecientos mil huelguistas, y por toda Francia se manifestaron cinco millones de obreros llenos de furia y coraje. Dos meses después, y pese a que prosiguieron los ataques supremacistas e islamistas, ya existían en Alemania trece millones de huelguistas, diez millones en Francia, nueve millones en Inglaterra y una proporción parecida en Italia. Una cifra parecida a la de América cuando las huelgas pasaron a convertirse en insurrección y guerra social.

Muchos miembros de la intelectualidad progresista clamaban para que el proletariado europeo y el sub proletariado inmigrante no se dejaran arrastrar por las provocaciones de las Elites y llevaran su lucha masiva por los cauces civilizados. Que no permitieran que el enemigo los transformara en bestias criminales sedientas de sangre y así les otorgaran la razón en su discurso derechista que presentaba a los proletarios y a los inmigrantes como salvajes o barbaros indisciplinados e irreductibles. Exigían que las clases subordinadas pusieran fin al círculo vicioso de la Guerra Social. Esta estúpida progresía europea olvidaba que para que exista una guerra hacen falta dos bandos enfrentados en condiciones más o menos parejas o de lo contrario solo se trata de una masacre unilateral del poderoso contra el indefenso. Mal podía ser catalogada como Guerra Social el que poco más de quince mil humanos y mutantes armados con lo mejor de la tecnología armamentista moderna, y con el amparo secreto de los dos millones y medio de soldados que formaban el ejército alemán desde el inicio del rearme europeo, asesinaran a mansalva a casi medio millón de trabajadores en apenas tres meses. No podía ser calificado sino como genocidio y si se le presentaba como acto de guerra lo sería en el sentido de una agresión unilateral e inesperada; inesperada por lo menos para los que no comprendían el bestial radicalismo fascista de los miembros de una burguesía que con cada día que trascurría se volvía más paranoica y sedienta de una seguridad que él carácter insurgente de las protestas en América y la masividad de las mismas en Europa le arrebataban.

Exigir a una colectividad exterminada que mantenga cauces pacifistas y civilizados, cuando sus "civilizados" enemigos no temblaban para desencadenar horrores solo compatibles con los años más oscuros de la historia continental, solo podía concebirse en las mentes de personajes sin conexiones reales con la situación sobre el terreno, sin adecuados conocimientos históricos y, peor aún, poseedores de estos conocimientos actuales y pasados y con toda la capacidad para utilizar las herramientas adecuadas para el análisis de lo que acontecía, pero a los cuales no les importaba nada de esto porque para ellos lo importante era mantener la paz a cualquier costo y garantizar así la supervivencia de un sistema que en el fondo los beneficiaba, aunque este mismo sistema trajera aparejados incontables horrores y sufrimientos a la inmensa mayoría de los pueblos de la Tierra.

Pero los proletarios europeos, los inmigrantes de origen proletario, campesino y plebeyo y los miembros más enérgicos y cultivados de estos conglomerados sociales recordaban que las predicas de amor y paz, mientras las enormes masas de explotados y oprimidos eran exterminados por sus enemigos históricos jurados, solo trajeron aparejados horrores sin paralelo. La masacre de la Comuna de París, las Dos Guerras Mundiales, la matanza contra la Comuna de Berlín, las matanzas contra los proletarios de Europa Oriental, el franquismo, el exterminio de los indígenas americanos, la esclavitud de los negros africanos, el exterminio contra los judíos y la persecución salvaje contra los sindicalistas, socialistas y comunistas de Europa y Estados Unidos, todo ello se desencadeno mientras los progres gritaban a voz en cuello por la paz y la armonía, por la reconciliación y el perdón. Por supuesto, mientras esta paz, amor, reconciliación y perdón fueran solo demostraciones de la debilidad de los explotados y así los poderosos podrían seguir esquilmando a su antojo a todos los esclavos, asalariados o no, del mundo entero. Siempre que los esclavos decidían hacer caso omiso de las predicas de los sensibles intelectuales de la progresía y pasaban a defenderse, por leve que fuera la defensa, a los progres se les olvidaba su papel conciliador y no les temblaba el pulso para llamar a los potentados a asegurar la paz y el orden por medio de los métodos más brutales, tal cual Lutero hizo cuando se levantaron los campesinos alemanes en la Edad Media.

Para un evento de proporciones apocalípticas mucho más cercano en el tiempo bastaba con llevar la mirada al otro lado del Océano y observar la evolución de los eventos en América. Durante semanas o meses, los ejércitos, policías y grupos paramilitares estadounidenses olvidando quien había sido el autor de los atentados en New York se dedico a perseguir, encarcelar y asesinar en secreto o en público a los trabajadores norteamericanos movilizados en masivas huelgas.

Los muertos ya se contaban por cientos de miles y los miembros de la progresía intelectual Homo Sapiens y Homo Superior hacían llamados desesperados para que las masas proletarias conservaran la calma y no se dejaran llevar por pequeñas provocaciones de algunos elementos tóxicos en el aparato del Estado. Los tanques de guerra, cañones de asedio, y cientos de miles de soldados armados hasta los dientes cruzaban las calles de los barrios proletarios de toda la nación como si estuvieran en tierra conquistada, cometiendo asesinatos masivos a plena luz del día, allanando las casas de los presuntos activistas y disparándoles a bocajarro frente a todos los vecinos, mientras otros se "divertían" violando, también en plena calle, a las mujeres e hijas de los ejecutados y, aun así, los progres llamaban a no caer en nimiedades y evitar prolongar la Guerra Social.

Cuando los revolucionarios norteamericanos, con Markson a la cabeza, convencieron a las masas que esas atrocidades conformaban todo un masivo plan de acción a largo plazo para imponer la más férrea dictadura sobre todo el país durante décadas y que las autoridades americanas se estaban uniendo a los Supremacistas para lograr este barbárico cometido; los trabajadores Homo Sapiens y las masas mutantes se levantaron en masa y devolvieron plomo por plomo, matanza por matanza y las calles de las ciudades americanas quedaron repletas de cadáveres de soldados imperiales y ya no solo de trabajadores desarmados e indefensos.

La progresía intelectual ataco con salvajismo de cipayo a los revoltosos, los acusaron de provocar el desorden y el caos y exigieron a las autoridades que restablecieran la Ley y el Orden con toda la fuerza y los medios requeridos. Ahora el país norteamericano estaba envuelto en una verdadera Guerra Social y los proletarios blancos, las minorías negras y latinas y los Homo Superior les hacían pagar con toneladas de sangre a los Amos del Imperio Yanqui sus masacres impunes. Los trabajadores europeos empezaron a ver que una burguesía desatada y criminal solo comprendía el lenguaje de la fuerza y que la progresía ya no tenía nada que enseñarles a los proletarios, si es que alguno vez tuvo algo decente que decir aparte de bajar la cabeza y quitarse los calzones para beneficio y placer de la Burguesía Occidental.

También comprendieron o recordaron gracias a los ejemplos de la Guerra Social Yanqui que la Burguesía era capaz de emplear los métodos más diversos y salvajes para contener la marejada transformadora. Principalmente el viejo truco de mantener o intentar mantener dividido al movimiento revolucionario aunque fuera utilizando tácticas de una miseria flagrante.

No resulto extraño que en las calles de la América Nórdica la represión corriera a cargo de dos agrupaciones perfectamente diferenciadas por sus Amos. Para reprimir y exterminar a los huelguistas humanos, la burguesía empleo a fondo fuerzas de combate constituidas por mutantes. Muchas veces podían ver los vecinos de las víctimas de la represión estatal como criaturas con extraños poderes entraban a las casas de sus objetivos y ejercían con una crueldad inédita las tareas impuestas por sus señores. A la par, enormes Centinelas y hombres de la infantería blindada Homo Sapiens fueron los encargados de arremeter contra las viviendas y contra los escondrijos de los integrantes de los Homo Superior; especialmente si había una multitud tanto humana como mutante observando la medida represiva.

Las diferencias entre represores y reprimidos era más marcada mientras más terrible y degradante fuera la práctica arbitraria del Estado. Cuando necesitaban torturar o matar con sumo dolor y asegurar que el miedo más irracional llegara a lo más profundo del conjunto poblacional allí era donde se encargaba el Estado de asegurar la máxima diferencia entre los agresores y sus víctimas. Sobre todo cuando se dedicaban a implementar una de las medidas más humillantes para la psique de las personas a lo largo de la historia; la violación de las mujeres e hijas de los conquistados. Ver a sus mujeres, hermanas e hijas ultrajadas en público por pandillas de perros de presa que pertenecían a una raza completamente diferente a la que ellos conocían generaba una autentica sensación de angustia e ira que los poderosos estaban convencidos de poder manipular para generar el caos entre las filas de la resistencia.

Una política que logro al inicio de la Guerra Social un éxito más amplio del deseado por parte de los revolucionarios. Resultaba común encontrarse las calles llenas de cadáveres o de moribundos producto de violentas riñas raciales. Era casi un tópico literario trasladado a la cruda realidad observar como legiones de mutantes, enfurecidos por alguna brutalidad de policías acorazados humanos en alguna comunidad Homo Superior, se dedicaban a destruir y saquear las barriadas humanas, especialmente las de clase obrera y marginal, únicas que no poseían protección policiaco-militar. Y casi diariamente se veían hordas de humanos rabiosos tomarse un desquite brutal asaltando y reduciendo a escombro los barrios y refugios mutantes matando todo lo que conseguían atravesado en su glorioso camino de destrucción.

Pero tan clamoroso éxito se vio contrarrestado por la política practicada por los líderes revolucionarios con un acierto más esplendoroso de lo esperado. El Comité Revolucionario estaba constituido por una decena de miembros de los cuales la mitad eran Homo Sapiens, tres eran Homo Superior y dos resultaron ser híbridos, mestizos nacidos de la unión de humano con mutante. Y no solo era la constitución por especie del liderazgo revolucionario algo que impacto a las masas explotadas y les hizo ver que estaban siendo engañados.

La mitad del liderazgo revolucionario era blanco, y la otra mitad eran negros, latinos o mestizos. Mitad y mitad del Alto Mando insurgente estaba compuesto por hombres y mujeres. Y más importante que esta conformación del liderazgo subversivo era el modo de comportarse de los mismos. Había una marcada insistencia en erradicar las diferencias raciales y sexuales del Movimiento Insurreccional remarcando el origen unívocamente burgués de todos los auténticos Señores que orquestaban las matanzas en los barrios proletarios y mutantes. Si bien era una chusma desorganizada e imbécil la protagonista callejera de los enfrentamientos, los que daban las órdenes para que los cuerpos represivos, humanos y mutantes por igual, desataran sus carnicerías represivas estaban aposentados en Washington, Wall Street y las grandes sedes secretas del Stablishment.

Tanto humanos como mutantes tenían el mismo enemigo y su causa era idéntica. Además que, los revolucionarios eran ferozmente igualitarios en sus prácticas. Las jerarquías temporales eran implantadas según el talento, los logros y meritos de la persona, no por su raza, color, u origen, las grandes movilizaciones callejeras proletarias y mutantes mantenían un orden y una disciplina aceradas que solo se veían perturbadas cuando atacaban los paramilitares o los ejércitos del poder establecido. Y, si los ejércitos revolucionarios cometían desmanes, los responsables eran inmediatamente castigados con una dureza acorde al delito. No se toleraban asesinatos, torturas o violaciones contra la población civil o prisioneros de guerra, cada convención de regularización de la guerra adoptada en las reuniones internacionales era seguida al pie de la letra y la ferocidad combativa se mantenía en los campos de batalla.

Resulto error común entre las mesnadas contrarrevolucionarias, influenciadas por los discursos cada día más influyentes del Partido Supremacista, considerar esta disciplina y esta decencia para con los civiles y los prisioneros como una demostración de debilidad propia de los sumisos e inexpertos esclavos destinados a obedecer las instrucciones de sus Amos naturales.

La sucesión de batallas que sacudieron las metrópolis norteamericanas, desde que la Gran Huelga se transformo en Guerra Social abierta y declarada, mostraron a la opinión pública nacional e internacional que de lo que menos adolecía el liderazgo revolucionario era de debilidad e indefinición a la hora de confrontar a sus enemigos. La compasión y el trato humanitario para aquellos que no podían defenderse se limitaban a los integrantes de este grupo en particular. No había ni se pedía piedad en el campo de batalla. La Batalla de Chicago y las posteriores batallas en New York, Boston, Detroit, Filadelfia, California, Pittsburgh, el Sur profundo y cada urbe del país solo mostraron imágenes de los soldados revolucionarios abriendo fuego masivo contra las hordas enemigas o ensartándolos a cuchilladas y bayonetazos cuando se confrontaban cuerpo a cuerpo. Enemigos heridos de gravedad pero que de alguna manera conservaban la capacidad de combatir eran acribillados sin contemplaciones y los Grandes Comandantes de las divisiones apocalípticas y gubernamentales eran juzgados en el mismo campo de batalla y pasados por las armas si su delito lo ameritaba. Dadas las imágenes grabadas por los mismos generales apocalípticos orgullosos de sus "hazañas" resultaba claramente evidente la culpabilidad de los megalómanos. Las críticas de los progres sobre el carácter extremo y criminal de las medidas de los insurgentes fue respondida con una simple y llana respuesta: No se negocia con genocidas. Después de todo, las mismas imágenes de los medios de comunicación burgueses, no podían mostrar un solo ejemplo de los revolucionarios pasando por las armas a personas que no poseyeran un amplio registro de crímenes de guerra de enorme calibre.

Los europeos, que comenzaban a enfrentarse con las mismas tácticas de sabotaje, división y exterminio a las que se vieron confrontados los proletarios y mutantes de la Unión Americana, vieron no solo el ejemplo maquiavélico de su propia burguesía sino las lecciones que los revolucionarios de la lejana América habían aprehendido y aplicado con maestría. Los sectores más radicales del viejo movimiento obrero de Europa comprendieron que, si querían deshacer la macabra trampa que su Oligarquía Empresarial y Bancaria y el Estado en que esta se apoyaba les tendía, no tendría más remedio que empezar a aplicar con determinación e implacabilidad modos más enérgicos y violentos de respuesta contra las maniobras totalitarias de los burgueses del Viejo Mundo.

Con el agravante de tener que estar pendientes de las movidas que pudiera hacer el coloso Ruso en su seguro intento de impedir que el ejemplo americano y europeo cundiera por sus calles. Después de todo, en Rusia la Revolución, aunque frustrada al final, había tomado las riendas del país y de la sociedad entera con muchas décadas de antelación con respecto al mismísimo Occidente.

Alemania, el país que más víctimas había sufrido desde que comenzó la campaña de terror de los Supremacistas, marco la pauta en la respuesta del obrero blanco nativo, la comunidad inmigrante y la abundante población mutante, quizá la más numerosa de todo Occidente después de la enorme comunidad mutante americana. La respuesta de las clases y comunidades explotadas y oprimidas de la tierra germánica fue excepcional tanto por su envergadura numérica como por la potencia y violencia de los elementos armados de la Insurrección.

La cantidad de trabajadores en huelga supero los treinta millones de personas, entre ellos la absoluta totalidad de los trabajadores del sector industrial y de los trabajadores del sector agrario y una proporción abrumadoramente elevada de los trabajadores del conocido como sector de los servicios. Pese al terror callejero desencadenado por las mesnadas apocalípticas y de la represión abrumadora de las fuerzas del Estado, esta oleada huelguística no se conformo con paralizar el sector económico y listo. La presencia de los trabajadores en la vida germánica se hizo sentir con fuerza en el plano político real, tomando las calles en multitudinarias protestas y asegurando la imposibilidad del trabajo de los esquiroles, tomando las zonas industriales y comerciales como si de zonas de batalla se tratase. Los equipos de seguridad creados por los militantes proletarios contaban con masivas cantidades de armamento bélico y casero y cada manifestación era precedida y flanqueada por poderosas brigadas de protección, armadas hasta los dientes y constituidas por personas capaces de emprender acciones enérgicas y efectivas de guerra urbana. Muchos de los manifestantes poseían esta capacidad por haber prestado el servicio militar y pese a ello haber conservado un claro instinto de clase que les indicaba quien era el autentico enemigo a vencer o destruir.

Las calles de Berlín, Múnich, Colonia, Dresde, Hamburgo, Kiel, y otras importantes urbes germanas se convirtieron para desesperación y odio de la clase dominante en escenarios de movilizaciones callejeras del proletariado alemán, que parecían procesiones de un ejército inmenso preparado para la guerra a gran escala contra el enemigo que fuera, tanto interno, en clara referencia al poderío burgués, como externo, en efectiva demostración de poderío contra los colosos imperiales de América, Rusia y China. Para la clase burguesa la situación se presentaba meridianamente clara y extraordinariamente bien definida. Si no desencadenaba una represión completa contra los levantiscos trabajadores alemanes se encontraría pronto en una situación en la que estos estarían con un poder tan consolidado que tendrían la capacidad o cuando menos la posibilidad cierta de atraerse a los elementos aun no definidos de las capas sociales medias y aun a los mismos inconformes que pertenecían a la clase burguesa y con estas adiciones y el control completo de la situación sociopolítica del país entero les sería sumamente sencillo, relativamente hablando, apoderarse del control del poder político y económico nacional e influir gracias a su nuevo poder en la consecución de un resultado similar en el resto de los países del continente. Pero si desencadenaban la represión total, con el estado de ánimo abiertamente hostil que envolvía a la totalidad o casi de la Clase Trabajadora en contra de los sectores dominantes y con el armamentismo que desarrollaba esta gente en estos momentos, con toda seguridad Alemania estallaría en una Guerra Social abierta de magnitud tan amplia como la que devastaba Estados Unidos y por lógica elemental se tragaría en su vorágine caótica y sangrienta a toda Europa, incluyendo a la propia Rusia. Como fuera la Élite se encontraba entre la espada y la pared.

Para empeorar el panorama, la magnitud de la rebelión de los proletarios germánicos estaba inspirando una notable elevación de las intenciones levantiscas de los trabajadores, inmigrantes y mutantes en las demás naciones que componían la Unión Europea y de hecho entre los proletarios y explotados del continente entero, incluyendo las naciones que pertenecieron alguna vez a las posesiones del desaparecido Imperio Soviético. Tanto en Francia como en Inglaterra e Italia el número de trabajadores industriales, agrarios y de servicios involucrados en las oleadas huelguísticas se había duplicado en un lapso que no superaba las cinco semanas. Grecia, Portugal y la extinta Yugoslavia que poseían niveles de combatividad creciente vieron a los efectivos de los ejércitos de huelguistas incrementado por diez, cuando todos los trabajadores de las industrias y entidades dependientes del Estado se declararon en estado de huelga permanente y obtuvieron el apoyo de la totalidad de los obreros industriales y de las zonas rurales. La misma Rusia tuvo que observar llena de furia como su Clase Obrera aprehendía la lección de insumisión de los trabajadores occidentales y durante tres semanas más de trece millones de trabajadores llenaron las calles de Moscú, San Petersburgo, Volgogrado, Járkov, Kiev, y la Región de los Urales y como en el último día de protestas la suma se elevaba exponencialmente a la de veintiocho millones.

Pero el pánico se apodero realmente de las Clases Oligárquicas cuando se registro el primer enfrentamiento realmente serio entre las fuerzas apocalípticas unidas con los ejércitos formales de la Burguesía alemana contra los grupos armados constituidos por la clase proletaria alemana para protegerse, precisamente, de los ataques de los poderes anteriormente mencionados. Lo peor del asunto fue que tuvo como escenario el centro mismo del poder político germano: Berlín. Y que el mundo entero fue testigo de cómo los trabajadores alemanes demostraron poseer la capacidad de confrontar las amenazas y agresiones directas de sus más enconados enemigos, pese a la presunta imposibilidad de derrotar con eficacia la maquinaria de un Estado Moderno bien engrasado.

Como era de esperar, la jornada bélica comenzó por una agresión brutal de los soldados pertenecientes a las mesnadas apocalípticas, contra una concentración masiva de los trabajadores alemanas en unión de los inmigrantes radicalizados y grandes cantidades de la comunidad mutante. Pero una característica de las manifestaciones y concentraciones proletarias alemanas de los últimos meses era su masividad. Una característica que esta vez no se presento y que fue despachada por los líderes del asalto como una demostración de la desmoralización progresiva de las cobardes masas populares ante las arremetidas de las bien entrenadas y disciplinadas fuerzas de la legítima Elite Humano-Mutante. En vez de las enormes concentraciones que lograban reunir quinientos mil, un millón y hasta dos millones de personas de clara extracción proletaria, tanto nativos alemanes como inmigrantes africanos y asiáticos, en esta oportunidad apenas rondaban las calles berlinesas la modesta cantidad de ochenta mil personas que ni siquiera estaban concentradas en un solo punto sino partidas en tres avenidas diferentes aunque paralelas de la importante capital europea.

La fuerza de asalto que decidió acabar con los manifestantes estaba compuesta por no menos de dos mil quinientos paramilitares de la autodenominada Fuerza de Ataque Especial por la Supremacía. Pese a su nombre extraordinariamente cursi y cliché, que parecía sacado de una producción hollywoodense, era una de las maquinarias asesinas mejor entrenadas del mundo. Según los reportes creados por SHIELD, MI5, Mossad, BND, NSA y CIA todos los miembros de la Fuerza de Ataque habían realizado operaciones de acción encubierta y bajo el comando de alguno de los más poderosos gobiernos occidentales durante los últimos veinte años. Afganistán, Pakistán, Iraq, Irán, Yemen, Arabia Saudita, Egipto, China, Rusia, España, Alemania, Estados Unidos, Venezuela y Paraguay habían sido algunos de los múltiples destinos de estos operativos. Cada infraestructura considerada objetivo de ataque y cada persona ubicada como blanco legitimo de exterminio había sido adecuadamente destruida. Nunca fallaron una operación. Hasta habían realizado operaciones contrarias a los intereses occidentales en más de una oportunidad logrando éxitos realmente monumentales, incluyendo la destrucción de cuatro cuarteles operacionales de SHIELD en Europa y de tres bases de la CIA en México matando a cada operativo enemigo en el proceso.

La horda apocalíptica decidió acometer contra la agrupación más grande, compuesta por unos treinta mil manifestantes y que ocupaba la posición central entre las otras dos concentraciones protestatarias. Aproximadamente a las nueve y media de la mañana una horda de mutantes y humanos perfectamente sincronizados aparecieron de la nada a través de sendos agujeros tele transportadores. Aparecieron como maquinas asesinas, abriendo fuego apenas estuvieron en presencia de los manifestantes, sin demostrar ninguna especie de compasión por la matanza de unos infelices completamente indefensos. Haces de energía de alta intensidad cruzaron las esquinas que rebasaban los obreros, bombas de antimateria llovieron sobre los manifestantes, la tierra tembló bajo sus pies con furia de tsunami y los vientos arreciaron a velocidades inhumanas como si quisieran arrancarlos del suelo y aventarlos contra los cielos. Y como siempre, acompañando el despliegue de brutalidad armada de los agresores, las bestiales carcajadas y los gritos de éxtasis casi orgásmicos al imaginarse la mortandad desatada por sus armas y poderes.

El infernal ataque no debió prolongarse más allá de los cinco minutos de duración. Con el poderío del arsenal del que disponían los mutantes apocalípticos y los mercenarios humanos, resultaba un tiempo más que suficiente para que cada persona perteneciente a la concentración estuviese en el mejor de los casos muerta y en el peor moribunda, a la espera de las sesiones de tortura con la que se deleitaban los matones con las personas que capturaban. Estos ya se imaginaban el placer que empezarían a sentir y que iría ampliándose a medida que despedazaran centímetro a centímetro los cuerpos de los caídos y escucharan sus gritos de dolor, miedo e impotencia ante las salvajadas que padecerían a manos de sus captores.

Pero este placer se vio detenido por una inesperada y desconcertante sorpresa. Ninguna de las personas concentradas en la manifestación se encontraba en el suelo bañada en sangre o con las partes de su cuerpo desperdigadas por todas partes. De hecho, cada uno de los presentes en la avenida berlinesa, parecían encontrarse bajo la protección de una especie de escudo de energía que los cubría individual y colectivamente al mismo tiempo y sostenían en sus manos unos aparatos metálicos largos y con la apariencia de unas poderosas armas de ataque energético que supuestamente no deberían estar en manos de estos civiles de baja extracción social. Se suponía que cada uno de los presentes era un hombre o una mujer desarmados e indefensos que perecerían casi instantáneamente a manos de una poderosa hueste de héroes supremacistas. No era concebible que portaran rifles y fusiles de asalto y poseyeran una sonrisa torva en los labios como si se estuvieran preparando para desencadenar una violenta y mortífera contraofensiva. Simple y llanamente no figuraba en los planes que habían diseminado entre sus partidarios los comandantes del Alto Señor.

Y, pese a ello, eso fue exactamente lo que aconteció. Como si de una bestia mitológica, espectacular y demoniaca se tratase, de la inmensa columna de presuntas víctimas, que estaba aposentada en la avenida berlinesa, salió disparada una interminable sucesión de intensas descargas de energía. Dirigidas contra los cuerpos de los agresores y contra las edificaciones en las cuales se apoyaban, causaron inmediatos estragos. Quizá los campos de energía de los apocalípticos y los mercenarios hubieran sido lo suficientemente poderosos para aguantar las descargas y evitar la muerte de estos. Pero completamente desprevenidos y sorprendidos por un contraataque que les parecía imposible no pudieron activar sus defensas a tiempo y los haces de rayos laser o de energía antimateria atravesaron sus corazas y sus cuerpos como si de un cuchillo penetrando gelatina se tratase.

Casi la mitad de los atacantes murió al instante en que los rayos desgarraron sus carnes y penetraron sus defensas. El resto pudo activar sus defensas y plantarse para librar batalla contra su, inesperadamente feroz, presa. Los manifestantes empezaron a desplegarse de una manera estrictamente ordenada en batallones perfectamente organizados y disciplinados y se lanzaron a tomar los edificios y casas de los alrededores para combatir contra sus ocupantes apocalípticos y mercenarios. Se combatió con una ferocidad digna de las grandes batallas callejeras acontecidas durante las épocas insurreccionales. Con la marcada diferencia que ahora los insurrectos eran los que estaban a la ofensiva, atacando los edificios ocupados por sus enemigos y con un armamento que en cantidad y calidad igualaba y hasta superaba al de sus contrarios. El poder de las armas y mutaciones de los Supremacistas era evidente por lo violento de su resistencia, pese a su escaso número en comparación con los huelguistas, pero estos estaban hartos de la arrogancia de los matones de las elites y de las masacres constantes y poseían los recursos para tomarse un desquite sangriento y efectivo.

Se combatió durante un lapso de dos a tres horas durante las cuales se pudieron observar edificios de varios pisos cayendo despedazados sobre los cimientos que los sostenían y en las cuales se acumulaban los cuerpos de los apocalípticos y sus mercenarios. No se dio ni se pidió cuartel de ninguna clase por parte de ninguno de los bandos involucrados. Pudo observarse como los supremacistas desgarraban con sus manos los cuerpos de sus contrarios, arrancándoles el corazón y las tripas, o como les arrancaban la espina dorsal y la masa craneoencefálica, sin contemplaciones, apenas encontraban un modo de perforar los escudos de los rebeldes. Y pudo verse como los milicianos proletarios caían sobre los supremacistas heridos y les descargaban sus armas sobre sus cuerpos moribundos rematándolos allí mismo sin considerar tomar prisioneros. Apocalípticos heridos y que intentaban levantarse de pronto caían sorpresivamente al pavimento para no ponerse en pie nunca más, al recibir un fulminante disparo en la nuca o una descarga por la columna vertebral que les quebraba el cuerpo por la mitad. Se vio a un miliciano que caía muerto cuando un apocalíptico le arrancaba la cabeza del resto del cuerpo pero que antes de morir tuvo la capacidad de clavarle un bayonetazo a su enemigo entre las costillas y matarlo al mismo tiempo que el caía, gracias a la antimateria de la que estaba construida el arma blanca.

Estos episodios de salvajismo duraron durante toda la confrontación y solo culmino cuando todos y cada uno de los supremacistas cubría las calles de la capital germánica con sus muertos cuerpos. Dos mil quinientos asesinos entrenados, de primera categoría mundial, habían caído en la emboscada tendida por un ejército de obreros radicalizados. La sorpresa quizá hubiera sido algo menor si los asaltantes hubieran notado que a la cabeza de los trabajadores insurgentes se encontraba Friedrich Weinmann.

De haber conocido su presencia quizá hubieran moderado su entusiasmo y actuado con mayor prudencia en sus operaciones. Después de todo, hasta un megalómano como Apocalipsis y un ser que se creía Dios encarnado como Doom habían llegado a expresar su reacio respeto por la figura del legendario líder revolucionario germano. Todo un veterano de la lucha obrera en su propio país y en Europa, había participado en todas las huelgas importantes emprendidas en los últimos veinte años en el continente europeo. Pero su veteranía no se limitaba a las grandes luchas reivindicativas de su clase. Poseía una marcada conciencia clasista y una cultura autodidacta que lo habían empujado a leer a todos los grandes clásicos griegos y latinos, a los grandes autores del Renacimiento, a los economistas políticos ingleses, a los utopistas, a los filósofos de Alemania, a los marxistas europeos y rusos y a los clásicos de las literaturas arábigas, islámicas y chinas. Partidario de la necesidad de una Revolución Social dirigida o liderada por la clase trabajadora a escala planetaria llevaba militando desde los quince años en diversas agrupaciones de índole revolucionaria, lo que le daba veinticinco años de militancia ininterrumpida. Poseedor de una vasta cultura política, económica, histórica y militar parecía que había pertenecido durante una década a las KSK y había participado en operaciones conjuntas con los Navy Seal en Medio Oriente, África, Asia Oriental y Occidente. También se afirmaba en muchos medios que había realizado trabajos de alto nivel para SHIELD en sus guerras contra Hydra, IMA y los supervillanos.

Laborar con los aparatos armados de las grandes potencias occidentales parecía contradecir a sus ideales revolucionarios. Hasta que su deserción publica, su publicación masiva de documentación comprometedora y su participación en la gran protesta laboral alemana de 2009 demostraron que había actuado, más que todo, con la doble intención de adquirir las dotes militares necesarias para la Guerra Social que consideraba inminente y para sacar a relucir los trapos más cochinos de los potentados oligárquicos a la luz pública. Durante su permanencia en los organismos imperiales oculto su filiación política extremista, haciéndose pasar como un desertor amargado de las fracasadas ideas de la redención social y participando en el apoyo activo a las huelgas europeas de modo clandestino, burlando la vigilancia del mismo Nick Fury. Sus últimos hechos eran la intervención prácticamente inmediata en la Guerra Social Americana. Se convirtió automáticamente en el principal lugarteniente de Markson, al cual asesoro en las tácticas de la lucha insurgente y en la estrategia militar, lecciones que el americano recibió con entusiasmo feroz. Coordino con Markson la estrategia que casi destruyo a los Avengers y a SHIELD en Chicago y construyo junto a Markson la planificación de las grandes batallas urbanas que sacudieron Estados Unidos durante los últimos meses.

No se sabía con seguridad cuanto de esta información biográfica constituía una genuina verdad y cuanto era mito urbano moderno, pero lo que sin duda era real; y no se conocía cuando había adquirido estas dotes; eran sus conocimientos enciclopédicos propios de un europeo del Renacimiento, su determinada e implacable radicalidad revolucionaria y sus conocimientos de las tácticas y estrategias de la guerra moderna. Chicago, New York, Boston, Filadelfia, California, con sus descomunales batallas y los cientos de miles de muertos que habían hecho padecer a las fuerzas militares y paramilitares estadounidenses eran la comprobación palpable de la veracidad de esta capacidad bélica. En cada una de estas campañas se vio a Friedrich Weinmann acompañando a Markson en las operaciones y se lo vio conversando con este, coordinando las acciones que desgarraron la maquinaria de guerra americana. Y ahora, por lo visto, había regresado a su país, para coordinar la estrategia que impulsaría la insurgencia germánica contra el entramado de poder de las clases dominantes y sus aliados del movimiento supremacista en una confrontación que solo podía ser definida como una guerra social de magnitud global y con características de guerra total.

El temor que las clases dominantes germanas alcanzaron cuando descubrieron, tras la batalla de Berlín, que el capaz insurgente alemán formaba parte de las fuerzas insurrectas y que posiblemente era su coordinador y líder, se vio acrecentado cuando tres semanas después de la acción de Berlín, que aunque importante había sido poco menos que una escaramuza, se libro una autentica confrontación masiva en Hamburgo. Cincuenta mil mutantes, mercenarios y fanáticos de la supremacía racial aria, integrados en una letal Fuerza de Ataque de los Supremacistas Apocalípticos, asalto las zonas industriales y los barrios residenciales de la clase trabajadora en esa ciudad. En realidad, sus operaciones fueron emprendidas con tal salvajismo disciplinado que, quedo demostrado que, su objetivo real era la destrucción absoluta de toda la urbe. Curiosamente desde una semana antes del inicio de las operaciones de los megalómanos, las tropas militares y policiales del Estado Alemán habían estado abandonando las calles y edificaciones publicas y secretas que poseían en la ciudad, dejándola desguarnecida.

Weinmann sabía con antelación que los Supremacistas planeaban una operación a gran escala, aunque no poseía información de donde y cuando. Sus únicos datos eran que sería una antigua ciudad de la Liga Hanseática y que las intenciones de los asaltantes eran perpetrar un genocidio ejemplarizante que paralizara la voluntad de combate de los trabajadores germanos. La rapidez de la fuga traicionera de las milicias oficiales del Estado Alemán le hizo comprender el sitio del criminal ataque y se interno clandestinamente en la importante metrópoli.

Weinmann, desde que habían comenzado las grandes huelgas europeas, había regresado a Alemania y organizado importantes fuerzas milicianas de claro origen obrero, a lo largo y ancho del país. Esta tarea había sido reforzada e incrementada cuando comenzó la campaña exterminadora de los dementes apocalípticos. Gracias a sus contactos con los antiguos camaradas de las agencias de espionaje occidentales que poseían, pese a sus cargos, creencias sociales subversivas, pudo adquirir, al igual que Markson en América, grandes cantidades de armamento ultramoderno y reforzó estas adquisiciones con los inmensos cargamentos clandestinos, provenientes de una Genosha ansiosa por desestabilizar de todos los modos posibles al decadente pero aun poderoso imperialismo occidental.

Pero esta labor solo sirvió para acrecentar exponencialmente una fuerza que existía desde hacía años. Desde los tiempos en que laboro para los organismos de inteligencia y logro dotar de instrucción militar y armamento a los elementos más radicalizados de las clases trabajadoras; aquellos que sabían que una conciliación de clases era imposible y que tarde o temprano iba a estallar una Guerra Total entre las grandes clases sociales. Weinmann comprendió desde el estallido de la Guerra Social Americana que esta se propagaría velozmente al resto del mundo e intensifico sus acciones. Lo cual le permitió convencer a los organizadores de las manifestaciones protestatarias no concentrar la masiva cantidad de personas en Berlín y dejar que sus milicianos se encargaran de la situación. Y lo que le permitía poner en estado de guerra a sus partidarios en Hamburgo, que se contaban ya por decenas de miles.

Con rapidez relampagueante las milicias de Weinmann iban ocupando las sedes militares y policiales abandonadas por los organismos oficiales del Estado e instalaban sistemas de control por cada calle y avenida importante de la metrópoli, para lograr disponer de un sistema defensivo adecuado cuando comenzara el asalto de los Supremacistas. Pero, consciente del poderío de los agresores y de la posible intervención de las fuerzas militares secretas del Estado en la batalla que se avecinaba y fiel a su creencia que solo una lucha masiva y unida de los trabajadores y demás sectores explotados y oprimidos de la sociedad contra sus enemigos les permitiría alcanzar su tan ansiada liberación, Weinmann se encargo de distribuir abundantes provisiones y armas entre amplias cantidades de la población obrera de la ciudad, sin importar si estos trabajadores pertenecían a la etnia nativa alemana o a los inmigrantes y residentes extranjeros. La distribución de armas entre los trabajadores de la ciudad, aceptada con entusiasmo por una población que sabía que si no se defendía sería exterminada, permitió a Weinmann aumentar sus milicianos de unos treinta y cinco mil hombres y mujeres a no menos de doscientos cincuenta mil. Una septuplicación de sus efectivos en un espacio de tiempo bastante cortó.

Cuando los apocalípticos llegaron disparando a mansalva contra la "desprotegida" urbe se encontró con la sorpresa de milicias que recorrían las calles de la metrópoli y recibían a los recién llegados con fuego denso e indiscriminado. Los pocos cientos de asaltantes iniciales, que debían abrir la ciudad para los invasores y comenzar la carnicería, se vieron en la necesidad imperiosa de solicitar refuerzos en grandes números, porque se encontraban totalmente sobrepasados y no podían pasar más allá del perímetro de la ciudad portuaria. Durante la primera hora de combate los atacantes apenas enviaron unos tres mil guerreros perfectamente adiestrados y armados para reforzar la penetración inicial y destruir a los dementes que se les oponían. Pero cuando trascurrida la hora, estos refuerzos comenzaron a llamar pidiendo socorro inmediato, anunciando que no menos de la mitad de ellos habían caído calcinados o desmembrados por las armas de los sitiados y que temían ser tragados por una marejada subversiva, los Supremacistas comprendieron que el panorama europeo había cambiado y que Hamburgo parecía haberse transformado en el Chicago alemán.

Tras comprender la odiosa realidad que indicaba que las matanzas indiscriminadas habían concluido y que lo de Berlín no había resultado un accidente aislado, el Alto Mando Apocalíptico giro instrucciones para desencadenar un ataque general contra la ciudad desde todos lados y con toda la capacidad destructiva a su disposición. Los defensores sintieron el temblor propio del pánico recorriéndoles la totalidad del cuerpo, pero sabían que si retrocedían Hamburgo dejaría de existir y se transformaría en un desierto parecido al que se había convertido durante siglos las áreas de Troya o Cartago asoladas por los barbáricos jerarcas de las Ciudades Aqueas y del Imperio Romano. Todo el perímetro de la imponente ciudad alemana se convirtió en escenario de salvajes duelos de bombas, descargas de energía, poderes mutantes y metralla. Las casas y edificios salían despedidos por los aires, convertidos en montones de escombros y las calles se volvían pantanos sanguinolentos, repletos de restos humanos, como músculos y huesos.

El empuje apocalíptico se acrecentó durante las primeras horas del día a medida que sus Comandantes utilizaban incluso armamento pesado de claro origen militar. Armamento consistente en artillería de sitio que solo podía circular por las grandes avenidas alemanas y concentrarse en torno a una ciudad de la magnitud de Hamburgo si se contaba con la clara aprobación del Estado Germano. Las andanadas de artillería despedazaban no solo la zona externa de la ciudad sino que golpeaban con contundencia y regularidad las zonas centrales y más densamente pobladas de Hamburgo. Calles y avenidas internas, que constituían el orgullo del segundo puerto más importante de Europa, estallaban agujereados por los proyectiles del constante cañoneo y los cráteres se apoderaban de una ciudad que iba tomando el aspecto desolado de Damasco, Alepo, Homs, Bagdad, y otras urbes aniquiladas del Medio Oriente. Era claro que la potencia de las explosiones estaba siendo notablemente amplificada con el uso de poderes mutantes, que agravaban exponencialmente el daño causado por estas armas y así se intentaba crear una brecha cada vez más profunda en medio de las defensas urbanas levantadas a toda prisa por los obreros de la metrópoli.

Tras setenta y dos horas de asedio el caos campaba por sus fueros en la destrozada urbe. Las personas intentaban huir desesperadamente de las zonas bombardeadas, pero el radio de acción de las poderosas armas enemigas era tan vasto que no existían prácticamente áreas fuera del alcance de los Supremacistas y se veían personas que saliendo de un lugar de destrucción y creyendo haber encontrado un respiro al infierno caían de pronto despedazadas por la metralla de los cañones apocalípticos. Bandas de delincuentes intentaban aprovechar el caos y la desorganización en el seno de la urbe para desencadenar sus abusos y aplicar sus propias directrices. Pese a los bombardeos y a los ataques feroces de los supremacistas contra las afueras de la ciudad, los bandoleros asaltaban y saqueaban los mercados y tiendas de la ciudad, violentaban las casas y robaban las posesiones de los civiles y aprovechaban para liquidar la existencia de las personas con las que tuvieran cuentas pendientes. Las mismas bandas decidían poner en práctica sus rencores y prejuicios raciales y no fue raro encontrar en las calles de la asediada metrópoli los cuerpos acuchillados o abaleados de pandilleros blancos, turcos, sirios, latinoamericanos, africanos muertos por la acción de los bandoleros de etnias contrarias en luchas cruentas y de un salvajismo que no dejaba que envidiar a los combates entre los proletarios y los supremacistas.

Pero Weinmann no era conocido entre los más importantes elementos del pensar y el accionar revolucionarios y por los Altos Jerarcas de la Clase Burguesa solo por ser un alborotador con notables cualidades intelectuales. También era conocido por el rigor y la energía que desplegaba para lograr que sus puntos de vista fueran reconocidos como valederos. Sus capacidades para impresionar a sus contrincantes intelectuales en las disputas ideológicas dentro del movimiento insurgente eran legendarias. Y su energía brutal para imponerse a sus enemigos de clase en los campos de batalla americanos era igualmente reconocida. No era creíble que una dirigencia revolucionaria con semejante líder y dispuesta a plantar cara a los temibles ejércitos del supremacismo fuera a claudicar ante las acciones de una chusma delincuencial bárbara y completamente desclasada.

Y en efecto, el ejército insurgente, con Weinmann a la cabeza, desplego una enérgica represión revolucionaria contra las pandillas criminales que intentaban imponer su ley en la importante ciudad portuaria. Aprovechando que las tropas proletarias se habían acostumbrado al frenético ritmo de los asaltos apocalípticos y eran capaces de contener sus ataques, pese a que habían llegado importantes refuerzos que aumentaban el volumen de los agresores a no menos de noventa y nueve mil integrantes; Weinmann retiro del frente de batalla a no menos de cincuenta mil de sus hombres y los desplego en el interior de los barrios de la ciudad para imponer una salvaje cacería contra los pandilleros.

Durante la siguiente semana, mientras la batalla se agravaba y volvía cada día más cruenta en el frente externo, con los apocalípticos logrando a ratos penetrar las líneas perimetrales de las defensas proletarias e internarse con algunas patrullas y fuerzas especiales hasta el mismo centro de la metrópoli, solo para ser aplastados casi inmediatamente y perseguidos hasta el exterminio, obligándolos a regresar al refugio del grueso de sus tropas; explosiones de gran poder asolaron multitud de edificaciones en los barrios internos de la urbe y gritos salvajes de furia, dolor y muerte estremecieron los oídos de los que poblaban y combatían al interior de estas comunidades.

El movimiento insurgente alemán, y particularmente su veterano dirigente, no se encontraba interesado en permitir la proliferación y consolidación, en el interior de uno de los más importantes bastiones industriales y económicos de Alemania y de Europa, de una chusma pandillera que solo portaba el aspecto negativo del rechazo al orden imperante, una rabia sorda y bestial llena de un odio visceral e inhumano que trastornaba el juicio de los integrantes de estas agrupaciones, que solo deseaban tomarse el desquite contra la totalidad de la sociedad sin discriminar niveles de culpabilidad o inocencia y que a punta de cuchillo pretendían escalar la jerarquía social, sin importar a quien se llevaban por el camino y sin pretender en realidad cambiar la estructura social imperante. Solo querían hacerse un lugar en el trono y pasar a convertirse en parte de los mandamases y no seguir formando parte de los excluidos y pisoteados. No pretendían redimir a toda la clase explotada y oprimida y ayudar a liberar a la humanidad de sus trabas, solo querían escalar posiciones y pasar a convertirse en parte del sistema opresor. Algo muy parecido a los líderes y bases del supremacismo y por tanto aliados potenciales de esta cloaca fascista.

Los hombres y mujeres del ejército proletario no paraban mientes al poder de fuego de los pandilleros y asaltaban con bríos feroces las posiciones que estos ocupaban. Lanzagranadas, morteros, mutantes con poderes energéticos, cañones móviles pesados y hasta vehículos blindados eran utilizados por los proletarios contra las bandas gansteriles que, extrañamente, poseían un arsenal tan vasto como el empleado por los apocalípticos en su ataque contra Hamburgo. Lo que a ojos de Weinmann demostraba que los poderes del Estado y los Supremacistas en algún momento antes de la evacuación habían considerado como aliados viables y dignos de apoyo a las bandas más poderosas y peligrosas del puerto. El convencimiento de esta impía coalición y las tropelías cometidas por los bandoleros antes que los militantes proletarios decidieran poner orden en su amenazada retaguardia, aumentaron la disposición de los partidarios de Weinmann para asolar los potentados mafiosos que regían estas bandas criminales.

Fue la semana más sangrienta que hubiera conocido Hamburgo desde los tiempos de los bombardeos aéreos aliados en la época tenebrosa de la Segunda Guerra Mundial. Era cotidiano ver grupos de soldados proletarios tomando por asalto una casa o un edificio. No sin antes haberla bombardeado con intenso fuego de artillería y derruir sus muros y quebrar sus cimientos con las gruesas bocas de los cañones de los tanques. El fuego de las ametralladoras, el estrepito generado por los fusiles de asalto, el retumbar de las pistolas, los chillidos de los moribundos estremecían los días, tardes y noches de Hamburgo. Los pandilleros replicaban con todo el poder de sus armas de guerra y con el profundo conocimiento que ostentaban de las barriadas en las que habían vivido toda su vida. Su atrevimiento llegaba al extremo de aventurarse a plena luz del día y atacar multitudinariamente los cuarteles en los que se concentraban las tropas revolucionarias. No pocos líderes de los batallones obreros cayeron fulminados por las balas, bombas y rayos de las armas pandilleras y no pocos soldados proletarios vieron sus días ensombrecidos por caer en manos de los ejércitos pandilleros.

Pero la desgracia de los bandoleros estribaba en que los militantes revolucionarios poseían una fe casi fanática en la justeza de su causa y combatían con desprecio de sus propias vidas. Además poseían la ventaja numérica por contar con la simpatía activa de prácticamente toda la Clase Obrera de Hamburgo y su armamento competía en calidad con la de las fuerzas militares de las grandes potencias mundiales. Y poseían una situación que anulaba las ventajas de ser locales de los pandilleros. Ellos también eran nativos de la ciudad y su líder, Weinmann, había nacido y había sido educado y criado en las calles más rudas y violentas de Hamburgo. Poseía tantos conocimientos de los entresijos de la ciudad como los jefes de las pandillas y poseía una capacidad de aplicar la rudeza física, cuando la situación lo ameritaba, que no debía envidiar al más enérgico y brutal de los pandilleros de los barrios más peligrosos del Tercer Mundo.

Tras esa semana de enfrentamientos salvajes las posiciones entre los combatientes de los diversos bandos estaban estancadas y las fuerzas del Estado no parecían poseer intenciones de intervenir para restaurar el orden que decían defender y poner fin al ataque de una horda de mercenarios y milicianos supremacistas contra una ciudad del territorio alemán. Las cifras de atacantes supremacistas habían aumentado al increíble número de ciento cincuenta mil guerreros, sin que Berlín moviera un dedo para contener semejante ejército paramilitar a las puertas de una de sus urbes más importantes. Pero habían demostrado ser incapaces de aplastar las milicias obreras y cada empuje que les permitía quebrar las líneas de los revolucionarios e infiltrar su maquinaria guerrera hasta las entrañas de Hamburgo era respondido con feroces contragolpes de los insurgentes proletarios que volvían a repeler a los agresores hasta las puertas de la metrópoli. Parecía una batalla de trincheras de los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Pero Weinmann poseía la determinación y la capacidad de terminar de una vez por todas con la cruda matanza y con todos los elementos ya a su disposición se apresuro a desencadenar su contraofensiva definitiva.

Decidió terminar primero con la amenaza interna que representaban los bandoleros y en vez de los cincuenta mil hombres y mujeres empleados en el inicio de la campaña utilizo ciento cincuenta mil. Podía darse el lujo de emplear semejante cantidad de efectivos en el seno de la ciudad porque los trabajadores en pleno decidieron tras los días de sufrimientos soportados que era hora de involucrarse en su propia salvación. Esto era lo que Weinmann esperaba y anhelaba y con semejante respaldo podía hacer frente al mismo tiempo a los frentes interno y externo. Cada casa, edificio, calle, avenida, manzana, barrio o distrito bajo control del hampa fue atacado sin misericordia y literalmente reducido a escombros. Los vehículos blindados y la artillería móvil atravesaban las vías de comunicación sin ahorrar en proyectiles, disparando a discreción y masacrando a los defensores que les oponían resistencia. Los infantes allanaban las viviendas y locales y ejecutaban a los líderes de los grupos delincuenciales en el mismo terreno de la batalla y junto a ellos liquidaban a sus lugartenientes. Sin previo aviso y en medio de una balacera atroz los capitanes de las brigadas de hampones caían abatidos por la espalda, eliminados por sus propios servidores, deseosos de salvar la vida o asqueados de lo que sus jefes habían hecho en sus propios barrios y ansiosos por ver si las promesas de redención social de los insurgentes eran algo más que palabras y se volvían por fin acción efectiva. Fueron tres días de una intensa campaña de exterminio que se saldo con la destrucción completa de más de cinco mil bandas y pandillas y la aniquilación de una fuerza de choque, leal en cierto modo al sistema, de más de cien mil personas.

Destruida por completo la fuerza gansteril, los revolucionarios pudieron disponer de todas sus fuerzas para combatir el asedio enemigo y librar de una buena vez a Hamburgo del ataque supremacista. Tenían la ventaja además que una intervención militar del Estado en estos momentos implicaría que sostenían al poder supremacista y que por ello se habían negado a interferir en los combates sucedidos hasta ahora. Su pretexto; bien patético; era que no deseaban lastimar a los civiles más de lo debido y que los Supremacistas habían utilizado el chantaje nuclear para inmovilizar las manos del Poder Estatal. Con la efervescencia existente en los ánimos de la Clase Obrera germana, una intervención de Berlín solo provocaría un levantamiento armado generalizado de los trabajadores y la verdad a Berlín semejante idea, con Weinmann aun con vida, le resultaba aterradora.

Sin la intervención del Estado y aniquilada la quinta columna gansteril, los proletarios de Hamburgo tenían las manos libres para atacar a la maquinaria de guerra sitiadora con una fuerza decisiva y abrumadora. Decenas, centenares de tanques y vehículos blindados pesados apoyados por un intenso e interminable fuego de respaldo de millares de baterías de misiles y de artillería pesada golpearon las posiciones ocupadas por los apocalípticos en las vías principales de comunicación entre Hamburgo y Berlín, Hamburgo y Hannover, Hamburgo y Bremen y Hamburgo y Kiel. Weinmann poseía la clara idea de quebrar las defensas supremacistas en estas carreteras y avenidas principales rompiendo el bloqueo y forzando a los sitiadores a una batalla decisiva y definitiva que los obligara a emplear todas sus fuerzas si querían sostener el asedio. Para ello, junto con el tenaz fuego de los misiles, cañones, blindados y tanques contra las líneas de asedio, lanzo contra las posiciones enemigas una fuerza compuesta por trescientos cincuenta mil hombres y mujeres debidamente organizados en batallones, brigadas y divisiones disciplinadas.

Durante cinco días las tropas proletarias, su artillería y sus vehículos de guerra golpearon a mansalva las posiciones enemigas. Durante cinco días Weinmann lanzo ataque tras ataque sin pausa y sin descanso, sin ahorrar proyectiles que parecía poseer de sobra y sin temer medidas contraofensivas de los supremacistas, conocedor que estos alcanzaron el límite de sus fuerzas en el norte de Alemania. Cada soldado supremacista fue lanzado al frente de batalla para intentar mantener el asedio e impedir la salida de los insurgentes. Pero repentinas pestes asolaron las vidas de los supremacistas, tormentas devastadoras que trajeron aparejadas descargas imposibles de rayos por su cantidad e intensidad y poderosos vientos huracanados de una potencia superior a la de los huracanes del Caribe arrasaron las maquinarias y las infraestructuras levantadas por los sitiadores y terremotos de proporciones devastadoras se tragaron batallones enteros con todo su equipo. Todas estas desgracias estuvieron estrictamente limitadas a las zonas ocupadas por los soldados supremacistas, demostrando que los proletarios poseían en sus filas mutantes de un poder y una capacidad que equiparaban e incluso superaban con creces a las huestes supremacistas.

La combinación de poderes mutantes y lluvia de proyectiles militares junto a la avalancha de cientos de miles de soldados proletarios terminaron, tras pasar los cinco días mencionados, por quebrar la resistencia de los supremacistas. Y al encontrarse estos en campo abierto expuestos al claro día y completamente visibles a los ojos y radares de los revolucionarios sus bajas se contaron por millares y millares.

Los misiles y las bombas de las piezas de artillería revolucionaria golpeaban directo contra las concentraciones masivas de las brigadas enemigas y las diezmaban atrozmente. Los blindados y los tanques arremetían directamente contra las defensas supremacistas y pasaban literalmente por encima de los soldados enemigos y sus proyectiles destrozaban las trincheras y fortificaciones enemigas con disparos directos y mortales. Cualquier contra preparación artillera del enemigo fue suprimida con las violentas descargas de energía y los huracanes desencadenados por los mutantes aliados de los revolucionarios.

Cuando los cinco días culminaron, sesenta y cinco mil apocalípticos huían a la desesperada por las carreteras, avenidas y campos circundantes, tirando desesperados y cagados de miedo sus armas y procurando esconderse de la persecución emprendida por las brigadas de búsqueda y destrucción creadas por Weinmann para rematar la faena bélica. Los otros ochenta y cinco mil supremacistas que participaron en el feroz asedio estaban tendidos de espaldas o desmembrados o calcinados, pero todos definitivamente muertos. Junto a los cien mil pandilleros aniquilados por las fuerzas de seguridad internas creadas por los obreros, las pérdidas de los enemigos de Weinmann ascendían a los ciento ochenta y cinco mil soldados y mercenarios en un periodo de dos semanas de combates salvajes; sus propias perdidas llegaban a los cien mil militantes. Ni siquiera en el frente de guerra americano (con excepción de Chicago; si se usaban como fuente de información las noticias extraoficiales) se habían registrado batallas de ese calibre y de ese nivel de mortalidad.

Berlín estaba ahora convencido que sus creencias estaban fundamentadas y que Weinmann llevaba conspirando para librar una guerra a gran escala contra el orden establecido desde hacía décadas. Según los cálculos de sus analistas no más del veinticinco por ciento de todas las armas (livianas y pesadas por igual) empleadas por Weinmann en la batalla de Hamburgo habían sido transferidas de contrabando desde Genosha o América en el último año. Las tres cuartas partes restantes debían haber sido acumuladas por los partidarios de la Insurrección Social en un lapso enorme de veinte o veinticinco años; durante la época en que Weinmann fungía de activo de los grandes servicios de espionaje occidentales y a los cuales debió haber robado enormes cantidades de material bélico de primera calidad y almacenado a lo largo y ancho del país germano y cuidado si de todo el continente europeo.

Determinado el Gobierno alemán a suprimir la amenaza proletaria en su madriguera movilizo fuertes cantidades de tropas blindadas y fuerzas de infantería, además de a la marina de guerra y la fuerza aérea para reimponer el control del Estado en la devastada metrópoli norteña. Además solicito y obtuvo la asistencia de SHIELD que traslado cinco Helicarriers al espacio aéreo alemán y los movilizo hacía los cielos de Hamburgo.

Pero el cálculo resulto atrozmente equivocado. Los habitantes de la ciudad habían tenido que soportar solos, abandonados por todas las autoridades legales del país y del continente, un ataque salvaje de una hueste bárbara y despiadada que los había amedrentado con sus métodos brutales y carniceros y que les había hecho saber que apenas tomaran la ciudad matarían a todos los hombres y niños y violarían, esclavizarían y prostituirían a toda la población femenina entre los quince y los cuarenta años.

Y a semejantes bestias, los proletarios de Hamburgo los habían aplastado sin ayuda ninguna (con la excepción de los cincuenta mil proletarios de las fuerzas de choque de Weinmann constituidos especialmente por berlineses y bávaros). No estaban dispuestos a reconocer la autoridad de un Estado que los había dejado a su suerte solo porque quería aplastar al salvador de la ciudad. Para Hamburgo el poder del Estado había pasado a ser obsoleto, traidor, criminal e ilegitimo y por lo tanto no estaba en obligación de acatar sus directrices.

Con estas ideas en mente, apenas veinticuatro horas después de la destrucción de los ejércitos sitiadores y con la aprobación entusiasta y unánime de la población de la ciudad; incluyendo a la Clase Media, lumpen proletarios, y sectores radicalizados de la burguesía; el Consejo Laboral de Hamburgo (o, como provocativamente se habían auto catalogado en sus periódicos más enérgicos, El Soviet de Hamburgo) declaro a la ciudad portuaria como Ciudad Libre y Soviética de Hamburgo, proclamaba su independencia del poder del actual Estado alemán y llamaba a los trabajadores alemanes y europeos a seguir el ejemplo de los proletarios de Hamburgo y de América y que se alzaran y derrocaran el poder de sus explotadores y opresores.

Era un llamado virtual a la guerra abierta contra el Estado Burgués y lo apoyaban no solo en la enérgica defensa solitaria que hicieron de la ciudad contra los barbaros sino en el hecho de la sucia connivencia entre estos criminales y las autoridades legales; demostrada por una amplia cantidad de documentos arrebatados a los liquidados jerarcas de los sitiadores al momento de su huida o aniquilación y en los cuales quedaba constancia que el Estado Alemán se comprometía a no interferir en los combates en Hamburgo hasta que los habitantes de la ciudad hubieran sido purgados. Según un comunicado emanado del Bundesministerium der Verteidigung (Ministerio Federal de Defensa) y entregado a la Comandancia Suprema de los Apocalípticos, el Alto Mando Militar consideraba aceptable la liquidación física de las tres cuartas partes de la población de la metrópoli; con semejante nivel de mortandad se aseguraría la mansedumbre de la población laboral en toda Germania.

Con semejantes pruebas y con el avance relampagueante de las divisiones gubernamentales contra Hamburgo, a la par de la movilización general de la población de la metrópoli para contener un nuevo ataque y soportar un nuevo asedio, era más que concebible que en las calles de Hamburgo volvieran a escucharse los rugidos frenéticos de los cañones y misiles de los adversarios y los gritos de dolor y desesperación de los moribundos. Pero el Estado Alemán se encontró con la necesidad de contener y dispersar su fuerza de intervención rápida y reformular su estrategia de batalla contra el Partido Insurgente. Apenas llego la noticia de la inminente confrontación los proletarios tomaron medidas enérgicas por todo el país. Los revolucionarios no estaban dispuestos a que volviera a ocurrir la tragedia de las Revoluciones de 1918-1919 cuando la Clase Obrera fue destrozada por la traición de los Socialdemócratas y los errores de los insurgentes de levantarse en una ciudad por vez siendo aplastado por separado, completamente aislados unos de otros.

Cuando las tropas blindadas y la infantería se encontraban apenas a cinco kilómetros de la metrópoli y los aviones y baterías artilleras ya empezaban a hacer llover sus proyectiles sobre las defensas de la ciudad, la noticia se propago como candela por el planeta. Alemania se encontraba en estado de Insurrección generalizado. Con celeridad manifiesta y una sorprendente disciplina los obreros de Berlín asaltaron el Reichstag, el edificio Paul Löbe, el Jakob Káiser y el edificio Marie-Elisabeth Lüders, es decir todo el conjunto parlamentario de Alemania. También tomaron por asalto el reconstruido Palacio Real de Alemania y la Alcaldía y proclamaron la instauración de la Republica Soviética de Alemania. Insurrecciones parecidas estremecieron Múnich, Kiel, Bremen, Colonia, toda la provincia de Sajonia, el resto de Baviera, Hannover, Stuttgart y Frankfurt. En cada una de estas ciudades fueron asaltadas las sedes administrativas, tomadas las calles y avenidas por nutridas masas de obreros armados fuertemente y ferozmente atacadas las sedes de los servicios policiales, militares y de espionaje del Gobierno Federal.

Y, sin temor a represalias porque estaban listos para una guerra a gran escala y poseían acuerdos de cooperación con los ya insurrectos obreros de América, atacaron las bases militares de los ejércitos americano, inglés y francés que aun estaban en suelo alemán. Las tropas que iban a tomar Hamburgo tuvieron que regresar a sus bases y reorganizar su planificación para comenzar a realizar operativos bélicos a gran escala por todo el país y no solo contra una ciudad. Solo dos semanas más tarde se registraban combates callejeros y en los alrededores de las grandes ciudades alemanas en cada provincia o Lander del país germánico. Para la séptima semana del comienzo de las hostilidades entre los obreros y los ejércitos burgueses, el Estado Alemán había demostrado ser incapaz de suprimir la insurrección laboral, y batallas no menos gigantescas a la de Hamburgo se registraban en Berlín, Colonia, Frankfurt, Bremen, y Múnich. Había guerrillas generalizadas por todos los Lander y cada fábrica y taller, universidad y escuela, centro comercial, supermercado y laboratorio del país estaba paralizado por las Huelgas en apoyo a los insurrectos. Era una combinación de Huelga de Masas con Insurrección Armada general y la única razón por la que el Estado Germano lograba sostenerse en pie de guerra era la existencia de una abundante Clase Media en parte aun leal al Sistema y un aparato armado que seguía defendiendo al Status Quo. Alemania estaba como Estados Unidos, partido por la mitad, y padecía una aguda Guerra Social que no terminaría pronto.

Cualquier posibilidad de apoyo entre las grandes Burguesías europeas resulto frustrada. El peso americano y alemán en las civilizaciones y estructuras económicas y políticas de Occidente y del Mundo demostró ser determinante. Marsella, Toulouse, Estrasburgo, París, Milán, Turín, Nápoles, Venecia, Atenas, Salónica, Valencia, Barcelona, todo el País Vasco, Sevilla, Málaga, Madrid, Lisboa, Oporto, Edimburgo, York, Londres, Bruselas, Ámsterdam, Oslo, Estocolmo, Kiev, Járkov, Volgogrado, San Petersburgo y Moscú fueron estremecidas sucesivamente por el estallido de enormes levantamientos proletarios y populares ya desde los días del Asedio de Hamburgo y se vieron magnificados e intensificados durante la violenta propagación de las insurrecciones proletarias por toda Alemania.

En cada una de estas metrópolis europeas fueron proclamadas sendas Comunas, Consejos Laborales o Soviets que afirmaban desconocer la autoridad del poder establecido y reclamaban su posición como nuevo poder legitimo de toda la sociedad. Cualquier fuerza de las maquinarias militares europeas que estuviera movilizándose para apoyar a las autoridades burguesas de los demás países tuvo que abandonar rápidamente su camino y enfilar sus huestes hacía su propio territorio para medir fuerzas contra su propia población proletaria.

No había estallado la Guerra Social Alemana. Había estallado la Guerra Social Europea y como su nombre lo indicaba abarcaba todo el Continente, incluyendo los dominios del renacido poderío imperial ruso. Toda la Civilización conocida como Occidental se encontraba con sus bases sociales en plena revuelta, rebelión, revolución para destruir la estructura imperante desde hacía siglos y darle vuelta completa a la tortilla. Y si, los líderes políticos y militares del levantamiento europeo, poseían una pizca del talento que parecían poseer Markson y Weinmann y que les había permitido prolongar sus luchas revolucionarias por dos largos años, las cosas parecían que iban a agravarse rápidamente.