— ¡Qué diablos! Vente si quieres.

— Muy amable — ella lo besó en la mejilla — Pero te perdono. Sé que estás preocupado por tu madre.

Se puso unas deportivas y se ató los cordones con rapidez.

Lo miró.

— ¿Estás listo?

— Sí. ¿Seguro que sabes adónde vamos?

— Seguro. Tengo un gran sentido de la orientación.

— Me alegro. Yo no tengo ninguno.

Draco encendió una vela pequeña y apagó el candelabro de tres brazos. Hermione apagó las velas que había dejado encendidas en la sala. Su apartamento parecía un horno.

Todavía no habían empezado a correr y a Draco le corría ya el sudor por la piel.

Hermione se reunió con él en la puerta. Se colocó una riñonera.

— Apaga esa vela y déjala aquí. Nos hará perder mucho tiempo en la escalera.

Draco la tomó de la mano y le dio un beso en la boca. Ella tenía pánico a la oscuridad, pero no quería retrasarlo en el viaje hasta su madre.

— Eres una mujer increíble. La conservaremos en el primer tramo de escaleras para que podamos contar cuántas hay de un rellano a otro. Si luego se apaga, podemos contar en la oscuridad.

— Buena idea — salieron al pasillo y ella cerró la puerta tras ellos — La escalera está por aquí.

Agarró la mano libre de él y lo condujo por el pasillo oscuro. Draco abrió la puerta pesada que daba a las escaleras. Una vez allí, apretó la mano de Hermione con más fuerza.

— ¿Preparada? — preguntó.

— Vamos allá.

Draco contó en voz alta las escaleras hasta el primer rellano. Sólo faltaban seis pisos más. La vela había temblado varias veces en los últimos escalones y eso que no iban deprisa. A ese paso tardarían siglos en llegar abajo.

Hermione lo detuvo en el rellano del sexto piso.

— Apágala, Draco.

— ¿Estás segura?

Ella respiró hondo.

— ¿Me darás la mano?

— Prometo que no te soltaré pase lo que pase.

— Entonces vamos — ella se volvió y sopló la vela, con lo que quedaron sumidos en la oscuridad.

Al principio avanzaron con cautela y después acabaron formando un ritmo. Draco contaba en voz alta y apretaba la mano de Hermione. Pronto llegarían al primer piso. No habían tardado mucho, pero seguro que a Hermione le había parecido una eternidad, a juzgar por el sudor que cubría su mano.

Una ola de calor los golpeó al salir del edificio. De los tejados y las escaleras de incendios llegaban algunas voces y una mujer reía calle abajo. En la distancia sonó un claxon. La atmósfera festiva anterior había desaparecido del todo.

— Es como un cuento de hadas donde hubieran echado un conjuro, ¿verdad? — preguntó ella.

Draco estaba de acuerdo. La ciudad que nunca dormía estaba sumida ahora en una duermevela intranquila.

— Es como el gigante dormido, ¿verdad?

— Exacto. Oye, sé que estás ansioso por llegar, pero no olvides que hay diez kilómetros y tenemos que controlar el paso. Creo que se pondrá bien, Draco. Ya está en el hospital y en buenas manos.

— Tú muestra el camino y yo te sigo.

Hermione echó a correr en dirección este a través de la oscuridad, hacia Nueva Jersey, y Draco la siguió. Al doblar una esquina, ella giró al norte. Draco procuraba adaptarse a su paso y corrieron juntos un rato en silencio. Sólo pasaron a unos cuantos coches y algún peatón que otro.

Necesitaba aquella carrera para calmarse. No estaba muy unido a sus padres, pero no quería que le ocurriera nada a su madre. Intentó poner voz a lo que sentía porque sabía que Hermione lo entendería.

— No debería tener tanto resentimiento, Hermione, pero no puedo evitarlo. Siempre han sido un grupo de dos, conmigo mirando desde fuera. Ellos se tenían el uno al otro y yo tenía mi resentimiento. Fue mi compañero durante la infancia y la adolescencia. Son muchos años y ahora me cuesta abandonarlo. Pero lo más extraño es que la quiero mucho y... — se interrumpió, pues estaba al borde de las lágrimas.

— Claro que la quieres, es tu madre. Y puedes tener mucho resentimiento, pero no implica que no los quieras. La vida es así. Nuestros padres nos fastidiaron a nosotros y nosotros lo haremos con nuestros hijos. Es la ley de la naturaleza. Pero eso no significa que no te quieran y no significa que tú no los quieras.

Sus palabras calmaban el alma perturbada de él y el calor opresivo de la noche absorbía el golpeteo rítmico de sus pasos. Draco ignoraba la mordedura de una ampolla en el talón izquierdo. Las Doc Marten no eran el zapato ideal para correr. Era increíble cómo hablar con ella hacía que se sintiera mejor.

— ¿Cómo llegaste a ser tan lista? — preguntó.

Ella no tuvo tiempo de responder. Los alumbró un foco y una voz gritó:

— ¡Alto! ¡Policía!

Hermione tropezó y Draco la sujetó por el brazo. Se pararon y se quedaron esperando en la acera.

Cegados por la luz, oyeron cerrarse la puerta de un coche y unos pasos que se acercaban.

— ¿A qué viene tanta prisa? ¿No es raro ir corriendo vestido de negro en mitad de una noche así? ¿Huyen de algo o alguien en particular?

Draco no necesitaba en ese momento un policía arrogante. ¿Aquel hombre no tenía nada mejor que hacer?

— ¿No tiene nada...?

Hermione le dio un pisotón en el pie y lo interrumpió.

— Buenos días, agente — dijo con su acento meloso del sur — Vamos al hospital City North. La madre de Draco ha tenido un infarto. Yo no tengo coche y no hay taxis, así que vamos corriendo — Hermione sonrió al policía, que seguía siendo una silueta sin rostro fuera del círculo de luz — Sé que parece raro, pero Draco no tenía ropa de correr en mi apartamento y por eso corre vestido de negro.

— ¿De dónde es usted?
¡Maldición! Hacía un calor espantoso, era una hora horrible, estaban en mitad de un apagón y aquel policía se ponía a ligar con ella.

— De Savannah.

— Ah, un melocotón de Georgia.

Hermione se echó a reír.

— Y usted parece un chico malo de Nueva York.

— Nacido y criado aquí. Eh, ¿qué les parece si los llevo al hospital?

Antes ella había acusado a Draco de ser muy macho y él no lo había sido nunca. Pero ahora sentía un impulso irreprimible de decirle a aquel policía que se metiera a su coche...