Capítulo 15

Ya se oía la música en la plaza cuando Shion salió de su casa del brazo de su esposo. Le miró de reojo y supo que sería el hombre más guapo de la fiesta; atraería las miradas de todas las mujeres y ninguna sospecharía que en realidad era Lucifer disfrazado de ser humano.

Había elegido una camisa verde para la ocasión, que combinaba a la perfección con sus pantalones de color beige. Su pelo rubio caía lustroso sobre sus hombros y su rostro, perfectamente afeitado, provocaría el delirio en cada una de las féminas que posaran sus ojos en él. Si supieran, si solo se hicieran una idea de que ese hombre no…

—Buenas tardes, Deidara — Jiraiya Konoha les salió al paso cuando atravesaban la calle principal. Miró luego a la mujer e hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo—. Shion.

—¿Cómo estás, Jiraiya? —preguntó Deidara, con su tono más amable.

Shion no pudo evitar sentir un escalofrío al escucharlo. ¿Por qué nadie más se percataba de la falsedad de su expresión y de sus palabras?

—Deseando que comience la fiesta. El pueblo necesita más eventos como este; después de todo, la vida hay que disfrutarla. En ocasiones me parece que os hago trabajar demasiado… Hoy quiero que todo el mundo se divierta —clavó sus sinceros ojos azules en el rostro de la joven rubia—. ¿Qué me dice, señora Garret? ¿Me reservará un baile?

A Jiraiya no le pasó desapercibida la mirada de soslayo que la mujer le dirigió a su marido. ¿Era temor, quizás, lo que había detectado en sus pupilas violetas?

—Por supuesto que bailará contigo, Jiraiya —respondió Deidara por ella—. Me consta que Shion es una excelente bailarina.

—Estupendo —el hombre le dedicó una última sonrisa antes de despedirse de ellos—. Os veré luego, pues. Chōji se ha ofrecido a llevar algunas bebidas de su cantina a la plaza y debo echarle una mano.

El matrimonio lo vio alejarse calle abajo y, cuando se hubo alejado lo suficiente, Deidara se dirigió a su mujer.

—Espero que cuando nos reunamos con los demás en la fiesta se te quite esa cara amargada que tienes —amenazó—. Quiero ver una bonita sonrisa en tu rostro.

—No tengo ganas de sonreír —osó contestar ella.

Sintió cómo la mano de su marido se cerraba sobre su brazo como una garra de acero, lastimándola con crueldad. Shion gimió y tuvo que retener las lágrimas que pujaban por escaparse de sus ojos.

—Pues haz un esfuerzo. Somos una pareja feliz y todo el mundo tiene que saberlo, ¿de acuerdo?

Solo pudo cabecear dándole la razón, puesto que el nudo que tenía en la garganta le impedía pronunciar palabra.

Caminaron hasta la plaza donde ya empezaban a reunirse los habitantes de Konoha's Valley para la celebración. Como el día en que llegaron las mujeres, habían dispuesto una larga mesa con los refrescos y las viandas, en esta ocasión mucho más variados gracias a la aportación de las nuevas amas de casa que estaban deseosas de colaborar. Ricos pasteles de carne, tartas de manzana, de cerezas y pastelillos de limón; distintos tipos de panes, asados de tiras de ternera, tortas de maíz y frijoles. Había también limonada, naranjada, ponche y cerveza. Los músicos se encontraban en una tarima elevada y ya ensayaban con algunas piezas para calentar sus dedos, en espera de que Jiraiya declarase comenzado el baile.

Shion miró en derredor buscando a su amiga Hinata, de la que no sabía nada desde el día en que se quedó regazada de la caravana. Estaba realmente preocupada, ¿habría llegado? ¿Se habría casado con otro de los hombres? ¿Había tenido ella más suerte con la elección de su esposo? Por más que lo había intentado, Deidara no le había permitido indagar como quisiera y no pudo averiguar nada. Y si él sabía algo al respecto, se lo guardaba para sí. Shion suponía que era otro método más de hacerla sufrir; era el pasatiempo preferido de su odioso marido.

Por fin, sus ojos violetas se posaron en la pareja que se acercaba por el camino norte del pueblo. Venían cogidos de la mano y un pinchazo de celos le hizo cerrar los ojos por un momento para evadirse de aquella imagen. Otra pareja feliz, no como la suya.

Cuando se acercaron un poco más, pudo comprobar que efectivamente se trataba de Hinata. Su corazón se aligeró y pareció librarse de un peso terrible. Ella estaba bien, sin su ayuda, sin su preocupación, había conseguido llegar al pueblo y, al parecer, casarse felizmente.

Dio un paso hacia ella, pero Deidara la retuvo por el brazo.

—¿Dónde demonios vas?

—Solo quería saludar a mi amiga. No la veo desde que llegamos—se excusó.

—Quédate a mi lado; no te separes de mí. Quiero saber con quién hablas en cada momento —luego se acercó más a su oído para susurrarle con maldad—. Si no haces lo que te digo, si le dices a alguien algo sobre mí…

—No lo haré —respondió, muy rápido, con la furia que sentía mezclada con el pánico—. No te preocupes, Deidara, seremos la pareja más feliz de la fiesta.

Él asintió, satisfecho. Luego fijó la vista en las personas que habían llamado la atención de su esposa y frunció el ceño. Naruto Uzumaki. Aquel hombre siempre le había dado mala espina. Se fijó en la mujer que le acompañaba, una belleza morena que lucía un bonito vestido de fiesta color azul turquesa con un generoso escote. No la reconoció; ¿por qué no la había visto antes? ¿Por qué no la descubrió el día de la llegada de la caravana? Sin duda, era una hembra a tener muy en cuenta y tal vez, si la hubiera visto antes, hubiese sido su elección. La mocosa miwok dijo que la mujer del Este era una de las más hermosas que llegarían y, sin duda, aquella lo era. Pero no la vio y se quedó con Shion. Bueno, pensó, sonriendo, su mujer también era muy atractiva. Y, ¿quién le impedía acercarse a esa morena de curvas sensuales y tentadoras para tenerla controlada? Knife estaría de acuerdo, no podían arriesgarse. Sabía que no le resultaría difícil convencerla para que dieran esquinazo a su marido… y entonces estaría a su merced.

Deidara sonrió con suficiencia. Ya tenía decidido que gozaría entre los muslos de aquella otra joven. Su imaginación se avivó por su ego inflado y se vio a sí mismo compartiendo la cama con las dos mujeres, la rubia y la morena. Sin duda, un delirio para cualquier hombre.

—He cambiado de opinión, Shion —dijo, complacido—. Iremos a saludar a tu amiga.


Jirōbō Wyatt obvió la mirada furibunda que le dirigió la señora Smith, encargada de disponer las viandas en la larga mesa de madera, y se sirvió otro pedazo de tarta. La engulló casi sin masticar y, cuando comprobó que la buena mujer continuaba mirándolo, ceñuda, le habló con la boca llena, escupiendo migas y saliva con cada palabra.

—¿Tiene algún problema conmigo, señora?

Ella contrajo la cara en un gesto asqueado. Antes de poder contestarle, su marido se acercó y le rodeó la cintura con un brazo protector.

—Nos gustaría que mostraras un poco más de educación, Wyatt —espetó este—. Aguarda hasta que Jiraiya dé el discurso que tiene preparado. Luego podrás lanzarte sobre la comida como un lobo hambriento.

—El bonachón de Charlie Smith —se burló Jirōbō, torciendo los labios con desdén. Se limpió la boca con la manga de la camisa y se sirvió un poco de cerveza en una jarra—. La tarta me ha dado sed, ¿o tampoco puedo beber?

—Haz lo que te plazca, Wyatt, pero no nos estropees la fiesta, por favor.

—El único que estropea la diversión eres tú, puritano del demonio —exclamó, dándose la vuelta para beber un largo trago de cerveza.

Pero cuando vio aparecer a la mujer morena del vestido color azul, casi se atragantó. ¿¡Qué diablos…!? ¡Estaba viva! La muy zorra había sobrevivido después de todo. Jirōbō se llevó la mano al hombro que le había herido y la miró con odio, sabiendo que corría un serio peligro si lo descubría. Claro que, por otra parte, era muy extraño que su marido no hubiera ido a por él en busca de justicia. Quizá ella no había dicho nada. ¡Ah, si eso era así, no sería él quién provocara al esposo revelando su pequeño secreto!

La observó en silencio con expresión taimada mientras ella se acercaba a la plaza. Su odio remitió un tanto al contemplar las suaves curvas de sus caderas mientras caminaba, el deseable nacimiento de sus pechos y la larga cabellera negra y azul brillante y de aspecto sedoso…

Inspiró con fuerza, conteniendo las ganas de acercarse hasta ella y arrastrarla por los pelos hasta un rincón oscuro. Después de todo, la seguía deseando. El fuego que había encendido en su interior durante el viaje no se había apagado, y presentía que no lo haría hasta que se saciara de ella.

—Encontraré otro momento, perra. En cuanto te alejes de tu flamante marido, te estaré esperando —susurró para sí mismo—. Y después de gozarte, esta vez te mataré.


Hinata se estiró una arruga imaginaria del magnífico vestido cuando se aproximaron a la plaza. Quería estar perfecta. Miró de reojo a Naruto y sonrió al recordar su expresión al verla salir del dormitorio, arreglada para la fiesta. Hubiese jurado que a él se le había hecho la boca agua. Sus ojos se tiñeron con un brillo codicioso y vio que se esforzaba por contener el impulso de acercarse y llevarla directamente a la cama. Hinata no comprendía por qué intuía de pronto todas esas cosas, pero así era. Se sentía poderosa, femenina, y era consciente de las emociones que despertaba en Naruto. Con malicia, mientras caminaba, pasó sus dedos por el escote como si se tratara de un gesto distraído. Funcionó. Los ojos de Naruto volaron hacía ese punto en que la tela revelaba la suavidad de sus pechos y Hinata observó cómo tragaba saliva.

¿Sería muy osado proponer que se dieran media vuelta y regresaran a su casa? No, mejor no. Naruto parecía tener mucho interés en que aquella noche fuera perfecta. Y quería que todo el pueblo los viera juntos, para que nadie se llevara a engaños, recordó.

Suspiró, resignada. Sacudió la cabeza para deshacerse de aquellos pensamientos; no pretendía que nada emponzoñara su felicidad. Esa noche haría todo lo que Naruto quisiera porque deseaba corresponder a todas sus atenciones. Si quería lucirla de su brazo para que todo Konoha's Valley pudiera verlos, que así fuera.

Al llegar a la plaza, se acercaron a un grupo de vaqueros que charlaban animadamente en corro. Naruto le soltó entonces la mano y, antes de que ella pudiera sentirse decepcionada, la agarró por la cintura y la pegó a su cuerpo en actitud posesiva.

Los hombres contemplaron a la pareja que se acercaba, admirando el porte de ambos jóvenes. La mayoría de los vaqueros no conocía aún a Hinata, pues ella no había llegado con las demás mujeres y en las pocas ocasiones que había bajado al pueblo ellos estaban en los prados, trabajando. Sabían que Uzumaki se había tenido que casar de manera forzosa con ella y muchos se habían llegado a compadecer de él. Ahora, viendo a la hermosa mujer de cabellos negros que avanzaba a su lado, no le tenían lástima en absoluto.

—¡Vaya, Naruto! ¿Dónde la tenías escondida? —preguntó uno de los vaqueros, acercándose hasta la pareja para saludarles.

—Buenas noches, Shikamaru —respondió él, tocándose el ala del sombrero negro a modo de saludo—. Te presento a mi esposa.

La mujer le tendió una mano con una sonrisa forzada, como si algo de lo dicho la hubiese molestado. Pete no tardó en averiguar qué.

—Me llamo Hinata, aunque a mi marido le cueste recordarlo —le dijo.

El hombre soltó una carcajada y estrechó aquella mano de dedos finos y suaves.

—¡Y además tiene carácter! Eres un hombre afortunado, Naruto, sin duda —se volvió hacia ella una vez más y, con una especie de reverencia, le pidió—. Espero que me reserve un baile, señora Uzumaki.

—Con mucho gusto —contestó ella, esta vez con una sonrisa franca en su cara.

Fueron muchos los que se acercaron a la pareja para saludarles.

La curiosidad y el espectacular aspecto de Hinata con aquel vestido azul era un aliciente para todos los habitantes de Konoha's Valley.

Ninguna mujer lucía una prenda semejante. Era atrevido sin llegar a ser vulgar y su alegre color contrastaba con los tonos más discretos del resto de los vestidos.

—Si me disculpan, caballeros, iré a saludar a mis compañeras de viaje. Tengo que ponerme al día con todos los chismorreos de Konoha's Valley.

No supo si eran imaginaciones suyas o de verdad la mano de Naruto parecía reticente a soltarla.

—Por supuesto, señora — Shikamaru, al igual que el resto de los hombres, le dedicó un gesto cortés con la cabeza.

Hinata se giró para marcharse, pero en el último segundo regresó sobre sus pasos para dar un rápido beso a Naruto en la mejilla.

Los hombres lanzaron exclamaciones y algún silbido por aquella demostración de cariño, pero Naruto no les prestó atención. Solo podía fijarse en el suave contoneo de sus caderas mientras se alejaba.

—¡Qué suerte tuviste, cabrón! —espetó Shikamaru de repente, dándole una palmada en la espalda a un atontado Naruto.

Hinata disfrutó reencontrándose con sus amigas, ahora convertidas en radiantes esposas que no paraban de cotorrear relatando las peripecias de la nueva vida que llevaban. Le resultaba muy curioso verlas con sus vestidos femeninos y sus impecables tocados, con sus modales intachables de damas casadas y sus historias de tartas o estofados cuyas recetas se pasaban de unas a otras.

Hinata aún las veía con sus pantalones polvorientos y sus cabellos desastrosos, avanzando día a día por el desierto con una fortaleza y una voluntad indisolubles. Las veía disparando a las serpientes de cascabel que osaban cruzarse en su camino, empujando una carreta que había quedado atascada en un pozo de arena o compartiendo sus sueños y esperanzas a la luz del fuego que encendían cada noche. Eran las mismas mujeres, pero distintas.

—¡Cuánto me alegro de volver a veros a todas! —exclamaba, abrazando a cada una de las que se le acercaban.

—No nos has contado qué tal te fue en el local de Mei —dijo Karin, yendo directamente al cotilleo que más le interesaba.

—Por lo visto sí te permitió tomar ese baño. ¡Estás preciosa!

—¿De dónde has sacado este maravilloso vestido? —preguntó Kurenai, acariciando la suave tela de su falda.

—¡Oh, que sepas que nos morimos de la envidia! ¿Has visto tu aspecto? —exclamó Karin.

—No mientas —intervino de nuevo Kurenai—. Tienes envidia porque su marido es el hombre más guapo de la fiesta. ¿No es así, Hinata?

Por supuesto que era así, pero no estaba preparada para presumir de ello. Hinata buscó con los ojos a su esposo y sonrió como una boba al localizarlo.

—¡Mírala, si se lo come con los ojos! —la delató Karin.

—¿Acaso tú no lo harías? —preguntó Karui, otra de las mujeres.

—Yo me lo comería… ¡pero no con los ojos! —exclamó Karin con una expresión pícara en el rostro.

Un coro de risas femeninas atrajo la atención de Naruto, que conversaba con los otros hombres. Se fijó en que su esposa estaba sonrojada y, de pronto, como si estuviera inmerso en algún sueño brumoso, solo la vio a ella. Deliciosa con su vestido de fiesta, con las mejillas arreboladas y aquel brillo tentador en sus ojos perlas. Notó un tirón en las entrañas y, si no hubiese sido por lo feliz que parecía Hinata, la hubiese cogido de la mano y la habría llevado de regreso a su hogar ahora que ya habían comparecido ante todo el pueblo.

—¿Me escuchas, Naruto? — Rock Lee, el pianista, llamó su atención—. Te estaba diciendo que tu esposa me parece una de las mujeres más bonitas del pueblo. ¿Por qué la tenías escondida?

El hombre se mesó el pelo, incómodo. Maldita la gracia que le hacía que todos encontraran tan atractiva a su mujer. Y ese era el problema. Acababa de percatarse de que era su mujer, suya, y de nadie más. No obstante, no era momento de mostrarse celoso, máxime cuando los demás solo intentaban halagarle y ser amables.

—Bueno —respondió—, cuando el reverendo Yamato la encontró, tenía una herida en la cabeza y un tobillo torcido. Ha estado bastantes días convaleciente en cama…

—¿En serio? —preguntó otro hombre, que Naruto no reconoció.

Tenía el pelo anaranjado muy rizado, era alto, parecía fuerte y sus ojos negros le taladraban sin disimulo.

—Pues sí, señor…

—Wyatt. Jirōbō Wyatt —se presentó, sin ofrecer su mano—. Llegué con las mujeres y Jiraiya me ofreció un empleo en el rancho, así que me quedé.

—Como le decía, señor Wyatt, Hinata apareció herida en un terraplén junto al camino. Al parecer, buscando alguna planta medicinal tropezó y cayó, golpeándose la cabeza.

—¿También sabe de medicina? Qué lujo, señor Uzumaki, su esposa es un tesoro.

Naruto hubiese jurado que aquel hombre se estaba burlando de él. Entrecerró los ojos peligrosamente; para tratarse de un desconocido, sintió una antipatía desmesurada hacia ese individuo.

Antes de que pudiera responder como se merecía, Mei LeFleur se acercó al grupo de hombres y se cogió del brazo de Wyatt, sonriendo con el candor propio de su oficio.

—¿Qué tal estás, Jirōbō? —le preguntó, con voz cantarina—. ¿Cómo está tu hombro?

El aludido se tocó la zona herida y devolvió la sonrisa a la mujer. Naruto recordó entonces que uno de los hombres de la caravana había llegado herido y Mei tuvo que atenderle, posponiendo su encuentro amoroso para otro momento que nunca llegó. La madame se volvió luego hacia él sin esperar la respuesta de Wyatt.

—¿Y tú, querido? —espetó, contoneándose hasta él—. ¿Dónde has dejado a esa maravillosa mujer tuya? Me muero por ver su nuevo vestido —le dijo, guiñándole un ojo.

Naruto frunció el ceño. Que hubiese consentido que su mujer vistiera con una de las prendas de Ino no significaba que estuviera dispuesto a propagarlo a los cuatro vientos. Esperaba que Mei fuera discreta.

— Hinata está saludando a sus amigas —explicó antes de cambiar hábilmente de tema— No esperaba encontrarte aquí, Mei.

En realidad, ninguno de los hombres lo esperaba. Era evidente por qué.

Ella soltó una risita de cascabel. Sus extraños ojos, verde y azul, se posaron en él con un destello astuto.

—He creído oportuno que las nuevas vecinas del pueblo me conozcan.

—¿Por qué crees que querrán conocerte? —preguntó Naruto, sabiendo que la madame no había ido allí solo a divertirse. La mujer sin duda tenía un particular interés en aquella fiesta—. Has tenido en tu cama a la mitad de sus maridos, ¿cómo supones que se lo tomarán?

—Oh —exclamó ella, haciendo un gesto con la mano para restarle importancia—. Ellas saben que existo y que aquí seguiré, aunque hayan llegado para contagiar con su espíritu puritano a cada uno de mis clientes. Sería hipócrita por su parte ignorar mi presencia. Y algo me dice que esas mujeres, después de lo que han tenido que pasar hasta llegar aquí, son de todo menos hipócritas. Sinceramente, las admiro, Naruto. Por eso no quiero que me tengan como a una enemiga.

Los hombres se miraron unos a otros, sonriendo con complicidad. Mei era muy inteligente; sabía que debía ganarse el favor de las damas porque la idea que tuvieran de ella podía resultar muy influyente para su futuro en el pueblo.

—En ese caso, estoy deseando ver cómo te reciben, Mei — indicó Naruto.

Ella aceptó el desafío con un gesto de la cabeza y el vaquero supo sin lugar a dudas que sabría ganarse el favor de las damas. Su porvenir estaba en juego y Mei era, sobre todo, una superviviente.

La madame se acercó a él para que nadie más pudiera escuchar lo que iba a decirle a continuación.

—En cuanto averigüe la impresión que ha causado tu esposa al resto de las mujeres, lo verás. Tengo que reconocer que fui muy dura con Hinata cuando acudió a mi local a pedir aquel baño. Me mofé de su sugerencia y creí que había perdido la cabeza, pero, ¿sabes? La verdad es que su idea era estupenda.

Naruto casi temió preguntar.

—¿Qué idea?

—Verás, tu mujer sugirió que los servicios de mi local podrían gustar a las demás mujeres y que yo…

—Eh, prestad atención — Suigetsu Grant, que se había acercado a ellos, les llamó la atención—, Jiraiya va a decir unas palabras.

Mei perdió el hilo de lo que estaba diciendo y se giró, como el resto de los asistentes a la fiesta, hacia la tarima donde ya se encontraba el patrón, que pedía silencio con las manos.

—Amigos y vecinos de Konoha's Valley, hoy estamos aquí reunidos para celebrar que desde hace unos días nuestras vidas han cambiado de manera radical. Y todo gracias a estas hermosas mujeres, increíbles, que llegaron a nosotros con la ilusión de encontrar un hogar. Espero que los matrimonios formados, que ya han tenido tiempo de conocerse un poco, llenen pronto nuestras calles de rechonchos y sonrosados bebés.

Hubo vítores y aplausos tras esas palabras por parte de los hombres, mientras que las mujeres reían con simulada vergüenza.

Varias parejas se besaron para demostrar lo acertada que había estado la efusiva arenga de Jiraiya.

Naruto buscó con la mirada a Hinata y se sorprendió cuando la encontró, mirándole a su vez. El tirón en las entrañas volvió con más fuerza que la ocasión anterior y deseó acercarse, estrecharla entre sus brazos y besarla hasta dejarla sin aliento. Hubiese jurado, por cómo lo miraba ella, que deseaba exactamente lo mismo. Así que se acercó con determinación, sin apartar un segundo su mirada de los ojos perlas de Hinata.

Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, fueron abordados por otra pareja que pretendía saludarles.

— Hinata, cuánto me alegro de que estés bien —dijo Shion, con la voz estrangulada por la emoción.

La joven había esperado ese encuentro con impaciencia para echarle en cara a su amiga que la hubiera abandonado de aquella manera y que después, además, no se hubiera preocupado en absoluto por ella. Pero ahora, al verla allí de pie retorciéndose las manos, supo que no podría reprocharle nada.

Y es que Hinata notó en el acto que algo no marchaba bien.

Shion sonreía, pero la alegría no se extendía hasta sus hermosos ojos violetas, que parecían cubiertos por un velo de amargura.

La abrazó espontáneamente, sintiendo que era lo que debía hacer. Notó que el cuerpo de su amiga se estremecía con el contacto y la estrechó con más fuerza, intentando consolar la emoción contenida que sospechaba en Shion.

—Yo estoy bien —le susurró al oído, apartándose un poco—, ¿y tú?

Deidara carraspeó incómodo ante la demostración de amistad de las dos mujeres y Shion se apresuró a deshacerse de su abrazo. Se secó las lágrimas que corrían por su cara e hizo un esfuerzo patético por sonreír.

—Sí, claro, estoy muy bien. Es solo que me he emocionado al encontrarte —agarró la mano de su amiga y quiso explicarse—. Verás, creerás que yo te abandoné…

—Me llamo Deidara Garret, y soy el marido de Shion —la cortó el hombre que estaba junto a ella, adelantándose un paso y ofreciéndole la mano a modo de saludo.

Hinata la estrechó con suspicacia. Aquella mano, vendada por alguna herida reciente, le daba muy mala espina. Le estudió con detenimiento, intrigada por su extraña actitud. Uf, sí, era realmente un hombre guapísimo. Un Apolo de carne y hueso, con el pelo dorado cayéndole hasta los hombros y los ojos azules más claros que jamás había contemplado. Por fin entendía lo que Kurenai quiso explicarle cuando le habló del marido de Shion. Aquel hombre arrancaría suspiros a cualquier mujer con un solo movimiento de sus espesas pestañas, no cabía duda.

Sin embargo, por algún extraño motivo, a ella no le gustó en absoluto.

La mano que la sujetaba era fuerte y estaba helada. Sintió la necesidad de soltarse pero él la retenía con deliberada intención. Fue cuando ocurrió…

Una sensación antigua y conocida la embargó. Notó el vértigo en el estómago y la debilidad en sus extremidades. Los ojos empezaron a nublarse y, por un segundo, la oscuridad llenó su mente… Para volver a hacerse la luz un instante después, pero con una imagen muy distinta a la de la pareja que tenía delante.

Era el mismo hombre, pero estaba atado a un árbol, en la espesura del bosque. Sus ojos rebosantes de odio se clavaban en ella ordenándola que lo soltara. Luego, de pronto, un arma apareció de la nada. No sabía quién la empuñaba, si era ella u otra persona muy cercana. Y entonces comenzaron los disparos. Una, dos, tres, cuatro veces. El arma vació su cargador en el estómago de aquel vaquero indefenso, amarrado al grueso tronco de una secuoya gigante…

Hinata se tambaleó hacia atrás, despertando de su ensueño.

Notó que Naruto la sujetaba por la cintura y la observaba con un ceño preocupado.

—Permítame decirle que es usted la mujer más bonita de esta fiesta —dijo Deidara, soltando al fin su mano.

Parecía no haberse percatado del ligero desvanecimiento de la mujer. O tal vez atribuyó su momentánea abstracción a su increíble atractivo, que normalmente ocasionaba en las mujeres ese extraño efecto. La propia Shion había quedado atontada al conocerle. Sonrió con suficiencia, disfrutando de la cara consternada de Uzumaki al ver a su esposa rendida a sus encantos.

—¿Te encuentras bien? —le susurró Shion, que también se había dado cuenta de la inesperada reacción de Hinata.

Esta intentó sonreír, pero no le salió. Aún temblaba al recordar el estómago ensangrentado del hombre de su visión, el mismo hombre que ahora sonreía estúpidamente delante de ella.

—Necesito beber algo… —musitó, volviéndose hacia Naruto.

Sus ojos le suplicaban que la alejase de allí. Su mano se posó sobre la del vaquero para afianzarla alrededor de su cintura, no quería que la soltara por nada del mundo. De repente, tenía miedo de lo que había visto. Y, aunque en la visión ese tal Dean Garret era la víctima, en esos momentos sentía pavor en su presencia.

—Mi esposa y yo estaremos encantados de que vengas a visitarnos uno de estos días, Shion —comentó Naruto a modo de despedida.

Hinata asintió tras sus palabras y agradeció la gran intuición de su marido. Shion era su mejor amiga y él había sabido captarlo, tal vez por el sentido abrazo que ambas se habían dado nada más verse.

—Sí, claro. Por supuesto que iré. Me gustaría disculparme como es debido por no haber dado la voz de alarma cuando desapareciste.

Las palabras de Shion sonaban atropelladas y temerosas.

Naruto se fijó en que mientras hablaba, no paraba de retorcerse las manos y mirar de reojo a Garret. Hinata también debió darse cuenta, porque dio un paso hacia su amiga, aunque se detuvo cuando su marido le pasó un brazo sobre los hombros con aire posesivo.

—Querida, no necesitas disculparte. Hinata comprende que una recién casada tiene asuntos más importantes que atender que sus compromisos sociales con las amigas.

La aludida entrecerró los ojos para mirar a ese hombre autoritario que cerraba la mano como una garra sobre el hombro de Hinata. Tuvo bastante. No sabía qué estaba ocurriendo, pero desde luego él era el responsable de que su amiga no se hubiera preocupado por ella, y de que luciese en su preciosa y dulce cara esas ojeras que ensombrecían su gesto.

— Shion, me alegro de haberte visto. Ya sabes dónde me tienes, para lo que necesites.

Remarcó bien sus últimas palabras dirigiéndole una intensa mirada a su amiga, como si quisiera ahondar en el fondo de su alma para descubrir lo que estaba ocurriendo.

Shion solo pudo asentir con la cabeza. Notaba la mano de Deidara apretando más de la cuenta su hombro y tuvo que morderse la lengua para no gritar a su amiga que la socorriera, que la sacase de allí

cuanto antes, que la salvara de aquel demonio que le había tocado enbsuerte. Observó cómo la joven pareja se alejaba hacia la mesa de los refrigerios mientras su corazón se encogía de dolor y de angustia. Estaba otra vez sola.

—No me gusta tu amiga —siseó Deidara en cuanto se alejaron lo suficiente—. Te prohíbo que vayas a su casa y que hables siquiera otra vez con ella. Si te encuentro alguna vez en su compañía…

No terminó la amenaza, pero sus ojos de serpiente le dijeron lo... que pasaría.

Shion se encogió de miedo y buscó después a la pareja que, tras beber un poco de limonada, se dirigía a la pista de baile para divertirse. Los envidió. Naruto no era como deisfau, eso saltaba a labvista. Claro que, ninguno de los hombres allí presentes era como su esposo.

Para igualarlo, tendrían que ser unos auténticos monstruos.

Continuará...