Capítulo XVII

—De prisa Hiashi, por favor...— La mujer de cabellos violetas le ayudó a sostenerse mientras le urgía para que se apresurara. Habían logrado chantajear con una buena suma de dinero al guardián de las mazmorras, el cual les permitió escapar, pero tenían muy poco tiempo para lograr su cometido.

—Anko, lo siento, creo que no podré más...— Le dijo ya sin fuerzas y a punto de desfallecer.

—¡Lo lograrás, por tu hija, por tu esposa!— Exclamó con desespero, tratando de que esas palabras le alentaran a seguir adelante.

—¿Qué sería de mí sin ti y sin tu ayuda?— Ella se sonrojó y dibujó una sonrisa en sus labios. Si tan solo supiera que ella lo amaba y que estaba arriesgando su vida por él.

—¡Vamos!— Dijo al ver el final de aquel túnel, la libertad estaba próxima y eso hizo que su adrenalina se disparara.

¡Un poco más!

—¡Alto en el nombre del Rey!— El capitán de la Guardia Real y más de cincuenta subordinados les esperaban, por lo qué la mujer detuvo su paso.

—Agradezco tu ayuda y valoro tu esfuerzo, Anko— Le dijo el Hyūga expresando la derrota en su rostro, pero su compañera alzó la voz con valentía y confrontó a aquellos hombres.

—¡Aléjense traidores!— Ella dejó caer con cuidado al legítimo monarca de Kirigakure y se acercó a aquel sujeto. —¿Porque siguen negando que este hombre es su verdadero rey?— Cuestionó furibunda mientras señalaba con un dedo al varón que descansaba sobre el suelo de piedra.

Los soldados se miraron sorprendidos, ¿acaso su monarca estaba vivo?

—Anko, Anko, Anko... — Otro hombre caminó hacia ella con andar elegante.

—Hizashi— Murmuró entonces, los habían delatado... ¿Pero quién? El Usurpador se acercó a ellos y la mujer distinguió aquella mirada fría y áspera. Le seguían todos los que habían iniciado aquella revuelta hacia más de veinte años.

Muchos de ellos habían adquirido puestos importantes, relegando o asesinando a sus predecesores.

—Eres una escoria, Hiashi— Se burló.

—¡He intentado por todos los medios saber el porqué de todo esto!— Exclamó su hermano mayor mientras intentaba apoyarse en los brazos de la doctora.

—¡Llévenlos a mi despacho!— Ordenó y en un santiamén fueron conducidos casi a rastras al interior del palacio.

Los minutos pasaban mientras reinaba un tenso silencio en la lujosa habitación. Aquel hombre lo vio de arriba abajo, ya no quedaba nada de aquel potentado, de aquella ilustre persona y se alegraba en demasía.

—¿En serio no sabes el porqué de todo esto?— Cuestionó como si la pregunta careciera de importancia, como si incluso fuera una pérdida de tiempo el siquiera formularla.

—No y agradecería que me lo dijeras— Respondió conservando su postura y su temple. A pesar de estar débil, Hiashi quería demostrarle a su hermano que no le tenía miedo.

—Haruka, me robaste a la mujer que amaba—

—Ella era mi prometida y lo sabías desde un principio. Además a quién quería era a mi. No fue tampoco mi culpa que así haya sido el deseo del antiguo soberano—

—Delegando al segundo hijo a nada. Mi padre se equivocó al elegirte a ti como sucesor pero eso ya no importa más...— Le dijo mirándolo con rabia mientras se servía una copa de vino.

—Hizashi, detén esto ahora...— Suplicó el hombre, en su afán de que su hermano menor reaccionara y terminara de una vez por todas con ese absurdo.

—Tu hija me otorgará el trono, por las buenas o por las malas y tú y está mujer morirán al atardecer. Después de eso no existirá más tú descendencia— Le hizo saber con una sonrisa cínica en su rostro. Los ojos blanquecinos decían más que mil palabras, no mentía.

—¡Maldito! No te atrevas a tocar a mi hija— Amenazó y en su arranque de furia alcanzó a darle un puñetazo. Ese hombre trastabilló y cayó al suelo, y aunque la capa de piel ayudó a amortiguar la caída, no pudo hacer nada para apaciguar su humillación y su sed de venganza, el vino quedó regado sobre la alfombra de color azul marino.

—Haruka es mi mujer, soy el rey de Kirigakure... Tengo todo lo que debió ser para mi— Y con un movimiento de su mano ordenó a su guardia que se llevara a la pareja de su presencia.

—Preparen el patíbulo y reúnan al pueblo para una ejecución pública. Lleven a la princesa Hinata para que este junto a Hiashi, ella al igual que Anko y mi 'hermano' morirá pasadas las tres de la tarde...— Sentenció mientras era ayudado por los sirvientes a incorporarse de nueva cuenta.

Hinata se echó una manta a los hombros mientras era escoltada hacia las mazmorras. Debido a su avanzado estado de embarazo se le dificultaba caminar correctamente y cada paso que daba era una tortura.

Para ella la hora de su ejecución había llegado demasiado pronto, si al menos su bebé hubiese nacido antes, pero también le aterraba la idea de dejarlo solo y a su suerte. Gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas y creía que no podría soportar más. Anko le había ayudado para sobrepasar lo difícil de su gravidez pero consideraba que había sido en vano su esfuerzo de protegerla.

Y era terriblemente lamentable.

En la plaza principal, las personas estaban horrorizadas mientras construían aquella tarima. Observaron aquel tronco de roble en el centro, sin duda alguna sería un espectáculo horrible de ver.

Y aunque no debía faltar ningún ciudadano, las mujeres y los niños quedaron exentos de estar en la plaza debido a la magnitud del futuro suceso.

La torre del reloj marcó la hora señalada, las campanadas sonaron fuertes y claras, debido a que nadie se atrevía a hacer ningún tipo de comentario.

De pie, observando a la multitud se encontraba Hiashi, Anko y Hinata, los tres esperando su turno para ser ejecutados. No se veían asustados, ya que en la larga charla que sostuvieron en el calabozo, aceptaron con valor su destino.

En poco tiempo, el encargado de hacerles pagar sus crímenes, subió y su postura era imponente, tanto, que amedrentaba a hasta el más valiente. Tomó su posición y mientras que un par de guardias cuidaban de los prisioneros, la sentencia de muerte fue dictada.

Anko fue la primera en ser sometida y llevada hasta el sitio de su ajusticiamiento. Le obligaron a arrodillarse y a poner la cabeza sobre el madero, acomodándola mientras separaban su largo cabello para descubrir su cuello.

—Aquí la traidora, observen con cuidado, este es el castigo por tratar de atentar contra la vida de su rey. Qué quede constancia para las futuras generaciones— La voz de Hizashi sonó enérgica y retumbó en los oídos de los ciudadanos. La mujer se llenó de terror al ver el arma frente a sus ojos y en ese instante decidió hablar, lo suficientemente alto para que el legítimo monarca le escuchara.

—Te amo Hiashi...— Confesó entre lágrimas mientras el verdugo alzaba el hacha.

—Anko—

Un viento reacio les dio de lleno y entonces, sin previo aviso, de la nada una saeta se incrustó en el pecho del ejecutor antes de que pudiera asestar el golpe mortal. Hubo confusión entre los guardias y el usurpador del trono, más cuando los ciudadanos comenzaron a atacar armados hasta los dientes.

Todo fue un caos, pero debido al armamento que tenían, menguaron con mucha facilidad a las fuerzas reales. Muchos soldados eran infiltrados, simpatizantes de Hiashi.

Pronto su hermano y todos los que lo secundaban fueron capturados y llevados ante la justicia del pueblo.

Sus gritos de angustia resonaban por toda la plaza, las lágrimas, el terror de morir de esa forma hizo que Hisazhi suplicara como un perro por su vida.

—¡No me maten! ¡Perdón hermano! ¡Has al...!— Su voz fue apagada de repente. La cabeza rodó por la tarima y cayó por el borde de esta, dejando en su camino una mancha brillante de color rojo. Los ciudadanos observaron con satisfacción la muerte de aquel tirano, quien por muchos años había impuesto su propia ley usurpando el trono de Hiashi Hyūga. De eso se trataba todo, el mismo pueblo decidió defender a su rey con la ayuda de aquel joven revolucionario de nombre Sai.

Los siguientes en pasar al cadalso eran Haruka, Hanabi y Neji. Tanto padre como hija miraban horrorizados el triste fin de ellos.

—¡Por favor! Gente del País del Agua, ellos no son culpables de la maldad de Hizashi, les rogamos el perdón para estos jóvenes y para la reina Haruka— Suplicó el rey.

—Milord, el pueblo luchó por usted y por su hija, lo que pide podría ser denegado...— Dijo el joven de cabello negro, quien había comenzado la redada.

Sai, aquel capitán de la guardia real de Amegakure. Debido al dolor de haber perdido a Ino, decidió desertar del ejército y vagar por aquellos países, llevando un perfil bajo, ya que el haber dimitido de sus obligaciones, en su país se consideraba alta traicion.

Anko le había conocido cuando fue herido por una banda de ladrones y después de conocer su historia fue reclutado para que le ayudase a proteger a Hiashi.

Cumplió con mucho más de lo esperado, y la doctora no podía creerlo, en verdad que ese joven había sido una bendición para sus vidas.

—Majestad, es su decisión. Nosotros somos y seguiremos siendo fieles a la familia real y a los legítimos herederos del trono del País del Agua— Gritó un vasallo para hacerse oír, a lo que fue vitoreado por todo el pueblo presente.

Después de estos acontecimientos, Hinata al poco tiempo dio a luz a un bebé, sano y perfecto. Su madre poco a poco comenzó a sanar de la mente, y Anko y Sai decidieron marcharse. No hubo explicaciones, simplemente un día desaparecieron y el soberano quedó preguntándose si la confesión de su amiga, era verdadera.

Con el pasar de los días, la alegría reinó en la familia real Hyūga. Ella se dio cuenta de lo maravillosos que eran sus padres, Hanabi y Neji. Ellos no eran culpables de lo ocurrido, si no que habían sido víctimas de las circunstancias. Tanto Hiashi como Haruka adoraban al pequeño bebé de la ojiperla, por lo que ellos decidieron el nombre con el permiso de su hija.

Pero no todo fue felicidad perpetua, pues a los tres años el rey falleció, con el reino en sus manos, antes de morir delegó el trono de Kirigakure a Hinata. Entre él y la reina habían tomado la decisión de que las grandes potencias creyeran que Neji Hyūga había sido el elegido para gobernar, con el afán de proteger a un país fragmentado y débil.

Hasta que la joven ojiperla aprendiera a dirigir a su pueblo, sólo entonces las fronteras serían abiertas y la joven, por decisión propia les haría saber a los Uchiha y los Sabaku No, de que estaba viva.

Pero no regresaría ni con unos, ni con otros, se deslindaría del matrimonio entre Gaara y ella. Pues el ser la nueva reina rompía aquellos lazos, ya que no había un heredero adecuado en el País del agua.

Y es que en realidad su corazón pertenecía a ese hombre, a ese hombre que la había salvado en aquel sueño, porque sabía ya de quién se trataba, pero no podía confesarlo y había tomado la decisión de guardar ese amor verdadero en su interior. Aunque se le desgarrase el alma en el proceso, saldría triunfante de esa situación. ¡Si! Ella sería valiente, por esta vez y definitivamente superaría los obstáculos que el destino le preparara. Porqué Sasuke Uchiha seguía siendo el elegido de su corazón.

—Fue increíble para nosotros enterarnos de que Hinata está viva— Ambos se veían con total desconcierto. Itachi había arribado el día anterior con Hana, Kiba y Lady Tsume, madre de su cuñada.

—Pero, ¿qué les ha dicho? ¿Cómo es que esta viva? ¡Tú estuviste presente cuando nos entregaron sus restos! ¿Era ella o no?—

—¡Cálmate Sasuke!— Lo asió de los hombros firmemente, tratando tal vez de que entendiera razones.

—¿Cómo quieres que me calme? ¡Ella está allí!— Gritó casi perdiendo la poca paciencia que le quedaba. Si tan solo Itachi pudiera imaginarse lo que sentía en su corazón, entendería su suplicio.

Miró a los invitados charlando entre ellos animadamente, bailando al son de la suave música pero parecía que no les importaba. ¡Esas personas lo sabían todo! Pero preferían fingir que todo estaba bien, que nada había pasado. ¡Hipócritas!

Cerró los puños a ambos lados de su cuerpo y se alejó del salón para salir al jardín. Estaba hastiado, harto de que el destino se interpusiera en su vida. Deseaba con todo su ser hablar con ella, Ino ya no estaba y aunque estaba comprometido con aquella joven de cabellos rojizos, no sería un obstáculo. Pero no olvidaba los vínculos que unía a Hinata con Gaara, un matrimonio irrompible y un hijo.

Se acercó a la terraza y golpeó con ambos puños la fría loza de granito. Miró hacia la hermosa luna nueva que alumbraba aquella comarca y una profunda nostalgia se apoderó de su ser. Recordó la fiesta que se le organizó como bienvenida después de llegar del País de la Lluvia y ella, Hinata, le había besado en la mejilla. Aún tenía presentes sus suaves labios, el calor de su cuerpo y ese delicioso perfume que le inundaban los pulmones.

—Mamá, tengo sueño— Escuchó de repente una voz infantil en el otro extremo de aquel sitio y al estar detrás de unos arbustos, le permitió observar aquella escena con total libertad.

—Hijo, ve con tu nana y dile que te lleve a dormir. Solo será esta vez que no te cuente una historia, pero tía Hanabi y tío Kiba se van a casar y debo estar aquí, en la fiesta. Te confieso algo— Se acercó para hablarle quedó al oído y Sasuke sonrió— No me gustan estos festejos, pero me encantan los postres que sirven. Te diré qué, te guardaré los más ricos para mañana, ¿sí?— El niño dibujo una sonrisa con inocencia y solo asintió, para después dirigirse a la mujer que lo esperaba en el umbral de la puerta.

Con un movimiento de mano, se despidió de su progenitora.

Cuando se hubo alejado, la ojiperla dio un hondo suspiro y se dirigió hacia dónde estaba aquella terraza hasta toparse con aquel joven de ojos negros.

—Hinata— Murmuró el moreno anhelante, esperaba que ella le dijera algo pero sin en cambio esa mujer permaneció en completo mutismo.

—Príncipe Uchiha— En un instante creyó que su forma de dirigirse a él era por el estúpido protocolo de la realeza. Pero algo había en su mirar que le causaba cierta angustia.

—Hinata...— Repitió una vez más.

—Disculpe, creo que no hemos sido presentados apropiadamente...— Dicho esto hizo una reverencia y dio media vuelta.

—¡Espera!— La tomó del talle y la giró para abrazarla con fuerza y para aspirar su suave fragancia. Seguía sin creerlo, cerca de él estaba la mujer, dueña de su corazón. Y no sabía como actuar, simplemente no podía comprender que ella estuviera viva, y más hermosa que nunca. Pronto comenzó a llorar, mientras le besaba la frente y las mejillas con desesperación.

—Lord U-Uchiha... Por favor, esto no es correcto...—Lo apartó con suavidad, pero no volteo a verlo, sin en cambio se alejo presurosa al interior del castillo.

—Gaara, ¿ocurre algo? Desde hace unos momentos te veo un poco preocupado...— La castaña observaba a su marido ir y venir por toda la habitación, la cual les fue otorgada para pasar su estancia en el palacio.

—Necesito estar a solas un momento, saldré a caminar, hablaremos luego...— Ella se acercó a besarle pero él solo la asió de los hombros y giró el rostro. —Hablaremos... Después...— Dicho esto se alejó por la puerta, dejando un poco confundida a su mujer.

El pelirrojo se desplazó por los largos corredores, en busca de ella, de su esposa, de su amada. En el trayecto se encontró con una mujer de mayor edad y el pequeño príncipe.

—Hijo— Murmuró, haciendo que el pequeño niño detuviera sus pasos para después observarle fijamente.

—Milord...— La mujer le abrió paso y se posicionó con una reverencia a un lado del camino pero Gaara no quería alejarse, no tan de prisa. Observó a la criatura con detenimiento. Puso especial atención en sus rasgos, era tan parecido a él cuando era solo un infante y sus ojos, tan bellos como los de Hinata.

—Disculpe, alteza, puede seguir su camino— Dijo el Kazekage y el pequeño agradeció su amabilidad con una reverencia y enseguida se alejó con rumbo a su alcoba, mientras aquel hombre lo veía desaparecer por unas enormes puertas que estaban al final del corredor.

Llegó al gran salón, y buscó entre los invitados a Hinata pero no le fue posible hacerlo. Durante unos segundos creyó que no podría hablar con ella, hasta que la vio escabullirse rumbo a la sala del trono.

¡Era su oportunidad!

Pasó todos los obstáculos que le impedían llegar hasta la presencia de la ojiperla, y al darle alcance, sonrió triunfante. Entonces cerró las grandes puertas tras de sí.

La joven mujer estaba de espaldas y giró un tanto angustiada al notar que no estaba sola.

Los ojos verdes de Gaara se inundaron de lágrimas, y aunque ansiaba abrazarla, no pudo. Creía que solo se trataba de un sueño y que si la tocaba ella pronto desaparecería entre sus manos.

—Hinata...—

—Milord, no es apropiado que estemos aquí solos—

—Hinata...— Murmuró su nombre con tristeza.

—Soy su alteza real, la Mizukage de Kirigakure. Le ruego que se refiera a mi de esta forma, Señor— Gaara abrió sus ojos desmesuradamente, si bien era cierto, ella era la reina, pero sus frías palabras le dieron de lleno, hiriendo su corazón aún más, tanto que creyó morir en ese instante.

—¡No uses ese tono tan despectivo conmigo!— Exclamó suplicante.

—¿De que otra forma podría ser? ¿Has olvidado lo que me hiciste? ¿Cómo entre Temari, Matsuri y tú me hicieron la vida imposible? ¿Recuerdas? ¡Me echaste de tu lado y no conforme con eso, pusiste a mi hijo en peligro! ¡Aléjate! No quiero que te me acerques...— Dándole la espalda le rechazó cruelmente.

—¡Hinata!—

Detrás de la puerta, Tenten estaba atenta a lo que ocurría dentro de aquella sala. Se llevó las manos al pecho mientras su respiración comenzaba a agitarse.

—¡Sabes que te amo! Desde siempre te lo demostré, entonces...—

—Gaara, yo... Yo no volveré contigo— Dijo al fin de unos instantes.

—¡Eres mía! ¡Eres mi esposa!— Gritó esperando hacerle comprender. Al decir esto Tenten corrió angustiada, evitando el salón principal para huir de allí. Saber que la verdadera mujer de su querido esposo estaba viva, no le hacía ningún bien por lo que decidió regresar a Sunagakure por su cuenta, mientras que Gaara y Hinata seguían discutiendo en aquel lugar.

—Solo tengo agradecimiento hacia Kankuro y a la abuela Chiyo, ellos cuidaron de mi... Pero por ti no siento nada, ni amor ni cariño, ni odio ni rencor. Me eres completamente indiferente... Así que deja...— Los labios invasores del pelirrojo se apoderaron de los suyos y sus brazos rodearon como garfios su cintura. La tomó con fuerza del cuello, acercándola más a su cuerpo, a pesar de que ella le empujaba sin éxito para que la soltase.

—¡Aléjate de mi! No vuelvas a hacerlo. ¿Se te olvida tu esposa y tus hijos? Ni siquiera puedes respetar a tu familia...—

—Tu eres la reina consorte, mi primera esposa, la madre de mi hijo, el príncipe heredero y futuro Kazekage de Sunagakure... Tú volverás a mi...— Sentenció.

Se alejó por la puerta, mientras sus pasos resonaban por todo el recinto, haciendo un eco que se confundía con la música de la fiesta.

Hinata le vio salir, pero por su propio bien, decidió no seguir peleando con ese hombre y consideró que lo mejor sería terminar con esa boda, lo antes posible.

La castaña arribó al palacio de Sunagakure muy entrado el mediodía, había viajado durante toda la noche y sabía que tampoco tardaría en llegar Gaara. Pues no dudaba de que al notar su ausencia y preguntarle a los sirvientes, seguro estos le dirían que había pedido ayuda para volver al País de la Arena.

Pero no importaba nada, ni el enojo del Kazekage ni la situación a la que se estaba exponiendo. Tomó a sus hijos y buscó a su padre y a su familia. Debían irse, no había otra forma de solucionar las cosas. Amaba a Gaara, lo amaba con todo su corazón pero él a ella, seguro era que no. Lo mejor era irse y no volver nunca más. Le dolía profundamente el haberse dado cuenta de que solo había servido como un paño de lágrimas, como en repuesto que carecía de importancia y sufría, sufría mucho.

La carreta surcó el desierto alejándose de aquel lugar y al asomarse vio la enorme ciudad alumbrada por el color del sol del atardecer.

—Adiós, mi amado— Soltó entre lágrimas, para inmediatamente abrazar a sus hijos. Lo único que le alegraba la vida, y le hacía intensamente feliz.

Su tía Tsunade la veía de reojo, pero la mujer espero a que Konohamaru y Shino junto a su esposa, ciudadana de Suna, quedaran completamente dormidos. Entonces decidió interrogarla.

—¿Sabes que en cuanto se entere el rey nos buscará?—

—No importa ya...—

—Estamos en riesgo, tu padre no debió seguir tu juego. ¿Que ocurrió exactamente?— Cuestionó tratando de visualizar su silueta en la oscuridad.

—Nada tía, nada realmente— Suspiró en voz baja.

La luz de la luna llena pronto comenzó a iluminar aquella comarca, ayudándoles a seguir el sinuoso camino que estaba trazado en la arena del desierto.

N/A: Hola mis lectores, después de tiempo de no actualizar aquí vengo con este extraño capítulo.

Aquí pido su ayuda, aún puedo salvar el SasuHina si gustan. Por favor, si no es mucha molestia voten: ¿Que pareja les gustaría que tuviera esta historia? He decidió tres finales distintos:

1.SasuHina

2.GaaHina

3.Sin pareja.

Voten por favor y gracias por su ayuda y su paciencia. ¡Les quiero!

Atte: HinataUchiha82