A lo largo de la semana que transcurrió entre el interesante paseo en carruaje y el siguiente encuentro que concertó con Sakura, no tuvieron noticias del inspector Inuzuka.

Sasuke incluso ordenó a Curry que lo buscara, pero el criado no pudo dar con él.

—Debe de haber corrido a su casa con el rabo entre las piernas —declaró Curry.

Sasuke no lo creía.

Los tipos como el inspector eran astutos y listos y no huían porque él les amenazara.

Si realmente había regresado a Londres, sería por una buena razón.

Deseó saber qué estaba planeando ese hombre.

Ino le había pedido que las acompañara el miércoles a una salida, y aunque caía sobre París otra tormenta de verano, su cuñada insistió en llevar a cabo sus planes.

—Vamos a entrar en un lugar de perdición, querida —dijo Ino a Sakura cuando los tres se bajaron del carruaje ante una casa de apariencia normal y corriente cerca de Montmartre—. Te va a encantar.

Él había estado allí con Sai, pero llegar con Sakura del brazo resultaba mucho más satisfactorio.

Ella iba vestida con un tafetán rojo oscuro con adornos en el corpiño.

Todo lo que llevaba emitía un ligero brillo y un leve frufrú.

Puso la mano sobre la que ella había colocado en el hueco de su brazo cuando intentó apartarse.

Se alegraba de que Ino hubiera sido lo suficientemente inteligente como para pedirle que las escoltara, porque, ¡maldición!, no hubiera permitido que Sakura entrara sola en ese antro.

—¿Lugar de perdición? —preguntó Sakura, mirando con atención el oscuro y polvoriento lugar cuando entraron—. Creo que te han tomado el pelo.

Ino se rio.

—Esa es la intención, querida. Es un lugar secreto.

Les guio a través del local hasta una sencilla puerta en la parte posterior.

La luz, el ruido y el olor a cigarros inundaban la escalera alfombrada.

Sasuke pensó que no era tan secreto como Ino pensaba mientras permitía que Sakura le precediera escaleras abajo.

Los gendarmes parisienses estaban al tanto de aquel casino ilegal, pero cogían el dinero que les ofrecían y miraban hacia otro lado.

Los franceses ricos se excitaban como niños traviesos al pensar que hacían algo al margen de la ley.

La escalera les condujo a una estancia brillante.

El local ocupaba los bajos de

varias casas y las arañas de cristal colgaban del techo.

Había una alfombra de un intenso color rojo en el suelo y las paredes estaban cubiertas de paneles de madera de nogal.

Los presentes rodeaban las mesas hablando, riendo, gritando o gimiendo.

El tintineo de los dados, el susurro de las cartas y el zumbido de una ruleta resonaban por encima de las voces.

Había demasiada gente alrededor y a Sasuke no le gustaba.

Le aplastaban, le miraban fijamente y hablaban al mismo tiempo, de manera que no era capaz de asimilar lo que decían.

Sintió la acuciante necesidad de escapar, percibía como si una insidiosa vid le rodeara, y miró a su alrededor para localizar la salida

más cercana.

—¿Sasuke ?

Sakura levantó la mirada hacia él.

El etéreo aroma femenino le envolvió.

Los rizos quedaban a la altura de su nariz.

Podría enterrar la cara en su pelo, podría besarla. No tenía que huir.

—No me gustan las multitudes —explicó, apretándole la mano.

—Lo sé, ¿quieres que nos vayamos?

—Ni se os ocurra —dijo Ino. Les miró con un cierto brillo en los ojos y se

detuvo ante una mesa con una ruleta.

La rueda de latón giraba sin cesar y las tablillas de madera de la base pasaban ante ellos con rapidez.

Había montones de fichas sobre

un tapete verde de fieltro con números pintados.

Sasuke observó la bolita zumbando alrededor de la ruleta en dirección opuesta a la rueda.

Las ruletas eran simétricas y flotaban sobre su base, lo más cercano a una

máquina en perpetuo movimiento.

Sasuke quiso atrapar la bolita y hacerla girar de nuevo, contar cuántas veces podía deslizarse alrededor de la circunferencia antes de detenerse.

La rueda comenzó a girar más lentamente.

La miró fijamente, prediciendo cuántos giros más daría antes de que cayera la bola.

Quince, supuso, o quizá veinte.

La bolita bailoteó por encima de la fila de ranuras antes de detenerse.

—Rouge, quince —anunció una mujer casi desnuda desde detrás. «Quince, rojo».Hubo gemidos y suspiros.

La crupier arrastró las fichas y un montón de manos recogieron las ganancias.

—Me encanta la ruleta —suspiró Ino—. La han prohibido en Francia, pero se puede jugar si sabes dónde. Te evita la molestia de viajar hasta Montecarlo. Dame tu dinero, querida, y lo cambiaré por fichas.

Sakura miró a Sasuke llena de dudas.

Él asintió con la cabeza.

El nudo que le oprimía la garganta se había aflojado y respiraba con más facilidad.

Ino regresó con las fichas de Sakura y ésta puso un montón en uno de los

números.

—Ahí no —dijo él con rapidez.

—¿Importa dónde se pongan? —Los diamantes refulgieron en la muñeca

enguantada de Sakura cuando detuvo la mano.

Sasuke cogió las fichas y las colocó en un cruce entre cuatro números.

—Aquí hay más posibilidades de ganar.

Sakura no pareció muy convencida, pero retiró la mano del borde de la mesa.

La crupier puso la ruleta en movimiento y la rueda comenzó a girar.

Zumbó con todas las miradas clavadas en ella.

La bolita giró tentadoramente hasta acoplarse suavemente en una ranura.

—Noir, dix neuf. —«Diecinueve, negro».

Sakura golpeó la mesa con frustración cuando la crupier retiró las fichas.

—Apuesta en el mismo lugar —dijo Sasuke .

—Pero he perdido.

—Repite la apuesta.

—Espero que sepas lo que haces,

Sasuke.—Puso las fichas obedientemente en el mismo sitio.

La ruleta giró y la bolita cayó.

—Rouge, vingt et un. —«Veintiuno, rojo».

Sakura emitió un gritito y dio un salto al ver que ganaba.

La crupier depositó un montón de fichas al lado de las suyas.

—¡He ganado! ¡Santo Cielo! ¿Puedo volver a hacerlo?

Sasuke movió su enorme mano y recogió las ganancias de Sakura.

—La ruleta es un juego tonto. Ven conmigo.

Ino les sonrió ampliamente y depositó sus fichas donde antes las había

puesto Sakura.

—Es muy divertido, ¿verdad? La suerte te sonríe, querida. Lo sabía. —Se rio y se giró hacia la mesa.

Sasuke cogió a Sakura de la mano y la guio hacia una mesa larga donde un hombre corpulento agitaba un cubilete de dados.

Los apostadores rodeaban la mesa y

animaban a gritos al caballero, cuya cara brillaba de sudor.

Una dama, espléndidamente vestida, estaba colgada de su brazo y daba saltitos a su lado.

—Le va a arruinar la tirada —susurró Sakura.

—Es posible, si es empleada de la casa —respondió Sasuke en voz baja.

—¿Eso no es hacer trampa?

Él se encogió de hombros.

—Es el riesgo que se corre al entrar en este tipo de tugurios.

—Ino parecía muy excitada.

—A ella le gusta arriesgarse. —Después de todo, se había casado con Sai.

—¿Puedo apostar? —preguntó Sakura.

Aquel juego tenía tantas posibilidades, tantas combinaciones diferentes como los dados podían producir.

A Sasuke le parecía inútil intentar predecir cuál saldría o esperar un lanzamiento preciso, pero la gente encontraba excitante el riesgo.

Era algo que le desconcertaba.

Los ojos de Sakura centellearon cuando observó que el hombre se disponía a tirar.

—¿Dónde apuesto?

Sakura se frotó la frente con el pulgar, los números fluían en su mente con precisión matemática.

—Aquí y aquí —indicó él, señalando unos cuadrados en el tapete.

El caballero lanzó finalmente los dados, sacando el número que él quería: un diez.

Entonces tiró otra vez. Todo el mundo gimió cuando los dados sumaron doce.

—He perdido —gimió Sakura, decepcionada.

—Has ganado. —Sasuke recuperó las fichas—. Has apostado a que él superaría la cifra en el segundo lanzamiento.

—¿De veras? — miró las fichas y luego la mesa. Tenía las mejillas rosadas y

los labios brillantes y rojos—. Creo que no debería jugar si no tengo ni idea de a qué estoy apostando.

—Eres rica. —Sasuke le puso las fichas en las manos—. Puedes permitirte el lujo de perder.

—No lo seré mucho tiempo si me dedico a perder el dinero en la ruleta y en los dados. ¿Qué habría ocurrido si no hubieras estado aquí conmigo?

—Si yo no estuviera aquí, tú tampoco estarías.

—¿De veras?

Ella arqueó las cejas, que parecieron delicadas alas en su rostro.

Sasuke deseó inclinarse y besarlas; allí, en medio de la gente.

Sakura era su amante, su querida. Y

quería que todo el mundo supiera que le pertenecía.

—¿Sasuke?

Ella le había preguntado algo.

—¿Mmm?

—Te he preguntado cómo sabías que no estaría aquí si no estuvieras tú.

Sasuke la cogió por el codo y la condujo a una zona menos abarrotada.

—No lo habría permitido.

—¿De veras? ¿Me seguirías a todas partes, como hace el inspector Inuzuka?

—Este sitio es peligroso —dijo él con desagrado—. Ino sabe arreglárselas.

Tú no.

Sakura notó una oleada de calor en el pecho.

—Eres muy protector conmigo. —Se apoyó en él para murmurarle al oído—. Pensé que estábamos de acuerdo en que la nuestra era una relación entre dos personas dispuestas a gozar de los placeres de la vida y nada más.

Sasuke no recordaba haber convenido tal cosa.

Ella había dicho que se gustaban y

que no pensaba volver a casarse.

Nada más.

Él no había respondido entonces y

tampoco lo hizo ahora.

Mantener una relación con ella no sería suficiente.

Quería algo más que jugar con ella en el estudio de Sai y que disfrutar del placer que le había proporcionado

en el carruaje.

La deseaba una y otra vez, gozar con ella siempre que pudiera.

No, Sakura no era una prostituta ni una aventura amorosa que olvidar cuando dejaran París.

La quería para siempre en su vida.

Lo difícil era cómo conseguirlo.

Ella había dicho que no deseaba casarse.

Su compromiso con aquella serpiente de Mather la había dejado tocada y ya le había rechazado una vez.

Tendría que pensar muy bien cómo volver a proponérselo, pero la tarea no le preocupaba.

Sasuke era muy hábil canalizando su atención en un problema, excluyendo todo lo demás, hasta solucionarlo.

En ese momento un joven delgado con espeso cabello negro se puso delante de él y los pensamientos de Sasuke se fragmentaron como una lámina de vidrio.

—No me podía creer que fueras tú. —El hombre le tendió la mano con los ojos brillantes—. Sasuke Uchiha en carne y hueso. ¿Qué tal, viejo amigo? No te había visto desde que te sacaron de aquella prisión.

La autora del libro es Jennifer Ashley

Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto