Capítulo 17

Justo después de dar la medianoche, Corazón de Hierro fue sacado de su

mazmorra. Los guardias le hicieron subir las escaleras del castillo, le

sacaron a la calle y le introdujeron en la plaza del centro de la Ciudad

Resplandeciente. La muchedumbre se agolpaba en las calles, alumbrando el

camino con antorchas cuyas llamas daban a sus caras un resplandor

fantasmal. El pueblo de la Ciudad Resplandeciente guardaba silencio, salvo

una persona. Porque el mago danzó todo el camino hasta la plaza mientras

graznaba de contento por la ejecución de Corazón de Hierro. Una leve

cojera entorpecía su avance, y en una de sus muñecas, mientras él hacía

cabriolas, se mecía una paloma blanca sujeta con una cadena de oro...

De Corazón de Hierro

Era tarde y estaba cansada, pero aun así le sintió antes de verle. Su corazón, fuera de control, dio un vuelco salvaje y gozoso. Carlisle estaba allí. Estaba allí. Esme se apartó del tocador donde se encontraba sentada cepillándose el pelo para irse a la cama.

Él estaba junto a la puerta que comunicaba el dormitorio con un pequeño vestidor. Tenía la cara magullada, el ojo izquierdo hinchado y negro, y se tocaba el costado con una mano como si le doliera.

Esme le miró fijamente, incrédula, intentando no respirar por temor a que se esfumara ante su vista.

—Tienes un pelo precioso —dijo él suavemente.

Era lo último que ella esperaba que dijera. De pronto se sintió azorada y extrañamente tímida.

Carlisle nunca la había visto con el pelo suelto. Nunca la había visto en aquel escenario tan

cotidiano y hogareño.

—Gracias. —Dejó el cepillo sobre el tocador, pero le temblaban tanto las manos que estuvo a punto de tirarlo al suelo.

El miró el cepillo.

—He venido a despedirme.

—¿Te marchas pronto?

Por algún motivo, tampoco se esperaba aquello. Había pensado que sería ella quien se fuera primero, tras su boda con Edward. Pero eso era absurdo, naturalmente. Carlisle tenía que volver a las colonias en algún momento. Ella siempre lo había sabido.

Él asintió lentamente con la cabeza en respuesta a su pregunta.

—En cuanto dé por terminados mis asuntos, Kate y yo nos embarcaremos.

—Ah. —Había miles de cosas que quería preguntarle, miles de cosas que deseaba decirle, pero no lograba expresar lo que pensaba en realidad. Estaba de algún modo atrapada en aquella conversación encorsetada y formal. Se aclaró la garganta —. ¿Son asuntos comerciales? ¿O te refieres a la búsqueda de quien traicionó al regimiento?

—Ambas cosas. —Se adentró tranquilamente en la habitación, se detuvo para recoger un

platillo de porcelana que había en un velador y le dio la vuelta para mirar la parte de abajo.

Ella tragó saliva.

—Pero seguramente tardarás semanas, quizá meses en descubrir quién...

Él ya estaba sacudiendo la cabeza.

—El traidor es Thornton. —Dejó el platillo en su sitio. Carlisle se encogió de hombros. No

parecía muy interesado en el tema.

—En realidad no es Thornton. Creo que seguramente es otro soldado, un tal Newton que

estaba arrestado cuando nos atacaron. Newton se las arregló de algún modo para suplantar a Thornton.

Ella frunció el ceño mientras sus dedos se movían con nerviosismo, toqueteando su bata. Sólo llevaba el camisón y la bata de seda; sus pies estaban descalzos. Se sentía vulnerable, con él merodeando por sus habitaciones privadas. Vulnerable, pero no asustada. Había algo de irremediable en aquella escena, como si hubiera sabido desde el principio que algún día Carlisle entraría en su dormitorio. Sólo deseaba poder retenerle un poco más. Se miró las manos temblorosas, que había posado sobre el regazo, y formuló otra pregunta, intentando postergar lo que vendría después.

—¿Y la familia y los amigos de Thornton no le delataron?

—Casi todos sus amigos murieron en Spinner's Falls. Puede que todos. En cuanto a su familia...—Carlisle tocó las pesadas cortinas de brocado que colgaban sobre su cama—. También estaban muertos; todos excepto su esposa, y murió poco después de que Thornton, o Newton, regresara a casa. Imagino que la mató él.

Esme contuvo el aliento al oír aquel comentario hecho con tanta despreocupación.

—¿Por qué haces esto, Carlisle?

Él levantó la mirada al oír su tono.

—¿El qué?

—¿Por qué estás tan empeñado en seguir ese rastro? —Se inclinó hacia delante, deseosa de atravesar sus defensas como él había atravesado las suyas. Les quedaba muy poco tiempo —. ¿Para qué derrochar tanto esfuerzo y dinero en perseguir a ese hombre? ¿Por qué, después de todos estos años?

—Porque yo puedo y otros no.

—¿Qué quieres decir? —musitó ella.

Él dejó caer la cortina y se volvió por completo hacia ella. No había artificio, ni escudo alguno que impidiera a Esme ver su rostro desolado.

—Están muertos. Están todos muertos.

—Edward...

Carlisle se rió.

—Hasta los que sobrevivieron están muertos, ¿es que no lo ves? Vale puede bromear y beber y hacerse el tonto, pero vas a casarte con un cadáver, no lo dudes ni por un instante.

Ella se levantó para mirar cara a cara su espantosa desesperanza.

—Sí, lo dudo. Edward puede tener sus demonios, pero está vivo. Tú le salvaste, Carlisle.

El sacudió la cabeza.

—Yo no estaba allí.

—Corriste a buscar ayuda...

—Escapé —dijo con voz ronca, y ella cerró la boca, porque nunca le había oído decir aquello en voz alta —. En plena batalla, cuando comprendí que íbamos a perder, cuando supe que los indios nos vencerían y arrancarían la cabellera a los hombres todavía vivos, pensé que ya no tenía sentido luchar y me escondí. Y cuando cogieron a Vale, a Whitlock, a tu hermano y los otros prisioneros, huí.

Esme se atrevió a acercarse y agarró su levita con ambas manos, sintiendo la tela entre sus dedos. Se puso de puntillas y acercó la cara a la suya todo lo que pudo.

—Te escondiste porque sabías que era absurdo morir. Corriste para salvar la vida de los

prisioneros.

—¿Sí? —musitó él —. ¿Eso crees? Eso me dije en aquel momento, que corría por los demás, pero puede que fuera mentira. Puede que sólo corriera por mí mismo.

—No. —Sacudió la cabeza con desesperación —. Te conozco, Carlisle. Te conozco. Corriste para salvarles, lisa y llanamente, y te admiro por ello.

—¿De veras? —Sus ojos parecieron enfocar por fin la cara de Esme —. Sin embargo tu

hermano murió antes de que regresara con el rescate. Le fallé. Te fallé a ti.

—No —dijo ella con voz estrangulada —. No lo pienses siquiera. —Y le hizo bajar la cabeza

hacia la suya.

Le besó, intentando insuflar en aquel sencillo beso el tumulto de sus ideas y sus esperanzas.

Boca con boca, sus labios se movieron al unísono. Un beso era algo tan elemental, tan fácil de dar... Y sin embargo Esme quería que aquel beso fuera más. Quería que Carlisle supiera que nunca le había creído un cobarde.

Quería que supiera que le amaba.

Sí, le amaba. Daba igual con quién se casara, daba igual si no volvía a ver a Carlisle: siempre amaría a aquel hombre. Quererle era algo que escapaba a su control. Aunque no le conviniera como marido, aunque no pudiera pasar el resto de su vida con él, no podía evitar amarle.

Así que le besó suavemente, con labios tan tiernos y suaves como pudo. Se deslizó sobre su boca murmurando amorosas incoherencias y al final le lamió para saborearle. Más tarde necesitaría recordar aquel momento, su sabor, sus labios, lo que sentía al besar a Carlisle. Tendría que atesorar aquel recuerdo en su corazón eternamente. Sería lo único que le quedaría de él.

Carlisle se movió de repente y la agarró de los antebrazos, y Esme no supo si quería apartarla o atraerla hacia sí. Entonces sintió pánico. Él no podía dejarla hasta que le hubiera demostrado que le quería.

—Por favor —murmuró contra sus labios. Él crispó los dedos sobre sus brazos. Ella se apartó y le miró a los ojos.

—Déjame, por favor...

Él juntó las cejas sobre sus hermosos ojos de color café, como si estuviera desconcertado.

Esme apoyó las palmas sobre su pecho. No podría hacerle moverse contra su voluntad, pero él la dejó. Dio un paso atrás y, cuando ella volvió a empujar, retrocedió de nuevo hasta que sus piernas chocaron con un lado de la cama.

Miró la cama, a sus espaldas, y luego a ella.

—Esme...

—Chist. —Puso los dedos sobre sus labios —. Por favor. Carlisle escudriñó sus ojos un momento y pareció comprender aquella súplica incoherente. Asintió con la cabeza.

Ella le sonrió, trémula. Por esa noche, dejaría de pensar en el futuro y en lo que le deparaba.

Dejaría a un lado sus ansiedades, sus miedos, todas las cargas que acarreaba, se desentendería de cuantos dependían de ella. Se olvidaría de ellos por unas pocas horas. Le quitó suavemente la levita de los hombros con cuidado de no tocar sus heridas. Dobló la prenda con cuidado y la colocó sobre una mesa, y comenzó luego a desabrochar su sencillo chaleco marrón. Era consciente de su propia respiración, agitada por el nerviosismo, y también de la de él, profunda y regular.

Carlisle observaba cómo le desvestía sin hacer amago de ayudarla ni de apartarse, las manos posadas, ociosas, a su lado.

Esme levantó la vista y al encontrarse con sus ojos sintió una oleada de calor en las mejillas.

Qué acto tan íntimo aquel, desvestir a un hombre.

Carlisle sonrió débilmente cuando le quitó el chaleco. Ella respiró hondo y empezó a

desabrocharle la camisa. Él levantó las manos y las posó sobre sus caderas con levedad, pero Esme sintió el ardor de sus dedos a través de las capas de tela. Le temblaban las manos y se enredó con un botón. Carlisle se inclinó y besó su coronilla. Su cuerpo la envolvía, y ella inhalaba su olor: un olor a lana e hilo, a cuero y perejil. Separó los bordes de su camisa y miró su pecho desnudo. Su piel era tan bella... Pasó los dedos por su clavícula y apretó la palma contra su torso.

Sentía el áspero vello debajo, y bajo el vello el lento palpito de su corazón. Carlisle estaba allí, con ella, era real... ¿Cómo iba a soportar su ausencia? ¿Cómo iba a vivir cuando él estuviera al otro lado de un anchísimo océano?

Ahuyentó aquella idea mientras le instaba a tumbarse en la cama. Carlisle se sentó y la miró con los párpados entornados, esperando su siguiente movimiento.

Ella se puso de rodillas y comenzó a desatarle los mocasines. Él la hizo levantarse.

Esme le miró.

—Por favor.

Él bajó las manos.

Los cordones estaban hechos de algún tipo de cuero, y Esme se inclinó sobre ellos

intentando descubrir cómo desatarlos. Era consciente, sin embargo, de que tenía las piernas de Carlisle delante de sí, y de su propia postura suplicante. Era una pose humilde y al mismo tiempo cargada de erotismo.

Quitó el primer mocasín y empezó a desabrochar el segundo. Él le acariciaba el pelo mientras tanto, en silencio, sin hacer ningún comentario, y ella se preguntaba qué pensaba de todo aquello.

La víspera estaba tan enfadado... Esme miró hacia arriba y sólo vio deseo en sus ojos.

Carlisle se inclinó y la besó, hundiendo la lengua en su boca al tiempo que sujetaba su cabeza

con ambas manos, y ella se extravió y olvidó su propósito y lo que quería. Se meció y puso las manos sobre sus muslos para sujetarse mientras él le echaba la cabeza hacia atrás y devoraba su boca. Oh, Dios, cuánto deseaba a aquel hombre... Él la atrajo hacia sí y Esme se vio de pronto rodeada por entero, arrodillada aún, con sus piernas duras y fuertes a ambos lados de ella. Y delante... Deslizó las manos por el cuero que cubría sus muslos hasta que inevitablemente se encontraron donde el cuero se acababa y sólo había tela, en la juntura de sus piernas. Sofocó un gemido y su inhalación se extravió en el beso de Carlisle, cuyo miembro, duro ya, se apretaba contra las calzas. Entonces lo recorrió con la mano, trazando su forma a través de la tela.

Él le agarró las manos.

Esme dejó de besarle y le miró.

—Déjame.

Él tenía una expresión sombría, el rostro acalorado por la pasión, y no parecía de humor para hacer concesiones.

—Por favor —musitó ella.

Carlisle abrió las manos y las desplegó sobre sus muslos, con las palmas hacia arriba, en un

gesto de aquiescencia. Esme le apretó suavemente a través de la tela y le soltó luego para

ponerse a abrir la solapa de sus calzas. Retiró la tela y luchó con su ropa interior hasta que

consiguió encontrar su miembro, rojizo y enhiesto. El vello que rodeaba su verga era cenizo: una imagen asombrosamente íntima. Sabía de manera elemental que aquello sólo debía ser para ella. Aquel hombre, aquella imagen, aquel pene eran suyos.

Se quedó mirándolo un momento; luego levantó los ojos.

—Quítatelas.

Habló, posiblemente, con demasiada petulancia, porque él sonrió a medias. Pero a Esme no le importó. Le quería enteramente desnudo; quería grabar aquella imagen en su memoria.

Carlisle se quitó las polainas y el resto de la ropa, y ella se levantó para volver a empujarlo hacia la cama y se quitó la bata antes de tumbarse junto a él, vestida únicamente con el camisón. Tumbado de espaldas, él extendió inmediatamente los brazos hacia ella, pero Esme se deslizó por su cuerpo,

fuera de su alcance.

—Esme...

—Chist.

Estaba al nivel de su miembro, cuya visión la fascinaba. Con la yema de un dedo lo siguió a lo largo, tropezando con las venas. Sabía que había mujeres a las que los genitales de los hombres les parecían feos y desagradables, pero a ella no. Si Seth hubiera vivido más, si ella hubiera sido una esposa con más experiencia, con el tiempo habría explorado su cuerpo. Pero nunca habían tenido esa posibilidad. Ahora estaba decidida a no perderse aquella oportunidad con Carlisle.

Lo miró fijamente, intrigada por el modo en que el prepucio se retiraba para acomodar su

erección, fascinada por su leve curvatura hacia arriba. Miró a Carlisle y vio que él la miraba

intensamente mientras examinaba su miembro, y en aquel momento se le ocurrió una idea que jamás habría expresado en voz alta en otras circunstancias. No tenían años para superar su timidez y las restricciones que imponía la sociedad elegante. Sólo disponían de esa noche y Esme no pensaba perder el poco tiempo que les quedaba.

Así que le preguntó:

—¿Qué haces cuando estás solo?

Él levantó las cejas y ella se sintió defraudada por un instante.

Carlisle iba a fingir que no entendía aquella pregunta tan vulgar. Pero, sosteniéndole la mirada, él bajó la mano derecha y empuñó su verga. Ella apartó la mirada de sus ojos para poder observarle. Él sujetaba su pene con mucha más firmeza de la que ella se habría atrevido a emplear y movía la mano arriba y abajo. Al subirla, su glande casi desaparecía en el interior de su puño.

—¿No te duele? —preguntó.

Le oyó proferir una risa rasposa, pero no pudo apartar los ojos de lo que estaba haciendo para mirarle a la cara.

—Nada de eso.

Y entonces ella hizo algo verdaderamente inaudito: se inclinó hacia delante y lamió la punta de su verga.

Carlisle se detuvo y Esme le oyó tomar aire antes de jadear:

—Hazlo otra vez.

Esme se apoyó en las manos e, inclinándose sobre él, comenzó a lamer y besar su glande

mientras él seguía moviendo la mano arriba y abajo. No era un acto elegante: a veces tocaba con la lengua la mano de Carlisle, además de su pene, y sus pechos colgaban sueltos, toscamente, bajo el camisón, pero no le importaba. Le encantaba su sabor, salado y picante; adoraba los leves gemidos que dejaba escapar, y era consciente de que estaba cada vez más mojada por el solo hecho de dedicarle aquellas atenciones. Ignoraba por qué aquel acto era tan excitante, pero lo era. Él empezó a mover la mano más aprisa, y ella intentó meterse por completo su glande en la boca. Él arqueó las caderas involuntariamente, despegándolas de la cama.

—Esme... —jadeó, y la urgencia de su voz hizo que un estremecimiento de euforia sexual la recorriera por completo —. Esme...

Ella levantó la vista justo en el momento en que le chupaba con más fuerza, presionando con la lengua la parte inferior de su pene. Él entornó los ojos, echó la cabeza hacia atrás, rechinó los dientes y ella notó un sabor dulce y salado en la boca.

—Esme...

Entonces cerró los ojos, sintió lágrimas detrás de sus párpados y volvió a chupar de nuevo,

percibiendo otra vez aquel regusto a sal. El bajó por fin las caderas, sacándole el miembro de la boca. Esme se limpió los labios con la sábana. Lágrimas absurdas desbordaban sus ojos, y una de ellas se estrelló sobre la pierna de Carlisle. Ayudarle a hacer aquello le daba ganas de llorar, y ni siquiera sabía muy bien por qué.

Sintió, más que verlo, que él alzaba la cabeza.

—¿Qué...?

—Chist —dijo ella con voz ahogada.

No había forma de explicar sus emociones. ¿Cómo iba a decirle que ya lloraba su ausencia?

¿Que deseaba ser una persona distinta y más flexible? No podía, así que no lo hizo. Se trepó a su cuerpo hasta acomodarse en él, sentándose a horcajadas sobre su entrepierna.

Él la a garro de las caderas con gesto reconfortante y tranquilizador.

—¿Estás bien?

—Claro —musitó ella, aunque aquellas lágrimas que no podía controlar desmentían su

respuesta.

Cerró los ojos para no ver la preocupación y el amor de su mirada y se quitó el camisón por la cabeza. Estaba ahora tan desnuda como él. No llevaba ni una sola horquilla. Estaban ambos como los había hecho Dios, un hombre y una mujer sin las ropas ni las ataduras a las que obligaba el rango, la riqueza, el poder. Podrían haber sido Adán y su esposa, Eva: los primeros humanos, ajenos a las muchas gradaciones que con el tiempo dividirían a su progenie.

Ella abrió los ojos y se inclinó hacia delante para apoyar la palma de la mano en el centro de su pecho.

—Ahora mismo eres mío.

—Y tú eres mía —contestó él.

Era casi como un voto.

Pero él no pidió más. Una parte de ella desfalleció entonces, a pesar de que disfrutaba

profundamente de aquel instante. Sabía que Carlisle había renunciado a ella. No podían estar juntos, era inevitable y siempre lo había sido, pero el hecho de que él lo aceptara...

Esme apartó de sí aquella idea, se inclinó sobre él y sonrió al besar el lugar donde había

posado la mano. Estaba húmedo, porque sus lágrimas también habían caído allí. Recorrió su pecho con leves besos mojados hasta llegar a uno de sus pezones. Entonces abrió la boca y comenzó a pasar la lengua alrededor de su diminuta punta, y sintió su sabor a hombre, el sabor de Carlisle.

Él suspiró y alargó el brazo para acariciar su pelo. Esme sentía bajo la tripa su miembro,

todavía medio erecto. Se movió un poco, frotándose contra él, y luego pasó al otro pezón, que lamió con la punta de la lengua. Sentía de nuevo el escozor de las lágrimas en los ojos, pero ya no le prestaba atención. Eran una manifestación física de su tumulto interior: algo que escapaba por completo a su control. Las lágrimas cayeron sobre el pecho de Carlisle y su sal se mezcló con la sal de su piel, y ella no lograba distinguirlas mientras lamía.

Se irguió y miró hacia abajo. La verga de Carlisle yacía sobre su tripa, gruesa y no del todo

erecta. Esme quería sentirla pegada a su cuerpo, ansiaba aquella conexión. Se deslizó hacia delante, hasta que la punta del miembro de Carlisle estuvo bajo su sexo. Estaba mojada, abierta y sensible, y era tan delicioso, tan perfecto, que gimió suavemente. Sólo un poco de placer, una pequeña frotación de las caderas. El calor comenzó a difundirse por el centro de su sexo. Se mordió el labio y siguió restregándose al tiempo que se deslizaba hacia abajo.

Tenía los ojos cerrados y se sobresaltó un poco cuando las grandes manos de Carlisle tocaron sus pechos al mismo tiempo. Sofocó un gemido y se frotó contra él. Él juntó los dedos para pellizcar sus pezones. ¡Oh, Dios! Su miembro iba creciendo bajo ella, hundiéndose entre sus pliegues. Esme se recostó en sus manos, apretando hacia abajo con más fuerza, presa del placer mientras intentaba ignorar las lágrimas que corrían aún por sus mejillas. La verga de Carlisle resbaló hacia un lado. Ella gimió de frustración y la agarró, sujetándola junto a su cuerpo al tiempo que frotaba el clítoris contra ella. Estaba tan cerca, tan cerca...

—Méteme dentro de ti —le oyó decir.

Sacudió la cabeza: quería sentirle siempre allí. Permanecer para siempre en aquel instante, como en un sueño. No despertar jamás. Se movió más aprisa sobre él, frenéticamente, contoneando las caderas, sollozando con las mejillas húmedas. Casi había llegado, casi estaba allí...

Él apretó sus pezones, pero no fue suficiente. Esme no pudo culminar. Jadeaba y lloraba

abiertamente, y de pronto comprendió que necesitaba a Carlisle dentro de sí para alcanzar ese punto. Levantó las caderas rápidamente, colocó su verga a la entrada de su sexo y se deslizó hacia abajo. Y entonces...

Carlisle estaba dentro de ella, su miembro grueso y pesado ensanchaba el sexo de ella,

produciéndole un placer exquisito. Entonces se detuvo para saborear aquella sensación; quería que durara para siempre, que él siguiera llenándola eternamente. Se inclinó sobre él y en ese momento sintió que la boca de Carlisle se cerraba sobre uno de sus pechos y tiraba de él confuerza. Sus músculos se contrajeron alrededor de él, y alcanzó el clímax en largas, cálidas y dulcesoleadas. Gimió en voz alta, agradecida y maravillada por el placer. Se frotó una y otra vez contra sucuerpo duro, con la cabeza vencida y el pelo cayendo sobre el pecho de Carlisle.

Él dijo algo entre dientes, soltó su pezón y la agarró de las caderas. La acometió con rápidos y poderosos empellones, gimiendo cada vez que se hundía, su verga larga, dura y caliente dentro de ella. Sus movimientos, su evidente desesperación prolongaron el placer de Esme; cuando sintió que su calor la inundaba, seguía aún en un estado de dicha perfecta. Cayó sobre su pecho agitado; la mano de Carlisle seguía enredada en su pelo y su aliento le rozaba la sien húmeda. Le oyó

susurrarle al oído:

—Te quiero.

El fuego de la chimenea de Esme se había extinguido hacía tiempo, seguramente de

madrugada, cuando él aún la abrazaba. Carlisle pensó en volver a encenderlo; el dormitorio se había quedado helado en la penumbra que precedía al alba. Pero Esme descansaba en la cama, bajo un montón de gruesas mantas, y él no se quedaría mucho tiempo. Además, no estaba seguro de que el fuego pudiera calentarle ya.

Completamente vestido, se sentó en un sillón junto a la chimenea apagada. En realidad, nada le impedía marcharse. Los criados se levantarían pronto, y sabía que Esme se avergonzaría y se enfadaría si le descubrían en su habitación. Y aun así se demoraba.

Desde el sillón podía mirarla. Intentaba memorizar la forma en que dos de sus dedos se

agarraban a la manta, bajo la barbilla. Ella yacía de lado, de cara a él, con la boca relajada por el sueño y los labios entreabiertos. Con los agudos ojos cerrados parecía más joven, más dulce.

Carlisle estuvo a punto de sonreír al pensarlo. Esme no le agradecería aquella observación. A él le habría gustado rebatir su opinión, hacerla confesar que una mujer de treinta años era tan bella (más bella, a su modo de ver) que una de veinte. Y después, cuando ella se empeñara en llevarle la contraria (porque lo haría: así de terca era), él la vencería con un beso y quizá con otra ronda de amor. Eso, sin embargo, ya había terminado. Ya no habría más discusiones, ni más besos, ni más amor. No habría tiempo para resolver problemas insignificantes.

El tiempo se les había agotado.

Esme suspiró y se tapó la boca con la manta. Carlisle observó con avidez aquel leve gesto,

absorto en él para retenerlo en la memoria. Pronto. Pronto se levantaría y se acercaría a la puerta, saldría de aquella habitación y cruzaría la casa en silencio. Saldría al amanecer. Volvería a una casa que no era la suya. Y dos días después se embarcaría y pasaría un mes contemplando las olas, de regreso a su hogar. ¿Y una vez allí? Seguiría con su vida como si nunca hubiera conocido a una mujer llamada Esme.

Pero, aunque su vida pudiera parecer la misma desde fuera, sería completamente distinta por dentro. No olvidaría a Esme, a su cálida dama, ni, aunque viviera seis décadas más. Lo sabía ya, allí sentado junto al fuego apagado.

Ella le acompañaría el resto de su vida. Mientras caminara por las calles de Boston, mientras se ocupará de sus negocios o charlara con sus conocidos, ella iría a su lado como una sombra. Se sentaría con él cuando comiera, se tendería a su lado mientras durmiera. Y Carlisle sabía que, cuando llegara el momento de abandonar este mundo, su último pensamiento al penetrar en el vacío sería para ella.