Habían pasado dos semanas desde que Otabek había dejado de reunirse con Yuri.

Aquel día, en su casa, el brujo no le quiso dar respuesta de lo que aquel libro negro significaba. Se calló y no dijo palabra. Otabek no aguantó más el aire de ese lugar, se marchó sin mirar atrás y tan rápido como sus pies se lo permitieron mientras Yuri lo miraba con ojos impotentes desde la puerta de su casa.

Era como si todo el tumulto de caos en su mente volviera. De pronto, Yuri volvía a ser el enemigo al que no debía acercarse, pero tampoco era como si la confianza de Otabek en la Iglesia retornara. Todo ese embrollo con Yuri lo había hecho pensar mil y un posibilidades, tantas, que ya no sabía en quién debía confiar: o en Yuri, o en la Iglesia, o en ninguno, porque hasta donde él sabía, ambos tenían aspectos muy extraños y dignos de cuestionar.

Y por otra parte, la idea de cazar a Yuri le daba una sensación pesada en el pecho. Cortarle el cabello, dejar que lo azotaran con la espalda desnuda en medio de la plaza, dejar que rocíen sus heridas con agua bendita, que la gente le escupa y le tire escombros, que ataran sus muñecas y tobillos a un palo y encendieran la hoguera a sus pies, que su piel blanca y tersa empezara a quemarse con el fuego vivo...

No. Tan solo imaginarlo era horrible. No sabía siquiera si tendría el valor de presenciarlo.

Pero ahora, fuera de la burbuja en la que había estado tan tranquilo, no tenía idea de cómo enfrentar a la Iglesia. Y tampoco quería ver a Yuri.

No quería ver a nadie. En ese momento, previendo el sentimiento que se asomaba por su corazón, solo quería huir y seguir haciéndole vista gorda... aunque ya no estaba siendo tan fácil como al inicio.

Otabek estaba hecho un desastre. Y más que enfado como había sentido las veces anteriores por sus propias confusiones, ahora se sentía deprimido.

Esa tarde de martes salió con sus hermanas al mercado. Le habría pagado a la vecina para que le hiciera las compras, pero las amiguitas de su hermana habían dicho algo de que habría una obra teatral con muñecos en la plaza y la emoción de Ori se le había contagiado a Bibi, así que Otabek tuvo que ir con ellas.

Compró lo que hacía falta en la casa y llevó a las niñas al centro de la plaza.

Ori y Bibi se sentaron en el suelo junto a todos los demás niños a observar a los pequeños muñecos que eran movidos por el actor tras la caja que lo cubría. Un truco barato, pero que los infantes se comían.

Otabek se quedó tras ellas, un poco más alejados, donde los demás padres aguardaban y algunos también observaban la obra.

Suspiró y se cruzó de brazos, esperando.

Se sentía deprimido y quería llegar a casa. Tanta gente a su alrededor lo hacía suspirar, quería estar solo un rato.

Estaba tan metido en sus cavilaciones que ni siquiera notó cuando alguien se abrió paso entre las personas y se puso a su lado.

- No sabía que te gustaban este tipo de cosas.

Lo escuchó, la voz algo familiar, pero lo dejó pasar creyendo que no se dirigía a él. Sintió una mano ajena en su brazo y volteó pensando que quien sea que fuera le dejaría en claro que no estaba de ánimo para conversar.

Ahogó un jadeo de sorpresa al hallarse con Yuri. Su mano seguía en su brazo y se sacudió como si esta quemara. Algunas personas lo vieron raro y Yuri se bajó un poco más el sombrero redondo que llevaba puesto.

Usaba un vestido simple, pero muy bonito, color celeste con cuello bordado y un lazo rojo delgado colgando alrededor de este, entallado a la cintura y cayendo grácilmente hasta sus pantorrilas, traía sus mismas botas de siempre. Su cabello lo ocultaba bajo el sombrero que también tapaba sus ojos y rostro. Pasaba desapercibido entre las otras féminas del pueblo, incluso algunos curiosos habían volteado a verle el trasero.

- Hola - dijo con voz tímida y una sonrisa pequeña.

Otabek frunció el ceño, mirando a su alrededor. Al parecer, nadie había descubierto al brujo, pero sí vio algunas miradas indiscretas de otras chicas que miraban cómo el cazador favorito del pueblo se hallaba muy cercano a una señorita desconocida.

- Qué demonios haces acá. - su voz salió con rabia contenida, un tinte de pánico sutil.

Tomó de la muñeca a Yuri y, tras un último vistazo a sus hermanas, dejó las compras bajo una banca y sacó al chico de allí.

- ¿Me llevas a un lugar privado? - preguntó con voz juguetona. - me gusta la idea.

Pero Otabek ya no estaba para sus insinuaciones.

Lo arrastró por un par de calles hasta halló callejón vacío y lo soltó con brusquedad.

- ¿Qué crees que haces?

- Vine a ver qué tal estaba todo, yo-...

- Tú no deberías estar acá.

Sentenció. Partiendo porque si la Iglesia tenía razón, Yuri era capaz de destruir el pueblo entero, terminando porque valía mierda si la Iglesia tenía razón o no, si reconocían a Yuri allí dentro lo iban a cazar y a matar.

Yuri frunció levemente sus delgadas cejas y agachó su cabeza.

- Es que no me has ido a ver...

Ouch. Golpe bajo. Su voz sonó triste y algo en Otabek se removió con ganas de acariciarle el rostro.

Oh.

Joder, no.

No, imbécil. Que su cara bonita no te engañe, es una perra.

No debía caer, no debía caer, no debía caer, no debía caer en el juego de Yuri.

- No, y no volveré a ir porque no confío en ti - respondió brusco, apuntando el pecho ajeno con un dedo acusador.

Yuri lo miró sorprendido, con sus ojos preocupados, quizá asustado.

- Ota-Otabek, si esto es por el cuaderno de la otra vez...

- Por supuesto que es por ese puto cuaderno, Yuri - soltó con molestia, oh no, empezaba a exaltarse - es por eso y por muchas cosas más, porque desde el inicio jamás me inspiraste confianza, desde el inicio apareciste ante mí como si me conocieras desde hace mucho tiempo. Además, siempre pareces estar ocultando cosas y eso no me agrada nada.

- Beka, puedo-puedo explicarlo... - su voz se volvía delgada, y a la más mínima dubitación Otabek retomó la palabra llevado por una rabia y consternación súbita.

- ¡¿Por qué demonios me llamas así?! - le gritó golpeando la pared tras Yuri con la palma de su mano - ¡solo mis hermanas me dicen así y yo no te he dicho eso! ¡no lo entiendo! - sus ojos se encontraron y Otabek vio el temblor en las orbes esmeraldas, pero ya no podía detenerse - ¿por qué mierda sabes de mis hermanas? Yuri, a mí puedes hacerme todo el daño que quieras, me voy a defender, pero si te atreves a meterte con mis hermanas, lo vas a pagar muy caro y sabrás que la paliza que te di esa vez no fue nada.

Los ojos de Yuri estaban desorbitados. Otabek hablaba con tanto enfado, tanta molestia, que lo anonadaba.

El cazador frunció más en ceño y apretó los labios, esperando que Yuri dijera algo, ¡lo que fuera! pero no lo hizo. Suspiró feroz, apretando los puños.

En el fondo de su corazón quería que Yuri se defendiera, que se explicara, que aclarara sus intenciones, que por favor no lo hiciera dudar más de él porque le estaba doliendo. Pero el rubio tenía los labios tan unidos y sus ojos tan temblorosos que parecía haberse quedado en blanco.

- Dime... Dime una cosa, tan solo una cosa - Yuri pestañeó, ¿eso era un sí? sus rostros estaban muy cerca, pero no había ni pizca de calidez en el aire - ¿alguna vez intentaste darme algo raro? como uno de esos frascos que guardas en tu habitación, esas pociones.

Los labios de Yuri se abrieron y se cerraron. Sus ojos lo evitaron, rompieron el contacto y ahí obtuvo su respuesta: culpable.

- Yo-solo una vez lo intenté, p-pero solo fue una vez - confesó.

No podía ser posible.

Otabek se sintió abatido. Bajó los hombros como derrotado. Decepcionado.

En lo más recóndito de sí esperaba un "no" por parte de Yuri. Quería creer en que el chico era bueno, de veras quería tener al menos un mísero pensamiento bueno de Yuri, pero él acababa de joder y pisotear todas sus mínimas esperanzas.

Se sintió estúpido.

Él queriendo permanecer por más tiempo junto a Yuri, dando excusas y mentiras al Sacerdote; incluso mintiéndole a su propio corazón e intentando tapar con un dedo sus sentimientos tan inútilmente como intentar tapar el sol. Pero para Yuri tal parecía todo había sido un juego, y Otabek su juguete.

- Ya.

Contestó seco. Batalló porque su voz no temblara.

- Pero, Otabek, no lo hice, al final no lo hice - se apresuró en decir, tomándole del brazo.

Se quitó la mano del brujo de encima.

- No me importa.

Oh, pero claro que lo hacía.

Lo sintió dentro suyo, algo rompiéndose.

Era tan iluso, ¿qué debía esperar de un brujo? ¿qué debía esperar del enemigo?

Y es ahí el problema: porque Otabek sí esperaba algo de Yuri.

- Otabek, no... - pidió intentando tomarle la mano, pero él se alejó antes de que pudiera hacerlo.

- Vete.

- Otabek, escúcham-...

Se sentía herido y nadie podría hacerlo cambiar de opinión.

Ya le había dado tiempo a Yuri para que hablara y había preferido callar, ahora no quería oír nada de él.

- ¡Vete! ¡Ahora!

- Por favor...

- ¡No quiero verte nunca más en mi vida, Yuri! ¡vete y no vuelvas!

Se separó del cuerpo que tantas veces le había proporcionado calor. No le dirigió la mirada (no pudo), quedó mirando sus propios pies, sintiendo que si Yuri no se iba, probablemente enloquecería.

Esperó un par de segundos para que comprendiera que no obtendría nada de él. Yuri, tras un tenso e hiriente minuto, se dignó a deslizarse en silencio y despacio fuera de la vista de Otabek.

Apretó los puños. Sus nudillos se pusieron blancos.

Oh, mierda.

Su corazón dolía, dolía mucho. Yuri le gustaba y ya no podía mentirse.


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