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Capítulo 17

EL ERROR Todas las criaturas tienen sus alegrías. El hombre tiene las suyas.

Un silencio estéril y desolado como el páramo brumoso de Escocia hizo la habitación insoportable. Candy inspiró con la nariz; no estornudaba desde hacía una hora.

Se restregó la nariz que le picaba, después tomó los platos que ella y su marido casi no habían tocado y los llevó a la cocina.

Miró la comida no consumada. Tenía la boca y la garganta secas, a diferencia de los ojos, desafortunadamente.

Se dijo que sólo era culpa del resfriado, que no tenía el corazón destrozado.

Miró abatida la silla donde había estado sentado Terry, en silencio, como una tumba, durante la comida.

Se alejó de los platos, tragó y permaneció sola en la cocina. Por más que tratase de no hacerlo, no podía dejar de mirar la habitación grande, donde Terry estaba sentado mirando el fuego, con los codos sobre las rodillas.

La cara, dorada por el reflejo cálido de la llama, era una ilusión, porque no había calor en su rostro.

Desde que había regresado había hablado poquísimo, pero su comportamiento, su rostro, su rigidez, le habían hecho comprender todo lo que ella necesitaba saber.

Habían tenido dos días idílicos juntos, durante los cuales él se había ablandado. Había bajado la guardia y ella había captado en él más de un indicio del hombre que había intuido que era.

Ahora sus esperanzas se habían disuelto.

Candy habría podido tolerar su rabia, pero el silencio semejaba un grito de fracaso. Ordenó la cocina tratando de no mirar a su marido. Si él la hubiera mirado, se habría dado cuenta que ella no era tan incapaz, pero no lo hizo.

Media hora después, con la cocina limpia y el fuego apagado, Candy tomó el libro y sosteniéndolo apretado contra el pecho comenzó a subir la escalera, dejando a su marido en compañía del triste silencio.

—Candy.

Ella se detuvo con una mano sobre el pasamanos. Cerró los ojos, ansiosa. La había llamado Candy, no pevosa.

—¿Si?

—Ven aquí.

"Espero que me diga que todo está bien. Que no destruya la magia por un solo error" pensó.Después bajó la escalera buscando el coraje de mirarlo a la cara. Caminaba sin ver, un pie delante del otro, y él estuvo frente a ella demasiado pronto. Esperó, mirando su cabeza todavía inclinada, sumergida en sus pensamientos.

—Siéntate. — Él no la miró, pero le indicó una pequeña silla de mimbre.

Candy se sentó, el libro en sus muslos, las manos sudadas, unidas sobre las letras en relieve. Esperó que hablase. Un grueso tronco ardiente cayó de la parrilla y ella se sobresaltó.

Su marido tomó el atizador, repuso el tronco sobre la parrilla y lo empujó a su lugar con bastante ímpetu. Era la respuesta que ella buscaba.

—Aún estás encolerizado.

El Duque no se lo confirmó, pero la mirada que le dedicó habría congelado un río.

—¿No creo que contar sería de mucha ayuda, verdad?

Él ni se dignó contestar.

Nada de sentido de humor. Candy se miró las manos. Tal vez estaba contando. Ladeó la cabeza para ver si movía los libros.

Se movían. Ella todavía tenía la garganta seca y le picaba la nariz. La restregó y esperó.Un suspiro y después otro. Detestaba esperar, estar sentada así, físicamente cerca de él y tan emotivamente lejana.

Deseó sinceramente que él se decidiese a decir lo que tenía en mente. Escapó otro estornudo.

Él sacudió la cabeza, se puso de pie de golpe y comenzó a caminar adelante y atrás, hablando:

—No creo que hayas entendido la gravedad de la situación. ¡Hemos sido llamados a Londres, porque el príncipe Regente, que actualmente nos gobierna, desea conocer a la Duquesa de Grandchester, no a una bruja escocesa!

Candy se sobresaltó con el volumen de su voz.

—Terry, estás gritando.

—Sí, lo sé, y me hace bien. —Dio a su mujer una mirada severa y continuó:

—Hay por lo menos doscientos miembros de la sociedad londinense que prosperan con los chismes y las desgracias ajenas. Piénsalo. Ponte en mi lugar. ¿Qué crees que sucedería si viesen alguno de tus hechizos? —preguntó, clavándola bajo su mirada.

Candy abrió la boca para responder, pero él la detuvo levantando la mano.

—Te digo yo lo que sucedería. Nos cortarían la cabeza más deprisa de lo que lo hubiera hecho ese pomposo caballero tuyo.—la miró hostil.

Ella recordó la intensidad de la mirada con la que le había mirado la estatua. ¡Era lo mismo!

—Bueno… —empezó.

—O tal vez nos habrían ahorcado. Eso es lo que le harían al Duque y a la Duquesa de Grandchester… ¡Grandchester!.. .después del proceso, después que toda la alta sociedad de Londres hubiese masticado nuestra reputación, y le hubiese escupido. ¡Y después… después empezaría el resto de la población!

—Pero…

—¡Después de setecientos años! —el Duque giró sobre sus talones y gritó al techo. —¡Por setecientos años hemos sido considerados una de las mejores familias de Inglaterra! —Se dio la vuelta de nuevo hacia ella.

—¿Te das cuenta de lo que significa? ¿Te das cuenta?

—Bueno, los White son…

—Te lo digo yo. El título es y ha sido una parte de Inglaterra, más que el de la loca casa de Hannover*. Durante todos estos años nuestra familia ha sido reverenciada, respetada, conocida por nuestra… nuestra…

—Arrogancia —masculló Candy demasiado despacio como para ser oída.

—Importancia —El Duque levantó un dedo. —Sí, esta es la palabra que buscaba. El primer Duque de Grandchester era…

"Lo mismo" pensó Candy, y miró a su marido que hablaba con fervor en vez de rabia fría o desprecio.

Comprendió que, dentro de ese hombre, residían fuertes pasiones. Lo había sabido cuando habían hecho el amor y lo veía cuando se enojaba.

Para conocerlo era necesario mirar más allá del orgullo y la arrogancia.

Sabía también que la arrogancia era una de las características que lo regían como el hombre que era y que le daban la fuerza y confianza en sí mismo.

En fin, que hacían de él Terry, su Terry. Si bien a veces era testarudo y un poco presuntuoso.

—Y el quinto Duque de Grandchester…. Candy sorbió con la nariz.

Él se dio la vuelta.

—¿Y tú, qué número de los Grandchester eres? —Hizo la pregunta tan deprisa que casi se le enredó la lengua.

—El decimoquinto —contestó Terry distraído, después volvió a la historia de familia. Por otros diez minutos cumplió su femenino y ducal deber, escuchando cada palabra del monólogo de su marido, pero aquel ir y venir la había cansado. Deseó apresurarlo. Sorbió con la nariz esperando un estornudo.

Nada. Se restregó los ojos parpadeó esforzándose por no dormir.

—...todo por mi orgullo, mi estúpido orgullo. —El Duque se pasó la mano por la frente y continuó:

—Tenía que apurarme por casarme con una escocesa extravagante. ¿Y porqué? ¡Porque era bellísima!

¿Bellísima? Candy levantó la vista, sintiéndose de pronto completamente despierta. —Nunca me he comportado de un modo tan desconsiderado. ¿Y qué ha sucedido? —Se dio vuelta y agitó una mano en el aire.

—¡He descubierto que era una bruja! ¡Una condenada bruja!

—¿Tú crees que soy bellísima?

—Sí —respondió él de malos modos.

—Todos los relojes en el radio de un kilómetro se rompen. Me haces levitar. ¡Maldición! ¡Soy tu marido, no un globo aerostático!

—Nunca nadie me había dicho que soy bella. —suspiró ella.

—Por tu culpa casi hemos muerto de frío.

—Maravilloso —murmuró Candy.

Él no la oyó y continuó despotricando.

—Los nabos volaban por la habitación y las rosas aparecen de la nada. —Hizo un giro brusco y continuó:

—Dios Omnipotente… —exclamó, debatiendo con las palabras

—¡Estornudas y aparece todo lo que pasa por tu condenada mente! —Se pasó los dedos por la cabellera y volvió a caminar de un lado a otro de la habitación.

—Sí, es cierto.

—¡Los bailes con las estatuas, estatuas, digo, sobre mi tejado, donde todos, incluso el mensajero real, pueden verte!

—No olvides los pétalos de rosas —agregó Candy, mientras en la cabeza le resonaba una sola palabra: bellísima, bellísima, bellísima…

Él se detuvo, el rostro menos tenso, la expresión de quien se abandona a un recuerdo.

—Me gustan los pétalos de rosas.

—¿De veras?

Terry murmuró un sí y agregó:

—Pero en este momento no sé si torcerte el cuello o hacer el amor contigo hasta dejarte tan cansada, que no tengas fuerza ni para hacer un hechizo.

—Podrías hacer el amor conmigo, Terry —sugirió Candy.

—No, no puedo —replicó él con voz decidida.

—Pero acabas de decir que si quieres.

—No puedo. No caeré de nuevo en esa trampa. Hacer el amor contigo me ablanda el cerebro. De ahora en adelante quiero que mi vida retome su orden.

—Entiendo —dijo Candy, preguntándose cómo habría podido vivir con él sin hacer el amor. Eran los momentos en los cuales se sentía más cerca de su corazón. Tenía que darse prisa. Terry miró la llama de la chimenea, con expresión abatida.

—No sé que está sucediendo aquí. Nada está funcionando como debiera. Maldición, estoy confundido. Nunca me he sentido así. Mi vida nunca más será la misma. —Se sentó en la silla.

—Pero ¿Tú me amas? —preguntó Candy con un hilo de voz. La esperanza se reflejaba en sus ojos y notaba el corazón en la garganta. Se levantó pero no se le acercó.

—No sé lo que es el amor —contestó él, mirando el fuego.

—Podría enseñártelo yo. —Candy se restregó la nariz que le picaba. —¿Crees que podrías…? —preguntó esperando no estornudar justo mientras él estaba desnudando su corazón. Pero el estornudo explotó.

Terry sacudió la cabeza y ella lo sintió murmurar:

—Noventa y tres, noventa y cuatro… Después de pocos segundos él la miró. —Me pareció haberte dicho que te sentaras.

Candy permaneció de pie un segundo, confundida. Después se dio cuenta que su marido no recordaba nada. Le había dicho lo que pensaba, pero no recordaba haberlo hecho. No sabía si reír o llorar.

—¿Nunca logras obedecerme? Entiendo que la semana pasada haya cambiado nuestra situación, pero eres mi esposa y me debes obediencia. Debes entender cuán serio es este viaje a Londres. No es una broma. En Londres no puedes ser una bruja.

—Pero lo soy.

—También eres la Duquesa de Grandchester y mi esposa. Te ordeno que te comportes como tal. —Su rostro y su tono no admitían réplica.

Pero ella no pensaba hacer caso a su tono ni a sus órdenes. Se había dado cuenta que su marido luchaba para no cambiar. Lo que significaba que estaba cambiando. Que había una esperanza, a pesar de todo. Sonrió, incapaz de contenerse y sorprendió la mirada atónita de su marido. Siempre apretando el libro, le dio una palmadita en el hombro.

—Sí, querido —dijo. Se fue hacia la escalera y comenzó a subir. Después de algún peldaño se detuvo.

—Te dejo solo. Estoy segura que tienes muchas cosas en que pensar. —Luego continuó subiendo, mientras fruncía sus labios con una sonrisa socarrona.

Independientemente de cuales fueran los pensamientos, horrendos o alegres, que ocupaban la mente del Duque y de la Duquesa de Grandchester, fueron interrumpidos la mañana siguiente, por un conocido grito que anunciaba la llegada de la carroza ducal y del ruidoso carro que transportaba el equipaje.

Entre chapoteos y salpicaduras de nieve derretida, el viejo Jem tiró de las bridas de la pareja de caballos y, en un cerrar de ojos, Henson, Polly y los otros estaban reunidos juntos en la sala grande.

Terry había apenas arrebatado a su esposa, la bruja, la promesa de comportarse bien durante su permanencia en Londres.

La llegada de los criados significaba que pronto se habría reanudado la rutina de costumbre. Pero significaba también que los caminos estaban libres. Era hora de ir hacia Londres, donde el regente y el "bel mondo". No era una perspectiva muy divertida.

El viejo Jem entró sacudiendo los pies para sacudirse el hielo y la nieve de las botas. Terry miró a Roberts y a Henson y preguntó:

—Debíamos encontrarnos en Reading. ¿Cómo diablos han hecho para encontrarnos?

Jem, que no se dejaba intimidar por el Duque, intervino:

—Hemos cabalgado durante cinco horas a través de la tormenta. Hemos demorado cuatro para encontrar la carroza, Vuestra Gracia. Estaba sepultada en la nieve. —El viejo cochero hizo una pausa y miró a Terry a los ojos.

—Creíamos que vuestras gracias estaban allá debajo de toda la nieve.

En la habitación hubo un momento de silencio, luego Henson dijo:

—En la posada de Swindon, entró una especie de gigante junto con un enano mudo. Dijo que estaban bien y que estaban refugiados acá. Nos ha indicado el camino y hemos venido.

Terry asintió, aliviado, porque había dudado de la existencia de los dos personajes.

—Debemos partir lo antes posible.

Un instante después, Jem cerraba la puerta a su espalda, Henson se enderezaba encarnando al perfecto doméstico y Polly hablaba excitada con su patrona. Willie el guía, trajo adentro un gran baúl y otro sirviente, y guiado por Roberts, improvisó un vestidor en la retomó el aliento. Parecía que las cosas estuvieran volviendo a la normalidad.

Después Henson se dio vuelta, el armiño roncaba agarrado a su cuello almidonado, como una larga cola blanca.

—¡Clint! —Candy desprendió el animal de la espalda del hombre y trató de sacarle algo de la boca. Candy miró a Henson con rostro compungido. —Lo siento tanto —murmuró.

La mirada del Duque siguió la de ella. La colita de Henson, amarrada con una cinta reducida a jirones, era poco más que una protuberancia de las dimensiones de una nuez y detrás de las orejas del hombre brillaban dos manchas pelonas. Aquel gordo parásito le había comido los cabellos.

Henson no se dio por enterado; su expresión era sólo de respeto hacia la Duquesa. Por primera vez, Terry, experimentó un sentimiento de solidaridad con respecto a un servidor y se dio cuenta que tenía algo en común con él.

Se pasó la mano por el cabello abundante, si bien con algunas canas pero intacto detrás de las orejas, y tomó nota mentalmente de aumentar sustancialmente el salario de Henson.

Siete horas más tarde la Duquesa de Grandchester se sentaba en el carruaje, la mejilla sonrosada apoyada en la ventanilla helada, los ojos luminosos, impacientes como los de un gatito delante de un plato de nata fresca.

Su entusiasmo habría debido contrariar a Terry.

Sin embargo, Terry en vez de preguntarse por qué no lo fastidiaba, miraba a través de la ventana y trataba de reprimir las visiones de patíbulos, nudos corredizos y rosas.

—Una vez leí que Londres era la flor de todas las ciudades —dijo Candy extasiada, mirando a su marido.

—Nunca he olido algún perfume de flores en Londres —respondió Terry y se dispuso a soltar el nudo de la corbata.

—Olor a estiércol o agua estancada sí, pero no de flores. Sin embargo, pienso que los londinenses son súbditos leales, si bien algo locos.

La sonrisa de Candy se desvaneció y ella volvió a mirar hacia fuera.

—Has hablado como un escocés al definirlos así.

Terry murmuró algo y escogió no decirle nada de lo que pensaba de los escoceses. Ella le posó una mano sobre el brazo.

—¿De veras no logras verlo?

—¿Ver qué cosa?

—Fuera. Mira —dijo ella golpeando el vidrio. —Hace un buen rato que estoy mirando.

Ella apretó los labios y cruzó los brazos.

—Dime qué ves en este momento.

—¿Y por qué?

—¿Qué otra cosa podemos hacer?

—Rezar para que no te venga un estornudo. Y la próxima vez que sientas llegar uno, hazme un favor: no pienses. —Terry sentía el nudo de la corbata estrecharse cada vez más alrededor del cuello.

Candy entonó una melodía alegre.

En la cabeza de él resonaban las notas de una marcha fúnebre.

Terry miró a su mujer.

Había limpiado la ventanilla empañada y movía la cabeza al ritmo de la música. Mejor el canto que el estornudo.

Lo miró sonriendo.

—¿No escuchas las campanas? Yo adoro las campanas. Me hacen pensar en Navidad, en los trineos, y —se detuvo, como si quisiese hacer callar algo, después retomó: —en todas las cosas que amo.

De nuevo tenía aquella mirada que lo hacía sentir como si tuviese en las manos el destino del corazón de ella. Terry no quería sentir nada, era más seguro.

La miró, esperando ver algo que reforzase su decisión; observó su rostro, aquel pequeño, pecoso y extraño rostro, que se inundaba de placer por las cosas más simples y comunes del mundo.

Candice.

Candy se volvió hacia él como si hubiese oído sus pensamientos.

—Nunca he estado en un trineo. ¿Y tú?

—Si —Terry se puso rígido, irritado sin motivo por la pregunta y por el curso de sus propios pensamientos.

—¿Era maravilloso?

Terry trató de recordar, pero solo sintió la tensión que le recorría el cuerpo.

—No me acuerdo. Supongo que hacía frío.

—Oh. En Mull no había trineos. Sólo nevó una vez y muy poco.

Esforzándose por excluirla de sus pensamientos, miró hacia fuera. Observaba Londres sin verla, porque tenía que encontrar el modo de pasar las próximas semanas sin que la alta sociedad ciudadana se diera cuenta que la Duquesa de Grandchester era una bruja.

La única solución que le vino a la mente era la de esconder a su esposa lo más posible. Habría podido fingir que estaba enferma. Sí, era una buena solución. Sólo hasta la visita al Regente. Después dejarían la condenada Londres.

El Duque se levantó y golpeó el techo sobre el asiento de Candy. La ventanilla se abrió.

—Jem, toma los caminos a lo largo del río para llegar a casa, y usa la entrada secundaria.

El carruaje dio una vuelta brusca. Terry aferró el respaldo del asiento e hizo fuerza sobre las piernas, Candy cayó hacia delante y se agarró de su muslo izquierdo, con la cara a la altura de los botones de sus pantalones. Él bajó los ojos y contuvo el aliento.

—No lo estaba haciendo_—contestó ella. Tenía las manos presionadas sobre el vidrio, así como la nariz. Echó hacia atrás la cabeza y miró hacia arriba.

Candy se enderezó enseguida, lo miró con su rostro inocente y le pidió perdón. Él cerró los ojos y permaneció así por mucho tiempo murmurando para sí: "Contrólate, contrólate".

Después volvió a sentarse, miró a su esposa y el pensamiento de hacer el amor con ella se volvió tan perentorio que tuvo que respirar profundamente para calmarse. Se dijo que sus acoplamientos habían sido la base de su ruina.

Viajaron durante diez minutos en silencio, el de él glacial, el de ella lleno de maravilla. Después, Candy comenzó a menearse en el asiento y a mirarlo de soslayo. Quería preguntar una cosa.

Finalmente encontró la voz:

—¿Crees que habrá nieve suficiente para que podamos hacer una carrera en trineo?

Fastidiado por la idea de encontrarse todavía en medio de la nieve, le dio la respuesta que pensaba que quería:

—Tal vez en el parque. Terry miró con avidez una espléndida pareja de bayos, dignos de un príncipe.

—¿Qué has visto, que te ha dado tanto placer?

Él se dio la vuelta, asombrado por que su mujer hubiera podido leer su expresión y contestó:

—Caballos.

—Oh.

Se dio cuenta de su desilusión, pero no tuvo tiempo de pensar en ello.

Después de algunas vueltas y un grito de Jem, el carruaje se detuvo detrás de la elegante casa londinense de Grandchester.

—¡Oh, bondad divina! —Candy se llevó las manos a la boca.

—¡No estornudes!

—No lo estaba haciendo_—contestó ella. Tenía las manos presionadas sobre el vidrio, así como la nariz. Echó hacia atrás la cabeza y miró hacia arriba.

—Esta es la mansión Grandchester. —Terry bajó del carruaje y se dio la vuelta. Ella lo miró atónita.

¿Cómo habría podido dejarla sola en medio de la alta sociedad londinense? Terry se preguntó quien tenía más necesidad de protección, si ella o el resto de la sociedad. Sacudió la cabeza con resignación y le tomó la mano.

—Ven, Pecosa. Debes presentarte a los otros criados.

CONTINUARA

* Hannover. En ese momento reinaba en Inglaterra Jorge II, primer monarca verdaderamente británico de la dinastía de Hannover, conocido por sus accesos de locura.