Disclaimer: Los personajes son de Rumiko. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.
Advertencias: Este fanfic contiene lemon y temática incesto. Kikyō aparece y no es la hermana de InuYasha. Si esto afecta su integridad ¡por favor! No lea y evite postear comentarios ofensivos hacia los personajes que utilizo y cómo lo hago. Recuerde que esto es parte del IC.
[FCC]
Capítulo 17.
Ya después de todo aquello que Kikyō le contó, supo que, en definitiva, Kagome intentó dormirlo y hacerle creer, al día siguiente, que sí se habían acostado, pero como había bebido, de seguro que no recordaba nada. Pero, se preguntó internamente, ¿hasta cuándo creía que iba a funcionar ese truco?
—Y tengo que declarar... —repitió, pensando en una verdad acerca de ella—. Sí, yo probé ese somnífero, pero mandé su recipiente por el WC.
—¿Y en qué momento? —Inquirió Kikyō, ajena a la mentira.
—Ya estaba con unas copas encima, prima. Recuerdo que puse unas gotas sin control en la copa y cuando me fui a cambiar al baño, me deshice del frasco. Era muy pequeño, como una ampolla. —Armó su historia y en serio esperaba que funcionara, no quería que tuvieran más tiempo a Kagome encerrada—. Le puse champagne y solo recuerdo haber visto todo negro y dormirme.
Kikyō asintió, creyendo cada palabra. Ella ya sabía que Kagome no tenía la culpa.
—Eso debes decirle al detective. —Informó—. Por otra parte, puedes seguir en observación 24 horas más. Pronto te darán el alta, primo.
Kōga no puso mucha atención a la noticia. No podía hacerlo, él estaba concentrado en planear su venganza. Tardaría, se recuperaría lentamente, la dejaría en paz un buen tiempo y atacaría cuando menos se lo espere.
—¿A qué hora vienen las autoridades?
—Imagino que en la tarde. —Observó el pase del suero—. El médico dijo que tendrás que ir con una enfermera, porque necesitas reposo y no te preocupes, que ya pedí permiso en mi trabajo, porque yo misma te voy a atender.
Él sonrió, sin prestar demasiada atención: Kagome mal nacida, se las iba a pagar bien caras.
Maldito InuYasha. ¿Acaso solo había ido para atormentarle la vida? Le estaba doliendo mucho su actitud y su confesión reciente, pero si lo pensaba de manera más fría, eso tenía que pasar. Ella, de hecho, necesitaba que eso pase; necesitaba que InuYasha hiciera su vida con otra persona, necesitaba que se alejara de ella, tenía que ponerle fin a esa relación enfermiza. Todo estaba mal entre ellos, su carácter posesivo, sus celos, esa manipulación mutua que los metía al hoyo cada vez que se veían… Y principalmente, porque eran hermanos.
Lo observó por unos instantes, herida en su orgullo de hembra, como mujer, como aquella que hacía jadear a InuYasha, como una leona, como una pantera.
—Espero de corazón, que estando con Kikyō, no llegues a mi departamento, intentes enseñarme los acordes de una canción y terminemos follando duro. —Soltó, sin pensar, con una sonrisa. Casi de inmediato se arrepintió.
Puta madre.
InuYasha la observó perplejo, negando con la cabeza, en silencio. Se dio cuenta de que Kagome podía ser una víbora cuando quería.
—Tranquila, hermana, que Kikyō me tendrá satisfecho. Ella me folla muy bien.
Pero él también podía ser un hijo de puta.
Kagome lo vio irse, impactada, mientras hacía una señal de despedida y sonreía muy falsamente. Se quedó ahí, con el odio en su sangre, corriendo como la misma.
—Infeliz…
La historia de su vida era muy simple y bastante deprimente: era una mujer pobre que no tenía una mierda.
Después de la muerte de sus padres, su vida se vino abajo por completo. Su papá había sido un jugador empedernido, que cuando murió en aquel accidente, junto con su madre, tuvo que dejar su casa como pago de todas sus deudas. Su madre, la típica mujer abnegada, rogando a Dios por su hijita. Un poco ridícula.
Se quedó en la calle. Después de haber sido una niña rica criada con lujos, ahora no tenía nada. Parte de sus ropas y joyas tuvo que venderlas para poder sobrevivir mientras encontraba algún empleo, pero nada.
A la última reunión del grupo de la secundaria, —a la que pudo asistir casi arrastrándose—, se presentó con perfil bajo. La gente murmuraba acerca de su situación, pero ella solo ignoró todo comentario. En aquella reunión faltaban algunas personas, entre ellas, los amigos Taishō y Takeda.
Por ahí decían las malas lenguas que habían vuelto de Inglaterra y estaban trabajando en la editorial más grande del distrito. Le había llamado la atención que dijeran que esas dos estúpidas, la hermana de Taishō y su mejor amiga, Tanaca, también trabajaran allí.
Conociendo el panorama como lo conocía, de seguro que Miroku estaba interesado por alguna de las dos.
Lejos de intentar cruzar fronteras y mudarse de ciudad, decidió buscar ahí mismo, en Shibuya, todo lo que necesitaba. Lo único que no quería —aún— era encontrarse con esas imbéciles de Sango y Kagome. Cómo las detestaba. A pesar de haber estado un curso menos que ella, siempre hizo todo por verlas mal. Había algo en esas dos que le hacía salir su lado más perverso.
Se arregló la minifalda negra y aseguró que su escote se viera provocativo, pero no demasiado obvio. Siempre había vestido ligeramente, pero ese era un día especial.
Allí estaba, por fin: un imponente edificio de cinco pisos, que en su frente decía con grandes letras «FEUDAL TEXTS INC.», la recibía. Solo tenía que entrar y preguntar por…
—¿Yura?
Abrió los ojos sobremanera y se sorprendió de que todo le estuviera saliendo a pedir de boca. Observó a su ex novio de la manera más profunda que existía.
—Miroku, ¿cómo estás? —Comenzó a caminar hacia él, haciendo resonar sus tacones altísimos tipo aguja—. Tanto tiempo. —Se detuvo a unos centímetros de él.
—Yura… —Estaba realmente sorprendido y conmocionado—. Yura Sakasagami, en verdad eres tú. —No sabía cómo sentirse ya que estaba frente a la primera mujer que hubo en su vida, su primer amor.
—Sí, lo soy —sonrió—. ¿Me invitas a almorzar?
Miroku, que embelesado la veía, aún sin podérselo creer y recordando un montón de cosas, reaccionó, asintiendo.
—Por supuesto, Yura. Vamos.
Estaba muy feliz: al fin Kōga había despertado. Hacía poco habló con el teniente y en la tarde le tomarían la declaración. Kikyō le había dicho que Kōga estaba dispuesto a declarar a favor de Kagome, lo que le pareció extraño y le dio escalofríos. Pero cualquier cosa era mejor que ver a su amiga en la cárcel.
Los mareos no habían vuelto y al parecer sí se trataba de una falta de vitaminas. Había llamado a sus padres dispuesta a decirles que no ayudaría a Kohaku, ya que se merecía aquello que le estaba pasando.
Grande fue su sorpresa al oír decir a sus padres que no se preocupara por eso, que el muchacho estaba pagando justamente su pena de cuatro meses en la cárcel y trabajos forzados. Ella había sonreído, muy contenta por la actitud de sus papás. Le preguntaron incluso, cuándo iría de nuevo con Miroku, a visitarlos. También quisieron saber por la boda, de que cuándo iban a formalizar su relación. Ellos eran muy conservadores, no les gustaba mucho la idea de que vivieran juntos sin casarse.
Sango les dijo que iría en poco tiempo. Miró su reloj de muñeca y corroboró la hora: medio día, tiempo de almorzar. Por supuesto que iría a comer con su amor. El día no podía ir más perfecto.
No podía.
—Sí, Inglaterra me enseñó mucho. —Terminó de comer su ensalada con pollo y se secó la boca con la servilleta—. Pero cuéntame, ¿cómo has estado?
La muchacha cambió su expresión, a una dramática.
—No quisiera darte lástima con mis problemas. —Miró para un lado, soltando la cucharilla. La verdad es que se moría de ganas por comer todo rápidamente, ya que estaba hambrienta—. Aunque me gustaría encontrar un trabajo. —Soltó, como quien no quiere la cosa.
—No te preocupes, me gustaría saber. —Miroku le sonrió. Pero le sonreía sinceramente, con un sentimiento de cariño y agradecimiento por haber estado en su vida, sin un ápice de morbo y sin un ápice de interés romántico o sexual. Ella le había enseñado mucho en la vida, y ahora, Sango, era la dueña absoluta e irremediable de su corazón y mente—. Y si hay algo en lo que puedo ayudarte con tu trabajo, me gustaría hacerlo.
—Pues…
—Por cierto, ten. —Interrumpió, sacando una tarjeta de su billetera y pasándola por la mesa—. Sango y yo podríamos ayudarte a conseguir algo. Llámanos —pluralizó—, si deseas.
Yura se quedó en silencio, meditando y tentada en decirle todo. Podía hacer las cosas por el buen camino, pero eso significaría lucrar menos, y eso también significaría dejar de ser una Sakasagami. Sonrió para sus adentros, colocando su expresión lo más dramática posible.
—No creo que a Sango le guste que me digas eso. —Miró hacia abajo, con la expresión avergonzada—. Soy tu ex.
—Sango lo entenderá, es cuestión de agradecimiento por lo importante que fuiste en mi vida. —Sonrió, recordando a su novia—. Ahora ella es mi dueña absoluta. —Suspiró como bobo.
—Sí. Aunque me sorprendió que Sango fuera tu novia y no Kagome, la hermana de tu mejor amigo. —Soltó, tomando su jugo de naranja, mientras miraba filosamente a su ex, entre el cristal del vaso y el ambiente.
El aludido se removió incómodo y automáticamente se puso serio. Era normal que Yura pensara eso, después de todo, jamás imaginaría que InuYasha estuviese enamorado de su hermana. De hecho, nunca nadie lo supo en la secundaria, siempre lo escondieron demasiado bien y la única persona que lo sabía, era Sango. En realidad, InuYasha le contaba todo excepto eso. Ya en Inglaterra fue cuando entre vergüenzas, le contó la relación que tenía con Kagome.
Había que querer mucho a InuYasha para entender esa situación.
—Es la hermana de mi mejor amigo, como mi hermana también. —Solo dijo eso.
—Claro, InuYasha te mataría. —Comentó, lógicamente.
«Tienes razón»
Tomó su celular y le marcó rápidamente, mirando su reloj, un poco impaciente.
El celular timbró cuatro veces y al fin, oyó la voz de su novio.
—¿Bueno?
¿Acaso no había visto en el reconocedor que era ella? ¿Cómo que «¿Bueno?»?
—¿Miroku? —Respondió, con otra pregunta.
—Sango… —Se escuchó nervioso, pero inmediatamente trató de sonar normal.
—Quería saber si podíamos ir a comer, apenas vengo de la delegación. —Soltó, ya arrepintiéndose. Algo de ahí no le estaba gustando—. ¿En dónde estás?
—Es-toy en la oficina, amor, ya casi saliendo a almorzar. ¿Dónde estás tú? ¿Quieres que te espere?
Sango frunció el ceño, con muchos sentimientos recorriéndola.
—No, no, amor, no te preocupes. Nos vemos en casa. Adiós. —Cerró la llamada, sin darle opción a respuestas.
Evitó la expresión agria y lo insultó para sus adentros. Sango guardó el celular en su cartera y negó con la cabeza.
Sango estaba en la oficina de Miroku.
Miroku ni siquiera estaba en la editorial.
Le estaba mintiendo.
Continuará…
FELIZ AÑO NUEVO, MIS AMORES.
