Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Capítulo 18 Explosión
Era ya tarde cuando Jack regresó a toda prisa al castillo. Apenas
tuvo tiempo de quitarse su traje y su armadura y correr a la cocina
para sobornar de nuevo al muchacho. Corrió luego al salón de
banquetes del rey, donde la corte ya se había sentado a comerse su
cena.
—Vaya, Jack —dijo la princesa al verle—, ¿dónde has estado, y qué
es esa quemadura que tienes en la pierna?
Jack bajó los ojos y vio que el dragón le había herido con su fuego.
Se puso a retozar de acá para allá e hizo una absurda cabriola.
—Soy un fuego fatuo —exclamó—y he flotado sobre el viento para
ir a ver al rey de las salamandras...
De Jack el Risueño
Edward no estaba cuando Bella se despertó por la mañana. Frunció los labios al ver vacía la salita del desayuno. ¿Estaba evitándola su marido? El día anterior le había hablado con franqueza; con franqueza excesiva, quizá.
Sabía que Edward quería mucho a Emmett y que costaba tiempo recuperarse de una pérdida tan traumática. Pero hacía siete años. ¿Acaso no se daba cuenta de que su búsqueda del traidor de Spinner's Falls había acabado por acaparar su vida entera? ¿Y
acaso no tenía ella, su esposa, derecho a hacérselo ver? Se suponía, sin duda, que debía ayudarle a encontrar la felicidad (o el bienestar, al menos). Después de los años que llevaba amándole, después de haber llegado tan lejos en su matrimonio, le parecía injusto que se alejara de ella. ¿No le debía, al menos, la cortesía de escucharla?
Tras desayunar solamente bollos y chocolate caliente, decidió que no podía soportar la idea de pasarse el día en la casona londinense, yendo sin rumbo de acá para allá. Se tocó la cadera para llamar a Wolf y se fue con él al vestíbulo.
—Me llevo a Wolf a dar un paseo —informó a Oaks.
—Muy bien, señora. —El mayordomo chasqueó los dedos para que un lacayo la acompañara.
Bella juntó los labios. Hubiera preferido ir sola, pero eso no era posible. Se despidió de
Oaks inclinando la cabeza mientras él le sujetaba la gran puerta. Fuera, el sol se había escondido tras un banco de nubes y la mañana estaba tan oscura que casi parecía de noche. Pero no fue eso lo que la hizo detenerse en seco. Al pie de los escalones estaba la señora Brandon con sus dos hijos. Llevaba en las manos dos bolsas de viaje.
—Buenos días —dijo Bella.
Wolf bajó corriendo los escalones para saludar a los niños.
—Ay, cielos —dijo la señora Brandon. Parecía preocupada y sus ojos brillaban como si apenas pudiera contener las lágrimas—. Yo no... no debería molestarla. Lo siento mucho. Por favor, perdóneme.
Se volvió para marcharse, pero Bella bajó corriendo los escalones.
—Quédese, por favor. ¿No quiere pasar a tomar un té?
—Oh. —Una lágrima escapó de su ojo y corrió por su mejilla. Se la enjugó con el dorso de la mano, como una niña—. Oh. Pensará usted que soy una necia.
—En absoluto. —Bella le dio el brazo—. Creo que mi cocinera iba a hacer magdalenas.
Pase, por favor.
Los niños se animaron al oír hablar de magdalenas y aquello pareció decidir a la señora
Brandon. Asintió con la cabeza y dejó que Bella la llevara dentro. Entonces eligió una salita
al fondo de la casa cuyas puertas francesas daban al jardín.
—Gracias —dijo la señora Brandon cuando se sentaron—. No sé qué pensará de mí.
—Es un placer tener compañía —repuso ella.
Una doncella entró con una bandeja de té y magdalenas. Bella le dio las gracias y le
ordenó retirarse. Luego miró a Peter y Charlotte.
—¿Os apetecería comeros vuestras magdalenas en el jardín, con Wolf?
Los niños se pusieron de pie enseguida. Se refrenaron hasta que estuvieron fuera; luego, Peter dio un grito y echó a correr por el camino.
Bella sonrió.
—Son unos niños encantadores.
Sirvió una taza de té y se la pasó a la señora Brandon.
—Gracias. —La señora Brandon tomó un sorbo. Aquello pareció tranquilizarla. Levantó la
cabeza y miró a Bella a los ojos—. He dejado a Su Excelencia.
Bella también se había servido un poco de té. Ahora apartó la taza de sus labios.
—¿De veras?
—Se ha deshecho de mí —dijo la señora Brandon.
—Lo siento muchísimo. —Qué espanto que alguien se «deshiciera» de ti como si fueras una camisa vieja.
La otra dama se encogió de hombros.
—No es la primera vez. Ni la segunda. Su Excelencia tiene arrebatos de mal genio. Se pone a dar zapatazos y a gritar y me dice que ya no me quiere y que me marche de su casa. Nunca me hace daño. No quiero que piense usted eso. Sencillamente... se deja llevar.
Bella bebió un sorbo de su té, preguntándose si decirle a alguien que ya no se le quería no
era peor, en cierto modo, que hacerle daño físicamente.
—¿Y esta vez?
La señora Brandon cuadró los hombros.
Esta vez he decidido tomarle la palabra. Me he ido.
Bella asintió con la cabeza.
—Muy bien.
—Pero... —La señora Brandon tragó saliva—. Querrá que vuelva. Sé qué querrá.
—El otro día me dijo que creía posible que tuviera una nueva amante —dijo Bella con voz
firme.
—Sí. Estoy casi segura. Pero eso no importa. A Su Excelencia no le gusta desprenderse de lo que considera suyo. Conserva las cosas, y a las personas, las quiera o no, simplemente porque son suyas. —La señora Brandon miró por la ventana al decir esto y Bella siguió su mirada.
Fuera, los niños jugaban con Wolf.
Entonces exhaló un suspiro. Por fin entendía el verdadero temor de la señora Brandon.
—Entiendo.
La señora Brandon observaba a sus hijos con un amor profundo e íntimo en la mirada que
hizo que ella se sintiera como una intrusa.
—No les quiere, en realidad. Y no es bueno para ellos. Debo llevármelos lejos de aquí. Debo hacerlo. —Volvió a fijar la mirada en Bella—. Tengo dinero, pero él me encontrará. Puede que me hayan seguido hasta aquí. Necesito irme muy lejos. A algún sitio donde no se le ocurra buscarme. He pensado en Irlanda, o en Francia, incluso. Pero no hablo francés y no conozco a nadie en Irlanda.
Bella se levantó y se puso a buscar algo en un rincón de la habitación.
—¿Estaría dispuesta a trabajar?
Los ojos de la señora Brandon se agrandaron.
—Naturalmente. Pero no sé qué podría hacer. Tengo muy buena letra, pero ninguna familia querrá contratarme como institutriz teniendo dos hijos. Y, además, como le decía, no hablo francés.
Bella encontró un papel, una pluma y un tintero. Se sentó ante el escritorio con una
sonrisa decidida.
—¿Cree que podría trabajar como ama de llaves?
—¿Como ama de llaves? —La señora Brandon se levantó y se acercó a ella—. No sé mucho de eso. No estoy segura...
—No se preocupe. —Bella acabó de escribir su nota y llamó a un lacayo—. La persona en
la que estoy pensando tendrá suerte de contar con usted, y no tiene usted que conservar el empleo mucho tiempo. Sólo hasta que el duque pierda su rastro.
—Pero...
Uno de los lacayos entró en la habitación y Bella se acercó a él con la nota doblada y
sellada.
—Lleve esto a la vizcondesa viuda. Dígale que es urgente y que le agradecería mucho su ayuda.
—Sí, milady. —El lacayo hizo una reverencia y se marchó.
—¿Quiere que sea el ama de llaves de la vizcondesa viuda de Vale? —La señora Brandon
parecía atónita—. No creo que...
Bella la tomó de las manos.
—Le he pedido que me preste su carruaje. Ha dicho usted que quizá la hayan seguido. El
carruaje dará la vuelta a la casa y esperará en la puerta de los establos. Les introduciremos en él a los niños y a usted disfrazados de sirvientes. Si la están vigilando, no esperarán que tome el carruaje de lady Vale. Confíe en mí, señora Brandon.
—Por favor, llámeme Alice —dijo la señora Brandon distraídamente—. Ojalá... ojalá pudiera demostrarle de algún modo cuánto se lo agradezco.
Bella se quedó pensando un momento antes de decir:
—Ha dicho que tenía muy buena letra, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces quizá pueda hacerme un pequeño favor, si no le importa. —Bella se levantó y
se acercó de nuevo al escritorio, abrió un cajón y sacó una caja plana. La llevó a donde estaba sentada Alice—. Acabo de traducir un libro de niños para una amiga, pero mi letra es espantosa. ¿Podría copiarlo para que lo lleve a imprimir?
—Sí, desde luego. —Alice tomó la caja y pasó los dedos por su tapa—. Pero... ¿adónde me
envía? ¿Adónde vamos a ir mis hijos y yo?
Bella sonrió lentamente. Estaba bastante satisfecha de sí misma.
—A Escocia.
Esa tarde, cuando Edward regresó, Bella se había ido. Aquello, inexplicablemente, le irritó.
Llevaba casi un día entero evitando a su esposa y, ahora que quería verla, no estaba. Cuan
volubles eran las mujeres.
Ignoró la vocecilla que, dentro de su cabeza, le decía que se estaba comportando como un asno y subió la escalera camino de sus habitaciones. Se detuvo delante de su puerta y miró por el pasillo, hacia la de ella. Llevado por un impulso, entró en su alcoba. Hacía casi un mes había entrado allí en busca de respuestas acerca de quién era su esposa y había salido con las manos vacías.
Ahora había viajado con ella a Escocia, sabía que había tenido un amante y había estado
encinta, le había hecho el amor lenta y deliciosamente, y aun así (aun así) tenía la impresión de que Bella le ocultaba algo. ¡Dios! Ni siquiera sabía, después de todo ese tiempo, por qué se había casado con él.
Edward se paseó por la habitación. Se había comportado con ridícula presunción cuando ella le propuso matrimonio. Había dado por sentado (en caso de que hubiera pensado en ello) que Bella no tenía otras opciones. Que era una solterona sin pretendientes. Que él era su última oportunidad de casarse. Pero ahora, después de vivir con ella, de conversar con ella, de hacerle el amor, sabía que aquellas primeras y vagas ideas eran terriblemente desacertadas.
Bella era una mujer inteligente y de rápido ingenio. Una mujer que en la cama ardía, llena de vida. La clase de mujer que un hombre podía pasarse la vida buscando, sin encontrarla. Pero si la encontraba... entonces se aseguraría de conservarla a su lado y hacerla feliz.
Además, tenía otras opciones. La cuestión era por qué le había elegido a él.
Edward se descubrió ante su cómoda. Miró los cajones un momento y luego se agachó y, al sacar el de abajo, encontró la cajita de rapé. Se irguió con ella en la mano. Dentro estaban el mismo perrillo de porcelana y el mismo botón de plata, pero faltaba la violeta prensada. Removió aquellos objetos con el dedo. Otras cosas habían venido a reemplazar a la violeta: una ramita y unos pocos cabellos enrollados. Edward cogió la ramita y la miró.
Las hojas eran estrechas, casi como agujas, y unas florecillas de color malva trepaban por el tallo. Era una ramita de brezo. De Escocia. Y el cabello podía muy bien ser el suyo.
Estaba mirando ceñudo la cajita de rapé cuando la puerta se abrió tras él.
No se molestó en intentar ocultar lo que había encontrado. En cierto modo, se alegraba de aquella confrontación. Se volvió para mirar a Bella.
—Mi señora esposa...
Ella cerró la puerta suavemente a sus espaldas y pasó de mirar la cara de Edward a su cajita de tesoros.
—¿Qué estás haciendo?
—Intento descubrir una cosa —contestó él.
—¿Qué?
—Por qué te casaste conmigo.
Vale estaba de pie ante ella, con sus más íntimos secretos en la mano, y acababa de hacerle la pregunta más estúpida que Bella había oído en toda su vida.
Ella parpadeó y, como no podía creer que fuera tan obtuso, dijo:
—¿Qué?
Entonces él avanzó hacia ella con la caja de rapé aún entre los largos y huesudos dedos. Llevaba el cabello rizado, casi del color de la caoba, recogido hacia atrás en una coleta que empezaba a deshacerse. Tenía la cara triste y surcada de arrugas, y las bolsas bajo los ojos evidenciaban lo poco que dormía por las noches. La casaca marrón y roja que cubría sus anchos hombros tenía una mancha en el codo, y sus zapatos estaban arañados. Ella nunca se había enfadado tanto con otra persona y, al mismo tiempo, había sido consciente de lo bella que le parecía.
De lo perfecto que era para ella Vale, con todas sus imperfecciones.
—Quiero saber por qué te casaste conmigo, corazón mío —dijo él con toda su atención fija en ella.
—¿Eres tonto?
Él ladeó la cabeza al oír su tono y sus palabras, como si sintiera más curiosidad que enfado. — No.
—Puede que te dieras un golpe en la cabeza de niño —dijo ella dulcemente—. O quizás haya casos de locura en tu familia.
Edward sacudió la cabeza lentamente, sin dejar de avanzar hacia ella.
—No, que yo sepa.
—Entonces eres necio por derecho propio.
—No creo serlo más que otros hombres. —Estaba ahora justo delante de ella, inclinado hacia su cara, demasiado cerca, demasiado íntimo.
—Oh, sí —repuso Bella, dándole un violento empujón—. Claro que sí.
Edward (maldito fuera) no se movió ni un ápice. Sencillamente, se guardó su caja de rapé en el bolsillo y metió los dedos de una mano entre su pelo. Le echó la cabeza hacia atrás y posó la boca, abierta y caliente, sobre su garganta.
—Dímelo —gruñó, y ella sintió la vibración de su voz en la piel.
—Eres el hombre más estúpido, más obtuso... —Le empujó de nuevo y, al ver que no se movía, cerró los puños y le golpeó el pecho y los brazos —..., el más imbécil de la historia de la humanidad.
—Sin duda —susurró él contra su garganta.
A él no parecían molestarle sus golpes; ni siquiera parecía notarlos. Rasgó la tira de encaje de su escote y acercó la boca a las turgencias de sus pechos.
—Dime por qué, mi dulce esposa.
—Te he observado —jadeó ella— durante años. Te he visto mirar a las mujeres. A mujeres
bellas e insulsas. Te he visto escoger a las que querías. Te he visto perseguirlas, cortejarlas y seducirlas. Y he visto cómo vagaba de nuevo tu mirada cuando te cansabas de ellas.
Edward tiró del encaje de su corpiño, aflojó el vestido y el corsé y los apartó hasta que tuvo al alcance el pezón desnudo de Bella. Acarició uno de sus pechos y se metió el otro en la boca, chupándolo con fuerza.
Ella dejó escapar un gemido.
Edward levantó la cabeza.
—Dímelo.
Ella le miró y sintió que su boca se torcía en una mueca de rabia. De dolor.
—Te veía. Te veía llevártelas aparte, te veía susurrarles al oído. Te veía cuando te ibas con
alguna y sabía que ibas a llevártela a la cama.
Tenía la cara crispada y lágrimas ardientes corrían por sus mejillas, y él seguía mirándola.
El tenía una expresión intensa, pero acariciaba suavemente sus pezones con los dedos.
Bella no quería su ternura. El dique se había roto y las emociones que había sofocado
durante años empezaban a brotar en tromba. Se agarró a sus hombros, se apoyó en ellos para alzarse y morderle la oreja. Él echó la cabeza hacia atrás y, de pronto, la tomó en brazos. Ella gritó, pero Edward se la echó sobre el hombro y la llevó a la cama. La dejó caer allí, y el impacto atajó su grito. Antes de que Bella pudiera moverse, se echó sobre ella, cubrió sus piernas con las suyas y la agarró de las muñecas con una sola mano.
Empezaron a llamar a la puerta.
—¡Fuera! —gritó él sin apartar la mirada de su cara.
—¡Señor! ¡Señora!
—Que nadie abra esa puerta, ¿me habéis oído?
—Milord...
—¡Dejadnos en paz, maldita sea!
Ambos oyeron alejarse los pasos del lacayo. Luego, Edward se inclinó y lamió su cuello.
—Dímelo.
Bella se arqueó hacia arriba, pero las piernas de Edward la sujetaban, y no pudo moverse.
—Todos esos años...
Edward se quitó la corbata y le ató las muñecas al cabecero de la cama, por encima de la cabeza.
—¿Todos esos años qué? Dímelo, Bella.
—Te veía —jadeó ella. Miró por encima de su cabeza y tiró de la corbata. No cedió—. Te
observaba.
—Deja de forcejear —ordenó él—. Vas a hacerte daño, cariño.
—¡Daño! —Ella se rió con un asomo de histerismo.
Edward se sacó una navaja del bolsillo y comenzó a rasgarle la ropa: cada raja, una caricia
sensual sobre su piel erizada.
—Dímelo.
—Te acostabas con ellas, una tras otra. —Recordaba los celos, el dolor profundo y lacerante. Edward le quitó por completo el corpiño—. Tantas que no podía llevar la cuenta. ¿Tú sí?
—No —contestó él suavemente.
Le quitó las faldas y las tiró al suelo. Después, la despojó de los zapatos y también los tiró.
—Ni siquiera recuerdo sus nombres.
—Maldito seas. —Estaba desnuda, salvo por las medias y las ligas. Tenía las manos atadas por encima de la cabeza, pero sus piernas estaban libres. Comenzó a patalear y le dio en el muslo.
Edward cayó pesadamente sobre ella, con las caderas cruzadas sobre las suyas. Volvió a lamer su pecho mientras con la mano peinaba los rizos de su pubis.
—Dímelo.
—Te observé durante años —susurró ella. Las lágrimas iban secándose en sus mejillas y el ardor crecía dentro de ella. Si él la tocaba... Si la tocaba ahí...—. Te observaba y tú nunca me viste.
—Ahora te veo —contestó él, y rodeó con la lengua su pezón. Deslizó luego la lengua por su pecho, hasta llegar al otro, y lamió también su pezón. Delicadamente. Con ternura.
Maldito fuera.
—Ni siquiera sabías mi nombre.
—Ahora lo sé. —Probó su carne con los dientes.
Un placer entreverado de dolor atravesó a Bella, desde el pezón hasta el lugar donde
jugueteaba su mano. Se arqueó, suplicándole en silencio, y él aflojó el mordisco y comenzó a chupar con fuerza el pezón.
—Tú... —Bella tragó saliva, intentando concentrarse—. Ni siquiera sabías que existía.
—Ahora lo sé.
Y se deslizó por su cuerpo, le separó las rodillas y la hizo apoyar las pantorrillas sobre sus
hombros.
Ella se retorció, intentando apartarle, pero, lo mismo que antes, no consiguió que se moviera.
Edward bajó la cabeza y lamió su sexo.
Bella contrajo el vientre, sobresaltada, y cerró las manos atadas. Después cerró los ojos y
se limitó a sentir. El húmedo roce de su lengua, los dedos de una mano crispándose sobre su cadera, y los de la otra acariciando su pubis. Edward lamía y lamía, una y otra vez, con pasadas lentas e íntimas, cada una de las cuales rozaba su clítoris. Ella crispó los dedos al sentir crecer la tensión. Entonces él movió las manos y abrió los pliegues de su sexo, hasta dejarla completamente expuesta y vulnerable.
Bella se mordió el labio, esperando, esperando.
Y en ese momento él posó la boca directamente sobre el botoncillo de su clítoris y comenzó a chupar. Lo mordisqueó, tiró de él, estiró aquel trocito de carne hasta que Bella no puso soportarlo más y se deshizo. Arqueándose, acercó la pelvis a su cara y sintió que el ardor la atravesaba como un rayo. Oía el martilleo de su propio corazón. Edward seguía lamiendo y chupando, y sus manos, fuertes, la sujetaban. Otra oleada rompió sobre ella y Bella gimió. Su gemido resonó en la quietud de la habitación. En otro momento le habría importado, se habría avergonzado de los ruidos que hacía, pero en ese instante no...
Dios... En ese momento, estaba poseída por el placer.
Edward la penetró con dos dedos mientras seguía lamiendo suavemente, con devastadora
precisión, su sexo, y ella tembló. Su cuerpo se tensó por entero, arqueándose, y sus músculos se crisparon, a la espera. No podía... Estaba demasiado débil, demasiado exhausta.
Entonces él movió los dedos dentro de ella y volvió a chupar su carne. Los músculos de su
interior se contrajeron y se aflojaron. Bella alcanzó el clímax y se sacudió, estremeciéndose y jadeando. Un calor ardiente y blanco se extendía desde su centro, formando un lago de placer cada vez más ancho. Quedó inerme, acunada por una cálida sensación de alivio.
Sintió que él se movía. Al abrir los ojos perezosamente, vio que le bajaba las piernas. Las dejó sobre la cama, los muslos separados y abiertos. Él miró su sexo desnudo mientras se levantaba y se quitaba la ropa.
—No puedo cambiar el pasado —dijo—. No puedo borrar a todas las mujeres con las que me acosté antes de conocerte. Antes de saber quién eras.
Clavó la mirada en los ojos de Bella, y el verde de sus ojos era tan intenso que casi
iluminaba la habitación.
—Pero te juro que jamás volveré a acostarme con otra. Tú eres lo único que deseo. Lo único que veo ahora.
Se quitó las calzas y ella vio que estaba excitado. Su pene se erguía hasta el ombligo con
primitivo orgullo viril. Se subió a la cama y se colocó sobre ella, enhiesto. Apoyó las manos en el colchón y los músculos de sus hombros y sus brazos se tensaron.
Bella tragó saliva.
—Desátame.
—No —contestó con calma, aunque su voz sonó ronca. Se inclinó y rozó con los dientes su
garganta.
Ella se estremeció, ansiosa por el deseo.
Edward le separó más aún las piernas y bajó las caderas, colocando firmemente su pene sobre los pliegues ultrasensibles de su sexo. Bella sofocó un gemido.
—Estás mojada —gruñó él—. Mojada y esperándome, ¿verdad?
Ella tragó saliva.
—¿Verdad? —Deslizó su enorme pene por su sexo—. Dímelo, Bella.
—S-sí.
—¿Sí, qué? —Apretó las caderas contra ella y su verga volvió a deslizarse por entre sus
pliegues, encendiendo todas sus fibras nerviosas.
—Sí, estoy mojada por ti —musitó ella.
Intentó moverse, intentó arquear las caderas, pero él pesaba demasiado y su postura era
demasiado firme.
—Voy a hacerte el amor —susurró Edward ásperamente contra su mejilla—. Voy a meter mi polla en tu coño y sólo estaremos tú y yo, Bella. Todas las demás, todos esos recuerdos, ya no importan.
Ella abrió los ojos de par en par al oírle y le miró con fijeza. Edward estaba sobre ella, con el pecho cubierto por una pátina de sudor. Refrenarse también le había pasado factura, y aquello la hizo sonreír.
Entonces la miró a los ojos.
—Pero sigo necesitando algo de ti.
Movió las caderas y su glande se deslizó hacia adelante, hasta rozar la entrada de su sexo.
Bella tragó saliva, casi loca de deseo.
—¿Qu-qué?
—Quiero la verdad.
Empujó y su pene comenzó a penetrarla.
—Te he dicho la verdad.
Edward se retiró y ella estuvo a punto de sollozar.
Él apretó de nuevo su clítoris con el pene y empujó. Tenía los brazos rectos, a ambos lados de ella, y el torso separado de su cuerpo tenso.
—No toda. No toda la verdad. Te deseo. Deseo conocer tus secretos.
—No tengo más secretos —musitó ella. Le temblaban los brazos, atados todavía por encima de su cabeza, y sabía que sus pezones eran puntas endurecidas entre sus cuerpos.
Edward se apartó y la penetró por completo. Bella siseó. Se sentía tan llena, tan colmada...
Aquello era casi el paraíso. Pero él se detuvo y se quedó quieto.
—Dímelo.
Bella le rodeó con las piernas, sujetando dentro de sí su miembro duro
—No... no...
Edward la miró con el ceño fruncido y echó las caderas hacia atrás con premeditación. A pesar de que ella le ceñía con sus piernas, se retiró con facilidad.
—¿Quieres esto? ¿Quieres mi polla?
—¡Sí! —Bella ya no tenía orgullo, no podía mentir. Necesitaba sentir su verga dentro.
Estaba medio loca de deseo.
—Entonces dime por qué te casaste conmigo.
Bella le miró con rabia.
—Fóllame.
Una comisura de la boca de Edward se tensó, a pesar de que una gota de sudor corría por un lado de su cara. No podía refrenarse mucho más, y ella lo sabía.
—No. Pero voy a hacerte el amor, mi dulce esposa.
Y la penetró por completo con su grueso miembro. La acometió con fuerza, salvajemente, fuera de control. A ella ya nada le importaba. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Sintió que el cuerpo duro de Edward gozaba de ella. Él se inclinó y lamió sus pechos trémulos, y ella vio estallar estrellas detrás de sus párpados y se sintió recorrida por su fulgor. Sofocó un grito y la lengua de Edward invadió su boca. Él se sacudió mientras la penetraba una y otra vez.
De pronto se detuvo y ella abrió los ojos. Él tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos ciegos, el placer crispaba su cara.
—¡Bella! —gimió.
Su cabeza golpeó la almohada junto a la de ella. Respiraba ansiosamente. Su cuerpo era pesado y duro, y ella seguía teniendo los brazos atados por encima de la cabeza. Pero no le importó. De buen grado moriría asfixiada bajo él. Volvió la cara hacia Edward y lamió el oído que antes había herido, y lo dijo por fin. Le dio lo que quería.
—Te quiero. Siempre te he querido. Por eso me casé contigo.
