Pasaron algunos días desde que encaró a Yuri en el callejón del pueblo. El destino no le estaba sonriendo a Otabek.
Su vida se había vuelto un caos esos últimos tres meses y sobre todo con la llegada de Yuri a su vida.
Intentó focalizarse nuevamente en creer en la Iglesia, creer en sus palabras y predicciones, pero no pudo. Era como si una vez plantada la duda ya no pudiera arrancarla de raíz por más que deseara.
Intentó mentalizarse en Yuri y su actuar, pero dolía tanto pensar en el chiquillo que evitaba hacerlo porque la espina en su pecho se enterraba más profundo y lo hería más. Su "traición" había herido su orgullo y sus sentimientos. Intentó odiarlo, mas tampoco pudo, era imposible.
Tenía el corazón roto.
Nunca nadie en sus veintidós años de vida le había roto el corazón, ni siquiera una vez, creía que esas cosas jamás le sucederían, pero allí estaba: deprimido por amor, sin mucho apetito, suspirando cada dos por tres y evitando el volver al bosque a toda costa. Que sus vecinos chismosos hablasen cuanto quisieran, le daba igual, él se quedaría en casa.
Al parecer, su corazón había sido tan débil como su carne. Y al final tuvo que reconocérselo a sí mismo: Yuri le gustaba, le gustaba mucho. Le gustaba su sonrisa, sus labios, su cuerpo y sus curvas gentiles, sus ojos suspicaces, sus risotadas nada delicadas, la manera en que caminaba, en que hablaba, cómo se expresaba, cómo suspiraba su nombre al tener relaciones. Era lindo, fuerte y divertido. Por más secretos que ocultara, a Otabek le gustaba su forma de ser; vivaz, misterioso y de piel.
Había intentado resistirse, mentirse. Pero estaba allí de todos modos, perdido en un enamoramiento que tanto había temido y que ahora, según él, no era correspondido.
Para ahogar más su triste situación, Ori había enfermado. Y si había algo en el mundo que a Otabek lo ponía muy triste era ver a sus hermanas enfermando. Sentía que era su culpa por no haberlas cuidado mejor y, además, le recordaba cuando cuidó a sus padres antes de morir. Eso podía romper todos sus esquemas ya que por muy menor que fuera un resfrío, el pensar quedarse sin su pequeña, pero preciada familia, lo aterrorizaba.
Repasó los dedos por los finos cabellos castaños de Ori y suspiró. La niña, siempre animada, ahora pestañeaba despacio y cansada, quedándose dormida.
Sacó el paño de su frente y lo remojó en la fuente con agua fría a un lado. Seguido, lo volvió a poner sobre la cabecita de la niña. Ori tembló y se quejó cuando hizo eso.
— ¿Tienes frío?
— Sí — tosió y cerró los ojos por el dolor de cabeza.
Otabek la destapó hasta la cintura.
— Nooo — se quejó con voz ronca.
— Lo siento, Ori, pero tenemos que bajar la fiebre — se disculpó con voz suave.
Por suerte, y por la excelente paga adelantada del Sacerdote por 'atrapar a Yuriri', le había alcanzado para comprar medicinas naturales para Ori.
Temeroso de que Bibi pudiera contagiarse también, la había corrido de la habitación que compartía con Ori y por el momento dormía junto a él en su cuarto.
Ori tenía las mejillas calientes y cerraba los ojitos de vez en cuando para descansar, eso hasta que la tos volvía a atacarla y la mantenía despierta.
Otabek le había puesto hojas de menta en la cabecera de su cama. La muchacha que hacía las medicinas le había dicho que era un buen método para descongestionar las fosas nasales.
Volvió a hacerle cariño en el cabello y en las mejillas para que se relajara y pudiera conciliar el sueño.
Dejó dos velas encendidas en el cuarto de su hermana y le dejó avisado que lo llamara si necesitaba algo, lo que fuera. Él estaría en su cuarto (al lado) y acudiría a ella de inmediato.
Se recostó con cuidado para no despertar a Bibi que dormía detaparrada en su cama. Le ordenó las sábanas que había revuelto y la tapó correctamente.
De pronto, sintió que últimamente no le estaba dedicando el tiempo necesario a su familia. Había estado tan divertido con Yuri que se la había pasado fuera del pueblo.
Oh, era un hermano mayor terrible. Sintió que debía disculparse con sus difuntos padres.
Ori mejoró de a poco. Fueron cuatro noches terribles para Otabek las que tuvo que cuidar de su hermana tremendamente preocupado por ella. Y, entonces, cuando Ori pudo ponerse de pie sin que la cabeza le diera vueltas, Otabek tomó una decisión drástica.
Cerca del mediodía dejó a sus hermanas en casa junto a las señora que las cuidaba en su ausencia. Se calzó las botas, el largo abrigo negro y se echó al bolsillo la bolsa de paño con el dinero que le quedaba.
Se encaminó a la Iglesia y esperó a que el Sacerdote terminara de escuchar la ronda de confesiones de los pecaminosos.
Una vez concretado, ambos se dirigieron a su despacho para conversar.
— Ya no puedo hacer este trabajo, señor.
El hombre frunció el ceño e inclinó la cabeza, confundido, con una pequeña seña le pidió que se explayara.
— Lo he intentado, pero creo que he fallado, no puedo cazar a Yuriri. Fracasé.
— Oh, pero hijo...
— Le vengo a devolver lo que me había pagado, he gastado una parte del dinero, pero prometo pagárselo en cuanto pueda.
Le tendió la bolsita, pero el Sacerdote negó con la cabeza.
— Déjatelo, Otabek. Me he enterado que tu hermana está enferma, creo que lo necesitas más que yo.
Malditos vecinos. Pensó inevitablemente; todo tenían que hacerlo público.
— Ella está mejor, gracias. Pero prefiero devolvérselo a usted.
El hombre se puso de pie y volvió a negar. Sonrió ampliamente.
— No es problema, Otabek. Hoy estoy dichoso — su tono calmado, sin afán de sermones como era usual en él.
El cazador estaba dispuesto a insistir, pero el suave suspiro con una pequeña risa del Sacerdote lo detuvo.
— Los hermanos Crispino la trajeron anoche. No hemos hecho la noticia pública porque la daremos con un festín para el pueblo, una gran sorpresa debe darse de forma grata. Yuriri ya fue cazada, ahora yace en los calabozos esperando su juicio final mañana por la noche.
Otabek sintió que el corazón se le detenía.
— ¿Q-Qué?
¡Gracias por leer!
