CAPÍTULO 16
La cautiva ciudad del Misisipí reflejaba las fortunas de la Confederación y para desazón de las tropas ocupantes, los reveses de la Unión. Septiembre sorprendió a la ciudad en plena euforia cuando llegó la noticia del colapso de la Unión en Chickamauga, y octubre encontró a la ciudadanía casi arrogante en la esperanza de rescate cuando Lee cruzó el Rapidan camino nuevamente del norte. Llegó noviembre y Lee entró en cuarteles de invierno en el mismo punto del que había partido un mes antes. La ciudad se volvió silenciosa y su población hosca, después Grant puso al ejército de Braggs en fuga hacia el sur desde Chattanooga y Longstreet no logró quebrar el frente de la Unión en Knowville. Nueva Orleáns renunció a su sueño de una pronta reunión con la causa sureña.
Navidad y el comienzo del nuevo año fueron tristes y sólo se hicieron celebraciones en la intimidad de los hogares, cuando se lo hizo. El año se oscureció aun más en el segundo mes cuando Sherman se internó en el Misisipí mientras los ejércitos orientales seguían inactivos. La fragata yanqui Housatonic fue hundida por el pequeño sumergible Hunley, y aunque la hazaña fue modesta en sus consecuencias, fue grande en heroísmo y celebrada por su audacia. La noticia del éxito confederado en Olustee, Florida, quedó ensombrecida cuando los yanquis designaron como gobernador de Louisiana a Michael Hahn, quien pese a ser nativo era un ardiente opositor a la secesión.
Ahora llegaban los vientos de marzo como para secar la tierra y volverla firme para las botas de los soldados. El día cinco amaneció despejado y este sábado había sido elegido para celebrar la posesión del cargo por el nuevo gobernador. Cuando las ceremonias fueron completadas frente a formaciones de tropas de la Unión en la plaza Lafayette, los festejos que siguieron asombraron a la ciudadanía con su extravagancia.
Se había reunido un coro de un millar de hombres y sus voces se elevaron en una versión completa del "Coro de Anvil», con el acompañamiento de todas las bandas del ejército y centenares de cañones disparados al unísono por medio de dispositivos eléctricos. A todas las iglesias se les había ordenado que tocaran sus campanas y el resultado fue magnífico, aunque un poco desafinado.
Era de mañana temprano cuando Candy se instaló cerca del fogón de la cocina mientras Dulcie le preparaba un plato de sémola y salchichas. Las brillantes llamas danzaban alrededor del fondo de una olla negra que colgaba sobre el fuego.
—¿No está más retrasado que lo habitual? — preguntó Candy, señalando con la cabeza la puerta de la despensa.
Dulcie se acercó a la mesa para depositar el plato y dijo en un suave Susurro:
—El señor Albert trabajó anoche hasta tarde y la señora Karen apenas le ha dado al hombre un poco de descanso desde que se levantó. Los yanquis están preparándose para celebrar la elección de ese traidor como gobernador y ella quiere que el señor Albert la lleve a ese baile que el general Banks ofrece esta noche. Ahora que ella y el señor Albert se trasladan a Washington, a la señora Karen se le ha metido en la cabeza que ella es una yanqui. Hizo que Jedediah la llevase ayer a la casa de la señora Banks mientras usted y el señor Albert estaban en el hospital. y regresó hablando hasta por los codos de los modales amables de esa mujer.
Candy soltó un resoplido y echó mantequilla derretida en la sémola humeante. Dulcie puso los brazos en jarras y la miró ceñuda cuando la joven espolvoreó su plato con una cucharada de azúcar.
—¡Así comen la sémola los yanquis, criatura! ¡No estará usted volviéndose una de ellos, también!
—¿Dulcie? — llamó Albert desde la despensa donde había entrado para bañarse.
—¿Sí, señor Albert ? — La mujer de color se acercó a la puerta.
— Pídele a Jedediah que me traiga agua, si está caliente.
—Jedediah no está aquí, señor Albert. La señora Carter, la vecina de esta misma calle, estaba enferma y le pidió al señor Angus que permitiera que Jedediah fuera por un médico.
—Creo que oí hablar a Can. ¿Está él allí?
Dulcie cambió una mirada llena de aprensión con Candy, quien se había erguido en su silla, súbitamente alerta.
—Sí, señor — respondió lentamente la sirvienta—. El señor Can está aquí sentado.
—Entonces dile que me traiga el agua. Este baño está helado.
La desazón de Candy se reveló en su cara manchada y en sus ojos dilatados. Después de un momento, respondió :
—Si quiere agua, barriga azul, venga a buscarla usted mismo. Todo el día tendré que acarrear agua y no pienso empezar a hacerlo ahora.
—¡Can! — ladró Albert con voz cargada de ira—. ¡Trae el agua ahora ¡mismo!
Candy dejó su tenedor y gritó hacia la puerta:
—¡No le llevaré el agua, barriga azul!
—¡Tráela ahora mismo! — ordenó Albert casi con un aullido—. ¡O te desollaré ese flaco trasero que tienes!
—Primero tendrá que alcanzarme, yanqui.
—Te alcanzaré — advirtió Albert—. ¡Y no sólo te golpearé en las posaderas sino que te enseñaré lo que es un baño!
Ante esa amenaza Candy hizo silencio. No podía permitir que el yanqui hiciera eso.
—¡Can! — la paciencia del capitán estaba acabándose.
—¡Está bien! ¡Está bien! — gimió Candy en el tono insolente de un muchachito que tiene que obedecer a su pesar. Fue hasta el fogón y probó con el dedo la temperatura del agua de la olla. Entonces, de pronto le iluminó los ojos un brillo travieso. Vertió agua fría en la olla y volvió a probar la temperatura con la mano. ¡Justamente como ella quería! Después que hubiera terminado con él, ese yanqui jamás volvería a pedirle esto. Llenó el cubo con el agua de la olla, se mordió la punta de la lengua y levantó el cubo de agua.
—¡Can!
—¡Ya voy! ¡Ya voy! — respondió—. En seguida…
Evitó la mirada horrorizada de Dulcie, abrió la puerta de la despensa y entró. — Le traje agua, barriga azul.
Antes que Albert tuviera oportunidad de responder, Candy le vació todo el cubo sobre la espalda. Una ronca exclamación brotó de la garganta del capitán. El agua estaba lo suficientemente caliente para resultar desagradable. El rugido de cólera hizo que Candy dejara caer el cubo y cuando él se agarró a los bordes de la tina para salir, ella decidió rápidamente que era momento de emprender una retirada apresurada. Huyó dejando tras de sí un alegre torrente de carcajadas. El furioso capitán se envolvió las caderas con una toalla y salió en persecución de Can. Casi resbaló cuando sus pies mojados tocaron el suelo. La expresión amenazadora de esos ojos sorprendentemente azules hizo que la risa de Candy cesara súbitamente cuando ella miró hacia atrás. Corrió a través de la cocina para que el bulto de Dulcie quedara entre ella y el furioso yanqui.
—¡Granuja desvergonzado! ¡Verás cómo quedarán tus posaderas cuando haya terminado contigo! — gritó Albert.
—¿Qué sucede, capitán? — preguntó Candy en tono inocente—. ¿Acaso el agua no estaba lo bastante caliente?
—¡Pícaro vagabundo! — dijo Albert y empezó a acercársele—. ¡Es hora de que aprendas lo que es un baño!
Candy solucionó el dilema de Dulcie abandonando su protección y caminó hasta que la gran mesa de la cocina quedó entre ella y el enemigo.
—Sólo porque ahora usted cree que es una especie de pariente — dijo Can con altanería, y pasó un dedo sobre un poco de harina que había quedado en la mesa — eso no le da derecho a darme órdenes.
—¡Te daré las órdenes que crea necesario! — advirtió él y trató de darle alcance.
Un momento después Albert tuvo que agacharse cuando Can dio un puntapié a una bota que voló hacia la cabeza del capitán. De inmediato siguió la segunda bota que alcanzó a Albert en la espinilla desnuda. Su gemido de dolor provocó una rápida mueca en Candy, quien realmente no había tenido intención de golpearlo con tanta fuerza, pero no tuvo tiempo de detenerse a considerar la situación pues él cargó hacia ella decidido a atraparla. Candy caminó alrededor de la mesa y rió regocijada.
—¡Qué está pasando aquí! — preguntó una voz aguda y todos se volvieron y vieron a Karen en el vano de la puerta.
—¡Ese mocoso casi me ha vuelto a escaldar! — exclamó Albert con los dientes apretados—. ¡Y cuando haya terminado con él necesitará que le pongan paños fríos en sus posaderas !
—¡Albert! ¡Basta! — gritó la esposa cuando él se abalanzó hacia el muchachito que se apartó rápidamente de la mesa de la cocina para recuperar sus botas.
—¡No hasta que le haya enseñado buenos modales! — replicó Albert—. ¡Es hora de que alguien lo haga!
El hombre siguió al jovencito y corrió hacia la puerta trasera. La puerta se cerró de un golpe y al instante siguiente Albert se encontró frente a frente con Karen quien, temerosa de que su marido siguiera a Candy hasta el patio, se le interpuso en el camino.
—¡Quiero hablar contigo! — dijo Karen con energía—. Arriba, en el dormitorio, si no te importa.
—Estaba bañándome — replicó Albert y se volvió hacia la despensa—. Y pienso terminar de hacerlo, ahora que me he librado de esa pequeña amenaza.
—Y después que desfilaste desnudo frente a las mujeres de esta casa — dijo Karen en tono despectivamente burlón.
Sosteniendo la toalla con firmeza alrededor de sus caderas, Albert se detuvo, se volvió e hizo en dirección a Dulcie una breve reverencia.
— Perdóneme. En mi deseo de vengarme me olvidé de mi estado.
Dulcie apenas podía contener la risa y debió fingir que estaba muy ocupada revolviendo la sémola.
—Ese Can, es un muchachito terrible — dijo.
—¡Albert! — advirtió Karen con severidad—. ¡No te acerques a ese muchacho!
Albert miró a su esposa y arqueó una ceja.
—No puedo hacer lo que me dices, querida mía. Yo lo llevé al hospital para que trabajara allí y todavía no tengo motivos para despedirlo. Y como tú deberías saber, querida mía — su voz sonaba agradable pero tenía cierto tono de sarcasmo —, es allí donde yo trabajo.
—¡Donde trabajas demasiado! — replicó Karen—. Muy fácilmente podrías salir conmigo esta noche, pero ese maldito hospital te interesa más que yo.
Albert rehusó comentar esa afirmación. Últimamente, el hospital era el único lugar donde podía verse a salvo de los constantes reproches de Karen. Notó que Dulcie había salido discretamente de la cocina, dejándolo solo con su esposa.
—Entonces no lo niegas — dijo Karen—. ¡No puedes!
El meneó lentamente la cabeza.
—No empieces de nuevo con eso, Karen. La otra noche el mayor Warrington hizo las horas de guardia que me correspondían a mí para que yo pudiera salir contigo.
—Y lo pasaste muy mal, ¿verdad?
—Si recuerdas bien, mi amor — dijo él —, la noche anterior fuimos al teatro y a casa de Antoine después. Mis horas totales de sueño fueron tres. ¡Estaba cansado!
—¡Siempre que sales conmigo estás cansado! — replicó Karen con insolencia—. ¡Pero puedes perseguir a… a ese muchacho en la cocina!
—¿Eso qué tiene que ver? — Albert levantó las manos en un gesto de resignación. — No me digas que estás celosa de ese muchachito.
—¡No seas ridículo! Es solamente que nunca pareces tener tiempo para mí, pero estás siempre con él. — Señaló con la cabeza hacia el patio trasero.
—No te aflijas. — Albert habló con voz cargada de sarcasmo. — El no irá a Washington con nosotros.
—¡Bah! — Karen sacudió su oscura cabellera. — Tú preferirías quedarte aquí antes que formar parte del personal del señor Lincoln.
Albert suspiró profundamente y meneó la cabeza.
—Karen… dudo que me designen para formar parte del personal del presidente. El tiene coroneles de sobra para servirlo. Para tu información, Washington tiene un gran hospital que el general Grant mantiene lleno de heridos. De lo único que puedes estar segura es de que probablemente tendré que ocuparme de más papeleo, de trabajo de escritorio.
—Lo mismo es un adelanto importante. y si no hubiera sido por mí tú habrías rechazado la oportunidad. Ahora, como están las cosas, probablemente serás ascendido a general y podremos vivir en Washington y conocer a toda la gente que rodea al presidente. Eso, desde luego, cuando gane la Unión.
—Ojalá Grant estuviera tan seguro como tú. — Albert hizo una mueca y miró a Karen con más atención. — También deberías saber que después de la guerra yo regresaré a mi hogar para ejercer nuevamente mi profesión.
—¿Qué? ¿Para ser masacrado por los indios como toda esa pobre gente? Oh, he oído hablar de esos salvajes que merodean por el campo. ¡Nunca en mi vida iré allá! ¡Jamás!
Albert, furioso, le volvió la espalda, entró en la despensa y cerró la puerta de un golpe. Soltó una maldición y volvió a meterse en la tina, pero Karen estaba enfadada y le siguió.
—¡No escaparás tan fácilmente de mí, Albert Andrew! — Se acercó a la tina. — Y todavía tenemos que arreglar el asunto de esta noche. ¡Quiero ir a ese baile!
Albert levantó una mano, irritado.
—¡Entonces, ve! ¡Pero yo tengo trabajo que hacer!
—¡No te importaría si otro hombre me llevase! — gritó ella con un sollozo de rabia—. ¡Eres frío! ¡No tienes sentimientos!
Ella miró de soslayo con expresión de incredulidad.
—¿Señora?
—¡Corre hielo por tus venas! — lo acusó ella.
—Bueno, querida mía — dijo él arrastrando lentamente las palabras—. En enero, en Minnesota, he visto hielo derretirse más rápidamente que en tu cama.
—¿Qué quieres decir? — preguntó Karen, furiosa.
—Enfrentemos la verdad, Karen. Desde nuestro casamiento parece que te has hastiado de todo. Si quieres saber la verdad, me gustaste más la primera vez, después que Can me sacó del río.
Por un momento Karen quedó atónita, boquiabierta, y en el instante siguiente el aire crepitó con el sonido de su palma abierta golpeando la mejilla de Albert.
— ¡Cómo te atreves! ¡Cómo te atreves! — gritó presa de gran agitación—. Sólo porque no actúo como una ramera que se acuesta contigo por una chuchería te atreves a insultarme. ¡Yo soy una dama, Albert Andrew, y no lo olvides nunca!
El la miró con curiosidad y se pasó una mano por su mejilla enrojecida.
—Es extraño, me parece recordar haberte dado una chuchería por tus favores. Un medallón, para ser preciso. — Su mirada rozó ligeramente el pecho que dejaba descubierto la bata de encaje que llevaba Karen — Y a veces tengo la impresión de que hay en ti dos facetas completamente diferentes. ¿Dónde está esa mujer que tuve en mis brazos aquella primera noche, Karen? ¿Ha desaparecido, ahora que los votos matrimoniales han sido formulados y consagrados?
Karen se irguió indignada, le dirigió una mirada llena de rencor, giró sobre sus talones y salió de la habitación dando un portazo.
Albert volvió a recostarse en la tina y escuchó el ruido de los tacones de su esposa que se alejaba. Esta mujer, pensó, estaba convirtiendo su vida en un infierno.
Distraído, tomó una pastilla de jabón casero de una bandeja donde había una variedad de pastillas perfumadas que Karen había comprado recientemente. Una fragancia flotó hacia él llenándole la cabeza y despertando en las profundidades de su alma un borroso recuerdo que no le fue posible aclarar. Una forma fantasmal pasó por su mente y de sus labios suaves e invitadores brotó una risa argentina mezclada con palabras dulces como la miel.
«Pero ese es el motivo, capitán. Usted no ha pagado.»
Albert abrió los ojos con sorpresa. ¡Esa voz otra vez! ¡Debía de estar volviéndose loco! ¡Ni siquiera había visto la cara de la joven viuda y aquí estaba haciéndose ilusiones de que la tenía en sus brazos!
Después que Albert partió hacia el hospital, Karen se presentó en la residencia del general y apelando a las simpatías de la señora Banks consiguió un acompañante para la fiesta de esa noche. Pasó la tarde preparándose, se probó incontables vestidos que desechó disgustada hasta que encontró uno que la satisficiera. Antes de vestirse para la gran ocasión hizo una siesta a fin de estar fresca y descansada para la larga velada que la aguardaba. Le enseñaría a ese Albert Andrew una lección que no olvidaría jamás.
Aunque Dulcie había trabajado duramente todo el día para ahumar la carne de un cerdo que Albert había comprado y enviado, Karen le dio a la sirvienta órdenes severas de asegurarse de que su dormitorio del piso alto estaría limpio y en orden para cuando ella regresara. Dulcie todavía estaba protestando entre dientes por esa orden cuando Candy, ya de noche, regresó después de haber ayudado a la señora Hawthorne en algunas tareas pesadas.
—La señora Karen se ha ido a esa fiesta con un coronel yanqui sin decírselo al señor Albert, al amo Angus o a la señora Leala, y su papá y su mamá salieron de visita. Habrá alboroto en esta casa si la señora Karen no está aquí cuando regrese el señor Albert. — La mujer terminó de rellenar una salchicha y meneó la cabeza con evidente preocupación. — Y yo también la pasaré mal si no arreglo ese dormitorio antes que regrese la señora Karen. Cora Mae y Lucy fueron a acompañar a la señora Carter porque el médico le dijo a esa anciana que debe quedarse en cama descansando. Y no podré arreglar esa habitación porque antes debo preparar toda esta carne para ahumar antes que venga el calor. A la señora Karen no le importa si los demás no comen o duermen.
Pese a su cansancio, Candy se ofreció para ayudar a la mujer. Desde que Albert fijara un generoso salario para la familia negra y se hiciera cargo de los gastos de la casa, Karen había asumido las funciones de ama de casa. Ahora que era una mujer rica, se conducía en forma muy dominante y esperaba que Dulcie y su familia satisficieran todos sus caprichos antes que las necesidades de cualquiera de los otros Kleiss.
Candy ayudó a colgar los jamones y las carnes y a limpiar la cocina. Después, al ver que Dulcie estaba cercana al agotamiento, envió a la sirvienta a la cama y le prometió que ella misma ordenaría el dormitorio de Karen después de bañarse.
Candy no imaginaba el trabajo que le esperaba y cuando se detuvo en la puerta de la habitación de su prima miró sorprendida el caos de vestidos, zapatos, enaguas y una enorme cantidad de accesorios dispersos en el suelo y sobre los muebles. La cama estaba sin hacer. Candy notó que entre todo el desorden no había ninguna prenda de Albert. Las ropas de éste estaban prolijamente guardadas en el alto armario que había sido traído a la habitación para poner sus cosas. Candy se pasó los dedos por las sienes. Estaba mortalmente cansada y ansiaba poder acostarse y dormir, pero le había prometido a Dulcie que dejaría esta habitación ordenada y presentable antes de irse a la cama.
Pese a la tarea monumental que tenía por delante, debía cumplir su promesa. Las gotas de lluvia que empezaron a golpear suavemente contra la ventana fueron el preludio de la tormenta que pronto se abatió sobre la casa. Brillaron los relámpagos y los truenos se sucedieron casi sin interrupción. Candy siguió trabajando a la luz de una única lámpara de queroseno que estaba sobre el buró junto a la puerta. Angus creía vengarse del yanqui dejando una sola lámpara en la habitación a fin de que cuando llegara tarde tuviera que cruzar una casa a oscuras y encontrar el camino hasta su cama sin ayuda de una luz, pero Albert no parecía notar este inconveniente.
Candy dobló cuidadosamente las medias de seda y guardó los ricos vestidos, permitiéndose de tanto en tanto el lujo de sostener algunos delante de su cuerpo frente al espejo. Su bata raída contrastaba marcadamente con las ropas de su prima y le recordaba su propia pobreza. Esto le hizo pensar que hasta ahora no había podido reunir el capital suficiente para comprar Briar Hill. Como no se le ocurrió una explicación lógica para que Can necesitara una cantidad tan grande de dinero, no se había atrevido a hablarle a Albert sobre un préstamo.
Un rayo desgarró el cielo nocturno y la lluvia empezó a azotar con fuerza los vidrios de la ventana. El pequeño reloj de la mesilla de noche dio las doce y Candy lo miró asombrada de la velocidad con que se le había pasado el tiempo. Quedaban todavía unas pocas cosas por guardar, la cama por hacer, y entonces podría ir a su propia habitación.
Momentos después, cuando estaba ordenando los amplios pliegues de una enagua, se detuvo a escuchar. ¿Había oído un ruido en el pasillo o se trataba de un trueno lejano? De cualquier manera, decidió que sería mejor apresurarse. No tenía deseos de que la sorprendieran Albert o Karen.
Cerró rápidamente la puerta del armario y se detuvo. Esta vez no tuvo dudas de que había oído un crujido en el piso de madera del pasillo como si alguien viniera hacia la habitación de Karen. No oyó el ruido de botas o de tacones altos. Pero llovía con fuerza.
Albert se habría detenido en la puerta trasera a quitarse las botas mientras que Karen habría cruzado toda la casa dejando huellas de barro antes que tomarse la menor molestia.
Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, Candy voló hasta donde estaba la lámpara y sopló la llama. Pero él volvería a encenderla, pensó con desesperación. Cautamente, tratando de no hacer ruido o, peor aun, de no derribar la lámpara, puso la linterna en el suelo, detrás del biombo. Ahora la habitación estaba totalmente a oscuras, pero ella sabía que Albert tenía la ventaja de que sus ojos estaban acostumbrados a la oscuridad del resto de la casa.
Candy se detuvo en medio del cuarto y miró indecisa a su alrededor. ¡No podía cruzarse con él en el pasillo! Albert probablemente la confundiría con Karen y la haría detenerse. ¡Un lugar para esconderse! ¡Debajo de la cama! ¡Nunca! Quedaría atrapada y tendría que ser una testigo involuntaria si él y Karen hacían el amor. ¡El biombo! ¡Por supuesto!
Giró la manija de la puerta y Candy corrió hasta donde estaba oculta la linterna, pero no lo hizo con la necesaria rapidez. Cuando se abrió la puerta Albert alcanzó a ver el fulgor pálido de la bata blanca en el momento que ella llegaba detrás del biombo.
—¿Todavía estás levantada? — Su voz sonó con un asomo de fastidio.
Un relámpago iluminó el cielo cuando Albert arrojó su chaqueta mojada sobre una silla que estaba delante del hogar. Candy espió por el borde del biombo y lo vio quitarse la camisa y dirigirse hacia donde hubiera debido estar la lámpara. Albert buscó sobre el buró, tanteando con cuidado en la oscuridad para no derribar nada. Como no encontró la lámpara soltó un juramento, abrió un cajón de la cómoda, sacó un cigarro y un fósforo. Encendió el cigarro y levantó la cerilla encendida. Candy contuvo el aliento mientras él miraba a su alrededor, como buscando algo.
—¿Dónde está la lámpara? — gruñó Albert. Fue hasta la ventana y la abrió apenas. El olor de la lluvia se mezcló con el aroma del humo. Por fin, Albert se volvió, empezó a desprenderse los botones de su pantalón y se sentó en la silla para quitárselos. Estaba por quitarse la ropa interior cuando se volvió hacia el rincón de la habitación donde estaba el biombo.
—¿Karen? ¿Estás enferma?
Candy esperó temblando que él se acercara. Albert estaba intrigado por la extraña conducta de su esposa. Si todavía estaba enfadada por no haber podido ir al baile, Albert pensó que le esperaba otra noche de discusiones y lloriqueos.
Arrojó el cigarro al hogar y se acercó al biombo. Estaba por tocar una de las hojas cuando todo cayó hacia adelante, empujado desde atrás por una fuerza decisiva. Una forma pálida saltó junto a él. Albert apartó el biombo, estiró un brazo y aferró un pliegue de tela delgada. Se oyó el ruido del desgarrón de la prenda y unos pies pequeños empezaron a golpearlo en las espinillas.
—¡Maldición, Karen! ¿Qué sucede contigo? — Albert ignoró las manos que lo golpeaban y sacudió a la mujer con energía. Candy tropezó con la cama y saltó al otro lado. Albert se lanzó tras ella. En el instante siguiente, quedó solamente con la bata de Candy en sus manos.
Albert arrojó la bata a un lado y se abalanzó hacia la mujer ahora desnuda. El vago resplandor de cuerpos pálidos en la habitación a oscuras delataba los movimientos de ambos, y al ver que él se acercaba, Candy cambió abruptamente de dirección y se escurrió hacia el otro lado de la cama. Albert fue más veloz y saltó a tiempo para sujetarla. El súbito contacto de sus cuerpos fue como un choque eléctrico para los dos. Y en ese fugaz encuentro Albert tuvo la certeza de una cosa. ¡Esta no era Karen! La forma era demasiado pequeña, demasiado esbelta, demasiado liviana. Estiró una mano, rozó la cabeza de Candy e inmediatamente comprendió. ¡EI pelo corto! ¡El cuerpo esbelto! Su mente se rebeló, incrédula.
—¿Quién demonios…? — Sus ojos buscaron en la oscuridad. Con un ronco susurro, preguntó. — ¿Quién eres? ¿Quién eres tú?
Un relámpago llenó el cielo de una luz cegadora y en ese momento, con el pelo en desorden, Can fue perfectamente visible.
—¡Santo Dios! — gritó Albert. En los pechos pálidos y temblorosos de Candy brilló el medallón de oro—. ¡Can!
—¡Candice! — El susurro fue como un grito de angustia en la habitación a oscuras.
—¡Fuiste tú! ¡Fuiste tú, aquella noche!
Candy trató de zafarse, pero él la tomó de las muñecas.
—¡Quédate quieta! — gritó él y aumentó la presión de sus manos.
Candy se resistió con tenacidad hasta que por fin Albert renunció a su táctica, pues no quería lastimarla sin necesidad. En cambio, tomó las dos muñecas de ella con una mano y con el brazo libre la atrajo hacia su pecho a fin de inmovilizarla. Candy abrió desmesuradamente los ojos, muy alarmada.
—¡No! — exclamó, súbitamente temerosa de las intenciones de él. Estaban solos en la casa y no había nadie que lo detuviera si él decidía poseerla otra vez. — ¡Suélteme!
—Entonces quédate quieta — ordenó él.
Lentamente ella fue quedándose quieta y Albert aflojó la presión, pero no bien lo hizo, Candy volvió a luchar. Quiso escapar y ya llegaba a la manija de la puerta cuando él volvió a alcanzarla. La memoria de Albert era como un libro que se abriera por primera vez y él quería obtener algunas respuestas.
Ciegamente, locamente, Candy luchó con él tratando de liberarse. La noche en que él había robado su virginidad estaba demasiado viva en su memoria. Ahora, desnuda, se encontraba en un estado muy vulnerable y quería estar a salvo en su habitación.
—¡Basta! — dijo él—. Sólo quiero hablar.
La apretó contra la pared y trató de inmovilizarla con el peso de su cuerpo, pero era demasiado consciente de las suaves curvas de ella y de los pezones que parecían quemarle la piel del pecho. Se sentía cada vez más excitado sexualmente y la lucha no hacía más que aumentar su deseo.
—¡Oooh, nooo! — gimió Candy, desesperada. Los muslos de él le apretaron sus piernas trémulas y la excitación de Albert fue evidente para ella.
Albert se apartó, tomó la bata y se la arrojó.
—¡Vístete! — ordenó.
Candy obedeció inmediatamente, aunque le resultó imposible detener el violento temblor que la dominaba.
—¿Dónde está la lámpara? — preguntó Albert secamente.
Candy respondió con voz temblorosa.
—Detrás del biombo.
—No vuelvas a huir — le advirtió él con severidad—. Me debes una explicación y estoy dispuesto a destrozar esta maldita casa hasta los cimientos para encontrarte.
—Yo no le debo nada, yanqui — dijo Candy en tono de rebelión.
—¡Quédate donde estás! — ordenó Albert. Después de levantar el biombo, encontró la lámpara y la volvió a su lugar sobre el buró—. Estoy decidido a averiguar qué demonios está pasando aquí.
Acercó un fósforo a la mecha y la levantó hasta que las sombras se disiparon. Atrajo a Candy hacia la lámpara, le levantó la cara tomándola del mentón y la miró con atención.
—¡Santo Cielo! ¡Debí darme cuenta!
El cabello rubio oro con reflejos rojizos enmarcaba un rostro de piel suave y pálida. Los labios eran llenos y sensuales, los ojos eran verdes esmeralda y estaban bordeados de espesas pestañas con una suavidad inconfundiblemente femenina, las facciones eran las de Can.
Una risita profunda surgió del pecho de Albert.
—Debí darte un baño el primer día que nos vimos.
—¡Tonto! ¡Idiota! — Entonces, como si esas palabras no fueran suficientemente ofensivas, añadió: — ¡Yanqui!
El pareció indiferente a los insultos y la hizo volverse primero a la izquierda y después a la derecha.
—¿Qué edad tienes?
Ella lo miró con odio y respondió, apretando los dientes:
—Diecisiete… cerca de dieciocho.
Albert soltó un suspiro de alivio.
—Temí que fueras mucho más joven. — Otra luz se encendió en su cerebro. — ¡Candice! — Enarcó una ceja. — ¿Candice White quizá?
—¡Por supuesto! — Se frotó el brazo donde los codos de él habían dejado una marca. — ¡Candice White! ¡Espía! ¡Asesina! ¡Enemiga tanto del norte como del sur! ¿Y ahora, qué pasará? ¿Dos mil por mi cabeza? ¿Qué hará con todo ese dinero?
—Maldición, muchacha, si tú estuviste conmigo no puedes ser la misma que…
—Usted es muy rápido en sacar conclusiones — dijo Candy en tono despectivo—. Pero dígame, capitán Andrew, ¿quién será mi defensor? Llevé los efectos personales de un hombre muerto a su comandante y me convertí en espía por rechazar las caricias de un yanqui. ¡Me vi obligada a huir de mi hogar y a convertirme en un muchacho! ¿Destruirá usted la reputación de Karen para limpiar la mía? ¿Enviará a los Kleiss a prisión por haber ayudado a una fugitiva ? ¿Cree que imploraré por mi salvación a un yanqui? ¡Haga lo que quiera! ¡Salve su orgullo y su honor, pero no espere lavar y limpiar su conciencia en mi cama! Vuélvase con su amante novia, la que usted eligió. ¡Pero a mí déjeme en paz!
Se ahogó con sus sollozos y cegada por las lágrimas giró y corrió hasta la puerta. La abrió de un tirón, y su exclamación de horror hizo que Albert se volviera. Karen, lujosamente vestida, estaba en la puerta con la boca abierta por el asombro. Por un momento la mujer no pudo hacer nada más que mirar atónita a su prima; después su mirada recorrió hacia abajo la transparencia de la bata de Candy y por fin se posó en Albert, que estaba semidesnudo.
—¡No bien os vuelvo la espalda — avanzó como un furioso huracán y Candy dio un paso atrás y tropezó — vosotros dos os entregáis a vuestros juegos inmundos! Quién sabe cuánto tiempo hace que los dos venís… — sus siguientes palabras fueron una acusación tan obscena que el temperamento de Albert estalló.
—¡Karen! ¡Cierra tu maldita boca!
Karen se volvió hacia él y su voz se convirtió en un agudo gemido.
—¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste, a espaldas mías, y con esta, esta… ramera? ¿Tienes por costumbre llevarte a la cama a todas las zorras que se te ofrecen?
Candy exclamó indignada:
—¡Yo jamás!
—¡Ramera! — gritó Karen, y golpeó con fuerza a Candy en la mejilla. Antes que Albert pudiera interponerse, Candy golpeó a su prima con el puño. Sus nudillos dieron contra la mandíbula de Karen con tanta fuerza que la mujer retrocedió tambaleándose y se desplomó sobre un sillón, perdido todo deseo de seguir enfrentándose con su irascible prima. Cerró los ojos y quedó inmóvil y en silencio.
Albert fue rápidamente hasta el tocador, humedeció un paño en agua y se acercó a Candy para limpiarle un hilillo de sangre que brotaba de su boca.
—¡No me toque, yanqui! — gritó. Le arrancó el paño de las manos—. ¡Ya ha hecho bastante daño!
Con una última mirada de desprecio a Karen, Candy se envolvió con la bata, giró sobre sus talones y salió de la habitación, muy altanera, cerrando con fuerza la puerta tras de sí.
Albert humedeció otro paño y se acercó al sillón de Karen. Ella le arrebató el paño y casi voló hasta el espejo.
—¡Ooohhh! — gimió—. ¡Estoy desfigurada para toda la vida! ¡Nunca seré la de antes! ¡Me ha estropeado la cara! — Entrecerró los ojos en forma amenazadora. — Así sea la última cosa que haga en mi vida, me vengaré de esa perra.
—Según lo que acabo de presenciar, querida mía — replicó Albert con sequedad —, sugeriría que tengas mucho cuidado en ese asunto de la venganza, a fin de que no salgas perdiendo otra vez.
Karen echó hacia atrás la cabeza en un gesto de arrogancia.
—Candy siempre ha estado celosa de mí. Siempre envidió mi belleza y ha tratado de lastimarme en toda oportunidad que se le presentó. Si esa pequeña ramera piensa que podrá salirse con la suya…
Albert cerró firmemente la ventana. La tormenta había pasado y ahora sólo caía una fina llovizna.
—Como en mi cama ella era virgen y tú no, Karen — dijo él, sonriendo ácidamente —, sugeriría una elección más cuidadosa de adjetivos.
Karen lo miró inquieta y preocupada.
—¿Qué quieres decir, Albert querido? ¿Qué te contó Candy? Tú deberías saber más que nadie que no se puede confiar en ella. Vaya, si hasta traicionó a esos pobres, indefensos prisioneros…
Albert la miró con severidad y ella tartamudeó y terminó por callarse. Ceñudo, él sacó unos pantalones secos de su guardarropa y se los puso.
—Ella no me contó nada, Karen. Y tú, querida mía, más que nadie, eres testigo del hecho de que Candy no tuvo nada que ver con esa matanza río arriba.
Sacó una gruesa camisa de campaña del armario y mientras él se la ponía, Karen lo miró a la cara, tratando de adivinar sus intenciones.
—¿Cómo podría saber eso? — preguntó cautamente ella. Albert hizo una pausa y la miró.
—¿Es tan difícil de entender, señora? La simple verdad es que Candy fue la mujer a quien yo le hice el amor aquella noche… la única. Por lo tanto, querida mía, fuiste tú quien nos hiciste una treta sucia.
—¡Eso es mentira! —Karen empezó a jadear y a buscar desesperadamente una prueba que cubriera su mentira. — ¡Una mentira perversa! ¡Te digo, Albert, que Candy te ha llenado la cabeza de mentiras! Tú estabas demasiado ebrio para recordar, pero…
—Te equivocas, Karen — la interrumpió Albert, y se sentó en la silla para ponerse las botas—.Siempre me sentí confundido porque tú eras tan diferente de la mujer que tuve en mis brazos aquella noche. Pero hasta hace unos momentos no imaginaba que en esta casa hubiera otra mujer que pudiera ser la solución del misterio. Ahora, por lo menos, sé la verdad.
Karen aceptó estas palabras desalentada. Lo que había hecho quedaba al descubierto. Su mayor temor era que Albert la dejara a un lado. Sin el dinero de él volvería a una existencia miserable y aburrida. Nunca iría a Washington. Le aterraba la idea de verse convertida en el hazmerreír de todas esas viudas vestidas de luto a quienes había despreciado con altanería.
En gesto implorante, tendió las manos hacia Albert.
—¡Oh, amado! Sólo lo hice porque te amo demasiado. — Decidió que retorciéndose las manos y adoptando una expresión confundida sería más convincente. — Albert, tú no sabes cuánto te deseaba. — Sonrió tristemente, se le acercó y se le sentó en el regazo. — Creí enloquecer cuando descubrí que habías estado con Candy. No podía renunciar a ti sin luchar. — Le tomó una mano y la puso sobre su pecho. — ¿Yo no soy más hermosa? ¿Y acaso no soy más mujer?
Albert le dirigió una mirada glacial.
—Señora, esa muchachita podría darle lecciones sobre el arte de ser mujer a cualquier pupila de la casa de mala reputación de la ciudad. — Sonrió desapasionadamente. — Por lo menos, ella no teme que un hombre le desordene el cabello.
Con una exclamación de indignación, Karen se puso de pie y levantó una mano para golpearlo en la cara. Pero al ver la fría mirada de Albert pareció pensarlo mejor.
—Debió de comportarse como una ramera ansiosa para que la recuerdes tan bien — dijo—. Pero, claro, tú pareces preferir las mujeres vulgares, y puedo imaginar que ella hizo muy bien su trabajo.
—¡Trabajo! — Albert rió secamente. — ¡Es verdad en tu caso! ¡Para ti, hacer el amor parece una tarea pesada!
Karrn levantó la nariz, fingiéndose ofendida.
— ¿Acaso piensas que una dama debe disfrutar haciendo esas porquerías?
—¡Si compartir un poco de placer en la consumación del matrimonio no le está permitido a una dama, entonces al demonio con las damas! — gruñó Albert. Arrojó sobre la cama su maleta de cuero y continuó en tono ominoso —: Cualquier cosa que sea Candy, ten la seguridad de que fue su actuación de aquella noche lo que a ti te valió un marido.
—¿Qué quieres decir? — preguntó Karen, aferrándolo de una manga y tratando de hacer que él se volviera y la mirara—. ¿Qué quieres decir?
Albert la miró y se inclinó hacia ella hasta que Karen se vio obligada a sentarse, casi caer en el sillón que tenía atrás. Sin preocuparse por el tapizado, él apoyó una bota en el asiento junto a las caderas de ella, apoyó un brazo en la rodilla y la miró fijamente a los ojos.
—Lo único que sobrevive de aquella noche en mi recuerdo es el placer que me dio esa mujer. De modo que cualquiera que sea la razón que tú des para haber preparado la trampa, el éxito debes agradecérselo a Candy.
—Eso no lo creo — dijo Karen en tono despectivo—. Según recuerdo, fue papá quien te obligó a decidirte.
—Señora mía, yo soy médico pero también soy soldado. ¿De veras crees que un anciano medio ebrio es capaz de asustarme? Piensa lo que quieras, querida mía, pero tu padre no tuvo nada que ver. Yo podría haber escapado si no hubiese tenido la mente enredada con el recuerdo de esos momentos de éxtasis que pasé con Candy.
Karen se retorcía las manos con desesperación mientras Albert seguía haciendo su maleta con estoicismo. El silencio pareció prolongarse una eternidad hasta que ella no pudo seguir soportando el suspenso.
—¿Me abandonas?
—No temas, querida — dijo él y sonrió con ironía—. Te llevaré a Washington y pasearé de tu brazo como deseas. Yo me he hecho esta cama y en ella debo acostarme.
—¿Adónde vas, entonces?
—El general Banks sale en campaña remontando el río Rojo. Hasta hace poco no estaba decidido a ir como voluntario. Ahora sí.
—¡Pero puedes estar ausente varios meses! ¿Qué haré yo mientras tanto?
Albert miró el vestido de baile que ella todavía tenía puesto y levantó su maleta.
— Estoy seguro de que encontrarás la forma de entretenerte en mi ausencia. No puedo creer que mi partida te impedirá pasarlo bien.
—Pero Albert — gimió ella y lo siguió hasta la puerta, donde él se detuvo para mirarla—. ¿Qué pasará si algo te sucede? ¿No hay ciertos asuntos que deberías arreglar antes de marcharte?
—Si te refieres a asuntos financieros, querida mía — dijo él en tono áspero —, no veo motivos para dejarte mis bienes a ti. No quedarás desamparada, eso sí, y si llegara a haber un heredero, todo quedará depositado para el niño, al cuidado de mi abogado. En caso contrario, recibirás una pensión mensual razonable. — Sonrió brevemente. — El resto será donado a obras de caridad ya que no existen otros parientes.
—¿Y Candy?
—Eso no es asunto tuyo — replicó él secamente.
Ansiosa, Karen lo siguió al pasillo.
—Pero yo soy tu esposa.
—Dejaré el carruaje en el hospital, y cuando te avisen que hemos partido podrás enviar a Jedediah para que lo traiga — dijo Albert ignorando las palabras de ella. Sus ojos fueron impasibles hacia la puerta cerrada de la habitación de Candy cuando caminó hasta la escalera. Oyó los agudos tacones de Karen y se volvió—. Puedes ir preparándote para viajar a Minnesota cuando termine la guerra— añadió.
Karen abrió la boca, pasmada.
—¡Minnesota! ¿Ese lugar dejado de la mano de Dios? ¡No puedes pedirle eso a una dama bien nacida!
—Señora, no estoy pidiéndolo. Si quieres venir conmigo, es tu decisión. Pero en todo caso yo ya me he decidido.
CONTINUARA
