Capítulo XVIII
El mar
No había estado tan errada en sus imaginaciones durante esos dos agonizantes meses: iba a caballo junto a Diego, en Tornado, de hecho; lo que no hubiera podido prever es que ambos irían literalmente a ciegas, los ojos cubiertos con vendas, única forma en que se permitía que los blancos accedieran al pueblo secreto de los indios.
Sintió su aliento rozándole el cuello: "Fuiste muy valiente."
"Y tú fuiste un loco de primera categoría" le susurró, sabiendo su rostro muy cerca: "¿Cómo se te ocurre ir tú mismo para allá?, pensé que enviarías a alguien."
"No, no iba a enviar a otra persona a buscar a mi mujer."
Menos mal que no la vio sonreír: el regaño hubiera perdido toda seriedad.
"Eso suena bonito, pero se pone feo si te capturan."
"Pero no lo hicieron, y no lo harán."
"Lo hicieron una vez."
"No volverá a pasar." Le dio un beso en la parte de atrás de la cabeza, en donde el precario moño había estado rato atrás: "¿Me crees?"
Que si le creía.
"Sí p-"
Allá adelante, uno de los guías dijo algo.
"Hay que hacer silencio, estamos por entrar a la parte sagrada de sus tierras."
Josefina asintió. Aún les quedaba más de una hora de camino.
(…)
Cuando se quitó la venda, lo primero que vio fue una fogata, alrededor de la cual se dispersaban no más de doce o quince tiendas. Debían de estar durmiendo, pues solo los tres que ya conocía se veían por todo eso. Después de ayudarla a bajar del caballo, Diego se dirigió a ellos:
"Gracias, amigos míos."
No eran hombres de muchas palabras. Una leve inclinación de cabeza y cada uno se dirigió a su respectivo hogar construido con cueros, pieles y madera.
Al parecer también había uno para ellos.
De todos los posibles lugares en que se lo imaginó durante este tiempo, la verdad nunca se le ocurrió algo como esto. Según la gente del pueblo, los indios que no habían sido civilizados y que aún vivían en la naturaleza, eran poco más que animales salvajes peligrosos, quizá hasta caníbales. Pero ya veía que no era así, al menos no este grupo.
La tienda parecía más grande por dentro que por fuera, lo vio cuando él encendió una lámpara de aceite pequeña que descansaba en el suelo, donde estaban también el lecho y otros escasos objetos.
Todas las preguntas que aún tenía para hacerle, se esfumaron. No eran tan importantes, al menos no tanto como percibirlo ahí frente a ella, vivo, en una sola pieza, habiendo encontrado (como siempre) la manera, aunque poco convencional, de vencer las posibilidades y la muerte.
"Te quedan bien" dijo él al fin.
Ella se miró los pantalones; hasta había olvidado que los traía.
"A ti te queda bien esto" le tocó la barba en la quijada con la punta de los dedos.
"Esto, no." Josefina no pudo evitar reír al verlo despojarse de la cabellera de chiflado; era una peluca, entonces. ¿De dónde la habría sacado? "¿Mejor?"
"No está mal."
"¿Y tú? ¿Estás bien?"
"Sí. Solo se me clavó algo en el dedo."
"Ven."
La invitó a sentarse en un taburete improvisado y bajito, mientras que él se sentó en el suelo, la lámpara entre los dos.
Diego tomó la mano y examinó el dedo en cuestión:
"Sí, es una astilla y está grande. ¿La saco?"
"Bueno."
"Va a doler."
Josefina solo se encogió de hombros y hasta sonrió, medio embobada con el mero hecho de tenerlo tan cerca otra vez. Lo vio concentrarse en el anular herido, apretando con cuidado la piel para extraer la daguita de madera. Se le hicieron esas líneas en la frente de cuando se ponía ceñudo, cuando prestaba toda su atención a algo, como ahora que la curaba, muchas veces es necesario sufrir un poco para que las cosas mejoren.
Así, durante el tiempo que duró la operación, lo miró. Lo vio ocuparse de ella.
Hasta que él la miró también.
"Pensé que no te vería más. Que tal vez habías muerto."
Le sostuvo la mano entre las suyas. La astilla ya había salido.
"No quise causarte esto Josefina, mi amor, discúlpame."
"No lo digo por culpas, o por culparte. Solo porque lo sentí y porque quiero que sepas que ahora siento todo lo contrario. Ahora siento… que estamos vivos los dos."
Este era el abrazo que había deseado, ya los dos seguros en algún sitio fantástico donde nadie los consiguiera jamás. Este era el beso que había soñado un millón de veces, aunque le barba era una nueva adición, pero le gustaba como se sentía. Así había recordado su cuerpo junto al de ella, su calor, imaginado sus manos otra vez y su voz que le decía justamente:
"Te amo."
(…)
Qué hora era, dónde estaban exactamente, qué harían a continuación o a dónde irían… era en lo que menos pensaba. En lo que más, era en el momento presente.
El aceite de la lámpara se había consumido casi por completo, dejando solamente una claridad anaranjada que dibujaba su rostro, que le permitía ver la herida de bala en el brazo muy cerca del hombro, que ya era más bien cicatriz.
"Recuerdas lo que te dije cuando te pedí que te casaras conmigo." No era pregunta; sabía que ella se acordaba: "Que los problemas del Zorro no te alcanzarían a ti. No fue así. Te fallé."
"Diego, el Zorro puede ser… un héroe extraordinario, puede hacer proezas, cosas increíbles. Pero es humano. Eres humano, como lo somos todos y a veces hay cosas que se salen de nuestro control aunque hagamos todo lo posible. No somos perfectos, hay demasiadas variables-"
"Sí pero no era esto lo que te prometí o lo que quisiera para ti, que te hayas arriesgado de esa manera… Sabes que estuve a punto de irme lejos yo solo-"
"…"
"-para que tú estuvieras bien, para no ponerte en peligro, pero sabía que no me lo perdonarías. En el fondo, sabía que podías con esto, que lo harías sin dudar. Claro que yo no me hubiera perdonado a mí mismo si te pasaba algo, así que… hubo que tomar una decisión."
"Y esa decisión nos trajo hasta aquí."
"Igualmente, cuando nos casamos yo te ofrecí otra cosa, no tener que huir o estar escondidos."
"Tú lo que tienes es mala memoria."
"¿Hm?"
"Eres tú el que no se acuerda de lo que prometimos: en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad. ¿No? ¿Te acuerdas?"
"Por supuesto que me acuerdo."
"Bueno. Yo no me casé con la casa, los vestidos o la comodidad, o con el viaje a España o con el dinero. Me casé contigo, y me casé sabiendo que eras el Zorro y que algo así podía pasar. Era improbable pero posible. Y voy a estar contigo en esto y… para todo. Porque te amo. A ti."
Diego la atrajo más hacia sí, si era posible, y la besó en la frente.
"Improbable pero posible… siempre lo supe aunque tal vez no lo hubiera querido aceptar. De todos modos, me alegra haberme preparado para lo peor."
"¿Cómo?"
"Hace tiempo enterré un dinero en el risco, por si algo así pasaba. Hay suficiente para que tengamos bastante margen de acción."
"¿Como cuál?"
"Tengo un amigo capitán de barco, es de absoluta confianza. Ya hablé con él y accedió a llevarnos a Francia. Sale en tres semanas."
¡Francia! En eso no había pensado. Le pareció que de pronto la tímida lucecita de la lámpara lo iluminaba todo de golpe y abría como una puerta a algo nuevo y desconocido que los recibiría a los dos. Él prosiguió:
"Allá no nos buscarán. Hablamos el idioma y además, sé que en el sur vive un amigo de la universidad. También confiaría en él con mi vida y sé que podríamos contar con él si fuera necesario. ¿Qué te parece?"
Como siempre, todo planeado. Una respuesta, una solución.
"Me parece bien."
"¿Sí?"
"Sí, hasta… me emociona un poco, siempre me pareció que sitios como Francia estaban tan lejos como en otro planeta, así que, irnos para allá… sí. Vamos."
"¿Así nada más? ¿Vamos?"
"¿Qué más necesitamos? Vamos."
"Pues nos vamos."
Había que compensar por todo ese tiempo sin besos. Así que, otro más, a la vez que la cubría mejor con la manta tejida por los indios de la comunidad. En la hora más oscura de la madrugada, siempre está más oscuro y más frío.
"¿Cómo está mi padre?"
"Está…" Mal. Triste. Obsesionado con el trabajo. "Le haces mucha falta. Hizo todo lo posible por buscar una salida, habló con el Gobernador, con todo el mundo, con los demás hacendados, pero nada. Ellos también… trataron de ayudarlo."
"¿Segura?"
"Al principio sí. Pero después se asustaron, creo. Tú padre se peleó con todos y los acusó de traidores."
"…"
"Y el Sargento García, no te había contado." Le relató de su encuentro en el cobertizo: "A él le dije traidor también, y me dejó ir, ya ves."
"Y créeme que lo veo. Josefina: fue él quien me dejó escapar."
"¿Qué?"
"Él mismo me abrió la puerta de la celda. Nunca olvidaré sus palabras: de aquí en adelante está solo, don Diego, pero lo que soy yo, no me voy a quedar a ver cómo lo cuelgan."
Tenía sentido. Y ella lo había tratado tan mal… Pero cómo iba a saber…
"Creo que el Zorro tiene más amigos que enemigos."
"Aunque los enemigos parezcan más poderosos. Pero algún día volverá."
"¿El Zorro? No. No puede volver si no se ha ido, si nunca se irá. Mientras la gente siga esperándolo y hablando de él, y estoy segura de que lo harán, el Zorro seguirá aquí."
"Mmm. ¿Se ha enamorado del Zorro acaso, señora?"
Sí tenía el cabello ligeramente más largo, con dos meses sin barbero. Lo notaba al recorrerlo con los dedos:
"¿Está celoso, don Diego?"
"Terriblemente."
(…)
Los días siguientes fueron un respiro, del cielo a la tierra, en comparación a los peores dos meses de su vida, recién finalizados. La población total era de unas cuarenta o cincuenta personas y todos parecían vivir una vida pacífica, sin prisas ni grandes temores, solo atentos en todo momento a mantener su aldea fuera del conocimiento del resto del mundo. En las mañanas, Diego se iba con los hombres a cazar o pescar y siempre llegaba con una buena presa, lo cual recibía la admiración de los demás. El resto del día los ayudaba en diferentes tareas, como fabricar lanzas o reparar alguna vivienda. Por su parte, a Josefina no le fue difícil acostumbrarse a cocinar a diario otra vez, aunque en esta oportunidad, fuera con instrumentos más rudimentarios. Las demás chicas le enseñaron a tejer, no que hiciera muchos progresos en este arte, si bien puso todo su empeño. Cuando comenzaba a oscurecer, todos se reunían alrededor de la fogata a comer, mientras alguien cantaba alguna canción quizá de la época en que las formaciones de roca gigantescas a su alrededor eran aún polvo de estrellas. Algunos bailaban y un perrito que, al igual que a ellos, los indios habían adoptado, aullaba y a veces venía a echarse acá cerca, para que Josefina le diera otra rascada en la panza.
"¿Qué crees que habrá dicho don Alejandro? Cuando se dieron cuenta de que no estaba."
Diego conocía bien a su padre: "Creo que se debe haber alegrado. Sabe que estamos juntos y que estamos bien."
"Sí, eso pensé."
Josefina sentía que la tienda era más su hogar de lo que lo fue la casa en el rancho. No porque tuviera nada contra ese sitio, pero le recordaba los días interminables de miedo y soledad. Aquí en la sencilla tienda de paredes que un fuerte viento podía tumbar, estaba el hogar.
(…)
Fue un sábado temprano en la mañana, Diego llevaba la cuenta de los días de la semana, cuando llegó el momento de recoger las cosas. Un par de fardos fue todo lo que llenaron. Él se instaló de nuevo su falsa cabellera y a ella las muchachas le habían fabricado una peluca de color casi rubio, sabe Dios usando pelo de qué animal y qué tinturas naturales. Estaba por ponérsela cuando el estómago se le dio vuelta.
Él se apresuró a sostenerla y a retirarle el cabello del camino del desayuno.
"¿Estás bien?"
"Ujum." Mantuvo lo ojos cerrados un rato, sin moverse, esperando que el cuerpo le volviera a la normalidad. "Sí, no sé, deben ser los nervios otra vez."
La vio lavarse, arreglarse, ponerse el cabello nuevo y terminar de recoger. No supo que se le hicieron notorias de pronto las líneas en la frente. Además de libros de historia, geografía, química, lengua, francés, filosofía y matemática, había leído unos cuantos tomos de medicina. De inmediato supo que eso no eran ningunos nervios. Se le mezclaron la alegría y el susto, porque el Zorro también siente miedo a veces, pero lo enfrenta y sigue adelante.
Todo el pueblo se reunió para despedirlos.
"No tengo cómo agradecerles todo lo que han hecho por nosotros." De hecho, y aunque sabía que podía ser tomado hasta como ofensa, había intentado ofrecer unas monedas de oro al jefe, para compensar por los gastos que hubieran podido ocasionar. Por supuesto, el anciano las rechazó.
"Ya lo ha hecho. El Zorro salvó nuestro pueblo una vez. Ahora nuestro pueblo salva al Zorro. Y a su familia."
A las mujeres no les daban clase de biología en esa época ni mucho menos. Josefina ni se percató del tono con que el indio pronunció familia. Pero Diego sí.
"Gracias. A todos."
Josefina les dio las gracias también. Pronto estuvieron los dos a lomos de Tornado y con los ojos vendados, siendo guiados hacia el mundo exterior.
(…)
Debieron dejar al fiel caballo negro con los indios, pues el corcel del Zorro, que cualquiera podía reconocer, no podía ser simplemente visto por ahí. Lo cambiaron por uno color café claro, que los llevó por el medio de la maleza y por zonas no transitadas, lo más cerca posible del puerto.
Esperaron a que se hiciera la medianoche en un sitio como una cueva al pie de un cerro.
Finalmente, escuchó la señal que había estado esperando. No es que fuera fácil confiar en alguien y menos aún confiar la seguridad de Josefina en alguien más. Pero no tenían opción, y además, su instinto rara vez… de hecho solo una vez le había fallado.
El capitán mismo se apareció en una carreta, los dos subieron y una hora después, estaban abordando.
"Sé que no es mucho, don Diego, ruego me perdone que sea solo una cama y tan estrecha pero-"
"No, está bien, no hay problema."
"Nadie nos vio llegar, ni siquiera los marinos, me aseguré de enviarlos al pueblo esta noche. Ustedes deben mantenerse aquí adentro y no salir en ningún momento a menos que yo mismo toque la puerta así:"
Tres, uno, tres, dos golpes.
"De acuerdo."
"Ahí tienen comida y agua para un mes, no es la más apetitosa, eso sí. Después de Cabo de Hornos, nos detendremos por provisiones y les pasaré más."
"Bien. Julián, no sé cómo agradecerte esto-"
"Tonterías. No sé si te acuerdas o si usted lo sabe, señora, pero el Zorro salvó la vida de mi esposa e hijos una vez, y la mía en otra ocasión. Y encima, don Alejandro evitó que mi empresa se fuera a la ruina hace unos años. Soy yo al que no va a alcanzarle la vida para pagarles. Esto es lo menos que puedo hacer."
Zarparían al amanecer. Por la claraboya, solo se veía negrura azul.
Diego se aseguró de que la puerta quedara bien cerrada, Josefina se sentó en la litera.
Se la pasó por la mente un flash de todo lo que podría salir mal: que al capitán se le hicieran más apetitosos los diez mil pesos de recompensa, que la gratitud; que algún marino o alguien los hubiese visto y los denunciara; que el barco se hundiera, lo atacaran piratas o peor, que lo revisara alguna aduana entrometida; que se les acabara la comida y no pudieran traerles más. Pero todo eso tuvo prácticamente que hacerlo bola como si fuera de papel, y lanzarlo por el ventanuco. Había que seguir confiando. No en el capitán o en la suerte, sino en Diego. Y sabía que podía hacerlo.
Vino a sentarse a su lado y tomó su mano. Estaban a oscuras.
"Nunca había estado en el mar."
"No es el viaje a España que te prometí pero-"
"Pero estamos los dos."
O los tres, pensó él. No quería preocuparla por eso hasta que ya no quedara duda.
Un beso. Para el camino.
El cansancio del día la hizo quedarse dormida. Diego la arropó, acomodó un par de mantas sobre el suelo y se tendió. El Oceana, anclado aún en la bahía, se mecía levemente sobre la espuma.
El domingo 3 de junio de 1821 a las 6:28 de la mañana, Josefina y Diego de la Vega partieron rumbo a Francia. El día estaría claro, el mar tranquilo y Los Ángeles y el rancho, atrás, a lo lejos.
FIN.
Nota: estoy llorandoooooooooo. Sabía que esto pasaría al llegar al capítulo final. OJO! Falta el epílogo. Algunas notitas:
- Me atormenta pensar en cosas como "¿la gente tenía baño en esta época?" Así que por el bien de mi mente, imaginemos que el camarote tenía un bañito.
- ¿Cómo estaba Francia en 1821? La verdad no me puse a averiguar. Sé que 32 años antes fue la Revolución Francesa, no sé si en 1821 estaría lo suficientemente bien para que la gente llegara allá, o estuviera en guerra o qué. Obviemos esto e imaginemos que sí se podía.
- Una confesión: cuando concebí esta historia, la idea era no que capturaran al Zorro, sino que lo mataran. Lo sé, es terrible. Mi idea era dejar a Josefina en la tristeza el resto de su vida. De hecho por eso titulé la historia "Inmortal", en realidad también haciendo referencia a lo que Guy le dijo a su novia argentina, que él era inmortal. Quería irme por ese lado, pero por ahí por el capítulo 5 o 6, supe que no podía hacerlo. No quería matarlo, por eso me inventé el resto del cuento.
- Se me ocurrieron algunas subtramas, como que metieran preso a Bernardo por cómplice. Pero sentí que no me aportaba mucho a la historia que quería contar.
- El bote de Guy se llamaba "Oceana". Siento que en parte es un abuso ponerle así a este barco, pero lo hago como homenaje.
- ¡Falta el epílogo!
