CAPÍTULO 18
Un ligero soplido llega a mi rostro, no puedo evitar sonreír. Abro los ojos y veo lo más bonito que he visto nunca: Sasuke.
—¡Buenos días, princesa! —Susurra con voz ronca. Permanezco contemplándolo durante algunos minutos y pienso que por la mañana es todavía más apuesto. Tiene el cabello despeinado y los mechones rebeldes le llegan hasta sus hermosos ojos azules.
—¡Buenos días a ti también! —Respondo con un hilo de voz, mientras mi mano acaricia su rostro. Cierra los ojos y se deja abrazar, mientras su mano se posa en mi vientre y lo acaricia. Quisiera besarlo con pasión. Como si me hubiera leído el pensamiento, se acerca y yo me aparto velozmente.
—¿Me estás rechazando? —Pregunta frunciendo el ceño. Es adorable, no puedo negarlo.
—Voy primero a lavarme los dientes. —Explico. Intento levantarme, pero sus manos me bloquean paralizándome donde estoy. Se posiciona encima de mí y acerca su rostro al mío.
—Tú no vas a ninguna parte. ¡Ahora bésame! —Ordena. Sus labios acarician los míos y soy consciente de que el beso es inevitable. Me besa y no puedo negarme porque lo deseo tanto como él.
—¡Ahora sí que son buenos días! —Comenta disfrutando de la situación mientras me acaricia el cabello. Posteriormente su expresión feliz se transforma en preocupación, no entiendo el motivo.
—¿Te duele algo? —Pregunta.
—El costado, pero es soportable. —Respondo restregando mi rostro en su pecho.
—Lo siento, he perdido el control. —Murmura apartándose a un lado. No, no quiero que se aleje. Me encojo junto a él apoyando la cabeza sobre su hombro…
—Vamos a desayunar, tienes que comer. Me ofrece la mano, no puedo evitar mirarlo, sería mejor decir: admirarlo. Me pregunto si está intento salir cuanto antes de la habitación.
—¡Si continúas mirándome así no saldrás de esta habitación en mucho tiempo!
—Avisa. La idea no me disgusta, pero tengo hambre. Me encojo de hombros encaminándome hacia el baño y muevo las caderas de manera provocadora. Juguemos sucio, solo para provocarlo un poco. Me detengo en el umbral de la puerta volviéndome hacia él y le sonrío.
—¿Te importaría pasarme tu camisa? —Digo con tono sensual. Se acerca con grandes zancadas con la camisa en la mano y cuando está a punto de dármela, aleja la mano. —Me gusta cuando mi pequeña provocadora quiere jugar, pero recuerda que el que siempre gana soy yo. Entro en el baño y me miro al espejo.
¡Dios mío! Estoy hecha un desastre. Mi cabello parece la crin de un león, por no hablar de las ojeras. Mientras observo mi figura, me fijo en el cuello. ¿Qué es ese signo violáceo? Me acerco un poco más mientras toqueteo con los dedos la piel y es entonces cuando lo comprendo todo. No me lo puedo creer, me ha marcado. Me pongo la camisa furiosa y salgo del baño.
—¡Tú! —Grito señalándolo con el dedo. ¡Me has dejado una marca que se ve a simple vista! —Despotrico desconcertada. Como respuesta frunce el ceño y después me da la espalda.
—Y tú has hecho esto, por lo tanto diría que estamos en paz. Miro su espalda incrédula. Tiene grandes arañazos y la única que ha podido ser soy yo. No ha sido el único que ha perdido el control y estos son los resultados.
—Perdona… —Digo avergonzada. Agacho la cabeza y jugueteo con el borde de la camisa. Me alcanza y rodea mi rostro con sus manos.
—Para serte sincero, no me arrepiento. Hace mucho que soñaba con hacerlo. —Admite satisfecho con un extraño brillo en los ojos.
—¡Eres un estúpido! —Grito golpeándolo en broma en el hombro.
—¿Cómo osas pegarme, niña? —Dice bromeando. Intentamos permanecer serios, pero rápidamente renunciamos y reímos a carcajadas. Después de habernos dado una ducha rápida y vestido elegantemente, salimos de nuestro nido de amor listos para volver a la realidad. A la vuelta de la esquina el espectáculo que se presenta es bastante insólito. Ivan e Liam están sentados en la mesa, pero esto es lo común. Sin embargo, parecen devastados, con resaca. Liam se sostiene la cabeza con la mano e Ivan se masajea las sienes.
—¡Buenos días! —Chillo contenta.
Nos acercamos a la mesa sorprendidos porque ninguno de los dos ha respondido. Nos hemos vuelto invisibles, no lo sabía.
—¿Dónde están los demás? —Pregunta Sasuke dirigiéndose a Ivan, el cual ni siquiera se gira. —Si no recuerdo mal, tampoco vosotros debíais volver… —Recuerda Sasuke mientras vierte el café. Tomo un vaso de zumo de naranja y me fijo en esos dos hombres que se encuentran en dicho estado lamentable. Están acabados.
—¿Hay algo que me queráis contar? —Continúa curioso. A esta pregunta, Liam se vuelve hacia nosotros parpadeando.
—¡Vosotros dos sois el problema! —Murmura señalándonos. Sasuke y yo nos miramos sorprendidos, sin entender a lo que se refieren. —Hemos vuelto a las dos de la madrugada y por vuestra culpa no hemos podido pegar ojo. Pensábamos que acabaría pronto, ¿y en cambio, a qué no lo adivináis? No hemos dormido y os hemos tenido que aguantar toda la noche. Me atraganto con el zumo y toso con los ojos fuera de las órbitas. No es posible, las habitaciones están insonorizadas.
—¡Habías dicho que no se escuchaba nada! —Le susurro apretando la mandíbula. Estoy muriéndome de la vergüenza y me sorprendo cuando él responde encogiéndose de hombros disfrutando de la situación. Desconcertada por su comportamiento no resisto a la tentación de golpearlo, a mano abierta, en la nuca.
—¡Ayyy! —Exclama frotándose el cuello, pero no para de reír.
—¡Tal vez he mentido! —Admite con la expresión de un cachorro abandonado. Parpadeo y me pregunto quién diantres es este hombre. ¿Dónde está el Alexander inmutable?
—Eres un imbécil. ¿Te das cuenta de que han escuchado todo? Se inclina hacia mí y responde con malicia. —Si gritas en ese modo tendré que insonorizarla de verdad…
—¡Sasuke! —Digo con seriedad colocándome una mecha de cabello detrás de la oreja. —Que sepas que no te saldrás con la tuya. Estoy intentando parecer intimidante, pero no parece preocupado; es más, parece divertirse. Continuamos el desayuno en silencio y mientras yo trato de ignorarlo, él intenta por todos los modos de conversar. Se ha justificado diciendo que pensaba que estábamos solos y se había olvidado de decirme la verdad. Poco importa ya, el daño ya está hecho.
—¿Estás enfadada conmigo? —Me pregunta mientras dibuja círculos sobre el dorso de mi mano. Me vuelvo hacia él con mirada penetrante.
—¿Tú qué crees? —Me he olvidado de avisarte, pero entiéndeme, he tenido mejores cosas que hacer que preocuparme del ruido… —Dice sin arrepentirse. Agarro el cuchillo clavándolo en una fresa para después llevármela a la boca sin apartar la mirada de la suya.
—¡Mentiroso! —Muerdo la fresa y luego paso la lengua por los labios, mmm qué rica.
—No exageres, pequeña. Acuérdate de lo que sucede cuando me enfadas — Amenaza.
—¡Qué miedo, perdóneme, jefe! —Respondo sarcástica mientras él se frota el cuello con impaciencia. Suspira, señal de que su paciencia se está acabando.
—¿Quieres discutir? —Pregunta desafiantemente. Querría, pero no ahora, estoy planeando hacer algo que lo hará enloquecer. En silencio sigo desayunando y él se relaja pensando que la tormenta ha amainado. Lo que no sabe es que la tormenta se ha transformado en un tsunami. Al final de la mañana he llamado a Sahara. Quería agradecerle el regalo que, entre otras cosas, tengo que dar todavía al señorito.
Aprovechando la ocasión, le he pedido que me ayude a llevar a cabo un proyecto que revolucionará mi noche. Había decidido modificar nuestra habitación. Los muebles se quedarán donde están, pero cambiaré algunos tejidos y añadiré algunos objetos muy bonitos. El señor Volkov no olvidará tan fácilmente esta noche.
—Tendré que informarlo… —Había dicho Sahara preocupada. Le he pedido si era posible evitar decirle exactamente lo que iba a comprar. La solución ha sido fantástica: diría a Sasuke que quería cambiar las cortinas y la cocha, y que ya que estaba, añadir algunos adornos. Ella no correría riesgos, le ocultaríamos mis verdaderas intenciones y yo le garantizaría un efecto sorpresa. He decidido transformar la habitación en un espacio digno de Barbie.
Todo será rosa, comenzando por las cortinas y la colcha. Después, he pedido un set de alfombras de pelo largo, color rosa salmón. La parte que más me gusta es la variedad de peluches de toda clase. Si no me equivoco, son unos treinta. Personalmente odio el rosa, pero no he resistido a la tentación de verlo fuera de control.
—¡Eres diabólica! —Había comentado la mujer disfrutando de la situación. Cuando me pongo, lo soy, y no sabes cuánto. Sin embargo, él esto no lo tiene muy claro. Si quiero, puedo volver su vida un infierno. Le he preguntado
cuándo me mandaría todo y me ha respondido que al día siguiente cada cosa estaría en su sitio. Satisfecha le había saludado agradeciéndole una vez más su ayuda. Es una mujer, me comprende y es consciente de que se enfadará.
Ya imagino su expresión cuando vea la habitación. Será divertido y yo estoy deseando disfrutar del espectáculo.
