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Capítulo 15
Cuando ambos cruzaron la puerta del salón, veinticinco pares de ojos se posaron sobre ellos con incredulidad. Candy tropezó con la espalda de Albert cuando éste se paró en seco poco antes de llegar al centro de la sala. Sacó la cabeza por el lado derecho de él para contemplar por sí misma qué lo había detenido. El amplio salón estaba dividido entre la gente de Albert y hombres que no había visto nunca. Una voz melodiosa en castellano le hizo arrugar el ceño confundida; dirigió sus ojos hacia ella, y observó con precaución a la persona que le hablaba con tanta dulzura. La mujer rondaría los cincuenta años, y por su forma de mirarla supo que era alguien acostumbrado a las situaciones más imprevistas.
—Ven, paloma mía... dejad que os contemple.
Ella salió de su escondite y vio que el hombre que estaba al lado de la mujer echaba mano a su espada.
—Un atuendo inapropiado para una mujer de vuestra alcurnia.
Candy bajó los ojos a su ropa tras el inesperado comentario.
—He perdido la mía en el río mientras me bañaba —calló para tomar resuello—. Afortunadamente, el laird Ardley ha podido conseguirme estas y así ahorrarme la vergüenza de presentarme de forma indecente en el castillo.
El hombre que sujetaba la guarda de su espada para empuñarla, la soltó. Candy supo que sus palabras habían sido las apropiadas.
La mujer, de aspecto noble, se fue acercando hasta que la tuvo a menos de un paso.
—¡Sois aún más hermosa que vuestra madre! —Candy había deducido que se encontraba ante Paulina, la aya de su madre Blanca. Inspiró profundamente por el sentimiento de pérdida que la embargó, y entonces, las semanas de soledad y el destierro obligado le hicieron sentir una congoja que se transformó en llanto. Se abrazó a la mujer con una necesidad imperiosa de afecto maternal. Afecto femenino que resultaba desconocido para ella. Paulina tomó el mando de la situación.
—Espero que nos disculpen. Mi señora y yo nos retiramos un momento.
Las dos mujeres salieron de la sala de forma abrupta dejando a los hombres con la mirada cautelosa.
—¿Está sana y salva en todos los sentidos?
Albert miró un instante a Garlan McGoshawk.
—¿Qué hacéis en mis tierras? —la pregunta gélida lo tomó por sorpresa.
—McGoshawk ha estado conmigo en Edimburgo.
Albert sintió un escalofrío ante la voz profunda de Guillermo. Acababa de entrar en la sala por la puerta del patio.
—¿Dónde está...? —no terminó de formular la pregunta.
—La señora Monzón se la ha llevado a sus aposentos, imagino que deseará vestirla como corresponde antes de presentarla a su padre.
La respuesta de Garlan lo aquietó.
—¿No vas a ofrecer un poco de cerveza a tu rey?
Con la cabeza, Albert le indicó a su hermano Anthony, que se había mantenido en silencio, para que sirviera la cerveza más fría que tuviesen.
—¡Tus tierras no parecen las mismas! —Guillermo estaba sorprendido.
—Es la mano de lady Gracia —fue su escueta respuesta.
—Lady McWhite.
Albert se puso rígido ante la corrección de Guillermo.
—Ante todo, es una heredera. Castilla vendrá a reclamarla.
A Guillermo no le pasó desapercibido el tono imperioso de él.
—Cuida tus palabras, muchacho, pues ellas me pueden inducir a un error fatal para ti.
Albert miró por un momento el adusto rostro de Guillermo tratando de encontrar alguna similitud con Candy, pero no la encontró.
—Tengo grandes planes para ella.
Albert endureció su mirada al comprender.
—Castilla no se conformará y su padre —Albert rectificó sus palabras—, el hombre que ella cree su padre, debe vasallaje al rey Alfonso de León. Su abuelo es amigo del rey de Castilla, un detalle que debéis tener en cuenta.
—Fue toda una sorpresa que una de las más importantes herederas castellanas se hiciese pasar por furcia, mi furcia, y así, obsequiarme una valiosa moneda de cambio.
—Es su hija, mi señor.
—Es una bastarda, pero con un alto valor político del que pienso sacar el máximo provecho.
Albert miró enigmáticamente a Guillermo.
—¿Por qué la quiere muerta el príncipe Juan?
Guillermo terminó por sentarse y beber la cerveza que habían dejado en su vaso antes de responderle a Albert.
—Porque sabe que tengo intención de ofrecérsela a Felipe de Francia.
El jadeo consternado de Albert le hizo levantar el ceño a Guillermo. Albert sabía de la lucha que existía entre Ricardo Corazón de León y Felipe de Francia.
—El rey normando ya está casado —alegó de forma incisiva y con el tono excesivamente seco.
—Su esposa Isambur está recluida en el monasterio de Saint-Maur-des-Fossés. De todos es sabido que pretende hacer anular el matrimonio alegando consanguinidad —Guillermo continuó—. Tiene su mirada puesta en Inés de Merán. Yo pretendo cambiar eso. Escocia necesita vínculos poderosos.
La entrada de las dos mujeres hizo que el silencio de la sala pareciese más denso.
Candy se había cambiado de ropa. Paulina había tenido la precaución de traerle vestidos majestuosos, ropas que habían pertenecido a su madre y que le quedaban a ella como un guante. Albert jamás podía haberse imaginado el aspecto que tendría ella ataviada como una verdadera dama. La había visto vestida de hombre con cota de malla, y los vestidos de la hija de Morgana no le hacían justicia.
Soltó el aliento poco a poco. Ninguno de los presentes que la observaban dudó de la influencia musulmana en el rico tejido que llevaba. Desde la camisola de seda en color marfil hasta la toca de encaje toledano, pasando por la túnica de color verde y el cinturón de brocado en color oro; tanta suntuosidad mostraba de forma clara e inequívoca que era un miembro de la nobleza más pura, del linaje más antiguo e influyente.
—Permitidme que os vea.
Candy se giró hacia la voz que le hablaba con decisión y fuerza. El corpulento hombre de mediana edad, había escapado a su escrutinio al entrar en la sala. Ella no se movió, se quedó quieta midiendo con sus ojos al insolente señor que la miraba a su vez como evaluándola. Candy le mostró una altivez propia de la realeza y de la que no era consciente.
—¡Digna hija de tu padre! —la exclamación la molestó sobremanera—. Doy gracias a Dios de que hayas sacado la belleza de tu madre y no la mía, aunque no la recuerdo tan hermosa.
Candy no se lo tomó como una ofensa, todavía.
—Mi padre sigue siendo un hombre gallardo y sumamente apuesto —ninguno de los allí presentes dudó que se refería al padre normando.»
—Me han llamado muchas cosas, pero gallardo y atractivo, jamás.
Candy entrecerró los ojos por las palabras; creía haber entendido mal. Él interpretó su mirada a la perfección.
—¡Soy tu padre!
Durante un instante, el silencio se apoderó de todos, la sala se mantuvo quieta de cualquier movimiento durante unos segundos y Candy sintió una sacudida violenta sin comprender a qué venía esa exclamación.
—El humor escocés resulta todavía incomprensible para mí.
Si Guillermo se ofendió, no dio muestras de ello.
—¡Dejadnos solos! —la atronadora voz no admitía discusión alguna.
Candy buscó por la sala a Albert y no lo vio. El escocés se había marchado a sus aposentos para vestirse de forma apropiada, pero debió hacerlo muy rápido porque nadie se percató de que se había marchado salvo Candy. Albert avanzó por la sala hasta colocarse a un paso de ella, Candy le ofreció su sonrisa más encantadora. Solamente estaban presentes los miembros del consejo, la familia de Albert al completo y varios hombres de Guillermo.
—Siéntate, pequeña —ella se mantuvo tercamente en pie—. Conocí a tu madre la vez que acompañe a Ricardo Plantagenet a unos torneos en Castilla. Durante los juegos a los que asistí en Burgos —hizo una pausa—, una mujer se introdujo en mi tienda por la noche. Es de sobra conocido que las fur... —Guillermo rectificó— que, algunas mujeres de clase humilde, buscan durante los juegos a caballeros para amenizarles la estancia y ganarse unas monedas con sus favores — Candy se sentó, absolutamente convencida de que se iba a disgustar enormemente.
»Tu madre acudió a mi tienda al caer la noche y yo la tomé por una ramera.
Candy contuvo un jadeo de horror. Nada la había preparado para esas crudas palabras. Desvió sus ojos como buscando el apoyo de Albert, pero éste no la miraba.
—Estaba demasiado borracho para percatarme de que no era una mujer cualquiera, sino la heredera más perseguida de Castilla—Guillermo se quedó un momento en silencio, como recordando—. Nunca imaginé las intenciones que tenía ella para acostarse conmigo salvo las de siempre, oro —Guillermo volvió sus ojos hacia Paulina inquisitivo para que continuase, Paulina lo complació.
—Mi niña Blanca perseguía romper un compromiso con don Louis Martel. Sabía que el caballero rompería el acuerdo si ella se entregaba por propia voluntad a otro hombre.
Candy estaba cada vez más confusa, Guillermo continuó.
—El elegido fui yo para sorpresa mía, pues era de sobra conocido la belleza de la dama y el número de caballeros que aspiraban a su mano. Su elección me hizo un hombre muy feliz, al menos por una noche.
Candy lo taladró violentamente y comenzó a negar con su cabeza. No podía articular palabra. Las palabras de Guillermo la habían vapuleado emocionalmente y un resquemor subió por su garganta hasta el punto de ahogarla.
—Hace unas semanas recibí una carta escrita de puño y letra de Blanca. Ahora sé que está muerta, anunciándome que soy tu padre. Ignoro quién me la envió y los motivos ocultos que guarda, pero Paulina me ha ayudado a descubrir la verdad. Se puso en contacto conmigo cuando supo que pensaba reclamarte —Candy hizo varias inspiraciones para serenarse.
—Eso no puede ser cierto, mi padre Robert...
Paulina no la dejó continuar.
—Aun no comprendo los motivos que podía tener el hijo de don Louis para mentir —las palabras dichas en un susurro por Paulina le arrancó un gemido de impotencia.
La mente de Candy pensaba a toda velocidad. Le resultaba imposible que su madre hubiese actuado tan inconscientemente; es más, le resultaba terriblemente doloroso pensar en la posibilidad de que fuese cierto. Era una situación inverosímil.
—Todo esto puede ser una mera especulación —Guillermo la miró sin comprender, ella se levantó y se le encaró de frente—. ¿Por qué mi madre os elegiría a vos entre todos los asistentes a los juegos?
Paulina fue la que le contestó:
—Porque era escocés, paloma mía, y Escocia convenía a los planes de tu madre.
Candy lo escudriñó con el escepticismo dibujado en el rostro.
—¿Una sola noche? ¿Una sola vez? ¡Cuánta presunción, señor! —el tono sarcástico lo entendieron todos los presentes. Volvió sus ojos hacia Paulina y le increpó—. Mi padre me ha contado muchas veces lo profundamente enamorado que ha estado siempre de mi madre. ¡Parece mentira que os prestéis a una ardid semejante!
La crítica no le hizo mella a Paulina, que siguió con su explicación.
—Vuestra madre se quedó embarazada esa noche, pequeña, lo sé. Estuve con ella hasta después del alumbramiento. Se casó con Robert, sí, pero él no es vuestro padre.
Las palabras la golpearon. Candy se negaba a creer semejante tontería.
—Mi padre no me mentiría jamás, y estáis sobrevalorando la fertilidad de este señor... ¡como se llame!
Guillermo soltó una estruendosa carcajada que la pilló completamente desprevenida.
—Si quedaba alguna duda sobre tu origen, ha quedado manifiesta con ese estallido de mal genio. Solamente un escocés puede hablar con tanta autoridad sin parecer un necio.
Candy sintió que la sangre le hervía en las venas, y toda la prudencia enseñada por su abuelo durante años se escurrió por sus zapatos en segundos.
—No hay un hombre en toda la Cristiandad con el orgullo y la voluntad del rey Alfonso de Castilla, y puedo aseguraros que sus venas no contienen ni una sola gota de sangre salvaje. Así que, ¡no me insultéis con vuestras deducciones!
—Pero es un hecho que soy tu padre y me debes obediencia.
Candy creía que se iba a desmayar. Ese hombre debía de estar loco.
—Soy Candice Marie Gracia de Martel, futura condesa de Verdial, y no quiero hablar más sobre este asunto hasta que mi padre pueda defenderse de vuestra calumnia.
—Vendrás conmigo a Edimburgo. Tengo grandes planes para ti.
Candy asió con violencia la cola de su vestido y se volvió.
—¡No abandonaré Waterfallcastle!
—¡Oh...! Sí que lo harás.
Candy volvió sus ojos al hombre que se mantenía de pie en el hogar con una mirada divertida. ¿Se reía de ella? ¿Cómo se atrevía? ¡Malditos salvajes arrogantes!
—¿Y quién osa contradecir mis palabras? —preguntó con la voz afilada.
—Garlan McGoshawk.
Candy dilató las pupilas al comprender que era el enemigo de Albert, el hermano de Karen.
—¡Qué asco más inesperado! —Garlan la miró con sorpresa por su respuesta—. Debería deciros que sois bienvenido en Waterfallcastle, pero los enemigos de Albert no son mis amigos precisamente.
Guillermo taladró con su mirada a Albert y le hizo una pregunta con los ojos. Albert se mantuvo impávido.
Si hablaba estaría más cerca del desastre.
—Y ahora, si me disculpáis, iré a supervisar la cena. Trataré de controlar el deseo de poner cicuta en represalia a tanta estupidez—dejó la sala y se dirigió a la cocina. Deseaba escapar de ese ambiente enrarecido.
—Si Felipe no la quiere, ¡démela a mí! —Albert avanzó un paso de forma peligrosa hacia Garlan. Había crispado los puños a sus costados—. Si Felipe es tan estúpido para rechazar un regalo así, los herederos de Sitric no lo harán.
Albert sintió una punzada dolorosa al comprender que Guillermo pensaba ofrecerla en una subasta, o bien a los franceses o bien a los irlandeses.
—Se comporta como si fuese la señora de tu castillo.
La crítica de Guillermo lo puso alerta. Era conocida por todos su sagacidad, y Albert decidió mostrarse prudente.
—Intentad contrariarla.
Paulina ahogó una sonrisa; seguía medio oculta en la sala sin que los hombres le prestasen atención.
—Me parece inconcebible que una castellana haya sido aceptada de forma tan complaciente por tu clan.
Albert mostró una seriedad mortal.
—Al principio, mostraban su desagrado de todas las formas posibles —Guillermo alzó una ceja en actitud interrogante—, pero se los fue ganando con su interés, simpatía y arduo trabajo. No he contemplado nunca a una mujer a quien la ociosidad afectase tanto —Albert siguió con su proclama—. Don Juan Gracia me dio una bolsa de oro para ella, oro que ha gastado entre mi gente. Reparando las casas de la aldea, comprando ganado y adecentando mi castillo —la ávida defensa que hizo Albert de Candy hizo entrecerrar los ojos a Guillermo.
—Parece que en tu casa ha sido aceptada por tu familia con demasiada celeridad.
Albert suspiró, pues sabía la verdad de esa afirmación.
—Irena está encantada de no ocuparse de los menesteres domésticos. Anthony ha terminado probando la mordacidad de su lengua y la actuación de su temperamento. El lecho limpio de insertos y la comida sabrosa callan la lengua del más renuente.
Guillermo esbozó una sonrisa ante la imagen que Albert hacía de Candy. Casi la veía como una guerrera en plena batalla.
—Cuando mis hombres y yo llegamos a Verdial vestía de hombre con cota de malla, estaba defendiendo su castillo junto a su abuelo el conde. Consiguió herir a uno de mis hombres antes de poder sujetarla. Don Juan había caído herido por la espada de sir Roger. El deseo de venganza resulta un arma poderosa, he sido testigo de ello.
—¿Sigue vivo don Juan?
Albert asintió con la cabeza.
—Hubiese sido mejor que muriese.
Guillermo suspiró antes de pronunciar las palabras.
—Ha llegado hasta mis oídos que ha dormido en tu alcoba.
Albert tragó saliva forzosamente. No sabía cómo tomarse ese escrutinio de su rey; le correspondió con la verdad.
—Intentó amotinar a mis hombres y me amenazó con seducirlos a todos. No me quedó más opción que atarla contra mi lecho para sujetar su impulsividad.
Garlan soltó una estruendosa carcajada. Sí que era digna hija de su padre.
—No tema, Guillermo, es conocido por todos la impotencia de Albert. El honor de la dama sigue incuestionable.
El aludido apretó los dientes y le replicó agriamente:
—Ya se encargó tu pérfida hermana de ello.
La amargura en la voz de Albert hizo alzar las cejas a Guillermo.
—Esa disputa hace tiempo que se solventó —Guillermo miró a todos los integrantes de la sala—. He sido plenamente consciente de que el laird Ardley era el único hombre de confianza para traer a mi hija intacta. Ahora tenemos un asunto que resolver.
Garlan aceptó la crítica sin molestarse.
—Casadla con un escocés —Guillermo miró fijamente a Albert con un interrogante en sus pupilas negras, Albert se explicó—. Una alianza con Castilla sería altamente beneficiosa. Inglaterra tendría que ser prudente con nuestro pueblo para no despertar la ira del gigante. Lady Gracia... —siguió Albert.
—Lady McWhite—corrigió Guillermo con voz marcial.
—Es la única heredera del conde de Verdial. No podrá casarla sin su consentimiento.
Guillermo se mesó la barba pensativo ante la aseveración de Albert.
—Antes de nieta es hija y las hijas deben obediencia a su padre—fue el cáustico comentario de Guillermo.
—Pero ella cree que su padre es otro —refutó Albert—. No podemos iniciar una guerra con Castilla —calló un momento viendo la gélida mirada de Guillermo; arriesgaba su cuello pues su carácter resultaba imprevisible—. No me cabe la menor duda de que los cuatro reyes hispanos aunarán esfuerzos para recuperarla.
—Las relaciones entre los reyes es bastante delicada. Es conocido por todos la alianza de Aragón, Navarra y León contra Castilla. Enemistad que favorece a mis planes.
—Pero el rey de León disfruta de la paz con Castilla aunque haya tenido que jurar vasallaje —Guillermo se mantuvo pensativo. Albert continuó—. Ambos reinos están comprometidos durante diez años a no atacarse mutuamente, firmaron el Tratado de Tordehumos esta primavera.
Guillermo ignoraba esto último, pero exclamó:
—¡Inglaterra nos apoyará! La muchacha es hija de un escocés.
Guillermo estaba convencido de sus palabras y Albert sabía que tenía que continuar sembrando la duda.
—Alfonso de Castilla es cuñado de Ricardo, ¿por quién creéis que se inclinará su lealtad?
Guillermo escuchaba atentamente los comentarios de Albert.
—Si consigo casarla con Felipe de Francia, tendríamos un poderoso aliado.
—Pero Castilla, León, Navarra y Aragón aunarían esfuerzos. Sería lo que Ricardo espera. Inglaterra las secundaría. Francia no provocaría a semejante titán —Albert calló un momento.
—¿Y sugieres...?
Albert se removió inquieto.
—Si la casáis con un escocés aplacaréis la sed de venganza de don Juan y tendremos a Castilla de aliada —Guillermo lo miró dudoso pero interesado—. El conde de Verdial me la confió creyendo que iba en su ayuda, de eso hace más de tres meses. Si nos mostramos astutos podremos convencerlo de que el honor de la dama ha sido arruinado; si ella acepta los esponsales, tendremos el consentimiento del conde y de Castilla.
—Debo meditarlo profundamente, no parece del todo descabellado... ¿qué escocés sería aceptado por ella? —preguntó Guillermo dubitativo.
—A mí —Albert miró con desdén a Garlan tras esa afirmación inoportuna—. Soy el laird más rico de Escocia.
Albert sujetó su ira ante la bufonada de Garlan. Si Candy posaba sus ojos en él...
—Deberíais preguntárselo a la dama.
Albert había sembrado la idea en la mente de Guillermo, sabía que caminaba sobre un precipicio que se desmoronaría al menor contratiempo, pero no podía permitir que entregase a Candy al rey normando o a los herederos de Sitric. No podría vivir con el remordimiento de haberla arrancado de su tierra para que la vendiesen al mejor postor. Él había tomado una decisión con respecto a ella y pensaba dar los pasos necesarios hasta lograr su objetivo.
CONTINUARA
