Capítulo 17

—Ya casi hemos llegado —la reconfortó Albert, haciendo una mueca al ver que Candy vomitaba lo poco que tenía en su estómago en el balde que él había colocado en el suelo para ese fin. Estaba sentado en el borde de la cama, en la cabina del capitán de su mejor barco, tenía una mano en la espalda de su esposa y con la otra le sujetaba con firmeza la frente mientras ella se inclinaba sobre el cubo. Impaciente al ver que quería vomitar de nuevo, le frotó la espalda y meneó la cabeza.

—Fuiste tú quien insistió en que viajáramos a Forswhite

Un murmullo distorsionado que sonó como una imprecación fue su respuesta antes de volver a sentir las arcadas. Alguien llamó a la puerta.

—¡Entra!

Stear dio un paso adelante.

—George dice que anclaremos en unos minuto y se sobresaltó al ver a Candy en esas condiciones.

—Gracias a Dios —respiró Albert con alivio.

Stear vaciló con aprensión y arqueó las cejas al oír los fuertes sonidos que hacía Candy al vomitar. No había dejado de hacerlo desde que habían zarpado de la isla. Nunca había visto un caso tan penoso de mareos en toda su vida. Lo peor era que el mar no estaba tan agitado. Parecía, sin embargo, que su bella y valiente ama no podía resistir el leve movimiento.

—¿Estará bien? —preguntó finalmente.

—Sí, cuando desembarquemos.

Ahora fue Albert quien meneó la cabeza.

Stear miró a su señora y palideció al ver que las arcadas de Candy se hacían más violentas.

—Bueno, iré a... avisaré a los... hombres de que ella sobrevivirá al viaje, después de todo.

Abrió la puerta de un tirón y se apresuró a salir.

Candy emitió un gemido y se recostó, fatigada, contra su esposo. Parecía que continuamente le daba a su gente la imagen de mujer débil y tonta. No podía culparlos por preocuparse de si sobreviviría esta vez, pero se sentía a las puertas de la muerte.

Nunca se había sentido tan enferma en toda su vida. Todo aquello era demasiado humillante.

—Debiste haberme dicho que no podías navegar.

Si hubiera tenido fuerzas suficientes, Candy habría reaccionado molesta y habría preguntado sin mucha dulzura cómo diablos podía haberlo hecho cuando no lo sabía. Ése era el primer viaje que hacía a bordo de un barco. Y el último.

Considerando lo amable y atento que había sido Albert durante ese viaje de pesadilla, Candy procuró contener su irritación por lo que consideraba una necedad masculina. Albert no había permitido que ninguna mujer realizara este viaje, aduciendo que el barco perdería velocidad, y por eso tuvo que hacer de enfermera cuando ella enfermó.

Y había demostrado ser muy competente en esa tarea. Había permanecido todo el tiempo a su lado, ocupándose de las tareas más triviales, atendiéndola sin una sola queja, y todo para mitigar la humillación de aquella difícil experiencia.

—¿Te sientes un poco mejor?

Candy suspiró y asintió. Sin embargo, pensaba que sólo se sentiría mejor cuando estuviera en tierra firme. En realidad, era un buen hombre, pensó ella fatigada mientras él le movía la cabeza hasta asentarla en su regazo y le apartaba suavemente el cabello del rostro mientras ella se quedaba dormida, exhausta.

Albert acababa de advertir que su esposa se había quedado dormida cuando llamaron la puerta por segunda vez. La acomodó con suavidad en la cama, se levantó y fue a abrir. Cuando vio que era Stear, salió para hablar con él fuera.

—¿Hemos anclado?

—Sí. ¿Desembarco y alquilo habitaciones para pasar la noche?

—No. Ve por caballos —contestó Albert, abriendo su faltriquera para buscar las monedas necesarias—. Compra caballos. Los mejores que encuentres.

Stear recibió las monedas pero vaciló, moviendo los pies con nerviosismo antes de decir:

—Lady Candy ha estado muy enferma, mi señor. No crees que sería mejor...

—¿Tan pronto te has olvidado de MacGregor?

—Sí—suspiró Stear.

—Que sean ocho caballos.

—¿Sólo ocho? —preguntó Stear vacilante.

—Sí. Somos ocho: Candy, Tom, Archie, Jimmy, Grorge, lord Shropshire, tú y yo. El resto de los hombres pueden esperar aquí.

—¿Y mis hombres? —preguntó lord Shropshire, que se aproximaba por el corredor.

Albert lo miró y la irritación se reflejó por un momento en su rostro.

—Pueden seguirnos. Usted también puede hacerlo si no quiere dejarlos —añadió cuando Shropshire abrió la boca como si fuera a protestar.

Una mueca irónica se dibujó en el rostro del inglés, pero se encogió de hombros.

—Simplemente pensaba que mientras más hombres llevemos con nosotros, más segura estará lady Candy.

—No. Mientras más rápido viajemos, más segura estará. Se viaja más rápido en grupos pequeños.

—¿Cómo puede esperar que Candy viaje rápido cuando ha estado tan enferma? Ella...

—Cabalgará conmigo. Eso nos retrasará un poco, pero no mucho si cambio los caballos con frecuencia. —Miró a Stear—. Haz lo que te he dicho. Consigue los mejores caballos que puedas encontrar. Deben ser fuertes y ligeros. Y compra pan y queso, y algo de fruta si puedes conseguirla. No nos detendremos a comer, así que debemos hacerlo mientras viajamos.

Stear asintió y se dirigió deprisa a las escaleras para subir a cubierta. Albert se dirigió a la cabina y se detuvo cuando Shropshire le puso una mano en el brazo.

—Si en realidad teme por su seguridad, ¿por qué no me deja ver su espalda? Así, ella no tendrá necesidad de hacer este viaje. Yo llevaré la noticia a Forswhite.

—Y lo más probable es que lo asesinen antes de llegar allí.

Shropshire se mostró sorprendido ante el comentario.

—¿Cree que me matarían?

En lugar de contestar, Albert preguntó:

—¿No le parece extraña la coordinación en el intento de MacGregor de recuperar a Candy?

Al ver que el otro hombre lo miraba sin entender, Albert respiró profundo y señaló:

—No vino a buscarla cuando yo la rapté; ha esperado mucho tiempo... ¿Por qué se presenta precisamente ahora?

—Tal vez sólo necesitaba tiempo para preparar un plan, él...

—No. Si así fuera, habría estado merodeando, pero acababa de llegar. Le dijo a Candy que él y sus hombres habían cabalgado toda la noche.

—No veo... —comenzó a decir Shropshire con incredulidad.

—Tom me contó que uno de sus hombres mencionó que usted había hecho un viaje extenuante, que había cabalgado mucho durante la noche y descansado poco, ¿no es así? Dijo que usted se había ahorrado casi un día de viaje.

—En efecto, quería acabar con esto cuanto antes. Tengo cosas que atender y... — hizo una pausa repentina—. ¿Cree que MacGregor cabalgó toda la noche para llegar a Dunbar antes que yo y que quería secuestrar a Candy antes de que ella pudiera hablar conmigo?

Parecía sorprendido y a la vez fascinado por la idea.

—Es una posibilidad.

Shropshire guardó silencio por un instante y luego suspiró.

—Es fascinante escuchar eso, lord Ardley, y de veras quiero creer que Candy es inocente de todo esto, pero no entiendo por qué no me deja usted ver la herida de su espalda. Así yo podría llevar la verdad a Forswhite y ella no estaría en peligro.

Albert se encogió de hombros.

—Sí, pero, de todos modos, Candy no descansará tranquila hasta ver personalmente a su hermano. Así que, ¿para qué molestarse?—preguntó con una sonrisa maliciosa. Se dio la vuelta y entró en la cabina, cerrando la puerta firmemente en la cara del inglés.

Fue el golpeteo en su cabeza lo que despertó a Candy. Abrió los ojos y, al ver meciéndose las copas de los árboles sobre ella, tuvo una singular sensación de deja vu. Por un momento tuvo el insensato temor de que las últimas semanas hubieran sido sólo un sueño, de haber soñado esos días y noches en una isla escocesa en los brazos de un hombre de cabellos dorados. La melancolía comenzaba a envolverla como un velo cuando un mechón de cabello rubio que le era familiar rozó su mejilla y vio el rostro de Albert.

—Estás despierta.

Esa voz gutural fue tan dulce a los oídos de Candy como el canto de los pájaros. Una sonrisa se dibujó en su rostro y se sentó precipitadamente al darse cuenta de que no estaba tendida en una carreta sino en el regazo de su esposo, quien la rodeaba y sostenía firmemente entre sus brazos.

—¿Dónde estamos?

Albert frunció el ceño levemente al oír su voz ronca.

—En Inglaterra.

—No estamos en el barco —comentó sorprendida al mirar alrededor y ver que iban a caballo.

—Sí y suficientemente seguros, mi señora. Llevamos dos días y una noche viajando, tú has estado durmiendo todo ese tiempo.

Candy miró un poco avergonzada. Observó a Stear y recordó lo que hizo la última vez que la vio.

Stear sonrió comprensivo al entender su malestar y adivinar la causa.

—Tienes rosas en las mejillas, mi señora. Podrías olvidarte de lo que pasó en el barco... Creo que yo lo haría.

Candy sonrió lentamente, asintió, y luego se volvió a mirar a su esposo, pues Stear permaneció atrás para que estuvieran a solas.

—¿De verdad he dormido tanto?

—Sí.

Albert la acomodó y extendió la mano para coger una bolsa que colgaba del lado de la silla. Sacó un mendrugo de pan crujiente y se lo ofreció.

—Come. Has permanecido mucho tiempo sin comer.

Candy recibió el pan con desgana. No tenía muchos deseos de comer, pues el recuerdo del mareo aún estaba fresco en su memoria. Pero en cuanto mordió el primer bocado, el sabor de la levadura le inundó la boca, sus papilas gustativas despertaron y no tardó en coger un segundo trozo y luego otro. Estaba tan hambrienta que no se dio cuenta de que también tenía sed hasta que Albert le pasó una botella de vino.

Candy le dio las gracias y aceptó la botella, de la que bebió con avidez. Luego le devolvió la botella sin decir nada y siguió dedicada por entero a terminar el pan. Comprendió cuan desagradables eran sus modales cuando sintió el pecho de su esposo contra su cuerpo y notó que sonreía. «Las damas no engullen los alimentos como un campesino sin modales», podía escuchar la voz de Paulina en su mente y se sonrojó intensamente.

La vergüenza asomó a su rostro y se esforzó por comer más despacio y terminar con decoro el pan.

Albert negó con la cabeza y sacó un pedazo de queso y una manzana de la bolsa. Candy se las arregló para tomar el pan y la fruta, pero estaba muy llena para ocuparse del queso. Lamentó devolvérselo a Albert, pues realmente tenía un aspecto delicioso.

Aunque se sentía mucho mejor después de haber comido, no quería que la comida le sentara mal. Sólo faltaba que cayera enferma otra vez.

Albert sonrió al observar su expresión satisfecha.

—¿Te sientes mejor?

—Sí. —Candy le sonrió con dulzura, suspiró y dijo disculpándose—: Siento haberte sometido a tantas pruebas.

—No han sido pruebas.

—Nada de eso —le contradijo—. Primero has tenido que hacer de enfermera en el barco y luego has tenido que llevarme todo el camino. ¿Y dices que no ha sido ninguna prueba?

—Sí, bueno, quizá lo haya sido —murmuró pensativo y Candy sintió que se le caía el alma a los pies. Albert prosiguió—. Sí. En realidad ha sido una prueba. Especialmente, tener que llevarte en este caballo. Sosteniéndote cerca de mí, tu cuerpo apretado contra el mío, frotándose contra el mío con cada movimiento del caballo.

—Me siento muy apenada, mi señor —murmuró sintiendo que un apetito muy distinto se apoderaba de ella ante la emotividad que reflejaban sus palabras.

—Sí, y efectivamente debes estarlo, después de haberme abandonado tanto tiempo.

—¿Abandonado?

Candy quedó estupefacta sin dar crédito a sus palabras, pues Albert no podía quejarse de las atenciones que ella le había dedicado antes del viaje. No era una experta, pero estaba segura de que entregarse a él hasta tres veces en una noche era bastante pecaminoso. Los excesos nunca eran buenos.

—Sí, ¿acaso no he estado solo y necesitado todo este tiempo entre tu enfermedad y tu largo sueño?

—Ah, por supuesto —exclamó ella irónicamente—. Supongo que últimamente, mi negligencia en ese sentido raya en la vergüenza.

—Es bueno que lo admitas.

Candy arqueó una ceja al oírlo y se sentó erguida.

—Haré algo mejor que eso, mi señor. Resolveré el problema—prometió con suavidad, y una mirada maliciosa cruzó su rostro mientras echaba un vistazo para asegurarse de que ninguno de los hombres que cabalgaban con ellos estuviera cerca para ver lo que se disponía a hacer.

Satisfecha de estar a salvo de las miradas curiosas, Candy se volvió hacia su esposo y se mordió el labio mientras pensaba cómo llevar a cabo lo que se le había ocurrido. Planeaba provocarlo un poco, pero el pudor la hizo detenerse un momento. Enseguida lo venció y, sin darse tiempo para pensar, posó las manos en el pecho de su esposo y comenzó a acariciarlo.

Albert se quedó muy sorprendido, pero no protestó; la curiosidad y una singular excitación lo mantuvieron inmóvil y en silencio mientras ella deslizaba sus manos por su cuerpo y por debajo de su ropa. Realmente no creía que fuera a hacerle algo más; había advertido que si él no encendía su deseo, su esposa era tímida y reservada en lo que se refería a esos asuntos. Mientras esta conclusión reverberaba en su mente, Albert quedó estupefacto y tan tieso como un muñeco de madera cuando ella introdujo una mano, dejándola correr suavemente por la sensible piel de su cadera y su muslo, antes de cerrarla alrededor de su evidente erección.

—¡Por Dios!

Miró en todas direcciones para asegurarse de que nadie pudiera ver lo que hacía ella. Para su alivio, todos los hombres cabalgaban a cierta distancia.

Aspiró otra bocanada de aire y se dedicó a observar atentamente a su esposa mientras deslizaba la mano por su túrgido miembro.

—¿Qué diablos estás haciendo? —preguntó, escandalizado. ¿Era su dulce flor, su tímida esposa, quien lo trataba de este modo? ¿Y allí, en el bosque, para que cualquiera pudiera verlos?

—Dándote algo de la atención que tan urgentemente has necesitado, esposo mío —susurró Candy inocentemente, pasando de nuevo la mano hasta el fondo.

—¡Detente ya! Que... —gimió Albert a punto de desfallecer, agarrándola de la mano y sacándosela del kilt mientras sentía que el deseo brotaba en su interior.

—Pero acabas de decirme que te has sentido muy descuidado por mí durante estos días, esposo mío. Quería... —Sus palabras se interrumpieron súbitamente cuando él se dio la vuelta para hacerles señas a los hombres que cabalgaban tras ellos.

Candy se irguió abruptamente en su regazo cuando los hombres les dieron alcance.

—Mi esposa desea cabalgar en su propio caballo.

Candy escuchó sorprendida el inflexible anuncio de Albert, pero no tuvo ocasión de hacer ningún comentario, pues Stear desató de su silla las riendas del caballo sin jinete y lo condujo hacia delante. Candy bajó de un caballo y montó en el otro, aturdida por la reacción de su esposo. Albert le puso un dedo en la barbilla y acercó su cara a la de ella.

—Permanece cerca. Permanece a mi lado por si nos atacan. ¿Entiendes?

Ella asintió y él se inclinó hacia delante para darle un beso rápido; acto seguido la soltó y se irguió en su silla, apurando a su caballo para que reanudara la marcha.

Candy lo miró un instante, se acomodó en el lomo de su montura y lo espoleó para que galopara. Albert se había desconcertado con su comportamiento desvergonzado, pero también lo había excitado. Lo sorprendente era que ella también había logrado avivar sus propias pasiones y ahora ansiaba estar de nuevo entre sus brazos. Sólo faltaba una hora o algo más para que cayera la noche. Pronto se detendrían, se convenció a sí misma. Entonces podrían alejarse de la hoguera del campamento y...

—Por la expresión de tu rostro, debes de estar pensando en algo muy agradable.

Candy se dio cuenta entonces de que lord Shropshire cabalgaba a su lado.

—Robert, no sabía que venías con nosotros. En realidad, la única persona a la que he visto estos días, además de a mi marido, ha sido a Stear.

Miró a su alrededor, para ver quiénes eran los demás integrantes de la expedición. George, Jimmy, Archie y Tom eran los únicos jinetes que iban con ellos. Su rostro se ensombreció, pues no parecía una partida muy grande. ¡Vaya! Ella iba con una escolta de cerca de sesenta hombres cuando los Ardley la atacaron... y no tardaron en derrotarlos.

Leyendo su expresión, el inglés murmuró:

—Le sugerí a tu esposo que trajera al resto de sus hombres, así como a los míos, pero se negó. Parece creer que la velocidad es más útil que la fuerza.

Candy se quedó tiesa en su silla, consciente de que había sido desleal, si no de palabra, al menos con su expresión y sus fugaces dudas.

—Pues bien, Robert, si él cree que debe ser así, entonces es lo mejor —anunció con firmeza—. Mi esposo es uno de los mejores guerreros. ¿Sabías que yo llevaba una escolta de sesenta hombres cuando me dirigía a Escocia? Es cierto. Eliza envió cuarenta de sus hombres y veinte hombres del clan MacGregor se nos unieron en la frontera, y aun así Albert y veinte de sus hombres lograron derrotarlos. Los Ardley son guerreros feroces, ¿lo sabías? Pues te garantizo que si fuéramos atacados por veinte... treinta... incluso por cincuenta guerreros, estos hombres podrían derrotarlos.

Stear y George, que iban a pocos pasos de distancia, se miraron al escucharla. Albert redujo el paso de su caballo hasta que su esposa y le dio alcance.

—En realidad, esposa, llevaba treinta hombres conmigo.

—Sí, bueno. Aun así, los míos te superaban en número —exclamó con firmeza; luego miró a Shropshire y añadió—: los hombres de Eliza usaban cota de malla y todos iban a caballo, mientras que Albert y sus hombres iban a pie. —Inclinó la cabeza, y asintió con firmeza para enfatizar sus palabras, luego sonrió dulcemente—. No temas, mi lord, Albert nos mantendrá a salvo.

Al ver que Shropshire se quedaba pasmado ante la insinuación de que temía por su propia seguridad, Albert y Stear estallaron en risas antes de espolear a sus caballos para ganar velocidad.

Candy miró malhumorada a los dos hombres que se alejaban y al contrariado Shropshire. Pero al recordar que Albert le había ordenado que permaneciera cerca de él, dejó de lado su curiosidad por las reacciones que hubiera suscitado y apremió su caballo para que fuera a medio galope.

Candy se acomodó en su montura y observó preocupada los oscuros árboles que los rodeaban. Tenía la singular impresión de que los estaban vigilando y por esto no le había comentado a su esposo que deberían detenerse a pasar la noche. Él debía saber que los estaban siguiendo, pues de otro modo ya se habría detenido para acampar. Hacía más de una hora que había oscurecido por completo, y el camino sólo estaba iluminado por la luna llena. Estaba segura de que ya se habrían detenido si no fuera por esos ojos que ella podía sentir clavados en su espalda.

Suspirando, miró nerviosa de nuevo a su alrededor y apuró a su caballo hasta alcanzar a su esposo, que cabalgaba junto a Stear. Candy miró al joven con una dulce sonrisa y se dirigió a su marido.

—¿Crees que van a atacarnos?

Albert se sobresaltó.

—¿Qué?

Por un instante, sólo atinó a mirarla como si hubiera perdido la razón.

—¿Quién?

—Las personas que nos están siguiendo —explicó Candy con paciencia—. ¿Crees que soy tan inconsciente como para no darme cuenta de ello también?

Albert le lanzó una mirada fulminante y meneó la cabeza.

—Nadie nos sigue.

Candy parpadeó al oírlo.

—¿Qué quieres decir con que nadie nos sigue? Puedo sentir sus ojos sobre mí. No me engañes, mi señor. Es obvio que estás al tanto de su presencia, de lo contrario, seguramente ya te habrías detenido para descansar.

Albert meneó nuevamente la cabeza y se enderezó en su silla.

—No. No nos detendremos.

—¿Qué quieres decir con eso?

Al ver que un destello de irritación atravesaba el rostro de la mujer, Stear se apresuró a darle una explicación.

—Pensamos que era más seguro viajar directamente hasta Forswhite, mi señora. Podremos descansar cuando nos resguardemos tras sus muros.

Candy no pudo ocultar su asombro. Necesitó un momento para recobrar la compostura y luego replicó:

—Pero dijiste que habían pasado dos días y una noche desde que desembarcamos.

—Sí. —Coincidieron rápidamente los dos hombres.

—Pero... ¿No parasteis a descansar anoche?

—No.

—Bien... Pero... ¿Qué hay de los caballos? Necesitan descansar.

—Esta mañana, antes de que te despertases, cambiamos los caballos en una aldea.

Candy miró otra vez el bosque circundante.

—Pero los caballos llevan todo el día galopando. Estarán cansados.

—Los reemplazaremos en la primera aldea por la que pasemos—informó Albert con serenidad.

—Sí, pero si están fatigados, ¿cómo escaparemos de nuestros perseguidores?

La miró irritado.

—No hay perseguidores, esposa mía.

—Sí, los hay —respondió Candy taciturna.

—Te digo que nadie nos sigue. Soy guerrero. Todos somos guerreros. Tenemos instintos y estamos entrenados para estar alertas, y...

—Y yo he descansado, pero tú no, esposo mío. ¿No has pensado que tu cansancio puede haber entorpecido tus instintos?

—No, yo...

—Te digo que nos están siguiendo.

Albert la miró furioso; luego miró a Tom.

—Quizá tenga razón, mi señor —dijo el gigante—. Me siento incómodo desde hace un rato, pero estaba demasiado cansado para darle un nombre a mi incomodidad. Es posible que no estemos solos.

Albert arqueó las cejas y se inclinó hacia Stear con aire interrogador. Su senescal negó con la cabeza.

—No lo sé. Llevo unas horas medio dormido, cabeceando en mi silla. Siento algo en el aire, pero puede que sólo sean los nervios.

—A mí me pasa lo mismo —musitó George, observando el descampado.

Los otros hombres miraron alrededor.

—Bien, y si hay alguien ahí, ¿por qué no atacan? —masculló Archie.

—Quizá no quieran alertarnos. Si atacan podríamos escapar—murmuró Shropshire, uniéndose a la conversación—. Si llevan mucho tiempo siguiéndonos y acaban de alcanzarnos, es posible que sus caballos también estén cansados, y no creo que puedan seguirnos el paso. —Levantó una ceja mirando a Candy—. ¿Cuánto hace que sentiste que nos estaban siguiendo?

—Lo sentí por primera vez mucho antes de que oscureciera—admitió discretamente.

—Cuanto más tiempo esperen, más se cansarán sus caballos—concluyó Jimmy.

—Es probable que piensen que tendrán mayores probabilidades de atraparnos más adelante —sugirió Archie con aire pensativo—. Por lo que recuerdo de mi viaje hasta Forswhite, cuando llevé el collar de lady Candy y su mensaje, el camino se estrecha a poca distancia de aquí. Justo antes de un río.

—Sí, así es —admitió Albert con expresión sombría. Todos permanecieron un momento en silencio.

—Tal vez no nos siguen—se atrevió a opinar George.

—Nos siguen —insistió Candy.

—¿No podemos desviarnos para estar seguros? —propuso Tom, quien ahora se inclinaba por creer a su señora.

—Por supuesto, ¿existe otra ruta?

—Sí —murmuró Slbert—. Podríamos dirigirnos al sur hacia Stafford, pero eso implicaría un día más de viaje.

Todos se sumieron en silencio otra vez; Shropshire se inclinó hacia delante, descansando su brazo en el pomo de su silla.

—Lord Stafford es un viejo amigo mío. Lo más probable es que nos ofrezca pasar la noche allí.

Albert lo pensó un instante y luego asintió.

—Debemos permanecer alerta. Si nos están siguiendo y su plan era atacar en el paso, no les gustará nuestro cambio de dirección.

Tomó las riendas de Candy y observó los árboles a su derecha. Los hombres cerraron filas con mucha rapidez. George y Stear espolearon a sus caballos para que galoparan tomando posición al lado de su señora; Jimmy y Tom cerraron filas por el flanco de Albert y Archie y Shropshire hicieron lo mismo por detrás. Así dispuestos, se dirigieron hacia los árboles.

Tan pronto se internaron entre los árboles, las sospechas de Candy se vieron confirmadas. Al principio no se dio cuenta, ocupada como estaba en mantenerse sobre su silla. Pero, tras recuperar ligeramente el equilibrio, se tomó un momento para mirar a su alrededor con una ansiedad progresiva, a medida que se internaban en la maleza en dirección al bosque, y vio a varios jinetes dispersos. Dos iban directamente hacia ellos y había al menos otra docena situados a un lado del camino, dispuestos a impedir su huida.

Por supuesto, al igual que ella, esos hombres no estaban preparados para el abrupto cambio de dirección de Albert y reaccionaron con demasiada lentitud como para detenerlos. Sin embargo, consiguieron separarlos en cierto modo; en efecto, formaron un embudo, dejando un pequeño espacio libre, lo suficientemente ancho para que los caballos de Albert y Candy se colaran por él. No obstante, Stear, George, Tom, Shropshire y Jimmy tuvieron que detenerse para enfrentarse a los hombres que habían irrumpido en su camino. Con Albert llevando las riendas de su caballo y guiándolo hacia delante, Candy tenía libertad para mirar por encima del hombro y vigilar mientras los hombres se abrían paso por entre sus adversarios. En realidad, sólo eran cuatro; sus compañeros eran un poco más lentos y se encontraban varios metros detrás, pero se aproximaban rápidamente. Los Ardley no les dieron la oportunidad de ayudar a los suyos, pues Archie y Shropshire se deshicieron rápidamente de sus enemigos, y los otros atacantes se volvieron para perseguirlos a Albert y a ella.

Candy aún no había tenido tiempo de recobrar el aliento, cuando las expresiones en los rostros de todos sus acompañantes le advirtieron de que algo andaba mal. Sus expresiones consternadas le produjeron un escalofrío que le recorrió la espalda. Entonces lo vio. Los cuatro hombres a los que acababan de enfrentarse no eran la única amenaza. Un quinto arremetía por un costado, en dirección a ella, según vio sintiendo un horror que se multiplicó al reconocerlo. Era MacGregor.

CONTINUARA