Harry estaba enfermo. O eso era lo que había dicho Remus cuando le había visto estornudar chispas de colores. Ciertamente se sentía como si fuera verdad; había puntitos extraños por toda su piel que le daban comezón y que sólo no rascaba porque Moony se había encargado de poner un encantamiento a sus uñas para impedírselo. También estaba el asunto de la fiebre, esa que le hacía sentir adormilado y muy, muy pesado. Era molesto y sin embargo no todo era malo. Harry no tenía que ir a clases y a él no le gustaban mucho. También podía quedarse en cama hasta tarde y dormir. Además, sus padrinos se habían tomado unos cuantos días del trabajo y pasaban con él todo el tiempo del mundo. Enfermarse era divertido hasta cierto punto.
Sólo había una cosa que al niño no le gustaba.
Esa «enfermedad» de la que los mayores hablaban se llamaba Viruela de Dragón y aunque sonaba realmente genial, la verdad es que era muy contagiosa, lo que significaba que, no podía permitirse estar cerca de otros niños que no hubieran tenido la viruela antes y Draco, su mejor amigo en todo el mundo, no la había tenido nunca. En traducción: no podrían jugar juntos hasta que Harry se recuperara.
O eso pensó.
Eran las seis de la tarde con tres minutos. El pequeño Potter se encontraba recostado en el sofá, frente al televisor, viendo The corpse bride por millonésima vez cuando el timbre sonó. Por un instante, el niño pensó en atender, siempre asegurándose de que la persona al otro lado de la puerta fuese algún conocido, pero luego recordó que Sirius había dicho que su enfermedad era «mágica» y que sería problemático si alguno de sus vecinos muggles la viera, así que se quedó en su lugar para presenciar el momento justo en que en la televisión, Víctor pronunciaba sus votos a la perfección.
Dadfoot abrió la puerta y una voz conocida flotó hasta él sin que realmente le prestara atención. Las conversaciones de los adultos solían ser aburridas en su mayoría y esa no parecía ser la excepción. El tono de voz de su padrino era calmado y casual, por lo que nada extraordinario debía estar ocurriendo. No fue sino hasta que escuchó la pronunciación del nombre del chico Malfoy que empezó a escuchar más atentamente. Todo lo relacionado a Draco le interesaba.
La persona en la puerta era Cissi Malfoy, se percató pronto. Ella decía algo sobre la viruela y la edad. Harry pensó en esconderse tras el muro del salón para escuchar mucho mejor, pero justo cuando se disponía a ponerse de pie, el sonido de la puerta cerrándose se escuchó. Entonces, para su sorpresa, Draco entró por la puerta y lucía exactamente igual que él.
El rubio llevaba puesta un pijama de cuerpo completo en forma de dinosaurio, pero las ronchitas eran demasiado obvias en la piel blanca de su rostro. Estaban rojas igual que su nariz y sus mejillas. Lucía verdaderamente enfermo, lo que hizo que Harry se preguntara si era su primer día en ese estado. Fuese como fuese, su primer instinto fue asegurarse de ayudarlo a sobrellevar la enfermedad, de la misma manera en que su Dadfoot y su Moomy le habían ayudado a él.
—¡Draco! —le saludó con sorpresa y acercándose.
—Hola Harry —le respondió sin muchos ánimos—. Creo que me contagiaste.
—Oh... lo lamento —se disculpó.
El pelinegro caminó hasta él y lo tomó de la mano para llevarlo al sofá. En ese estado, Draco no lucía como Draco. Estaba desanimado y no hablaba demasiado, como generalmente hacía. Tampoco parecía demasiado entusiasmado de verlo. Era extraño, Harry entendía el porqué de su actitud y aun así no le gustaba. Odiaba ver a su amigo tan falto de energía, quería volver a la normalidad, aunque eso significase tener que soportarlo actuando como un mandón.
Remus entró al salón.
—Draco, hola... Oh, dios. ¿Tú también? —preguntó arrodillándose frente a él para inspeccionarlo.
Sirius, quien ya había cerrado la puerta y entraba detrás de él, dijo:
—Narcissa nos pidió cuidar de él estos días. Ella no ha tenido la viruela así que está preocupada de contagiarse a su edad.
—Ya veo, tiene sentido. Tenerla después de los doce años es bastante peligroso —Remus estuvo de acuerdo—. Entonces... parece que tendremos dos pacientitos el día de hoy.
—Moony, Draco no luce muy bien —dijo Potter con un poco de angustia—. ¿Qué hacemos?
—Debe estar cansado —dijo Sirius—. ¿Por qué no se recuestan ambos y terminan la película?
—Esa no me gusta —dijo el rubio, caprichoso y por ese breve instante sonó como el verdadero Draco.
—Pues es la que estoy viendo —le dijo Harry.
Y allí terminó la conversación.
Casi siempre era lo mismo entre ellos. Solían discutir por cosas verdaderamente absurdas, aunque más que discutir era una especie de batalla de orgullo. Draco siempre quería imponerse sobre cualquiera y Harry —que había sido criado con la amabilidad de Remus Lupin, pero también con la rebeldía de Sirius Black— se negaba a ceder, aunque a veces era un poco permisivo con él. Eran como fuego y hielo, lo que hacía que muchos se preguntaran como era posible que se llevaran tan bien. Ni si quiera ellos lo sabían, pero eran niños y esas cosas como "compatibilidad" importaban muy poco.
El sol terminó de caer y la película siguió avanzando. Harry observó con preocupación que Draco temblaba a veces, así que, en algún punto, lo atrajo hacia él y lo abrazó para calmar un poco el frío. Remus tuvo la amabilidad de cubrirles con una mantita a ambos y también de colocarles paños con agua en la frente por si la fiebre regresaba. Sirius les consintió con algunos pastelillos y lechita caliente de chocolate y luego, ambos los dejaron solos en el salón.
—¿Aún tienes frío? —preguntó el ojiverde después de un rato.
—No, pero abrázame —demandó el rubio enterrándose en su pecho como si estuviera en la mejor cama del mundo.
—¿De verdad te enfermaste por mi culpa?
—No lo sé. ¿Vas a comerte el muffin de chocolate?
Harry negó con la cabeza y Draco lo tomó.
—¿Te sientes muy mal?
—Antes sí.
—¿Y ahora?
—Comenzaré a sentirme mal si no dejas que escuche la película.
—Dijiste que esa no te gustaba —le respondió Harry con indignación infantil.
—Sólo estaba molestándote.
—Siempre estás molestándome —dijo con el ceño fruncido.
—Es porque somos amigos —le respondió y besó su mejilla, suavemente, haciendo que la expresión del pelinegro se calmara.
Harry no sabía por qué, pero últimamente, cada que Draco hacía eso, se sentía extraño. Nervioso y con el corazón acelerado. Como cuando jugaban a las escondidas y estaba a punto de ganar. Era agradable, pero le hacía preguntarse si Draco se sentiría igual. Nunca se lo había preguntado y tal vez nunca lo haría porque ponerlo en palabras era un poco difícil. Tal vez lo haría cuando fuese un poco más mayor y supiera como hacerlo. Se suponía que los mayores sabían decir mejor las cosas, ¿no?
—No seremos amigos si sigues molestándome —se defendió, aun así.
—Entonces comenzaré a juntarme con Blaise.
—No lo harías —dijo Harry como quien ha descubierto una infidelidad.
—Lo haré.
—No es verdad —Harry se sentía a punto de llorar. No le gustaba la idea de que Draco no fuese más su amigo.
El rubio debió darse cuenta porque le dijo:
—No, no lo es. Tú eres mi mejor amigo.
—¿El mejor?—preguntó incapaz de ahuyentar la necesidad de asegurarse.
—El mejor. Aunque a veces seas algo tonto. ¿Yo soy tu mejor amigo?
—No, es Ron —respondió Harry dispuesto a molestarlo de vuelta.
El ojigris se levantó como un resorte y le miró de forma que a Potter le pareció divertidísima. Había tanta incredulidad en su rostro que su boca estaba abierta en una enorme «O» y sus cejas casi llegaban a lo alto de su frente. Harry soportó las carcajadas por aproximadamente cinco segundos y luego se desternilló de risa para molestia de su amigo que le fulminaba con la mirada.
—Te odio —dijo el ojigris y le enseñó la lengua.
—Y yo a ti —le respondió con todo y gesto también.
Remus y Sirius observaban la escena desde el marco de la puerta. Ambos con diferentes expresiones en su rostro. Se notaba que Lunático lo encontraba sinceramente divertido, pero Sirius, al igual que otros adultos, no entendía como era que podían decirse ese tipo de cosas y luego continuar como si nada. Eran cosas de niños, cierto, pero en el fondo de su mente, pensaba en la típica alegoría donde, cuando niños, halabas el cabello de la que te gustaba para demostrarle afecto.
—¿Por qué son tan raros? —preguntó Sirius.
—Tienen ocho —le respondió su novio.
—Por eso.
—Creo que es porque se quieren.
—¿Es así? A mí me parece que no mucho. Es raro.
—Lo dice el señor «Remus, cada que te veo me dan ganas de vomitar, creo que estoy enamorado de ti».
—¿Es que nunca me vas a dejar olvidarlo?
—Nop. Nunca.
—En cualquier caso, es diferente. Ellos son niños, amigos. Yo era un adolecente y me gustabas.
—Bueno, tú lo has dicho. Son amigos ¿qué tiene de malo que se quieran? Tú amabas a James.
—¿Estás celoso? —preguntó Black levantando una ceja, pícaramente.
—Contrario a lo que parezca, estoy bastante seguro de mí mismo —le respondió dando media vuelta en dirección a la cocina.
—¿Entonces estás segurísimo de que no podría engañarte?
—Lo estoy.
Remus se dirigió a la nevera y sacó de ella un chocolate que había dejado en el congelador.
—¿De verdad? Porque tal vez lo esté haciendo. Ahora mismo.
Remus sonrió con la barra de chocolate en la boca y dijo:
—¿Sí? Tal vez yo también.
No había sido intención de Remus decirlo tan seriamente, simplemente había querido fastidiar un poco, pero Sirius se quedó sin palabras y sus ojos se enrojecieron. Luego hizo la misma expresión que Draco minutos atrás confirmando, una vez más, que eran familia. Fue confuso al principio, hacía años que no le miraba hacer esa cara, no desde Hogwarts y de eso ya había pasado algo de tiempo.
—Creo que quiero asesinar a alguien —dijo y Lupin soltó una carcajada—. No es divertido.
—Oh, pero lo fue. No puedo creer que realmente pienses que podría hacerlo —explicó
Sin embargo, Sirius no parecía mínimamente aliviado. De hecho, parecía estar pensando seriamente sobre el asunto, pero cuando Remus estuvo a punto de disculparse, su novio le miró directamente a los ojos, con su color plata destellando en medio de la cocina. No le dijo nada por largos minutos, pero incluso así, Lunático sabía, de alguna manera, lo que estaba pensando. Tal vez se debió a los años que llevaban juntos, conociéndose o tal vez lo supo porque era la segunda vez en toda su vida que le miraba de esa forma.
Las voces de Harry y Draco llegaban lejanas desde el salón. Parecía que habían comenzado a discutir de nuevo pero al lobo no podría importarle menos. La expresión de Sirius le había paralizado y no le dejaba pensar con claridad. Su corazón latía rápidamente y le faltaba el aliento. Se sintió repentinamente joven también, como el muchacho de dieciséis años al que se le declararon incluyendo la palabra «vómito» en la oración.
—¿Remus? —dijo el pelinegro entonces. Solemne y tranquilo.
—¿Sí? —le respondió con nerviosismo.
—Sabes que me moriría si te apartaras de mí, ¿verdad? —él asintió—. Pues creo que acabo de descubrir una manera para que no puedas huir tan fácilmente.
—Sirius, si es por lo de antes, sólo era una bro-
—Cásate conmigo, Remus —le interrumpió y más que eso, le dejó sin palabras.
—¿Qué?
—Que te cases conmigo —repitió.
Y era repentino, pero Remus no tenía ninguna duda así que dijo:
—Sí. Casémonos. Joder sí.
—¿Sí? —preguntó Canuto y lucía incluso más feliz que cuando aceptó salir con él.
Sirius le sonrió ampliamente y después se acercó a besarlo profundamente. Sus labios calientes y amorosos. Devorándole como si temiera que todo fuese un sueño y Remus se lo correspondió porque no podía soportar sentirlo así se inseguro. Ya pensarían después en cómo lograr que alguien los enlazara correctamente. Hasta el momento no había registros de bodas mágicas entre hombres pero no le importaba, estaban seguros de que lo harían posible.
