iTablilla III

Capítulo 11

Inútil/i

A pesar de que la relación entre ambos se tensó, con los días se fue alivianando y Gilgamesh permitió que Enkidu volviera a su habitación, las conversaciones habituales regresaron al igual que las risas y los paseos por los jardines.

Gilgamesh comenzó a estudiar a Enkidu. Aprendía sus gestos y sus palabras, observó con atención como se expresaba, en la manera que se mantenía en silencio, sus miradas misteriosas. Cada día que transcurría le parecía más ajeno a este mundo, más inverosímil, más cerca de los dioses que de los humanos. De todos los rasgos que Gilgamesh puso atención, ninguno le hacían sospechar que Enkidu planease apuñalarlo por la espalda, como temía últimamente. Incluso, después de tener relaciones, evitaba dormirse antes de Enkidu por mera paranoia, como si él fuese a actuar desde las sombras, envenenando sus sentidos con esa mirada empalagosa que tanto le atrapaba.

Aún así, Gilgamesh no bajó la guardia, pero seguían siendo buenos amigos.

Un día en el almuerzo, Gilgamesh pidió un trozo de carne de venado en su mesa y la sirvienta, nerviosa, demoró más de lo estipulado para acercarse con las manos vacías.
—Su alteza—dijo la mujer, reverenciando al rey—. No hay carne de venado en nuestras cocinas ni carne roja de ningún tipo.

Gilgamesh, enojado, parecía que fuese a estallar ante la negativa. Enkidu tocó un brazo del rey y con la mirada le indicó que se calmara.

— ¿Alguna razón en específico? —preguntó Enkidu, mirando a la sirvienta temblar.

—Los cazadores no han traído en días nada de carne de los bosques. Sólo tenemos aves y pescados.

—Largo—masculló Gilgamesh y la mujer, aliviada, desapareció lo más rápido posible.

Gilgamesh se quedó mirando la mesa enojado, negándose a comer.

—No puedes ser tan intolerante—dijo Enkidu, tomando un trozo de pan con miel—. Mañana habrá carne y podrás comer. No es como si nunca comieras.

—Pero quiero ahora—dijo Gilgamesh, comiendo de mala manera—. Hace días no veo carne en la mesa y eso me enoja.

Enkidu le miró enternecido, mientras degustaba su bocado.

—Pareces un niño con un berrinche—dijo a pesar de que Gilgamesh se enojó enseguida con el comentario.

—¿Por qué siempre abres la boca para decir estupideces, Enkidu?

—Sólo digo la verdad—contestó Enkidu, sabiendo que Gilgamesh no entendería la indirecta.

Enkidu se limitó a sonreír inocentemente por su propia treta.

Gilgamesh colocó las manos sobre sus rodillas y miró por la ventana. Ya algo más relajado por la falta de carne, comenzó a hablar:

—Hoy tenemos consejo de sabios, Enkidu. Deberíamos apresurarnos porque los he citado para después del almuerzo.

Enkidu bebió de su copa de zumo y asintió.

—He recibió noticias de Sippur sobre un nuevo embarque de comercio. Planear realizar un tratado de especies valiosas con tu reino.

—Estoy consciente de ello—musitó Gilgamesh—pero quisiera saber a qué especies valiosas se refiere.

—Quieren intercambiar reliquias, joyas, cremas y perfumes. Productos de alta nobleza—contestó Enkidu, comiendo un trozo de queso.

—Me interesa—dijo Gilgamesh—. Además, Larsa ha tardado con sus intercambios pastoriles.

—Es cierto, pero… —Enkidu llamó la atención de Gilgamesh—. De ello conversaremos en el concilio.

Después de almuerzo, Gilgamesh y Enkidu se destinaron a la sala de reuniones con los sabios para sentarse uno al lado del otro. Los hombres estaban reunidos y Siduri en una esquina estaba dispuesta con su tablilla en blanco para tallar rápidamente lo más relevante de las conversaciones. Un hombre dedicado a las transacciones se hallaba nervioso y un sudor frío perlaba su frente.

—Doy por iniciada esta reunión—dijo Gilgamesh cuando se encontró cómodo sobre su asiento—. Primero, los asuntos económicos de Uruk. ¿Cómo van las producciones agrícolas? Supongo las bajas han sido repuestas.

—Así es su alteza—corroboró uno de los hombres encargados de ese asunto—. Hemos logrado una línea de comercio con Lagash y además nos han ofrecido venta directa de metales preciosos por siclos—dijo el hombre, citando uno de los medios de pagos con los que se transaban.

—Siclos… —repitió Enkidu algo pensativo.

Enkidu se apoyó en una de sus manos y fijó la vista en la pequeña maqueta de la ciudad de Uruk en el centro de la mesa, donde se hablaba de estrategias y movimientos militares. Todos esperaban expectantes a qué diría al consejo, pero producto de su silencio, Gilgamesh lo miró con cierto malestar y continuó:

—¿La demanda de agua dulce ha aumentado? He escuchado ciudadanos que…

Así estuvieron un buen rato hablando de diversos temas sobre la ciudad: el mantenimiento de las puertas de Uruk, el estado de los campos alrededor del reino, de las lluvias, alcantarillados, leyes, problemas con algunos esclavos e invasores y por alguna extraña razón, sobre la carne.

—Su majestad—dijo un anciano, luego de mojar sus labios con agua—. Hemos recibido quejas y muchos mensajes de preocupación por parte de nuestros ciudadanos y de los cazadores. En los bosques colindantes a este valle, no se ha visto ningún animal para cazar, ni siquiera conejos o faisanes. Todos han desaparecido y creen saber cual es la razón de ello.

Gilgamesh alzó una ceja, interesado en lo que decía el hombre. La verdad, era un tema demasiado específico como para hablarlo en la mesa de reuniones, pero si el hombre lo citó es porque algo más estaba involucrado en ello. Enkidu se apoyó en sus manos y ambos escucharon atentamente.

—Adelante—apremió Gilgamesh moviendo la mano casi despectivamente.

—En los bosques de cedros, se han escuchado ruidos fuertes, tan fuertes como una tormenta. Las aves vuelan cada vez que se escuchan esos rugidos bestiales. Seguramente aquello tenga mucho que ver con que los animales huyan y no haya alguno para cazar. Los cazadores han intentado averiguar de qué se trata, pero han reportado que una enorme sombra invade el suelo forestal cada vez que se internan.

Entre los presentes se generó un silencio colmado de dudas. Gilgamesh parecía aburrido por el relato y no le tomó el peso suficiente. Habló con determinación:
—Qué estupidez es la que me estás diciendo. Que lo intenten con más ímpetu. No podemos permitir matar a las ovejas por falta de carne, no me parece realmente un problema. Se dejan amedrentar y no lo permitiré. Detesto que me hagan perder el tiempo con nimiedades de mestizos. Si es por ese motivo que no hay carne en mi mesa, voy a mandar a cobrar una sanción a todos los cazadores de Uruk.

Cuando Gilgamesh se volteó a ver a Enkidu para saber qué opinaba, se percató que este tenía la mirada perdida y una expresión de preocupación.

—¿Podrías describirme cómo es ese rugido del que hablas? —preguntó Enkidu, mirando con cierto aire intimidante al hombre que habló.

El consejero ladeó de un lado a otro la cabeza en señal de duda evitando el contacto directo con Enkidu.

—Pues… los cazadores han dicho que es un ronquido de lo profundo del bosque, casi gutural, que hace vibrar las hojas y perturba a los animalillos. Los cedros parecen ocultar algo de gran tamaño, pero no han visto nada en particular que produzca tales bramidos.

—Enkidu, no puedo creer que prestes atención a algo tan insignificante. He dicho que los cazadores son unos cobardes y tú indagas en ello—farfulló Gilgamesh algo enojado.

—Calla—indicó Enkidu alzando una mano sin mirarlo, poniéndole atención al hombre del relato. La tensión se acrecentaba en el lugar cuando Enkidu trataba a Gilgamesh como un igual, más si lo hacía callar.

Gilgamesh se limitó a cruzarse de brazos y respirar hartado.

—¿Sabes si te han hablado de un aura pesada y deprimente cuando aquel rugido se hace presente? ¿Los cazadores han tenido que huir?

—Em… sí, algo así. Me parecía muy subjetivo contar aquello, pero ahora que me lo pregunta he decidido decirlo—dijo el consejero, sin mirarlo.

—Enkidu… ¿Me dirás de qué va esta tontería o no? Si sigues así saldrás de esta habitación.

Enkidu ignoró a Gilgamesh y continuaba mirando al hombre.

—Yo se de quién hablas, anciano—comenzó Enkidu, murmurando—. Humbaba, el gigante que mora en los bosques de cedros de Enlil, el dios del sol. Ese gigante es terrible.

Los ministros se miraron consternados entre sí y Gilgamesh arrugó el entrecejo.

— ¿Y que hay con eso? —bramó Gilgamesh alzando las manos en señal de desesperación—. Hay que evitarlo y ya. Ya me harté de esto. Me largaré si no hay nada más importante de lo que hablar.

—No es tan simple como suena, Gilgamesh—dijo Enkidu, mirándolo severamente—. Humbaba escupe fuego, traga animales completos sin misericordia. Humbaba tiene las siete auras místicas que le entregó Enlil y eso lo hace fuerte como ninguno. Puede escuchar cualquier ruido por mínimo que sea y protege ese bosque con su vida. Es por eso por lo que tus cazadores se sienten abatidos cuando él esta cerca.

—¿Cómo demonios sabes eso? A partir de un par de relatos vanos sacas conclusiones muy específicas. No comiences con tus indagaciones sin fundamentos—expresó Gilgamesh, apoyando un codo en la mesa para colocar el dedo índice en su sien.

—Cuando vivía en los bosques lo vi—contestó Enkidu, jugando con sus dedos—. Él era casi como mi hermano. Cuando mi forma comenzó a ser más humana y dejar mis rasgos bestiales atrás, me amenazó con mi muerte si me acercaba a sus dominios. Él amedrenta con sus bramidos. Es capaz de masacrarte si lo encuentra necesario. Enlil ha hecho bien en poner a alguien tan brutal como guardián. Sinceramente, me da algo de miedo Humbaba.

—Entonces hay que acabar con él—señaló Gilgamesh, relajado— ¿Se acabó este sinsentido? Tengo cosas que hacer.

Enkidu alzó la vista asustado.

—Estás loco—sentenció Enkidu—. Él podría matar todos tus ejércitos si los envías a acabar con su vida. No desperdicies tus recursos.

Gilgamesh alzó la mano y se levantó de evidente mal humor.

—Se acaba el concilio. No tengo oídos para temas tan absurdos como gigantes y cazadores cobardes.

Dicho esto, los sabios y Siduri se levantaron de sus asientos y abandonaron la sala de reuniones, dejando a Enkidu y a Gilgamesh solos.

—¿Qué no entiendes de todo esto? —dijo Enkidu, levantándose de su asiento y estirando su espalda— Deberías escucharme. Yo sé que hay en esos bosques.

—¿Por qué demonios hay tanto lío por un simple gigante? Hay bestias peores en los bosques y los cazadores se la apañan lo más bien. Esto es absurdo, un gigante amedrentando por pretensión y además logre asustar a mis hombres. Increíble.

—No estoy completamente seguro de que sean pretensiones de él—dijo Enkidu, invitando a Gilgamesh a ponerse de pie—. Él cumple con las ordenes de un dios y protege su templo.

El rey se incorporó y sopesó lo que Enkidu decía. Negó con suavidad y agregó:

—Tú también cumplías con las ordenes de muchos dioses y te hallas aquí.

Enkidu guardó silencio y suspiró.

—No es lo mismo. Supongo Aruru me dotó de libre albedrío por equivocación. Humbaba es fiel a Enlil.

—¿Quieres decir que traicionaste a los dioses? —preguntó Gilgamesh con una sonrisa de malicia en el rostro.

Enkidu curvó las cejas y apartó su cabello hacia la espalda.

—No me gusta si lo dices así.

—Las cosas como son, Enkidu.

—No digas eso—pidió Enkidu, disponiéndose a salir—, me causa ansiedad.

—¿Cuál es el problema de que hayas decidido negar a los dioses? Yo lo hice y aquí estoy con mi reino próspero y hermoso, con mis riquezas, mis mujeres y mis tesoros. Nada ha pasado.

Enkidu lo miró largamente, como analizando la situación. Entornó los ojos y finalmente se volteó para salir.

—Es una de las razones por la que estoy aquí, Gil. Los dioses no hacen oídos sordos a tus comentarios. Me han enviado por ello, nunca lo olvides.

—Más que un castigo, me han enviado un aliado. Qué estúpidos son—rio Gilgamesh, relajado.

Enkidu apoyó una mano en la salida y suspiró.

—No estaría tan seguro de eso.

Enkidu desapareció dejando a Gilgamesh con la duda de qué quiso decir Enkidu.

Para la cena, evidentemente no había nada de carne sobre la mesa. Enkidu y Gilgamesh se separaron luego de la reunión de los sabios y cuando regresaron para cenar, Enkidu llevaba una túnica encima, ya que nunca se acostumbraba a los trajes dignos del palacio. Sentado a un lado de Gilgamesh, Enkidu notó al observarlo que no comía con las ganas que siempre lo hacía y eso le preocupó.

—¿Aún deseas carne? —preguntó Enkidu, dejando de lado su propia cena.

—No es eso… —confesó Gilgamesh, con la mirada perdida—. A veces eres un completo desconocido para mí.

Enkidu dejó su comida con algo de mal humor: era poco usual que se molestara, pero esa fue una de esas veces.

—Gilgamesh—dijo Enkidu, con la voz grave y arrastrada— ¿Hasta cuando seguirás con tu paranoia? Ya no sé qué hacer para ganar tu confianza, ¿No crees que si quisiera traicionarte ya lo hubiese hecho?

—La venganza es algo que se cocina lento y mientras más tiempo transcurrido, mejor se disfruta—dijo sombrío Gilgamesh, bebiendo de su copa.

Enkidu enmudeció ante las palabras de Gilgamesh, parecía como si de verdad la brecha entre ambos fuese enorme. Enkidu exhaló con congoja y negó con suavidad.
—¿Qué te hizo dudar esta vez? —preguntó suavemente, mirándole de reojo.

—Lo que dijiste en la tarde—contestó Gilgamesh, alzando el mentón—, que no estuviese seguro de que eras mi aliado.

Enkidu divertido, ladeó la cabeza y comenzó a reír con una alegría pura y cristalina, cosa que obviamente molestó a Gilgamesh.

—¡Qué desconfiado eres, Gil! —dijo Enkidu entre risas, sin contenerse—No quise decir eso en ningún momento.

—Entonces qué quisiste decir, aclárame porque odio que me hables con rodeos—alzó la voz, ya hartado.

—No me acuerdo ahora qué quise decirte, pero nunca dije que yo no sería tu aliado—dijo con sinceridad Enkidu, dejando las risas de lado—. Confía más en ti. Es algo raro viniendo del gran Rey de Uruk.

—Deja la estupidez, Enkidu.

—Tú deja la manía de ver que estoy en tu contra porque no es verdad.

Gilgamesh torció el gesto y estalló.

Tomó la copa y la lanzo contra el suelo con una rabia tan grande el metal se abolló. Enkidu pegó un respingo tal que casi cae de espaldas: no se esperaba para nada aquella reacción. Sus ojos se abrieron de par en par y se llevó las manos al pecho, como queriendo apartarse.

—Gil… ¿Qué …?

—Cállate Enkidu, estoy harto de ti. Lárgate de esta mesa. Vete a dormir a los jardines o al suelo como te gusta hacerlo, no quiero ver…

Enkidu se levantó de súbito y alzó la voz.

—No—dijo con la firmeza de un rayo. También se había enojado—. No permitiré que me hables así. Ya bastante paciencia he tenido con tus ataques de celos y de desconfianza. Estás buscando problemas donde no los hay, estás creando…

Gilgamesh se incorporó, tomó de un brazo a Enkidu y lo apartó con fuerzas. Su rostro estaba enrojecido de cólera y apretaba los dientes con tanta fuerza que los tendones se marcaban en su cuello. Enkidu respondió soltándose del amarre y enfrentando la mirada de Gilgamesh.

—Basta—susurró Enkidu con un tono amenazador, alzando levemente una mano.

—Atrévete a ponerme un dedo encima y te mataré—sentenció Gilgamesh sin dejar de mirarlo.

Enkidu finalmente relajó la expresión y habló con suavidad:

—No seré yo quien comience este sinsentido. No cederé ante la adversidad, mantendré mi postura pacífica porque prometí ante Ninsun que jamás pelearé en tu contra.
—Eres un cobarde.

—No—refutó Enkidu—, soy un ser de palabra. No rompo mis promesas.

—Tu nobleza no me concierne—se burló Gilgamesh—, no eres capaz de hacer frente a mi grandeza. Eres una cosa inservible, un inútil, me das lástima.

Gilgamesh lo dijo con tanta bilis, que las palabras retumbaron por las paredes.

Enkidu quedó paralizado ante la última frase. Su rostro reflejó la completa sorpresa ante ello y finalmente su expresión se tornó melancólica. Otras veces, Gilgamesh le había dicho inútil, pero esta vez sintió que venía de la sinceridad de su enojo.

—Inútil… —susurró Enkidu, descendiendo la vista.

Gilgamesh sintió que traspasó un límite, pero no se retractaría de lo dicho, aunque fue en ese momento en que reflexionó su actuar. Siempre perdía el control cuando sentía que Enkidu se escapaba de sus manos, cuando pareciera que no tenía influencia sobre él, que eran realmente iguales. Gilgamesh guardó silencio y descendió la mirada luego de colocar las manos en la cintura. Se mordió el labio inferior, sabiendo que aquello tornó una dirección peligrosa.

Enkidu se calmó después de que Gilgamesh lo juzgara. Se volteó con lentitud, dejando que su hermosa cabellera siguiera sus pasos y salió del comedor. Necesitaba respirar.

Necesitaba llorar.

Enkidu comenzó su caminata a través del pasillo con calma para luego acelerarse y terminar corriendo. Siempre que la rabia y la impotencia le invadía se largaba a correr por el zigurat, intentando dejar fluir sus emociones. Llegó a su jardín favorito y se internó en él. Cuando se detuvo, su respiración agitada y el picor de los ojos le indicaron que pronto lloraría, pero se contuvo el mayor tiempo posible, inhalando lentamente para regularizarse, sin embargo, no tuvo éxito en ello.

Se puso en cuclillas en el suelo, abrazando sus propias piernas y se lanzó a llorar. Sus lágrimas lentas indicaban que era una pena profunda, un miedo que se hizo realidad. Alzó la mirada al cielo y las estrellas titilaban con más fuerza producto de las lágrimas atrapadas en sus pestañas. Tragó con dificultad y finalmente se recostó.
Gilgamesh había sido especialmente cruel aquella noche: le habían dicho que era un inútil anteriormente, pero al venir de Gilgamesh con tanta rabia, le frustró. Se sentía roto, incompleto, como si todo hubiese sido una mentira muy bien elaborada. Intentó calmarse y tomar la situación de otra manera: unas simples palabras no deberían desestabilizarlo hasta ese punto.

i"¿Algún día aprenderé a ser como tú?" /ipensó Enkidu ya apaciguado, jugando con un mechón de su cabello i"¿Algún día sabré que piensas realmente al mirarme? ¿Algún día admitiré que…?"/i

Se incorporó y se sentó cruzándose de piernas, limpiando sus últimas lágrimas. Algo en su pecho, algo extraño, algo foráneo, crecía como una raíz que absorbía su vida. Tomaba su aire, sus anhelos, sus emociones y se alimentaba de ello. Era desagradable de cierta manera, pero la adicción a esa sensación lo estaba volviendo débil.

—Soy un inútil—se repitió, mirando sus manos—. Probablemente lo sea. No opino nada en los concilios, no hago nada provechoso, no ayudo en los campos ni en los comercios, no construyo ni rezo a los dioses.

Cuando estaba dispuesto a internarse entre las plantas, advirtió al voltearse que Gilgamesh se encontraba apoyado de brazos cruzados en una de las paredes. Lo miraba con una frialdad típica de su semblante, pero su talante era diferente, tanto así que no podía distinguirse si quería seguir con la contienda verbal o se encontraba allí para disculparse.

—Enkidu—dijo después de un incómodo contacto visual—. Ven aquí.

Enkidu negó y se alejó hacia las plantas, apartando los largos pastos que crecían en la tierra puesta en jardineras de bordes de oro y lapislázuli.

—Si no vienes, iré yo—sentenció Gilgamesh.

Enkidu no se movió y Gilgamesh cumplió sus palabras.

De alguna manera Enkidu sintió miedo de que Gilgamesh fuese a pelear con él en serio, pero cuando se encontraba a escasos metros de él, se detuvo y se sentó en el suelo.

—Ven aquí—repitió Gilgamesh con una voz calmada—. Quiero decirte algo.

—No… —dijo Enkidu, volteándose a mirarlo. Su rostro estaba sereno y no había atisbos de sus lágrimas—Ya comprendí lo que quisiste decirme. Lamento mucho ser un arma rota.

—No eres un arma, Enkidu. Ya hace mucho dejaste de serlo—habló tranquilamente Gilgamesh—, eres mi amigo y eso te convierte en algo… en alguien.

Gilgamesh cruzó sus manos y apoyó el mentón en ellas. Enkidu se encontraba arrodillado jugando con algunas piedras del suelo y sonrió tristemente.

—¿Es tu forma de pedir perdón? —murmuró Enkidu con voz suave, sin ser en ningún momento hiriente.

—No tengo que pedir perdón por nada.

Enkidu apartó su cabellera y suspiró.

—Lo entiendo. No te preocupes.

Gilgamesh pestañeó después de un largo momento.

La verdad sí quería pedir perdón, pero le era imposible. Aquello estaba lejos de sus obligaciones y obviamente jamás lo haría. Apretó sus labios y prefirió cambiar de tema.

—¿Cómo eran tus días con Humbaba? —dijo, acordándose del tema del concilio.

Enkidu frunció sus cejas extrañado de aquella pregunta tan repentina, pero se incorporó y se sentó frente a Gilgamesh. Tragó para aclarar sus ideas y desvió la mirada para perderla entre la hierba.

—Éramos libres. Él cazaba, yo jugaba. Era muy joven y Humbaba es centenario. Fue una especie de hermano que me enseñó a enfrentar los bosques. Ambos corríamos uno al lado del otro, divirtiéndonos con carreras sinsentido—Enkidu sonrió tristemente al recordar sus memorias de cuando era un incivilizado—. Yo estaba lejos de ser un ser antropomórfico, era una bestia blanca y grande. Me deshacía al final del día en un charco de barro y luego volvía a constituirme.

"Cuando observé a los humanos desde lejos, comencé a tomar forma. Primero fue mi cuerpo, se hizo más delgado y pequeño. Luego seguí con mis extremidades, mi rostro. Formé piernas y manos y para entonces, Humbaba ya no era mi hermano. Me repelió y me despreció. Fue cuando tuve que largarme de su lado y vivir en solitario. Supongo es mi destino por seguir siempre. No merezco vivir con nadie más.

—No digas eso—dijo Gilgamesh, interesado en el relato de Enkidu—. Aquí te quedarás. Te he permitido vivir a mi lado y así será.

Enkidu alzó la cabeza y le dedicó una pequeña sonrisa dulce.

—Humbaba, a pesar de haber sido tan cercano a mí, no deja de ser una bestia sin corazón. Yo también lo soy, nada nos puede acercar a ustedes, los humanos, porque…
Enkidu detuvo su conversación cuando Gilgamesh reclamó su rostro al tomar su mandíbula. Sintió como se disparó su corazón y los ojos se llenaron de lágrimas.

—Perdóname—dijo Enkidu, apartando con suavidad la mano de Gilgamesh—. Quisiera ser algo más que una bestia. Soy un ser falso, soy un montón de barro que formó este cuerpo que ves. Aruru me creó con él, pero llegué a este mundo sin saber cómo… c-cómo…

Se llevó las manos al rostro y ocultó sus ojos. Gilgamesh se mantenía inmutable y aquello aumentó la ansiedad de Enkidu, no obstante, logró calmarse. No le gustaba llorar frente a Gilgamesh, se sentía más estúpido de lo que ya era. Elevó su rostro y enfrentó a Gilgamesh.

—No tienes que pedir perdón—dijo Gilgamesh con firmeza, pero con evidente incomodidad—. Es tu naturaleza ser formado de lodo y así está bien. No hay nada de malo en ello, es más, has hecho un buen trabajo.

Pocas veces Gilgamesh elogiaba a los demás. Enkidu se sorprendió de ello y volvió a soltar una sonrisita.

—Dime Enkidu…—comenzó Gilgamesh nuevamente— Ese Humbaba, ¿Te hizo daño?

Enkidu mantuvo el silencio y reflexionó para luego asentir.

—Podría decirse que fue mi primer amigo, pero no era realmente un amigo. Humbaba es un ser completamente entregado a Enlil, no le importa nada más que Enlil y así estaba bien, pero me abandonó a mi suerte en un mundo que no conocía.

Gilgamesh entornó los ojos y volvió a apoyar su rostro entre las manos.

—¿Por qué te importa tanto? Yo soy tu único amigo.

—Porque me ilusionó.

—La ilusión es algo de los hombres, Enkidu. Quizás dentro de esa bestia que eras estaba tu cuerpo resguardado del mundo y cuando sentiste confianza saliste de tu cascarón, como en mi sueño, que descendías de un enorme huevo de cristal.

Enkidu abrió los ojos levemente y ladeó la cabeza de un lado a otro.

—Jamás lo pensé así.

Gilgamesh se permitió sonreír con aquella expresión de sinceridad que lo hacía lucir hermoso, como un hombre benevolente y sabio, no como el tirano por el cual todos le temían.

—¿Sabes? —dijo Gilgamesh después de estirarse— Ese Humbaba no me cae bien. Me deja sin carne, aterroriza a mis cazadores, te hizo sufrir. No quiero algo así rondando mis bosques.

—Son los bosques de Enlil, Gil. Más allá están los dominios de Ishtar: no son tuyos.

—Respetaré las tierras de Ishtar por ser la protectora de esta ciudad—dijo Gilgamesh.

—¿Respetar? ¿A qué te refieres? —Enkidu miró expectante a Gilgamesh.

Gilgamesh acarició su mentón y contestó:

—Estoy aburrido de estar en este palacio encerrado, además no puedo permitir que Humbaba siga aterrorizando mi pueblo. Estoy pensando en qué hacer y creo que he llegado a la idea perfecta: tú y yo iremos a matar a Humbaba.

Enkidu quedó de piedra al oír eso. Miró a Gilgamesh impresionado, sin decir palabra alguna en mucho rato. Sus cejas se curvaron y descendió la vista.

—Discúlpame, pero no me parece en absoluto una buena idea. Él podría acabar con tu vida si así lo desea—contrarió Enkidu, tocando con suavidad el brazo de Gilgamesh.
Gilgamesh chistó y con arrogancia, miró desafiante a Enkidu.

—Vamos, si fuese realmente así, ¿Cual hubiese sido el propósito de tu existencia? ¿Para qué crear el arma de los dioses si ellos tienen al gigante Humbaba? Yo creo que con tu fuerza y la mía podemos igualar a los dioses e incluso más.

—Aún así, no es buena idea. Creo que, aunque aunemos fuerzas entre los dos, no es suficiente para acabar con Humbaba. Tendríamos que llevar armas increíbles y esperar a que los dioses nos den su favor, cosa que dudo, porque los dioses quieren a Humbaba exactamente en donde está.

Gilgamesh exasperó y contestó con algo de violencia:

—Los dioses no pueden simplemente preocuparse de un bosque de cedros y ya. Ellos tienen un pueblo completo que los adoran día a día, sacerdotes que dan su vida por ellos y ofrendas por parte de todos ellos. No es justo que mi pueblo no tenga parte de esas maderas y alimentos por el capricho de Enlil. Al menos a mi no me gusta que mis bosques sean limitados para mis ciudadanos ni mucho menos que él haya hecho que tus días antes de este palacio fuesen malos.

—Aún así—dijo Enkidu, siendo lo más cuidadoso posible—. Son los dominios de Enlil y son intraspasables para cualquier hombre.

—Ni tú ni yo somos cualquier hombre, Enkidu—masculló Gilgamesh, ya enojado nuevamente—. Ambos tenemos un origen divino y vamos a ir a acabar con su vida, te guste o no.

—No, no iré—dijo Enkidu, con firmeza—. Ni tú tampoco.

— Enkidu… ¿Por qué siempre pones obstáculos? Iremos quieras o no— objetó Gilgamesh, levantando un dedo amenazador— No seas cobarde, es lo que menos quiero a mi lado; un cobarde. No me decepciones de nuevo, dijiste que lucharías a mi lado toda la vida y si no lo haces es una traición.

—No quiero seguir oyéndote, Gil—dijo Enkidu algo angustiado.

Gilgamesh se llevó una mano a la frente y golpeó el suelo con el puño.

—¡Maldita sea, Enkidu! —gritó Gilgamesh, haciendo que Enkidu se sobresaltara— No sé como tratarte.

"Cómo sea. Iremos tras Humbaba.

—No —insistió Enkidu—. Es demasiado peligroso.

—Iremos—dictaminó Gilgamesh y se incorporó—. No vayas a mi habitación. Nidasag me está esperando.

Dicho esto, Gilgamesh desapareció y dejó a Enkidu a solas.

Enkidu, sin nada más que hacer, se desnudó para sumergirse en una de las piscinas y quedarse mirando las estrellas. Lloró un momento por su frustración, pero su lamento se calmó rápidamente al ver una cometa surcar los cielos. Pensó en como hacer entrar en razón a Gilgamesh y creyó que, quizás interviniendo con el consejo de sabios, él se retractaría de su decisión.

Humbaba realmente era una bestia terrible. Medía tan alto como un árbol y sus fauces eran como las de un león. De su lengua bípeda saltaba fuego arrasador y sus garras eran capaces de partir en dos a un ser humano.

Se limpió las lágrimas con pesar, angustiado, casi llorando desesperadamente cuando de pronto, ahí la vio de nuevo.

Aruru observaba a Enkidu sentada sobre una piedra de la piscina. Enkidu se asustó ante la aparición y retrocedió instintivamente. La diosa frunció el ceño y levantó una mano.

— ¿Tan malo te parece verme, hijo mío? —dijo Aruru, sumergiendo los pies en el agua helada—. Me deshonras y al parecer en esta noche, no soy la única persona a la que decepcionas.

Enkidu se apartó el cabello húmedo del rostro y tiritó levemente.

—No me esperaba verte aquí, Madre. Estaba tomando un baño.

—Lo sé—agregó Aruru, jugando con su cabello azul colmado de pequeños brillos, como las estrellas—. Sólo vengo a advertirte hijo, de tus decisiones que has tomado.
—No lo necesito—dijo Enkidu, quitando el exceso de agua de su rostro—. Estoy bien.

—Sí, sé que estás bien, pero no por ello, he olvidado que no has cumplido con tu misión—Aruru le dirigió una mirada cercenante, que intimidó a Enkidu—. He escuchado lo que planea Gilgamesh y sé que, aunque quieras o no, lo llevará a cabo y tendré que dejarte en claro una cosa, querido Enkidu: si tú no cumples con tu misión, lo hará Humbaba y no podrás detener el curso de las cosas. Tu desobediencia la pagarás caro, Enkidu. Podría desintegrarte ahora mismo, pero mi naturaleza no me lo permite. Estoy completamente decepcionada de ti, Enkidu. No podrías haber sido más inútil.

—No tengo miedo—dijo Enkidu, haciendo oídos sordos a la última palabra—. Nada ocurrirá.

—Eso lo veremos, trozo de tierra—dijo Aruru, en un tono amenazante—. Gilgamesh no ha cambiado en absolutamente nada, como tú me has dicho. Tan sólo mira como te ha tratado en la cena, como el despojo más despreciable del orfebre. Eres un tonto por caer con sus palabras. Gilgamesh encontrará su castigo con Humbaba y el poder de ambos no será capaz de contrarrestar la fuerza del vicario de Enlil. Tenlo claro, Enkidu, esto puede acabar con tus días también… al menos que vayas y mates a Gilgamesh, como debe ser.

Aruru se incorporó y se desvaneció para convertirse en polvo brillante que ascendió a los cielos.

Enkidu quedó atribulado con los dichos de su diosa creadora. Se salió de la piscina, se secó y se hizo un ovillo entre las plantas, pensando en cómo convencer a Gilgamesh de no ir por Humbaba.