CAPÍTULO XIV
KNOWING ME, KNOWING YOU
«Walking through an empty house
Tears in my eyes
This is where the story ends
This is goodbye»
Llegó una época en el que el simple hecho de hablar de Lily me dolía. Hoy me parece insoportable.
—Bien —proseguí—. Entonces, cuando seas famosa, ¿qué es lo que quieres que piensen de tu adolescencia? Para mantener ambos la misma versión.
Habían pasado unos pocos de meses desde que mis aventuras con Carrow acabaron volviendo a la rutina de «si te he visto no me acuerdo». Era invierno, la noche anterior había nevado y, gracias a ello, los terrenos de Hogwarts estaban desiertos. Lily y yo caminábamos, codo con codo; la nieve nos frenaba y nos impedía avanzar más rápido. De vez en cuando nos sentábamos —al menos hasta que se nos congelaba el culo y corríamos el riesgo de transformarnos en sendos cubitos de hielo si no retomábamos la marcha—.
—Pues que fui una chica sencilla, accesible —hizo una pausa—. Amiga de mis amigos —dijo haciendo hincapié en lo último, con un inherente tono jocoso—. Y si puede ser, prefiero no ser famosa. Eso lo dejo para egos como el tuyo, Black.
Muchos se jactarán de haber conocido a Lily y no será mentira. Era una muchacha agradable y cercana, capaz de conquistar a cualquiera con tan solo unas horas a su vera. Joder, de verdad que no tenía un «pero».
Puedo decir orgulloso que fui su amigo y, quizás, algo más.
—Se te ha olvidado lo de pija —respondí.
Ella se hizo la ofendida y me tiró una bola de nieve. Yo la perseguí entre risas y cosquillas por encima del abrigo. La guerra acabó en pocos segundos con un par de besos de reconciliación.
Lily entendía todo lo que el resto no conseguía imaginar. Estábamos hechos a medida el uno para el otro. Los dos de familia pudiente; yo por tradición, ella porque sus padres ganaban una millonada. Los dos repudiados, los dos dolidos; ella por su hermana, yo por el recuerdo de mi niñez. Los dos intentando escapar de todo aquello, los dos tratando de salir de aquellas arenas movedizas que no nos dejaban respirar y que nos hacían sentir jodidamente enfermos. Los dos intentando labrar nuestro propio destino.
Ingenuos, no sabíamos que aquello ya estaba escrito.
—No quiero irme de vacaciones, Sirius. Estoy harta. Ya no me da pena, no puedo hacer más de lo que ya he hecho. Me niego a soportar las caras largas de mi hermana y mucho menos a su estúpido novio paseándose por casa como si le perteneciera. Quiero emanciparme, vivir a gusto y al margen de todo eso —En aquellos casos, yo no podía hacer más que quedarme callado y asentir, darle la mano y esperar que aquello le ayudase a que todo fuera un poco mejor—. Me dan pena mis padres, ellos no han hecho absolutamente nada, pero es que no puedo seguir así.
—Los míos ya se empiezan a oler que algo no va bien. Mi madre presiona bastante a mi hermano para que le cuente con quién voy o vengo y qué hago o dejo de hacer —Intenté poner en orden mis ideas—. Mira, ya queda poco para séptimo, para graduarnos, encontrar trabajo y hacer la vida que queramos. Ser —dije enfatizando esa última palabra— quienes queramos. Además, si necesitas cualquier cosa, puedes escribirme y me presento ahí rápido y raudo —Le dediqué la mejor de mis sonrisas. Después besé sus nudillos.
—Necesito una furgoneta y recorrer el mundo —respondió ella al instante.
—El plan te lo compro, la furgoneta… habrá que hablarlo.
—¿Y si te vienes? —preguntó— Un par de días o tres —Parecía nerviosa y a punto de arrepentirse—, antes de las fechas importantes y las cenas familiares.
—¿Quieres que haga de novio y horrorice a tu hermana?
—Y que conquistes a mis padres. Aunque el pelo largo no les va a gustar.
—Hecho.
Las navidades llegaron antes incluso de que pudiéramos tachar los días en el calendario. Pasamos del Expreso y viajamos desde Hogsmeade hasta la casa de los padres de Lily en moto.
Era bien entrada la noche, seguramente quedaría ya poco para el amanecer, cuando llegamos. La familia Evans vivía en una zona de chalets con jardín y calles sin salida, donde los niños podían jugar sin peligros, alejados de la creciente contaminación de las zonas urbanas. La chica me indicó que me detuviese en el número siete.
Subimos las escaleras con cuidado, sin hacer ruido. Me dejó en la habitación de invitados y, con un beso, se marchó a la suya.
—Mis padres llegan en una hora —susurró a la mañana siguiente mientras me acariciaba la espalda desnuda con las yemas de los dedos—. He pensado que querrías desayunar algo.
Me desperecé; lo de despertar nunca fue mi fuerte.
—Llevo sin desayunar desde tercero —contesté con voz ronca—, pero sí, no estaría bien que tus padres me vieran en pelotas.
—¡Sirius! ¿No te podías dejar los calzoncillos puestos?
—No los llevaba, ¿quieres comprobarlo? —bromeé metiendo la mano debajo de las sábanas. Ella sonrió, algo avergonzada.
—Te espero abajo.
Chaqueta de cuero, camiseta de manga larga, vaqueros, moño mal hecho y sombrero después, bajé saltando los escalones de dos en dos, un poco perdido en aquella propiedad.
—¿Lily?
—¡Aquí! —exclamó ella. Seguí su voz hasta dar con una biblioteca.
Las paredes estaban ocupadas por estanterías eternas que llegaban hasta el techo. A la izquierda de la entrada había un cuadro de un barquito.
Pero no fue eso lo que captó mi atención.
—¡Tenéis un tocadiscos!
—Tenemos un tocadiscos.
—Y tendréis algo digno de un tocadiscos —continué.
—A Paganini.
—Joder, Lily, ya sabes a lo que me refiero. Un poquito de marcha.
—Lo más fuerte que te puedo ofrecer es a los Rollings; la música de salvajes no entra en esta casa, Black.
—O sea que se podría decir que los Rollings es la línea que separa el salvajismo de Paganini —respondí, burlón.
—Vete a la mierda.
—Esas no son palabras para una señorita.
Me tendió el vinilo con el título de Aftermarth, lo coloqué con sumo cuidado. El gemido que producía la aguja al rozar contra el disco, justo antes de empezar a sonar, se me antojaba la octava maravilla del mundo.
Primero la guitarra, después la batería. El último Mick Jagger y, como no podía ser de otra manera, yo.
—«I see a red door and I want to pain it black» —comencé a berrear—. «No colours anymore, I want them to turn in black».
Lily sonreía. Me escuchaba en silencio y se movía de un lado a otro. Yo me meneaba, cantaba, me sentía una jodida estrella del rock.
—«I could not foresee this thing hapening to you».
Una breve pausa, después la música volvió a romper. Tomé la mano de la chica. Ella se zafó.
—No, no, no, ¡Sirius! Yo hago de público.
—¡Lily! No seas sosa, venga, que va a empezar la siguiente, ¡no! —exclamé tirando de ella— No te sientes, ¡vaya público de mierda!
Tiré el sombrero a un lado del cuarto, con la otra mano deshice el moño. Sostenía el aire como si fuera un micrófono. El micrófono se transformaba en una guitarra, después en un bajo, por último en unas baquetas. Llegó un punto en el que la chica no pudo contenerse más: se levantó, tímida al principio; tardó poco en comenzar a cantar. Su pelo rizado rebotaba en todas las direcciones, alzaba la rodilla al ritmo de la música y sonreía.
Joder, cómo recuerdo su sonrisa.
Ambos nos desternillábamos a carcajada limpia. Pataleábamos en el suelo. Saltábamos. Nos buscábamos sin que ninguno se atreviera a romper la distancia que nos separaba.
—¿Lily?
La voz en la puerta rompió la magia.
—¿Mamá?
Me apresuré a bajar el volumen y a recogerme de nuevo el pelo. Por una vez en mi vida los modales aprendidos en casa de los Black iban a servir de algo.
—Este es Sirius —dijo la chica, acercándose a sus padres y posando un beso sobre la mejilla de cada uno.
—Madame —Saludé una vez que ambos hubieron entrado a la habitación—. Señor —le tendí la mano.
—Sus padres son magos —explicó— y la idea que tiene de los muggles la ha sacado de un libro, así que está —Frenó su discurso en seco, pensativa, intentando encontrar la expresión correcta para nuestro peculiar caso— explorando.
—Muy bien, Sirius —intervino su madre—. Tu hermana tiene que estar a punto de llegar —prosiguió dirigiéndose esta vez a su hija—, ¿por qué no vais poniendo la mesa? Luego nos contáis el resto.
—Vale, ¿viene Vernon? —preguntó Lily.
—Sí, cielo.
La chica hizo una mueca pero no dijo nada más.
Efectivamente, no había pasado ni un cuarto de hora cuando la cerradura de la puerta volvió a sonar.
—¿De quién es la moto que está aparcada en la puerta?
Las hermanas eran como el día y la noche. Petunia tenía el pelo rubio, corto, recogido en una coleta y vestía con un recatado vestido primaveral. Sus ojos oscuros me escudriñaron. Detrás de ella entró un chico algo más alto que yo, con unos grandes brazos y… todo grande. Era superlativo.
—Mía —respondí—. Hola, soy Sirius, un compañero de Lily. Encantado.
Les ofrecí el saludo de la misma forma que lo había hecho minutos atrás con los señores Evans. Ella se limitó a asentir y a encaminarse hacia la cocina. Vernon agarró mi mano con la fuerza de ocho como él. Yo estaba seguro de que unos segundos más y me hubiera quedado sin ella.
La comida fue… tensa. Petunia hablaba y hablaba. Que si había mucha gente en la consulta, que si no le había llegado el paquete, que si le tenían que dar las notas. De vez en cuando su padre la interrumpía para ir por otros derroteros, pero entonces ella volvía a la carga. Tardé demasiado en darme cuenta de que estaba evitando el tema.
—Entonces, Sirius, ¿sois todos magos en tu familia? —preguntó el señor Evans.
Petunia se atragantó.
Vernon miró hacia otro lado.
Lily se removió incómoda.
—Papá, ellos... —Se tomó un segundo para pensar en cómo quitarme ese marrón de encima— son diferentes. No creo que Sirius quiera hablar del tema.
—No, no importa —respondí—. Mi familia es una de las más amplias y antiguas de la comunidad mágica, dicen que existe desde al menos la Edad Media. Tenemos un tapiz enorme en casa con los retratos y nombres de todos. Muchísimas familias en la comunidad mágica están relacionadas o tienen algún pariente lejano que lleva mi apellido. Ahora los Tonks —me dirigí a Lily—, también los Potter. La madre de James creo que es mi tía o algo así…
—Las comidas familiares deben ser insufribles —comentó Petunia con aquella mueca siempre presente. Todos nos echamos a reír y así se zanjó el tema.
La sobremesa fue larga. Habían pasado pocos meses desde las últimas vacaciones, pero había mucho que contar. Lily y yo nos escaqueamos de recoger y subimos a tumbarnos en su cama.
La habitación era amplia, con papel pintado de color blanco y azul en un tono pastel. Un escritorio ocupaba casi la totalidad del espacio, así como el armario. Estaba cotilleando una montaña de libros cuando la lechuza negra de los Black se posó en el alféizar de la ventana.
—¿Y eso?
—Hablando de… —Abrí la ventana con cuidado para no golpear al animal. Desaté la carta de su pata, le acaricié y el ave desapareció en el horizonte— Es mi padre. Que me voy mañana por la mañana.
—Pero si acabas de llegar. ¿Por qué?
—No lo dice. Esto me huele como el culo —dije arrojando el pergamino a la mesa, hastiado—. Lo siento.
El resto del día sucedió sin ningún imprevisto: salimos a pasear y a disfrutar del frío invernal. Después cenamos fuera, nos emborrachamos y volvimos haciendo eses hasta caer los dos de nuevo en su cama.
—Sirius —susurró entre risotadas—. No hagas ruido.
La camiseta y los pantalones empezaban a ser un impedimento así que me los quité sin pensar demasiado. Más tarde me estiré sobre el colchón.
—Estás desnudo, Black. ¿Qué diría tu gran árbol genealógico al respecto?
—¿De mi desnudez? —pregunté.
—De que te vayas a acostar con una nacida de muggles.
—Posiblemente nada. Es un tapiz, no habla.
Ella se deshizo también de su ropa hasta que solo le quedaron puestas las bragas. Se sentó a horcajadas sobre mí y se acercó para besarme.
—Soy virgen, Sirius —Se llevó las manos a la cara. Estábamos mareados y prácticamente inconscientes; la verdadera sorpresa fue que no nos hubiera dado un coma etílico por el camino.
—Mi única experiencia sexual ha sido con Alecto Carrow, así que yo gano.
Se mordió el labio, indecisa.
—¿Seguro que quieres hacer esto? —pregunté— ¿Estamos siquiera saliendo, Lily? O sea, todo el mundo lo ha dado por hecho —necesité unos segundo para poder continuar—, yo lo he dado por hecho, pero eso no significa que sea real.
—Estás llorando.
—Tú también.
—No sé cuándo te convertiste en una persona tan importante —prosiguió.
—¿Estás cortando conmigo, entonces? —le interrumpí.
—¿Y tú?
Aún no alcanzo a comprender por qué todo aquello se desvaneció, supongo que en su momento parecía mucho más complicado.
Quizás lo era.
Nos abrazamos desnudos debajo de las sábanas, con los ojos llorosos y un montón de cosas en las que pensar. El silencio invadió la habitación, pero las dudas rebotaban en las paredes y no nos dejaban dormir.
—¿Podemos fingir que esto no ha pasado?
De esta manera, hicimos creer a todo Hogwarts que seguíamos juntos. De esta manera, nos intentamos convencer de que, efectivamente, éramos lo que podíamos haber sido.
