Corro por toda la mazmorra porque mi vida depende de ello, Grey me persigue y acabo parapetándome tras un potro de tortura. Él está frente a mí con un plumero rosa. Solo lleva puestos unos pantalones viejos, gastados y rotos. Golpea despacio el plumero contra la palma de la mano sin dejar de mirarme. Esboza una sonrisa triunfante. Por algún motivo estúpido el potro está colocado como barricada contra una esquina, lo cual significa que no tengo por dónde escapar. Se acerca a mí y me acerca la punta del plumero a la cara. Huele a plástico.
—Chupa —me ordena en voz baja.
¡Sí, bueno! ¡A saber cuántos culos ha tocado eso!
Me despierto totalmente desorientada. ¿Qué demonios ha pasado? Estoy en mi cama, sola. ¿Cómo? ¿Por qué? Me incorporo de un salto, me estremezco. Es de día. Miro el despertador: las ocho. Me cubro la cara con las manos. ¿Casi me hacen meterme en la boca un plumero de culos? ¿Habrá sido por algo que comí?
Kate se acerca a mí corriendo cuando entro tambaleándome en la cocina.
—Ortiga, ¿estás bien? Te veo rara.
—Plumeros rosas de culo —lloriqueo, aún grogui.
Todavía no me he recuperado del sueño.
—¿Qué? —Frunce el ceño—. ¿Has dormido?
—No muy bien.
Abro la nevera. Necesito leche.
—¿Qué tal la cena? —me pregunta.
Aquí vamos.
—Comimos ostras. Y luego bacalao, así que diría que hubo bastante pescado.
—Uf… Odio las ostras, pero no estoy preguntándote por la comida. ¿Qué tal con Christian? ¿De qué hablasteis?
Has preguntado por cena. La cena fueron ostras y bacalao. Muy rico.
—Se mostró todo lo tolerable que alguien como él es capaz de conseguir.
Me callo. ¿Qué puedo decirle? No me apetece contarle que tengo que firmar un contrato, hará preguntas. Y tampoco puedo contarle nada relacionado con que una pederasta abusó sexualmente de él cuando tenía quince años y ahora es un amo de la mazmorra que azota culos con plumeros rosas. Bueno, con plumeros rosas quizá no, pero tanto da.
Intento desesperadamente recordar algo de mi cita con Christian que pueda comentar con Kate.
—Amenazó con comprarme un coche.
—¿Un coche? Pero si ni siquiera tienes carnet. ¿Por qué estás tan evasiva? Suéltalo, amiga mía.
—Kate, hablamos de un montón de cosas. No me acuerdo. —Es una excusa plausible en mi caso—. De todas formas la comida fue sin duda lo mejor de todo.
La leche ya está caliente, así que cojo mi taza y me siento a la mesa.
Momento distraer a Kate.
—¿Quieres leerme tu discurso de hoy?
—Sí, por favor. Anoche estuve preparándolo en el Becca's. Voy a buscarlo.
Kate sale corriendo de la cocina.
Uf, he conseguido darle esquinazo. Abro un panecillo y lo meto en la tostadora.
Anoche me costó dormirme. Estuve dando vueltas a diversas opciones. Tengo que conseguir que el tarado firme el contrato para que podamos seguir adelante, pero no tengo nada con lo que esté dispuesta a negociar. Estoy a expensas de lo que el señorito tenga a bien aceptar.
Maldito niño rico. Y abusado sexualmente.
Se me llenan instantáneamente los ojos de lágrimas.
—Pobre criatura —sollozo.
Kate vuelve a la cocina con su portátil. Me seco las lágrimas con disimulo y me concentro en mi panecillo. Empieza a leer su discurso, y yo la escucho pacientemente.
Alguien está llamando a la puerta. Un tipo con traje. No sé quién es y no sé qué quiere. Pero no para de llamar.
Echo otra ojeada por la mirilla.
—Orti, hija, ¿estás lista?
Oh. Claro. También tengo un padre en esta historia. Parece.
Abro la puerta.
—Hola —saludo, intentando poner sonrisa de que le conozco, aunque no sé qué tipo de sonrisa puede ser esa.
—Hola, Orti, me alegro de verte. —Me da una abrazo.
Me aparta un poco, y con las manos en mis hombros me mira de arriba abajo con el ceño fruncido.
—¿Estás bien, hija?
Vaya, todas las figuras m/paternas son muy perceptivas en esta historia.
—Claro, papá —le digo con más entusiasmo—. ¿Por qué lo preguntas?
Sonríe arrugando las comisuras de sus ojos oscuros y me sigue hasta el comedor.
—Por nada. Estás muy guapa —me dice.
Vuelvo a llevar los vaqueros de Zarza. Es la única ropa que tengo que parece remotamente «de vestir».
—¿Dónde está Kate? —pregunta entonces.
—Ha ido al campus. Va a pronunciar un discurso, así que tiene que estar allí antes.
—¿Vamos tirando?
—Todavía tenemos media hora. ¿Quieres tomar algo?
Mierda. Este va a ser un día muy largo y muy lleno de conversaciones de ascensor.
Muchos silencios incómodos después, mi «padre», que resulta llamarse Ray, deja el coche en el aparcamiento del campus y seguimos a la multitud con birretes negros y rojos hasta el gimnasio.
—Suerte, Orti. Pareces muy nerviosa. ¿Tienes que hacer algo?
Ah, sí, debe de haberse dado cuenta de mis sutiles contorsiones de cuello en mi desesperado intento por mantener todas las direcciones controladas, en previsión del momento en que aparezca el tarado.
—No, papá. Es un gran día.
Y cierta persona puede aparecer en cualquier momento.
—Sí, mi niña se ha graduado. Estoy orgulloso de ti, Orti.
—Gracias, papá.
El gimnasio está lleno de gente. Ray va a sentarse a las gradas con los demás padres y asistentes, y yo me dirijo al mar de sillas para estudiantes. De algún lado he sacado una toga negra y un birrete, así que parece que finalmente no hubiera sido necesario recurrir a los pantalones de Zarza después de todo.
Todavía no hay nadie en el estrado, pero no dejo de mirar en todas direcciones. Está por aquí, en algún sitio. Me pregunto si Kate está hablando con él, quizá interrogándolo. Me dirijo hacia mi asiento entre compañeros cuyos apellidos también empiezan por D. Estoy en la segunda fila, lo que me ofrece tan solo un limitado anonimato. Miro hacia atrás y veo a Ray en las gradas, arriba del todo. Lo saludo con un gesto. Me contesta agitando tímidamente la mano. Me siento y espero.
El auditorio no tarda en llenarse y el rumor de voces nerviosas aumenta progresivamente. La primera fila de asientos ya está ocupada. Yo estoy sentada entre dos chicas a las que no reconozco, lo cual no es garantía de nada. Es evidente que son muy amigas, y hablan muy nerviosas conmigo en medio.
A las once en punto aparece un señoro entrado en años desde detrás del estrado, le siguen otros tres señoros y los profesores, todos ataviados en negro y rojo. Todo el mundo se levanta y aplaude, así que como estoy en la segunda fila y no hacerlo quedaría muy cantoso intento pasar desapercibida siguiéndoles el rollo. Algunos profesores asienten y saludan con la mano, y otros parecen aburridos. Al fondo del escenario están Kate y Grey. Por fin el público se sienta y cesan los aplausos.
—¡Mira a aquel tipo! —cuchichea entusiasmada una de las chicas sentadas a mi lado.
—¡Está buenísimo! —le contesta la otra.
—Tiene que ser Christian Grey.
—¿Está libre?
Uy. Estas pobres no saben en la que se pueden estar metiendo.
—Creo que lo que está es bastante desquiciado —murmuro.
—Oh —exclaman las chicas mirándome sorprendidas.
—Sep. Es uno de estos stalkers que averiguan dónde vives y te pinchan el teléfono —añado.
—Qué lástima —se lamenta una de las chicas.
—Ni que lo digas —coincido.
Mientras el rector se levanta y da comienzo al acto con su discurso, veo que Christian recorre disimuladamente la sala con la mirada. Me hundo en mi asiento y encojo los hombros para que no me vea. Fracaso estrepitosamente, porque un segundo después sus ojos encuentran los míos. Me mira con rostro impasible, totalmente inescrutable. Me calo el birrete hacia adelante y disimulo. Mis vecinas de asiento me miran con extrañeza, pero no dicen nada.
No pienses en plumeros rosas.
Kate avanza por el estrado y la sala irrumpe en aplausos. El rector se sienta y Kate se echa la bonita melena hacia atrás y coloca sus papeles en el atril. Hace reír a todo el mundo con sus bromas y cuando termina todo el mundo se levanta, la aplaude de nuevo y la vitorea. Yo le sonrío y levanto los pulgares, y ella me devuelve una sonrisa. Se sienta, el público también, y el rector se levanta y presenta a Grey haciendo un breve resumen de los logros de Christian: presidente de su extraordinariamente próspera empresa, un hombre que ha llegado donde está por sus propios méritos…
Porque que te adopten padres ricos no te facilita para nada la vida.
—… y también un importante benefactor de nuestra universidad. Por favor, demos la bienvenida al señor Christian Grey.
El rector estrecha la mano a Christian y la gente empieza a aplaudir.
NO PIENSES EN PLUMEROS ROSAS.
El tipo se acerca al atril y recorre la sala con la mirada.
—Estoy profundamente agradecido y emocionado por el gran honor que me han concedido hoy las autoridades de la Universidad Estatal de Washington, honor que me ofrece la excepcional posibilidad de hablar del impresionante trabajo que lleva a cabo el departamento de ciencias medioambientales de la universidad.
Ni que esto fuera Harvard, tú.
—Nuestro propósito es desarrollar métodos de cultivo viables y ecológicamente sostenibles para países del tercer mundo. Nuestro objetivo último es ayudar a erradicar el hambre y la pobreza en el mundo.
Y la paz en el mundo.
—Más de mil millones de personas, principalmente en el África subsahariana, el sur de Asia y Latinoamérica, viven en la más absoluta miseria. El mal funcionamiento de la agricultura es generalizado en estas zonas, y el resultado es la destrucción ecológica y social.
Hala. Toma ya. Pedazo de clasismo que te has marcado, ¿no? Ahora resulta que en Latinoamérica no se cultiva y encima se están cargando el planeta, los muy capullos. ¿Algo más de lo que quieras echarles la culpa?
—Sé lo que es pasar hambre. Para mí, se trata de una travesía muy personal…
Se me desencaja la mandíbula.
Christian ha pasado hambre. Maldita sea. Bueno, eso explica muchas cosas.
Recuerdo la entrevista y me devano los sesos desesperadamente intentando recordar el artículo de Kate.
Fue adoptado a los cuatro años, creo.
No me imagino que su amable y millonaria madre adoptiva lo matara de hambre, así que debió de ser antes, cuando era muy pequeño. Trago saliva y se me encoge el corazón pensando en un niñito de ojos grises hambriento.
Oh, no. No solamente abusaron de él sexualmente con 15 años, encima fue un niño maltratado y muerto de hambre.
Es una suerte que justo en ese momento acabe el discurso y todo el mundo empiece a aplaudir porque a mí se me llenan los ojos de lágrimas y comienzo a llorar casi a voz en cuello. Gracias a Dios, ni siquiera mi vecinas de silla parecen darse cuenta de que no me he puesto en pie, como el resto, y que en vez de aplaudir estoy berreando como un bebé al que le han quitado el chupete.
Grey sonríe brevemente ante el cálido aplauso, incluso Kate está aplaudiendo, y vuelve a su asiento. A continuación uno de los señoros del estrado se levanta y empieza el largo y tedioso proceso de entrega de títulos. Hay que repartir más de cuatrocientos, así que pasa más de una hora hasta que oigo mi nombre.
Avanzo hacia el estrado sollozando entre las dos chicas que había sentadas conmigo, y que me miran sin saber muy bien cómo intervenir o qué decirme. Christian me lanza una mirada extrañada y pálida cuando me ve subir los escalones y aparecer con la nariz goteante.
Cuando la chica que hay delante de mí se marcha con su título y me quedo justo frente a Christian se hace un silencio inseguro.
Un niñito de cuatro años solo y hambriento.
—Felicidades, señorita Dioica —me dice al fin, quizá pensando que es mejor fingir normalidad para que nadie se dé cuenta de cómo estoy, como si eso fuera posible.
Esquivo el diploma que me tiende y le rodeo el masivo pecho en un abrazo de oso. Hundo la cara en su corbata y continúo llorando muy escandalosamente.
—…siento…oh…niñito…Dios…hambre… —pueden irse escuchando palabras estrujadas y casi incomprensibles entre mis sollozos.
Hay un silencio sepulcral en todo el salón y Grey está inmóvil como una estatua bajo mi abrazo. Finalmente noto cómo intenta con cierta delicadeza separar mis brazos, pero yo aprieto con más fuerza y me niego a dejarle ir. Lloro más fuerte e incluso intento encaramarme a él cual koala. La cola a mi espalda ha quedado completamente obstruida y ya comienzo a oír el zumbido de los murmullos.
Al final noto que comenzamos a movernos hacia alguna parte.
Un niñito pequeño, solo y hambriento y escuálido.
Me agarro aún con más fuerza, por si acaso, pero muevo los pies para avanzar en la dirección que me marcan. Creo que bajamos del estrado y salimos a alguna otra parte porque los murmullos van haciéndose cada vez más débiles hasta desaparecer.
—¡Ortiga! —me llama la voz angustiada de Kate, noto sus manos en los hombros—. Ortiga, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?
—…pequeño y escuálido… —sigo gorgoteando entre llantos contra la corbata de Christian. Ladeo un momento la cabeza para poder mirar a Kate—. Tu discurso… ha sido… genial —le sollozo.
Ella me mira con pánico sin atreverse a decir nada. No entiende qué está pasando. Estamos en un pasillo por detrás del estrado, unas gruesas cortinas nos separan de las probables miradas curiosas del resto de la concurrencia.
Grey consigue por fin desenganchar mis garras de su espalda y me separa con delicadeza. Yo sigo flexionando los deditos e intentando volver a mi árbol cual koala.
—Es usted sin duda una caja de sorpresas, señorita Dioica —murmura Grey
—…pequeño y escuálido y muerto de hambre… —continúo balbuceando mientras las lágrimas siguen cayéndome por las mejillas en un no parar.
Sonríe brevemente a Kate.
—Discúlpanos —le dice.
Y antes de que Kate pueda responder, me coge del brazo y me lleva hacia lo que parece un vestuario de hombres. Comprueba que está vacío y cierra la puerta con pestillo.
Pequeño y solo y muerto de hambre.
Una nueva tanda de lágrimas comienza a empaparme la toga negra, que por suerte es discreta hasta para eso.
—Ortiga —dice con suavidad, con más suavidad de la que le he oído nunca. Se inclina hasta que nuestras caras quedan a la misma altura—. ¿Qué te pasa?
—No me dijiste que habías tenido una infancia tan dura —le acuso entre sorbidos de nariz.
Vuelvo a intentar abrazarle, pero él me detiene. Saca un pañuelo y me lo tiende.
—¿Estás así porque he dicho que sé lo que es pasar hambre? —Parece extrañado.
—Sí —me sueno ruidosamente la nariz—. Tu también discurso ha estado… err… bien —añado, intentado decir algo positivo por entre mis hipidos.
Excepto por la parte en que eres un racista y un condescendiente de mierda y asumes que la gente que se muere de hambre es por no saber cultivar y encima les echas las culpas de estar cargándose el planeta.
—Gracias —dice.
Le sigo mirando con los ojos llenos de lágrimas.
Un niñito hambriento y solo y desquerido.
Y vuelta a empezar.
Unos cien hipidos y tres pañuelos después me siento lo bastante calmada como para volver a ser persona. Así pues, inicio retirada hacia la salida del vestuario.
—Mañana te daré una respuesta sobre nuestro contrato —dice él cuando mi mano se posa sobre el picaporte.
—Okay.
La puerta no se abre.
—¿Te quedas a tomar algo? —me pregunta.
¿Aquí?
Le miro extrañada.
Oh. Tal vez es un intento de iniciar conversación. ¿Qué le pasa a esta puerta? Pruebo con la otra mano.
—No sé —contesto distraídamente mientras estudio el mecanismo del picaporte—, tengo por ahí un padre que tal vez quiera pasar tiempo conmigo.
—¿Tu padrastro?
Le miro.
—¿Mi padrastro?
Él también me mira.
—Ah, sí. ¿Ese hombre que estuvo una temporada casado con tu madre y al que sigues queriendo como a un padre?
Oooh. Grey, a veces eres útil. Gracias por la intel.
—Me gustaría conocerlo —dice.
Diría que a mí también, pero estaría mintiendo. Además, dos son compañía, tres son multitud.
Podría presentarlos y dejarles solos. Eso harían dos.
Ortiga, sé buena.
—Quizá no es la mejor de las ideas. —Vuelvo a centrar mi atención en la puerta cerrada.
—¿Te avergüenzas de mí? —pregunta muy serio.
Abre el pestillo de la puerta.
—¡Oh! ¡Un pestillo!
Christian me está mirando.
—¿Cuál era la pregunta?
—¿Por qué no quieres presentarme a tu padrastro, Urtica?
—Ah.
Me lo pienso con seriedad un momento, la mano bajo la barbilla.
—Bueno, tampoco iría tan lejos como para decir que no te lo quiero presentar —contesto—, simplemente no veo la necesidad. Además, hace tiempo que no me ve y me imagino que querrá pasar tiempo conmigo.
Además, ¿cómo quieres que te presente? Papá: este es el colgado que se dedica a stalkearme y al que le encantaría encadenarme a una cama con fines sadomaso. Los padres americanos tienen escopetas para situaciones como esta.
Huh. Eso es toda una idea, de hecho. Por otra parte, todavía no tengo el contrato.
Suspiro.
Esa idea tendrá que esperar.
—Bueno, ya me dirás lo del contrato —me despido—. Chao.
Abro la puerta y salgo. Los señoros de los discursos, varios profesores y Kate se me quedan mirando cuando paso a toda prisa por delante de ellos.
Mierda. No va a haber manera humana de pasar desapercibida después del numerito de hace un momento. Puede que yo tenga mala memoria para las caras, pero seguro que más de uno se va a acordar de la mía durante algún tiempo.
Hablando de mala memoria para las caras, la sala aún sigue medio llena y no tengo nada claro que vaya a ser capaz de reconocer a mi padrastro. Por suerte es él quien me ve a mí. Me hace un gesto con la mano y empieza a bajar de las gradas para ir a mi encuentro.
—Orti, felicidades —me dice pasándome el brazo por los hombros—. ¿Estás bien? Parece que te has emocionado mucho ahí arriba. —Me mira de arriba abajo—. No sabía si preocuparme.
—Estoy bien, estoy bien. ¿Te apetece venir a tomar algo? —desvío rápidamente la atención.
—Claro. Hoy es tu día. Vamos.
—No tenemos que ir si no quieres.
Por favor, di que no.
—Orti, he estado dos horas y media sentado, escuchando todo tipo de parloteos. Necesito una copa.
Uff, ¿quién no?
Avanzamos entre la multitud a través de la cálida tarde. Pasamos junto a la cola del fotógrafo oficial sin detenernos.
—Ah, lo olvidaba —Mi padrastro se saca una cámara digital del bolsillo—. Una foto para el álbum, Orti.
Pongo cara de loca mientras me saca la foto.
—Voy a quitarme ya la toga y el birrete. Me siento medio tonta.
Encontramos un entoldado inmenso y lleno de gente en el que te sirven cosas de beber y picoteo. Alumnos, padres, profesores y amigos se apelotonan charlando alegremente. Mi padrastro me pasa una copa de champán, o de alguna otra bebida no identificada que pueda utilizarse para brindis y demás celebraciones.
—¡Ortiga!
Al girarme, alguien me coge de improviso entre sus brazos. Me levanta y me da vueltas en el aire sin que se me derrame la copa. Toda una proeza.
—¡Felicidades! —exclama sonriéndome, con unos ojos verdes brillantes.
Maldito seas, deja de balancearte para que pueda tirarte el champán encima como venganza.
—¿Ortiga? —insiste—. ¿Ya no te acuerdas de mí?
Le miro. Ojos verdes, pelo rubio. Podría ser cualquiera.
—¡Soy Ethan! —exclama.
Le miro. Se llama Ethan. Podría ser cualquiera.
—¡Uau, Ethan! Qué alegría verte —exclamo con mucha emoción, fruto de mis muy motivacionales tres años de teatro.
Por favor, por favor, por favor, no seas mi compañero de trabajo. Eso supondría que te vi ayer.
Me giro muy diligentemente hacia mi padrastro.
—Papá, este es Elli…Ethan —le presento.
A la inversa no me atrevo porque no recuerdo bien cómo se llama mi padrastro y eso podría terminar de pifiarlo todo y que me internasen en un sanatorio mental, como los de las películas.
Se dan la mano. Mi padrastro evalúa fríamente al desconocido que me ha hecho volar por los aires con todas las confianzas del mundo.
Bueeeeno. Pues se ha quedado buen tiempo.
—¿Qué tal todo? —le pregunto al cariñoso no conocido, tirando de mi, literalmente, única baza de conocimiento sobre él: ninguna.
—Oh, ¡genial! Seguro que Kate ya te ha contado. He vuelto de Europa hace una semana y quería darle una sorpresa —me dice en tono de complicidad.
—Qué detalle —le digo sonriendo.
Así que tienes alguna relación con Kate.
Achico los ojos para mirarle con más atención, en busca de pistas sobre su identidad.
—Era la que iba a pronunciar el discurso de graduación. No podía perdérmelo.
Parece inmensamente orgulloso.
¿Pariente? ¿Admirador? ¿Novio?
—Su discurso ha sido genial —admito.
—Es verdad —confirma mi padrastro.
Por algún motivo incomprensible, me doy cuenta de repente, el tal Ellan me tiene cogida por la cintura y durante un momento me quedo quieta en muda sorpresa.
Se supone que en Estados Unidos no son una cultura tan de contacto como España. ¿Se puede saber qué colores está pasando aquí? ¿Darle un puñetazo para apartarlo será considerado descortés aquí también? Las reglas de cortesía parecen de pronto muy difusas y no las tengo todas conmigo.
Levanto la mirada y me encuentro con los gélidos ojos grises de Christian Grey. Cabreado, para variar. Kate está a su lado.
—Hola, Ray. —Kate besa en las mejillas a mi padre, que se ruboriza—. ¿Conoces al novio de Ortiga? Christian Grey.
Es intensamente creepy que mi padrastro se ruborice porque una veinteañera compañera mía de universidad le dé un beso en la mejilla.
Espera un segundo.
—¡¿QUÉÉÉ?!
¡¿Novio?! ¡¿Quién?! ¡¿Dónde?!
Del susto pego un salto que me aleja del brazo demasiado cariñoso del tal Elliot.
¡Noo!
—Señor Dioica, encantado de conocerlo —dice Christian tranquilamente, con calidez, sin que le haya alterado la presentación de Kate, mi grito o mi tripe salto mortal con tirabuzón.
Tiende la mano a mi padrastro, que se la estrecha sin dar la menor muestra de sorprenderse por lo que acaba de presenciar tampoco.
Pero si al otro casi le fulminas con la mirada. Este, ¡este! es el que requiere que te conviertas en mister-padre-americano-con-escopeta. ¡Céntrate, papá!
—Señor Grey —murmura mi padrastro.
Su expresión es indescifrable. Solo abre un poco sus grandes ojos castaños, que se giran hacia mí como preguntándome cuándo pensaba darle la noticia.
—Y este es mi hermano, Ethan Kavanagh —dice Kate a Christian.
Este dirige su gélida mirada a Ethan.
¿No se llamaba Elliot? Yo sé que había un Elliot. Ah: Elliot, hermano de Christian, novio de Kate; Ethan, hermano de Kate, nada de Christian.
Esto va a ser un infierno.
—Señor Kavanagh —dice Grey fríamente.
Se saludan. Christian me tiende la mano.
—Ortiga, cariño —murmura.
Casi me muero al oírlo. Literalmente.
Como mi cuerpo estupefacto no hace ademán de moverse, Christian se coloca resueltamente a mi lado. Kate me sonríe.
No tengo ni la más remota idea de por qué me sonríe. Ni de qué va todo esto.
—Ethan, mamá y papá quieren hablar con nosotros —dice Kate llevándose a su hermano del brazo. Y se despide de nosotros con una mano, todavía sonriente.
—¿Desde cuándo os conocéis, chicos? —pregunta mi padrastro mirando impasible primero a Christian y luego a mí.
He perdido la capacidad de hablar. Sólo sigo con la mirada a mi compañera de piso, que se aleja. Christian me roza la espalda y luego deja la mano apoyada en mi hombro. Giro la cabeza para mirarlo con los ojos como dos melocotones.
El mundo ha entrado en caos. Ninguna de las reglas de cortesía y espacio personal que creía conocer hasta el momento son ya válidas. Es el caos y el apocalipsis.
—Unas dos semanas —dice en tono tranquilo—. Nos conocimos cuando Urtica vino a entrevistarme para la revista de la facultad.
—No sabía que trabajabas para la revista de la facultad, Orti.
Vuelvo mis ojos de melocotón hacia mi padrastro.
Suena molesto. O no. No lo sé. Ya nada tiene sentido.
—Kate estaba enferma —consigo murmurar.
No logro decir nada más.
—Su discurso ha estado muy bien, señor Grey.
—Gracias. Tengo entendido que es usted un entusiasta de la pesca.
¡YO NO SÉ ESO! ¡¿CÓMO PUEDES TÚ SABER ESO?!
Mi padrastro alza las cejas y esboza una sonrisa poco habitual, auténtica. Y de pronto se ponen a hablar de pesca. Mis ojos rebotan de uno a otro como si esto fuera un partido de tenis. Sencillamente, nada de esto tiene sentido.
Se lo ha metido en el bolsillo.
Un escalofrío recorre mi espalda mientras enfoco la mirada en la cara de Grey, muy por encima de la mía.
Su poder no tiene límites.
Me disculpo y voy a buscar a Kate. Está hablando con sus padres, que están encantados de verme y me saludan cariñosamente. Intercambiamos varias frases que, espero, aunque ya no tengo certeza de nada, sean de cortesía. Hablamos sobre todo acerca de sus próximas vacaciones en Barbados y nuestro traslado.
—Kate, ¿cómo has podido soltar eso delante de mi padrastro? —le pregunto entre dientes en la primera ocasión en que nadie puede oírnos.
—Porque sabía que tú no lo harías, y quiero echar una mano con los problemas de compromiso de Christian —me contesta sonriendo dulcemente.
Creo que voy a llorar. O a entrar en shock. No lo he decidido. ¿Estas cosas se deciden?
—Y el tío se ha quedado tan tranquilo, Ortiga. No te preocupes. Míralo… Christian no aparta la mirada de ti.
Me giro y veo que mi padrastro y Christian están mirándome.
—No te ha quitado los ojos de encima.
—Creo que voy a ir a… a… —balbuceo—. Sí. Creo. —Miro a Kate—. Adiós.
—¡Ortiga, te he hecho un favor! —me grita todavía mientras me alejo.
