XIV

El Beso de la Noche


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El Monte Olimpo era un sitio divino, era uno de los sitios más bellos y placidos del cosmos, con vegetación agradable y un eterno clima cálido pero fresco. Aquí era donde sólo residían la mayoría de las divinidades griegas y sin embargo todas ellas tenían su propio templo, aunque no lo usasen. Como en el caso de Hades y Perséfone, Athena, Deméter, entre otros dioses que po motivo se hallaban ausentes.

Pero si algo era absoluto, era que sólo un 0.01% de la humanidad había podido presenciar tal belleza.

El templo de Eros, el cuál por supuesto estaba no muy lejos del de su madre, fue perpetuado por su legítimo dueño, quien calmadamente y sin preocuparse en lo más mínimo por lo que su flecha de odio había ocasionado en el mundo de los mortales; caminó hasta llegar al centro de sus grandes y lujosos aposentos. Ahí se encontró con su esposa, ella parecía estar a punto de entrar en un colapso nervioso. La pobre andaba de un lado a otro mordiéndose las uñas de sus dedos.

A punto de reírse por lo cómica que se veía, Eros arqueó una ceja al verla tan nerviosa.

―¡Me equivoqué! ¡No pude equivocarme! ¡Otra vez! ¡No, no, no! ―mascullaba alarmada yendo de un lado a otro—. ¡Estaba segura que todo resultaría bien!

El dios se repitió a sí mismo con gracia: hasta alterada es hermosa.

―Por esa actitud he de prever que ya debo comenzar a buscar clemencia para ti, ¿verdad, mi amor?

Gimiendo asustada, Psique lo fulminó con su mirada.

―No es gracioso. ¡Nyx podría matarme!

―¿A qué te refieres?

―Las Moiras acaban de cortar los hilos de esos dos humanos, ¡¿por qué precisamente ellos dos?! ―dijo exaltada y confundida―, ¿qué demonios le pasó al hombre que de pronto se volvió loco? E-es decir, sa-sabía que estaba loco… parcialmente eso fue mi culpa, ¡pero esto fue demasiado!

Eros se hizo el occiso.

―No lo sé. ¿Y eso es malo?

―¡Mucho! ¡La señora Nyx planeaba regresar el alma de la humana al amanecer y si descubre que ese cuerpo ya está muerto, va a enfadarse muchísimo conmigo! ¡Porque me dejó hacer una pequeña travesura mientras no causase desastres! ―exclamaba rápido, alterándose más y más.

Sí, sí. Eros ya sabía la historia de los planes de Nyx acerca de llevarse el alma de una insignificante humana para luego… un momento, ¿qué?

―¿Nyx planeaba regresar su alma?

Contando números hasta el infinito en una búsqueda desesperada de su paz interior, Eros al final empezó a cabrearse. Como sus sospechas de que Psique había hecho algo irremediablemente estúpido fuesen ciertas, él mismo tendría que ahorcar a su querida esposa para evitar que Nyx torciera todos sus huesos. La diosa de la noche era particularmente buena en eso.

Cada vez que alguien hacía enfadar a la gran diosa Nyx, ella no escatimaba en recursos para hacerle saber a su ofensor que había cometido un grave error.

―Aguarda un minuto. Yo te vi ―realmente no lo hizo, Athena lo convocó y ella fue quien le dijo lo ocurrido, pero Psique no tenía que saberlo ahora―. ¿Y todo ese teatrito que hiciste allá abajo, qué?

―¡Fue una broma! ¡¿Acaso después de todos estos años nadie ha logrado entender mis bromas?!

Llevándose un par de dedos a su sien derecha, Eros puso los ojos en blanco. Después de siglos y siglos de saberse bien que nadie en el Panteón griego era fan de las bromas ni particularmente piadoso al respecto… en especial cuando dichas bromas eran de Psique… ¿y ella seguía haciéndolas?

A Eros en serio le costaba creer que Psique no se diese por vencida con sus estúpidas bromitas. Si por lo menos fuesen graciosas… ¡pero no! No eran graciosas y para variar, bromas como éstas se volvían cada vez más molestas con el pasar de los años. Él mismo por su edad y por su tiempo ennoviado y luego casado con ella, ya había comenzado a tolerar esa parte nefasta bromista de Psique que quizás nunca se iría de ella, pero él la amaba lo suficiente como para saber bien que si no mantenía a la bestia juguetona "en su propia celda", que vendría siendo el templo que compartían, él iba a tener que recibir los azotes en su trasero.

Un ejemplo perfecto era este caso.

El nombrado Dios del Amor, ya estaba preparándose mentalmente para proseguir pensando en que hubo un tiempo en el que, disfrutando de cada segundo, él mismo pudo haberle volado la cabeza a cualquiera que a hacerle una broma como esa, lamentablemente él amaba a Psique, era su esposa y la extrañaría mucho si muriese.

Si Nyx golpeaba tan bien como en sus años más alocados, Eros iba a tener que comer sólo sopa por un siglo después de la paliza que le daría a él en lugar de a Psique.

Pero antes…

―Querida, ¿qué hiciste en realidad? ―le cuestionó con severidad.

―¿Eh…?

―Admito que mi intervención fue una mala jugada —de hecho no había sido así, porque él no se había autoinvitado a este desastre, él sólo hizo lo que Athena estúpidamente le pidió, «así que la diosa de la sabiduría, ¿eh?» pensó en un tono irónico—, pero conozco bien el efecto de mis flechas —continuó recriminatorio—, y jamás había visto una reacción tan violenta ni mucho menos tan rápida —se cruzó de brazos—. ¿Qué no me has contado?

La cara contraída de Psique le dio mala espina.

Asombrada, con pánico, ella lo miró.

―¿Tus…? ¿Tú usaste tus flechas? ¿En… él?

―Cariño, te amo ―suspiró agobiado―. Y te lo digo porque te amo: tus-bromas-apestan.

Al verla a punto de caer sobre su propia espalda, yendo de un lado a otro sin dejar de comerse las uñas, Eros se apiadó de ella y le confesó que Athena lo llamó. Posteriormente narró todo sobre su intervención. Esperaba que con eso se calmase un poco, pero ella casi se arrancó el cabello sin dejar de gritar.

—¡¿Qué hiciste qué?!

No había nada que exasperase más a Eros que los gritos de una mujer. Sobre todo si hablábamos de su esposa.

―¡¿Por qué usaste la flecha de odio con él?! ¡¿Por qué con él?! ¡¿Acaso no te diste cuenta de la presencia de mi cosmos en Albafica de Piscis?!

Quedándose pálido, Eros captó el significado de la última pregunta.

―Dime por favor que no lo tocaste antes —murmuró preparándose para una respuesta nada favorable.

Llevándose una palma a la cara, Psique se quedó callada. Eros no necesitó de una afirmación más clara.

La diosa pelirroja lo había tocado intencionalmente cuando fue a hablar con Albafica de Piscis en el doceavo templo del Santuario y puso un dedo sobre el peto de su armadura. Psique lo había hecho porque quería que él se apresurara a decidirse. Pensó que si usaba su influencia posiblemente Albafica lo hiciera a la mañana siguiente cuando Agasha recuperase su alma. Luego de un buen escarmiento.

Jamás imaginó que esto pasaría.

Psique quería que ambos humanos pudiesen vivir juntos y seguir siendo un buen entretenimiento para Nyx.

¡Pero ella nunca predijo que Athena llamaría a Eros y que él usaría una de sus flechas de odio desequilibrando drásticamente las emociones del humano dirigiéndolo a un desastroso final!

Nyx le arrancaría las extremidades en cuanto se enterase.

―¡¿Qué voy a hacer?! ―se tomó la cabeza con exasperación―. Y para colmo, Albafica se suicidó.

Con una cara estoica, como si con sus ojos él expresase fastidio que fuesen los humanos lo que más le importase a Psique, Eros dijo mordaz:

―Wow, ¿y eso es nuevo? La gente se suicida todo el tiempo… hey, ¿qué fue eso? Ahora mismo acabo de oír la cabeza de alguien rompiéndose contra el piso después de lanzarse del techo de un gran edificio.

Irritada por su comentario Psique lo miró mal.

―No estoy bromeando, Cupido.

El apuesto dios rubio hizo una mueca de desagrado ante ese nombre.

―Malditos romanos ―gruñó entre dientes.

―¡¿Acaso sigues aquí?! ¡Necesito ayuda! ―tomó a su esposo de los hombros y lo agitó―. ¡Esos humanos no pueden morir! ¡No ahora! ¡Nyx ya se encariñó con los dos!

―Pues ya se murieron ―desligó Eros―, ¿qué quieres hacer?

―¡Aaahhh! ¡Contigo no se puede hablar de estos temas!

Eros dejó que su esposa se marchase irritadísima de su templo, posó una mirada pensativa sobre el camino, pero luego suspiró subiendo su atención al techo.

―Debería dejar de intentar bromear con los demás y sobre todo con los otros dioses. ―Ahora haciendo gala de su papel como marido de Psique, debía ir a enmendar unos cuantos detalles.

Desapareció de su templo más no fue al mundo humano sino al hades.

Cómo odiaba ese lúgubre lugar espantoso de colores oscuros y rojizos, lleno de muertos y miseria. Nada que ver con su hogar vivaz lleno de luz.

Una vez que se hizo presente en ese oscuro mundo, ese al que nadie siquiera visitaría a menos que fuese necesario. De vida o muerte. Eros carraspeó la garganta, y luego gritó:

―¡Perséfone! ¡Yo, Eros! ¡Te invoco!

Viendo que nada ocurría en ese hueco espeluznante y maloliente a hollín. Eros volvió a gritar al verse ignorado:

―¡Estúpida perra, sombra de Pandora! ¡Ven aquí ahora!

Como lo predijo, obtuvo la atención que quería. Una fuerza descomunal lo arrojó a una de las rocosas paredes.

―Tienes huevos de sobra para llamarme así, en mi propia prisión, Cupido.

¿Por qué todos en el Olimpo y fuera de él lo llamaban así?

¡Se llamaba Eros! ¡Eros! ¡Maldita sea!

―Suéltame o vas a tener a un marido mucho más hijo de perra de lo que ya tienes ―amenazó tomando la fina muñeca de Perséfone.

Rubia, pálida, alta de ojos grises y un delgado pero elegante vestido negro, la diosa miró al intruso con desprecio frío.

Perséfone era una dama que combinaba bien con la oscuridad y la luz; su mirada llena de odio haría que el mismísimo Zeus temblase en una esquina como un cachorro asustado. Pero su eterno malhumor era comprensible. En estas fechas donde se supone, tenía que ser libre, Perséfone podría estar haciendo más que sentarse en su frío trono a esperar a desatar su ira contra el primer pobre diablo que se le atravesase. Podría pasear con su madre en sus frescos campos en el Monte Olimpo, disfrutar del mundo mortal; su naturaleza. Pero no, el destino era una verdadera perra pues en vez de todo eso, Perséfone tendría que seguir trabajando eternamente, dirigiendo este sitio, mientras su esposo jugaba al conquistados que siempre perdía.

Para variar, mientras el imbécil que la había tomado a la fuerza como esposa, todavía estaba sellado por Athena (a quién de cierto modo, le agradecía el favor de quitarlo de su vista) durmiendo plácidamente en un sueño que duraba 200 años, ella debía aceptar esta porquería de empleo eterno.

Su situación era cómicamente trágica.

Como reina del Inframundo, su palabra era ley en este sitio… hasta que Hades despertase, por cierto. Pero en ausencia del bastardo al que ella debía llamar "esposo", su deber era gobernar el oscuro mundo para evitar que todo el orden que había en este basurero apestoso y miserable se fuera al carajo.

Por otro lado, desde que Hades y Athena iniciaron sus ridículas guerras, Perséfone veía a su esposo cada vez menos y por ella estaba más que perfecto.

Que la perra arrastrada y sin dignidad de Pandora se hiciera cargo de él cada vez que al viejo energúmeno le daba la gana reencarnar en un humano para usarlo como huésped y formar así un drama que sólo él y Athena entendían. Con sumo placer, Perséfone rostizaría el alma de Pandora por su osadía, al pavonearse, por todos lados con su marido, como una amante intocable.

No es que la diosa sintiese celos maritales, pero el ego de Perséfone se retorcía al pensar que su honor estaba siendo manchado con la simple existencia de esa imbécil que apoyaba al otro imbécil. Qué se sentía la reina de todo mientras Hades estuviese vivito y coleando, destruyendo todo lo que toca.

Para variar, Perséfone entendía que la pobre estúpida de Pandora estuviese hechizada por el encanto natural de Hades, lo que la orillaba a comportarse como una perra en celo tras el único macho de su especie. Aun así, Perséfone no dejaba de sentirse irritada por el desplazamiento que el viejo maldito gusano ejercía sobre ella cuando no estaba de humor para acosarla sexualmente e iba con Pandora para que ella lo mimase entre sus piernas.

Perséfone y Hades podrían ser esposos a ojos divinos y mortales, pero realmente no se conocían de nada ni tampoco se toleraban. Hades debió haber elegido a Pandora como esposa y no joderle la vida a Perséfone por un simple deseo carnal que a la larga ninguno disfrutaba. La frialdad de la diosa dejó de pasar desapercibida por su esposo por lo que él finalmente se cansó de tomar su cuerpo para ir y buscar su placer en otros lados como el resto de asquerosos que tenía como hermanos y hermanas. Esparciendo híbridos con cuanta puta se le cruzara.

Lo único que enfadaba realmente a Perséfone era que estaba condenada a quedarse en el Inframundo, fuese o no su temporada de libertad, sobre todo cuando Hades era sellado por Athena, que era siempre. Y tampoco era como si despierto le fuese de utilidad ya que no sólo desplazaba a los 3 Jueces del Inframundo para mandarlos a morir bajo los santos de Athena, ocasionando que el orden se desequilibrara y tuviese que ser Perséfone quien usase toda su energía para evitar el derrumbe de un reino que brillaba por la incapacidad de su rey para gobernarlo.

Pero al final todo valía la pena. Los jueces volvían a su mando, Hades era sellado por Athena, Pandora también era sellada y la reina se regocijaba al enterarse de una nueva derrota.

¡Qué el maldito probase lo que era que no te dejasen hacer tu voluntad!

Ya era hora de que alguien le marcase límites a Hades, aunque Perséfone lamentaba no ser ella quien tuviese el gran honor.

Viéndole el lado positivo, Perséfone debía admitir que ser la Reina del Inframundo en ausencia de Hades era mejor, no había ningún mosquito molesto que la distrajese de condenar a los bastardos y malditos que llegaban arrastrándose como sanguijuelas pidiendo la clemencia que no dieron a otros cuando vivieron.

Entonces cuando quisiera, ella podía desahogar sus deseos sexuales en condenados atractivos que al final terminaba desechando como la basura que eran. No era la gran cosa, pero era algo. Luego cuando podía ir el mundo humano, Perséfone se disfrazaba y trataba de ser más o menos normal. De verdad extrañaba el agua fría de los ríos limpiándole los pies.

Y ahora este bastardo alado llamado Eros la sacaba de sus pacíficas cavilaciones sólo para fastidiarla.

A menos que fueses Athena o alguno de sus Santos en busca de los culos de Hades, Pandora, Hýpnos y Thánatos, ¡nadie fastidiaba a la realeza en su propio reino!

¿Y además la amenazaba con hacer aún más insoportable a Hades? ¿O ponerle otro dios en su camino para que la violente sexualmente simplemente por creerse superior?

―Puedes intentarlo ―le respondió Perséfone a Eros con burla por su amenaza―, pero no olvides quien ayudó a Psique a salvar tu inmundo trasero y el suyo. No olvides a quién le debes tu felicidad —escupió con veneno.

Eros se sintió mal al ver el odio de la diosa. No era culpa suya que ella estuviese pasando por este calvario, pero tampoco la era de Perséfone.

Ella tenía razón.

Su felicidad con Psique se la debía a Perséfone, ¿cómo podría ofenderla o hacerle daño cuando le debía tanto?

Eros al final supo que tenía que tragarse su ego.

―Lo siento, Perséfone ―dijo ahogadamente, ablandó su mirada; tratando de no aflojar el agarre sobre su cuello―, sólo quería tratar un asunto pacífico contigo.

―¿A quién quieres de regreso? ―preguntó severa, soltándolo.

Perséfone apretó los dientes. Siempre querían a alguien de regreso y por eso acudían a ella.

Como era lo lógico, nadie iba hasta ahí para saludarla, ¿y para qué querrían hacerlo? Si ella pudiese elegir tampoco pondría un pie aquí por su propia voluntad. Todos la habían abandonado y sólo la buscaban cuando necesitaban un favor.

Centrado en lo suyo, Eros acarició su propio cuello. Para ser una diosa femenina que no tenía nada que ver con la batalla, Perséfone era fuerte. Más sádica de lo que la recordaba, de hecho. Cada año que pasaba encerrada en este hueco se volvía más loca. Ya era un hecho.

―Verás, Nyx y Psique hicieron una estupidez.

―¿Mmm? De Psique no me sorprende, pero, ¿qué tiene que ver la gran Nyx en esto?

Todos en el panteón griego, a diferencia de Nyx y Afrodita, ni siquiera le dirigían la palabra a Perséfone a menos de que ella estuviese en la superficie o, como ella lo había mencionado, necesitasen de su ayuda, por lo que he ahí el respeto que le tenía a la diosa de la noche.

Tratando de ser breve, Eros le relató a Perséfone lo ocurrido. La diosa pareció interesarse con el relato apenas oyó que se trataba de un Santo de Athena y su enamorada, la actitud reacia de Perséfone entonces se esfumó con calma. Eros se preguntó por qué, pero no mencionó palabra al respecto. No tenía tiempo para pequeñeces.

―Y básicamente eso es todo lo que sé ―terminó Eros de relatar procurando no saltarse nada.

―Ya veo, se me había hecho extraño ver a ese hombre aquí. Aún no era su turno.

―¿Albafica de Piscis?

―Está por allá ―señaló Perséfone a la pared, donde abrió un pequeño vórtice rojo; adentro de él se pudo ver a Albafica, o su alma, apresada firmemente de pies y manos entre ramas de un bosque ennegrecido con densa neblina grisácea.

El alma de Albafica, el cual permanecía en su forma base, tenía un violento hueco grande en su pecho donde se suponía debía ir el corazón. El que ambos se pareciesen un poco físicamente, hacia la imagen más siniestra.

Eros se sintió un poco culpable por ese miserable destino. Pero las leyes eran lo que eran, aquellos que tomaban su propia vida eran refundidos en ese bosque maldito sin la posibilidad de olvidarse de las últimas emociones negativas que los orillaron a cometer el atrevimiento de eliminarse a sí mismos, aún si estas fueron provocadas por la flecha de odio de Eros. Todo dolor y desesperación, ahí era mil veces peor. Lo más horrendo de todo, era que este bosque no albergaba a una sola persona enviada ahí por el dios del amor. El número exacto de víctimas por las flechas que al final se volvieron locas y terminaron ahí… no era fácil de calcular.

La ira, el dolor, el sufrimiento y arrepentimiento. Las raíces del bosque aprisionaban a las almas que ahí aterrizaban. Al poco tiempo éstas se convertían en otro árbol seco y lúgubre que guardaría ahí hasta que otra alma llegase, para combinarla en el bosque como otro árbol más.

Así era por toda la eternidad, y no había un límite de espacio. El bosque cada vez crecía más y más.

―El Barquero no lo vio para cruzarlo por el río Aqueronte —explicó Perséfone con cierta curiosidad en saber a qué se debió eso, pero incluso ella siendo una diosa no era capaz de estar en todos lados al mismo tiempo y he ahí la razón de que necesitase a los tres jueces activos y trabajando—. Su alma apareció ahí sin demora alguna, pero como no es la primera vez que pasa algo así con un alma, no indagué en los detalles. Son pocos los casos como este, pero después de tanto tiempo he dejado de interesarme en ellos ―meditó pensativa―. ¿Dices que todo fue obra de Nyx y Psique?

Tragando saliva, Eros apartó la mirada de Albafica para volver a Perséfone.

―Así es —respondió—, Psique engañó a Athena y a sus Santos haciéndoles pensar que Nyx había robado el alma de la humana cuando en realidad pensaba en devolverla al amanecer.

—No es normal que Nyx tome un alma, así como así —meditó Perséfone.

—¿Y qué quieres que yo te diga? —alzó los hombros—. Yo no habito en su cabeza.

―Pero sí fuiste el idiota que terminó de contar la estúpida broma de tu esposa con tus flechitas —entrecerró sus ojos sobre él.

―Hey, yo también soy una víctima ―se defendió Eros―. Sabes lo buena que es mi esposa mintiendo.

―Vaya que sí —alzó las cejas—. ¿Y cuál es tu plan? Como sabrás, cuando un alma está aprisionada en el Bosque del Suicidio no hay escapatoria.

―La hay ―insistió Eros.

―Si me dices: "el amor lo puede todo", voy a hacerte sangrar —gruñó entrecerrando sus ojos sobre el dios.

―Aparte de eso ―resopló, sabía que esa frase ya era muy trillada, pero Eros odiaba que la gente, y más los dioses, desacreditasen el poder del amor―. Escucha, el alma de la mujer que tiene Nyx… ella lo ama. Quizás…

—Si tu plan es que ella sea enviada al hades por su hombre, eres un iluso. Además, es probable que esté herida en los Campos Elíseos, lo que por supuesto la hace inútil.

―Eso es imposible —se extrañó Eros—. ¿Cómo deduces eso?

―Es posible y lo sabes. Además, él ya se rindió… o eso veo —ambos miraron cómo las raíces envolvían más al santo. Perséfone no se dio cuenta de que Eros apretó la quijada—. El humano está perdido, entrega a Pisque a la ira de Nyx, y piensa que ya eres un dios soltero otra vez.

Ella se dio la vuelta, dispuesta a irse.

—¡Perséfone!

Por encima del hombro, Perséfone vio a Eros con pena, negando con la cabeza.

—¿Acaso no lo entiendes? —le dijo duramente—, ambos somos dioses; pero no hacemos milagros. Deja al humano, a tu esposa, y sálvate a ti mismo.

―No —espetó—. Escucha, hay una salida. Él creyó que había matado a la mujer por completo y en medio de la locura en la que lo metimos Psique y yo, Albafica de Piscis se suicidó porque aparentemente la amaba más de lo que creíamos —tragó saliva pesadamente—. Digamos que en gran parte es culpa mía que esté ahí.

—Entonces entrégate a Nyx en lugar de Psique, ¿para qué intentar mandar un alma pura al hades si todo pronóstico está en contra tuya? Además, un alma tan débil como la de esa chica será carnada para las bestias que moran en el inframundo. Ni tú puedes ser tan cruel y estúpido para mandarla ahí sabiendo eso —masculló con fastidio—. Incluso para un santo de Athena, la tarea que planeas imponerle a esa insignificante mortal es un suicidio —dijo la última palabra con cierta ironía.

Se giró con elegancia, y con su delgado, pálido y casi huesudo dedo índice, Perséfone señaló al vórtice rojo donde aún podían ver el alma de Albafica siendo cada vez más apresada por las raíces.

—Eso que ésta ahí, es culpa tuya y de Psique. Sé un dios, amárrate bien el cinturón y acepta el castigo que te toque por hacer tu voluntad sin pensar en las consecuencias —espetó Perséfone por lo bajo—. Ahora lárgate de mi vista —iba a girarse de nuevo hasta que oyó la voz de Eros otra vez.

―Si sólo fuese asunto mío lo haría, pero sabes bien cómo es Nyx, no se conformará conmigo. Y no puedo permitir que ella le haga daño a mi esposa.

—¿Aunque lo merezca? —alzó una ceja.

—Aunque lo merezca —espetó sin dudar—. Escucha, yo no soy un dios caritativo —él ignoró la burla en la cara de Perséfone—, pero sé que mi Psique sí lo es a pesar de ser una… muy mala comediante.

―Pésima ―corrigió Perséfone.

―Y la chica, herida o no, aún tiene posibilidades. Puede encontrarlo y traerlo de vuelta —se aferró a su idea.

—¿Para volver a dónde? A dos cuerpos muertos, ni más ni menos. ¿Qué tonterías estás diciendo?

—Sabes que un cuerpo mortal no es tan difícil de reparar, pero no es imposible si se hace bien y en tiempo.

—¿Vas a ir en contra de las Moiras? Ellas ya han cortado los hilos de esos dos. Están perdidos.

—¡Escúchame! —Eros le gritó—, el alma y el cuerpo pueden estar conectados, y sabes que para que ese lazo se rompa por completo, se requiere de la destrucción total de uno de ellos.

Si todavía no se habían quemado los cuerpos de ambos, las almas de los dos tendrían un sitio al cual volver. Revivir un cuerpo humano no era el problema, el problema era unirlo al alma correcta sin dejar secuelas.

—Si lo planteas así, lo que le pase a uno (cuerpo o alma) le pasará al otro hasta que el alma se desprenda por completo del cuerpo terrenal o regrese a él —Perséfone entrecerró sus ojos—. Es demasiada presión para una chiquilla mortal.

—Si su alma está herida, puede que haya posibilidades de interferir.

―Su cuerpo ya está muerto ―declaró otra vez, Perséfone con acidez.

Perdiendo la poca paciencia que tenía, Eros chasqueó la lengua.

―No del todo. Ella no abandonó su carne terrenal de forma natural. Si su alma está herida aún queda una mísera posibilidad para poder recuperarla. El daño aún no es permanente.

―¿La posibilidad de los tres días? —ella sonrió tétricamente burlona.

¿Cuándo fue la última vez que una cálida curva en sus labios se hizo presente? ¿En qué momento Perséfone dejó de ser una diosa noble que ayudaba sin pedir nada a cambio? Maldito Hades que quizás ni él supiese las respuestas.

―Ese lapsus de tiempo mortal es esencial. Pero si Nyx y Athena se enfadan y tratan de matarnos, a Psique o a mí, ya no habrá posibilidades y ambos morirán definitivamente.

―¿Entonces? ¿Qué vas a hacer?

―Deja que el alma de ella se desprenda por completo de su cuerpo durante un límite prolongado y mándala al bosque. Yo mantendré sus cuerpos intactos mientras tanto.

Perséfone abrió los ojos desmesuradamente.

―Sigues con lo mismo —gruño—. ¿Estás consiente de que juegas con el decreto de las Moiras? ¿Estás seguro que quieres correr el riesgo por dos simples mortales?

―No es por ellos —se aferró a eso, aunque en el fondo no estaba tan seguro—. Sabes que un dios que libera un alma del infierno pierde parte de sus poderes y yo no planeo hacerlo, no soy tan bueno y esas tres malditas perras pueden venir a besarme el culo cuando quieran ―masculló Eros.

―Eso díselos a ellas en sus caras. ¡¿Por qué no dejas que tu estúpida esposa se sacrifique por su imbecilidad?! ¡¿Eh?!

Tratando de hacer caso omiso al insulto hacia su amada, Eros cerró los ojos invocando toda su paciencia. Toda la que apenas le quedaba. Si quería que el hermoso cuello de Psique se mantuviese sin alteración alguna, producto de Nyx o la propia Athena, él debía soportar a Perséfone.

―No pienso permitir eso tampoco. De cualquier forma, Psique y yo no tenemos toda la culpa. Le dije al humano Albafica que él iba a hacerse responsable de sus acciones y falló, aceptó el trato sin pensarlo así que esto también fue su…

―¡Jódete! ¡No quieras excusarte ni excusar a Psique! Como si fuese tan simple mantener la cabeza cuerda con una de tus putas flechas de mierda. ¡Y luego está el toque mágico de Psique! ¡¿Qué podía pasarle al humano salvo volverse loco si ustedes dos estaban metidos hasta el cuello en sus asuntos?! ¡¿Acaso eres estúpido o te gusta fingir serlo?! ―le gritó a la cara―. Dale crédito al humano, al menos se liberó de tu control y del de Psique antes de morir.

Eros lo sabía, pero un enorme peso llamado "orgullo" no iba a permitirle reconocer eso.

―Demasiado tarde. ¿Y por favor podrías dejar de gritar? ¿Por qué todas ustedes me gritan?

―¡No dejaré de gritarte porque eres un idiota! Y el humano se liberó de ustedes dos, porque amaba a la humana, y al ver el daño que le hizo tu estúpida flecha producto de la estupidez de tu esposa, también tomó su vida. ¡Felicidades, otras vidas que arruinas por nada!

Ambos dioses chocaban en ideales, por eso trataban de evitarse lo más posible. Para variar Perséfone odiaba las injusticias como esta por parte de los dioses y Eros quería salvar el bello culo de Psique; y por eso estaban ahí.

―¿Entonces eso es lo único que planeas? ¿Mandar a la humana a liberarlo así sin más? ¿La humana tendrá que resolver las estúpidas acciones de ustedes dos? Mira que bastardo eres ―siguió Perséfone casi como si se estuviese burlando de él.

―Sólo un alma pura podría hacerlo ―dijo serio.

―¿Aún a sabiendas de que ella podría quedar atrapada ahí también?

―No lo hará.

Haciendo un movimiento de cuello, Perséfone lo miró mal.

―Eres un imbécil.

―¿No tienes otros insultos por ahí?

La diosa lo miró enfadada.

―Bastantes ―respondió.

―Escucha, yo iré con Athena, mantendré ambos cuerpos en condiciones hasta cuando sus almas logren liberarse y vuelvan a la vida.

―¿Y qué harán con Nyx?

―Psique va a tener que explicárselo. Yo ya estoy jugándome demasiado mi reputación y mi trasero como para seguir protegiéndola de su insensatez.

―Al fin ―rezongó Perséfone como si acabase de encontrar el aliento que necesitaba para no estampar a Eros nuevamente contra la pared―. Bien, sólo porque estoy en eterna deuda con Athena por quitarme de encima al gusano bastardo y porque odio profundamente este tipo de situaciones, ayudaré a la humana a recuperar a Albafica de Piscis. Pero…

Eros arqueó una ceja.

―Tú me debes el favor.

―¡¿Qué?!

―Dado a que esto lo haces sólo por Psique y su infinita estupidez, voy a devolverte el insulto que acabas de hacerme. Me debes el favor ―repitió con el mismo tono de voz que usaba para condenar a las almas pecadoras.

―¿Desde cuándo cobras los favores? ―preguntó Eros enojado.

―Desde que decidiste llamarme "perra" en mi propia casa maloliente ―respondió―, yo también tengo una reputación que mantener, ¿entiendes?

El dios gruñó, más Perséfone no se inmutó, alzó el dedo índice de su mano derecha hacia su cara, chasqueando la lengua, deteniéndolo de cualquier intento por replicar.

―Ah, y que Nyx se entere pronto de esto pues no quiero problemas con ella. ―Le sonrió cínicamente―. Y date prisa. Las raíces de los árboles no tardarán en consumir a Albafica de Piscis, he de decir que se resiste a caer en la oscuridad. Pero en poco tiempo eso ya no importará más pues sigue siendo un humano. Así que, mu-é-ve-te.

Así como llegó, Perséfone desapareció de la vista de Eros. Éste con exasperación, se pasó una mano por encima de su cabello y fue al mundo terrenal.

Si su esposa volvía hacer una broma más como esta, él mismo se refundiría en el Bosque de los Suicidios sin rechistar.

El Templo de Piscis, como supuso, estaba atiborrado de Santos Dorados y Athena, quien al verlo se levantó de donde estaba arrodillada (enfrente de los afectados) con enfado y tristeza por su soldado y la humana.

Sí, esto iba a doler.

―Creo que no funcionó como hubiesen deseado, ¿cierto? ―ignoró el rechazo en los ojos de todos los presentes―. No todo en esta vida es color de rosa y las fallas son normales cuando mezclas este tipo de pruebas y a los humanos.

Eros miró los dos cuerpos cubiertos por sábanas. El de Albafica estaba lleno de sangre (qué desastre) mientras que el de Agasha estaba apenas manchada, la sábana que la cubría, por la parte del pecho… una pierna y una mano también sangraban. Muestras claras de la crueldad y la estupidez por parte de Psique y él mismo.

En lo profundo de su cabeza, el dios del amor tuvo que admitir que no había actuado con mucha inteligencia al no prever que Psique guardaba una mala broma bajo la manga.

Las lágrimas de Athena cayeron.

―¿Qué buscas ahora?

―Decirte unas malas, muy malas noticias ―se cruzó de brazos―. ¿Adivina? Psique les mintió a todos, incluso a mí. Ella no planeaba robar el alma de la humana y Nyx no planeaba quedarse con ella.

Un sonoro "¿qué?" hizo coro en el templo.

―¿Qué estás diciendo? ―masculló Sasha.

―Qué Psique sigue haciendo gala de su pésima comedia de mal gusto. Quiso molestarte diciéndote que iba a robar el alma de la humana cuando en realidad Nyx sólo deseaba su compañía por una noche…

Un cosmos aterrador, junto a un fuerte temblor, sacudió Rodorio. Quizás toda Grecia. O quizás todo el mundo.

―Y ahí está Nyx descubriendo que el alma de la chica no va a regresar a un cuerpo mallugado.

Athena se sostuvo con su báculo para no caer ni mucho menos para no golpear a Eros con él.

―Estás diciéndome… ¿qué Agasha no estaba muerta realmente?

―Eso es exactamente lo que te estoy diciendo. Psique lo maquilló todo porque quería hacer una broma… y porque es una muy pésima casamentera también —masculló lo último. Luego resopló―. Ella pensó que alterando al humano con su toque iba lograr algo positivo en él, pero…

―¡¿Psique lo tocó?!

El secreto a voces en el Olimpo. La diosa Psique al recibir la ambrosía, también fue equipada con un don que la diosa Afrodita le dio sin su consentimiento, como una garantía de que ella no engañaría a su hijo.

Cualquier hombre o mujer mortal que Psique tocase sufriría de una alteración en sus emociones de forma casi instantánea. Para bien o para mal, todo exceso era peligroso y eso todos los dioses lo sabían por lo que procuraban no acercarse demasiado a la recién nacida diosa. Aunque insignificante, ese don era más una maldición, pero nadie lo diría abiertamente.

He ahí el por qué Psique y Nyx solían entenderse bastante bien.

En el caso de Albafica, su miedo, enfado y el resto de sus emociones desbordadas producto del día anterior empeoraron catastróficamente cuando la diosa decidió juntar un dedo a su pecho como un medio para hacerlo reaccionar. Sin haber hecho bien su tarea la diosa apostó todo en un hombre que ya estaba más que confundido antes de su intervención.

Athena quiso exclamar por justicia.

¡Por favor! ¡Que alguien le diga a Psique que deje de pensar en esas cosas tan incoherentes como que su toque iba a poder ayudar en algo!

―A eso le agregamos la flecha de odio ―siguió Eros sin alterarse.

Los Santos Dorados no supieron qué decir, ahora la locura tan violenta de Albafica había tomado completo sentido.

No supieron cómo sentirse o qué clase de insultos escupir primero. Sea como sea, varios tuvieron que reacomodar ciertas opiniones que tenían desde aquella fatídica tarde cuando Shion cargó el cuerpo de Albafica hasta Piscis, y Regulus tomó el de Agasha.

Kardia de pronto recordó que Albafica, infectado por la flecha de Eros había reído cuando él le preguntó por qué buscaba matar a Agasha cuando ella prácticamente ya estaba muerta. ¿Acaso él había reído porque supo que Agasha aún tenía posibilidades de revivir mientras su cuerpo siguiese intacto? ¿Albafica sabía que ella podría despertar cuando Nyx devolviese su alma? De ser así, ¿cómo se dio cuenta de ello?

Esa risa siniestra y burlona de entonces también tenía sentido.

Hasta Kardia miró con sentimientos bastante encontrados el cadáver de su colega.

―Pero ahora hay un enorme problema ―Eros señaló el techo―. Nyx quería regresar el alma de la humana a su sitio al amanecer, si descubre esto va a enojarse mucho… y mi esposa está a punto de perder la cabeza o un brazo; y de verdad me gusta tal y como está.

―¡Eso debió pensarlo antes de mandar a mi Santo y una humana inocente a su muerte metiendo las narices donde no la llaman! ―gritó Sasha, ofendida y muy molesta por el jueguito infantil de Psique y las terribles consecuencias que trajo consigo.

—Mi señora —intervino Sage, tomándole el hombro para darle apoyo. Athena logró calmarse un poco.

Eros hizo una mueca.

―Deja de gritarme ―rezongó masajeándose las sienes.

Todas le gritaban. Primero Athena, luego Psique, después Perséfone y de regreso Athena. ¿Quién seguía? ¿Nyx? Oh no, eso no lo soportaría.

―Quiero ayudar a enmendar todo.

―¿Cómo? —Athena se extrañó.

―Perséfone dice que el alma de Albafica de Piscis no puede abandonar el Inframundo por sí misma.

—¿El Inframundo? —musitó Sasha conmocionada.

—Al tomar su propia vida, su alma fue refundida en el Bosque de los Suicidios.

No muy lejos, Shion cerró los ojos con dolor. Así que no importaba si Albafica había perforado su propio corazón para intentar salvar (sin éxito) la vida de Agasha con su sangre, las reglas eran las reglas.

―Pero digamos que un alma pura, sí podría sacarlo de ahí.

Sasha taladró con la mirada a Eros.

―Estás proponiendo mandar a Agasha por él, ¿cierto?

―En estas circunstancias es la única que podría. Su alma llama a la de él sin importar el lugar o el tiempo; están destinados a estar juntos, por ende, ella podría encontrarlo antes de que las raíces cubran por completo el alma de tu soldado. Claro, si es que quieres que esto se arregle.

―Y todo por…

―Sí, sí, mi querida esposa y sus estúpidas bromas. ¿Podrías concentrarte en lo realmente importante? ―Eros se rascó la cabeza.

―No te ofendas, hermano, ¿pero no crees que tú deberías hacer algo al respecto? ―se entrometió Manigoldo―, es decir. Hoy fue Albafica y Agasha, quién dice que mañana no serán algunos dioses los próximos objetivos de tu esposa.

Athena y Eros hicieron muecas de sufrimiento.

―Ya ha pasado ―dijeron al unísono.

El templo quedó en silencio.

―Bueno ―suspiró Eros―, no hay tiempo. Nyx deberá soltar el alma de la humana en el Inframundo, ahí ella podrá recuperar a Albafica de Piscis y si tienen suerte estará aquí de regreso cuando los rayos del sol toquen la tierra.

Athena lo miró enfadada.

―Estoy harta de ustedes ―dijo dolida como molesta―. No puedo creer que esto se les cruce por la cabeza cuando se aburren.

―Oye, te recuerdo que yo no he hecho nada malo.

―Nada, sólo contribuir a la mentira de Psique.

―Ni siquiera tú viste la verdad, Athena ―escupió Eros―, así que no me vengas con tonterías. Si no quieres mi ayuda lo soportarás; mi esposa es lo único que me importa.

Con eso, Eros desapareció dejando a Sasha con un remordimiento enorme.

No sólo había perdido a un Santo por causa de las mentiras de Psique y los métodos radicales de Eros; sino que además a esto se le sumaba el alma de una humana inocente.

―Vaya mierda ―suspiró Manigoldo sentándose al lado del cuerpo de Albafica.

―¿Y qué haremos, señorita Athena? ―preguntó Sage saliendo de la sorpresa que le había ocasionado saber la verdad.

Sasha abrió sus ojos a través de las lágrimas.

―No me toca a mí decidir esta vez.

―¡Psique! ―exclamó Nyx sosteniendo entre sus brazos el alma moribunda de Agasha.

Sangrante y respirando apenas por el dolor, Agasha se mantenía consciente apenas. No moriría siendo un espíritu… o eso quería pensar. Pero sin saberlo, sentiría las heridas que tenía su cuerpo terrenal.

Era una terrible agonía.

La diosa de la noche había regresado de sus deberes como vigilante sólo para encontrarse a la jovencita humana tendida en el piso sosteniéndose su herida sangrante del pecho. Dado a que su poder podía ser inestable cuando se hallaba molesta, Nyx no quería arriesgarse a ocasionar un mal peor por intentar salvarla sin saber exactamente qué había pasado. Su poder le decía que Psique había hecho algo que no debía y por eso la llamaba.

―D-dime… ―apareció la diosa con un temblor bastante pronunciado en sus labios.

―¡Exijo saber qué está pasando! ―la miró enojada.

Por el nerviosismo de la diosa pelirroja, Nyx supo que, en efecto, algo había hecho mal.

―La humana… su cuerpo… su cuerpo fue asesinado.

El alto cosmos de Nyx se descontroló por unos instantes. Luego trató de recuperar el sentido, respirando lento.

―¿De qué me estás hablando? ―gruñó―. ¿Quién mató a la humana? ¡Dímelo, ahora!

Psique sudó frío ante el tono de la diosa.

―¡Dímelo!

―El humano… ―respondió dudosa―, el humano llamado Albafica.

El desconcierto de Nyx fue opacado rápidamente por su ira.

―¡¿Qué?!

Agasha, aún con todo el dolor y el mareo, pudo oír a la perfección lo dicho por la diosa Psique.

«¿Albafica?» pensó sin saber qué estaba doliéndole más. Si el conocimiento de que sus heridas inclementes las había hecho él, o no saber por qué. Sea como sea, Agasha agregó un profundo ardor en su garganta a su lista actual de dolores.

Su corazón estaba quemándose, y tampoco supo discernir si eso se debía al dolor físico (considerando su condición como espíritu) o emocional. Lo único que Agasha tenía en mente era la imagen de su querido caballero, sobre ella haciéndole el amor. ¿Por qué, supuestamente, le había herido de esa manera?

Él no pudo haberle hecho este daño. Aun si no la quisiera como ella a él, Agasha trataba de convencerse de que esto era sólo un error y que debía haber alguna explicación lógica.

Parpadeó lento un par de veces antes de sentir un cálido y suave manto cayendo suavemente sobre ella.

El dolor se fue tan repentinamente como llegó.

De Agasha salió un respiro de alivio como el de un torturado que cruza el desierto y finalmente ve el final donde lo guarda un refrescante oasis de agua cristalina, muchas palmeras y viento un poco más frío.

―¿Perséfone? ―masculló Nyx viendo la manta transparente color gris cuya existencia fue cortesía de la diosa del Inframundo.

Con la garganta apretada, Psique tuvo que reconocer que no se esperó eso.

Disculpa mi intromisión, Nyx —habló la suave voz de Perséfone en el aire.

―¿Vienes con noticias sobre esto, cierto? ―quiso saber la diosa, miró a Agasha y puso una mano sobre su frente―. No vayas a quitarte la manta, ¿me oyes, niña?

―S-sí ―susurró Agasha, apenas reponiéndose del dolor antes sufrido.

Me temo que no soy yo quien debe explicártelo. Psique.

―Perséfone ―susurró la diosa pelirroja pidiendo piedad.

Hazlo, si es que quieres enmendar tu error. Y no te atrevas a omitir detalles que un estúpido idiota ya me lo contó todo. Sabes que odio las mentiras como las verdades a medias.

Nyx la miró con enfado.

―¿Qué fue eso drástico de lo que hablaste antes? ¿Es otra de tus malditas bromas? ―gruñó entre dientes.

Agasha miró sin entender el embrollo, lo único que supo fue que algo más allá de su conocimiento estaba ocurriendo y el señor Albafica estaba involucrado, posiblemente ella también lo estuviese. Era lógica pura.

Con atención la florista vio el nerviosismo de Psique, ¿realmente el señor Albafica le había ocasionado esas heridas o la diosa había mentido?

Tuvo que callar durante todo el tiempo mientras oía a Psique relatar lo ocurrido. Cada vez que la diosa intentaba ocultar algo Perséfone saltaba para reprenderla. A pesar de que Agasha quería preguntar muchas cosas, no tuvo el valor de interferir en la conversación entre diosas; se limitó a mirar la constelación de Piscis en el cielo oscuro sin dejar de escuchar.

—Creo que te mataré —espetó Nyx con frialdad, luego de un corto silencio.

―¡Espera! ¡Por favor! Ha-hay una forma de salvar su alma… y la de la humana también.

Así es, Nyx. Y yo le ayudaré.

Nyx entrecerró sus ojos sobre Psique.

―Aún no olvidas la traición de Zeus, ¿verdad Perséfone? ―masculló Nyx, agachándose para acariciar el cabello de Agasha, desde la raíz.

Jamás podría hacerlo, mi señora. Por eso quiero ayudar a los humanos a reencontrarse.

―Tal y como hiciste con Athena y ese hombre.

Aliviada por saber que no desaparecería, Psique miró con tristeza a su señora.

La felicidad que me fue negada, no puedo negársela a nadie más.

―Las Moiras fueron crueles contigo, pequeña ―susurró Nyx―, conmigo también.

―Y conmigo ―musitó Psique.

Nyx le envió una mirada enojada que decía que aún no le perdonaba por su chiste.

Sabe que si estuviese en mis manos liberar a Érebo lo haría, ¿cierto? ―susurró Perséfone con voz lastimada.

―Sí ―dijo Nyx pensativa como decidida―. Por eso voy a aprovechar la estupidez de Psique, para liberarlo.

Ambas diosas presentes soltaron gemidos de exaltación.

A pesar de que Perséfone estaba hablando como un eco en los Campos Elíseos desde el Inframundo, Agasha pudo sentir el temor palpable y sorpresa que les produjo el plan de la diosa Nyx, cuyos ojos descansaban en su huésped humana.

—¿Liberar a Érebo? —Psique apenas pudo cerrar su boca luego de ver la sonrisa torcida de Nyx.

Eros volvió a la Tierra al Santuario de Athena para pedir explícitamente que los cuerpos de Agasha y Albafica fueran transportados al recinto de la diosa. Ahí pidió a las doncellas de Athena desnudar a Agasha y ponerla en una tina a su tamaño que él mismo formó con su cosmos y un poco de barro color blanco qué él aseguró que fue un regalo de Hefestos hace ya muchos años.

Del mismo modo exigió que Albafica fuese desnudado para hacer lo mismo con él en una habitación separada.

Al tener a ambos cuerpos nadando en agua cristalina en las tinas. Eros hizo aparecer 2 flores que tenían la apariencia de ser lotos, sin embargo, estos resplandecían en negro y cubrían más allá de la palma de su (nada pequeña) mano.

―Se llaman këstis, provienen del Inframundo. Perséfone me las dio. Al ponerlas en el agua con el cuerpo, estrechan un lazo espiritual alma-carme. ―Dejó caer la flor en la tina de Albafica, anteriormente ya había dejado otra con Agasha―. Una vez que regresen, Athena y yo curaremos las heridas de ambos al mismo tiempo. Si no se hace así, permanecerán muertos. Sin la intervención de los dioses es imposible que un alma regrese a este mundo de manera… natural.

Manigoldo, el cual estaba cruzado de brazos, preguntó con cierto deje mordaz:

―¿Y no sería más fácil simplemente revivirlos y ya?

Eros lo vio de reojo.

―¿Crees que es tan fácil?

―Bueno, hay conocimiento de que Athena podía revivir a los muertos también.

Haciendo una expresión facial que decía que Eros luchaba por explicarles a los humanos de una forma que entiendan la situación, el dios empezó a hablar.

―Para empezar, el alma de la humana fue extraída por un zokatë, un cuervo infernal creado por Nyx para levantar almas en la oscuridad.

―El alma de Agasha fue robada a medio día ―interrumpió Shion.

―Por eso vino con Psique. Ella le mostró el camino. Desde ahí inició mal. Si así como así, regresamos el alma de la niña y curamos su cuerpo, no duden ni por un segundo que el cuervo sentirá que algo anda mal y volverá para terminar su trabajo. Esos animales estúpidos no razonan. Y si el cuervo toma de nuevo su alma posiblemente se la trague. ¿Lo mejor? Es un ente que no duerme ni se detiene con nada.

―¿Y no podríamos simplemente destruirlo? ―preguntó Dégel viendo interesado, como el agua donde estaba el cuerpo de Albafica, se ennegrecía.

―Ese pájaro sólo puede ser destruido o llamado por Nyx. Si ustedes intentaran atacarlo no tendría caso tampoco, ningún mortal puede destruirlos por muy fuerte que sea.

―¿Y ella no puede interferir? ―quiso saber Dohko, dando en un buen punto.

―El alma fue extraída y el cuerpo asesinado, ahí termina su jurisdicción. Aquí es donde entran las tres hemorroides que todos conocemos y odiamos llamadas Destinos —remarcó ese dato—. Ellas cortaron ya los hilos de las vidas de ambos. Para empeorarlo todo, el alma del mortal Albafica ya está siendo convertido en un árbol maltrecho en el Inframundo.

―¿Y tu esposa no puede recuperarlo? ―inquirió Sisyphus.

―Si lo hace queda expuesta a perder parte de sus poderes. Revivir a un muerto no es cosa fácil y mucho menos sacar un alma que el Inframundo ya ha tomado; para variar ninguno de nosotros está dispuesto a diluir sus poderes por esto. En teoría Athena podría hacerlo, pero no creo que estén dispuestos a ver lo que eso podría ocasionarle a su ya diminuto cosmos por estar en un cuerpo mortal en esta tierra. —Se puso pensativo—. Perséfone por otro lado no hace nada gratuitamente y aunque ayudará, no va a interceder por nadie para salvar un alma condenada de sus dominios. ¿Te imaginas si fuese tan sencillo revivir humanos sólo porque otros dioses lo piden?

―Así que en pocas palabras tomarán el camino difícil ―Kardia se cruzó de brazos.

―La vida es así ―respondió Eros―. Si realmente su compañero y la niña merecen seguir vivos se les dará la oportunidad de ganarse ese derecho.

―¿Y por qué el agua se tiñe de negro? ―quiso saber El Cid.

―Es causa de la flor, mantiene estática la carne y los huesos. Si el agua no hubiese cambiado de color entonces habría que preocuparse ya que entonces las almas correspondientes a sus cuerpos ya se habrían rendido ―sonrió arrogante―, parece que su amigo se resiste a ser condenado.

―Es un Santo Dorado, no es sorpresa que lo haga ―destacó Hasgard sin mostrarse sorprendido por saber que Albafica aún deseaba volver. Aunque de verdad estuviese impactado al saber eso.

―Para mí sí ―dijo Eros―. El Bosque de los Suicidios se destaca por volver a la realidad los tormentos que manejaron el corazón del suicida antes de que tomara su vida. Su dolor, sus recuerdos más crueles, todo eso lo vuelve realidad hasta que el alma sucumba y se convierta en un árbol más.

―¿Y dices que sólo Agasha puede salvarlo? ¿Cómo? ―inquirió Dohko―. Ella no pelea ni conoce nada del manejo del cosmos. ¿Cómo podría ella sacarlo de ahí si no tiene prácticamente cómo hacerlo?

Eros alzó los hombros.

―No lo sé, de eso se encargará ella misma ―dijo irritado cansado de responder a tantas preguntas.

Después de darle una sonora cachetada a Psique tan fuerte que la mejilla de la diosa pelirroja seguía hinchada y algo morada, Nyx, ya más tranquila, ayudó a Agasha a pararse luego de que ésta se desmayase brevemente hasta que recuperó fuerzas. Durante ese poco tiempo, el plan se analizó con detalles por las tres diosas.

Con cuidado de que la manta regalada por Perséfone no se cayese hasta que la diosa de la noche curase sus heridas, la chica se puso al tanto del plan que se le había ocurrido a Eros y que Nyx había aprobado junto a unas modificaciones.

―¿Y-y-yo i-ir al Inframundo? —se aterró.

―Sólo tú puedes encontrar a tiempo el alma de Albafica de Piscis y traerlo de regreso a su cuerpo —dijo Nyx, sujetándole las mejillas—. Eros y Athena esperaran hasta tu regreso donde ayudaran a sus almas y cuerpos a unirse otra vez, curando las heridas que ocasionaron sus muertes.

―N-no puedo… e-es arriesgado, ¿cómo podría yo…? ―suspiró Agasha atemorizada―, ¿y si muero?

―Ya estás muerta ―le recordó Nyx con calma―, pero si no haces algo, el humano llamado Albafica será condenado al tormento eterno. ¿Eso quieres?

La chica se tensó.

No, Agasha no quería que él sufriese más. No después de acceder a que una flecha perforara su corazón y lo volviese completamente loco sólo para revivirla a ella. Incluso atreverse a desafiar a Nyx por su alma. Agasha no podía simplemente darle la espalda. No después de que destruyese su vida en un intento fallido por salvarla.

―Lo haré ―dijo después de inhalar profundo―. ¿Pero cómo? ¿Qué haré? Ese sitio debe ser inmenso y peligroso.

―Es un mundo entero y deberás llegar hasta tu hombre para salvarlo —Nyx asintió a las palabras de Agasha—; pero deberás ser fuerte. Superar todas las pruebas hasta alcanzarlo y, aun así, no deberás confiarte.

―Me despedazarán ahí ―inquirió Agasha con mucho miedo.

―No lo harán.

Psique con su mejilla más hinchada, quien hasta entonces se había quedado callada, las interrumpió.

―Porque usarás una armadura ―dijo solemne, viendo a Nyx con dudas, como si temiese que la diosa de la noche volviese a golpearla.

Agasha abrió los ojos desmesuradamente, temblando ante la idea. Ella no sabía usar un cuchillo ni para rebanar bien un jitomate. ¿Qué haría ella con una armadura? ¿Hacer que las bestias que la esperaban en el Inframundo muriesen de risa al verla fracasar en su intento por manejarla?

―¿No se supone que debo ser una guerrera con muchos años de experiencia para usar una de esas? ¿Jamás podré controlarla?

Nyx se rio, soltándola para darle su espacio.

―Las armaduras no son para controlarlas. Su trabajo es simple, protegen a los guerreros que las portan, les proporcionan además un aumento en ciertas cualidades físicas, pero más allá de todo eso, identifican a los miembros del ejército de un dios.

—Ejército —susurró Agasha con dudas.

—¿Sabías que cada dios otorga a sus armaduras las cualidades que éstas necesiten para ayudar a su portador a vencer en una batalla? ―preguntó Nyx.

Agasha negó con la cabeza.

―Ahora lo sabes, niña —le sonrió la diosa, retirándose un poco más—. Athena no es la única en tener de esas.

Alzando una mano al cielo, que pronto se ennegreció, Nyx hizo que chispas brillantes parecidas a las estrellas bajasen una tras otra hasta caer al piso frente a ella.

A medida que bajaban, cual cascada brillante, éstas se formaron; uniéndose las unas a las otras en una armadura oscura sin una forma especial como había logrado ver en las armaduras doradas. Agasha frunció el ceño al verla.

De pies a cabeza parecía una armadura medieval (Agasha no sabía que era eso), incluso con un casco con mohicana roja que cubría parte de la nariz como los que usaban anteriormente los espartanos. Mirándola desde abajo, Agasha pensó que definitivamente no cabría en esa cosa enorme, la cual parecía haber sido creada para una persona de más de 2 metros.

―Curiosa forma —se rio Nyx—, pero veremos qué pasa ahora con una pequeña remodelación ―dijo alzando sus manos a la armadura―. Quédate quieta y relájate.

Como con cualquier armadura, ésta se separó como por arte de magia en un resplandor rojo oscuro. La armadura convocada por las estrellas de Nyx cubrió el cuerpo de Agasha. Donde antes estuvo una toga transparente ahora aparecían partes oscuras de metal cubriéndola. La armadura no era nada parecido a lo que había visto en su forma quieta.

Para empezar la toga que llevaba tomó un color grisáceo oscuro, cortándose de la falda hasta poco más debajo de sus glúteos. Su intimidad fue cubierta por unas pantaletas negras que se afianzaban perfectamente a su cuerpo. Su pecho fue cubierto por un sostén negro hecho a la medida y la toga gris. Encima un peto oscuro se unió. A sus antebrazos hasta un poco más arriba de los codos, llegaron los guantes de la armadura que cubrieron con suavidad, como si estas estuviesen hechas de una tela gruesa y no metal, aunque así lo pareciera.

Agasha no sintió inmovilidad sino todo lo contrario.

La armadura, que más bien parecía látex, era como de obsidiana líquida.

O algo muy parecido.

Luego, a sus piernas vinieron unas botas del mismo material. Suave al tacto, pero resistente a la vista. Ambos zapatos la cubrieron al mismo, desde media pierna, hasta las puntas de sus pies. No hubo presencia de tacones ni nada que la hiciera crecer hasta los 2 metros que Agasha había visto que tenía la armadura antes de que ésta se uniese a ella.

Y sobre su cabeza, el casco, con el mechero rojo, terminaron por vestirla.

El retocado de flores desapareció de su cabello dejándolo suelto.

Como toque final y al parecer un "extra" a su vestimenta, su cintura fue cubierta por un cinturón, el manto que le dio Perséfone se unió a este, empequeñeciendo su forma y tomando la apariencia de una pequeña falda secundaria transparente, encima de la toga.

―Intenta moverte —le dijo Nyx, viéndola con un poco de extrañeza. Agasha no supo considerar si eso era algo bueno o no.

La chica, creyó que sería imposible mover un solo dedo dado a que la armadura cubría hasta sus codos y rodillas, pero rápido se dio cuenta que estas la ayudaban como una segunda piel. En realidad, jamás había sentido sus extremidades tan ágiles y fuertes.

―Esta no es una armadura que haya visto antes ―dedujo Agasha intentando bajar la falda de la toga debido a que faltaba poco para dejar al descubierto su trasero y eso la apenaba.

―Está forjada por las estrellas solitarias bajo el manto de la noche infinita ―dijo Nyx―. A diferencia de las armaduras de Athena que son creadas a partir de las constelaciones con la capacidad de sostener la fuerza del sol, y todo el tiempo permanecen fuertes para proteger a su portador, esta es… algo independiente —dijo siseante—, al parecer incluso de mí. He dado mi aviso de auxilio y fue ella la que respondió a mi llamado conociendo tu historia.

Nyx tomó su hombro cubierto. Las hombreras unidas al peto caían como 4 escamas negras hasta casi rozar con los guantes.

―Mi niña. Debes saber que esta armadura no es como otra que hayas visto.

«Me lo imaginé» pensó Agasha sintiéndose muy nerviosa.

—Ella no escoge a su portadora por su fuerza o habilidad física —sonrió un poco arrogante—. Lo hace sintiendo el fuego de su espíritu, la capacidad que tendría esta de combatir a su lado. La Armadura de Elecea te ha elegido, pequeña. Ella es libre del control de los otros dioses. Durante mucho tiempo ha estado lejos, sola, vagando en la oscuridad entre las estrellas que la formaron —le palmeó el hombro—. Está dispuesta a ayudar al cosmos que se encuentra dormido en tu interior a elevarse, y a medida de que combatas contra tus enemigos con ella, notarás el incremento de ese poder que no sabías que tenías.

Agasha sintió que le palpitaba la cabeza. ¿Estaba diciéndole que esta cosa tenía… vida propia o algo así?

―Eso quiere decir que… —mascullaba.

―Cada lucha que tengas, ganes o pierdas, hará que tanto tú como la armadura sean más fuertes ―dijo Psique entrometiéndose, con una mirada indecisa en su cara.

―La armadura cree en el éxito de tu misión —la llamó Nyx de vuelta—, por eso fue ella la que respondió a mi llamado. Pero recuerda una cosa, Agasha: si en cualquier momento dudas de ella o de ti misma, su acero será más fácil de atravesar que una hoja de papel y por ende es posible que te abandone. Si lo hace, no te aseguro que Albafica de Piscis y tú regresen al mundo exterior. Mejor no hablemos de lo peor que le puede pasar al humano quien a diferencia de ti ya ha sido tomado como un condenado

―Si fallas, como Orfeo y Eurídice, tú y Albafica de Piscis serán consumidos en el Inframundo por toda la eternidad ―avisó Psique.

Tratando de no dejarse llevar por el miedo, Agasha inhaló profundo. Apretó los puños.

«Gracias por ayudarme» acarició el peto de la armadura, miró sus manos cubiertas por el material negro y descubrió que si se le veía atentamente, parecía resplandecer en el fondo, un llameante color rojo vino que se confundía fácilmente con el negro. «Wow» Agasha casi suspiró por su belleza, «espero no fallarte ni a ti, ni al señor Albafica».

Nyx se agachó para tomar una flor del campo, entre sus manos la flor se convirtió en un frasco de metal rosado como los pétalos de dicha flor. Posteriormente se acercó al río azulado cuya agua se estancaba en un enorme lago.

De la corriente extrajo un poco de agua.

―Esto es agua del río Zoí, una vez que encuentres a tu hombre hazlo beber esto. No te asustes si su forma cambia. Asústate y huye si no lo hace.

―¿Qué querría decir eso? ―quiso saber Agasha, sólo para estar informada.

―Querrá decir que es mejor que claudiques y te salves —repitió con dureza—. Si el alma de Albafica no desea ser salvada entonces, el agua no tendrá efecto, y él estará perdido para siempre.

«¡No!» Agasha soltó un gemido de horror.

No pensaba dejar que el señor Albafica sufriese por ella; iba a ir por él y no regresaría si fallaba. Apretó fuerte sus manos decidida a no perderlo para siempre.

―Cuando ambos estén listos, él… y tú, deberán beber del contenido de este frasco, recuerda eso también ―se lo extendió a Agasha. Cuando la chica puso sus manos frente a su pecho y Nyx le dio el frasco, este se introdujo solo como si los guantes se lo hubiesen tragado.

Asustada miró a la diosa quien la calmó.

―La Armadura Elecea lo guardará por ti hasta que sea el momento oportuno de usarla ―Agasha respiró tranquila―. Ahora ven ―de forma muy maternal, Nyx la abrazó soltando un canto que Agasha no supo qué era exactamente para qué era, ni qué decía en una lengua más antigua que los dioses.

De pronto Agasha soltó un grito al ver que Nyx había introducido su mano adentro de su pecho justamente en el corazón.

La armadura le había dado paso gratis a su objetivo.

Incapaz de hacer nada salvo gritar, Agasha vio cómo la diosa de su pecho extraía un artefacto alargado que tenía la apariencia de ser un palo de 2 metros hecho del mismo material que la armadura.

Al terminar, Agasha cayó de rodillas adolorida y agotada, viendo la sangre escurrir del objeto misterioso que ahora sabía era una alabarda roja carmesí oscura con la cuchilla negra. Poco a poco fue recuperando su estado normal para poder respirar sin dolor.

―Dado a que no tienes experiencia usando el cosmos para pelear. Esta será tu arma ―Nyx la extendió hacia ella. Con esfuerzos, Agasha se levantó con cuidado para sostenerla.

No pesaba nada.

Sorprendida la pasó de una mano a otra.

―Cuando llegue el momento de usarla, sólo tú sabrás cuáles son sus cualidades. Pero ten cuidado. Al igual que tu armadura esta arma depende de ti, tanto de tu fuerza mental como espiritual. No te pierdas o ésta se romperá ante tus enemigos.

―Sí ―Agasha asintió descubriendo que esta también desapareció en sus manos.

Tratando de sentirse normal después de ver eso, Agasha mantuvo la calma.

―Debido a que Hades está fuera de circulación todos los Espectros que hubiesen podido joderte están sellados; y mientras tengas el permiso de la Reina del Inframundo ninguno de los Tres Jueces te evitará avanzar —le dijo Nyx con seriedad.

—Por cierto, la manta que te otorgó Perséfone también te ayudará mantener tu alma centrada en tu misión a la vez que funciona como un repelente de guardianes débiles por el cosmos que la creó; pero no te confíes, en el Inframundo hay más seres de los cuales preocuparse ―le informó Psique―. Lamentablemente no hay otra de esas mantas para que se la otorgues a Albafica de Piscis, entonces, ya dependerá de ti lo que harás cuando lo encuentres.

—Recuerda también que él ahora es un espíritu condenado, y por lo tanto no estará en disposición de usar la Armadura de Piscis, por lo que, sea cual sea, la condición en la que él esté, serás tú la que deba protegerlo hasta que ambos escapen, ¿entendiste?

Sabiendo desde ese momento qué tanta presión estaba a punto de cargar encima, y por lo tanto, sintiéndose muy nerviosa, Agasha tomó nota de lo que escuchaba, a la vez que asentía con la cabeza.

―Esto es todo lo que podemos hacer para ayudarte gracias a la estupidez de Psique ―siseó Nyx mirando enojada a la diosa, quien, a una distancia prudente; esperó que no la volviese a bofetear―. Y no olvides tu pago.

―No lo olvidaré —Agasha se enderezó, tragando saliva.

―Para ese detalle en especial, usa esto ―la diosa hizo aparecer un collar sencillo con una gema negra que puso sobre el cuello de Agasha, a diferencia de los otros artefactos, este no se introdujo en la armadura―. Te ayudará a encontrarlo. Una vez que lo hagas, dáselo. Él debe tenerlo.

―Sí ―asintió Agasha notando que el cielo de los Campos Elíseos se aclaraba con la misma rapidez con la que se ennegreció.

―Ahora ve, mi pequeña niña mortal —Nyx la tomó de las mejillas con una actitud maternal—. Qué tu mente se empape de sabiduría y tu cuerpo con fortaleza, recuerda que es tu alma quien pelea pues tu carne y huesos residen en el Santuario. No pienses en los límites. No hay segundas oportunidades ―ella fue muy clara con eso último.

―Lo recordaré, mi señora —cuando Agasha dijo eso, los bellos ojos de Nyx parecieron brillar un poco—. Gracias por todo. Prometo no fallarle.

―Eso espero.

Antes de que el cielo se aclarara por completo, Agasha dejó que Nyx se le acercara un poco más. Tanto que incluso ella pensó que le abrazaría o algo así.

―Confío en ti —susurró elegantemente.

Y sin dar explicaciones ni nada. Nyx se agachó y la besó en los labios.

Impactada, Agasha se quedó estática al sentir los labios de la diosa sobre los suyos, segundos más tarde una fuerza helada la empujó abajo, pero no cayó sobre flores sino profundamente en oscuridad.

Quiso gritar, pero hasta para eso tenía miedo, intentó aferrarse a algo y evitar destrozarse en donde sea que cayese. Pero no había nada, sólo oscuridad. Vacío donde el viento frío golpeaba sus zonas descubiertas. Sentía que la piel de su trasero y piernas estaba a punto de desgarrarse cuando entonces su cuerpo dio una vuelta por inercia.

Sus pies prontamente encontraron el piso, cayendo tan fuerte que la roca a su alrededor se cuarteó formando un pequeño cráter. ¿Cómo es que no se había roto los huesos?

Su corazón latía fuertemente y sus pulmones volvieron a su función normal.

Agitada y aún anonadada por el beso de la diosa, Agasha se incorporó notando para su sorpresa que la caída no le había hecho ningún daño.

Miró el piso sin poderse creer eso último.

¿Por qué Nyx le había besado?

Agasha sintió las mejillas rojas. Poco más tarde, ella abrió enormemente sus ojos ante una visión (literalmente) infernal. La gente al fondo ya hacia consumiéndose en un mar de sangre y un canto insoportable e interminable de gritos y lamentos.

Cielo oscuro y rojizo, un olor insufrible a carne quemada y azufre.

Agasha no podía creer que el señor Albafica estuviese aquí por intentar salvarla.

―Alrededor de este es el círculo donde encontrarás a Albafica de Piscis ―dijo una presencia femenina.

Gimiendo asustada, Agasha se encontró con Perséfone. Recordaba bien su voz, así como Psique y Nyx, la diosa del Inframundo era sumamente hermosa como letal.

―¿Qué es este sitio?

―Este es uno de los más terribles círculos del Infierno, gracias a Nyx pudiste llegar hasta aquí sin pasar por el resto del camino anterior, pero te informo que el regreso no será tal sencillo de cruzar. ―Luego explicó el objetivo del sitio―: Todos los condenados aquí pecaron de violencia. Contra otros, contra los dioses, o contra sí mismos. Por lo que esta zona horrible se divide en tres partes.

―¿Y eso qué es?

Señaló el mar rojizo que hervía a sus millones de víctimas, y cada vez del cielo negro con nubes rojas, caían más y más personas a él.

―El Mar de Sangre hirviendo. Esos que gritan son aquellos que en vida se bañaron en ella sin temor. No sientas pena por su dolor, sólo son escoria. Genocidas. Los peores asesinos y unos cuantos ladrones y traidores que no hicieron más en sus vidas que joder las de los otros sin motivo. Mataron indiscriminadamente; y por eso este es su castigo. Aquí se ahogan con la sangre que derramaron sin clemencia y sin arrepentimientos. Por toda la eternidad.

Tratando de hacer oídos sordos a la fría explicación de Perséfone y los aullidos que oía a lo lejos, Agasha hizo la pregunta cuya respuesta ansiaba.

―¿Dónde está el señor Albafica?

―En el Bosque de los Suicidios.

―¿Y eso dónde está? ―afectada al oír eso, miró a su alrededor pero no vio más que mar rojo y gente quemándose en él.

―Más allá de las Arenas Violentas ―informó como si eso significase algo para Agasha, quien estuvo tentada a poner los ojos en blanco―. Atraviesa el mar y las verás; atraviesa las arenas y encontrarás el bosque. Pero ten cuidado, los condenados por estos tres rumbos tienen una tendencia muy peculiar que es la de tratar de confundir y/o arrastrar consigo a los que buscan salvar a una sola alma.

Luego se desvaneció.

―¿Sabe? Antes de irse pudo haberme señalado con el dedo la dirección que debo tomar ―masculló Agasha sobándose la nariz ante el repulsivo aroma que inundaba su nariz. Para su sorpresa notó que la armadura era suave para ella cuando se tocaba la cara con los dedos.

Nyx dijo que debía confiar en ella y en su protección.

«¡Máximo esfuerzo!» se intentó animar.

Miró por todos lados tratando de discernir qué camino tomar y cómo evitar caer en el mar. No quería averiguar si cayendo ahí podría volver a salir, y dado a lo mucho que gritaban allá abajo, Agasha no estaba dispuesta poner su suerte a prueba.

―Vamos a ver, ¿cómo lo haremos? ―masculló pensativa.

Miró su armadura nueva, no en el sentido literal ya que debía ser un hecho que la armadura debía de ser más vieja que todos sus antepasados. Agasha se imaginó que, si ésta le había ayudado a no quebrarse en pedazos al caer desde los Campos Elíseos hasta aquí, debería tener mucha fuerza en ellos para saltar de roca en roca.

¿Pero podría hacerlo? Su puntería era mala y más en situaciones de presión como esta, Agasha aún recordaba que cuando era niña intentó saltar de roca en roca en un río, sólo consiguió resbalar y llevarse un buen golpe en el trasero y la nuca.

No. No.

«Recuerda lo que dijo Nyx» se dijo con fuerza. Confiar en su armadura y en sí misma era primordial para sobrevivir―. Confía, confía… ―mascullaba dándose valor para saltar en la roca que estaba aproximadamente a 20 metros lejos de ella.

Entonces oyó una risa burlona que nada tenía que ver con la voz melodiosa de la diosa Perséfone.

―¿Quién es? ―se giró con altanería y una confianza, que por cierto, no sentía.

Sin embargo, al ver una criatura femenina mitad Gorgona (parte de arriba) mitad caballo (parte de abajo), con cuernos de chivo en la cabeza, garras grandes en sus enormes manos y con colmillos puntiagudos que hasta un tiburón envidiaría, todo su valor descendió tan rápido como si la gravedad lo hubiese alcanzado, haciéndolo caer estrepitosamente al piso.

Agasha contuvo el aliento al tener que ver hacia arriba a la criatura que le sonreía con una siniestra sonrisa dejándole ver más de sus dientes puntiagudos; su escama verde en la parte superior y el pelaje café en el lomo y patas.

Sin duda esto iba a dolerle. Pintaba perfecto para dejarle marcas permanentes.

Claro, si es que sobrevivía.

Juguete nuevo ―bisbiseó cual serpiente―, sangre fresca.

Entonces la repulsiva criatura se lanzó contra Agasha.

—CONTINUARÁ—


De nuevo, gracias a quienes siguen esta historia. Tengo que serles honesta, hubieron cambios enormes en este capítulo. Para empezar, la armadura de Agasha. La cual, en un inicio no estaba tan bien pensada.

Tengo que admitir que, cuando volví a leer la parte donde Nyx le entrega la armadura, me confundió mucho jajajaja. Espero haya quedado mejor explicado en esta versión. ¡Además! De que, (haciendo un pequeño spoiler) como ya llevo diciendo en mi página de Facebook, el asunto de estas guerreras no se reducirá a Agasha. ¡Esperen mucho de ellas, por favor!

También la escena donde Eros y Perséfone platican, fue bastante modificada. No porque los diálogos cambiasen mucho, sino porque habían "detallitos" que no me gustaron y cambié. Ojalá no les haya molestado eso si es que les gustaba más la versión anterior.

En fin. Agasha volverá a pasar por las duras pruebas del inframundo. :O

Saludos y hasta el próximo capítulo.


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