Domingo 21 Junio 2015
Denver
Quinn Fabray
16
No hay nada peor que tener que madrugar el único día en el que realmente puedes descansar, y si encima ese día es domingo y la noche anterior te has bebido media botella de vino, peor aún, aunque el despertador sonase a las 10 de la mañana.
Daba igual si a lo largo de toda la semana despertaba antes de las 7 para trabajar, en domingo cualquier hora de la mañana es lo suficientemente vespertina como para tener que levantarte obligada por la responsabilidad, y yo aquel día tenía una que no tenía por qué tener, o al menos no con tanta celeridad. Al fin y al cabo, nadie tenía prisa por acabar de pintar el garaje de una casa. O tal vez sí.
A él. A Robert Marshall, mi novio, sí le corría demasiada prisa por acabar aquella zona de la casa para poder colocar sus estanterías y las herramientas que solía utilizar para tratar de mantener el coche en perfecto estado. Si por él fuera, la casa solo estaría compuesta por la cocina, porque adoraba comer, por su despacho, porque era su lugar para "trabajar", y por supuesto el garaje, porque allí probablemente pasaría horas y horas durante los fines de semana arreglando el motor, limpiando el coche o a saber qué cosas más. Esas eran las tres estancias de la casa en las que más empeño estaba poniendo, justo las tres que a mi menos me gustaban. La cocina porque no me gusta cocinar, su despacho porque sabía de buena tinta que solo lo tenía por puro capricho, y el garaje porque iba a incitar que mis fines de semana fuesen completamente aburridos. Lógicamente, y aunque estaba siendo un tanto melodramática, era imposible que me entusiasmase acabar de reparar esas estancias de la casa. No obstante, tener que ir un domingo por la mañana para pintar un jodido garaje, bien me permitía el poder expresarme con todo el melodrama del mundo, e incluso ser borde con quien osara darme los buenos días. Excepto si era él, claro.
A él jamás le podría poner mala cara, y a ella menos aún. Porque para eso eran mis padres.
Fue terminar de ducharme, vestirme aun sabiendo que iba a terminar ensuciándome, ybajar a desayunar antes de que Robert llegase para recogerme, y sentir como mi mal humor vespertino descendía un tanto por ciento considerable.
—Buenos días—le dije, y mi padre alzó la mirada para regalarme un guiño de ojos como solía hacer desde que era niña. Delante de él, toda la mesa de la cocina repleta de libretas, de libros y fotografías esparcidas que parecían estar volviendo loca a mi madre.
—Buenos días, cielo—me dijo ella guardando algo en el interior del frigorífico—Estoy muy, muy enfadada contigo…
—¿Conmigo? ¿Y yo qué he hecho? Si me acabo de despertar…
—¿Qué has hecho?—me miró con los ojos como platos—¡Mira lo que has hecho!—añadió señalando a mi padre, que la ignoraba por completo.—Has despertado a la bestia.
—¿Qué? ¿De qué hablas?—le pregunté acercándome a la mesa.
—Se acabaron las tardes de cine los sábados y la cena fuera de casa… Tu padre ha vuelto a sacar todas tus cosas de astronomía, y es por tu culpa.
—¿Por mi culpa? Si yo no he hecho nada…
—¿Cómo se te ocurre presentarle a una astrónoma?—me preguntó forzando la seriedad en su rostro, obviamente estaba tratando de contener la risa. Precisamente si acepté a presentarle a Rachel fue por eso mismo, porque sabría que le encantaría conocer a alguien tan especial como él –Desde que llegasteis anoche no ha parado de hablar de telescopios, de cosas que se va a comprar… Ya podrías haberle presentado a un… No sé, un director de cine o algún actor que lo invitase al teatro, no a pasar hora y horas mirando revistas de ciencia.
—Por amor de Dios, Judy… Solo estoy echándole un vistazo a las cosas que tengo guardadas, nada más. Son recuerdos…
—Los recuerdos deben estar donde les pertenece, en los cajones del armario del trastero. Ahora que tienes tiempo libre debemos aprovechar para viajar, para hacer cosas juntos… No mirar las estrellas—le replicó con su gesto tan manido y particular de revolear los ojos hasta ponerlos en blanco. Algo que de pequeña siempre me daba miedo—Será mejor que vaya a llamar a tu hermana, ella si es capaz de distraerme un poco… Quinny, tienes café en la cafetera y hay tostadas recién hechas. ¿Te vas ya?
—Eh, cuando venga Robert, así que voy a desayunar algo…
—Bien. Si necesitas algo, me avisas… Y tú—volvió a mi padre—Ni se te ocurra dejar todas esas cosas encima de la mesa, ¿Ok?... Dios, otra vez con las estrellitas…—masculló desapareciendo de la cocina, sin darle a mi padre la oportunidad de replicarle absolutamente nada. Aunque conociéndolo, tampoco lo iba a hacer. Su actitud no sería muy distante a la de cualquier otra escena en la que ellos no estuviesen de acuerdo; La iba a ignorar. Y lo cierto es que yo me alegraba de ello, no en el sentido peyorativo de la situación, sino porque como bien había mencionado mi madre, mi padre al fin tenía el tiempo libre necesario para hacer lo que quisiera después de 30 anclado al bar, y tenía derecho a disfrutar de su vida. Si una de las cosas que más ilusión le hacía, como toda la familia ya sabía, era el coleccionar, ver, leer o jugar con cosas relacionadas con la astronomía, pues perfecto. Yo estaba realmente encantada de que lo hiciera, y más aun sabiendo que quien le había vuelto a incitar a ello era nada más ni nada menos que mi chica galáctica.
Sí, mi chica galáctica. Oficialmente la había bautizado con un nuevo apelativo que yo misma guardaría para mí, y que solo ella conocía. Y no, no estaba delirando ni el alcohol seguía haciendo de las suyas en mi cuerpo. Aquella noche del sábado, después de verla partir en el taxi, hizo lo que yo le pedí que hiciera y me envió un mensaje de texto que estuve leyendo en pantalla durante varios minutos, muchos de hecho, y que me hizo conciliar el sueño con una sonrisa de oreja a oreja.
"Sana y salva en casa, aunque he confundido a Jesse con un arbusto de la entrada, y lo he besado. Querida Sheliak, nunca beses un arbusto, no es nada agradable. Gracias por la cena, por la compañía y por las estrellas".
Un minuto más tarde, completamente confusa y aún muerta de risa por imaginármela abrazada a un arbusto, me apresuré a preguntarle a qué se refería al mencionar las estrellas, y su respuesta fue lo más encantadora por posible.
"Las de tus ojos."
Nada más. Solo cuatro palabras, doce letras, una simple respuesta que me provocó tal revuelo de felicidad en mi interior, que poco o nada pude hacer por evitar que mis últimas palabras antes de caer vencida por el sueño fueran dirigidas hacia ella; Mi chica galáctica. Ni siquiera le di importancia a saber que tenía que levantarme para, una vez más, ponerme a pintar las paredes del dichoso garaje. Hasta que llegó el día, claro. En cuanto sonó el despertador no había ni sonrisa, ni mensajes, ni estrellas que me hicieran levantarme con ganas y buen humor. De hecho, sino llega a ser por la escena que me regaló mi padre no habría sonreído en toda la mañana.
—Hija, si algún día te casas… No seas tan intensa como tu madre. Simplemente disfruta de la vida, y no le busques lo negativo a todo.
—Lo tendré en cuenta, aunque no entra en mis planes eso de casarme por ahora. ¿Quieres café?
—No, ya he desayunado hace como tres horas. ¿Has dormido bien?
—Eh… Sí, dentro de lo que cabe sí.
—¿Dentro de lo que cabe? Medio litro de vino no es un buen somnífero, Quinn. Deberías cuidarte a la hora de beber.
—Papá… Sé lo que bebí, y no lo hice descontrolada. Estábamos cenando y ya está. –Me excusé, lógicamente estaba mintiendo. Es cierto que no bebí de manera descontrolada, pero sí tengo que admitir que lo hice sin ser plenamente consciente de cuánto bebía, y lo peor es que ni siquiera fue mi culpa. Fue la suya. La de Rachel.
Habíamos quedado para hablar del tatuaje que supuestamente quería hacerse, y que yo me moría de ganas por hacer. Y digo supuestamente porque me bastaron un par de minutos y mencionar algunos diseños que había pensado, para comprender que no estaba preparada para ello.
Rachel, muy a mi pesar, no tenía intención alguna de tatuarse, o al menos no entraba dentro de sus planes hacerlo, pero intuí que el orgullo la obligaba a aceptar cada una de las propuestas que yo le hacía sin rechistar absolutamente nada. Pude ver el miedo, los nervios y la incertidumbre rondando por su mente, y eso que era nefasta para leer los pensamientos de los demás.
Rachel aquella noche parecía hablarme con cada gesto que transmitía su cara, sus manos, el movimiento de su cuerpo completamente a la defensiva, y yo no estaba dispuesta a hacer que hiciera algo para lo que no estaba preparada. Por eso me esmeré en cambiar el rumbo de la conversación y darle al menos más tiempo para pensar sin que siquiera se diese cuenta. El mejor truco; Preguntarle cosas acerca de lo que más le gustaba.
Y no, no es que me suponiese esfuerzo alguno estar dos horas hablando de agujeros negros, de cuásares o radiación como para tener que beber, sino todo lo contrario. Me entusiasmó tanto, me mantuvo tan entretenida que el vino desaparecía de mi copa sin que apenas me diese cuenta de ello. Y de la suya también. Por eso terminamos como terminamos, sin siquiera percatarnos de que incluso nos iba a costar andar.
—Ya… Ya, pero cuando salisteis del bar no dabais un paso en firme, y cuando llegaste a casa estabas tan pálida que creía que no llegabas a tu habitación.
—Era el calor lo que me tenía así. He perdido la costumbre a dormir con casi 30 grados de temperatura.
—Ya… No hay invierno más frio que el verano en San Francisco—musitó mirándome de soslayo, sin perder de vista el libro que tenía entre sus manos.
—Exacto—dije tomando asiento frente a él con la taza de café humeante y una mini tostada con mermelada.
—Bueno, al menos prométeme que te vas a cuidar bien.
—Papá, puedes estar tranquilo, siempre me he cuidado y no voy a dejar de hacerlo ahora. Solo fue una cena con una amiga. Estuvimos unas dos horas y bueno, bebimos un poco más de la cuenta, pero no fue nada dramático.
—¿Ella llegó bien a su casa?
—¿Rachel? Sí, claro que sí.
—Bien, porque a pesar de que hayas bebido estando con ella, me cayó muy bien. Parece una chica simpática, y muy inteligente.
—Lo es.
—¿De dónde ha salido? Hay algo en ella que me resulta familiar…
—Ya te lo dije, es la mujer de mi jefe.
—Ya… Pero parecíais amigas de verdad, y dudo que tú hayas hecho tanta amistad con una chica a la que conoces desde cuánto… ¿Una, dos semanas?
—La conozco de la librería—solté tratando de sonar con naturalidad—Frannie también la conoce, hemos ido varias veces…
—Ajam…
—¿Qué?
—Nada.
—¿Nada? No parece que no pase nada. ¿Qué ocurre?
—No ocurre nada, hija… Solo que me doy cuenta de lo que has cambiado en estos años. Antes no eras tan sociable. Te conozco con los mismos amigos desde que eras pequeña. Creo que es la primera vez que te veo con alguien que no conozco.
—Bueno, ya no soy una niña y he tenido que aprender a sociabilizar.
—Lo sé, y es lo normal… Sobre todo cuando te vas a vivir sola. Aun así, me sorprende verte tan animada con alguien nuevo.
— Si alguien me cae bien… ¿Por qué no?
—Exacto, y si además sabe de libros y de estrellas, juraría que es la amiga perfecta.
—Es, es una buena chica…—Balbuceé conteniéndome lo que realmente pensaba de Rachel, aparte de ser o mejor dicho, intuir que era buena amiga. Tuve que hacer un sobre esfuerzo porque la sonrisa estúpida no me delatase. Y no solo con mi padre, porque mi actitud me estaba delatando conmigo misma, solo que en aquel instante la ignorancia era mi mayor aliada.—Muy sencilla, y con las ideas claras. Ya sabes, me gustan las personas simples, que le dan el valor a las cosas que realmente lo merecen.
—Pues no sabes cuánto me alegro, y me sorprende que esté casada con tu jefe… Él no es así.
—¿Cómo? ¿Tú sabes cómo es Jesse St. James?
—Quinn, vivimos en una ciudad pequeña, dentro de lo que cabe, y si mi hija va a trabajar para un empresario en ésta ciudad, me gusta averiguar quién es… Y de dónde ha salido.
—¿Qué? ¿Has investigado a Jesse?
—No, solo me he interesado un poco—sonrió orgulloso, pero yo no sentía lo mismo—¿Qué? No me mires así, no he hecho nada malo, solo saber para quién trabajas. Es lo normal. Eres mi hija.
—¿Y qué has averiguado para sorprenderte tanto de que Rachel esté casada con él?—cuestioné sin poder evitarlo. Lejos de sentirme mal, noté como la curiosidad se apoderaba de cualquier conflicto interno que la actitud de mi padre pudiese provocarme. Yo habría hecho lo mismo en su lugar, sin duda.
—Bueno, pues como tú dices, esa chica parece sencilla y su marido es todo lo opuesto. Su padre es conocido, es un gran empresario… Y bastante déspota. No sé si su hijo será igual, pero es evidente que en ambición andan los dos iguales. He oído que la editorial fue un capricho, que ni siquiera le gusta ese mundo… Pero tiene suficientes inversores para mantener su estatus social y no depender de su padre, al menos de cara al mundo. Espero que no se canse pronto, o si lo hace que no venda la empresa al primero que quiera comprarla para hacer dinero.
—¿Qué? ¿Tú crees que venderá la editorial?
—Ese es el modus operandis de su padre. Ha ido creando pequeñas productoras a las que ha dado vida, invirtiendo hasta que se han consolidado y entonces… Las vende. Son personas inconformistas, siempre buscan más y más… Y no les suele importar si alguien depende de ellos, aunque por lo que he podido escuchar… No suelen dejar tirados a sus trabajadores. No sé, igual si vende la editorial es con la obligación de que los trabajadores mantengan su puesto.
—Pues ojala sea así, si es que piensa deshacerse de la editorial. No quiero verme sin trabajo.
—Tampoco tienes que preocuparte demasiado, eres joven y estoy seguro de que te contratarían en cualquier otra editorial.
—No hay más editoriales en Denver, y te recuerdo que voy a vivir aquí. Aposté por trabajar ahí y no quiero arrepentirme de ello.
—Quinn, tienes talento para trabajar en muchas otras cosas, aunque me pese. Me hubiera gustado verte como profesora o que se yo… Abogada, pero teniendo el don que tienes, podrías vender dibujos sin necesidad de depender de un jefe. Es más, podrías emprender tu propia empresa. En San Francisco te lo propusieron, ¿No es cierto?
—Pues sí, pero no creo que a Robert le agrade mucho la idea. Emprender un proyecto así cuesta mucho esfuerzo, y no creo que gane lo suficiente al principio como para poder pagar el alquiler a medias.
—Para eso está tu familia. Si necesitas ayuda, la vas a tener.
—No me gusta depender, ni tampoco quiero que mi familia me ayude a pagar una casa que se escapa de mis posibilidades. Tengo que afrontar mis responsabilidades y solucionar mis errores—Solté y de repente, un intenso y largo silencio se apoderó de la estancia. Un silencio que se llenó de miradas entre nosotros. Él, mi padre, lo hacía completamente confuso, o al menos eso intuí al ver su gesto pensativo. Y yo, completamente esquiva, lamentándome por haber dicho lo que dije, sabiendo que no era una respuesta que él esperase bajo ningún concepto.
Por suerte, aquel momento no se alargó demasiado, ni tampoco permitió que pudiese ahondar más en mi proyecto de futuro con Robert, o mejor dicho en la cantidad de dudas que me propiciaba mi proyecto de futuro con Robert, porque fue él mismo que se encargó de acabar con la conversación.
El sonido del timbre de la puerta y el saludo que lo precedía en voz de mi madre, nos avisó de que acababa de llegar a mi casa, y no tardó demasiado en personarse en la cocina con su habitual semblante, y sonriente. Sabiendo que aquella mañana solo él iba a ser el protagonista.
—Buenos días—saludó caminando decidido hacia nosotros.
—Buenos días, Robert…
—Hola…—musité
—Hola, cielo—me saludó besando mi cabeza— ¿Qué tal? ¿Te lo pasaste bien con Rachel?
—Lo normal—fingí percatándome de como mi padre me miraba de reojo y sonreía burlón—, fuimos a cenar y ya está… Estuvo bien.
—Me alegro. ¿Qué tal, Russel? Menuda la que tenéis armada aquí, ¿Qué es todo esto?
—Esto es un tesoro—respondió mi padre.
—¿Un tesoro?—replicó mi madre que en ese instante se unía a la improvisada reunión—No es más que un montón de revistas sin valor alguno.
—No son solo revistas, son recuerdos… Tengo fotos de nuestros viajes a las convenciones. Eso no es basura… Es, es parte de nuestra vida.
—Eso sí, pero lo demás no sirve para nada… ¿Qué valor tiene una revista del espacio de 1970?
—El valor de ser la primera revista que sacó un reportaje del Apolo 11 a su llegada a la luna, ¿Te parece poco?
—En internet hay miles de artículos que puedes consultar, no necesitas tenerlos en papel amontonando polvo.
—Por todos los dioses, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?—se quejó mi padre dándose por vencido, y yo decidí echarle una mano mientras me dispuse a servirle un café a Robert. A pesar de no haberlo pedido, supe que lo aceptaría. Y eso me daba más tiempo para despejarme antes de colocarme a base de pintura de pared.
—Mamá, hasta yo sé que algo así merece la pena ser guardado. Déjalo que tenga sus cosas.
—¿Pero a usted le gustan éstas cosas?—preguntó Robert provocando que los tres lo mirásemos incrédulos. Si no sabía eso de mi padre a esas alturas, poco sabía de mi familia, y supuse que se dio cuenta de su error al ver como recapacitaba—Me refiero a que no sabía que guardase cosas de éstas… Siempre, siempre le escucho hablar de los documentales de la tele y eso, pero… Bueno… Eh.
—Lo que sea—intervino mi madre tratando de sacarlo del apuro—Anoche conoció a la amiga de Quinn que es astrónoma, y ahora vuelve a tener esa inquietud, pero eso no es afición… Esos no son más que papeles viejos que no sirven para nada.
—¿Y las fotos de cuando estuvimos en Connecticut? ¿O cuando fuimos a Aspen con las chicas? A mí me encantar ver las fotos de cuándo eran pequeñas… Mira, Robert, dime que ésta foto no es única.
—¡Vaya! ¿Cuántos años hace de esto?—lo escuché preguntar, y digo lo escuché porque yo en ese instante me esmeraba en no solo servirle una taza de café, sino en prepararle un par de tostadas. Cualquier cosa por tal de evitar que me metiera en el garaje tan pronto.
—Pues hace mucho tiempo ya. Fue en Aspen, convención de aficionados de la astronomía. Recuerdo que celebramos el cumpleaños de Quinn.
—¿Ésta es Quinn?—preguntó y yo me giré hacia ellos al ver cómo me mencionaban. Robert no dudó en mostrarme la fotografía que rápidamente pude recordar. No era la primera vez que la veía, ni iba a ser la última, por supuesto. –No se le ve la cara—añadió y con razón. Era una instantánea en la que salía mi hermana en un primer plano, y yo justo detrás corriendo hacia uno de los laterales. Apenas se me distinguía.
—Sí, es ella. Espera… Por aquí hay otra en la que se ve mejor—le respondió mi padre segundos antes de que yo volviese a mi tarea. –Aquí está, mira… No me digáis que ésta foto no es un tesoro. Este año fue en el que Quinn se cayó y se hizo daño en la cabeza. Sangraba tanto que creí que se moría allí mismo, pero por suerte solo fue un corte superficial. ¿Lo recuerdas, hija?—me dijo.
—No, no recuerdo nada, solo sé que tengo la cicatriz.
—Oh Dios, aquí si se ve que es ella… Tiene la misma cara.—Añadió Robert al ver la otra imagen.
—Lo sé, por eso me gusta conservar todas estas cosas… Son recuerdos—apuntilló mi padre.
—No he dicho que eso no lo sea, por supuesto que me gustan las fotos… Lo que no me gustan son las revistas, todos esos planos raros que tienes, las libretas con coordenadas. Por dios, no necesitas nada de eso.
—Deja de insistir, Judy… No voy a desprenderme de nada de esto. Y estas fotos las voy a colocar en un álbum, donde deben estar.
—Es en lo único que estamos de acuerdo.
—¿Quién es la chica que está con Quinn?—interrumpió Robert logrando que la atención se centrase en él, y dejasen de discutir. Algo que yo agradecí regalándole una sonrisa mientras le ofrecía la taza de café.
—Pues no lo sé, sería la hija de alguien que también estuviese allí. Hacíamos muchos amigos.
—Déjame ver—dijo mi madre adueñándose de la foto, yo la miré de reojo para ver como fruncía el cejo mientras trataba de recordar.—Oh, esto fue en el séptimo cumpleaños de Quinn. Mmm… No recuerdo su nombre, pero me acuerdo de su madre. Uno de sus hijos era un completo demonio y recuerdo que Frannie lo puso en su sitio. Ésta chica solo quería jugar con Quinn, y cuidarla. Decía que era muy pequeñita y debía protegerla.
—Menos mal que no te interesa nada, un poco más y recuerdas hasta lo que comimos aquel día—replicó mi padre provocando la risa en Robert, y en mí, aunque por mi posición no pudieron verme.
—Tengo buena memoria, y recuerdo las cosas de mis hijos. Tú mientras estabas con tus amigotes hablando de cohetes espaciales—le recriminó soltando la fotografía sobre la mesa.
—Claro… Claro…—Masculló él justo cuando yo me decidía a volver a la mesa y tomar asiento. Un par de tostadas eran suficientes para que Robert me diese una tregua antes de marcharnos, o al menos eso era lo que pretendía. No tenía ni idea de lo que estaba por sucederme en aquel instante, y si lo llego a saber con antelación, juro que tampoco habría sido capaz de reaccionar de aquella manera.
Como ya digo, solo tuve que regresar a la mesa y ocupar mi sitio frente a mi padre, dejando que Robert quedase a mi derecha para percatarme de la imagen de la fotografía en cuestión, que mi madre había vuelto a dejar sobre el montón de revistas. No era la primera vez que la veía, de hecho, mi padre solía andar con aquellas fotos cada dos o tres años, y tras jurar que las pondría en un álbum, terminaban amontonadas en el mismo cajón de siempre del trastero.
Un paisaje montañoso típico de Aspen hacía de escenario. En primera plana aparecía mi hermana con unos 15 años, posando con dos flores en el pelo. A su derecha, un poco más atrás, aparezco yo subida en un mini coche de pedales, que no recuerdo de quien era pero que sé que me encantaba. En el lado opuesto, se ve a mi madre de perfil vigilándonos y al lado de ella un hombre que jamás supe quién era, imitando el gesto de mi madre. Y justo detrás de mí aparece una chica que, a juzgar por su postura y por cómo me miraba, parecía estar asegurándose de que no me iba a pasar nada en el mini coche, tal y como acababa de mencionar mi madre, aunque más tarde fue el causante de mi accidente.
Siempre que había visto aquella fotografía me causó curiosidad la atención de aquella chica, y siempre escuché las mismas palabras de mi madre referidas a ellas, pero jamás sentí lo que sentí en aquel instante, porque jamás había sido capaz de reconocer sus facciones sin haberla conocido antes.
La noche anterior le hablé de la leyenda del hilo rojo del destino, porque el vino había empezado a hacer estragos en mí y perdí por completo la mesura, pero viendo la fotografía empecé a creer que aquella leyenda empezaba a tener cierto sentido de realidad.
Pelo castaño, dos trenzas y una cortina de flequillos no lograban tapar un par de ojos grandes, intensos y vivos que habría reconocido a leguas. Su nariz y su boca, incluso sus orejas. Creí estar teniendo una especie de epifanía, o tal vez era un efecto óptico por culpa de los continuos encuentros y mi incipiente obsesión por ella, pero en aquel instante podía jurar que aquella niña que se preocupaba por mi salud física cuando acababa de cumplir 7 años, no era otra más que Rachel. Una mini Rachel con 20 años menos de los que tenía ahora. Una mini Rachel que no había cambiado ni un ápice de su rostro, excepto lo lógico por naturaleza. Y a pesar de mi asombro, no pude más que sonreír como una completa idiota.
Si era ella, si realmente era Rachel la que estaba allí, y que según mi madre jugó conmigo durante los dos días que estuvimos en Aspen, estaba claro que aquello había empezado a ser algo realmente sorprendente, que el destino de veras estaba haciendo de las suyas mucho antes incluso de ser conscientes, y era algo realmente surrealista, tanto que ni siquiera tuve tiempo a bloquearme o entrar en shock. De hecho, no sé cuántos minutos estuve observando la fotografía completamente ajena a lo que transcurría en la cocina, lo único que rondaba por mi mente era que aquella chica que estaba allí a mi lado parecía ser Rachel, mi chica galáctica, y eso me alegraba muchísimo. Mucho más de lo que podría llegar a imaginar, y mucho más de lo que se supone que debe alegrarte algo así. Pero como ya vengo diciendo, la ignorancia me permitía vivir aquellos días con una total y absoluta tranquilidad, sin saber lo que se estaba forjando en mí, y por supuesto, sin ser consciente de las muestras que estaba dando de ello.
Por suerte, Robert tampoco era capaz de percatarse de ello, y aquella mañana ni siquiera tuvo sospecha alguna o vio parecido razonable entre aquella niña pequeña que me cuidad, y la esposa Jesse. Lógicamente, él no había tenido las mismas oportunidades que yo de tenerla frente a frente, y mucho menos de conocerla como yo la conocía.
—¿Bueno qué? ¿Nos vamos?—fue su voz la que me sacó de mi embelesamiento con la fotografía, y yo, a pesar de no haber terminado mi café, asentí sin más. Tal vez mi cara no trasmitía lo que llegué a sentir en ese instante, pero sin duda, fue una suerte para él que viese reflejada a Rachel en aquella niña, porque mi humor cambió radicalmente en ese preciso instante.
Ni siquiera me importó saber que iba a pasar parte del domingo oliendo a pintura entre cuatro paredes. Y cuando digo parte del domingo, me refiero a las casi 9 horas que estuvimos allí.
9 horas en las que pintamos las últimas zonas de la casa que quedaban por pintar, colocamos estanterías, colgamos cuadros, comimos, limpiamos algunas lámparas y reorganizamos parte del salón y de la que iba a ser nuestra habitación, a la que solo le quedaban un par de cortinas para que estuviese perfecta. Y fue allí mismo, en nuestra habitación, donde dimos por finalizado los trabajos.
—¿Está derecho?—me preguntó tras colgar el último de los cuadros, aún subido a las escaleras.
—Perfecto. ¿Hemos acabado?
—Hemos acabado por hoy…
—Genial, porque estoy muy cansada y me muero por darme una ducha.
—Tal vez podríamos estrenar nuestro…—Se detuvo, y lo hizo porque el sonido de su teléfono móvil comenzó a sonar en el salón. No tardó más de un segundo en reaccionar para atenderlo. Yo preferí quedarme allí, terminando de recoger las escaleras y las últimas herramientas que había estado utilizando, y tomándome un breve descanso antes de acabar el domingo. Ni siquiera me dio tiempo a salir de la habitación cuando Robert regresó, y lo hizo dejándome completamente sorprendida y confusa.
—¿Quién era?—acerté a preguntarle al encontrármelo junto a la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja y esa mirada traviesa que logró conquistarme hace años.—¿Qué sucede?—añadí al ver como no me respondía, y simplemente caminaba hacia a mí. Me quitó la caja de herramientas que portaba y me tomó por la cintura obligándome a retroceder hasta la cama—¿Qué haces? Rob, ¿Qué pasa?
—Me acaba de llamar el Sr. Winslow.
—¿Qué? ¿Ahora? Por amor de Dios, son las 8 de la tarde, es domingo… ¿Qué quería?
—Decirme que su jubilación es un hecho. El martes dejará de trabajar.
—¿Y te llama para decirte eso? Si ya lo sabias…
—Me ha llamado para informarme de algo que aún no sabe nadie, solo él y el director nacional de la empresa.
—¿Qué?
—El sector norte es para mí. Voy a llevar la mitad de la ciudad…
—¡No!—exclamé realmente incrédula.
—¡Sí!. Voy a ser el jodido agente inmobiliario de la zona más cara de Denver, van a anotar mi nombre en las agendas de los empresarios más ricos de la ciudad, y los que quieran venir a vivir en las mejores mansiones. Voy a ser el vendedor mejor valorado de toda la jodida empresa…
—Dios… Rob, eso es...
—Ese es mi sueño hecho realidad. ¿Y sabes lo que significa? Que mi sueldo se va a duplicar… Que voy a tener pluses que superen mi sueldo mes tras mes, y que a partir de ahora, se acabó el deambular por las calles buscando casas o vendedores. Voy a tener mi jodido despacho y serán los compradores los que me llamen para que les encuentre la mansión de sus sueños.
—Es… Es genial—balbuceé como pude, porque cuando quise darme cuenta sus labios evitaban que pudiese seguir hablando. Y no solo sus labios, sino que también me bloqueó por completo su cuerpo, sus brazos alzándome y obligándome a quedar a expensas de él—Rob… ¿Qué haces?
—Vamos a la ducha, —musitó sobre mis labios.—Vamos a celebrarlo.
—No… No podemos.
—Sí que podemos.
—Robert, no tenemos ropa aquí, y ni siquiera…
—¿A quién le importa la ropa?—replicó sin darme opción alguna. Bueno, lógicamente sí que la tenía, porque jamás me sentí obligada a hacer algo que no quisiera con él, pero cuando mostraba tanto empeño y además tenía una buena noticia para celebrar, negarme no era una opción oportuna, por mucho que mis ganas fuesen escasas. Así que simplemente me dejé llevar, y accedí a su deseo, a sus ganas de estrenar la ducha, como bien decía, de la mejor forma posible. En teoría, claro está, porque el resultado no fue el que yo esperaba.
Y no, no es que fuese mal, de hecho, todo concurrió como debía concurrir, pero fue exactamente eso lo que me hizo sentir realmente extraña. Y digo me hizo porque pude ver como él parecía no haberse percatado de nada.
No hubo risas, ni hubo sorpresas o algún juego entre los dos, a pesar de estar en un lugar perfecto para ello. No hubo miradas traviesas y cómplices, ni besos desorbitados. Simplemente hicimos el amor y terminamos como cuando terminas de trabajar. Lo hicimos porque nos conocíamos, porque sabíamos las debilidades que teníamos tanto uno como otro, y como debíamos tratarnos para llegar hasta donde debíamos llegar. Lo hicimos y ya está. Esa fue la sensación que sentí tras abandonar la ducha, pero no en su rostro. Para él había sido como siempre, o al menos eso es lo que pude intuir con su comportamiento tras nuestro improvisado arrebato en la ducha. Incluso llegó preguntarme como estaba, como solía hacer siempre, y no fue capaz de ver en mí el extraño vacío que sentía, y que yo ni siquiera era capaz de camuflar. Pero dicen que el ser humano es más feliz auto engañándose, y supuse que la maquinaria de mi mente, siendo consciente de lo que supondría un bajón emocional en aquel estado de absoluto cansancio, desvió mi atención hacia ese lado para salir airosa de la situación, y no dejar que la más que evidente paranoia, me atosigara aquella noche.
La vorágine que supone una mudanza después de haber comenzado un nuevo trabajo, en un lugar que a pesar de ser tu ciudad te resulta desconocida, es una buena excusa para permitirme el lujo de no divertirme por una sola vez al hacer el amor, y por ese motivo traté de no darle importancia a ello. De hecho, ni siquiera me dispuse a preguntarle a él si todo estaba bien.
Robert hizo lo que tenía que hacer, y cuando salimos de nuestra casa se limitó a llevarme de vuelta a la casa de mis padres sin dejar de prestarle atención a los continuos mensajes que seguía recibiendo de su jefe, y que lo mantenían en una nube con las nuevas noticias de su ascenso en la inmobiliaria.
Noticias que en aquel corto trayecto en el coche me llevaron a recordar las palabras de mi padre al recordarme que no tenía por qué depender de un jefe para salir adelante. Nunca lo había pensado a consciencia, y la única vez que tuve la oportunidad de hacerlo tuve miedo a perder lo que había conseguido, y me negué a llevarlo a cabo. Pero ser mi propia jefa era algo que se me antojaba realmente atractivo. Dedicarme a la ilustración, a la pintura o el dibujo de manera particular, llevando a cabo encargos personales o simplemente vendiendo mis obras, era algo muy a tener en cuenta, y que con el doble sueldo de Robert podría intentar si las cosas en la editorial salían mal.
—¿Nos veremos mañana?—le dije justo antes de que detuviese el coche en el arcén.
—No lo sé, es probable que el Sr. Winslow me tenga que entregar documentos y demás, así que estaré bastante tiempo en la inmobiliaria. Te voy avisando… Aunque supongo que podré venir cuando acabe.
—Ok… Oye, ¿Has vuelto a ver a Jesse?
—¿A Jesse? Ver no, pero si he hablado con él. Ayer precisamente… ¿Por?
—Mi padre hoy me ha estado hablando de él y de su padre.
—¿Y qué te ha dicho?
—Bueno, me ha hablado de la manera de trabajar que tienen en esa familia, y que no le extrañaría nada que Jesse se cansase de la editorial y terminase deshaciéndose de ella. ¿Tú crees que haría algo así?
—¿Por qué iba a hacer eso? Gana mucho dinero…
—Según me ha dicho, la editorial es un simple capricho.
—No es un capricho, es un buen negocio y ha hecho una gran empresa en muy poco tiempo. Es buen empresario, y encima le da trabajo a su mujer…
—Bueno, le da trabajo porque ella quiere trabajar en eso, no porque no tenga capacidad para otras cosas.
—Ya… Claro.
—¿Ya claro qué?—le pregunté tras ver como media sonrisa burlona se asomaba a sus labios.
—Quinn, la profesión de Rachel no da para mucho. Es más una afición que una profesión, como le sucede a tu padre. Solo sirve para leer revistas y esas cosas...
—¿De qué hablas? Te recuerdo que un astrónomo tiene que cursar muchos años de carrera, y después vienen los masters. Estás hablando de ciencias, estás hablando de…
—Cosas que no tienen futuro a menos que seas una jodida genio, o tengas a alguien que te invite a trabajar en un observatorio o cualquier sitio de eso. Si Rachel está vendiendo libros es porque sabe que su carrera no vale nada, y Jesse ha sido eficaz al encontrar algo que les venga bien a ambos.
—No me lo puedo creer…
—¿No te puedes creer qué?
—Que infravalores tanto a alguien por ser mujer.
—¿De qué hablas? No es machismo, es la verdad. La misma estupidez es ser astrónomo que astrónoma.—Me replicó, y probablemente fue lo peor que pudo hacer, o al menos como lo hizo. Juro que en ese instante sentía que era a mí a quien infravaloraba y eso me llevaba a un término de crispación poco habitual.
—Pues yo no considero que sea una estupidez, sino todo lo contrario. Hay que tener mucha capacidad para completar los estudios de esas características.
—Un pintor también tiene que estudiar los mismos años.
—¿Qué pretendes decirme? ¿Qué dibujar también es una mierda?
—No, no yo no he dicho eso.
—Sí, sí que lo has dicho.
—No, he dicho que lo mismo dura una carrera de astronomía que una de bellas artes, que no por mirar las estrellas vas a tener más capacidad que alguien que pinta un cuadro.
—Es que nada tiene que ver una cosa con la otra. Tú estás desprestigiando a una persona solo porque ha hecho lo que deseaba hacer, y estás desvalorizándola porque te empeñas en creer que si no fuera por su marido perfecto al que le sobra el dinero de su papá, no tendría donde caerse muerta. Es eso lo que piensas, ¿Verdad?—solté casi sin respirar, y con tanta rabia que terminó siendo él el sorprendido.
—No seas extremista, y no… No tengo ganas de discutir y mucho menos por Rachel y las estrellitas.
—Sabes que odio cuando te pones así.
—No he dicho nada para que te enfades tanto. Me has preguntado si la editorial de Jesse es un capricho y yo te he dicho que no, que él por lo que me ha contado simplemente buscó una alternativa de trabajo para los dos, para poder trabajar juntos. A él le gustan las cosas a lo grande y se decidió por la editorial y ella prefería algo sencillo y sin complicaciones porque sabía que de su profesión no iba a poder vivir, y decidió abrir las librerías. Ya está, eso es lo que he dicho, así que deja de acusarme de machismo.
—Ok. Como quieras…
—¿Qué diablos te pasa? ¿De verdad vamos a discutir por ellos?
—Yo no discuto por nadie. Creo que es mejor que vuelva a casa, estoy cansada.
—Pues muy bien… No tengo ganas de arruinar un día por culpa de una estúpida astrónoma—espetó dejándome completamente K.O. Pero no porque no tuviese opción de debatirle, sino porque me dolió tanto que se dirigiese a ella de aquella manera tan déspota, que tuve que callarme por tal de no acabar realmente mal aquella noche.
Y faltó poco, de hecho. Ni siquiera me despedí de él. Salí del coche tras recoger mis cosas y dejé que la puerta se cerrase detrás de mí con toda la fuerza que yo misma le había impulsado, logrando que el sonoro portazo se escuchase probablemente en toda la calle, y me colé en la casa de mis padres sin volver a mirarlo. Ni a él ni a quien debía estar en el interior; O sea a nadie. Ver las luces apagadas y todo en silencio me hizo comprender que mi madre había logrado su objetivo de evitar que mi padre pasara todo el domingo entre revistas de ciencia, y probablemente lo habría convencido para salir a cenar. Y yo lo agradecí.
Estaba completamente enfadada, como si las críticas o mejor dicho, la manera que utilizó para referirse a Rachel y su profesión hubiesen sido sobre mi persona. Como si yo hubiese sido el punto de mira de todos sus comentarios fuera de lugar, por mucho que los negara. A pesar de que no era la primera vez que se expresaba de aquella manera al desvalorizar el trabajo de los demás, sí fue la primera vez que lo hacía mencionando a Rachel, y no me gustó en absoluto.
Él no la había visto manejar un estúpido telescopio, él no la había escuchado hablar de las estrellas, ni había podido recrearse en sus gestos, en su sonrisa cuando atiendes a sus palabras. ¿Qué más da que sea más o menos valorado? ¿Qué más da que una profesión sea más reconocida o te otorgue más dinero que otra? Es el mundo de esa persona, es el sueño de esa persona, y como tal se debe respetar y valorar. Rachel no era una don nadie aprovechándose de su marido, de eso estaba completamente segura. Porque la había visto renegar en más de una ocasión del lujo que solía rodearla, porque la había visto buscar y centrar su curiosidad en los detalles más simples, porque me había dado bastantes lecciones de humildad sin que siquiera fuera consciente de ello. No sabía a ciencia cierta el motivo que la había llevado a dejar de lado por completo su gran pasión y dedicarse a los libros junto a Jesse, pero estaba convencida de que habría una razón mucho más importante que el jodido dinero, solo que aún no había encontrado la forma, la ocasión o quizás no quería contármelo. O tal vez simplemente no había nada, simplemente había dejado a un lado su mundo para poder estar junto al gran amor de su vida, algo que yo misma había hecho para poder ver feliz a Robert.
No era justo. Ni para ella, aunque no fuese consiente de nada, ni para mí, porque había empezado a detestar que la juzgasen tal y como yo hice sin querer por culpa de los celos. Y sí, confieso que cuando le eché en cara que había dejado sus sueños por tener una casa más grande y un deportivo en el garaje, fueron los celos los que me incitaron a ser así de imbécil. Pero mi percepción, por suerte, había cambiado radicalmente desde el mismo instante en el que pude estar más de diez minutos junto a ella. Por eso mismo no iba a dejar pasar cualquier mínima oportunidad de defenderla como lo había hecho sin pensar en las consecuencias que ello podría traerme, sin importar que quien la juzgase fuese mi propio novio.
Tal vez no la conocía del todo, tal vez había detalles de su vida que no había compartido conmigo, y por eso mismo merecía el beneficio de la duda. No obstante, la discusión con Robert me incitó a hacer algo que ya había desechado, y no era otra cosa más que tratar de averiguar por qué diablos no dedicaba su vida a hacer lo que más le gustaba, y no permitiendo que machistas testarudos como mi novio creyesen que su marido era quien manejaba su vida.
Aquel momento de soledad en la casa de mis padres me ayudó a dar el primer paso para dar un paso y tratar de conocer un poco más a mi chica galáctica, o al menos que terminase por abrirse a mí por completo. Ver como las revistas y las fotos de mi padre aún permanecían en la mesa, ésta vez sobre la del salón, hizo el resto.
Aquella noche la acabaría exactamente igual que acabé la anterior, aunque el malestar del enfado con Robert hubiera hecho mella en mí. Y es que a veces olvidamos cuán importante es sentir la complicidad con alguien que, aun no estando a tu lado físicamente, es capaz de cobijarte sin siquiera ser consciente de ello.
Un inocente mensaje me abriría las puertas de su mundo.
¿Has estado alguna vez en Aspen?
Una sencilla respuesta me dio la bienvenida, y me hizo sonreír hasta que la luz del alba me volvió a despertar.
¿Una? No… Muchas.
