CAPÍTULO 15
DURANTE varios días, Terry entró y salió de la inconsciencia. Y cada vez que se despertaba, tenía visiones del paraíso. De un ángel rubio sentado a su lado instándole a beber agua y algo de caldo. Cantándole mientras yacía incapaz de moverse.
Y cuando recuperó el sentido finalmente, descubrió a Candy durmiendo en un sillón junto a su lecho. Estaba acurrucada formando un ovillo, y su pecho se elevaba y descendía ligeramente con cada respiración.
La única luz del cuarto provenía del fuego que ardía en la chimenea, y fluctuaba sobre los rasgos de su precioso rostro. Había sombras oscuras bajo sus ojos, incluso durante el sueño.
Su trenza rubia se alargaba hasta el suelo, tan sólo a unos centímetros de él. Sin pararse a pensarlo, Terry extendió la mano para acariciarla. Parecía seda sobre su palma.
Se había quedado.
Terry parpadeó ante las desconocidas emociones que se arremolinaban en su interior. Cada vez que se había despertado, ella había estado a su lado.
Podía recordar vagamente que Simon y Paulina le habían rogado que saliera, pero Candy se había negado rotundamente.
¿Por qué?
No tenía ni idea. Nadie había sido tan diligente con él. Nadie.
Su brazo se deslizó desde el regazo y ella se despertó con un sobresalto. Aclarándose la garganta, se frotó los ojos con las manos.
Terry apartó la mano de su cabello, y ese mismo movimiento atrajo la atención de Candy.
—¡Estás despierto! —dijo con una sonrisa.
Abandonó el sillón y se sentó en el colchón, a su lado. Con un delicado roce, colocó la mano sobre su frente.
—La fiebre ha desaparecido.
—¿Cuánto tiempo he permanecido inconsciente?
—Una semana.
Frunció el ceño al escuchar las noticias.
—¿Toda una semana?
Candy asintió.
Terry empezó a incorporarse, pero ella lo detuvo colocando las manos sobre su pecho y empujándole hacia la cama.
—Es media noche. ¿Dónde quieres ir?
—Al retrete —dijo él ásperamente—. Y sugiero que me dejes ir.
Ella se ruborizó, y dejó de empujarle.
—Entonces, permíteme que te ayude.
Mareado por el esfuerzo, Terry se sentó, y bajó con cuidado su pierna herida hasta el empedrado del suelo.
Se colocó la manta de piel alrededor de la cintura para cubrirse.
Candy le ofreció su hombro, y, usándola como una muleta, se levantó muy despacio de la cama.
Puso mucho cuidado en no hacerse daño cuando dio un primer paso de prueba. El dolor estalló ante el primer intento de apoyar el peso sobre la pierna. Apretando los dientes, se obligó a ignorarlo.
—¿Te encuentras bien? —preguntó ella.
—Sí, ¿y tú?
—Nunca me he encontrado mejor —resopló mientras le ayudaba a dar otro paso.
Terry casi sonrió ante su coraje. Avanzaron con mucha dificultad por el pasillo, pero finalmente llegaron. Terry la dejó fuera mientras entraba a aliviarse.
Cuando abrió la puerta unos minutos después, la encontró esperándole allí todavía.
—Tienes que meterte en la cama —le dijo con voz ronca, notando su expresión de agotamiento.
Ella hizo un gesto con la mano para desechar sus palabras y lo agarró de la cintura.
—¿Tienes hambre?
Sí, pero para el tipo de hambre que tenía, la simple comida no serviría.
—No.
Hicieron el camino de regreso a la cama. Terry se sentó y colocó cuidadosamente las piernas en el colchón.
Nunca en su vida había tenido alguien que cuidara de él. Resultaba extraño verla andar de un lado para otro de la habitación sirviéndole una copa de cerveza, comprobando sus vendajes, y envolviéndole bien con las mantas.
—¿Qué? —preguntó ella cuando lo pilló con el ceño fruncido.
—Es sólo que estoy asombrado —dijo él en voz baja—. No esperaba que hicieses tantas cosas por mí.
—Bueno, se supone que eso es lo que hacen las personas cuando se preocupan las unas por las otras.
—¿Y tú te preocupas por mí?
—Si dijera sí, ¿me creerías?
Él reflexionó sobre el tema. ¿Se atrevería a creer en que una mujer como ella pudiese preocuparse de un hombre como él? ¿O era todo aquello una artimaña?
—¿Estás haciendo esto con la esperanza de conseguir un marido?
—No, Terry —replicó con un tono distante y de reproche—. He hecho esto por ti como lo habría hecho por cualquier amigo. Te dije el día que me trajiste aquí que no te guardaba ningún rencor, y lo dije en serio.
Él tragó con dificultad al ver el dolor reflejado en sus ojos. Se había equivocado al acusarla de estar fingiendo, y se arrepentía de sus palabras.
—Entonces te debo una disculpa. Tendrás que perdonarme si no sé cómo tratar un amigo. Como no he tenido nunca ninguno, no estoy seguro de cómo debo comportarme.
La sonrisa de ella le dejó sin respiración.
—Estás perdonado —apiló las almohadas detrás de él y lo ayudó a apoyarse sobre ellas.
Terry le dio unos sorbos a la cerveza mientras ella volvía a su asiento y retomaba un pequeño trozo de tejido que había estado cosiendo.
Un extraño sentimiento se apoderó de él. Era un momento muy íntimo. Uno de los que compartían un señor y su señora. El tipo de momento que nunca había pensado experimentar.
Y en ese instante, descubrió que le gustaba. No, que lo deseaba con tanta fuerza como no había deseado nada en su vida.
Cerró los ojos para luchar contra la oleada de anhelo que lo atravesaba. Aquel momento no le pertenecía. Ella no era suya. Nunca podría tenerla, y desearla para sí no estaba bien.
Terminando la cerveza, dejó la copa a un lado y buscó una forma de sacarse a esa mujer de la mente.
—¿Encontraron mis hombres a los responsables? —preguntó.
Ella meneó la cabeza mientras daba una diminuta puntada.
—Estuvieron persiguiendo a dos de los hombres, pero lograron escapar.
Estiró el hilo y lo partió en dos con los dientes.
—Simon todavía cree que mi padre es el responsable. ¿Tú has cambiado de opinión?
—No. Como dije, tu padre me odia hasta lo más profundo de su alma, pero nunca correría semejante riesgo con tu vida.
Por la expresión de su semblante, Terry diría que le habían complacido sus palabras, y eso le proporcionó mucha más satisfacción de la que debería.
—¿Tienes una idea de quién puede ser? —preguntó ella mientras cogía un trozo de hilo de otro color, se lo metía en la boca para humedecerlo y después lo enhebraba en la aguja.
Terry apartó la mirada de aquellos dientes tan blancos, apartando también los pensamientos en los que ella clavaba esos mismos dientes en su carne en un tierno mordisco de amante.
—Desgraciadamente, mi lista de enemigos es larga y abundante. Podría haber sido cualquiera de ellos.
—Sí, pero debe haber sido alguien que quería que culparas a mi padre —dejó la costura a un lado—. Creo que esa persona también es la responsable de los ataques a tu pueblo y al de mi padre.
—Candy...
—No, escúchame. Mi primo me dijo que había luchado con alguien que llevaba tu sobreveste la noche que el pueblo de mi padre fue atacado. Consiguió herir al hombre que creía que eras tú.
Terry frunció el entrecejo.
—¿Por qué haría alguien una cosa así?
Ella sacudió la cabeza.
—No lo sé, pero supongo que es alguien que sacaría algún tipo de beneficio con vuestras muertes.
—No hay nadie que pueda hacer eso.
—Entonces me he quedado sin ideas.
—Encuentro eso muy difícil de creer, conociéndote como te conozco.
Candy soltó una carcajada mientras recogía la costura del suelo y se inclinaba hacia atrás en el sillón.
Permanecieron en silencio durante varios minutos mientras Terry disfrutaba de la paz que le proporcionaba compartir su soledad con ella.
—¿Sabes cuántos caballeros hacen falta para apagar una vela?—preguntó ella finalmente.
Terry la miró de soslayo.
—Ninguno, se supone que hay escuderos que se encargan de eso.
Ella rió al escuchar su contestación.
—No está mal, pero la respuesta es uno. No obstante, la vela debe aceptar el soplo.[1]
Terry puso los ojos en blanco.
Candy resopló.
—¿Es que no hay nada que encuentres divertido?
—Sí —dijo él en un susurro—. A ti te encuentro muy divertida.
Por la expresión sorprendida de su rostro, Terry dedujo que la había pillado con la guardia baja.
Ella se inclinó hacia delante.
—Terry...
—No —dijo él echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos—. No digas ni una palabra, y no intentes tus ardides conmigo; estoy débil y no me encuentro en condiciones de luchar contra ti.
—Mi padre asegura que ése es el mejor momento para sacar ventaja.
—Pero no sería muy considerado de tu parte.
Candy se movió para sentarse a su lado. Y antes de que Terry pudiera moverse, ella apretó los labios contra los suyos. Terry abrió la boca para saborearla, enredando la mano en su cabello para inmovilizar su cabeza.
Dios, sabía a gloria celestial y a deseos terrenales. Era demasiado consciente de que no le cubría nada más que una manta, y de que ella estaría más que dispuesta a permitir que la tomara.
Tan fácil...
Y tan difícil.
Ella lo acarició con la lengua una vez más antes de apartarse.
—Esta noche te permitiré escapar —susurró contra sus labios antes de mordisquearlos impúdicamente una vez más—, pero el día que recuperes las fuerzas, te desafiaré de nuevo. Y ganaré.
Él frunció el ceño ante sus palabras, sin comprender del todo por qué no se aprovechaba de la situación.
—¿Por qué abandonas sabiendo que no puedo luchar contra ti en estas condiciones?
La mirada hambrienta en los ojos de Candy fue casi suficiente para derretirlo.
—Porque quiero que no tengas ninguna excusa para rechazarme más tarde. Será un combate justo.
Terry estuvo tentado de decirle que se casara con él de todas maneras. Pero no podía. Estaban su juramento al rey, la maldición de su temperamento, y la pequeña cuestión de que su padre despreciaba hasta el suelo que pisaba.
Incluso si Enrique consentía, el padre jamás daría su aprobación, y se negaba a ponerla en la tesitura de tener que elegir entre ellos.
—Necesitas dormir —le dijo Terry, señalando la sombra oscura que había bajo sus ojos.
Ella volvió a su sillón.
—¡Ahí no! —gruñó él—. Vete a tu cama. Te has ganado una buena noche de sueño.
—¿Y si necesitas algo?
—Te aseguro que puedo derribar las paredes a gritos si es necesario.
Ella dejó escapar una breve carcajada.
—No me cabe ninguna duda al respecto.
—Entonces vete.
—Sí, Lord Ogro. Tus deseos son órdenes para mí.
Terry la contempló mientras salía con una extraña opresión en el corazón. Más que ninguna otra cosa, quería decirle que regresara. Sentirla contra su cuerpo una vez más.
¿Pero de qué serviría?
Echó hacia atrás la cabeza y sintió el dolor abriéndose paso en su interior.
—Dios —dijo en voz baja—. Te lo ruego, dame paz. Por favor, llévate mi corazón y destrózalo antes de que sea demasiado tarde. No quiero hacerle daño, y Tú, más que nadie, sabes que al final se lo haría. Por favor, dame fuerzas.
Cerrando los ojos, Terry apretó la manta que lo cubría en un puño. Endurecería su corazón frente a ella. Desde ese momento en adelante no pasaría más tiempo con Candy. Se aseguraría de apartarla de él. Para siempre.
Candy despertó justo después del mediodía, pero cuando intentó ver a Terry se encontró excluida de sus habitaciones.
—¿Qué queréis decir con eso de que no puedo entrar? —le preguntó a Simon.
—Son órdenes de Terry. Y no me atrevo a contradecirle en esto.
—Simon —dijo ella con tristeza—, se supone que sois mi aliado.
—Y lo soy, pero también me gustaría conservar todos mis dientes, y él fue más que claro a la hora de explicarme lo que me haría os permitía cruzar este umbral.
Candy lo vio todo rojo. Así que él creía que podría desanimarla tan fácilmente. Pues bien, ¡pronto aprendería que no era así!
—Está bien —dijo enfadada. Entonces, levantó la voz y añadió dirigiéndose hacia la puerta—. No podéis quedaros ahí para siempre. Tarde o temprano tendréis que salir.
Tal y como esperaba, no hubo respuesta.
Que así fuera.
Al final le vencería. ¡Lo haría!
Girando sobre sus talones, Candy se alejó a grandes pasos hacia el salón.
Pasaban los días mientras esperaba a que Terry apareciese, pero ni una sola vez hizo algo más que abrir ligeramente la puerta. Estaba a punto de rendirse cuando, una mañana, se lo encontró bajando las escaleras.
El corazón de Candy dio un vuelco de alegría al ver que estaba completamente vestido y que se dirigía hacia la puerta de fuera.
—¡Terry! —gritó, apresurándose a llegar a su lado.
Él la ignoró.
Ofendida, Candy se colocó delante para bloquearle el paso.
—Fuera de mi camino, mujer. No tengo tiempo para tonterías.
—¿Mujer? —preguntó sorprendida—. ¿Qué ha pasado con...?
—No ha pasado nada. Ahora volved a vuestra costura o a lo que sea que hacéis durante el día.
Candy se quedó con la boca abierta.
—¿Cómo dices?
La mirada que él le dedicó fue tan fría que la dejó helada de la cabeza a los pies.
—Haced algo de provecho, pero no me molestéis. Tengo obligaciones que atender —pasó a su lado y siguió su camino.
Un fuerte impulso de estrangularlo la consumía, y, si hubiese sido unos cuantos centímetros más alta y más fuerte, realmente lo habría intentado.
—Bien —dijo mirando la espalda que se alejaba—. Eso será exactamente lo que haga, milord.
Dirigiéndose de nuevo hacia el salón, llamó a Denys. Había una modificación más que quería llevar a cabo en el salón. Una que todo el mundo le había aconsejado no hacer, pero su sed de venganza era tal que quería que él se sintiese igual de furioso y traicionado que ella.
Había creído que compartían una amistad. Pero, obviamente, se había equivocado.
Bien, no lo necesitaba para nada.
Y si él quería ser tan obstinado, le daría lo que se merecía.
—Milady —rogó Paulina—. ¡No hagáis esto! Haced que lo retiren antes de que regrese Su Señoría.
Como había hecho durante toda la tarde, Candy ignoró al ama de llaves mientras observaba a los carpinteros terminando de colocar el estrado. Los hombres clavaron la última punta y se apartaron para que ella pudiera inspeccionarlo.
Candy pasó la mano por encima de la áspera madera. Necesitaba una capa de pintura, pero eso podría esperar hasta el día siguiente. Satisfecha con su trabajo, le dijo a Denys que les pagara.
Él lo hizo de mala gana, pero no dejó refunfuñar ni un solo instante.
—Si fuera vos, ordenaría que lo destruyesen antes de que regresara Lord Terry —dijo con un gruñido.
Candy siguió en sus trece.
— Amenos que alguien me dé una buena razón, se queda.
Miró a Denys.
Éste negó con la cabeza y bajó la mirada al suelo.
Paulina abrió la boca para decir algo, pero después se arrepintió y la cerró de nuevo.
—¿Deseáis algo más, milady? —preguntó el Maese carpintero.
—Si pedís a vuestros hombres que coloquen la mesa encima, os estaré muy agradecida.
—Desde luego, milady.
Le importaba un comino que Terry se enfadara. A decir verdad, esperaba que lo hiciera. Porque si estaba enfadado, no podría seguir ignorándola, y como siempre había dicho: "mejor ser molesta que ser ignorada".
Los hombres acababan de terminar de colocar la mesa en medio del estrado cuando se abrió la puerta del torreón.
En el salón se hizo un súbito silencio.
Candy volvió la cabeza para ver a Terry y a Simon de pie junto a la puerta.
La cara de Simon estaba tan pálida como la de un fantasma. La de Terry, por otro lado, estaba roja de furia. Dejó escapar un fiero grito de batalla y entró como una exhalación en la cámara.
Los sirvientes y los carpinteros huyeron de la habitación a la carrera. Candy permaneció inmóvil. Jamás había visto una furia semejante a la de Terry cuando atravesó la habitación y cogió un hacha que estaba colgada en la pared, sobre la chimenea.
Sus ojos se abrieron de par en par cuando la descargó sobre la mesa y la partió en dos con un poderoso golpe.
De pronto, Simon empezó a tirar de ella.
—Salid de aquí, Candy.
—Pero...
—No sabe lo que hace —dijo Simon, instándola a marcharse—. ¡Salid de aquí antes de que os haga daño!
Ella encogió los hombros para librarse de la sujeción de Simon mientras Terry continuaba haciendo trizas la mesa y el estrado con el hacha. ¿Pero qué demonios le pasaba? ¿Cómo era posible que una mesa le pusiera tan furioso?
No lo sabía, pero tenía que averiguarlo. Corriendo hasta su lado, se agachó cuando el hacha pasó a escasos centímetros de su cabeza.
—¿Terry? —lo llamó, extendiendo la mano para agarrar su brazo.
Él se giró para mirarla con el brazo en alto, como si fuese a golpearla.
Candy jadeó aterrorizada y se tensó en espera del golpe.
Pero jamás llegó.
Tan pronto como la mirada de Terry se posó sobre su rostro, se quedó paralizado. Y, entonces, ella no contempló el fiero aspecto de un guerrero, sino los atormentados ojos de un hombre sufriendo. Una insoportable agonía se reflejaba en su semblante, y parecía como si un oscuro fantasma lo persiguiese hasta lo más profundo de su alma.
El hacha resbaló de sus manos y cayó contra el suelo con un fuerte estruendo.
Él contempló la mesa destrozada, y después el salón, como si estuviese despertando de un mal sueño, y Candy se dio cuenta de que Simon les había dejado a solas.
—Terry, ¿qué te pasa?
Su mirada regresó a la mesa.
—Mi madre —susurró—. La asesinaron... sobre la mesa de este salón.
Candt se cubrió los labios con una mano.
¿Qué había hecho?
¿Por qué nadie le había dicho eso?
No era de extrañar que todos hubiesen actuado esa tarde de forma tan extraña.
Con todo el cuerpo rígido, Terry dio una patada a los restos de la mesa.
Candy se acercó hasta él, que echó la cabeza hacia atrás y rugió:
—¡Te odio, maldito bastardo! Y ruego a Dios que ardas en los infiernos por toda la eternidad.
Las lágrimas llenaron los ojos de Candy al escuchar su amargura. Se colocó delante de él y tomó su rostro entre las manos.
—Cuéntame lo que ocurrió —le suplicó.
Pudo ver el tormento en sus ojos.
—Estábamos comiendo —dijo él con voz ronca—. Mi madre se inclinó hacia delante y me contó un chiste; y yo me reí —la miró a los ojos como si estuviese en trance y repitió—. Me reí.
Candy sintió que el mundo se abría bajo sus pies cuando escuchó sus palabras y contempló el enorme dolor que reflejaba su rostro.
Él tragó con dificultad, tratando de deshacer el nudo de su garganta.
—Mi padre se enfureció. Los duques de Granchester nunca se ríen. Somos guerreros, no juglares ni bufones. Así que la sujetó para castigarla por mi ofensa. Traté de detenerlo, pero me apartó de un puñetazo. Entonces, la lanzó sobre la mesa y empezó a golpearla. Saqué mi daga para lograr detenerlo, y él se volvió hacia mí desenvainando la suya propia. Luchamos y me hizo esto—Terry recorrió con la mano la cicatriz de su cuello—. Cuando conseguí ponerme de nuevo en pie, era demasiado tarde. Ella yacía muerta sobre la mesa.
—Oh, Terry —susurró, llorando—. Lo siento muchísimo.
Él le enjugó las lágrimas, demorando sus cálidas manos sobre las mejillas.
—Sabía que tenía que ser la maldición.
—¿Qué maldición?
—Nuestra furia —murmuró—. Toda dama que ha vivido aquí ha caído víctima de la ira del lord. Todas han muerto a manos de sus maridos.
Finalmente, ella entendió su distanciamiento. Por qué nunca se había casado.
Y, en ese momento, lo amó más que nunca.
—Pero tú no me golpeaste —dijo, esperando que se diese cuenta de que había controlado su furia. De que nunca le haría daño.
—Candy, yo...
—No, Terry —dijo, interrumpiéndolo—. Escúchame. Justo antes de que te sujetara, estabas fuera de control. Pero no me golpeaste. Recuperaste el juicio tan pronto como me viste, y te detuviste, al igual que te detuviste cuando tu caballero te golpeó el primer día que estuve aquí.
Terry parpadeó a medida que las palabras penetraban en su mente. No la había golpeado. Incluso invadido por esa furia ciega, la había reconocido y se había detenido.
—Tú no eres como tu padre —susurró ella.
Y, por primera vez en su vida, él lo creyó.
—No te pegué —repitió él.
—No.
Terry la atrajo hacia él, envolviéndola con fuerza entre sus brazos y apoyando el mentón sobre su coronilla.
—No te hice daño.
—No, pero ahora me matarás si no dejas de apretarme —dijo ella.
Terry dejó de abrazarla y cubrió su rostro con las manos. Miró fijamente sus ojos, como si la viese por primera vez. La observó con admiración, y con tanta pasión que Candy sintió que le ardía la piel.
Terry apenas podía respirar; las emociones le desgarraban. Sentía como si le hubieran quitado un enorme peso del alma. Había estado furioso y había sido capaz de contenerse. Todos los años que había pasado aterrorizado ante lo que podría llegar a hacer... y Simon había tenido razón.
No era su padre.
El alivio y la gratitud lo abrumaron. Y, en ese instante, supo que la poseería. Ahora, en ese momento, cuando aún paladeaba el fuerte sabor de la victoria.
No importaba lo que Enrique pudiese hacer con él al día siguiente, durante ese preciso momento, viviría.
Y amaría.
Aun cuando el precio fuese su vida, estaría gustoso de pagarlo.
Por tenerla, habría renunciado a cualquier cosa.
A todo.
Terry atrajo a Candy hacia sí y la besó con todo el feroz anhelo y el deseo que había encerrado en su interior. Dejó todos sus sentimientos en libertad, y se deleitó con los elementos más puros y elementales de la vida. Ella sería suya.
A Candy empezó a darle vueltas la cabeza cuando los labios de Terry rozaron los suyos. No fue un beso lento y suave, fue un beso de pura posesión. Un beso exigente y devastador que la dejó sin aliento mientras su indómita y masculina fragancia invadía todos sus sentidos. Enredó los dedos en su oscuro cabello mientras él mordisqueaba sus labios y aplastaba su cuerpo contra el de ella.
Candy pudo sentirlo desde sus labios hasta la punta de los pies, sintiendo que una necesidad cruda y feroz la consumía.
Con un gemido, Terry la apartó, la cogió en brazos y empezó a subir las escaleras.
—Terry, ¡tu pecho!, ¡tu pierna!
—Me tienen sin cuidado —dijo con voz ronca.
—¿Dónde me llevas?
—Donde quiera, y tantas veces como me apetezca.
Candy sintió que se ruborizaba al escuchar sus palabras, pero su cuerpo empezó a palpitar de anticipación. Al fin podría tenerlo, y él la poseería por completo.
Sabía que debería tener miedo o sentirse avergonzada, pero todo lo que sentía era una extraña sensación de urgencia. Como si tuviesen que disfrutar ese momento, cualesquiera que fuesen las consecuencias.
Terry la llevó por las escaleras hasta su cuarto, cerrando la puerta tras ellos de una patada. Empezó a bajarla lentamente, como si estuviese saboreando la sensación de su cuerpo deslizándose sobre el de él, y después echó el pestillo a la puerta.
A Candy le temblaban las piernas cuando se giró para enfrentarla.
—Te doy una oportunidad para que salgas corriendo de aquí mientras aún soy capaz de controlarme —le dijo mientras se sacaba la sobreveste por la cabeza—. Si te quedas, eres mía.
—Soy tuya —susurró ella.
Y esta vez, cuando la tomó entre sus brazos, su abrazo fue rudo y exigente. Sus labios sabían a pasión y a dulces promesas, mientras con las manos empezaba a desatar los lazos de la túnica de Candy.
Audazmente, ella misma desató la túnica negra de Terry y se la sacó por la cabeza, exponiendo su duro y fibroso pecho a sus ávidas manos. Terry aspiró con fuerza entre los dientes cuando al sentir las manos de la mujer sobre su piel, que ardía de tal manera que seguramente la abrasaría.
Candy se rindió a todos los deseos que había ido acumulando en su interior desde la primera vez que lo vio sobre su blanco semental, tan dominante, tan poderoso. Tan increíblemente masculino.
Ese día, daría rienda suelta a sus fantasías y descubriría de una vez por todas qué se sentía siendo una mujer. Qué se sentía al conocer a ese guerrero del modo más íntimo en que una mujer puede conocer a un hombre.
Con mucho cuidado, pasó los dedos sobre la cicatriz de la quemadura que tenía el hombro, recordando el aspecto de Terry cuando yacía herido en el prado. Había estado muy cerca de perderlo, y eso la llenaba de pánico.
—¿Estás seguro de que puedes hacer esto? —preguntó, temiendo el dolor que podría causarle.
Él encerró su rostro entre las manos y la miró con los ojos cargados de pasión, pasándole la yema del pulgar sobre los labios, inflamados por los besos.
—En este momento, señora, podría volar.
Candy sonrió.
Terry curvó la mano sobre su mejilla y presionó los labios contra su garganta. Un millar de corrientes de placer atravesaron a Candy mientras él trazaba un ardiente reguero de besos alrededor de su cuello; podía sentir su cálido aliento y el suave roce de su lengua, girando sensualmente sobre su piel.
Ella lo rodeó con los brazos, recorriendo su espalda desnuda con una mano.
Terry se estremeció de placer. Jamás se había sentido de aquella manera. Nunca había estado con una mujer con la que se sintiese tan libre. Todo lo que podía hacer era saborear el momento, y todo lo que podía sentir era su amor.
Su cálida bienvenida.
Tembló ante la fuerza de las sensaciones y ante la necesidad de poseer a esa mujer, que era lo más cercano al paraíso que había conocido. Ese día saborearía cada centímetro de su cuerpo, la reclamaría de como nadie lo había hecho jamás.
Terry se echó hacia atrás y contempló fijamente los ojos cargados de pasión de Candy.
—Eres hermosa —susurró.
Ella respondió a sus palabras con un beso posesivo. Y por primera vez en su vida, Terry permitió que alguien lo reclamara. De hecho, se deleitó en su reclamo mientras se entregaba gustosamente a sus caricias.
Su intrepidez lo asombraba y lo estremecía. Inclinó la cabeza hacia atrás cuando ella colocó los labios sobre su mandíbula y acarició suavemente su piel con la lengua. Le estaba proporcionando el más delicioso de los placeres.
Todo parecía brillar con luz propia, y sabía que era gracias a Candy. Únicamente percibía sus caricias, su aliento, su calidez.
Su fragancia femenina lo consumía. Lo llenaba.
Le hacía sentirse completo.
No tenía más vida que ella. Y, en ese instante, desterró todos los malos recuerdos de su existencia. No recordaba otra cosa salvo que ella le pertenecía.
Candy era su pasado, su presente, y su futuro, cualquiera que éste fuese.
Era suya.
Candy jadeó cuando él le quitó la túnica y contempló con expresión hambrienta su cuerpo enfebrecido. Nadie la había visto desnuda antes. Era una sensación inquietante, excitante, y la dejaba sin aliento. Tímidamente, trató de cubrirse con los brazos.
—Mírame —ordenó él.
Ella hizo lo que le pedía.
Terry tomó sus brazos con las manos y los extendió a los lados, mirándola a los ojos.
—No quiero que te escondas de mí. Nunca —dijo mientras estiraba el brazo para cubrir uno de sus pechos con la mano. El pezón se endureció ante la caricia y el seno comenzó a inflamarse contra su cálida palma—. Llevo demasiado tiempo deseando mirarte como para que te cubras ahora.
Ella se lamió los labios.
—Me parece recordar que fuiste tú quien salió huyendo, milord.
—Terry —corrigió él, agachando la cabeza para enterrarla en su cuello. Su aliento era como fuego sobre la piel de Candy, y ella dejó que la consumiera—. Nunca he deseado que me llamases de otra manera, y se acabó eso de huir de ti, Candy.
Trazó un sendero ascendente de besos desde el cuello hasta el lóbulo de la oreja, consiguiendo que Candy sintiera escalofríos por todo su cuerpo.
Le daba vueltas la cabeza cuando Terry la apretó contra la pared mientras se deshacía del resto de sus ropas. La aferró entre sus brazos y Candy gimió cuando su carne desnuda se encontró con la de él. Los duros planos de su torso presionaban contra sus pechos, que se endurecieron aún más al rozar el suave vello rizado del hombre.
No había sentido jamás algo parecido a la sensación de la piel desnuda de Terry pegada a la suya desde la cabeza a los pies. Instintivamente, se arqueó contra el calor abrasaba el cuerpo masculino, necesitando sentirse más cerca de él.
Su hinchado miembro se apretaba contra su vientre, y Terry dejó escapar de su garganta un profundo gruñido que reverberó a través de todo el cuerpo de Candy, haciéndola sentir el placer de él como si fuera el suyo propio.
Los ojos de Terry se oscurecieron cuando tomó sus pechos en ambas manos. Inclinó la cabeza y se introdujo el pecho derecho en la boca. Candy gimió al sentir su lengua girando en torno a su endurecido pezón, haciendo que se contrajese hasta convertirse en un diminuto y sensitivo capullo.
Comenzó a jadear con más fuerza a medida que las oleadas de placer la atravesaban. A pesar de eso, él seguía saboreándola implacablemente. Dejó un rastro de besos hasta llegar hasta su otro pecho, al que prestó la misma meticulosa y abrasadora atención.
—Terry —gimió ella, maravillada ante la mezcla de placer y de deseo que él producía en su cuerpo.
Él regresó a sus labios mientras recorría con las manos todo su cuerpo, acariciando y explorando cada uno de sus recovecos. Candy anhelaba sus caricias. Deseaba con todas sus fuerzas el indescriptible placer que le proporcionaban.
Terry deslizó la mano vientre abajo, hasta llegar al mismo centro de su ser.
Candy dio un respingo ante el inesperado contacto.
—Shh —le susurró al oído—. Todo va bien, confía en mí.
Ella se relajó mientras los dedos del hombre separaban sus tiernos pliegues y empezaban a frotarla en una íntima caricia. En su vida había sentido algo como aquello, algo como aquel calor condensado en el lugar que sus dedos acariciaban una y otra vez. Instintivamente, frotó su cuerpo contra la mano, tratando de conseguir aún más éxtasis del que le proporcionaba.
El cuerpo de Terry se puso rígido, y se alejó de ella con una maldición.
—¿He hecho algo malo? —preguntó.
—No puedo esperarte, Candy —murmuró él—. Te deseo demasiado.
Ella no entendió sus palabras, pero recorrió el cuerpo desnudo de Terry de arriba abajo con la mirada. El calor inundó su rostro al contemplar cómo sobresalía su miembro, como si fuera una lanza.
Entonces, él volvió a acercarse a ella. Sus ojos parecían pedir disculpas mientras la aprisionaba contra la pared.
—¿Terry?
Él la besó, separando sus muslos con la rodilla. Candy gimió al sentir su dura verga presionando contra esa parte de ella que palpitaba por él, e, instintivamente, se frotó contra los duros músculos de su muslo, haciendo que Terry soltara un profundo gemido.
Con el cuerpo ardiendo, Candy se deleitó con la sensación del cuerpo de su amante completamente pegado al suyo. Hasta que él la penetró. Candy dejó escapar un grito cuando el dolor borró cualquier rastro de placer.
—Me mentiste —susurró, sintiendo las pulsaciones y la extraña plenitud que le producía tenerle dentro de ella—. Dijiste que no dolía.
Terry le dio un beso tierno en la mejilla.
—Es sólo el dolor que se siente al perder la virginidad, Candy. Te prometo que una vez que te acostumbres a mí no te dolerá más.
No sabía si creerle. Una y otra vez, escuchaba la voz de su hermana advirtiéndole del dolor que sentiría.
Terry levantó las piernas de Candy del suelo y se las colocó alrededor de la cintura. Le inclinó la cabeza hacia arriba para poder mirarla fijamente a los ojos.
—Mírame —le ordenó.
Y ella lo hizo.
—Si aguantas lo que voy a hacerte durante unos minutos, te juro que cuando salgas de aquí no tendrás ningún miedo.
—No comprendo.
—Lo harás —y entonces comenzó a mecerse contra sus caderas.
Candy apretó los dientes, intentando no gritar por el dolor que le provocaba cada vez que se hundía en su interior.
Terry enterró el rostro en su garganta; no podía permitir que ella siguiera tensa.
—Relájate —le dijo al oído.
Pero no lo hizo. Más bien, sus palabras parecieron inquietarla más.
Se maldijo por no saber qué hacer para aliviar su incomodidad, pero nunca antes había tomado a una virgen.
Con un juramento de frustración, salió de ella.
Las piernas de Candy regresaron al suelo, permitiendo que apoyara de nuevo su peso sobre los pies. No dijo ni una palabra mientras recogía su túnica del suelo y se la colocaba sobre los pechos.
Fue entonces cuando Terry vio las lágrimas en sus ojos.
—Oh, Candy... —suspiró—. No quise hacerte daño.
—Karen tenía razón —susurró ella—. Duele muchísimo.
Terry la arrastró junto a él. Su cuerpo aún la necesitaba, y apenas podía evitar gritar por el dolor que le producía el deseo reprimido, pero no quería herirla de nuevo.
Nunca sería tan egoísta.
—No duele —murmuró, y entonces la besó.
Al principio, ella se puso rígida, pero, tras unos instantes, comenzó a relajarse. Terry emitió un suspiro de alivio. La ayudaría a pasar por eso aunque fuera lo último que hiciera.
Candy no sabía qué pensar mientras Terry enterraba el rostro en su garganta y empezaba a atormentarla con la lengua.
Eso era tan agradable, tan maravilloso...
Pero junto con esa idea vino el pensamiento de que él la penetraría de nuevo. Se encogió al pensarlo. ¿No se suponía que todo se acababa una vez que el hombre hacía eso?
Aun así, la sensación de los labios sobre su piel era muy placentera. Si tan sólo eso no llevase a lo otro...
Terrry suspiró en su oído mientras acariciaba el lóbulo con la lengua. Dejando caer la túnica, Candy gimió de placer y empezó a recorrer las costillas de Terry con las manos. Él se apartó un momento para llevarla hasta la cama.
Todavía inquieta, ella se tensó cuando la depositó sobre el colchón, que olía a rosas.
La mirada de Terry se deslizó desde la coronilla hasta sus pechos, que ardieron ante la intensidad de sus ojos, y luego bajó hasta el lugar donde se unían sus muslos.
La expresión de hambre y agonía que reflejaba su rostro hizo que Candy se excitara. Entonces, se unió a ella en la cama. Como una enorme y poderosa bestia, avanzó apoyado sobre manos y rodillas, colocándose sobre ella. Candy sintió que se perdía en aquellos ojos mientras Terry la contemplaba como si fuera a devorarla allí mismo.
A pesar de que no la estaba tocando, podía percibir el calor de su cuerpo.
Y entonces ocurrió la cosa más maravillosa de todas: Terry la miró a los ojos y sonrió.
A Candy le dio un vuelco el corazón.
—Nunca me has tenido miedo —murmuró él con voz ronca—. Y por todo lo que es sagrado, no me lo tendrás ahora. No cuando te tengo como siempre he soñado tenerte.
Con esas palabras, hizo descender su cuerpo sobre el de ella en una suave caricia de la cabeza a los pies, y después se alzó una vez más. Ella gimió al sentir la piel caliente de Terry en contacto con la suya.
Él recorrió su cuerpo con las manos, pasando por los pechos hasta llegar a la cara, encerrándola entre sus manos con ternura, posesivamente.
—Eres mía —dijo en un tono que no admitía réplicas.
—Sí, Terry, soy tuya.
Terry la estudió atentamente mientras esas palabras penetraban en su mente, las palabras que más deseaba escuchar en este mundo. Podía sentir su cuerpo dócil bajo el de él mientras ella se rendía una vez más a sus caricias.
Estaba ardiendo por la necesidad, pero habiendo fracasado en su anterior intento con ella, se obligó a sí mismo a ir más despacio para no hacerle daño de nuevo.
La tormenta de su pasión estallaba a su alrededor, a través de él, dentro de él. Ella sería suya, y él la trataría en consecuencia.
Candy gimió cuando él profundizó su beso y empezó a acariciarle el pecho con el pulgar. Para su consternación, Terry abandonó sus labios, pero empezó a deslizar la boca sobre sus mejillas y su cuello, para luego ascender hasta su oreja. Ella se estremeció de placer al sentir las vibraciones de su cuerpo en respuesta al jugueteo de la lengua del hombre sobre su piel.
La calidez de su aliento le producía una especie de hormigueo.
—Te gusta esto, ¿verdad? —preguntó él.
—Sí —susurró Candy.
Entonces él dirigió sus besos más abajo. Hasta sus pechos, hasta su vientre. Las mejillas raspaban suavemente su piel mientras la lamía por todos lados.
Candy cerró los ojos para saborear la sensación mientras él descendía para mordisquear su cadera. Ella era suya. Se había entregado a él, y se prometió a sí misma que no le negaría su cuerpo de nuevo.
Incluso si dolía, él significaba mucho más para ella que cualquier incomodidad.
El placer de Terry sería el suyo. En ese momento y para siempre.
Enterró las manos en su oscuro cabello y gimió cuando él empezó a mordisquear la sensible zona que había sobre el hueso de la cadera.
Él se deslizó más abajo, colocándose entre sus muslos.
—Terry...
—Shh —murmuró contra la parte interna del muslo—. Te prometo que no dolerá.
Con renuencia, Candy separó las piernas para que tuviese un mejor acceso. Él cambió de posición y ella se puso rígida, esperando que entrara en ella de nuevo. Pero no lo hizo. En cambio, separó sus tiernos pliegues y la tomó en su boca.
Candy gritó cuando el placer la atravesó. Nunca había sentido algo tan maravilloso como su lengua haciendo las cosas más pecaminosas imaginables en su cuerpo. Se sentía mareada.
Implacablemente, Terry la atormentó con la lengua, con su aliento, haciendo que su cuerpo se pusiera más y más caliente, y que su placer aumentara cada vez más. ¡Y pensar que había tenido miedo de que le doliese! Candy estiró la mano y enterró los dedos en su pelo mientras él seguía deleitándola con la boca. Su éxtasis alcanzó un punto en el que ella estuvo segura de que perecería, y justo cuando tenía la certeza de que así sería, aquello se convirtió en algo tan intenso y profundo que fue como si todo su cuerpo se desintegrase en un millón de pedazos.
Echando la cabeza hacia atrás, Candy gritó cuando alcanzó la liberación, mientras su cuerpo temblaba, agitado por una fuerza inconmensurable. Mientras su cuerpo vibraba aún, Terry se colocó sobre ella y se deslizó en su interior con una fuerte y certera embestida. Candy gimió al sentirlo profundamente enterrado en su interior.
No hubo dolor esta vez, tan sólo una sensación de plenitud.
Una abrumadora impresión de sentirse completa.
—¿Estás bien? —dijo él en voz baja.
—Sí —murmuró ella, acurrucando su cuerpo contra el de él.
Terry cerró los ojos para saborear la sensación de estar dentro de ella.
Aliviado de no estar lastimándola, se movió lentamente contra sus caderas, deleitándose en la cálida firmeza que lo rodeaba. Los suspiros de placer de Candy conseguían hacerle temblar, y, cuando ella empezó a mover las caderas contra él, Terry creyó que aquello le mataría.
Candy le clavó las uñas en la espalda mientras se hundía en ella hasta el fondo, una y otra vez. Más y más dentro, mientras ella le instaba a seguir adelante con sus manos y sus gemidos.
Y cuando llegó el orgasmo, creyó que se desmayaría.
Candy sonrió cuando lo sintió estremecerse y derrumbarse sobre ella. Envolvió las piernas alrededor de sus caderas y disfrutó de la sensación de aquella piel masculina sobre la suya. De la sensación de tenerlo todavía dentro. Señor, cómo le gustaba tenerlo encima. No quería que se retirara jamás.
Durante un buen rato, Terry permaneció inmóvil, limitándose a quedarse tumbado, y ella casi temió que se hubiera quedado dormido.
Terry tomó los dorados rizos extendidos sobre la almohada en un puño. Podía sentir el pecho de Candy subiendo y bajando contra el suyo con cada respiración.
Si pudiese, haría que ese momento durara para siempre.
Pero tarde o temprano tendrían que salir de la habitación, y entonces...
Cerró los ojos y suspiró.
—Voy a morir por esto —murmuró, sin darse cuenta de que había hablado en alto hasta que Candy se movió.
—Te estás poniendo demasiado melodramático.
No, no lo hacía. Conocía bien a Enrique. No había nada ni nadie que él valorase más que sus leyes. Desde el día que había ascendido al trono, Enrique había luchado por mantener la paz en su reino, y, con lo que Terry había hecho ese día, el padre de Candy no se quedaría tranquilo hasta que estuviese muerto.
Ella se apartó para mirarlo.
—Si te casaras conmigo...
—¿Casarnos cómo? —preguntó, rodando a un lado para alejarse de ella—. ¿Qué sacerdote se atrevería a casarnos sin el consentimiento de tu padre?
—La gente se casa en secreto todos los días.
—Y esos matrimonios se anulan rápidamente sin la aprobación del tutor. Por no mencionar el juramento que le hice a Enrique. El rey no se toma las traiciones a la ligera.
—Eso no es del todo cierto —argumentó ella—. Mi padre se retractó de su juramento a Enrique, pero aún conserva sus tierras.
—Tu padre únicamente conserva sus tierras porque tu abuelo luchó con Enrique y murió a causa de una estocada que recibió protegiendo al rey. En pago, le pidió a Enrique que le jurase que perdonaría a tu padre y no le dejaría sin hogar.
Candy parpadeó, como si no estuviese segura de creer sus palabras.
—No sabía nada de eso —susurró—. ¿Cómo es que tú lo sabes?
—Estaba allí.
—Pero tú también le salvaste la vida al rey —insistió ella—. ¿No te perdonará?
Él consideró el asunto. Pero sabía la verdad. Enrique se tomaría su traición como una ofensa personal, y, como tal, reaccionaría visceralmente.
No, no había esperanzas para el futuro.
Pero, no queriendo hacerle daño a ella, dijo en voz baja:
—Puede que sí.
De pronto, se le iluminó la cara y se incorporó para mirarlo desde arriba.
—Soy la protegida del rey, ¿no es cierto?
—Sí.
—Entonces, ¿no podría dar su permiso para conceder mi mano?
—Sí.
—En ese caso, a mi padre no le quedaría otro remedio que aceptar nuestro matrimonio —Candy sonrió y apoyó la cabeza sobre su pecho—. Todo saldrá bien. Ya lo verás. El rey te perdonará, y mi padre aprenderá a aceptar nuestra unión.
Terry acarició sus suaves cabellos. Lo que no le había contado eran las palabras que le había dicho Enrique al partir:
—Si arruináis su virginidad, Terry, nos os veremos colgado, arrastrado y descuartizado por ello. Es nuestro honor lo que representáis. Manchadlo y sufriréis las consecuencias.
No se engañaba a sí mismo pretendiendo que Enrique le perdonaría. Sabía que no sería así. Lo había sabido desde el momento en que la cogió en brazos y la llevó hasta su habitación. Pero no le había importado. La había deseado, y la había tomado.
Pero ese único momento de placer con ella le costaría un elevado precio.
CONTINUARA
