Hola gente... ¿Cómo han estado?Como veran... he tratado de actualizar una vez por día... y aquí toy :)
Pido disculpas de antemano por si se me pasa un día, saben que no es mi intención hacerles esperar...Sin nada más que decir, disfruten...
Serie Seducción de Laura Lee Gurhnke "Todos sus besos" (libro 2).
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Capítulo 18
La noche siguiente, Akiho y Eriol volvieron a encontrarse en la casa de campo, pero esta vez Eriol iba preparado. Llevó un colchón de paja para el suelo, sábanas y una manta, que permanecerían allí desde entonces. En el futuro, amueblaría apropiadamente aquella casa para Akiho, pero, por el momento, con aquello bastaría.
También llevó fruta, vino y la bolsita de seda roja donde siempre guardaba los preservativos. La noche anterior llevaba un condón en el bolsillo del batín pero, en cuanto Akiho lo besó, se olvidó de todo salvo de su tacto y su sabor, y perdió completamente la cabeza. Para proteger a Akiho de un embarazo no deseado, tenía que acordarse de utilizarlos de ahora en adelante.
También se llevó una lamparita porque quería verla a todo color, no en la penumbra gris y plateada de la luz de la luna.
Cuando Eriol le hizo el amor aquella noche, fue con la salvaje y ardiente intensidad de la posesión absoluta, cabalgándola hasta que él se ahogó en las olas de la pasión, hasta que ella gritó su nombre en pleno clímax una y otra vez.
La segunda ocasión procedió con exquisita lentitud, besándole el rostro, la nariz, las mejillas, explorando placenteramente todo su cuerpo, ya que el tiempo se había detenido solamente para ellos. Buscó los lugares secretos que le daban más placer y los exploró. La parte posterior de las rodillas, la piel sensible de la parte inferior de los senos, la base de la columna vertebral y la nuca. Le susurró palabras al oído para excitarla, bonitos piropos, comentarios sugerentes y descaradas indecencias, hasta que ella se encendió de pies a cabeza y empezó a moverse bajo sus caricias con una agitación ardiente y genuinamente femenina. La penetró despacio y la atormentó flexionando las caderas para no moverse apenas dentro de ella, aumentando la intensidad de los embates sólo cuando ella se lo pedía al arquearse hacia arriba en un frenético deseo de culminar el acto.
Después Eriol le preguntó si le apetecía dormir y, cuando Akiho negó con la cabeza, salieron al exterior. Él bromeó diciéndole que no se iba a vestir para salir, pero ella lo miró con tal expresión de consternación cuando estaba a punto de salir desnudo que Eriol optó por ponerse los pantalones y el batín. Se tumbaron bajo las estrellas en una almohadillada parcela cubierta de hierba, donde escucharon el canto de los ruiseñores y el rugido del mar.
—Yo tampoco tengo sueño —dijo él.
—¿Es porque estás acostumbrado a dormir de día? —preguntó ella.
—No. La hora del día no influye. Sólo duermo cuando estoy tan agotado que no puedo aguantar más tiempo despierto. Solía salir todas las noches para agotarme a fin de poder dormir.
—Es una forma muy dura de conseguir conciliar el sueño. —Akiho se apoyó en su hombro y le acarició suavemente la mejilla.
Él no contestó y, al cabo de un rato, ella volvió a estirarse sobre la hierba y cambió de tema.
—Siempre quise dormir fuera por la noche, oyendo el mar, pero lo tenía prohibido. Esto es una maravilla. —Le tomó la mano y entrelazaron los dedos.
—Me zumban los oídos —dijo él.
Akiho se volvió hacia él. Eriol estaba de perfil, el rostro vuelto al cielo, observando unas nubecillas azules que pasaban por encima de la luna y de las estrellas, sin mirarla.
—Por eso no duermo bien.
—¿Que te zumban los oídos? —Akiho no acababa de entender a qué se refería—. ¿Cuándo?
—Constantemente. —Lo dijo apretando los dientes—. Veinticuatro horas al día. Ni siquiera es una especie de tintineo o algo agradable. No, es un pitido constante, inquebrantable. Suena como un diapasón. Lo único que varía es la intensidad. Hay momentos en que apenas lo oigo. Y otros en que es como un fuerte chirrido que me atraviesa el cerebro.
Akiho se sentó y lo miró a los ojos, mientras su mente retrocedía a detalles chocantes que hasta aquel momento le había parecido que no tenían sentido. La forma en que Eriol se tapaba las orejas y se apretaba las sienes. Sus dolores de cabeza. Que no le gustara el silencio del campo. Intentó imaginar cómo sería eso de vivir constantemente con un ruido como aquél, lo intolerable que debía ser permanecer tumbado en la cama, intentando dormir con aquel ruido dentro de la cabeza. Pero no podía imaginárselo. Aunque sabía que debía ser un verdadero tormento.
—Fue por una caída del caballo. En Hyde Park, hace cinco años y medio. Estaba corriendo mucho más de prisa de lo que debería, me caí y me golpeé la cabeza con una roca. El oído izquierdo me estuvo sangrando dos días. Y luego empezó el pitido. ¡Dios mío! ¡Cómo lo odié! Lo sigo odiando. Ahora mismo lo estoy oyendo.
Akiho le apretó la mano.
—Por eso querías matarte, ¿verdad?
—Sí. El ruido me estaba volviendo loco. Dejé de oír música en mi interior. Por eso no podía componer.
—Pero ocurrió hace cinco años. Has publicado obras extraordinarias desde entonces.
—No. No lo he hecho.
—¿Cómo puedes decir eso? ¿Qué me dices de tu ópera, Valmont? ¿De tu Concierto para Piano nº 14? ¿Y de tu Fantasía sobre el Amanecer?
—Akiho , ¿no has intuido lo que ocurrió realmente? Esas son piezas antiguas, algunas de ellas se remontan casi a mi niñez. Fui sacando una de vez en cuando para que nadie sospechara la verdad. Compuse Fantasía sobre el Amanecer cuando tenía catorce años. El Concierto nº 14 con veinte, sólo me faltaba ponerle nombre. Acabé Valmont justo un día antes del accidente. —Se frotó los ojos con las muñecas sin darse cuenta de que había olvidado sus lentes adentro y emitió una risa llena de amargura—. Piezas que nunca consideré lo bastante buenas como para publicarlas.
—¿No lo bastante buenas? Eriol, son hermosas. —Sufría por él, por lo mucho que debía de costarle vivir día tras día—. Tal vez no sean lo bastante buenas para ti, pero no son sólo para ti, ¿sabes? También son para el deleite del resto de la humanidad. Hay gente que cree que Valmont es tu mejor ópera.
Eriol dejó de frotarse los ojos y alargó una mano para apartarle a Akiho el pelo de la cara.
—Hasta que volví a verte, no había escrito una sola pieza musical en más de cinco años. Ni una.
Akiho recordó las palabras de Eriol el día en que se conocieron.
«Nunca más volveré a componer.»
Pensó en Elian, que no paraba de repetir una y otra vez que nunca más volvería a pintar, sólo para pasarse después varios días o semanas trabajando duro con la inspiración renovada.
Cuando había contestado a Eriol aquella noche en el Palladium lo había hecho con tal seguridad: «Sí, lo hará. Algún día.» No había entendido nada.
La mano de Eriol se tensó mientras le tocaba el pelo, y cerró el puño alrededor de su larga cabellera.
—Entonces llegaste tú y me diste esperanza.
—Oh, Eriom, no es por mí. —Se apoyó en él y le puso la mano en la mejilla—. Todo está dentro de ti. ¡No sabes lo fuerte que eres!
—¿Fuerte? —Negó con la cabeza—. La noche en que nos conocimos estaba intentando quitarme la vida. ¡Por el amor de Dios! Eso es la máxima expresión de la debilidad y la cobardía.
—Todos tenemos nuestras debilidades, pero tú has demostrado ser fuerte. Has demostrado tener la voluntad de vivir cuando la vida era un infierno y lo único que te quedaba era la esperanza. —Hizo una pausa y luego añadió—: Mi marido era un hombre muy variable, un hombre sujeto a cambios bruscos e inexplicables de estado de ánimo. Era un hombre con mucho talento, pero permitió que las debilidades de su carácter lo superaran hasta que acabaron dominando todo cuanto hacía.
—Lo mismo se puede decir sobre mí, Akiho.
—No. Hay una gran diferencia. Dejé a mi marido no porque tuviera debilidades, sino porque no tuvo la fuerza de voluntad necesaria para superarlas, para luchar contra ellas. Perdió la esperanza. Si hubiera permanecido a su lado, yo también habría acabado perdiéndola y él me habría destruido. Murió al cabo de un año.
—Akiho. —La atrajo hacia sí y la besó—. Eres la persona más generosa y compasiva que he conocido en toda mi vida. Cuando estoy contigo, me serenas. Tu voz —dijo mientras le tocaba el cuello—. Tus ojos, tan azules. Limpios y azules como nunca antes los he visto, y eso que no llevo mis lentes. —Le rozó las pestañas con las yemas de los dedos mientras sonreía—. Como la primavera, pensé cuando los vi a la luz del día. Tú silencias el ruido que oigo dentro de mi cabeza. La de ayer fue la primera noche en cinco años que dormí de una tirada. Cuando estoy contigo, el ruido baja de intensidad y se aleja y puedo oír música de nuevo.
Ella sonrió.
—Creía que sólo era una estrategia para seducirme. Creía que sólo estabas adulándome para llevarme a la cama.
—Bueno, también era eso. —La atrajo hacía sí e hizo que subiera encima de él mientras le dedicaba una de sus sonrisas de pirata a la luz de la luna—. Y ha funcionado —dijo mientras empezaba a desabrocharle el camisón—, ¿no?
—¡Eriol, para! —le susurró ella, mirando a su alrededor mientras intentaba cerrarse el camisón. Fue inútil, porque él ya lo estaba empezando a bajar por los hombros—. ¡No podemos hacerlo! ¡No aquí fuera!
Insensible a sus reticencias, Eriol ignoró las manos que intentaban zafarse de él y le apresó los senos.
—Sí que podemos —murmuró, provocándola con la voz y el tacto de sus dedos—. Venga, Akiho. Atrevámonos. Hagamos el amor desnudos a la luz de la luna. No se lo contaré a nadie.
Y lo hicieron. Un baile pagano en la oscuridad. Sólo un hombre tan perverso como él podía tentarla con un placer tan exquisito como aquél.
Luego volvieron a la casa y Eriol durmió profundamente al lado de Akiho, tumbado de costado, un brazo rodeándole la cintura y el otro bajo la cabeza, haciendo las veces de almohada. Akiho lo observó, contenta de que pudiera dormir al fin. Lo amaba. Le hacía reír. Le hacía alegrarse de estar viva.
Se volvió hacia él y le susurró su secreto en la palma de la mano, tan bajito que apenas lo oyó ella misma.
—Te amo.
Le besó la mano y le dobló los relajados dedos delicadamente para no despertarlo. Pero no se durmió, sino que permaneció allí tumbada, con los labios apretados contra el puño de Eriol, donde guardaba su secreto. Estaba viva en todas y cada una de las partes de su cuerpo y de su alma. Estaba agradecida por todos y cada uno de aquellos momentos de felicidad. Pero el miedo seguía proyectando una sombra sobre ella, un miedo nacido del dolor del pasado y del pavor que la embargaría si aquello acababa fracasando.
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Mayo dio paso a junio. Por acuerdo tácito, fueron discretos. Durante el día, delante de los demás, eran educados y tal vez estaban algo más distantes de lo que habían estado hasta entonces. Pero a solas, las cosas que él le hacía encendían las llamas alimentadas por la discreción y la expectación diurnas.
No obstante, no era sólo él quien era capaz de inflamar el deseo. Akiho empezó a descubrir algunas de las preferencias secretas que llevaban a Eriol al éxtasis y, amándolo como lo amaba, a ella le encantaba practicarlas todas.
Había momentos en que les costaba guardar su secreto. A veces, ella levantaba la mirada mientras estaba dando clase a Natalie y se lo encontraba observándola. Y sabía que él estaba pensando en las noches que pasaban juntos en la oscuridad, en las palabras que él le susurraba al oído y las palabras que salían de su propia boca cuando le hacía el amor.
Akiho descubrió lo mucho que a él le gustaba hablar sobre obscenidades en la cama. Y descubrió que a ella también le agradaba. Nunca había creído que pudiera tener aquella faceta tan lasciva, pero, cuando él murmuraba ideas perversas mientras la tocaba, ella quería que las llevara a la práctica. A él le gustaba que ella le dijera lo que quería que le hiciera, por el mero placer de oír su voz. Ella lo hacía y disfrutaba con ello.
A Eriol le encantaba el pelo de Akiho. Ella se lo recogía todas las mañanas y él se deleitaba soltándoselo por la noche. Enredaba los dedos en él y le gustaba que le cayera sobre el rostro cuando ella lo montaba. A veces, se le acercaba cuando no había nadie alrededor y le robaba una peineta, soltándole una de las trenzas. O peor, se alejaba con la peineta en el bolsillo, sin que ella pudiera volver a recogerse el pelo.
Cuando hacía buen tiempo, se tumbaban fuera por las noches, hablando, a veces haciendo el amor sobre la hierba. Cuando llovía, permanecían en la casa, tumbados sobre el colchón con la ventana abierta, escuchando caer la lluvia. Akiho descubrió que a Eriol le gustaba la lluvia. Decía que su sonido, al igual que la voz de ella y que el mar, lo tranquilizaba.
A veces él dormía; otras, no. Cuando ella tenía el período, dormían juntos de todos modos, y a él le bastaba con abrazarla. A Akiho le encantaba que lo hiciera. Otras veces, cuando tenía dolor, prefería estar sola y él respetaba su decisión. En ocasiones, él salía a pasear cuando no podía conciliar el sueño, daba largos paseos por la montaña o a lo largo de la orilla, solo. Ella no sabía qué hacía ni adónde iba, pero siempre regresaba para acostarse a su lado. Lentamente, día tras día, Akiho se olvidó de lo que era estar sola.
Las agradables jornadas de junio dieron paso a los cálidos y bochornosos días de julio. Eriol componía mientras Natalie asistía a las clases de Akiho por las mañanas. La mayor parte del tiempo, le costaba un gran esfuerzo componer, nota tras nota. De vez en cuando, la inspiración le venía de improviso; veía andar a Akiho, escuchaba la risa de Natalir o la llamada del mar y se le ocurría una melodía. Aquellos momentos eran preciosos y escasos, y cuando llegaban, lo llenaban de satisfacción. Poco a poco, fue avanzando en la sinfonía hasta alcanzar el cuarto y último movimiento.
El final de cualquier pieza siempre le había parecido la parte más fácil de escribir. Pero esa vez era diferente. No podía encontrar la forma adecuada de concluir satisfactoriamente la sinfonía. Aquella obra marcaba un hito, el inicio de una nueva etapa en su vida, y era importante. Quería que el final fuera perfecto, pero tal vez se lo estaba tomando demasiado a pecho.
Había descubierto que, cuando se estancaba, cuando estaba cansado e irritado por las largas horas pasadas frente al piano sin llegar a ningún sitio, era el momento de parar y relajarse, y decidió ir a buscar a sus dos mejores fuentes de inspiración.
Subió a la habitación de los niños y se encontró a Akiho enseñando a Natalie a bailar un vals al ritmo de una caja de música que había en el pupitre de la niña. No quería interrumpir, así que se detuvo en la puerta y las observó.
Akiho acertó a verlo apoyado en el marco cuando levantó la mirada mientras guiaba a Natalie. Pero él se puso el dedo índice sobre los labios y Akiho prosiguió con la clase mientras él observaba, sin que la pequeña se percatara de su presencia.
La dorada cabeza de Akiho estaba ligeramente inclinada sobre la de Natalie, cuyo pelo color azabache contrastaba fuertemente con el de su profesora. Eriol escuchó como Akiho iba contando los pasos con su dulce voz, una voz tan melodiosa como el vals de Weber que estaban bailando. «O más bien intentando bailar», rectificó Eriol para sus adentros al ver tropezar a su hija.
Un vals era algo que Natalie entendía perfectamente desde el punto de vista musical, pero bailar uno era bastante distinto, como estaba descubriendo en aquel preciso momento. Akiho intentaba guiarla con suma paciencia y delicadeza al ritmo de la oscilante melodía, pero Natalie estaba muy rígida y se movía con torpeza, incapaz de relajarse.
A la mayoría de la gente le sorprendería que alguien con el talento musical de Natalie fuera tan negado para el baile, pero Eriol lo entendió en seguida: estaba frustrada por la idea de que alguien la guiara.
—No me gusta —dijo Natalie, y confirmó la conclusión que su padre había extraído instintivamente al preguntar—: ¿Por qué no puedo ser yo quien lleve esta vez?
—Las mujeres no llevan —contestó Akiho.
—Usted es una mujer y me está llevando, señora Duván. Y, de todos modos, ¿a quién se le ocurrió esa absurda norma de que las mujeres no pueden llevar?
Eriol se tapó la boca con la mano, ahogando una sonrisa. Era tan independiente y temperamental. Y también tenaz, cuestionando constantemente el mundo y todo cuanto la rodeaba, exactamente igual que él, luchando contra las convenciones sociales con la misma tendencia a llevar la contraria que tenía él. Si la razón que subyacía a aquella tendencia era algo que a Eriol se le escapaba incluso sobre sí mismo, ni que decir tiene sobre su hija. Quizá era la necesidad de dramatizarlo todo para alimentar constantemente el pozo de la creatividad, aquella incesante inquietud, aquella rebosante energía que lo consumía también a él. O tal vez el impulso de luchar contra el mundo, tal vez, simplemente, porque estaba allí y la vida sería tremendamente aburrida sin esa lucha.
Ésa era la conexión que tenía con su hija, la verdadera, incluso más profunda que la música. Él la entendía y ella le ayudaba a entenderse a sí mismo. Compartían rasgos de carácter que estaban profundamente arraigados en sus personalidades, transmitidos de padre a hija a través de unos lazos de parentesco que trascendían el acto carente de amor que la había engendrado.
De hecho, su hija tenía tanto carácter que le preocupaba. La vida de una mujer con su temperamento no sería fácil. Eriol casi deseó que hubiera nacido niño. Pero entonces vio que llevaba puesto un vestido blanco adornado con una cinta de color rojo carmesí, una señal de victoria en la batalla sobre los colores apropiados para una niña pequeña, aunque el dobladillo tenía volantes de encaje. «¡Encaje! Ese odioso tejido que pica tanto», pensó Eriol.
—¡Papá!
La niña se tambaleó y se detuvo después de tropezar. Sus grandes y azules oscuros ojos miraron a su padre mientras le sonreía con su preciosa boquita de piñón. Eriol se quitó de la cabeza cualquier absurda idea sobre haber tenido un niño.
—¿Puedo llevarte yo? —le preguntó.
Akiho se separó de la pequeña y se dirigió a la caja de música para poner el vals otra vez mientras Eriol se acercaba y cogía a su hija de la mano.
—¿Confías en mí?
—Sí, papá.
No había ningún atisbo de duda en aquella respuesta, sino una convicción que Natalie raramente manifestaba, una confianza inexplicable que Eriol no se había ganado. «Pero me la ganaré», se prometió a sí mismo.
—Si me dejas llevarte, no permitiré que tropieces. Te lo prometo.
Ella asintió y él miró a Akiho. Los estaba observando, con aspecto de un cálido día de primavera, con su cabello rubio y sus ojos azules claros, su vestido color melocotón y su radiante sonrisa. Era la cosa más hermosa que Eriol había visto en su vida y el más dulce de los postres que había probado.
Mientras miraba a Akiho, Eriol notó la mano de su hija en la suya. «¡Qué pequeña es! ¡Qué vulnerable!» Se le hizo un nudo en la garganta y se le encogió el corazón. Aquella sensación lo embargó por completo, calándole hasta los huesos y oprimiéndole el pecho hasta que notó que le costaba respirar.
Volvió la cabeza y miró por una de las ventanas abiertas, divisando los campos de perales a lo lejos. Volvió la cabeza de nuevo y vio el mapa de Devonshire en la pared. Justo al lado, estaba el dibujo, un tanto desproporcionado, que Natalie había hecho de su poni, Sonata. Cerca, la colección de conchas de su hija reposaba en un cuenco de cristal transparente sobre una mesa oscura de cerezo. Ya hacía dos meses que vivían allí, pero Eriol miró a su alrededor levemente aturdido, como si lo que contemplaban sus ojos no lo hubiera visto hasta entonces. «Mi hogar —pensó estúpidamente—. Éste es mi hogar.»
—Papá, ¿estás preparado?
Miró el rostro expectante de su hija y le tocó cariñosamente la mejilla. Por fin entendió a qué se refería Akiho aquella noche de hacía cinco años cuando le dijo por qué tenía que seguir viviendo.
«Tal vez alguien lo necesite para algo importante.»
Y allí estaba ese alguien. Y seguiría allí, cada día, todos los días durante el resto de su vida, hasta que lo enterraran. Eriol apretó con fuerza la manita de su hija e inspiró profunda y temblorosamente.
—Sí, cariño. Estoy preparado, todo lo preparado que puede estar un padre.
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¿Qué les está pareciendo? Nuestra rubia está cerrando etapas y se está dando una oportunidad para vivir...
¿Y Eriol?... ¿Qué opinan?...
Ya falta poco para el cierre de esta apasionante historia... Gracias de todo corazón por tomarse un tiempito y pasar a leerla...
Nos leemos en el capítulo que viene ;)
