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Capítulo 18

—¿Qué diablos significa " no hay personal de servicio"?

Candy palideció ante el tono de voz de su marido en la habitación contigua. Había sido abandonada en el salón y había pasado los últimos minutos con la cara hacia arriba tratando de descifrar la escena pintada en el techo. Un hombre con una lira y una muchacha, se estaban entreteniendo en un bosque en medio de un grupo de ninfas.

—La mayor parte de ellos se ha ido a casa para la Navidad, Vuestra Gracia. El mal tiempo ha retrasado el regreso.

—Entonces encuentra algún otro, Castairs.

Candy oyó otra vez a alguien que se aclaraba la garganta.

—Hemos probado, Vuestra Gracia, pero nadie está disponible.

—¿Quién falta? —La voz seca de Terry se filtraba a través de la campana de la chimenea. Candy se acercó y oyó a Castairs hacer una lista de nombres. Terry imprecó y Candy palideció.

—Estamos sin mayordomo, sin cocinera, sin siete… no, ocho camareros y alrededor de cinco camareras.

—Y el jefe de los caballerizos —agregó Castairs.

—Jem puede sustituirlo. Henson y los otros reemplazaran otros puestos vacantes, pero la cocinera… —observó Terry.

—Dos de las muchachas, están en condiciones de preparar platos simples y he oído que mañana hay una feria donde se puede encontrar personal. Normalmente no contrataría nunca a nadie en una feria, pero en este caso creo que no tenemos alternativa.

Candy rió y le brillaron los ojos. ¡Una feria! Tenía que ser divertido. Nunca había estado.

—Bien, haz lo que debes, pero quiero que la casa sea servida adecuadamente mañana por la noche.

—Si, Vuestra Gracia.

Una puerta se cerró. Un momento después, la puerta corredera se abrió y Terry entró en el salón. Sin decir una palabra, pasó por delante suyo y ella oyó a su espalda un tintineo de cristales.

Mientras su marido se servía de beber, Candy miró a la habitación contigua y vio otro salón, todavía más grande, tapizado en tonalidades verde oscuro y burdeos.

—¿Qué habitación es esa?

—El salón de los caballeros. —Terry la miró, ceñudo. —Pésimo tiempo —dijo. Se apoyó en un pequeño mueble dorado, miró la copa y después a su esposa.

—¿Quieres algo? ¿Una copa de sherry?

Ella meneó la cabeza. Jugueteó por un momento con una estatuilla de vidrio azul colocada sobre la repisa de la chimenea.

—¿Terry? ¿Con quién hablabas? No he podido evitar escucharte.—Apoyó la estatuilla, se acercó a una silla con el respaldo rígido y trazó con un dedo el contorno tallado.

—Castairs, mi secretario.

Candy se desplazó hacia un diván, tomó en su mano un cojín y lo apoyó en su brazo, jugando con el fleco.

—¿Qué haces cuando estás en Londres?

Terry pareció sorprenderse con la pregunta.

—Los Duques de Grandchester siempre han tenido un sillón en la Cámara de los Lores. Y yo lo tengo también.

—¿Qué otra cosa?

—Voy a bailes, a mi club, cabalgo en el parque. Las mismas cosas de costumbre que hacen los pares de Inglaterra. —La miró y debía haber notado su expresión, porque agregó:

—Puede parecer frívolo, pecosa, pero muchas de nuestras leyes no son discutidas y decididas en el Parlamento, sino durante los encuentros sociales. —Bebió un sorbo y preguntó.

—¿Qué pasa?

—Estaba pensando. —Candy ahuecó el cojín y formuló la pregunta que la preocupaba:

—¿Cuándo conoceré al príncipe?

Terry apoyó la copa y extrajo un sobre de la chaqueta.

—Ha llegado esto.

—¿Qué es?

—Una invitación al baile del príncipe Regente. Parece que ha decidido festejar una gran ocasión, probablemente el nacimiento de un cachorro de un perro de caza. —Dejó caer el sobre en una mesita que se interponía entre los dos. Ella la tomó y se sentó. El baile tendría lugar en dos semanas. ¡Un baile! ¡El baile del príncipe!

—Pareces preocupado. ¿No te gustan los bailes?

Terry la miró.

—No tenía intención de permanecer tanto tiempo en Londres.

—Oh. —Candy miró la invitación que tenía en la mano, luego preguntó: —¿Qué hace una Duquesa en Londres?

—No lanza hechizos.

Contrariada, ella dejó la invitación.

—Continuas diciéndome que debo comportarme como la Duquesa de Grandchester. ¿Cómo puedo hacerlo, si no tengo idea de qué cosas se esperan de mí?

El suspiro de Terry tenía el sonido de la derrota.

—Debo enseñarte. —Volvió a beber otra vez y murmuró algo a propósito del infierno helado y del adiestramiento de brujas.

—Estoy segura que cualquier otro me puede enseñar todo lo que debo saber. —El tono de Candy era brusco.

—He dicho que lo haré yo.

El orgullo le hacía sentar en posición rígida. Juntó las manos en la falda y levantó el rostro un poco más de lo normal.

—¿Cuáles son mis deberes?

Él tomó otro sorbo de brandy.

—Organizar bailes, cenas y otras reuniones mundanas. Fundamentalmente, debes hacer de dueña de la casa.

—¿Es esto lo que hacen las Duquesas?

—Sí. Algunas dirigen al personal de servicio y supervisan su trabajo. Las mujeres de Grandchester siempre han hecho ambas cosas. Sé que mi abuela era una verdadera tirana con el servicio.

—¿Quién dirige esta casa?

—Lo hacía el mayordomo… lo hace... oh, diablos, lo hará cuando vuelva.

—¿Quieres que me ocupe yo del problema de los criados?

Él frunció el ceño.

—¿Y cómo? No tienes experiencia.

Candy le mostró una pequeña sonrisa y chasqueó los dedos.

—¡Dios Omnipotente! ¡Basta con los hechizos! —Bebió un sorbo y agregó: —Y cualquier cosa que hagas, no estornudes.

Ella había previsto su reacción, e hizo su jugada.

—Entonces… ya que no puedo usar mis poderes, ¿Qué me dices de la feria? No he podido evitar oírlo cuando estabas en la otra habitación. ¿Puedo ir?

—No.

—Siempre me dices que no.

Terry levantó la copa con gesto que significaba "exactamente".

—Ni siquiera me escuchas. —Candy permaneció en silencio durante un minuto.

—¿Cómo piensas que pueda hacer mis deberes si ni siquiera me concedes uno?

—Tengo mis razones. No es el tipo de feria que imaginas.

—¿Entonces, por qué la llaman feria?

Él arrugó la frente, frustrado.

—Un día u otro te llevaré, pero no ahora. —Se levantó y se sirvió más licor. —Mañana tengo asuntos que despachar y tu no estás lista para ir por Londres sola.

—Puedo hacer que me acompañe Henson. Y Polly.

—No.

—Y Castairs.

Él se limitó a mirarla de soslayo.

Candy suspiró. Desde que Terry había entrado en la cocina y había visto la escoba, la mantequera y las rosas, se había puesto más severo que nunca.

Era como si el hielo que lo envolvía hubiese endurecido. Pero ella no renunciaría. Quería derretirlo, con la magia o sin ella. Se levantó con el propósito de idear un plan estratégico.

—Voy a mi recámara.

—Las habitaciones aún no están listas. He dicho a Polly y a Roberts que esperaríamos aquí. —La miró. —¿Tienes hambre?

Ella negó con la cabeza y se sentó de nuevo.

—No tenemos cocinera ni mayordomo, por lo tanto, es mejor que no tengas apetito — comentó él.

—Siempre puedes cocinar tú. —sugirió Candy, sonriendo. Terry la miró ceñudo.

"No tiene una pizca de humor" pensó ella y se quedó jugueteando con los flecos del cojín, dando ojeadas de vez en cuando a la sala verde y oro.

Terry no parecía sentirse más cómodo que ella, pero Candy se preguntó si sería por la dureza de las sillas o por su silencio fastidioso, en aquella habitación oprimente.

Levantó la cabeza y miró el techo con frescos, luego buscó algo más para decir y llenar el silencio.

—Has nombrado a tu abuela ¿Cómo era?

—Nunca la conocí, sólo he oído hablar de ella. Murió antes que yo naciera.

—¿Y tu madre?

Él pareció sorprendido por la pregunta y dejó la copa antes de contestar:

—Real, eficiente, bellísima. Una Duquesa perfecta.

Su madre era una prefecta Duquesa, justo lo que ella no era. Candy se mordió el labio y trató de hacer acopio de su orgullo que había ido a parar a alguna parte debajo de la suela de sus zapatos.

Cuando levantó los ojos, vio que él la observaba por sobre el borde de la copa. Le miraba la boca y su mirada se había oscurecido, penetrante. Un momento después miraba a otro lado.

Candy se dio cuenta que quería besarla, cerró los ojos, agradeciendo su buena suerte. La atracción entre ellos siempre estaba, ella la sentía y la veía en sus ojos.

"Debo moverme. Esta es mi ocasión" pensó. Se levantó y se le acercó, lentamente.

—¿Quieres un coñac?

Terry levantó el rostro hacia ella pero no dijo nada. Ella le indicó la copa.

—Está vacío. Te sirvo yo —dijo y sin dejarle tiempo para contestar, se lo tomó de la mano, fue a llenarla y se la ofreció a su marido. "Mírame Terry". Pero él tomó la copa sin mirarla.

Verdaderamente era muy testarudo. Urgían medidas drásticas. Deprisa. Candy se sacó las horquillas de los cabellos.

—¡Oh, bondad divina! —los cabellos cayeron. Terry se detuvo de golpe, la copa a medio camino de la boca. —He perdido las horquillas. ¿Puedes verlas?

—No. —Dijo mientras bebía otro sorbo.

Candy sacudió la cabeza y su cabello se extendió ondulante por su espalda.

—Deben estar por aquí, en algún lugar…

Terry miraba la pared. Su respiración era breve y frecuente. Ella retuvo una sonrisa de triunfo, luego se inclinó en el piso delante de su marido y comenzó a buscar, asegurándose que sus cabellos rozaran sus rodillas.

—No pueden haber desaparecido —dijo después, sentándose en los talones y haciendo hacia atrás sus cabellos.

Las manos de Terry tenían los nudillos blancos.

Candy se tocó la cabellera y vio que él seguía su gesto con los ojos; luego se llevó la copa a los labios. En silencio ella rezó:

"No luches, amor mío. Te lo ruego, te lo ruego, bésame"

Percibió la lucha que se desarrollaba entre la voluntad de su marido y el deseo ardiente que quemaba entre ambos. Terry cerró los ojos y ella retuvo el aliento, convencida de haber perdido de nuevo. Él apoyó la copa.

—¿Crees que las horquillas hayan caído sobre tu sillón? —le preguntó, metiendo la mano entre el brazo y el asiento, luego movió la cabeza de modo que los cabellos cayesen sobre sus dedos.

Terry le aferró la muñeca. Candy sonrió; él no.

La brujería podía ser tan intensa como la atracción recíproca que los ataba. Ese vínculo era tan potente que ella se preguntó, por un instante, si no estaría dando alas a algo que ni siquiera la brujería más fuerte podría hacer aflorar.

Él se levantó sin soltarle la muñeca. De rodillas, Candy levantó el rostro y lo miró. Terry le dibujó con un dedo el contorno del pómulo y de la mejilla, después, le rozó el lunar sobre el labio y también la boca.

Ella la abrió levemente y él le tocó la lengua. Sus ojos se volvieron más oscuros y ardientes. Candy estaba todavía de rodillas, su marido de pie. Su respiración se aceleró. Esa fuerza, ese don mágico que existía entre ellos, era inmenso. Lo era todo.

Terry retiró el dedo, lo sumergió en el brandy y lo hizo gotear en la boca de su mujer.

—Eres una bruja —murmuró. La levantó y saboreó con la lengua los labios de ella mojados de licor. Luego, con un gemido de derrota, profundizó el beso.

Candy lo abrazó y se adhirió a él con todo su cuerpo. Lo amargo del brandy estaba endulzado por el sabor de Terry, su Terry.

Respiró su olor, sintió la mano de él sobre un seno y su gemido de placer, un sonido primitivo que repercutió en el centro de su feminidad.

Su marido le murmuró algo sobre los labios, luego le abrió los botones del vestido, metió una mano en el corpiño y con la palma le acarició con un movimiento circular la punta del seno.

Candy le pasó los dedos por los cabellos, le tocó la oreja y el cuello. Sintió la aspereza de su barba, el calor de la piel, el contorno de su masculinidad.

Terry dejó el seno y con ambas manos le aferró los glúteos, la levantó del suelo y la estrechó más contra sí, meciendo lentamente las caderas.

—Ahora. Aquí y ahora —le dijo.

Ella asintió, con la cara en su cuello.

Terry la llevó contra la puerta cerrada y la sostuvo también con las caderas, luego le acomodó las rodillas a los lados de sus propias caderas, siempre sin dejar de moverlas, mientras metía las manos por debajo del vestido.

Ella gimió cuando las sintió pasar por las medias, sobre la piel desnuda de los muslos.

—Aprieta las piernas a mí alrededor —le dijo.

Candy apretó las rodillas contra la caderas y él encontró el corazón de su feminidad y lo tocó, lo acarició, jugó con su parte más íntima, hasta que ella le respondió con lágrimas de pasió manos mágicas la dejaron por un momento para abrir los pantalones y poco después, Candy sintió su fuerza, la rígida solidez de su sexo entrando en ella fácilmente, como si sus cuerpos siempre hubiesen sido una sola cosa.

Se le escapó un pequeño grito y cerró los ojos gozando de su unión, consciente que aquello era el regalo y el fin último de la relación entre un hombre y una mujer. Los labios de Terry le rozaron el rostro como lluvia veraniega, mientras movía las caderas, empujando una y otra vez dentro de ella.

—Muy lento —murmuró Candy contra sus labios.

—Nunca es muy lento, pecosa. Te darás cuenta. —Le rozaba el oído con la lengua provocándole estremecimientos a lo largo del cuello, los brazos y los senos. Y cuando Candy le abrió la camisa para sentir su pecho contra sí, él se adentró más profundamente y ella cerró las rodillas.

Esta vez fue él quien gimió, luego la acarició en todas las partes íntimas de su cuerpo. De nuevo le presionó las nalgas y se movió de manera que durante el coito los pequeños labios ejerciesen alrededor de él una mayor presión. Le murmuró algo muy privado, íntimo, rudo y masculino. Y dejó de moverse.

—¡No! No pares… te lo ruego.

Él dijo algo, pero Candy no podía oírlo. No podía hacer otra cosa que abandonarse a las sensaciones que la pasión le transmitía.

Terry se retrajo un poco, luego empujó de nuevo bien adentro, con fuerza, cada vez más profundamente, moviéndose con la rapidez que ella quería, siempre más deprisa.

El ritmo de sus movimientos, estaba acompañado de las sacudidas de sus cuerpos contra la madera de la puerta.

Llegado un cierto punto, comenzó el juego de los fuegos artificiales que continuó "in crescendo" a cada empuje. Era el viaje hacia el éxtasis. Candy se sentía volar cada vez más hacia lo alto.

Terry se movía en la profundidad húmeda de su feminidad. Luego, el ruido de la puerta cesó, los movimientos rítmicos se calmaron y el delicioso destello se volvió más brillante, hasta que Candy gritó y se apretó tan fuerte alrededor de su sexo que la llenó tan completamente, a un paso del dolor.

Un momento después, olió perfume de rosas.

—¡Caray, cómo es de bueno! —murmuró Terry levantándole las rodillas y ella llegó al éxtasis más de una vez, hasta que no pudo distinguir un orgasmo de otro. Abrió los ojos y vio bajar una lluvia de pétalos.

—Las rosas —dijo Terry con un ronco murmullo sobre la boca de Candy. Continuó moviendo las caderas cada vez más rápido, hasta que dio un último empuje acompañado de un grito de triunfo. Un momento después, dentro de ella pulsó la vida. Los minutos que siguieron no detuvieron el tiempo.

Candy aflojó el abrazo y sintió a Terry moverse. Lentamente, él la puso de pie sobre el piso. La mejilla de Candy resbaló de su hombro hacia su pecho, sintiendo los latidos de su corazón, casi tan fuerte como sentía su amor.

Finalmente, Terry levantó la cabeza y ella vio su cara; parecía aferrado a un desesperado aislamiento que tal vez consideraba necesario para su propia cordura. "Déjate ir, amor mío, te lo ruego" pensó Candy.

Él permaneció en silencio por algún minuto, luego le miró ávidamente la boca. La besó de nuevo entreabriéndole los labios, después le murmuró al oído las sensaciones que había probado cuando estaba dentro de ella y cuánto quería sentirlas todavía. La besó de nuevo. Se oyó tocar a la puerta. El beso continuó. El toque sucesivo fue más fuerte.

Terry interrumpió el beso y le murmuró sobre los labios:

—Nuestra habitación debe estar lista. —Luego se acomodó la ropa y ayudó a ella hacer lo mismo.

—Mis horquillas —Candy indicó la alfombra sembrada de pétalos de rosa. Él la miró y tomó en sus manos un mechón de cabellos. Se oyó tocar de nuevo.

—Sí, sí, un momento —Terry abandonó los cabellos.

—Deja las horquillas y los pétalos. Debemos terminar arriba lo que hemos comenzado aquí —dijo y le tomó la mano, luego abrió la puerta, listo para arrastrar con él a su mujer.

Henson, con su cara furiosamente ruborizada, carraspeó.

—Vuestra Gracia, están aquí el conde de Downe y el vizconde de Seymour.

Terry se detuvo de golpe e maldijo entre dientes. Atónita, Candy siguió su mirada, fija en la cara cohibida de Charlie. Ella estaba ruborizada y completamente mortificada.

—Bienvenido a Londres —dijo Archie. Estaba apoyado en la pared del gran vestíbulo y su cara impertinente ostentaba una expresión maliciosa.

La de Terry era sólo arrogante y contrariada. Se dio la vuelta bloqueando a Candy de la vista de los dos y le dijo:

—Anda arriba. Ve por el otro lado.

—¿Dónde? —murmuró Candy, que no sabía dónde estaban las habitaciones.

—Quinta puerta a la derecha. Iré más tarde.

Archie dijo algo sobre el uso del verbo ir y Candy sintió la mano de Terry tensarse, Se sobresaltó, pero el marido la dejó diciendo:

—Ahora vete.

Candy subió a la carrera. Cuando alcanzaba el primer descansillo de la escalera, escuchó la voz sarcástica del conde:

—Me debes cincuenta libras, Seymour. Eso era, fehacientemente, una buena sacudida contra la puerta.

CONTINUARA

* Juego de palabras, que hacen referencia a irse de "desplazarse" e irse de "experimentar un orgasmo".