Cuando la época navideña se hacia presente, la mente de Sabine viajaba al pasado y no podía evitar recordar todos los momentos que pasó junto a Tom. Cuando apenas se conocieron y eran dos jóvenes primerizos en el amor. Sabine amaba invitar a Tom a su casa, ella recordaba con mucho cariño como su madre y su abuela lo atendían de un modo tan tierno, le ofrecían muchos postres y les servían chocolate caliente a ambos. Ellas las ayudaban con las citas.

Uno de sus besos más especiales, fue en Navidad. Tom había colgado un muérdago en su habitación y le había dicho que ella era lo mejor que le había pasado, que quería pasar todas las Navidades de su vida a su lado, que quería ser el futuro padre de sus hijos. Aquella Navidad, en su habitación le había pedido matrimonio. Por eso amaba tanto la Navidad.

No podía evitar sonreír. La Navidad era muy especial para ambos, guardaba cientos de recuerdos preciosos, incluso el más especial.

—Chocolate caliente y galletas navideñas para el amor de mi vida —Tom dejó la bandeja en el sofá y Sabine la colocó en sus piernas cruzadas. Él se sentó a su lado.

Sabine amaba a Tom, amaba que fuera tan amoroso y tan sincero a pesar del tiempo transcurrido. Su amor nunca disminuía, al contrario, parecía ser cada vez más grande. Tom era un amor, era el hombre de su vida.

Jamás se arrepentiría de haberse casado con él, era la mejor decisión que pudo haber tomado. Lo amaba con todo el corazón.

—Te veo tan sonriente —comentó Tom, también sonriendo.

—Tú me haces sonreír, los recuerdos y la Navidad.

—Navidad... —Tom sonrió y no pudo evitar reír levemente —... la Navidad es tan linda, y ahora que tenemos una hija es aún más linda. Muero por el día en que Marinette tenga un novio y lo traiga aquí, para festejar Navidad con nosotros.

—¡Será hermoso! —exclamó Sabine.

Ambos amaban a su hija, ambos querían lo mejor para ella y esperaban ansiosos el día en el que la chica tuviera un novio. Querían tener a alguien más a quien consentir, que su niña fuera la más feliz de todas.