Epílogo

1828

Don Alejandro le dio el último sorbo a la tercera taza de té de la tarde, con hierbas que lo ayudaban tanto con el sueño como con la digestión. Bernardo seguro le traería la cuarta pronto. Sobre el escritorio de la biblioteca se aglomeraban atlas y mapas diversos: de Estados Unidos, de los dominios de España, de Centro y Sur América, de Europa del este y del oeste, de Canadá y hasta de Australia. La mayoría de ellos tenían dibujadas unas equis en color rojo: una por cada ciudad en la cual había buscado a su hijo.

No buscado en persona, naturalmente, eso le hubiera llevado más que la vida entera. Pero desde que todo cambió, desde aquella tarde utópica cuando el nuevo Gobernador dio el veredicto final de su revisión al caso del Zorro, que ahora no había quien no supiera siempre fue Diego de la Vega, y lo declarara hombre justo y por ende libre de castigo o condena, Don Alejandro no tuvo otra cosa en mente que peinar cada rincón de esta Tierra hasta dar con él.

Sabía que estaba vivo, prueba de ello es que se había llevado a Josefina. Todo tuvo sentido entonces, al recordar la tristeza con que la muchacha lo había mirado aquella noche. Sabía que se iba y no podía decirle nada; él lo entendía, no le guardaba rencor por eso. A decir verdad, al orgullo de que su propio hijo fuera el Zorro, se le sumaba el de saberlo tan hábil como para desaparecer sin dejar rastro. Y vaya que le había buscado la pista por todos lados, sin éxito. Le escribió cartas a amigos y enemigos, a conocidos y desconocidos, a veces por duplicado; envió comunicados al Rey y al Virrey, habló con comerciantes, con indios y con mendigos, y hasta a punto estuvo de zarandear al padre Felipe para obligarlo a decirle alguna cosa (¿quién más pudo haber llevado mensaje alguno a Josefina?), pero este se empeñó en mantener su secreto de confesión y no dijo ni pío.

Fue entonces cuando se le ocurrió: mandó a hacer un retrato de Diego y otro de la esposa y los envió a un total de 127 periódicos, panfletos y revistas distintos en 34 países, reinos, provincias o colonias. Algunas de esas copias descansaban expuestas en sillas, sillones, mesitas y repisas por toda la biblioteca. En esta tarea titánica llevaba ya más de un año. Tal vez debía mandar a poner los retratos de nuevo…

En eso estaba pensando y ya lo había decidido, cuando un grito lo trajo de un jalón a la realidad. No eran ya muy comunes las voces en esa casa, a menos que fueran las órdenes que él mismo daba, pero esa había sido Cresencia, estaba seguro.

"¡Cresencia! ¿Qué sucede?"

Desde la sala le llegaban sollozos e invocaciones al cielo, así que la cosa debía ser grave. Soltó el suplemento sabatino de Buenos Aires, Argentina, en cuya primera página se observaban los dos rostros, se explicaba el asunto y se ofrecía una recompensa a quien ofreciera algún dato sobre su paradero. Alcanzó el bastón y se puso en pie.

"Cresencia, ¿qué-"

La puerta de la biblioteca se abrió.

Con su hijo capturado y herido, condenado, perseguido y desaparecido, don Alejandro podía jactarse de no haber derramado ni media lágrima; un hombre no llora ni ante la peor de las adversidades. Pero aquí, ese estoicismo se le quebró.

¿Era real? ¿Se había vuelto loco al fin, o senil?

"Padre…"

Quiso decir algo: Diego, hijo mío o lo que fuera, pero solo le salió un sonido sin sílabas que se había estado acumulando en su espíritu fuerte, pero humano al fin, desde hacía más de siete años.

Nada más patético que un anciano llorando, pensó, y le importó un bledo.

Por Dios que si había alguien poco proclive a las muestras de afecto, era él, pero a su hijo tenía que abrazarlo.

Luego, se echó hacia atrás para mirarlo mejor. Estaba… más adulto, más… ¿fuerte? Como alguien que ha pasado el tiempo ya no tocando la guitarra o leyendo, sino haciendo algún trabajo físico. La tez ligeramente más tostada, también.

Y entonces, lo que vio en la puerta le hizo tambalearse, tanto, que Diego debió sujetarlo por ambos brazos. Pero el viejo no les quitó la mirada: eran Josefina y un par de criaturas.

"¡Hola!" fue lo que dijo ella, sonriendo entre lágrimas también. Siempre había sido así, genuina, sin poses; eso fue lo que le gustó de ella y lo que lo terminó de convencer de que Diego había hecho una buena elección. ¿Todo eso fue en esta vida o en otra anterior y lejana? Hace siglos, por favor.

Con el bastón en una mano y su hijo que lo sostenía de la otra, se acercó y los vio mejor. El más grande, de unos seis años, lo miraba muy atento: era una copia de Diego en miniatura. El otro, de dos años quizá, la madre lo llevaba en brazos y parecía soñoliento. Seguro había sido un viaje largo.

"Padre, ellos son Pedro…" fue a cargar al más pequeño, que se empezó a chupar el dedo al apenas recostar la cabeza del pecho de su papá: "…y… Alejandro."

El aludido le tendió la mano:

"Mucho gusto, abuelo. ¿Vio que tenemos el mismo nombre?"

La misma cara de Diego. La misma mirada inteligente y curiosa. Y… ¿había sido eso un acento… francés?

Le dio la mano:

"El gusto es mío… Alejandro. Créeme que sí."

(…)

En sus últimos años de vida, don Alejandro pudo disfrutar de la compañía de sus nietos, jugando con ellos hasta donde sus huesos le permitían, contándoles historias inventadas y hartándose de dulces los tres.

Al apenas volver, Diego tomó las riendas del rancho De la Vega, el cual había decaído en los últimos tiempos. Pronto volvió a ser la hacienda más próspera de la región.

Oyeron que Monasterio había sido llamado a España, algo relacionado con un dinero faltante. Nunca más se supo de él.

Fueron a dejar unas flores en la tumba del padre Felipe, quien había fallecido unos meses atrás. Dieron trabajo a Pepe en la hacienda, pues desde que el cura murió, había quedado desamparado y nadie quería emplear a los indios.

Visitaron también al Sargento García, ahora simplemente don Demetrio: había sido dado de baja deshonrosa por motivos no relacionados con el Zorro. Estaba trabajando como barrendero. Le compraron el 49% de la taberna, ya que don Theo estaba necesitando un socio. Así, el ex sargento sigue pasando sus días detrás de la barra, probando los buenos vinos, brindado por el Rey y saludando con una sonrisa a todo el que llega.

Josefina y Diego aún viven. Se les puede ver al atardecer andando a caballo por las tierras de la hacienda y sus alrededores. Estuvieron siempre juntos, para todo.

Y cuando se comete algún crimen o la injusticia intenta regresar, hay quienes dicen que en su corcel, cuando sale la luna, aparece un jinete que se rige por el honor y va vestido de negro.

FIN.

Nota: Primero que todo, gracias a quien haya llegado leído toda esta historia y llegado hasta aquí :-) La verdad disfruté mucho escribirla y me va a hacer falta, pasé dos meses en modo obsesión con esto XD No revisé si en esa época existía Canadá con ese nombre, o Australia o los otros países. Ah, tampoco le presté atención a que si en la época en que Diego vuelve, California le pertenecía a USA ya o seguía siendo de España; ignoremos eso. Y también, lo del periódico de Argentina, es una referencia al sitio donde Guy pasó sus últimos años.

Otra cosa: el epílogo quise hacerlo no desde el punto de vista de Josefina o Diego, sino desde afuera. Quise dejar lo que ellos pudieran pensar o sentir a la imaginación del lector. Y quise darle un final feliz a ellos y también especialmente al sargento García.

De nuevo gracias! Amé escribir esta historia.