Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Capítulo 19 al borde de la cornisa
Llevaron su sopa a la princesa Surcease y, cuando se la hubo
comido toda, ¿qué encontró en el fondo del cuenco, sino el anillo de
oro? De nuevo, el cocinero jefe fue llamado a comparecer ante el rey,
y aunque éste bramó amenazador, el pobre hombre sabía tan poco
como antes.
Por fin, la princesa, que había estado dando vueltas al anillo entre
los dedos, tomó la palabra.
—¿Quién corta las verduras para mi sopa, buen cocinero?
El cocinero sacó pecho.
—¡Yo, Alteza!
—¿Y quién pone la sopa sobre el fuego para que cueza?
—¡Yo, Alteza!
—¿Y quién remueve la sopa mientras cuece?
El cocinero puso unos ojos como platos.
—El pinche de cocina.
¡Qué revuelo causó aquello!
—¡Traed al pinche enseguida! —vociferó el rey...
De Jack el Risueño
A la mañana siguiente, al despertar, Edward supo que estaba solo antes incluso de abrir los ojos.
Sentía frío junto al costado, en el lado del jergón que antes ocupaba el cálido cuerpo de
Bella. Quedaba un leve olor a naranjas, pero ella ya no estaba en la habitación. Edward
suspiró, sintiendo el dolor de los músculos usados hasta la extenuación. Bella le había dejado exhausto, pero, al final, le había dicho lo que quería saber. Ella le quería. Bella le quería.
Abrió los ojos al pensarlo. Seguramente no se merecía su amor. Ella era una mujer inteligente, sensible y bella, y él era un hombre que había visto morir en la hoguera a su mejor amigo. En cierto sentido, sus cicatrices eran más hondas que las de los hombres que habían sufrido torturas físicas. El llevaba las cicatrices en el alma, y seguían sangrando de vez en cuando. Difícilmente podía merecer el amor de una mujer, y menos aún el de Bella. Y lo que era peor (lo que de verdad le convertía en un sinvergüenza) era que no tenía intención de perderla. Quizá no mereciera del todo su amor, pero intentaría conservarlo hasta el día de su muerte. No la dejaría cambiar de idea. El amor de Bella era un bálsamo reparador, una cura para sus heridas, y lo conservaría como un tesoro el resto de su vida.
Desasosegado por aquella idea, se levantó. No se molestó en llamar a Yorkie, sino que se lavó y se vistió solo.
Bajó corriendo las escaleras y supo por Oaks que Bella había ido a visitar a su madre y tardaría una hora o más en volver.
Sintió una vaga desilusión, mezclada con alivio. El descubrimiento de su amor estaba aún muy reciente. Era casi un punto demasiado sensible para soportar el contacto. Entró en la salita del desayuno, cogió un bollo y lo mordió distraídamente. Pero estaba demasiado inquieto para sentarse a comer. Tenía la sensación de que un enjambre de abejas se le había metido en la sangre y zumbaba por sus venas.
Acabó de comerse el bollo en dos mordiscos más y se acercó a la parte delantera de la casa.
Bella podía tardar varias horas en volver, y él no podía quedarse allí esperando. Además,
tenía que hacer una cosa y convenía que la hiciera cuanto antes. Debía concluir aquel asunto con Jacob. Y, si era otro callejón sin salida, como sospechaba... En fin, quizá su esposa tuviera razón.
Quizá fuera hora de olvidarse de Spinner's Falls y dejar que Emmett descansara en paz.
—Dígale a Yorkie que venga, por favor —le dijo a Oaks—. Y que traigan dos caballos.
Paseó por el vestíbulo mientras esperaba. Yorkie llegó de la parte de atrás de la casa.
—¿Señor?
—Voy a ir a hablar con Jacob Black —dijo Edward. Le indicó que le siguiera mientras salía por la puerta—. Quiero que me acompañes por si acaso... —Movió vagamente la mano.
El ayuda de cámara le entendió.
—Por supuesto, milord.
Montaron en los caballos que les aguardaban y Edward aguijó al suyo. El día estaba lúgubre y gris. Las nubes colgaban bajas, amenazando lluvia.
—Esto no me gusta —masculló—. Black es un caballero de buena familia y le considero un
amigo. Si nuestras sospechas son ciertas... —Se interrumpió, sacudiendo la cabeza—. Sería
terrible. Terrible.
Yorkie no respondió, e hicieron el resto del camino en silencio. A Edward le repugnaba aquella tarea, pero había que hacerla. Si Black era el traidor, había que hacerle pagar por ello.
Media hora después, detuvo su caballo ante la casa de Jacob Black. Miró sus viejos ladrillos y pensó que la familia había vivido allí durante generaciones. La madre de Black estaba inválida y vivía confinada en su casa. Dios, qué asunto tan feo... Entonces suspiró, se apeó del caballo y subió los escalones con hosca determinación. Llamó a la puerta y esperó, consciente de que Yorkie estaba tras él.
Esperaron un rato. La casa parecía estar en silencio, ningún ruido salía de ella. Edward dio un paso atrás y miró las ventanas de arriba. Nada se movía. Arrugó el ceño y llamó de nuevo, con más fuerza esta vez. ¿Dónde estaban los criados? ¿Les había dicho Black que no le abrieran la puerta?
Estaba levantando la mano para llamar otra vez cuando la puerta se abrió el ancho de una
rendija. Un joven lacayo se asomó por ella, ceñudo.
—¿Está tu amo en casa? —preguntó Edward.
—Creo que sí, señor.
Edward ladeó la cabeza.
—¿Y vas a dejarnos pasar para que le vea?
El lacayo se sonrojó.
—Por supuesto, señor. —Abrió la puerta—. Si esperan en la biblioteca, señor, iré a buscar al señor Black.
—Gracias. —Edward entró en la habitación con Yorkie y miró a su alrededor.
Todo estaba igual que la última vez que había visitado a Jacob. Un reloj marcaba la hora en la repisa de la chimenea, y de la calle llegaba el ruido amortiguado de los carruajes. Entonces se acercó al mapa al que le faltaba Italia para examinarlo mientras esperaban. El mapa colgaba junto a dos grandes sillones y una mesa, en un rincón. Al acercarse, oyó una especie de gemido. Yorkie se acercó mientras Edward se inclinaba sobre la silla para mirar el rincón.
Detrás de los sillones, en el suelo, había dos personas. Una mujer acunaba a un hombre en su regazo. Se mecía rítmicamente hacia delante y hacia atrás y un suave gemido salía de sus labios. La casaca del hombre estaba llena de sangre. Una daga sobresalía de su pecho. Estaba muerto.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Edward.
La mujer levantó los ojos. Era guapa. Sus ojos eran de un hermoso color azul, pero tenía la cara muy pálida y los labios descoloridos.
—Dijo que haríamos una fortuna —respondió—. Dinero suficiente para irnos al campo y abrir una taberna en nuestro pueblo. Dijo que se casaría conmigo y que seríamos ricos.
Bajó los ojos de nuevo, sin dejar de mecerse.
—Es el mayordomo, milord —dijo Yorkie tras él—. El mayordomo del señor Black. Con el que hablé.
—Yorkie, ve a buscar ayuda —ordenó Edward—. Y comprueba que Black está bien.
—¿Bien? —La mujer se rió mientras Yorkie salía corriendo de la habitación—. Ha sido él. Ha sido él quien ha apuñalado a mi hombre y le ha dejado aquí, como si fuera basura.
Edward la miró desconcertado.
—¿Qué?
—Mi hombre encontró una carta —susurró la mujer—. Una carta a un caballero francés. Dijo que el señor Black vendía secretos a los franceses durante la guerra en las colonias. Que se haría rico vendiéndole la carta al señor. Y que luego abriríamos una taberna en el campo.
Edward se agachó a su lado.
—¿Intentó sobornar a Black?
Ella asintió con la cabeza.
—Dijo que seríamos ricos. Yo estaba escondida detrás de la cortina cuando le pidió al señor Black hablar con él. Para decirle lo de la carta. Pero el señor Black... —Sus palabras se desvanecieron en un gemido.
—¿Jacob ha hecho esto? —Edward lo comprendió por fin, horrorizado. La cabeza del
mayordomo se mecía, inerme, sobre su pecho ensangrentado.
—Señor —dijo Yorkie tras él. Edward levantó la mirada.
—¿Qué?
—Los otros criados dicen que el señor Black no aparece.
—Se ha ido a buscar la carta —dijo la mujer. Edward la miró con el ceño fruncido. —Pensaba que la tenía su hombre, el mayordomo.
—No. —La mujer sacudió la cabeza—. Era demasiado listo para llevarla encima.
—¿Dónde está, entonces?
—El amo no la encontrará —contestó ella soñadora—. La escondí muy bien. Se la mandé a mi hermana al campo.
—Santo cielo —dijo Edward—. ¿Dónde vive su hermana? Puede que esté en peligro.
—Él no irá allí a buscarla —murmuró la mujer—. Mi hombre no le dijo su nombre. Sólo le dijo quién le había dicho que mirara en los papeles de la mesa del señor Black.
—¿Quién? —susurró Edward, horrorizado.
La mujer levantó la vista y sonrió dulcemente.
—El señor Yorkie.
—Milord, el señor Black sabe que soy su ayuda de cámara. —Yorkie estaba blanco como una sábana—. Si sabe eso...
Edward se levantó y corrió frenético hacia la puerta, pero logró oír el final de la frase de Yorkie.
—...pensará que usted tiene la carta.
La carta. La carta que no tenía. La carta que Jacob creería en su casa. En su casa, a la que sin duda ya habría vuelto su querida esposa. Estaría allí, sola, desprotegida y creyendo que Jacob era un amigo.
Santo cielo. Bella...
—Mi madre está inválida —le dijo Jacob Black a Bella, y ella asintió con la cabeza
porque no sabía qué otra cosa hacer—. No puede moverse, y mucho menos huir a Francia.
Bella tragó saliva y dijo con cautela:
—Lo siento.
Pero fue un error. El señor Black le clavó la pistola que sostenía contra su costado, y ella dio un respingo. No pudo evitarlo. Nunca le habían gustado las armas de fuego (odiaba el ruido que hacían cuando disparaban) y se le erizó la piel al pensar en que una bala atravesara su cuerpo. Sin duda dolería. Mucho. Sabía que era una cobarde, pero no podía remediarlo.
Estaba aterrorizada.
El señor Black se había comportado de forma un tanto extraña al llegar a la puerta. Parecía
alterado. Cuando le habían hecho pasar a la sala de estar, Bella se había preguntado si habría estado bebiendo, a pesar de que aún no era mediodía.
Luego había exigido ver a Vale y cuando ella le había dicho que su marido no estaba en casa, había insistido en que le enseñara su despacho. A ella aquello no le había gustado, pero para entonces ya había empezado a sospechar que ocurría algo malo. Cuando él se había puesto a registrar el escritorio de Edward, Bella se había acercado a la puerta con intención de avisar a Oaks y ordenar que echaran a Black de la casa. Pero entonces él había sacado la pistola que llevaba en el bolsillo. Sólo en ese momento, mientras miraba esa gran arma que sostenía en la mano, había visto la mancha oscura que tenía en la manga. Mientras él seguía revolviendo papeles, ella se había fijado en que su manga dejaba una marca roja.
Era como si hubiera mojado la manga de la casaca en sangre.
Bella se estremeció e intentó calmar sus pensamientos desquiciados. Ignoraba si aquella
mancha era de sangre, así que no tenía sentido ponerse histérica; quizá sólo fuera un
malentendido por su parte. Vale volvería pronto a casa y se haría cargo de todo. Pero Vale no sabía que el señor Black tenía una pistola. Quizás el señor Black le pillara completamente desprevenido cuando entrara. Parecía obsesionado con Edward. ¿Y si intentaba hacerle daño?
Bella respiró hondo.
—¿Qué está buscando?
El señor Black tiró todos los papeles de la mesa. Cayeron desparramados, y algunos de los más pequeños revolotearon como pájaros al posarse en tierra.
—Una carta. Mi carta. Vale me la robó. ¿Dónde está?
—No... No lo...
Black se acercó a ella, interponiendo la pistola entre ambos. Tomó su cara con la mano
izquierda y apretó hasta hacerle daño. Sus ojos brillaban, llorosos.
—Es un ladrón y un chantajista. Yo pensaba que éramos amigos. Pensaba que... —Cerró los ojos con fuerza y al abrirlos la miró fijamente y dijo con vehemencia —: No voy a permitir que me arruine, ¿me oye? Dígame dónde está ese papel, dónde puede haberlo escondido, o la mataré sin contemplaciones.
Bella tembló. Aquel hombre iba a matarla. No se hacía ilusiones; sabía que no saldría viva
de allí. Pero si Edward llegaba en ese momento, quizá también le matara a él. Aquella idea avivó su ingenio. Cuanto más lejos estuviera el señor Black de la puerta, más tiempo tendría Vale de darse cuenta del peligro cuando llegara a casa.
Se humedeció los labios.
—Su dormitorio... Creo... creo que está en su dormitorio.
Sin decir palabra, el señor Black la agarró por la nuca y la sacó al pasillo, delante de él. Seguía apretando la pistola contra su costado. El pasillo parecía desierto, y Bella dio gracias al cielo.
No sabía cómo reaccionaría el señor Black si se encontraban con algún criado. Tal vez disparara si veía a alguien.
Subieron las escaleras al unísono. Él le pellizcaba la nuca, haciéndole daño. Al llegar a lo alto de las escaleras, Bella se volvió y su corazón estuvo a punto de pararse. Webber acababa de salir de su cuarto.
—¿Señora? —le preguntó ella, desconcertada. La miró, y también al señor Black.
Bella se apresuró a contestar, antes de que su captor pudiera decir nada.
—¿Qué haces tú aquí, muchacha? Te dije que tuvieras mi traje de montar planchado y
almidonado a mediodía.
Webber abrió mucho los ojos. Bella nunca le había hablado con tanta aspereza. Y
entonces las cosas empeoraron más aún. Detrás de la doncella, Wolf asomó la nariz por la puerta de la habitación y salió al pasillo. Corrió hacia ella y el señor Black, ladrando como un loco.
Bella sintió que el señor Black se movía como si se dispusiera a apartar la pistola de su
costado. Wolf estaba a sus pies, y ella le apartó rápidamente de un puntapié. El perrillo chilló, confuso y dolorido, y se tumbó de espaldas.
Bella miró a Webber.
—Llévate a este chucho contigo a la cocina. Vamos. Y prepara mi traje de montar o te despido esta misma tarde.
A Webber nunca le había gustado Wolf, pero se abalanzó hacia él y lo cogió rápidamente en brazos. Pasó corriendo junto a Bella y el señor Black, con los ojos llenos de lágrimas.
Bella respiró cuando la doncella se perdió de vista.
—Muy bien —dijo el señor Black—. Ahora, ¿dónde está el dormitorio de Vale?
Bella señaló la habitación y el señor Black la arrastró hacia ella. Sintió otra punzada de
temor cuando él abrió la puerta. ¿Y si el señor Yorkie estaba dentro? Ignoraba dónde se
encontraba el ayuda de cámara.
Pero la habitación estaba desierta.
El señor Black la arrastró hacia la cómoda y comenzó a arrojar al suelo las corbatas
cuidadosamente dobladas de Vale.
—Él estaba allí cuando me torturaron. Le ataron a un poste y le sostuvieron la cabeza para que mirara. Casi sentí más pena por él que por mí. —De pronto se detuvo y respiró con fuerza—. Todavía veo esos ojos Verdes llenándose de tristeza cuando me marcaron el pecho. Él sabe cómo fue. Sabe lo que me hicieron. Sabe que el ejército británico tardó dos semanas infernales en rescatarnos.
—Culpa a Edward de sus heridas —musitó Bella.
—No sea imbécil —le espetó él—. Vale no pudo evitar lo que le hicieron, como no pudimos evitarlo los demás. De lo que le culpo es de su traición. Él, más que nadie, debería entender por qué hice lo que hice.
Había acabado de vaciar los cajones de la cómoda y la arrastró hasta el armario.
—Él sabe cómo fue. Estaba allí. ¿Cómo se atreve a juzgarme? ¿Cómo se atreve?
Bella vio que sus ojos, fríos como el hielo, estaban llenos de determinación, y su visión la
dejó paralizada de horror. El señor Black estaba acorralado, y sólo era cuestión de tiempo que descubriera que le había mentido.
Edward llegó a casa tan asustado que el corazón casi se le salía del pecho. Lanzó las riendas de su caballo a un mozo y subió de un salto los escalones sin esperar a Yorkie. Abrió las puertas y entró, pero se paró de golpe.
La doncella de Bella estaba llorando en el vestíbulo, con Wolf en brazos. A su lado
estaban Oaks y dos lacayos. Oaks se volvió al entrar él, con el rostro demudado.
—¡Milord! Creemos que lady Vale corre peligro.
—¿Dónde está? —preguntó Edward.
—Arriba —gimió la doncella. Wolf se retorcía en sus brazos, intentando bajar—. Hay un
hombre con ella y, ¡ay, señor!, creo que tiene una pistola.
A Edward se le heló la sangre en las venas, como si la escarcha cristalizara en ellas causándole dolor. No. Dios mío, no.
—¿Dónde los has visto, Ángela? —preguntó Yorkie detrás de Edward.
—En lo alto de la escalera —respondió Webber—. Delante de su habitación, señor.
Wolf dio un tirón tan fuerte que la muchacha soltó un gritito y le dejó caer. El perrillo corrió hacia Edward y ladró una sola vez antes de correr hacia las escaleras. Subió el primer peldaño y volvió a ladrar.
—Quédense aquí —les dijo Edward a los sirvientes—. Si somos demasiados... —Se interrumpió.
No quería expresar en voz alta aquella horrenda posibilidad.
Se dirigió hacia las escaleras.
—Milord —le llamó Yorkie. Edward miró hacia atrás.
El ayuda de cámara estaba sacando dos pistolas. Yorkie le miró a los ojos. Sabía muy bien
cuánto le desagradaban las armas de fuego. Aun así, se las tendió.
—No suba desarmado.
Edward cogió las armas sin decir palabra y se volvió hacia las escaleras. Wolf ladró y subió
delante de él, jadeando de nerviosismo.
Llegaron al primer descansillo y siguieron hasta la segunda planta, donde estaban los
dormitorios principales. Edward se detuvo en el último peldaño a escuchar. A sus pies, Wolf le observaba pacientemente. Edward oía los suaves sollozos de la doncella en el piso de abajo y el murmullo de una voz más grave, seguramente la de Yorkie, reconfortándola. Aparte de eso, todo era silencio. Se negó a pensar en lo que podía significar aquel silencio.
Se acercó a su puerta de puntillas. Wolf le siguió sin hacer ruido. La puerta estaba entornada, y Edward se agachó al abrirla para no ser un blanco tan fácil, en caso de que Black le disparara.
No ocurrió nada.
Entonces respiró hondo y miró al perro. Wolf le observaba, completamente ajeno a lo que
podía haber en la habitación. Edward masculló un juramento y entró. Saltaba a la vista que Jacob había estado allí. Su ropa estaba en el suelo y las sábanas de la cama que nunca usaba, desgarradas. Se asomó al pequeño vestidor, pero, aunque estaba revuelto, tampoco allí había nadie. Cuando volvió a su dormitorio, Wolf estaba husmeando una de las almohadas que había en el suelo. Edward miró y estuvo a punto de caer de rodillas.
La almohada tenía una pequeña mancha de sangre.
Cerró los ojos. No. No, Bella no estaba herida. No estaba muerta. No podía creer lo
contrario y conservar la cordura. Abrió los ojos y levantó las pistolas. Luego recorrió el resto de las habitaciones de esa planta. Quince minutos después, se encontró sin aliento y desesperado. Wolf le había seguido a todas las habitaciones, husmeando bajo las camas y en los rincones, pero no parecía haber mostrado interés por ninguna de ellas.
Edward subió las escaleras de la planta siguiente, donde, bajo los aleros del tejado, se hallaban las habitaciones del servicio. No había razón para que Jacob hubiera llevado a Bella allá arriba. Quizás hubiera bajado por la parte de atrás y logrado escapar, a pesar de que había criados en la cocina. Pero, si era así, alguien tendría que haberle oído. Se habría armado un alboroto.
¡Maldición! ¿Dónde estaba Black? ¿Dónde había llevado a Bella?
Acababan de llegar al piso de arriba cuando Wolf se tensó de pronto y ladró. Corrió hasta el final del estrecho y desnudo pasillo y comenzó a arañar una puerta. Edward siguió al perrillo y la abrió con cautela. Un tramo de escaleras de madera llevaba al tejado. Allá arriba había un estrecho parapeto que servía sobre todo de adorno. Edward nunca había subido hasta allí.
Wolf pasó a su lado y corrió por la empinada escalera. Su cuerpecillo musculoso saltaba de
escalón en escalón. Al llegar a lo alto, pegó la nariz a la ranura de una portezuela y comenzó a gemir.
Edward asió con fuerza sus pistolas y subió por la escalera sin hacer ruido. Cuando llegó arriba, apartó al perrillo con el pie y lo miró severamente.
—Quédate aquí.
Wolf echó las orejas hacia atrás en señal de sumisión, pero no se sentó.
—Quédate aquí —ordenó Edward—. O te encierro en una habitación.
El perro no podía entender sus palabras, pero entendía el tono. Bajó los cuartos traseros y se sentó. Edward se volvió hacia la puerta. La abrió y salió.
El cielo había cumplido su promesa: estaba lloviendo. La lluvia caía, fría y gris, sobre su tejado.
La portezuela estaba pensada para franquear el acceso al tejado por si había que limpiarlo o repararlo. Delante de ella había un pequeño cuadrado de baldosas, apenas lo bastante grande para que una persona se mantuviera en pie. En torno a él, el tejado se inclinaba en todas direcciones. Edward se irguió despacio, sintiendo que el viento estrellaba gotas de lluvia contra su cuello. Miró hacia el jardín trasero. A su izquierda, el tejado estaba vacío; a su derecha, también.
Entonces miró por encima del pináculo del tejado.
Santo cielo. Jacob sostenía a Bella inclinada sobre el corto parapeto de piedra de la
fachada de la casa. El parapeto, que apenas le llegaba a la altura de la rodilla, no la impediría caer.
Sólo el brazo de Jacob no dejaba que se rompiera la crisma contra los adoquines de la calle.
Entonces recordó su miedo a las alturas y comprendió que su querida esposa debía de estar completamente aterrorizada.
—¡No te acerques! —gritó Jacob. No llevaba sombrero, ni peluca, y la lluvia había
oscurecido y aplastado su cabello corto, pegándolo al cráneo. Sus ojos negros brillaban,
desesperados—. No te acerques o la dejo caer.
Edward miró los bellos ojos castaños de Bella. Tenía el pelo suelto en parte, y largos
mechones mojados colgaban sobre sus mejillas. Se agarraba con las manos al brazo de Jacob, por no tener otro asidero. Le miró y entonces ocurrió una cosa horrenda.
Sonrió.
Mi dulce y valerosa esposa. Edward desvió la mirada y la clavó en Jacob. Levantó la pistola
de su mano derecha y la sujetó con firmeza.
—Déjala caer y te vuelo la cabeza.
Jacob se rió suavemente, y Bella se tambaleó.
—Retrocede, Vale. Vamos.
—¿Y luego qué?
Jacob le miraba implacable.
—Me has destruido. No me queda vida, ni futuro, ni esperanza. No puedo huir a Francia sin mi madre y, si me quedo, me colgarán por vender secretos a los franceses. Mi madre se verá en la ruina. La Corona confiscará todos mis bienes y la echará a la calle.
—¿Esto es un suicidio, entonces?
—¿Y si lo es?
—Suelta a Bella —dijo Edward con firmeza—. Ella no tiene nada que ver con lo que ocurrió. Bajaré la pistola, si la sueltas.
—¡No! —gritó Bella, pero ninguno de los dos le prestó atención.
—Lo he perdido todo —dijo Jacob—. ¿Por qué no destruir tu vida, como tú has destruido la mía?
Se movió un poco y Edward se lanzó hacia el caballete del tejado.
—¡No! Te daré la carta.
Jacob vaciló.
—He mirado. No la tienes.
—No está en mi casa. La tengo escondida en otra parte. —Era mentira, desde luego, pero
Edward intentó insuflar sinceridad a su voz. Si podía ganar un poco de tiempo y alejar a Bella del parapeto...
—¿Sí? —Jacob parecía esperanzado, pero seguía mirándole con desconfianza.
—Sí. —Edward se había encaramado lentamente sobre el caballete del tejado y ahora estaba agachado sobre él. Bella y Jacob estaban a unos tres metros de distancia—. Apártate del borde y te la traeré.
—No. Nos quedaremos aquí hasta que traigas la carta. Hablaba en tono razonable, pero ya
había matado a una persona ese día. Edward no podía dejarle a solas con Bella.
—Traeré la carta —dijo. Volvió a desplazarse poco a poco hacia delante—. Te la daré y me
olvidaré de todo esto. Pero primero devuélveme a mi esposa. Ella significa mucho más para mí que cualquier venganza por lo que pasó en Spinner's Falls.
Jacob empezó a temblar y Edward se incorporó, asustado. ¿Estaba Jacob sufriendo una
especie de ataque? Pero una risa seca escapó de su garganta.
—¿Spinner's Falls? Ah, Dios, ¿crees que soy el traidor de Spinner's Falls? Todo esto y aún no lo sabes, ¿eh? Yo no traicioné a nadie en Spinner's Falls. Fue después, después de que el ejército británico dejara que nos torturaran durante dos malditas semanas, cuando empecé a vender secretos a los franceses. ¿Por qué no? Me habían arrancado de cuajo la lealtad hacia mi país.
—Pero tú disparaste a King. Tuviste que ser tú.
—No, Vale. Fue otro quien le disparó.
—¿Quién?
—¿Qué sé yo? Está claro que King sabe algo sobre Spinner's Falls y que hay alguien
que no quiere que lo cuente.
Edward parpadeó para quitarse las gotas de lluvia de los ojos.
—Entonces, ¿no tuviste nada que ver con...?
—Dios mío, Vale —murmuró Jacob con desesperación—. Has destruido mi vida. Creía que
tú eras el único que me entendería. ¿Por qué me has destruido? ¿Por qué?
Edward vio con horror que levantaba la pistola y apuntaba a la cabeza de Bella. Estaba
demasiado lejos. No podría llegar a tiempo. Dios mío. No tenía elección. Disparó y dio en la mano a Jacob. Vio que Bella daba un respingo cuando la sangre salpicó su pelo. Y vio que Jacob soltaba la pistola con un grito de dolor.
Le vio empujar a Bella por el borde del parapeto.
Abrió fuego con la segunda pistola y la cabeza de Jacob se sacudió violentamente hacia
atrás. Edward avanzó en equilibrio por las tejas resbaladizas. Un grito llenaba su cabeza. Empujó a un lado el cadáver de Jacob y miró por encima del parapeto, esperando ver el cuerpo de Bella estrellado contra el suelo. Pero vio su cara a un metro de distancia, mirándole.
Sofocó una exclamación de sorpresa y aquel grito cesó. Sólo entonces se dio cuenta de que el sonido era real y de que era él quien lo emitía. Estiró la mano. Ella se había agarrado a la cornisa.
—Dame la mano —dijo Edward con voz ronca.
Ella parpadeó. Parecía aturdida. Edward recordó aquel día, hacía ya mucho tiempo, delante de la casa de lady Eddings, justo antes de casarse. Ella había rechazado su ayuda para bajar del carruaje.
Edward se inclinó un poco más hacia ella.
—Bella, confía en mí. Dame la mano.
Ella jadeó, entreabrió sus hermosos labios y se soltó de la cornisa con una mano. Edward se abalanzó hacia delante y la agarró de la muñeca. Luego se echó hacia atrás y se sirvió de su peso para levantarla.
Bella pasó por encima del parapeto y cayó flojamente en sus brazos. Entonces la abrazó
con fuerza. Simplemente la abrazó, respirando el olor a naranja de su cabello, sintiendo su aliento sobre la mejilla. Tardó un rato en darse cuenta de que estaba temblando.
Por fin, ella se movió.
—Creía que odiabas las armas.
Edward se apartó y miró su cara. Bella tenía un moratón en la mejilla y el cabello salpicado
de sangre, pero era la cosa más hermosa que había visto nunca.
Tuvo que aclararse la garganta antes de hablar:
—Las odio. Las detesto con toda mi alma.
Ella arrugó las cejas.
—Entonces, ¿cómo...?
—Te amo —dijo Edward—. ¿No lo sabías? Por ti, atravesaría de rodillas las llamas del infierno. Disparar una pistola no es nada comparado contigo, mi queridísima esposa.
Acarició su cara, vio que sus ojos se agrandaban y, al inclinarse para besarla, repitió:
—Te amo, Bella.
