Dancing with flames (Greg Dombrowski)


Creímos que no nos afectaría. Éramos demasiado idiotas como para pensar que el asunto del One World Nation Movement era algo que atañía solo a las naciones europeas, americanas y algunas naciones asiáticas. No se nos habría ocurrido ni en un millón de años que también hubiera revolucionarios en nuestro continente. Reaccionamos, en definitiva, demasiado tarde.

Entonces aparecieron ellos, en mitad de la noche.

No hicieron ruido. De alguna forma me desperté. Cuando miré por la ventana, vi una luz fantasmagórica. De cientos de antorchas que iluminaban el camino de camino a la residencia de la familia real.

Salí corriendo con lo puesto. Debía avisarlos. De aquello no podía derivar nada bueno en absoluto. Me recorría un sudor tan frío por el cuerpo...aún lo recuerdo y me echo a temblar como un cachorrito.

Salí a la calle. El silencio se había roto por los gritos. Esos gritos que aún me perseguían.

Las antorchas no solo servían para ver por dónde iban. Era una forma de asegurarse de que la familia real salía del edificio.

(...)

¿Y qué podía hacer yo?

(...)

Sí. Es cierto. Un instante de dolor, pero las quemaduras se recuperarían al poco tiempo. Podría haberlos sacado y haberlos puesto a salvo. Pero eran tantos...No habría podido hacer nada...No habría podido ayudarlos a escapar ni aunque hubiera querido.

Solo pude mirar cómo esperaban. Y no tardaron en verlos salir.

...Aún me hiela la sangre el recordar cómo chillaban las esposas del rey cuando, una a una, las agarraban como si fueran animales y las arrastraban lejos de sus hijos. Todos aquellos niños abandonados a su suerte entre las llamas, arrebatados de los brazos de sus madres...

Por fin salió aquel a quien iban buscando y su recibimiento fue una lluvia de pedradas, patadas y puñetazos. No sé cómo consiguió sobrevivir a todo eso. Aunque no me extraña que quedara mal. Había mucha rabia acumulada. No era nada popular. Era un monarca absolutista y cualquier intento de democratización, de sindicalización, era sofocado duramente. Decían esos brutos que solo le daban lo que merecía.

No me gusta decirlo, pero me quedé tan sobrecogido que dejé que hicieran conmigo lo que quisieran también...