Capítulo 18 El Peligro acecha

Los guardias ataron a Corazón de Hierro a una gran estaca y

amontonaron ramas de espino alrededor de sus pies y sus piernas. Corazón

de Hierro miró a su alrededor y vio a su dulce esposa de pie junto a su padre

el rey, llorando. Cerró los ojos al verla, y sus verdugos prendieron fuego al

espino. Las ramas ardieron pronto, y sus llamaradas se elevaron hacia el

oscuro cielo. Las chispas brincaban hacia lo alto como si quisieran unirse a

las estrellas, y el genio malvado chillaba de felicidad. Pero entonces sucedió

algo extraño: aunque sus ropas ardían, y quedaron pronto reducidas a

cenizas, el fuego no prendió en el cuerpo de Corazón de Hierro. Mientras se

retorcía entre las llamas, su corazón de hierro se veía palpitar sobre su

pecho desnudo y fuerte. Un corazón de hierro incandescente...

De Corazón de Hierro

Carlisle se había ido cuando Esme despertó a la mañana siguiente. Una criada hacía ruido

junto al hogar, intentando encender el fuego. Las brasas debían de estar mal amontonadas y se habían apagado durante la noche.

Ella cerró los ojos un momento. No quería enfrentarse al día. No quería, quizás, enfrentarse a la vida sin él. Sintió, entre tanto, que un líquido manaba de su interior. Pensó que era el semen de Carlisle, pero al mirar descubrió que se trataba de una mancha mucho más familiar: su visita mensual había llegado. Y lo peor de todo era que, en vez de sentir alivio porque ahora nada le impedía casarse con Edward, se sintió embargada por una horrible desilusión. ¡Qué absurdo! ¡Qué estupidez, querer llevar dentro de sí un hijo de Carlisle! No tener más remedio que casarse con él.

Esme contuvo el aliento. Su mente (su cordura) sabía que casarse con Carlisle sería

desastroso, pero su corazón no estaba tan convencido.

—¿Quiere que le traiga algo, señora? —La criada la miraba fijamente, con la mano levantada sobre el fuego todavía frío.

Esme debía de haber hecho algún ruido, algún gesto que revelara su angustia, si la muchacha se había dado cuenta. Se incorporó.

—No, nada. Gracias.

La chica asintió con la cabeza y se volvió hacia la chimenea.

—Siento estar tardando tanto hoy, señora. No sé por qué me está costando tanto encender el fuego.

Esme miró a un lado de la cama y encontró su bata. Se la puso con esfuerzo mientras la

criada estaba aún de espaldas.

—Será seguramente por el frío que hace. Espere, deje que lo intente yo.

Pero por más que clavó un palito encendido entre las brasas, éstas no se encendieron.

—Bueno, no importa —dijo por fin, enojada —. Haga que me preparen un baño caliente en mi salita de estar. Allí sí está encendido el fuego, ¿no?

—Sí, señora —contestó la criada.

—Entonces me vestiré en la salita.

Una hora después, su baño se había quedado frío. Desanimada, removió el agua en torno a su rodilla. Le gustara o no, era hora de salir de la bañera y afrontar el resto de su vida y las decisiones que había tomado.

—Una toalla —dijo, y se levantó al tiempo que una doncella le tendía una que la arropó toda entera.

Seguramente en las colonias no hacían toallas tan grandes. Era una suerte que hubiera

rechazado a Carlisle y no tuviera que conformarse con accesorios de baño de inferior calidad.

Permaneció casi inerme mientras sus criadas la vestían; ni siquiera mostró interés cuando le enseñaron un vestido nuevo de seda burdeos. Había encargado el vestido hacía unas semanas, mientras ayudaba a Kate a preparar su vestuario. Ahora, en cambio, debería ir vestida de arpillera y cenizas.

Comenzó por fin a inquietarse mientras Harris intentaba peinarla.

—Está bien así. De todos modos, hoy no voy a recibir visitas. Creo que saldré a dar un paseo por el jardín.

Harris miró hacia la ventana, incrédula.

—Parece que va a llover, señora, si no le importa que se lo diga.

—¿Ah, sí? —preguntó Esme, desalentada.

Aquello parecía la gota que colmaba el vaso: que también los elementos conspiraran contra ella. Se acercó a la ventana para mirar fuera. Su sala de estar daba a la calle y, mientras miraba, Carlisle bajó los peldaños de la casa de al lado y se acercó a un caballo que aguardaba.

Esme contuvo el aliento involuntariamente. Verle inesperadamente le produjo una punzada de dolor en el vientre, como si la hubieran apuñalado. Su mano tembló sobre el frío cristal.

Él debería haber levantado la vista en ese momento. Debería haberla visto mirándole desde la ventana. Pero no lo hizo: montó prosaicamente en su caballo y se alejó.

Esme apartó la mano de la ventana.

Detrás de ella, Harris seguía hablando como si nada hubiera pasado.

—Entonces, voy a guardar los vestidos nuevos, señora, a no ser que se le ofrezca otra cosa.

—No, eso es todo. —Esme dejó de mirar la ventana —. No, espere.

—¿Señora?

—Traiga mi manto, haga el favor. Deseo visitar a la señorita Cullen, la vecina. —Tal vez sería aquélla la única ocasión que tendría de despedirse de Kate. Y no le parecía bien dejar que la muchacha se embarcara hacia las colonias americanas sin decirle adiós.

Se puso el manto y se abrochó el cuello mientras bajaba corriendo las escaleras. Ignoraba

cuánto tiempo estaría fuera Carlisle, pero le parecía necesario no encontrarse con él. Fuera, el cielo pesado y oscuro auguraba lluvia. Si Kate estaba en casa, no debería quedarse mucho tiempo, o se arriesgaba a quedar atrapada por una tormenta. Respiró hondo y llamó a la puerta de Carlisle.

El rostro del mayordomo pareció registrar una leve sorpresa al abrir la puerta. Era demasiado temprano para ir de visita, pero a fin de cuentas ella era la hija de un conde. El mayordomo hizo una reverencia cuando Esme entró en el vestíbulo y la condujo a la salita de estar para que esperara allí mientras iba a avisar a Kate. Ella sólo tuvo que echar una mirada nerviosa por la ventana antes de que entrara la muchacha.

—¡Milady! —Kate parecía sobresaltada por su visita. Esme le tendió las manos.

—No podía permitir que te fueras sin decirte adiós.

Kate rompió a llorar.

¡Ay, Dios! Esme nunca había sabido qué hacer cuando los demás lloraban. En el fondo,

siempre había pensado que las mujeres que lloraban en público sólo buscaban atenciones. Ella rara vez lloraba, y jamás lo hacía delante de otros; hasta la noche anterior, comprendió de pronto, con Carlisle.

Movida por aquella inquietanteidea, avanzó hacia Kate.

—Bueno, bueno —masculló mientras le daba torpes palmaditas en el hombro.

—Lo siento, señora —balbució Kate.

—No tiene importancia —refunfuñó Esme, y le dio un pañuelo. ¿Qué más podía decir?

Estaba casi segura de que ella misma era la causa de la aflicción de la muchacha —. ¿Quieres que pida el té?

La chica asintió con un gesto y Esme la condujo a un sillón mientras daba órdenes a la criada.

—Ojalá fuera todo distinto —dijo Kate cuando la criada se marchó. Sentada, retorcía el

pañuelo entre las manos.

—Sí, ojalá. —Esme se había sentado al borde de un sofá y se atusaba las faldas con excesivo cuidado. Tal vez, si no mirara a Kate, conseguiría salir airosa de la situación —. ¿Han fijado ya la fecha de su partida?

—Nos vamos mañana.

Esme levantó la vista.

—¿Tan pronto?

La muchacha se encogió de hombros.

—Carlisle encontró ayer mismo pasaje en un barco. Dice que nos iremos mañana y que

dejaremos aquí el grueso de nuestras pertenencias para que las embalen y las envíen en otro navío.

Esme hizo una mueca. Carlisle parecía arder en deseos de alejarse de Inglaterra... y de ella.

—¿Es porque usted no le quiere? —estalló de pronto Kate. Era una pregunta tan repentina, tan sorprendente, que Esme respondió sin pensar.

—No. —Contuvo el aliento al oír aquella respuesta que casi equivalía a una confesión, y sacudió la cabeza —. Hay muchas otras cosas.

—¿Puede decirme cuáles son?

Esme se levantó y se acercó a la chimenea.

—Están el rango y la posición, desde luego.

—Pero hay algo más, ¿verdad?

Esme no soportaba mirar a la joven, así que miró fijamente el resplandor del fuego.

—Tú procedes de otro país, de un país muy lejano. Y no creo que Carlisle quiera instalar su

hogar aquí, en Inglaterra.

Kate se quedó callada, pero su mismo silencio parecía exigir una explicación.

—Y yo tengo que pensar en mi familia. —Esme respiró hondo—. Ahora sólo tengo a Seth y

a tante Cristelle, pero dependen de mí.

—¿Y cree que Seth y su tía se negarían a embarcarse hacia América?

Expresada así, su objeción parecía evidentemente una excusa. Sí, tante Cristelle se quejaría de tener que emprender un viaje por mar, pero la anciana ni siquiera tenía que abandonar Inglaterra si no era ése su deseo. Y Seth seguramente se entusiasmaría con la sola idea de ver América.

Esme retorció con los dedos las cintas de su talle.

—No sé... —Levantó la vista y miró a Kate a los ojos —. Verás, me dejaron todos. Emmett y mi marido, y mi padre. No creo que pudiera soportarlo otra vez. Confiar en que otra persona me proteja.

Kate frunció el ceño.

—No entiendo. Carlisle jamás permitiría que nadie le hiciera daño.

Esme se echó a reír, aunque su risa sonó herrumbrosa.

—Sí, eso fue lo que me inculcaron de niña. Aunque nunca se dijera en voz alta, se daba por sobreentendido que los caballeros de mi familia me protegerían y velarían por mí. Que jamás tendría que temer por mi situación. Ellos se encargarían de todo, y yo sería únicamente una compañía encantadora y me ocuparía de su hogar. Pero las cosas no sucedieron así, ¿no? Primero, Emmett murió en la guerra de las colonias; y luego murió Seth cuando todavía éramos los dos muy jóvenes. Y después mi padre... —Contuvo el aliento porque nunca le había dicho aquello a nadie —. Después murió mi padre y yo quedé indefensa, ¿entiendes? Emmett había muerto, y el título, las tierras, todo pasó a un primo nuestro.

—¿La dejaron sin dinero?

—No. —Esme dio un tirón con la mano y oyó desgarrarse algunas puntadas de su vestido —.Evidentemente, tengo bastante dinero. La renta de los Platt es suficiente. Sólo hago de dama de compañía de algunas jóvenes para cubrir pequeños gastos. Pero ya no tengo nadie en quien apoyarme, ¿comprendes? Todos me abandonaron. Ahora decido sobre mi vida y sobre la vida de mi hijo y de tante Cristelle. Me preocupo de las inversiones y de si Seth debe o no ir a Eton.

Vigilo a los administradores de nuestras tierras para asegurarme de que no se apropian de mi dinero. No hay nadie en quien pueda confiar, nadie en quien pueda apoyarme, salvo en mí misma.

Sacudió la cabeza, consciente de que lo que intentaba expresar era intangible.

—Verás, no puedo relajarme. No puedo simplemente... existir. Qué extraño confesarle aquello a Kate, cuando había sido incapaz de decírselo a Carlisle. La muchacha frunció las cejas.

—Creo que la entiendo. No puede desprenderse de sus cargas. No hay nadie en quien confíe que pueda llevarlas por usted.

—Sí. Sí, eso es —exclamó Esme aliviada.

—Pero... —Kate la miró, desconcertada —. Piensa casarse con lord Vale dentro de poco.

—Eso no importa. Quiero a Edward como a un hermano, pero casarme con él no cambiará ni un ápice mi forma de vivir y dirigir mi vida. Si él me abandona, o muere, como los demás, seguiré siendo la misma.

Kate la miraba fijamente, en silencio. Fuera de la sala de estar, en el vestíbulo, se oía un

murmullo de voces.

—Teme que Carlisle muera —murmuró Kate —. Le quiere y teme comprometerse con él.

Esme parpadeó. El miedo parecía una razón tan pueril, tan cobarde para rechazar a Carlisle...

No podía ser así. Intentó explicarse.

—No, yo...

La puerta de la salita de estar se abrió. Esme se volvió con el ceño fruncido, enojada por la

interrupción. Entró una criada llevando una bandeja de té. Tras ella, enseguida, apareció el señor Thornton.

Santo cielo, ¿qué hacía allí?

El hombrecillo entró en la habitación, la cara envuelta en una sonrisa. Siempre que ella le había visto, estaba sonriendo, pero ahora su expresión parecía torcida, equivocada. Era como si quisiera ocultar las cosas horribles que ocupaban su mente disimulándolas tras una máscara de jovialidad.

¿Por qué no se había fijado antes? ¿Estaba perdiendo Thornton el dominio de sí mismo, o acaso sus impresiones estaban teñidas por lo que ahora sabía de él?

—Espero que no les moleste que entre sin anunciarme —dijo el señor Thornton—. He venido a ver al señor Cullen.

—Me temo que mi hermano no está en casa —contestó Kate—. De hecho, creo que ha ido

a verle a su tienda, señor Thornton. A Starling Lane. No, lo siento. —La chica sacudió la cabeza, irritada —. Allí es donde fue a buscarle ayer. Hoy iba a la calle Dover.

Esme la miró bruscamente. Kate tenía una expresión franca y relajada; sólo un asomo de

irritación porque les hubieran interrumpido crispaba su semblante. O era muy buena actriz, o Carlisle no le había confiado sus sospechas acerca del señor Thornton.

Pero éste se había quedado inmóvil.

—¿Starling Lane, dice usted? Qué interesante. Me pregunto por qué fue allí ayer el señor

Cullen. Desde que volví de la guerra, hace seis años, no tengo tienda en esa calle.

—¿De veras? —Kate frunció el ceño —. Puede que Carlisle pensara que tenía usted dos

tiendas.

—Puede ser. En cualquier caso, lamento no haberle visto. —El señor Thornton miró anhelante el té que estaba sirviendo la criada.

—También lo lamentamos nosotras —dijo Esme, crispada —. Tal vez, si se da prisa, le

encuentre usted en su establecimiento.

—Puede que nos crucemos por el camino —contestó el señor Thornton suavemente —. Y sería una lástima, ¿no creen?

—Puede quedarse aquí y tomar el té con nosotras mientras espera a que vuelva mi hermano — dijo Kate.

—Estupendo, estupendo. —El señor Thornton hizo una reverencia y se sentó —. Es usted la generosidad personificada, señorita Cullen.

—Oh, no sé —contestó ella mientras servía el té—. Es sólo té.

—Sí, pero muchas no serían tan generosas... —Lanzó una mirada taimada a Esme—con un

trabajador y todo eso. A fin de cuentas, en el fondo no soy más que un simple zapatero.

—Pero es usted dueño de su propio establecimiento —objetó Kate.

—Oh, en efecto, en efecto. Tengo un taller magnífico. Pero me lo he ganado todo con el sudor de mi frente. El negocio de mi padre era muy pequeño.

—¿De veras? —preguntó Kate educadamente —. No lo sabía.

El señor Thornton sacudió la cabeza de mala gana como si recordara el pequeño

establecimiento de su padre.

—Me hice cargo de él nada más volver de la guerra en las colonias. Es decir, hace seis años. Seis largos años de duro trabajo y quebraderos de cabeza para convertir mi negocio en lo que es hoy.

De modo que puedo afirmar que estaría dispuesto a matar a cualquiera que intentara

arrebatármelo.

Kate le miraba con curiosidad. A fin de cuentas, había hablado con más vehemencia de la

que requería la conversación. Esme contuvo el aliento mientras le observaba; él hizo entonces una cosa muy extraña: ladeó la cabeza, mirándola, sonrió ampliamente y guiñó un ojo.

Y ella se sintió recorrida por un escalofrío de horror cuya magnitud no se correspondía en

absoluto con el gesto hecho por el señor Thornton.

Carlisle volvía a casa por las calles de Londres en un estado de furiosa impotencia. Thornton no estaba en su casa, ni en su taller. Algunas de las cosas que había sabido esa misma mañana le hacían temer que intentara escapar. Aquello, unido a una especie de instinto animal, suscitaba en él la necesidad de encontrar a Thornton inmediatamente. Su larga experiencia de cazador le decía que su presa estaba a punto de ponerse fuera de su alcance. Si no lograba encontrarlo ese mismo día, tendría que renunciar a los pasajes que había comprado para embarcarse con Kate en el Hopper, el navío que zarpaba a la mañana siguiente a primera hora.

Pero quedarse más tiempo en Londres equivalía a permanecer más días cerca de Esme. Y no estaba seguro de poder soportar estar tan cerca de ella sin volverse loco de atar.

Un golfillo callejero pasó corriendo casi bajo el hocico de su montura. El caballo cambió el paso, nervioso, y Carlisle tuvo que prestar atención a las riendas un momento. El chico había desaparecido hacía rato, desde luego. Seguramente se había librado por los pelos de ser atropellado miles de veces en su corta existencia, pues las calles de Londres parecían, más que vías de comunicación, ríos fragorosos. Los buhoneros pregonaban sus mercancías en las esquinas e incluso en medio de la calle. Los carruajes avanzaban con el estrépito de los elefantes, cortando irremediablemente el paso con sus moles. Los porteadores de las sillas de mano zigzagueaban hábilmente entre la muchedumbre. Y la gente (hombres, mujeres, niños, bebés en brazos de ancianos con bastón, altos, bajos y de todo pelaje) se apiñaba por doquier, cada cual ocupado en sus quehaceres y con prisa por llegar a su destino. Era un milagro que no se agotara el aire, inhalado por miles de pulmones.

Carlisle sintió que los suyos se contraían al pensarlo, y la fantástica idea de que todo el aire fuera absorbido de la atmósfera infestó su cerebro. Pero aquello eran bobadas. Se concentró en su montura y en el camino que tenía delante, y procuró olvidarse de la gente que le rodeaba. Podía respirar. Había aire de sobras, aunque apestara a aguas de albañal, a humo y podredumbre. Y a sus pulmones no les pasaba nada.

Fue repitiéndose aquellas reflexiones hasta que vio su casa. Kate estaría aún haciendo la

maleta, pero tal vez pudiera convencerla de que lo dejara un momento para tomar un almuerzo temprano. Se apeó del caballo justo en el momento en que un carruaje se detenía junto a la casa contigua: la casa de Esme. El remate de la puerta negra y bruñida llevaba el escudo de armas de lord Vale. Carlisle apretó el paso, camino de su casa. No tenía sentido volver a encontrarse con él; se habían dicho ya todo lo que tenían que decirse.

Al entrar dio el sombrero y la capa al mayordomo y preguntó dónde estaba su hermana.

—La señorita Cullen acaba de salir, señor —contestó el mayordomo.

—¿De veras? —Carlisle arrugó el ceño. ¿Habría ido a hacer alguna compra de última hora? —. ¿Cuánto tiempo hace que se ha ido?

Hará media hora.

—¿Sola? ¿Se fue a pie o cogió el carruaje?

—Se marchó en un carruaje, señor, con lady Esme y el señor Thornton.

El mayordomo se alejó para ir a colgar la capa y el sombrero, completamente ajeno al efecto que habían causado sus palabras. Carlisle le miraba fijamente, con las entrañas heladas por la idea de que su hermana y su amada se hubieran montado voluntariamente en un carruaje con un violador y un asesino. Pero no habría sido voluntariamente, claro. El no le había hablado a Kate de sus sospechas respecto a Thornton, pero Esme estaba al tanto de ellas. ¿Cómo iba a marcharse con Thornton sabiendo qué...?

—¿Qué ha hecho con ella?

Carlisle se giró al oír aquella voz; casi al mismo tiempo, se vio empujado brutalmente contra la pared. Un cuadro cayó al suelo con estruendo, y Vale acercó su cara horriblemente amoratada a la de Sam.

—Esmi vino aquí hace más de una hora. ¿Dónde está?

Carlisle refrenó el impulso de asestarle un puñetazo en la cara. Ya lo había hecho, y no había servido de nada. Además, aquel hombre también se preocupaba por Esme.

—Esme y Kate se han ido con Thornton.

Vale soltó un bufido.

—¿Qué idioteces son ésas? ¿Por qué iba Esmi a marcharse con ese fantoche? La tiene usted escondida en alguna parte. —Se apartó de Carlisle y se plantó con las piernas separadas en medio del vestíbulo—. ¡Esmi! ¡Esmi! ¡Sal inmediatamente!

Estupendo. Su único aliado era un bufón. Carlisle dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta.

No tenía tiempo de convencer a Vale de lo que estaba pasando.

Pero otra voz le detuvo.

—Es cierto, milord.

Carlisle se volvió y vio a Vale mirando divertido a Garrett, el lacayo.

—¿Quién demonios eres tú?

Garrett hizo una reverencia lo bastante esquemática para resultar insolente.

—La señorita Cullen y lady Esme montaron en el carruaje del señor Thornton. —Miró más

allá de Vale para atraer la mirada de Cullen —. No me gustó lo cerca que iba de la señorita Cullen.

Creo que pasaba algo raro.

Carlisle no se molestó en preguntar por qué no había detenido a Thornton. En aquel país, un criado podía ser despedido sin referencias (o algo aún peor) por hacer algo así.

—¿Tiene idea de hacia dónde se dirigían?

—Sí, señor. Al muelle de la Princesa, en Wapping. Oí al señor Thornton darle las señas al

cochero.

Vale parecía anonadado.

—¿Wapping? ¿Para qué las ha llevado Thornton a un muelle?—.Donde hay un muelle, hay

barcos.

Vale levantó las cejas.

—¿Cree usted que piensa secuestrarlas?

—Sabe Dios —contestó Carlisle—. Pero no tenemos tiempo de quedarnos aquí debatiendo la cuestión. Vamos, cogeremos su carruaje.

—Espere, espere. —Vale le agarró del brazo —. ¿Qué prisa hay? ¿Cómo sé que no tiene a

Esmi escondida aquí? ¿O qué...?

Carlisle bajó el brazo bruscamente, desasiéndose. —Thornton es el traidor y debe haber

averiguado de algún modo que le he descubierto.

Las cejas de Vale se juntaron de repente.

—Pero...

—Ya le he dicho que no hay tiempo —gruñó Carlisle —. Garrett, ¿quiere echarnos una mano?

El joven ni siquiera titubeó.

—¡Sí, señor!

—Andando. —Carlisle salió y bajó corriendo los escalones sin esperar el permiso de Vale. Se llevaría el carruaje aunque el vizconde insistiera en quedarse allí sopesando diversas posibilidades.

Pero al llegar al carruaje descubrió a Vale a su lado.

—Muelle de la Princesa, en Wapping —le gritó el vizconde a su cochero —. Lo más deprisa que pueda.

Montaron los tres en el carruaje.

—Ahora —dijo Vale al acomodarse frente a Carlisle y Garrett —, cuéntemelo.

Carlisle tenía los ojos fijos en la ventana. El coche de Thornton había partido hacía rato y, sin embargo, absurdamente, se esforzaba por verlo.

—Newton ocupó el lugar de Thornton durante la batalla de Spinner's Falls o poco después.

—¿Tiene pruebas?

—¿De que un soldado al que conocimos hace seis años al otro lado del océano ha suplantado a otro soldado muerto? No, no las tengo. Seguramente las eliminó todas.

Garrett se removió a su lado. El joven no había dicho nada desde que habían entrado en el

carruaje, pero parecía preocupado. El coche aminoró la marcha. Calle abajo se oían gritos.

Carlisle se refrenó a duras penas para no ponerse a aporrear el techo del carruaje. Se volvió hacia Garrett.

—Verá, había dos soldados pelirrojos. Uno era Thornton; el otro, Newton. Nadie les prestó

atención hasta que Newton fue arrestado y encadenado para ser sometido a juicio.

—¿Qué había hecho? —preguntó el lacayo.

Carlisle miró a Vale.

El vizconde frunció los labios y asintió una sola vez con la cabeza.

—Violar y matar a una mujer.

Garrett se puso pálido.

—Entiendo que Newton consiguiera hacerse pasar por Thornton en medio del caos

posterior a Spinner's Falls, pero ¿qué pasó cuando volvió a Inglaterra? Thornton debía de tener familia.

—Tenía esposa. —Carlisle sacudió la cabeza —. Y murió poco después de su regreso.

—Ah. —Vale asintió pensativo.

—Pero ¿para qué quiere a las señoras ahora? —estalló Garrett.

—No lo sé —masculló Carlisle. ¿Estaba loco Thornton? Si sus suposiciones eran correctas, aquel hombre había asesinado a dos mujeres, que ellos supieran. ¿Qué sería capaz de hacer con las mujeres de un hombre al que consideraba su enemigo?

—Chantaje —dijo Vale —. Tal vez, reteniendo a Kate y a Esme como rehenes, confíe en

evitar que hable usted, Cullen.

Carlisle cerró los ojos al pensarlo y procuró sofocar la voz interior que le urgía a moverse, en lugar de pensar.

—Thornton no es tan tonto.

Vale se encogió de hombros.

—Hasta el hombre más listo puede caer presa del pánico. Un hombre como Thornton mataría si se asustaba.

—¿Cuánto queda? —preguntó Carlisle.

Edward también estaba mirando por la ventanilla.

—¿Para Wapping? Está pasada la Torre de Londres.

Carlisle tomó aire. Estaban aún en el lado oeste de Londres, la zona elegante. La Torre quedaba a una milla o más de distancia, y el carruaje avanzaba despacio.

—Acabo de acordarme de algo —masculló Edward.

Carlisle le miró.

La cara del vizconde había perdido su color.

—Cuando vimos a Thornton en su jardín, después de entrar a tomar el té, estuvo alardeando conmigo sobre un gran cargamento que estaba preparando para el ejército británico.

—¿Cuál era su destino? Edward tragó saliva y contestó:

—La India.

El carruaje volvió a aminorar la marcha y un momento después se detuvo por completo. Carlisle miró por la ventanilla. El carro de un cervecero se había parado en medio de la calle; el eje de una de sus grandes ruedas se había roto. Carlisle ni siquiera esperó a que comenzaran los gritos inevitables. Abrió la portezuela del carruaje.

—¿Adónde va? —gritó Vale.

—Soy más rápido a pie —contestó Carlisle—. Sigan en el carruaje. Quizá lleguen antes que yo.

Y, saltando del carruaje, echó a correr.